domingo, 13 de noviembre de 2016

«Mirad, no os dejéis engañar» (Evangelio dominical)

                                  
                                                      
Hoy, el Evangelio nos habla de la última venida del Hijo del hombre. Se acerca el final del año litúrgico y la Iglesia nos presenta la parusía, y al mismo tiempo quiere que pensemos en nuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno o cielo. El fin de un viaje condiciona su realización. Si quieres ir al infierno, te podrás comportar de una manera determinada de acuerdo con el término de tu viaje. Si escoges el cielo, habrás de ser coherente con la Gloria que quieres conquistar. Siempre, libremente. Al infierno no va nadie por la fuerza; ni al cielo, tampoco. Dios es justo y da a cada uno lo que se ha ganado, ni más ni menos. No castiga ni premia arbitrariamente, movido por simpatías o antipatías. Respeta nuestra libertad. Sin embargo, hay que tener presente que al salir de este mundo la libertad ya no podrá escoger. El árbol permanecerá tendido por el lado en que haya caído.

«Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección» (Catecismo de la Iglesia n. 1033).
                                                         
                                         
¿Te imaginas la grandiosidad del espectáculo? Los hombres y las mujeres de todas las razas y de todos los tiempos, con nuestro cuerpo resucitado y nuestra alma compareceremos delante de Jesucristo, que presidirá el acto con gran poder y majestad. Vendrá a juzgarnos en presencia de todo el mundo. Si la entrada no fuera gratuita, valdría la pena... Entonces se sabrá la verdad de todos nuestros actos interiores y exteriores. Entonces veremos de quién son los dineros, los hijos, los libros, los proyectos y las demás cosas: «No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida» (Lc 21,6). Día de alegría y de gloria para unos; día de tristeza y de vergüenza para otros. Lo que no quieras que aparezca públicamente, ahora te es posible eliminarlo con una confesión bien hecha. No puedes improvisar un acto tan solemne y comprometedor. Jesús nos lo advierte: «Mirad, no os dejéis engañar» (Lc 21,8). ¿Estás preparado ahora?



Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-19):
                                                         

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos.
Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»


Palabra del Señor



COMENTARIO.

                                                 


Las Lecturas del Domingo pasado nos hablaban de nuestra resurrección, haciéndonos reflexionar sobre lo que nos espera después de esta vida terrena.  Las Lecturas de hoy continúan esa línea y nos hablan de un tema que interesa, pero que no nos gusta mucho: el Fin de los Tiempos y la Segunda Venida de Cristo.

Las imágenes del Evangelio de hoy tal vez nos resultan un poco incómodas... hasta podrían darnos un poco de miedo.  Pero notemos que es el mismo Jesucristo quien nos las presenta, no para asustarnos, sino para alertarnos, para que estemos siempre preparados.

Y la Iglesia, para recordarnos esa preparación tan necesaria, nos presenta estos textos escatológicos en estos domingos con los que concluye el Año Litúrgico, y continúa con ellos en los primeros domingos de Adviento, con los que comienza en nuevo Año Litúrgico.
                                                               


Sobre nuestra preparación, San Francisco de Sales recomienda que vivamos cada día como si fuera el último día de nuestra vida.  Así no tendremos nada que temer cuando nos venga ese día.  Y ese día nos puede venir, bien porque morimos, o bien porque vuelve Jesucristo en gloria “para juzgar a vivos y muertos”, tal como rezamos todos los Domingos en el Credo.

La Segunda Venida del Señor no tiene que atemorizarnos, sino que más bien debe llenarnos a todos de una gran esperanza.  En primer lugar, porque Cristo vendrá a poner las cosas en su lugar.  En la vida presente -y sobre todo en nuestro mundo actual- pareciera que el Mal venciera sobre el Bien, pareciera que los que no viven de acuerdo a Dios viven más tranquilos... y hasta más felices.  ¿Por qué parece que los malos siempre triunfan?, se preguntan muchos.

Pero veamos la Primera Lectura del Profeta Malaquías (Mlq. 3, 19-20):   al final a cada uno le tocará lo que haya merecido con su conducta en esta vida.  Dice el Profeta: “Ya viene el día del Señor ardiente como un horno”.   Para unos ese horno “los consumirá como paja”.  Pero para “los que temen al Señor, brillará el Sol de Justicia y les traerá la salvación en sus rayos”.   Es decir, el día final para unos será de una manera y para otros será diferente, todo dependiendo de cómo haya sido nuestra vida en la tierra.
                                                       


En el trozo que hemos leído del Evangelio de San Lucas (Lc. 21, 5-19)  se mezclan anuncios del fin del mundo con la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo –hechos que ya sucedieron 40 años después de la muerte de Jesucristo.

Los Apóstoles le preguntan cuándo iban a suceder estas cosas.  Y el Señor les da algunas señales:Primero les dice que vendrán muchos usurpando su nombre, diciendo que son el Mesías.  “No les hagan caso”,  nos dice el Señor.  A veces se oye de alguno que se cree el Mesías y que enseña doctrinas falsas y sumamente peligrosas.  Por eso el Señor nos advierte que no les hagamos caso.

Se refiere esta advertencia también a todas esas falsas doctrinas que contradicen la Sagrada Escritura y la enseñanza de la Iglesia y que se promueven por todos lados, para tratar de hacernos perder la Fe en la única Verdad, que es Jesucristo. 
                                                             


Por eso tratan de disfrazarse como Mesías y de disfrazar sus enseñanzas como si fueran cristianas.  No les hagamos caso, porque tratarán de debilitar nuestro amor por la Verdad, lo cual puede muy bien llevarnos en última instancia a la condenación (cf. 2 Tes. 2, 9-11).   Se va debilitando la fe al ir anexando mitos y teorías falsas y heréticas, y terminamos por perderlo todo.

También nos habla el Señor de guerras y revoluciones, pero nos advierte no dejarnos dominar por el pánico.  Estas guerras y revoluciones no son aún el fin.

También habla de grandes terremotos, epidemias, hambres, y señales prodigiosas y terribles en el cielo.
                                      


También habla de persecuciones religiosas;  es decir, nos advierte que seremos perseguidos y hasta traicionados por miembros de nuestra propia familia.  Y todo esto por el delito de seguirlo a El.

Pero si nos mantenemos fieles a El, a sus enseñanzas, a su Voluntad... si nosmantenemos firmes,  conseguiremos la Vida Eterna. 

Volviendo a lo que nos dice el Profeta Malaquías en la Primera Lectura: la Segunda Venida de Jesucristo será para aquéllos que permanezcamos fieles hasta el final como “la Venida del Sol de Justicia que nos traerá la salvación en sus rayos”.
                                                 


Señales adicionales que completan el cuadro final aparecen en otros textos de la Sagrada Escritura:  

         1.)  El Evangelio habrá sido predicado en todo el mundo. 

         2.)  La mayor parte de la humanidad habrá perdido la fe y estará imbuida en las cosas del mundo.  

         3.)  La humanidad estará muy parecida a los días de Noé.
 
         4.)  Se manifestará el anti-Cristo, que con el poder de Satanás realizará prodigios con los que pretenderá engañar a toda la humanidad.
                                                   


Otros textos nos hacen saber cómo volverá Jesucristo: primeramente aparecerá en el cielo su señal -la cruz-; vendrá acompañado de Ángeles y aparecerá con gran poder y gloria.  No así el impostor, el anti-Cristo (cf. Hch. 1,11y Mt. 24, 30-31).

El final de este pasaje del Evangelio de San Lucas no aparece en el texto de hoy, pero el Señor completa su discurso así: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles.  Cuando ustedes ven los primeros brotes, saben que está cerca el verano.  Así también cuando vean las señales que les dije, piensen que está cerca el Reino de Dios...  Estén alertas para que no les sorprenda este día... Por eso estén vigilando y orando en todo tiempo, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder”. 

Oración y vigilancia es lo que nos pide el Señor.  Orar y actuar como si hoy -y todos los días- fueran el último día de nuestra vida terrena.
                                                          

San Pablo nos advierte en la Segunda Lectura (2 Tes. 3, 7-12)  sobre el actuar, porque “algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada y, además, entrometiéndose en todo”.  Esto debe poner en guardia a los que pensando que el final de los tiempos pudiera estar cerca, decidieran cruzarse de brazos y simplemente esperar.  También la advertencia sirve para cualquier holgazán que quiera vivir sin “ganarse con sus propias manos la comida”. 

En resumen: hay que trabajar como si nada fuera a suceder.  Y orar como si en cualquier momento pudiera llegarnos el final, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, o porque llegue Cristo en su Segunda Venida.
                                           


Ahora bien, lo importante no es saber el cómo.  Lo importante no es saber el cuándo.  Lo importante es estar siempre preparados.  Lo importante es vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra.

El Salmo 97  nos lleva a regocijarnos con la venida del Señor.  “Alégrense todos los habitantes del mundo... porque ya viene el Señor a gobernar el orbe”.   Y, por fin, la maldad no seguirá triunfando, pues la norma será “la justicia y la rectitud”. 


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org.
Evangeli.org


domingo, 6 de noviembre de 2016

“No es Dios de muertos, sino de vivos” (Evangelio dominical)


Hoy, Jesús hace una clara afirmación de la resurrección y de la vida eterna. Los saduceos ponían en duda, o peor todavía, ridiculizaban la creencia en la vida eterna después de la muerte, que —en cambio— era defendida por los fariseos y lo es también por nosotros.

La pregunta que hacen los saduceos a Jesús «¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer» (Lc 20,33) deja entrever una mentalidad jurídica de posesión, una reivindicación del derecho de propiedad sobre una persona. Además, la trampa que ponen a Jesús muestra un equívoco que todavía existe hoy; imaginar la vida eterna como una prolongación, después de la muerte, de la existencia terrenal. El cielo consistiría en la transposición de las cosas bonitas que ahora gozamos.

Una cosa es creer en la vida eterna y otra es imaginarse cómo será. El misterio que no está rodeado de respeto y discreción, peligra ser banalizado por la curiosidad y, finalmente, ridiculizado.

La respuesta de Jesús tiene dos partes. En la primera quiere hacer entender que la institución del matrimonio ya no tiene razón de ser en la otra vida: «Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (Lc 20,35). Lo que sí perdura y llega a su máxima plenitud es todo lo que hayamos sembrado de amor auténtico, de amistad, de fraternidad, de justicia y verdad...

El segundo momento de la respuesta nos deja dos certezas: «No es un Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20,38). Confiar en este Dios quiere decir darnos cuenta de que estamos hechos para la vida. Y la vida consiste en estar con Él de manera ininterrumpida, para siempre. Además, «para Él todos viven» (Lc 20,38): Dios es la fuente de la vida. El creyente, sumergido en Dios por el bautismo, ha sido arrancado para siempre del dominio de la muerte. «El amor se convierte en una realidad cumplida si se incluye en un amor que proporcione realmente eternidad» (Benedicto XVI).


Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):
                                       

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

Palabra del Señor




COMENTARIO.

                          


Un día le preguntaron a Jesús si había matrimonios en el Cielo.  La pregunta parece una broma, pero el Evangelio de hoy (cf. Lc. 20, 27-38)  nos trae ese incidente.

Sucedió que unos saduceos (grupo religioso de los tiempos de Cristo que no creía en la resurrección de los muertos), tratando de dejar en ridículo al Señor, le pusieron una de esas “trampas”, de las cuales el Maestro se salía con divina sagacidad.

Le presentaron el caso de una mujer (debe haber sido un caso hipotético, pues esta dama supuestamente sobrevivió a ¡siete! hermanos con los cuales se había casado consecutivamente a medida que iba enviudando de cada uno).  La pregunta era que después de morir la viuda, cuando llegara la resurrección “¿de cuál de ellos sería esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”.

Jesús les responde con toda paciencia y con mucha claridad:  “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura -los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos- no se casarán ni podrán ya morir, porque serán semejantes a los Ángeles.  Y serán hijos de Dios, pues El los habrá resucitado”.
                                             


De esta amplia respuesta podemos sacar enseñanzas muy importantes sobre nuestra futura resurrección.

1.      Hay una vida futura.  Sí la hay.  La verdadera Vida comienza después de la muerte.  Esta vida es sólo una preparación para esa otra Vida.  Por eso rezamos en el Credo:  “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

2.      Todos estamos llamados a esa Vida del mundo futuro, en el que viviremos “resucitados”, en una vida distinta a la del mundo presente.  Pero no todos llegaremos a esa Vida:  sólo “los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos”.  La voluntad de Dios es que todos los hombres y mujeres nos salvemos y lleguemos a esa Vida del mundo futuro.  Pero como nos advierte el mismo Jesús sobre el momento de la resurrección de los muertos:  “Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 28-29).   Todos resucitaremos, pero unos resucitarán para la Vida y otros para la condenación.

3.      En el Cielo no habrá matrimonios:  “en la vida futura no se casarán”.  Es cierto que estaremos junto con los demás salvados, incluyendo nuestros seres queridos, pero lo importante en el Cielo será vivir en la plenitud de Dios.
                                             


4.      Llegaremos a ser inmortales:  “no podrán ya morir y serán semejantes a los Ángeles”.  La vida en el mundo futuro no significa que volveremos, a esta vida terrenal.  Resucitar no significa que volveremos a esta vida como Lázaro, el hijo de la viuda de Naím o la hija de Jairo, a quienes Cristo volvió a esta vida, los cuales en algún momento tuvieron que volver a morir.  Tampoco significa que vamos a re-encarnar; es decir, volver a nacer en otro cuerpo que no es el nuestro.  La re-encarnación, además de ser imposible, es un mito negado en la Biblia y herético para los cristianos.  Más bien seremos como los Ángeles, que son bellos, inmortales, refulgentes, etc.  Lo que sucederá cuando resucitemos será ¡una maravilla!  pues tendrá lugar la reunificación de nuestra alma inmortal con nuestro cuerpo mortal, pero éste glorificado en ese mismo momento ... como el de Cristo después de resucitar, como el de la Santísima Virgen, asunta al Cielo en cuerpo y alma.

5.      Seremos verdaderamente “hijos de Dios, pues El nos habrá resucitado”.   Y ¿es que no somos ya hijos de Dios?  Todos somos creaturas de Dios.  Pero “son hijos de Dios los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios” (Rom. 8, 14).  Y“los que lo recibieron, que son los que creen en su Nombre, les concedió ser hijos de Dios” (Jn. 1, 11-12).  Entonces, sí somos hijos de Dios, si estamos en gracia, pero a partir del momento de nuestra resurrección lo seremos plenamente, pues seremos como El, ya que estaremos purificados totalmente del pecado y de todas sus consecuencias.  A esto se refiere San Juan cuando nos habla de nuestra nueva condición:  “Amados:  desde ya somos hijos de Dios, aunque no se ha manifestado lo que seremos al fin ... seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es”  (1 Jn. 3, 2).
                                                 


Adicionalmente, para demostrar a los Saduceos que la resurrección es verdad, Jesús utiliza palabras de Moisés, a quien los Saduceos sí aceptaban.  Le dice así:  “Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.  Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para El todos viven”.

En la Segunda Lectura (2 Tes. 2, 16-3, 5) queda implícita nuestra futura resurrección:  “Dios nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza ... esperen pacientemente la venida de Cristo”.

Importante notar que la firme esperanza de nuestra resurrección es gratuita, no la merecemos, es un regalo de Dios.  Para eso nos creó, para gozar de esa felicidad eterna para siempre con El y en El.

La creencia en la resurrección es muy antigua.  En efecto, en la Primera Lectura del Libro 2 de los Macabeos (2Mac. 7, 1-2 y 9-14)vemos como aquellos hermanos que estaban siendo torturados, descuartizados y muertos delante de su madre, se sentían consolados y fortalecidos en la seguridad de su futura resurrección, diciendo:  “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.
                                           
                                       
Este pasaje impresionante, nos muestra una cosa importante para efectos de comprender la resurrección.  ¿Qué sucede con los cuerpos que han sido mutilados o que han desaparecido volatilizados en gases o que han sido consumidos por un animal?  Lo responde uno de los hermanos: “De Dios recibí estos miembros y de El espero recobrarlos”.

Así será la resurrección:  recuperaremos todos los miembros perdidos de nuestro cuerpo... pero con la ventaja que ya no será un cuerpo decadente, mortal, que se enferma y se envejece, como el que ahora tenemos, sino que será un “cuerpo espiritual”.  Como dice el Evangelio:  ya los seres humanos no nos casaremos, ni moriremos, sino que seremos como los Ángeles, pues Dios nos habrá resucitado.

También queda expuesto desde este libro del Antiguo Testamento lo que San Juan nos dice posteriormente:  unos resucitarán para la Vida y otros no:  “El Rey del universo nos resucitará a una Vida Eterna ... Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.

Otro asunto importante es cómo van a ser nuestros cuerpos resucitados.  ¿Por qué importa esto?  Parece trivial esta consideración, pero como tanta gente anda tan encantada con el mito de la re-encarnación, es bueno afianzar nuestra fe y nuestra esperanza al considerar la ¡maravilla! que será nuestra resurrección y la mentira que es la re-encarnación. 
                                                    


Otro asunto a considerar es ¿cuándo será nuestra resurrección?  Hay gente que cree que es enseguida de la muerte.  Y no es así.  Al morir nuestra alma se separa de nuestro cuerpo.  El alma va al Cielo, al Infierno o al Purgatorio, según sea su estado.  En el momento de la resurrección se reunifica con el cuerpo.  Y ese momento será, entonces, en el “último día”; “al fin del mundo”, cuando vuelva Cristo en su Segunda Venida:  “Cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son de la trompeta divina.  Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1 Tes. 4, 16).

Es el momento que aguardamos, el de nuestra resurrección, el cual cantamos en el Salmo 16: “Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro”.   Que así sea.








Fuentes:
Sagradas Escrituras.
Evangeli.org
Homilias.org.