miércoles, 2 de agosto de 2017

Hoy celebramos a ... Nuestra Señora de los Ángeles !!



Hoy miércoles celebra la Iglesia, la fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles.

Una fiesta bonita, una advocación más que se le da a la Virgen y una característica más con que conocemos y honramos a la Madre de Cristo.Cae, es cierto, en un día no demasiado bueno (2 de agosto) pero la Iglesia celebra ese día a la Virgen con ese entrañable título de "Nuestra Señora de los Ángeles" y hay que intentar cumplir como buenos hijos.


Hay una máxima que señala que para apreciar una cosa primero la tienes que conocer y si es al detalle la aprecias mucho más. Y eso es lo que hemos pretendido. Gracias a este gran invento de internet hemos buscado por la red y hemos encontrado lo que a continuación ofrecemos. Lo hacemos porque creemos que así la gente, los que leen este blog, pueden conocer mejor esta fiesta. Sí, sé que es una mala fecha. Los que han terminado las vacaciones no llegan con muy buen humor que digamos y los que las tienen en agosto si aún no han salido están pensando donde ir. Pero los cristianos, los que proclamamos nuestra fe católica, tenemos unas obligaciones, mejor unos deberes de los que no podemos eludir. Y uno de estos deberes es la devoción que tenemos que profesar a la Virgen María en todas y cada una de sus advocaciones. Y la de Los Ángeles, esta es una de ellas.
No me valen pues que si hace calor, si es un tiempo propicio para estar en la playa o en el chalet, si esta fiesta únicamente se tendría que celebrar de puertas para dentro debido precisamente a que estamos en una época en que se vacían nuestras ciudades pues son muchos los que emigran, cada vez menos, a la playa, a los chalets o a ver a la familia en el pueblo.

Nuestra Señora la Reina de los Ángeles.



El nombre completo del que procede este bellísimo nombre propio de mujer, es Nuestra Señora la Reina de los Ángeles. He ahí los nombres y las virtudes que se ocultan tras este nombre realmente plural: Señora, Reina y Ángel.

Casi nada para empezar. Basta que le añadamos al nombre su respectivo artículo, para que vuele la imaginación a la sin igual ciudad de Los Ángeles, fundada por el aventurero español Felipe de Neve en 1781 con el nombre de "El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles", en que se concentra el resplandor de las estrellas del cine y de la televisión. Es realmente la Regina Stellarum, la reina de las estrellas, la reina del glamour, además de ser la ciudad de la Reina de los Ángeles (Regina Angelorum, que dicen las letanías). Pero volviendo a su origen, el griego “ánguelos” no es poco lo que trae consigo el nombre. Ángeles fueron en un principio los mensajeros, nobles servidores de los dioses y de los hombres. Pero pronto fueron los más insignes aquellos que dedicaban sus desvelos a la intermediación entre Dios y el hombre, hasta convertirse en los ángeles por antonomasia; y buenos por su misma naturaleza; y la misma belleza personificada.



Un nombre tan sugestivo no podía quedar exclusivamente en la lista de los nombres masculinos sólo por ser ésta su forma gramatical; como tampoco quedó el nombre de María reducido a la lista de los nombres femeninos por tan poca cosa. Y así dio el salto para convertirse en bellísimo nombre de mujer a través de Nuestra Señora de los Ángeles, y también bajo la forma de Angélica, y aun bajo la forma de Ángela. Era el justo destino. De la Biblia a la patrística y hasta las más bellas tradiciones, María está siempre rodeada de ángeles. El arcángel san Gabriel, príncipe de ángeles, es el primero que aparece en su vida, anunciándole la Encarnación. Y luego, cuando da a luz al Redentor, coros de ángeles cantan y anuncian la buena nueva. Y vuelven a ser los ángeles los autores de su Asunción a los cielos; y ángeles de nuevo los que trasladan su casa de Belén a Loreto, como cuenta la piadosa tradición.


 (Virgen de los Ángeles, Patrona de Costa Rica)

¿Cómo no iba a ser la Reina de los Ángeles si nunca persona alguna fue de ángeles y arcángeles tan bien servida? Pero es que una vez iniciado su camino, este nombre siguió extendiéndose por el mundo, tanto en la geografía como en la onomástica. Así existen ciudades y pueblos y ríos y montes y valles con el nombre de Los Ángeles en España, en Perú, en Filipinas, en México, en Puerto Rico, en Costa Rica, en Colombia, además de la relumbrante ciudad de Estados Unidos. Y formó parte en la composición de nombres tanto de mujer como de hombre: María de los Ángeles, Isabel de los Ángeles, Felipa de los Ángeles, Mariana de los Ángeles, Martina de los Ángeles, Juan de los Ángeles, Mateo de los Ángeles... tras todos estos nombres hay grandes personajes que han merecido el honor de las enciclopedias. Y no bajo esta forma, sino bajo la forma de Ángela hay varias santas en el cielo; y en la mitología griega, es éste uno de los sobrenombres de Diana y de la también diosa lunar Hécate, y el nombre de una de las hijas de Júpiter y Juno, responsable de que los europeos sean tan blancos, porque les dio los cosméticos que le había sustraído a su madre. Y en la forma de "La Hermosa Angélica" tenemos a la heroína del Orlando Furioso, de Ariosto. Como no podía ser menos, la mujer se ha apropiado de este excelso nombre de los ángeles y lo ha enaltecido mucho, mucho más.

¡Felicidades! Ángeles y Angelitas!!




DULZURA DE LOS ÁNGELES
(de la liturgia bizantina)




Dulzura de los ángeles, alegría de los afligidos,
abogada de los cristianos, Virgen madre del Señor,
protégeme y sálvame de los sufrimientos eternos.

María, purísimo incensario de oro,
que ha contenido a la Trinidad excelsa;
en ti se ha complacido el Padre, ha habitado el Hijo, y
el Espíritu Santo, que cubriéndote con su sombra,
Virgen, te ha hecho madre de Dios.

Nosotros nos alegramos en ti, Theotókos;
tú eres nuestra defensa ante Dios.
Extiende tu mano invencible y aplasta a nuestros enemigos.
Manda a tus siervos el socorro del cielo.













Fuentes:
Iluminación Divina
Fiestas Marianas.
José Ángel Crespo Flor.
Ángel Corbalán

domingo, 30 de julio de 2017

«Un tesoro escondido en un campo (...); un mercader que anda buscando perlas finas» (Evangelio Dominical)




Hoy, el Evangelio nos quiere ayudar a mirar hacia dentro, a encontrar algo escondido: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo» (Mt 13,44). Cuando hablamos de tesoro nos referimos a algo de valor excepcional, de la máxima apreciación, no a cosas o situaciones que, aunque amadas, no dejan de ser fugaces y chatarra barata, como son las satisfacciones y placeres temporales: aquello con lo que tanta gente se extenúa buscando en el exterior, y con lo que se desencanta una vez encontrado y experimentado.

El tesoro que propone Jesús está enterrado en lo más profundo de nuestra alma, en el núcleo mismo de nuestro ser. Es el Reino de Dios. Consiste en encontrarnos amorosamente, de manera misteriosa, con la Fuente de la vida, de la belleza, de la verdad y del bien, y en permanecer unidos a la misma Fuente hasta que, cumplido el tiempo de nuestra peregrinación, y libres de toda bisutería inútil, el Reino del cielo que hemos buscado en nuestro corazón y que hemos cultivado en la fe y en el amor, se abra como una flor y aparezca el brillo del tesoro escondido.




Algunos, como san Pablo o el mismo buen ladrón, se han topado súbitamente con el Reino de Dios o de manera impensada, porque los caminos del Señor son infinitos, pero normalmente, para llegar a descubrir el tesoro, hay que buscarlo intencionadamente: «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas» (Mt 13,45). Quizá este tesoro sólo es encontrado por aquellos que no se dan por satisfechos fácilmente, por los que no se contentan con poca cosa, por los idealistas, por los aventureros.

En el orden temporal, de los inquietos e inconformistas decimos que son personas ambiciosas, y en el mundo del espíritu, son los santos. Ellos están dispuestos a venderlo todo con tal de comprar el campo, como lo dice san Juan de la Cruz: «Para llegar a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada».




Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,44-52):





En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.




 Hoy el Evangelio de San Mateo nuevamente nos trae tres parábolas:  la del Tesoro escondido, la de la Perla fina y la de la Red de pescar.  Y Jesús usa esas tres cosas para explicarnos el significado del Reino de los Cielos y su importancia. (Mt. 13, 44- 52)

Son muchas las veces que Jesús nos habla en el Evangelio del “Reino de Dios”, del “Reino de los Cielos”.  Y, además ¡cuántas veces hemos repetido esa frase del Padre Nuestro “venga a nosotros tu Reino”!  Quiere decir, entonces, que es importante entender qué es el “Reino de los Cielos”.  Y es importante saber cuáles son sus implicaciones.

En este trozo del Evangelio de San Mateo Jesucristo usa tres parábolas para explicar de qué se trata el Reino de los Cielos.  Pero éstas no son las únicas.

Jesucristo nos explicó lo del Reino de los Cielos con muchísimas comparaciones y parábolas, de manera que pudiéramos captar la importancia de su Reino.  Tanta importancia tiene, que debe estar antes que todo lo demás.

Veamos primero la última de las tres parábolas, la de la Red de pescar.  Es una parábola escatológica, que se refiere a lo mismo que veíamos el Domingo pasado sobre el trigo y la cizaña; es decir, a que en esta vida convivimos buenos y malos, para luego, al final, quedar divididos:  unos para la salvación eterna en el Cielo y otros para la condenación eterna en el Infierno.




Esta comparación la refieren algunos exégetas a la Iglesia.  La “pesca” es un símbolo preferencial sobre lo que es la misión de la Iglesia, que es misión de todos los que formamos la Iglesia:  pescar gente.  Recordemos lo que Jesús le dijo a Pedro y a su hermano Andrés cuando, estando ellos echando sus redes en el Lago de Galilea los llamó para que lo siguieran, diciéndoles:  “Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mt. 4, 18-19).

Y en esa pesca viene toda clase de gente: unos se van, otros se quedan, unos son muy pecadores, otros menos pecadores, unos se salvan unos se condenan.  Esta parábola, entonces, también nos recuerda cómo es la Iglesia:  santa porque su fundador es Santo y su misión es santificar a todos, pero también es pecadora, porque los que formamos parte de ella somos pecadores.  ¡Y cómo queda esto evidente a cada instante!  Al final, cuando Jesús vuelva como Juez, separará a unos de otros y los malos serán “echados al horno ardiente, donde habrá llanto y desesperación”.

En el caso de la Parábola del Tesoro escondido y la de la Perla fina,  ambas plantean cuán valioso es el Reino de los Cielos si se compara con otras riquezas.

En el primer caso, se trata de un tesoro que alguien encuentra y, “lleno de alegría, vende todo lo que tiene”, para poder comprar ese terreno.  La segunda parábola cuenta que un comerciante de perlas finas encuentra “una perla muy valiosa” y, entonces, va y vende todo lo que tiene para comprarla.




Como vemos, ambas comparaciones dadas por el Señor nos indican la superioridad que tiene el Reino de los Cielos frente a cualquier otra cosa, y nos hace ver la actitud que tiene quien lo llega a descubrir:  se propone adquirirlo a cualquier costo, vende todo lo que tiene, para poder lograr tener lo que verdaderamente vale.

Y ¿qué es el Reino de los Cielos?   ¿Qué es eso que meditamos en el Tercer Misterio Luminoso:  “El Anuncio del Reino”? 

El Reino de los Cielos es, ciertamente, la presencia de Cristo en medio de nosotros y el anuncio de su mensaje de salvación.  Pero la salvación que El nos vino a traer se completa en la eternidad cuando lleguemos a participar de la plenitud de la presencia de Dios en el Cielo.  Y para llegar a allí, para vivir el Reino de los Cielos y para vivir en el Reino de los Cielos, debemos “vender” todo lo demás y “comprar” ese terreno y esa perla que es nuestra salvación, que es el Cielo.

¿Qué significa “vender todo”?  Es dejar todo lo que no nos lleva a Dios.  Es dejar nuestra vida de pecado y los anti-valores que hemos considerado buenos, pero que, vistos a la luz de Dios, realmente no lo son.  Es dejar nuestras viejas maneras de ser y de actuar, nuestros apegos, todo lo que hemos preferido antes que a Dios.   Porque si seguimos con esas carga no vamos llegar al Reino de los Cielos.  “Vender todo” es equivalente a “Amar a Dios sobre todas las cosas”, porque, si deseamos llegar al Reino de los Cielos, ninguna de las demás cosas y personas pueden estar antes que Dios.




De allí que el Salmo 118 nos recuerde los mandamientos y las enseñanzas del Señor y lo conveniente que son para nuestra alma:  “los mandamientos:  oro purísimo”.  “Las enseñanzas valen más que miles de monedas de oro y plata”. 

San Pablo nos recuerda en la Segunda Lectura (Rm. 8, 28-30), la salvación a que hemos sido llamados.  El designio salvador de Dios consiste en que reproduzcamos en nosotros la imagen de Cristo Jesús.  A eso hemos sido predestinados por Dios.

Y nos dice el Apóstol que “a quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica  (es decir, los santifica); y a quienes justifica, los glorifica  (es decir, los lleva a la gloria del Cielo)”.

Pero recordemos que no nos basta ser predestinados por Dios (todos los seres humanos hemos sido predestinados para el Reino de los Cielos), pero no todos llegan.  ¿Por qué?  Porque, si bien Dios nos creó sin nuestro consentimiento, no nos salva y glorifica sin nuestro consentimiento, sin nuestro “sí”, sin que vendamos todo lo que no vale para poder comprar lo que sí vale, que es el Reino de los Cielos.




Recordemos que en otra oportunidad nos advirtió el Señor: “Allí donde está tu riqueza, allí estará  también tu corazón”, (Mt. 6, 21).   ¿Y cuál es nuestra riqueza?  ¿Qué es lo que consideramos más importante en nuestra vida?  Será  ..  ¿el dinero?  ¿la familia?  ¿el trabajo?  ¿el poder?  ¿la recreación?  ¿el cuerpo?  ¿la salud?  ¿la longevidad?  ¿el conocimiento?  ¿la actividad? ...   ¿Cuál es nuestra riqueza?

Si es alguna de estas cosas o algo parecido, y no es el Reino de los Cielos, estamos mal, pues tenemos puesto el corazón en lo que no es la riqueza más valiosa, la verdadera riqueza, la única riqueza.  Estamos dejando el terreno con el tesoro escondido por terrenos que no valen nada.  Estamos dejando la perla fina por perlas sin valor.

Recordemos que en otro momento nos dijo el Señor, también refiriéndose a su Reino y comparándolo con otras riquezas:  “Busquen primero el Reino de Dios y lo demás les vendrá por añadidura”  (Mt. 6, 33).




La Primera Lectura del Primer Libro de los Reyes (1 Re 3.5.7-12) nos trae un personaje que entendió esto muy bien y pudo vivir lo que significa esto de lo primero y la añadidura.  Se trata Salomón -el famoso Rey Salomón- que se destacó por su sabiduría al gobernar al pueblo de Israel.

Y resulta muy interesante ver que cuando Dios le dice a Salomón que le pida lo que quiere, Salomón no le pide la “añadidura”, sino que le pide “sabiduría de corazón, para poder distinguir entre el bien y el mal”, y así poder cumplir con la misión que Dios le había encomendado, que era gobernar al pueblo de Israel.

Nos dice la Escritura que “al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido esto y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos”.  Y por eso le otorgó no sólo lo que le pidió, sino que también le dio la añadidura:  “Te voy a conceder”,  Dios le dijo, “lo que me has pedido y también lo que no me has pedido:  tanta gloria y riqueza que no habrá rey que se pueda comparar contigo”.  Y así fue:  Salomón se destacó por su sabiduría y su riqueza. Tanto es así que el mismo Jesús alude a la riqueza y la sabiduría de Salomón.  (cfr. Mt. 6, 29 y 12, 42)





Todas las demás cosas que no son el Reino de los Cielos es la “añadidura”, lo adicional.  Eso es lo que hay que vender para comprar lo verdaderamente valioso.  Pero si buscamos sólo la “añadidura”, lo secundario, corremos el riesgo de quedarnos sólo con eso y de perder lo que es importante.  En cambio, si buscamos lo que verdaderamente vale, el Reino de los Cielos, tendremos eso ... y también lo demás.  Buen negocio ¿no?

















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org