lunes, 17 de marzo de 2014

Hoy es San Patricio, patrón de Irlanda !!





"Yo era como una piedra en una profunda mina; y aquel que es poderoso vino, y en su misericordia, me levantó y me puso sobre una pared."  (San Patricio)


Hoy, 17 de Marzo, la Iglesia celebra a San Patricio, apóstol y patrón de los irlandeses.

Patricio nació en torno al año 372 en un pueblo de Escocia. Hijo de un funcionario del Imperio Romano, fue educado en el catolicismo. A la edad de dieciséis años, fue hecho esclavo y trasladado a Irlanda.

Dice en su autobiografía: "Después que llegué a Irlanda estuve dedicado a cuidar ovejas y oraba muchas veces durante el día y el amor de Dios, su fe y su temor crecieron en mí y mi espíritu se conmovía hasta el punto que diariamente rezaba un centenar de veces y durante las noches casi lo mismo y permanecí en los bosques y las montañas; antes del amanecer la nieve, el hielo y la lluvia me llamaban a oración y no sufría ningún daño de ellos, ni padecía entonces pereza alguna porque mi espíritu ardía dentro de mí".


Después de seis años de cautiverio logró huir y volver a reunirse con algunos miembros de su familia que aún quedaban vivos. Una noche tuvo un sueño misterioso en el cual irlandeses cuyo trato había frecuentado le reclamaban diciendo: "Ven joven santo y mora de nuevo entre nosotros". Patricio interpretó este sueño como una invitación divina a que volviera a Irlanda, esta vez no en calidad de esclavo sino de predicador de la libertad cristiana. Decide en consecuencia abrazar la carrera eclesiástica y prepararse para la vida misionera.


Años después, el Papa Celestino lo envía consagrado Obispo a que emprenda la tarea de evangelizar a los irlandeses, un pueblo pagano pero culto, el único de los pueblos celtas que nunca llegó a ser dominado por el Imperio Romano.





En pocos años todo el pueblo es bautizado e innumerables jóvenes ingresan en los estados monacales; el país se puebla de monasterios. Las Iglesias y Catedrales de la fe cristiana se levantan por doquier; el paganismo desaparece totalmente de la isla y el pueblo todo comienza a vivir la vida cristiana. Se señala como un hecho notable en la conversión del pueblo irlandés que a diferencia de lo sucedido en otras naciones, éste se hizo cristiano sin mártires; el pueblo aceptó con alegría y casi con naturalidad el mensaje sobrenatural del cristianismo. Este hecho singular se debe a la gran austeridad de la vida, a los ayunos y mortificaciones, de Patricio y sus compañeros, los cuales impresionaron al pueblo no sólo con sus palabras sino con el ejemplo de sus vidas.



El siguiente texto es una oración compuesta por San Patricio, que refleja plenamente su sometimiento a la Providencia Divina y su sentido de la presencia de Dios. Es llamada el Pectoral o la Armadura de San Patricio porque constituye en lo espiritual lo que los pectorales o armaduras colocadas sobre el pecho del guerrero pretendían asegurar en el orden material.



LA ARMADURA DE SAN PATRICIO






"Me envuelvo en el día de hoy y ato a mí
una fuerza poderosa:
la invocación de la Santísima Trinidad
...y las Tres Divinas Personas.
Me envuelvo en el día de hoy y ato a mí
la fuerza de Jesucristo,
Hijo de María siempre Virgen,
con su bautismo,
la fuerza de su crucifixión y sepulcro,
la fuerza de su Resurrección y Ascensión
la fuerza de su vuelta en la Segunda Venida
para hacer Justicia.

Me envuelvo en el día de hoy
y ato a mí la fuerza del amor de los Querubines,
la obediencia de los Angeles,
el servicio de los Arcángeles,
la esperanza de la resurrección para el premio,
las oraciones de los patriarcas,
las profecías de los profetas,
las palabras de los apóstoles,
la fe de los mártires,
la inocencia de las santas vírgenes y
las buenas obras de los confesores.

Me envuelvo en el día de hoy
y ato a mí el amor maternal
y la pureza virginal de María Santísima,
hija de Dios Padre,
Madre de Dios Hijo
y esposa de Dios Espíritu Santo.

Me levanto hoy
y ato a mí el poder del cielo,
la luz del sol,
el brillo de la luna y de todos los demás astros,
el esplendor del fuego,
la velocidad del rayo,
la rapidez y ligereza del viento,
la profundidad de los mares,
la estabilidad y firmeza de la tierra
y la solidez de la roca.

Me envuelvo en el día de hoy
y ato a mí la fuerza de Dios para orientarme.
El poder de Dios para sostenerme,
la sabiduría de Dios para guiarme,
el ojo de Dios para prevenirme,
el oído de Dios para escucharme,
la palabra de Dios para apoyarme,
la mano de Dios para defenderme,
el camino de Dios para recibir mis pasos,
el escudo de Dios para protegerme,
los ejércitos de Dios para darme seguridad
contra las trampas de los demonios,
contra las tentaciones de los vicios,
contra las inclinaciones de la naturaleza,
contra todos aquellos que desean el mal,
de lejos o de cerca,
estando yo solo o en la multitud.

Convoco en el día de hoy a todas
esas fuerzas poderosas,
que están entre mí y el maligno:
contra las encantaciones de los falsos profetas,
contra las leyes negras del paganismo,
contra las leyes falsas de los herejes,
contra la astucia de la idolatría,
contra los conjuros de brujas, brujos y magos,
contra la curiosidad que daña el cuerpo
y el alma del hombre.

Invoco a Jesucristo que me proteja
en el día de hoy contra el veneno, el incendio,
el ahogo, las heridas,
para que yo pueda alcanzar
abundancia en premio.

Cristo conmigo,
Cristo delante de mí,
Cristo detrás de mí,
Cristo en mí,
Cristo sobre mí,
Cristo bajo mí,
Cristo a mi derecha,
Cristo a mi izquierda,
Cristo alrededor de mí,
Cristo en la anchura,
Cristo en la longitud,
Cristo en altura,
Cristo en la profundidad de mi corazón,
Cristo en el corazón y la mente de todos los hombres que piensan en mí,
Cristo en la boca de todos los que hablan de mí,
Cristo en todo ojo que me ve,
Cristo en todo oído que me escucha.

Me envuelvo en el día de hoy
en una fuerza poderosa:
la invocación de la Trinidad, la fe en las Tres Personas,
la confesión de la Unidad del Creador del Universo.


Del Señor es la salvación,
De Cristo es la salvación,
Tu salvación, Señor, esté siempre con nosotros."

Amén













Fuentes:
Iluminación Divina
Eligelavida
Ángel Corbalán

domingo, 16 de marzo de 2014

EL RESPLANDOR DEL SEÑOR (Evangelio dominical)




Hoy, camino hacia la Semana Santa, la liturgia de la Palabra nos muestra la Transfiguración de Jesucristo. Aunque en nuestro calendario hay un día litúrgico festivo reservado para este acontecimiento (el 6 de agosto), ahora se nos invita a contemplar la misma escena en su íntima relación con los sucesos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

En efecto, se acercaba la Pasión para Jesús y seis días antes de subir al Tabor lo anunció con toda claridad: les había dicho que «Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Pero los discípulos no estaban preparados para ver sufrir a su Señor. Él, que siempre se había mostrado compasivo con los desvalidos, que había devuelto la blancura a la piel dañada por la lepra, que había iluminado los ojos de tantos ciegos, y que había hecho mover miembros lisiados, ahora no podía ser que su cuerpo se desfigurara a causa de los golpes y de las flagelaciones. Y, con todo, Él afirma sin rebajas: «Debía sufrir mucho». ¡Incomprensible! ¡Imposible!





pesar de todas las incomprensiones, sin embargo, Jesús sabe para qué ha venido a este mundo. Sabe que ha de asumir toda la flaqueza y el dolor que abruma a la humanidad, para poderla divinizar y, así, rescatarla del círculo vicioso del pecado y de la muerte, de tal manera que ésta —la muerte— vencida, ya no tenga esclavizados a los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Por esto, la Transfiguración es un espléndido icono de nuestra redención, donde la carne del Señor es mostrada en el estallido de la resurrección. Así, si con el anuncio de la Pasión provocó angustia en los Apóstoles, con el fulgor de su divinidad los confirma en la esperanza y les anticipa el gozo pascual, aunque, ni Pedro, ni Santiago, ni Juan sepan exactamente qué significa esto de… resucitar de entre los muertos (cf. Mt 17,9), ¡Ya lo sabrán!



Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):




En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 


Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 


Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 


Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor





COMENTARIO

 


Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros ... y cuál es nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor.

En la Primera Lectura (Gn. 12, 1-4a) se nos habla de Abraham, nuestro padre en la fe. Y así consideramos a Abraham, pues su característica principal fue una fe indubitable, una fe inconmovible, una fe a toda prueba. Y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega a la Voluntad de Dios.

A Abraham, Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”.

Y Abraham sale sin saber a dónde va. Ante la orden del Señor, Abraham cumple ciegamente. Va a una tierra que no sabe dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc. Da un salto en el vacío en obediencia a Dios. Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por El. Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.

Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será bendecido y que será padre de un gran pueblo.

En la Segunda Lectura (2 Tim. 1, 8-10) leemos a San Pablo insistiendo en el llamado que Dios nos hace. Nos dice: “Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”; es decir, a que le entreguemos a El todo lo que somos y lo que tenemos, pues todo nos viene de El. Y nos dice además San Pablo que Dios nos llama, no por nuestras buenas obras, sino porque El lo dispone así de gratis, sin merecerlo nosotros.

Si Abraham respondió con tanta confianza y tan cabalmente al llamado de Dios, un Dios desconocido para él -pues Abraham pertenecía a una tribu idólatra- ¡cómo no debemos responder nosotros que hemos conocido a Cristo!

El Evangelio (Mt. 17, 1-9) nos relata la Transfiguración del Señor ante Pedro, Santiago y Juan. Jesucristo se los lleva al Monte Tabor y allí les muestra algo del fulgor de su divinidad. Y quedan extasiados al ver “el rostro de Cristo resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la nieve”.

Es de hacer notar que este evento tiene lugar unos pocos días después del anuncio que Cristo les había hecho de que tendría que morir y sufrir mucho antes de su muerte. Jesús quería que esta vivencia de su gloria fortaleciera la fe de los Apóstoles. Ellos habían quedado muy turbados al conocer que el Señor sería entregado a las autoridades y que sería condenado injustamente a una muerte terrible… Y que luego resucitaría.

Tanta relación tiene la Transfiguración de Jesucristo con su Pasión y Muerte, que en el relato que hace San Lucas de este evento, se ve a Moisés y Elías “resplandecientes, hablando con Jesús de su muerte que debía cumplirse en Jerusalén” (Lc. 9, 31).

Con esto Jesucristo quiere decirle a los Apóstoles que han tenido la gracia de verlo en el esplendor de su Divinidad, que ni El -ni ellos- podrán llegar a la gloria de la Transfiguración -a la gloria de la Resurrección- sin pasar por la entrega absoluta de su vida, sin pasar por el sufrimiento y el dolor. Así se los dijo en el anuncio previo a su Transfiguración sobre su Pasión y Muerte: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera asegurar su propia vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la hallará” (Mt. 16, 24-25).

Esa renuncia a uno mismo fue lo que Dios pidió a Abraham ... y Abraham dejó todo y respondió sin titubeos y sin remilgos, sin contra-marchas y sin mirar a atrás. Esa renuncia a nosotros mismos es lo que nos pide hoy el Señor para poder llegar a la gloria de la Resurrección.

No hay resurrección sin muerte a uno mismo y tampoco sin la cruz de la entrega absoluta a la Voluntad de Dios. A eso se refiere el“perder la vida por mí”, que nos pide el Señor. Y recordemos lo que El mismo nos advierte: el que quiera asegurar lo que cree que es su propia vida, terminará por perderla, pero el que pierda por Mí eso que considera su propia vida, podrá entonces hallarla.

Recordemos, también, que la resurrección y la gloria del Cielo es la meta de todo cristiano. En efecto, así aprendimos en desde nuestra Primera Comunión: fuimos creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y luego gozar de El en la gloria del Cielo. Esa gloria nos la muestra Jesús con su Transfiguración.

Ahora bien ¿cómo puede ser esto de que Jesús a veces se veía como un hombre cualquiera y a veces mostraba su divinidad? Veamos la explicación teológica: el alma de Jesús, unida personalmente al Verbo -que es Dios (Jn. 1, 1)-,gozaba de la Visión Beatífica, lo cual tiene como efecto la glorificación del cuerpo.

Pero esa glorificación corporal no se manifestaba en Jesús corrientemente, porque Jesús quiso asemejarse a nosotros lo más posible. La Transfiguración fue, entonces, uno de esos pocos momentos privilegiados en que Jesús mostró parte de su gloria.

La gloria es el fruto de la Gracia. Y Jesús es la Gracia misma. Jesús posee la Gracia en forma infinita y eso se traduce en un gloria infinita. Esa gloria infinita transfigura totalmente la carne que recibió al hacerse ser humano, como nosotros.

¿Para qué este razonamiento teológico? ¿Tiene esta explicación algún sentido para nuestra vida espiritual, alguna aplicación práctica? Sí la tiene. Veamos ...

En nosotros sucede algo semejante. La Gracia nos transforma. Esto lo trata San Pablo (2 Cor. 3, 12-18) cuando nos habla del velo con que Moisés se cubría la cara después de estar en la presencia de Dios (Ex. 34, 35). Mientras la Gracia nos transfigura con la luz que le es propia, como sucedía a Moisés al estar delante de Dios, el pecado nos desfigura con la oscuridad y tinieblas, propias del pecado y del Demonio (Jn. 1, 5; 3, 19; Hech. 26, 18).


Y es audaz San Pablo al afirmar que él y los cristianos que habían recibido la Gracia no tenían que andar con el rostro cubierto como Moisés, sino que “reflejamos, como en un espejo, la Gloria del Señor, y nos vamos transformando en imagen suya, más y más resplandecientes, por la acción del Señor”. (2 Cor 3, 18)

Esa es la acción de la Gracia, es decir, de la vida de Dios en nosotros: luz, vida, resplandor, etc. Pero más que eso, la Gracia Divina nos va haciendo imagen de Cristo. De allí la importancia de vivir en Gracia, es decir, sin pecado mortal en nuestra alma. Además, huyendo del pecado y/o arrepintiéndonos en la Confesión Sacramental cada vez que caigamos. Una Confesión bien hecha, en la que descargamos nuestros pecados graves y no graves, restaura inmediatamente la Gracia. Y esa Gracia debe ir siempre en aumento: con la Eucaristía, la oración, las obras buenas, la práctica de las virtudes, etc.

La Gracia la recibimos inicialmente en el Bautismo y hemos de irla aumentando a lo largo de nuestra vida en la tierra, hasta el día en que disfrutemos ya de la Visión Beatífica de Dios en el Cielo y, en la contemplación de la gloria de Dios, seremos también trasfigurados, “seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es” (1 Jn. 3, 2). Para ese momento sí podremos verlo “cara a cara” (1 Cor. 13, 12).

Tan bello y agradable era lo que vivieron los Apóstoles en la Transfiguración, que Pedro le propuso al Señor hacer tres tiendas, para quedarse allí. ¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí”, exclama San Pedro. Así de agradable y de atractiva es la gloria del Cielo, en la que provoca quedarse allí para siempre.




Y eso precisamente nos lo ha prometido el Señor: nos ha prometido la felicidad total y absoluta, para siempre, siempre, siempre. Ese es el gozo del Cielo, que los Apóstoles pudieron vislumbrar en los breves instantes de la Transfiguración del Señor.

La entrega requerida para llegar a esa meta nos la muestra Abraham, padre de los creyentes, que dejó todo a petición de Dios. Y nos la muestra, por supuesto, el mismo Jesucristo con su entrega absoluta a la Voluntad del Padre, hasta llegar a la muerte en la cruz, para luego resucitar glorioso y transfigurado. Y esa resurrección la ha prometido también a todo aquél que cumpla la Voluntad de Dios.












Fuentes:
Homilias org.
Santas Escrituras.
Ángel Corbalán