domingo, 18 de noviembre de 2018

«Él está cerca» (Evangelio Dominical)






Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.


Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?





Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”... Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.

La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,24-32):









En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.



      



Ya acercándonos al final del Año Litúrgico, el cual suele terminar en el mes de Noviembre de cada año, este último Domingo del Ciclo “B”, ciclo que concluye la próxima semana con la Fiesta de Cristo Rey, las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre la Parusía.

“Parusía” es una palabra que intriga -cuando no se conoce su significado-  y que tal vez asusta cuando sí se conoce.

En efecto, en su sentido estricto, “Parusía” significa la segunda venida de Cristo.  Y eso asusta.  Pero, si lo pensamos bien, no tendría que asustar, porque estamos hablando de la culminación de la salvación.

¿Pero por qué hablamos de culminación de la salvación?  ¿Ya Cristo no nos salvó?  Es que la salvación fue efectuada ya por Cristo, pero será completada plenamente con su segunda venida en gloria, cuando venga a establecer su reinado definitivo, cuando como nos dice la Segunda Lectura, “sus enemigos sean puestos bajo sus pies” (Hb. 10, 11-14.18).

De allí que no haya que temer, porque la Parusía será el momento de nuestra salvación definitiva.  Será, además, el momento más espectacular y más importante de la historia de la humanidad: ¡Cristo viniendo en la plenitud de su gloria, de su poder, de su divinidad!  Si hace dos mil años Cristo vino como un ser humano cualquiera, en su segunda venida lo veremos tal cual es, “cara a cara” (1 Cor. 13, 12).

Será el momento de nuestra definitiva liberación: nuestros cuerpos reunidos con nuestras almas.  De eso se trata precisamente la resurrección prometida para ese momento final.


                       



Es cierto que la Primera Lectura del Profeta Daniel nos hace algunos anuncios aterradores.  Pero ese momento será terrible para algunos, para “los que duermen en el polvo y que despertarán para el eterno castigo” (Dn. 12, 1-3).   Pero ésos serán los que no hayan cumplido la voluntad de Dios en esta vida terrena, los que se hayan opuesto a Dios y a sus designios, los que hayan buscado caminos distintos a los de Dios.   Es decir, ese castigo será para los que le han dado la espalda a Dios.

Pero los justos, los que hayan buscado cumplir la voluntad de Dios en esta vida, los que por esa razón “están escritos en el libro ... despertarán para la vida eterna ... brillarán como el esplendor del firmamento ... y resplandecerán como estrellas por toda la eternidad” (Dn. 12, 1-3).

Notemos que Daniel nos habla de “los guías sabios” y “los que enseñan a muchos la justicia”.

La gloria esplendorosa será para los guías que sean sabios, que estén llenos de la Sabiduría Divina y que guíen a otros con esa Sabiduría.  También será esa gloria para aquéllos que enseñen la justicia.  La justicia, en lenguaje bíblico, significa santidad.

Es decir, esa gloria esplendorosa será también para aquéllos que, viviendo en santidad, viviendo de acuerdo a la voluntad de Dios, enseñen a otros la santidad, el cumplimiento de la voluntad de Dios, tanto con su ejemplo, como con su palabra.

Es cierto que nos dice también el Profeta, que ese momento será precedido por “un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo”.


                  



Ahora bien, no hay que temer este tiempo final, pues dentro de su Providencia Divina, Dios prepara todo para bien de los que le aman, para bien de aquéllos que han vivido acorde a su Voluntad en esta vida –la que estamos viviendo antes de que vuelva glorioso como justísimo Juez en la Parusía.

De allí que las pruebas y sufrimientos de esa etapa serán la última llamada –la última oportunidad- de conversión para los que se encuentren en estado de pecado y decidan –por fin- no seguir dándole la espalda a Dios.

Será también la última ocasión de expiación para los que, aun andando en la Voluntad de Dios, requieren de esa etapa de purificación para poder ver a Dios cara a cara.  

Porque “bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt. 5, 8) y, refiriéndose a la entrada a la Jerusalén Celestial, nos dice el Apocalipsis: “En ella no entrará nada manchado” (Ap. 21, 27) y “Felices los que lavan sus ropas…se les abrirán las puertas de la Ciudad” (Ap. 22, 14).

En ese sentido, esa etapa de sufrimientos es, entonces, fruto de la infinita misericordia de Dios que quiere que todos sus hijos sean salvados y disfruten eternamente con El, la gloria del Cielo que nos ha preparado desde toda la eternidad.


                          




Es por ello que, para el verdadero seguidor de Cristo, las tribulaciones de ayer, de hoy y del futuro, tribulaciones personales o grupales, tribulaciones de ciudades, de países, del mundo, son vistas –y aprovechadas- como preparación de todos los seres humanos a esa venida final de Cristo en gloria.

El Evangelio también nos habla de lo mismo.  Es Cristo predicando sobre ese momento.  Y nos dice que será un momento en que “el universo entero se conmoverá, pues verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.  Y El enviará a sus Ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo” (Mc. 13, 24-32).

Es bueno hacer notar que tanto la profecía de Daniel, como el anuncio del Evangelio, se referían también a hechos que sucedieron ya en la historia, pues así es la Palabra de Dios:  para todo momento.

En el caso de Daniel, se refería a la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos.  En el caso del Evangelio, se trataba de la destrucción de Jerusalén.  Pero en sentido pleno, estas lecturas se refieren a la Parusía, al fin de los tiempos.

Otro punto interesante en ambas lecturas es la participación de los Ángeles en favor de los elegidos.  La lectura del Libro de Daniel nos habla de San Miguel Arcángel, “el gran príncipe que defiende a tu pueblo”.  El Evangelio de hoy nos habla de todos los Ángeles “encargados de reunir a todos los elegidos”.

Otro tema que toca el Señor en el Evangelio es el momento en que esto sucederá.  Y a pesar de que el momento no es lo más importante, pues siempre tenemos que estar preparados, como bien nos indica Jesús con varias parábolas, sí nos da el Señor en este Evangelio algún indicio: “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera.  Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca.  Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”.






En ese momento seremos resucitados y reunidos todos:  unos resucitarán para una vida de felicidad eterna en el Cielo y otros para una vida de condenación eterna en el Infierno.  En ese momento grandioso, inimaginable, esplendoroso, tal vez el momento más espectacular y más importante de toda la historia humana, habrá “cielos nuevos y tierra nueva” para los salvados.  Será el Reinado definitivo de Cristo (cfr. Ap. 21 y 1 Pe. 3, 10-13).


Con esta esperanza se comprende cómo -desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días- los cristianos, deseosos de volver a ver el rostro glorioso de Cristo, han esperado siempre la Parusía y hasta han creído sentirla muy próxima en algunos momentos de la historia de la humanidad.  De allí que con el deseo de ese momento toda la Iglesia ore con las palabras finales de la Biblia:  “Ven, Señor Jesús” (Ap. 22, 20).












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 11 de noviembre de 2018

«Todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Evangelio Dominical)





Hoy, el Evangelio nos presenta a Cristo como Maestro, y nos habla del desprendimiento que hemos de vivir. Un desprendimiento, en primer lugar, del honor o reconocimiento propios, que a veces vamos buscando: «Guardaos de (…) ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (cf. Mc 12,38-39). En este sentido, Jesús nos previene del mal ejemplo de los escribas.



Desprendimiento, en segundo lugar, de las cosas materiales. Jesucristo alaba a la viuda pobre, a la vez que lamenta la falsedad de otros: «Todos han echado de lo que les sobraba, ésta [la viuda], en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Mc 12,44).


 
Quien no vive el desprendimiento de los bienes temporales vive lleno del propio yo, y no puede amar. En tal estado del alma no hay “espacio” para los demás: ni compasión, ni misericordia, ni atención para con el prójimo.

Los santos nos dan ejemplo. He aquí un hecho de la vida de san Pío X, cuando todavía era obispo de Mantua. Un comerciante escribió calumnias contra el obispo. Muchos amigos suyos le aconsejaron denunciar judicialmente al calumniador, pero el futuro Papa les respondió: «Ese pobre hombre necesita más la oración que el castigo». No lo acusó, sino que rezó por él.






Pero no todo terminó ahí, sino que —después de un tiempo— al dicho comerciante le fue mal en los negocios, y se declaró en bancarrota. Todos los acreedores se le echaron encima, y se quedó sin nada. Sólo una persona vino en su ayuda: fue el mismo obispo de Mantua quien, anónimamente, hizo enviar un sobre con dinero al comerciante, haciéndole saber que aquel dinero venía de la Señora más Misericordiosa, es decir, de la Virgen del Perpetuo Socorro.

¿Vivo realmente el desprendimiento de las realidades terrenales? ¿Está mi corazón vacío de cosas? ¿Puede mi corazón ver las necesidades de los demás? «El programa del cristiano —el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (Benedicto XVI).




Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):





En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.






Varias veces la Sagrada Escritura nos pone como ejemplos a mujeres viudas.  Las lecturas de este Domingo nos traen el caso de dos de ellas, a quienes nos presenta el Señor como modelos de generosidad extrema:  la viuda de Sarepta en tiempos del Profeta Elías y la viuda pobre a quien Jesús observó dando limosna en el Templo de Jerusalén.

El caso de la primera viuda, la de Sarepta, que nos trae la Primera Lectura (1 R 17, 10-16) es impresionante.  Tal vez no había pasado tanta necesidad antes esta mujer, pero la sequía y la hambruna del momento la habían colocado en una posición de pobreza extrema:  le quedaba sólo “un puñado de harina y un poco de aceite”. Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella le explica su delicada situación así:  con esto que me queda “voy a preparar un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”.  Ya no tenía más nada para comer.  Era lo último que le quedaba.

Pero ¿qué hace Dios?  Le habla por boca del Profeta, quien le ordena compartir con él lo poquísimo que le queda:  cocinar primero un pan para él y luego uno para ella y su hijo.  Y esa orden queda sellada con unas palabras proféticas (proféticas, en el sentido teológico del término, pues eran palabras que venían de Dios, y proféticas en el sentido coloquial del término, pues anunciaban un hecho futuro): “La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará”.  Y la viuda cumple la petición de Elías y, a pesar de ser pagana, cree en la palabra que Dios le envía a través del Profeta.







¡Qué fe y qué confianza tuvo esta mujer!  Por eso “tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

¡Qué generosidad la de esta mujer!  Si nos ponemos a ver, un pancito no es mucha cosa.  Pero cuando es lo último que a uno le queda, puede ser mucho ... ¡demasiado! En pobreza extrema, esta mujer tuvo generosidad también extrema.

Lo mismo sucedió con la segunda viuda:  dio de lo último que le quedaba.  Nos cuenta el Evangelio de hoy (Mc. 12, 38-44), que Jesús se puso a observar a la gente que echaba limosnas en el Templo.  “Muchos ricos daban en abundancia.  En esto se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor”.   Y Jesús no sólo observó, sino que les dio una enseñanza a sus discípulos: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.  Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Lo mismo que el pancito de la de Sarepta, estas dos moneditas era lo último que le quedaba a la de Jerusalén.  Y ésta fue aún más audaz en su caridad que la de Sarepta, porque nadie le estaba pidiendo que diera lo poquísimo que le quedaba y, además, tampoco tenía una promesa profética de que lo poco que le quedaba sería multiplicado y no se agotaría.







En estas lecturas vemos que la generosidad la mide el Señor no porque lo que se dé sea mucho o poco, sino por cuánto significa lo que se da.  La limosna a los ojos de Dios tiene un valor relativo:  de cuánto nos estamos desprendiendo y con qué confianza lo entregamos.  La limosna implica darse uno mismo.  Y para darse uno mismo, habrá renuncia o privación de algo que necesitamos.

Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía, que es muy distinto a la caridad cristiana.  Es lo que hacían los ricos que estaba también observando Jesús.  Y a éstos no los elogió, sino que los criticó duramente.  Y los criticó, no sólo porque daban de su abundancia, sino porque esa abundancia de que disfrutaban la obtenían nada menos que explotando a viudas y huérfanos.  ¡Tremendos contrastes nos traen estas lecturas:  dos viudas generosísimas y unos ricos explotadores de viudas y huérfanos!

Enseñanzas exigentes podemos extraer:  que nuestra caridad no sea mera filantropía; que nuestra limosna no provenga de nuestra abundancia; y ¡por supuesto! que no osemos explotar a nadie.

La Segunda Lectura (Hb. 9, 24-28) nos presenta a Jesús como el máximo modelo de la entrega y la generosidad:  se entregó a sí mismo para dar su vida por la salvación de la humanidad.






Pero, además de este recuerdo de la oblación máxima de Cristo por nosotros, este pasaje de la Carta a los hebreos nos trae tres datos importantísimos:

El primero de ellos: “Está determinado que los hombres mueren una sola vez y que después de la muerte venga el juicio”.   Esta frase parece ¡tan obvia!  Pero no lo es tanto.  Sí ¡claro! los seres humanos mueren una sola vez.  Eso lo sabemos.  Pero ... ¿lo saben todos los que les gusta hablar y creer en la re-encarnación?

Esta afirmación está en clara contradicción con esa herejía que se nos ha metido hasta en los medios católicos.  Ese absurdo mito de la re-encarnación nos hace creer falsamente que podemos volver a vivir en la tierra para luego volver a morir quién sabe cuántas veces.  Esta cita de la Palabra de Dios demuestra que la re-encarnación, aparte de ser una mentira, está negada en la Biblia.

Se nos habla aquí también del Juicio Particular que tiene cada persona enseguida de la muerte, a través del cual en el mismo momento de la muerte cada alma sabe el estado en que le corresponde estar:  Cielo (felicidad eterna), Infierno (condenación eterna) o Purgatorio (etapa de purificación para luego pasar al Cielo).






Se nos recuerda también la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos:

“Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquéllos que lo aguardan y en El tienen puesta su esperanza”.

Sí, Cristo volverá.  Pero no igual a la primera vez que vino como Hombre, muriendo y resucitando para rescatarnos de la muerte y del pecado, sino que volverá en gloria, con todo el poder de su divinidad para mostrar su salvación a todos los que esperan en El.


















Fuentes;
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org