domingo, 17 de marzo de 2019

«Jesús subió al monte a orar» (evangelio Dominical)




Hoy, segundo domingo de Cuaresma, la liturgia de la palabra nos trae invariablemente el episodio evangélico de la Transfiguración del Señor. Este año con los matices propios de san Lucas.

El tercer evangelista es quien subraya más intensamente a Jesús orante, el Hijo que está permanentemente unido al Padre a través de la oración personal, a veces íntima, escondida, a veces en presencia de sus discípulos, llena de la alegría del Espíritu Santo.

Fijémonos, pues, que Lucas es el único de los sinópticos que comienza la narración de este relato así: «Jesús (...) subió al monte a orar» (Lc 9,28), y, por tanto, también es el que especifica que la transfiguración del Maestro se produjo «mientras oraba» (Lc 9,29). No es éste un hecho secundario.

                      


La oración es presentada como el contexto idóneo, natural, para la visión de la gloria de Cristo: cuando Pedro, Juan y Santiago se despertaron, «vieron su gloria» (Lc 9,32). Pero no solamente la de Él, sino también la gloria que ya Dios manifestó en la Ley y los Profetas; éstos —dice el evangelista— «aparecían en gloria» (Lc 9,31). Efectivamente, también ellos encuentran el propio esplendor cuando el Hijo habla al Padre en el amor del Espíritu. Así, en el corazón de la Trinidad, la Pascua de Jesús, «su partida, que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,31) es el signo que manifiesta el designio de Dios desde siempre, llevado a término en el seno de la historia de Israel, hasta el cumplimiento definitivo, en la plenitud de los tiempos, en la muerte y la resurrección de Jesús, el Hijo encarnado.

Nos viene bien recordar, en esta Cuaresma y siempre, que solamente si dejamos aflorar el Espíritu de piedad en nuestra vida, estableciendo con el Señor una relación familiar, inseparable, podremos gozar de la contemplación de su gloria. Es urgente dejarnos impresionar por la visión del rostro del Transfigurado. A nuestra vivencia cristiana quizá le sobran palabras y le falta estupor, aquel que hizo de Pedro y de sus compañeros testigos auténticos de Cristo viviente.





Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,28b-36):

                              



En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor



COMENTARIO.

                                                
                                     




La Liturgia de este Domingo nos habla de la Transfiguración del Señor.  Nos habla de cómo serán nuestros cuerpos cuando seamos resucitados al final del tiempo y al comienzo de la eternidad, porque en ese momento maravilloso seremos transformados, seremos también transfigurados.

Es lo que nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 3,17 - 4,1).  Nos habla del momento de cuando vuelva Jesús del Cielo, en que “transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo”.

Y ¿cómo es ese cuerpo glorioso de Jesús?  El momento en que pudo verse mejor esa gloria divina en Jesús fue en el Monte Tabor cuando, en virtud de su poder, se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan.

Entonces ¿de dónde sabemos cómo seremos al ser resucitados?  Entre otros pasajes de la Escritura, lo sabemos por boca ellos tres, que fueron los testigos de ese milagro maravilloso:  la Transfiguración del Señor.  Ese milagro fue preludio de la Resurrección de Cristo y es a la vez anuncio de nuestra propia resurrección.

                                     



Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9, 28-36) que Jesús se llevó a esos tres discípulos al Monte Tabor.  Allí se puso a orar y, estando en oración, sucedió ese milagro de su gloria: “su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”.   Se entreabrió -por así decirlo- la cortina del Cielo y se nos mostró algo del esplendor de la gloria divina, la cual conocemos por el testimonio de los allí presentes.

Y decimos que se vio “algo” del esplendor de Dios, pues ningún ser humano hubiera podido soportar la visión completa de Dios.

Recordemos una de las experiencias de Moisés en el Monte Sinaí (Ex. 33, 7-11 y 18-23; Dt. 5, 22-27).  Moisés le pidió a Dios que quería ver su gloria y Yahvé le contestó: “Mi cara no la podrás ver, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo ... tú, entonces, verás mis espaldas, pero mi cara no se puede ver”.

Ahora bien, Jesús tuvo un motivo para invitar a Pedro, Santiago y Juan a subir con El al monte. Y es que los apóstoles andaban consternados, porque días antes les había hecho el anuncio de su próximo juicio, Pasión, Muerte y posterior Resurrección.  Era necesario, entonces, reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles el fulgor y el poder de su gloria divina.  Era necesario reforzar la fe en la próxima Resurrección de Cristo y la fe en la futura resurrección de los seres humanos, fe que los Apóstoles transmitirían en sus enseñanzas.

Ciertamente, seremos resucitados.  Pero para ser así transformados, el camino es el mismo de Cristo, el que El comunicó a los Apóstoles con la Transfiguración y con el anuncio previo de su Pasión y Muerte:  primero la cruz y luego la resurrección.  Calvario y Tabor van juntos.  Rostro herido y desfigurado por la Pasión, y rostro refulgente en la Transfiguración.  Cuerpo ensangrentado y desangrado en la Cruz, y cuerpo cuya luz transforma su rostro y traspasa sus vestiduras en la Transfiguración.

Vemos como, para convencer a los Apóstoles de la necesidad de la Pasión (recordemos que días antes Pedro se había opuesto a que Jesús pasara por eso -Lc. 8, 31-11), en el momento de la Transfiguración aparecen conversando con Jesús dos importantísimos personajes del Antiguo Testamento:  Moisés y Elías, “hablando de la muerte que le esperaba a (Jesús) en Jerusalén”.

                                              



También nosotros hemos de ser convencidos que no hay resurrección sin muerte, no hay transfiguración sin cruz, no hay gloria sin negación de uno mismo.  Justo una semana antes de este milagro, Jesús había dicho, “no sólo a sus discípulos, sino a toda la gente: ‘Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame ... porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?’” (Lc. 9, 23-25).

El Papa San Juan Pablo II recordó estas palabras de Jesús en la Cuaresma del 2001:  Ante el modelo cultural imperante en nuestros días hay que estar en abierto contraste con la mentalidad del “mundo”.  Y a esa mentalidad el Papa opone las palabras que Jesús le había dicho a todos los que le seguían, precisamente unos días antes de la Transfiguración: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la Vida Eterna” (Lc. 9, 24).  Y explicaba el Papa: “En realidad la ‘Vida’ se encuentra cuando se sigue a Cristo por ‘el camino estrecho’.   Quien sigue el ‘el camino ancho’ y cómodo confunde lo que es ‘vida’ con satisfacciones efímeras”.

San Pablo también nos habla sobre el apego a las cosas de esta vida en la Segunda Lectura:  los que viven “como enemigos de la cruz de Cristo, acabarán en la perdición, porque su dios es el vientre ... sólo piensan en las cosas de la tierra”.

Pero, volvamos a la escena del Evangelio.  San Pedro, el impetuoso y resuelto, como estaba tan encantado con la visión divina de Jesús, propone quedarse allí, y se apresura a ofrecer construir tres tiendas:  una para Jesús, una para Moisés y otra para Elías.  “No sabía lo que decía”, nos comenta el Evangelio.


                                  



Y ¿qué sucede, entonces?  “No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió y ellos al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo”.  Por cierto, ese “miedo”no es propiamente miedo, sino ese temor reverencial ante la presencia de Dios que sobrecoge.  Es la misma nube que en otros pasajes de la Escritura (cfr. Ex. 19 y 1 Re. 8, 10) indica la presencia majestuosa y omnipotente del Padre.  Y sólo se oyó su voz: “Este es mi Hijo, mi escogido.  Escúchenlo”.

Es decir, en cuanto Pedro propone quedarse en lo agradable de la vida del espíritu, cuando pide quedarse sobre el Monte Tabor gozando de los consuelos espirituales, Dios mismo interviene y le responde diciéndole que escuche y siga las enseñanzas de su amado Hijo.

¿Qué nos dice esto?  Que cuando hay consolaciones y gustos espirituales, si es que los hay así sensibles como en la Transfiguración, debemos tener en cuenta que Dios no los da para que nos quedemos solazándonos en esos regalos.  Esos dones no son para quedarnos a vivir en el Tabor, como pretendió Pedro.  Son gracias especiales para animarnos, para fortalecernos, para impulsarnos a la entrega a Dios y a su servicio.

Lo mismo se aplica para las gracias consideradas menos extra-ordinarias, como pueden ser las gracias de virtud, de Sabiduría, de escogencia, etc. que no suelen ser sensibles, pero que tienen la misma finalidad.  Todas son para impulsarnos al amor a Dios y al amor a nuestros semejantes:  entrega y servicio ...  escucha y seguimiento de Cristo.

                                     



Porque escuchar a Cristo es seguirlo a El en todo.  Sea en el Calvario y en el Tabor.  Sea en las penas y en las alegrías.  Sea en los triunfos y en los fracasos.  Sea en lo fácil y en lo difícil.  Sea en lo agradable y lo desagradable.  Sea en los aciertos y en los desaciertos.  Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios.  Todo está enmarcado dentro de sus planes.  Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación y futura resurrección al final del tiempo.

La Primera Lectura (Gn. 15, 5-18) nos narra la alianza de Dios con Abraham.  Y ¿qué significa que Dios hace una alianza con seres humanos?  Significa algo así como lo que hoy día es un contrato.  Cada parte se compromete a algo.  Dios se comprometió a darle una tierra en posesión y una descendencia numerosísima a Abraham.

Y es así como en esta oportunidad, al profetizarle por tercera vez esa abundante descendencia, le muestra además la tierra que le dará.  Abraham, acostumbrado a los acuerdos que hacían los pueblos nómadas de aquellos tiempos y siguiendo las instrucciones de Dios, prepara unos animales.  Era usual que cuando se sellaba un pacto, los pactantes pasaban por entre las dos mitades de un animal sacrificado.  Abraham hizo su parte y Dios en forma de fuego cumple la suya.


                                                   



Ahora bien, a Abraham Dios le prometió una tierra aquí en este planeta.  Esa fue la promesa hecha al antiguo pueblo de Israel en la persona de Abraham.  La tierra prometida fue la promesa. En esa vieja alianza aparecen animales como víctimas.

Pero, posteriormente, Dios hizo una Nueva Alianza, en la que Cristo es la Víctima, por cuyo sacrificio en la Cruz todo el género humano tiene derecho a una patria que es mucho mejor que la antigua tierra prometida:  es el Cielo, el gozo de la Visión Beatífica, cuando seremos transfigurados por la resurrección que Cristo prometió a los que le amen.

Pero ¿cómo es eso de resucitar? Cuando se reúnan nuestros cuerpos muertos con nuestras almas inmortales –que eso es resucitar- Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita ... es decir, nos transfigurará.  Una idea de cómo será eso la tuvieron los tres Apóstoles en el Tabor.

Al respecto nos dijo el Papa San Juan Pablo II: “No se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte ... si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.  Podemos preguntarnos ¿cómo son los hombres y mujeres ‘transfigurados’?   La respuesta es muy hermosa:  son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en El y se dejan inundar por la gracia que El nos da” (JP II, 14-3-2001).


                         



Pero esa transformación no es automática:  tenemos que poner de nuestra parte para que se dé esa transfiguración de nuestra alma.

Porque, seremos resucitados –eso es una verdad de Fe- peeeero: no todos seremos resucitados para una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados y refulgentes.  Hay condiciones para optar a esa transfiguración cuando llegue el momento.  Nos lo dice el Señor a través de San Juan Evangelista, testigo de la Transfiguración: “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 29).












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 10 de marzo de 2019

"Está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto". (Evangelio Dominical)


                                               



 Hoy, Jesús, «lleno de Espíritu Santo» (Lc 4,1), se adentra en el desierto, lejos de los hombres, para experimentar de forma inmediata y sensible su dependencia absoluta del Padre. Jesús se siente agredido por el hambre y este momento de desfallecimiento es aprovechado por el Maligno, que lo tienta con la intención de destruir el núcleo mismo de la identidad de Jesús como Hijo de Dios: su adhesión sustancial e incondicional al Padre. Con los ojos puestos en Cristo, vencedor del mal, los cristianos hoy nos sentimos estimulados a adentrarnos en el camino de la Cuaresma. Nos empuja a ello el deseo de autenticidad: ser plenamente aquello que somos, discípulos de Jesús y, con Él, hijos de Dios. Por esto queremos profundizar en nuestra adhesión honda a Jesucristo y a su programa de vida que es el Evangelio: «No sólo de pan vive el hombre» (Lc 4,4).

Como Jesús en el desierto, armados con la sabiduría de la Escritura, nos sentimos llamados a proclamar en nuestro mundo consumista que el hombre está diseñado a escala divina y que sólo puede colmar su hambre de felicidad cuando abre de par en par las puertas de su vida a Jesucristo Redentor del hombre. Esto comporta vencer multitud de tentaciones que quieren empequeñecer nuestra vocación humano-divina. Con el ejemplo y con la fuerza de Jesús tentado en el desierto, desenmascaremos las muchas mentiras sobre el hombre que nos son dichas sistemáticamente desde los medios de comunicación social y desde el medio ambiente pagano donde vivimos.

San Benito dedica el capítulo 49 de su Regla a “La observancia cuaresmal” y exhorta a «borrar en estos días santos las negligencias de otros tiempos (...), dándonos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia (...), a ofrecer a Dios alguna cosa por propia voluntad con el fin de dar gozo al Espíritu Santo (...) y a esperar con deseo espiritual la Santa Pascua».



Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,1-13):


      






En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan."
Jesús le contestó: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre".
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: "Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mi, todo será tuyo."
Jesús le contestó: "Está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto".
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti", y también: "Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras".
Jesús le contestó: Está mandado: "No tentarás al Señor, tu Dios".
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.


Palabra del Señor




COMENTARIO


                                



La lucha contra el Demonio y demás espíritus malignos es un combate espiritual, pero no por ser espiritual deja de ser real.  Por el contrario, es una “real” batalla la que se libra entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios)

Y en ese combate estamos incluidos todos los seres humanos, cada uno en su respectivo bando, según estemos en amistad con Dios o en amistad con el Demonio.

Ahora bien, por la verdad contenida en la Sagrada Escritura, ya sabemos cuál será el bando ganador, aunque el Demonio, el Engañador, inventor de la mentira, pretenda hacer creer que será él quien vencerá.

Ya Cristo ha vencido al Demonio:  lo venció en la Cruz y con su Resurrección.  Cristo ya ganó de antemano esa victoria para nosotros, pero debemos alistarnos en el bando ganador, siendo de Dios, obedeciendo su Voluntad, aprovechando todas las gracias que nos otorga para nuestra salvación eterna, que es nuestra victoria.


                                    



Cristo, además, quiso someterse El mismo a esta batalla espiritual.  Cristo “no permanece indiferente ante nuestras debilidades, por haber sido   sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero que, a El, no lo llevaron al pecado” (Hb. 4, 15).

La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual.  ¿Cuáles son nuestras armas?  ¿Cuáles son nuestros pertrechos?  Entre otros, los medios que nos ofrece la Iglesia en este tiempo cuaresmal:  la oración, la penitencia, los ayunos, las limosnas, medios todos que nos ayudan a la conversión o cambio interior que requerimos para ir ganando este combate.

Los ejercicios del ayuno como respuesta a la sensualidad, de la limosna para atajar la avaricia, y de la oración contra la autosuficiencia, quieren ayudarnos a desprendernos de lo que impide la acción de Dios en nosotros.

La Liturgia de Cuaresma se nos abre precisamente con la batalla espiritual que Cristo libró contra el Demonio después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, en preparación para su vida pública de predicación al pueblo de Israel, entregándose a la Voluntad del Padre, en una misión que en poco tiempo lo llevaría a la muerte.


                                        



Y ¿qué es el desierto?  Según la Sagrada Escritura, el desierto es el sitio privilegiado para encontrarse con Dios, para dejarse transformar por El.

Tal fue el caso del pueblo de Israel que vivió cuarenta años en el desierto.  Y el desierto no sólo fue la travesía para llegar a la tierra prometida, sino también fue el sitio donde Yahvé fue moldeando al pueblo escogido para hacerlo depender sólo de El.

Otro ejemplo es el Profeta Elías (1 Rey. 19, 1-18), quien pasó también cuarenta días en el desierto, a donde huyó obligado para salvar su vida.  Después de muchas vicisitudes, se encuentra con Dios en el Monte Horeb, en el mismo sitio que Moisés, y allí Dios lo prepara para la misión que le encomendara.

Otro habitante del desierto fue San Juan Bautista.  Allí vivió prácticamente toda su vida y allí lo preparó Dios para ser el Precursor de su Hijo y preparar el camino del Salvador de Israel.

Sin embargo, el desierto, que para nosotros puede significar lugar de retiro, de silencio, de oración, no sólo es lugar de encuentro con Dios, sino también de lucha con el Demonio.  Porque, a veces un encuentro privilegiado con Dios puede ir precedido de una lucha fuerte contra el Maligno, que se opone por todos los medios a ese encuentro nuestro con el Señor.  Pero no hay que temer.  Recordemos: nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas (cfr. 1 Cor. 10, 13).


                          



Jesús, al terminar su retiro, nos dice el Evangelio de hoy, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13).

¡Tal es la soberbia del Maligno:  pretender tentar al mismo Dios!   Lo primero que se nos ocurre es pensar en su tremenda osadía, osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad: ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!

Allí en el desierto, Jesús hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección.  Y esa derrota será plena y terminante el día de su venida gloriosa, cuando venga a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (394) que el Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión.  ¡Qué osadía!  Y pretendió esto con tres tentaciones:  una de poder, otra de gloria y triunfo, y otra de bienestar material.  El bicho sigue con el mismo guión:  es lo mismo que nos ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el bando perdedor.

Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre.

Es una tentación de poder, pero también de complacencia de los sentidos para consentir el cuerpo.  No hay que sufrir, si con poder se puede aliviar cualquier cosa.  Tentación también muy presente en nuestros días.


                                         



La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”.

¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que, si se le rinden y lo adoran a él, les dará lo que le pidan!  La avaricia o búsqueda desordenada de riquezas y el apego a los bienes materiales es una tentación siempre presente.  Sólo el apego a Dios, poniéndolo a El primero que todas las cosas, nos protege de esta peligrosa tentación.

La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria.  Y en ésta sí se pasó de osado:  tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios.  Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo.

Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así:  Jesús se hubiera ganado la admiración y la aprobación de todo el mundo, hubiera sido la “super-estrella” del pueblo de Israel.  Pero el camino señalado por el Padre era otro muy distinto:  no de triunfos, sino por el contrario, humillaciones, ataques injustos, cruz y muerte.

¿Cómo oponernos a las tentaciones de orgullo y vanidad?  El mejor remedio es practicar lo opuesto: la humildad.

Por ejemplo:  no buscar posiciones con el fin de llegar a ser personas importantes, no hacer las cosas con el fin de procurar el reconocimiento de los demás.  Cuando vengan las humillaciones, que Dios suele enviarnos para hacernos crecer en humildad, no excusarnos, sino más bien aceptarlas, reconociéndolas como medios privilegiados de crecer en santidad.


                                     



Las tentaciones de Jesús en el desierto nos muestran una cosa muy importante.  Los ataques del Maligno son muy variados.  He aquí algunos a los que estamos muy inclinados los seres humanos de este Tercer Milenio, relacionados con las mismas tentaciones de Jesús en el desierto:

      . culto al cuerpo,
      . gusto por el placer
      . complacencia de los sentidos,
      . rechazo del sufrimiento,
      . avaricia,
      . apego a lo temporal,
      . ambición de poder,
      . ansia de poderes,
      . búsqueda de triunfo,
      . deseos de glorias,
      . reclamo de reconocimientos,
      . orgullo en todas sus otras formas, etc.,

Y no creamos que vamos a poder estar libres de tentaciones.  La santidad y el camino hacia Dios no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones.

Y ese combate es persistente.  El Demonio y los demonios y demás espíritus malignos no cejan en su lucha.  San Pedro compara al Demonio con un león enfurecido que anda dando vueltas alrededor nuestro, deseando devorarnos para llevarnos a la condenación eterna (cfr. 1 Pe. 5, 8).

Nos dice el Evangelio que el Diablo se retiró de Jesús “hasta que llegara la hora”, hasta el momento oportuno.

Para Cristo ese momento fue el de la Cruz, ya que, durante la Pasión, el Demonio hizo que toda la maldad del pueblo de Israel se volcara contra su Mesías, a quien no pudo el Maligno engañar ni seducir.  Pero Cristo al morir, obedeciendo la Voluntad del Padre en ese camino de humillación y sufrimiento, quitó el poder al Maligno y liberó a la humanidad del secuestro en que estaba por el pecado original.

Y para salir nosotros de ese secuestro, debemos cumplir el mandato con el que Jesús muy bien responde al Demonio: “Adorarás al Señor tu Dios y a El solo servirás” (Dt. 6, 13).

                                   



Adorar a Dios consiste en reconocerlo como nuestro Creador y nuestro Dueño, en reconocernos en verdad lo que somos:  hechura de Dios, posesión de Dios.  El es mi Dueño.  Yo le pertenezco.  Consecuencia lógica de esa dependencia es entregarme a El y a su Voluntad.  Y ser siempre fieles a El.

Esta instrucción de adoración la vemos en la Primera Lectura (Dt. 26, 4-10), la cual nos trae la profesión de fe del antiguo pueblo de Dios.  Todo hebreo debía presentar a Dios “las primicias” o primeros mejores frutos de su cosecha, pronunciando una oración que sintetizaba la historia de Israel.

Esta oración termina con la orden del Señor: “te postrarás ante El para adorarlo”, que es lo que responde Jesús a Satanás.

El Salmo 90 nos trae las palabras que el Demonio osó utilizar para tentar a Jesús con la gloria y el triunfo, si se lanzaba del Templo de Jerusalén.

Y en la Segunda Lectura (Rom. 10, 8-13) San Pablo también nos invita a hacer profesión de nuestra fe:  creer y confesar que Jesús es el Señor y que resucitó.


                                          



Seremos, entonces, salvados por esa fe que nos lleva a confiar en Dios y a poner todo nuestro empeño para responder a las gracias que Dios nos da para nuestra salvación.  Con nuestra fe y nuestra respuesta a las gracias; es decir, con nuestra fe y con nuestras obras, somos salvados por Cristo.

Dios ha querido que el combate espiritual contra las fuerzas del mal sea para nosotros fuente de gracia y de salvación, porque venciendo las tentaciones acumulamos méritos para la Vida Eterna (cfr. St. 1, 2-4 y 12).

En esa lucha inevitable, no olvidemos algo muy importante:  contamos con toda la ayuda necesaria de parte de Dios para ganar las batallas espirituales y la batalla final.  Que así sea.