domingo, 13 de julio de 2014

Salió un sembrador a sembrar (Evangelio dominical)





Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.


El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma. Por ejemplo, entre alumnos de un mismo colegio y de una misma clase, unos terminan con vocación religiosa y otros ateos. Han oído lo mismo, pero la semilla cayó en distinta tierra.

La buena tierra es nuestro corazón. En parte es cosa de la naturaleza; pero sobre todo depende de nuestra voluntad. Hay personas que prefieren disfrutar antes que ser mejores. En ellas se cumple lo de la parábola: las malas hierbas (es decir, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas) «ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13,22).

Pero quienes, en cambio, valoran el ser, acogen con amor la semilla de Dios y la hacen fructificar. Aunque para ello tengan que mortificarse. Ya lo dijo Cristo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). También nos advirtió el Señor que el camino de la salvación es estrecho y angosto (cf. Mt 7,14): lo que mucho vale, mucho cuesta. Nada de valor se consigue sin esfuerzo.

El que se deja llevar de sus apetitos tendrá el corazón como una selva salvaje. Por el contrario, los árboles frutales que se podan dan mejor fruto. Así, las personas santas no han tenido una vida fácil, pero han sido unos modelos para la humanidad. «No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).






Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-23):

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. 

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


Palabra del Señor



COMENTARIO





En la Liturgia de hoy tenemos un Evangelio en el que Jesucristo presenta una parábola:  la Parábola del Sembrador.  Y podríamos decir que el Señor también nos da su propia “homilía”, ya que después de haber lanzado esa ilustrativa parábola, El explica a los discípulos lo que significa todo lo que ha dicho.

Recordemos que los discípulos le preguntan al Señor por qué habla a la gente en parábolas.  Y el Señor les da el por qué.   Y es muy interesante ver los motivos que da el Señor.  Pero más que interesante debiera resultarnos “preocupante” -debiera más bien ser motivo de preocupación- el percatarnos de la razón que da Jesús.

Oigamos sus palabras: “Les hablo en parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden”.   Y pasa Jesús a recordar que ya esto estaba dicho, pues había sido anunciado por boca del Profeta Isaías.  Así continúa el Señor:  “En ellos se cumple aquella profecía de Isaías:  ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán;  porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos ... porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”





Cuando Jesús terminó de exponer la Parábola del Sembrador, cerró con esta frase:“El que tenga oídos que oiga”.    Y ... ¿qué significa oír a Dios?  ¿Quiénes son los que oyen a Dios?  Lo dice muy claramente Jesús con las palabras del Profeta Isaías que El mismo cita.  ¿Quiénes son los que oyen? ... Pues si los que nooyen son los que no quieren convertirse, ni ser salvados por El ... los que sí oyen tienen que ser los que están abiertos a la conversión y los que se sienten necesitados de ser salvados por Jesucristo.

Pero, veamos cuál es la situación real.  ¿Qué es lo que sucede? ...  Sucede que la mayoría de nosotros nos encontramos aturdidos por los atractivos del mundo y ocupados con sus exigencias; es decir, estamos -como si dijéramos- “atrapados” por el mundo, por todo lo mundano.  Y entonces no tenemos ni tiempo, ni tranquilidad, ni ganas siquiera, de pensar en la necesidad que tenemos de convertirnos ... porque no pensamos sino en las cosas de mundo.  Vivimos como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados.

Hay otros que llegamos a pensar que tal vez debiéramos convertirnos ... y hasta damos algunos pasos en ese sentido.  Pero ... ¿quiénes somos los que concientizamos suficientemente la necesidad que tenemos de ser salvados por Jesucristo?  ¿No es cierto que más bien tomamos nuestra redención algo así como un “derecho adquirido”, como algo que ya está dado y que en realidad no tiene mayor importancia?

¿Quiénes somos los que realmente pensamos que tenemos una necesidad vital de ser redimidos por Jesucristo? ... ¿Quiénes? ...  ¡Qué lejos estamos de la realidad, qué lejos estamos de la verdad, con nuestra forma de pensar!  ¿O podríamos más bien llamarla  “forma de no pensar”?  Pues, como decíamos antes, realmente no nos ocupamos mucho de pensar en esto ...





La Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 18-23) que seguimos leyendo poco a poco a lo largo de estas semanas del Tiempo Ordinario, nos habla de esa necesidad que tenemos de ser redimidos.  Nos habla de los sufrimientos de esta vida, por los que tenemos que pasar, pero teniendo la firme esperanza de que seremos definitivamente llevados a la gloria de los hijos de Dios.

Los que en esta vida tratan de vivir en gracia, tienen esa vida divina en la parte espiritual de su ser, pero esperan ser transformados totalmente, cuerpo y alma, en el momento de la resurrección.  Y mientras estamos en esta vida, aunque vivamos en gracia, en Dios, y podamos vivir la Paz de Cristo, los sufrimientos y las tentaciones nos impiden gozar de la gloria, de la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Por ahora, nos dice San Pablo, toda la creación -incluyéndonos a nosotros- gime, sufre, como con dolores de parto.  Pero estamos esperando nuestra liberación definitiva cuando también nuestro cuerpo sea glorificado en la resurrección final.






Volvamos, entonces, a la Parábola del Sembrador, la cual es muy clara.  Como dijimos, el Señor mismo nos la explica.  Y ¿qué nos dice el Señor? ...  Que debemos ser “tierra buena”para recibirlo a El.  Lo más importante a considerar en esta parábola son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas.  Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor.  ¿Y nosotros ... cómo recibimos todo esto?  ¿Qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor?
¿Somos de los que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?
¿O seremos tal vez de los “pedregosos o poco constantes”, que se entusiasman inicialmente -es decir, dejan germinar la semilla- pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces la siembra se pierde?

¿O más bien somos de los “espinosos”,que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano, con el apego que tienen al racionalismo y el orgullo intelectual, etc., etc. etc. ... que ahogan la Palabra de Dios con ¡tantas otras cosas! que terminan por hacer que la siembra no dé sus frutos.

Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden.

Entonces cabe preguntarnos:  ¿realmente queremos seguir con los ojos cerrados, con los oídos cerrados y con el corazón cerrado?  ¿O queremos abrirnos para ser de esa “tierrabuena”,  que es como llama Jesús a las almasde los que sí abren sus ojos, sí abren sus oídos y sí abren su inteligencia y su corazón, para que el Señor pueda sembrar y para que podamos dar fruto?




En la Primera Lectura (Is. 55, 10-11) Dios nos anuncia por medio del Profeta Isaías que su Palabra no quedará sin resultado, sino que ella cumplirá su misión, la cual es el cumplimiento de la voluntad divina.  Y esto lo dice con el mismo paisaje campestre del Evangelio y del Salmo, es decir,  la siembra, la lluvia, la semilla, la germinación.

El Salmo 64  que hemos rezado nos habla de la tierra y del agua que la riega, de pastos y de flores, de rebaños y trigales.  Y nos habla de la preparación de la tierra.  Y ¿quién prepara la tierra?  ¿quién prepara nuestra alma para recibir la semilla y poder dar fruto?  La prepara el mismo Señor, el Sembrador.




Así hemos rezado en el Salmo:  “Tú preparas las tierras para el trigo: riegas los surcos, aplanas los terrenos, reblandeces el suelo con la lluvia”.   Dispongámonos a que el Señor nos prepare para su siembra, dejemos que El reblandezca nuestro suelo con la lluvia de su Gracia, dejemos que El aplane nuestro terreno, moldeándolo de acuerdo a su Voluntad.  Así podremos ser esa tierra buena que El busca para sembrar su Palabra y para que dé el fruto esperado.


“Unos dan el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.   Ojalá estemos entre éstos, porque -si es así- el Señor podrá decirnos como a sus discípulos:  “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”.

viernes, 11 de julio de 2014

Hoy es San Benito Abad. Patrón de Europa!!





Ora et Labora

Hace casi ya mil quinientos años, San Benito, el fundador de numerosos monasterios que se agruparían más tarde para ser conocidos como monjes benedictinos, acuño una frase que sería el lema de sus hermanos y pasaría a la historia como la síntesis de su misión y espiritualidad: "Ora et labora", "reza y trabaja".

Padre del monasticismo occidental, decidió abandonar Roma y el mundo para evitar la vida licenciosa de dicha ciudad. Vivió como ermitaño por muchos años en una región rocosa y agreste de Italia. En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquél tiempo, una comunidad de monjes, cuyo abad había muerto. Decidieron pedirle a San Benito que ocupara su lugar. Al principio se negó, pero luego cedió ante la insistencia. Pronto se puso en evidencia que las estrictas nociones de disciplina monástica que San Benito observaba, no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas. El mismo día retornó a Subiaco, no para seguir llevando una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante esos tres años de vida oculta. No tardaron en reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos.



San Benito se encontró entonces, en posición de empezar aquél gran plan de "reunir en aquél lugar a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón, para unirlos en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios" Por lo tanto, colocó a todos los que deseaban obedecerle en los 12 monasterios de madera, cada uno con su prior. El tenía la suprema dirección sobre todos y vivía con algunos escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado.



A causa de algunos problemas con el sacerdote Florencio, se transladó a Monte Cassino. En esta región, sobre las ruinas del templo de Apolo, - al que los habitantes de este lugar rendían culto antes de su llegada - construyó dos capillas y la abadía de Monte Cassino, alrededor del año 530. De aquí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana. Fue tal vez durante este periodo que empezó a concretizar su "Regla", la que está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí "la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey". Prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, y trabajo, llevado socialmente, en una comunidad y con un padre común.

San Benito vaticinó el día de su muerte; el último día recibió el Cuerpo y la Sangre del Señor. Fue enterrado junto a santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo que él mismo destruyó, en Monte Cassino.


ANUNCIA SU MUERTE.





El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte.  Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba.  Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre.  El 21 de marzo del año 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibió la Eucaristía.  Después, junto a sus monjes, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus últimas palabras fueron: "Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo".  Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.  

Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad".  Era el momento preciso en el que moría el santo.

Que Dios nos envíe muchos maestros como San Benito, y que nosotros también amemos con todo el corazón a Jesús.


En 1964 Pablo VI declara a san Benito patrono principal de Europa.