domingo, 12 de febrero de 2023

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, Jesús nos dice «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). ¿Qué es la Ley? ¿Qué son los Profetas? Por Ley y Profetas, se entienden dos conjuntos diferentes de libros del Antiguo Testamento. La Ley se refiere a los escritos atribuidos a Moisés; los Profetas, como el propio nombre lo indica, son los escritos de los profetas y los libros sapienciales.

En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está radicado en el corazón de cada hombre. Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19).






«Pues yo os digo» (Mt 5,22). El cumplimiento de la ley no se resume en la letra, visto que “la letra mata, pero el espíritu vivifica” (2Cor 3,6). Es en este sentido que Jesús empeña su autoridad para interpretar la Ley según su espíritu más auténtico. En la interpretación de Jesús, la Ley es ampliada hasta las últimas consecuencias: el respeto por la vida está unido a la erradicación del odio, de la venganza y de la ofensa; la castidad del cuerpo pasa por la fidelidad y por la indisolubilidad, la verdad de la palabra dada pasa por el respeto a los pactos. Al cumplir la Ley, Jesús «manifiesta con plenitud el hombre al propio hombre, y a la vez le muestra con claridad su altísima vocación» (Concilio Vaticano II).

El ejemplo de Jesús nos invita a aquella perfección de la vida cristiana que realiza en acciones lo que se predica con palabras.


 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,17-37):

 



EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor

  

 

COMENTARIO

 


En el Evangelio de hoy continuamos con el Sermón de la Montaña, que comienza con el discurso de las Bienaventuranzas.  El Sermón de la Montaña lo predicó Jesucristo en los primeros meses de su Vida Pública y en él da la pauta de lo que sería la enseñanza que Él venía a dar.   El centro de esta predicación del Señor es el Amor y la primacía de éste sobre la Ley.

Por eso deja claramente establecido que no ha venido a abolir la Ley antigua, sino a perfeccionarla.  De allí la insistencia en decir: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos... Pero yo les digo: ...”  Con este planteamiento, varias veces repetido, el Señor anuncia los perfeccionamientos más fundamentales que viene a introducir en la Nueva Ley.  Estos perfeccionamientos están basados más en el amor que en el cumplimiento de la Ley Antigua.  Y resultó que el amor terminó siendo  mucho más exigente que la Ley que los israelitas de entonces  trataban de cumplir al pie de la letra.

Por supuesto, el contenido de este discurso impresionó a la gente que lo escuchó, pero dice San Mateo al final del Sermón de la Montaña que lo que más impresionó fue “su modo de enseñar, porque hablaba con autoridad y no como los maestros de la Ley que tenían ellos” (Mt 7, 28).

Veamos algunos de perfeccionamientos que el Señor nos presenta como preceptos de la Nueva Ley:

Al antiguo precepto de “No matarás”, agrega el insulto, la ira, la agresión, el desprecio, el resentimiento contra alguien.  Y explica con más detalle:  “Cuando vayas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda”.



Y... ¿hacemos esto?  Cuando venimos a Misa y vamos a comulgar ¿hemos perdonado realmente a los que nos han hecho daño?  ¿Hemos pedido perdón a quien hemos ofendido?  ¿Nos hemos liberado de los resentimientos absurdos que tenemos contra los demás?  Y los llamamos absurdos, pues no hacen daño al otro, sino que terminan haciendo más daño a quien los lleva en su corazón.

El Rito de la Paz que se realiza justo antes de la Comunión indica precisamente esto a lo cual se refiere el Señor.  Pero… ¿nos damos “fraternalmente” la Paz, como indica el Celebrante?  En ese momento las personas que tenemos “próximas” representan al “prójimo”, al “hermano” de que nos habla el Señor en este pasaje.  Y ese gesto no significa un saludo banal, ni está allí para dar el pésame o las condolencias a los familiares del difunto por el cual se está ofreciendo la Misa.  Ese gesto significa algo muy concreto y exigente: que no tenemos nada contra nadie, que nuestro corazón está limpio de rencor, de resentimiento y que, por tanto, puedo comunicar la Paz que Cristo nos da.  Sólo así, reconciliados plenamente con el hermano, podemos entonces comulgar y “presentar nuestra ofrenda”, en las condiciones que el Señor nos indica.

El perdón es difícil.  Es uno de esos preceptos exigentes que pone Jesucristo en su Ley del Amor.  Si nos cuesta, pidamos esa gracia al Espíritu Santo.  Esa gracia del perdón es de las cosas buenas que el Señor desea que le pidamos, para El dárnosla.  Es bueno acostumbrarse a pedir virtudes, a pedir cosas buenas...  y no tanta cosa poco útil a la vida espiritual.

Otro perfeccionamiento a la Antigua Ley se refiere a que con el solo deseo ya hemos faltado.  Es decir, aunque no materialicemos un acto contra la Ley, con sólo desearlo ya la estamos infringiendo.  O sea que el solo deseo de algo no acorde con el amor a Dios y al prójimo, ya es una falta.



Por eso el que habla contra alguien, sobre todo si es una calumnia, ya ha asesinado a ese hermano en su corazón.  También el que haya mirado a alguien con deseo, aunque no materialice ese deseo, ya ha cometido adulterio en su corazón.

Como vemos, la Ley Nueva se centra también en lo íntimo de la persona, en aquellos pensamientos y deseos nuestros que sólo Dios conoce.  De allí la importancia de la pureza de corazón, de no tener deseos escondidos, ni de manifestar en palabras, cosas  que vayan contra el amor.

También habla el Señor contra el divorcio y a favor de la indisolubilidad del Matrimonio Cristiano.  No es lícito divorciarse y volverse a casar.  Y  basado en esto la Iglesia no permite la recepción de la Comunión a los que se encuentran en esta situación irregular, pero sí los invita a venir a la Santa Misa,  a orar, e inclusive a hacer obras de caridad y a participar en algunas actividades de la Iglesia, invitándolos siempre a pedir la gracia de regularizar su situación.

Para aclarar muchos comentarios sobre cambios de disciplina en la Iglesia para los divorciados y vueltos a casar, el 1/2/2017 habló el para entonces  Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Gerhard Müller, quien afirmó que “la exhortación apostólica Amoris laetitia no contradice la enseñanza católica sobre el matrimonio ‘como una unión indisoluble entre un hombre y una mujer’, y por ello alentó a leer este documento en su conjunto para evitar confusiones”.


     


      

Jesús nos habla también de no jurar.  Y nos dice que la cuestión es muy sencilla: decir simplemente sí, cuando es sí, y no, cuando es no.  Así nunca necesitaremos jurar.

Para comprender y vivir esta Nueva Ley que Jesús nos trae es necesario que el cristiano esté abierto y se deje penetrar de la Sabiduría Divina.  San Pablo sigue insistiendo en esto a lo largo de esta Primera Carta a los Corintios que hemos estado leyendo estos domingos, junto con el Sermón de la Montaña.

Juzgados estos exigentes preceptos del Señor con sabiduría humana, es imposible comprenderlos y cuesta mucho aceptarlos.  Por eso San Pablo desecha por completo esa sabiduría humana en esta Carta.  Pero la Sabiduría de Dios, nos dice San Pablo, “que es misteriosa y escondida... fue prevista por Dios para conducirnos a la gloria”, para llegar a disfrutar de “lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”.  Y ¿quiénes son los que aman a Dios? Los que cumplen sus preceptos, los que siguen su Voluntad.

Y eso que Dios tiene preparado no lo podemos ni imaginar.  Así dice San Pablo: “ni el ojo lo ha visto, ni el oído lo ha escuchado, ni la mente del hombre pudo siquiera haberlo imaginado”.  Esa es la descripción del Cielo que nos da San Pablo.  Él lo vio, y eso es lo que nos da a conocer de lo que vio.



Por eso hemos cantado en el Salmo: “Dichoso el que cumple la Voluntad del Señor”.  Dichoso, porque podrá llegar a ese sitio que Dios nos tiene preparado.  En vez de pensar que los preceptos del Señor son imposibles o demasiado difíciles, debemos orar como lo hicimos en el Salmo: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado.  Enséñame, Señor, a cumplir tu Voluntad  y a guardarla de todo corazón”.  Amén. 

 





 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Artículo del Cardenal Gerhard Müller sobre "Amores Laetitia"

 

 

 

domingo, 22 de enero de 2023

«Recorría Jesús toda Galilea» (Evangelio Dominical)

 



Hoy, Jesús nos da una lección de “santa prudencia”, perfectamente compatible con la audacia y la valentía. En efecto, Él —que no teme proclamar la verdad— decide retirarse, al conocer que —tal como ya habían hecho con Juan Bautista— sus enemigos quieren matarlo a Él: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» (Lc 13,31). —Si a quien pasó haciendo el bien, sus detractores intentaron dañarle, no te extrañe que también tú sufras persecuciones, como nos anunció el Señor.

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12). Sería imprudente desafiar los peligros sin un motivo proporcionado. Solamente en la oración discernimos cuándo el silencio o inactividad —dejar pasar el tiempo— son síntomas de sabiduría, o de cobardía y falta de fortaleza. La paciencia, ciencia de la paz, ayuda a decidir con serenidad en los momentos difíciles, si no perdemos la visión sobrenatural.

«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al qué dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, operadores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.







Decididos, audaces, sin buscar excusas para postergar la acción apostólica para “después”. Dicen que «el “después” es el adverbio de los vencidos». Por eso, san Josemaría recomendaba «una receta eficaz para tu espíritu apostólico: planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana (...)».

Cumplir la voluntad de Dios, ser justos en cualquier ambiente, y seguir el dictamen de la conciencia bien formada exige una fortaleza que hemos de pedir para todos, porque el peligro de la cobardía es grande. Pidamos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, imitando su fortaleza al pie de la Cruz.



 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,12-23):


              



AL enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Palabra del Señor


 

COMENTARIO

 

 


Las Lecturas de este Domingo nos hablan principalmente de dos cosas: de la manifestación de Jesús como fuente de luz y de salvación, y de la escogencia de los primeros discípulos.

Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías así: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz.  Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is 8,23/9-3).

El Evangelista San Mateo es uno de los discípulos escogidos y se da cuenta de que esa profecía de Isaías que hemos leído en la Primera Lectura (Is 9, 1-4) se está cumpliendo ante sus propios ojos.  Por eso, al comenzar a narrar en su Evangelio la vida pública del Señor, San Mateo quiere comunicarnos esa buena nueva a todos: nos dice que Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías.

Pero ¿qué significa esto que dice el Profeta Isaías?  En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.

San Mateo nos especifica que Jesús dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaúm y precisa que esta ciudad quedaba justamente en el territorio de las tribus de Zabulón y Neftalí, como para que sus lectores se den cuenta que de veras se está cumpliendo en Jesús esta profecía de Isaías.  El camino del mar se refiere a una vereda natural que venía del Mediterráneo y pasaba precisamente por el norte del Mar de Galilea, escenario del Evangelio de hoy, donde eran pescadores algunos de los que Jesús escoge como Apóstoles.


                   


En otro tiempo el Señor humilló esa zona,  hace referencia a que sus habitantes habían sido conquistados por Asiria siglos antes.  Tan grave era su situación que la zona era llamada Galilea de los paganos, pues estaban en gran oscuridad por ignorancia religiosa, idolatría y otros pecados.  Pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, porque precisamente allí comenzará a brillar esa gran Luz que es Jesucristo.

Es por ello que en el Salmo 26 hemos alabado a Jesús cantando: “El Señor es mi luz y mi salvación”.   Y, siendo el Señor nuestra luz y salvación, ¿a quién deberemos seguir?  ¿En quién nos deberemos apoyar?

En el Salmo hemos orado respondiendo estas preguntas... Pero a veces no nos damos cuenta de lo que decimos.  Sabiendo que Jesús es nuestra luz y nuestra salvación, a Él debemos seguir.  Y de esto se trata este Evangelio de hoy.

En efecto, San Mateo nos narra también la escogencia de los primeros discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan.  Pero tengamos en cuenta que el Señor nos escoge y nos llama a todos para ser sus discípulos y seguidores.  No sólo llama a los Sacerdotes y a las Religiosas: el Señor nos llama a todos.  Y el Señor llama de muchas maneras y en diferentes circunstancias a lo largo de toda nuestra vida.

Sucede, sin embargo, que la voz del Señor es suave y el llamado que hace a nuestra puerta es también suave.  No nos obliga, no nos grita, ni tampoco tumba nuestra puerta.  El Señor es gentil.  No nos doblega, ni nos amenaza.  Pero siempre está allí, llamando a nuestra puerta.


                         


Somos libres de abrirle o no.  Somos libres de responderle o no.  El llamado es para seguirle a Él.  Puede ser en la vida de familia o en la vida religiosa o hasta solos en el celibato.  Pero sea para una u otra cosa, siempre será para “estar en el mundo sin ser del mundo” (Jn 15, 18 - 17, 14).

Esta frase del Señor es ¡tan poco comprendida y tan poco practicada!

Hemos sido escogidos por Él para seguirle.  “Ven y sígueme”, les dijo a sus primeros discípulos.  “Ven y sígueme”, nos dice a cada uno de nosotros también.

Y seguirle a Él implica muchas veces ir contra la corriente, ir contra lo que el mundo nos propone.  Incluso seguirlo en contra de nuestros propios deseos.  Seguirle a Él es ser como Él y es hacer como Él.  Y ¿qué hace Jesús?  ¿Qué nos muestra Jesús con su vida aquí en la tierra?  Lo sabemos y Él nos lo ha dicho: “He bajado del Cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6, 38).

Seguirlo a Él es, entonces, buscar la Voluntad de Dios y no la propia voluntad.  Es hacer lo que Dios quiere y no lo que yo quiero.  Es ser como Dios quiere que sea y no como yo quiero ser.



A veces creemos que por ser Católicos, bautizados, ya tenemos asegurada la salvación. Ciertamente nuestro catolicismo significa que tenemos a nuestra disposición todos los medios de salvación que nos llegan a través de la Iglesia por Cristo fundada.  Pero no basta.

El Señor tal vez podría decirnos como nos ha dicho en la Carta a los Hebreos: “Tengamos cuidado, no sea que alguno se quede fuera.  Porque a nosotros también se nos ha anunciado ese mensaje de salvación, lo mismo que a los israelitas en el desierto; pero a ellos no les sirvió de nada oírlo, porque no lo recibieron con fe”  (Hb 4, 1-2).  Esta advertencia se refiere a que, de la gran cantidad de varones que salieron de Egipto, sólo dos -Josué y Caleb- entraron a la Tierra Prometida.

Entonces, no basta decir yo tengo fe, yo creo en Dios.  Esa fe tiene consecuencias.   Recibir el mensaje de Jesucristo con fe, hoy, es seguirlo en el cumplimiento de la Voluntad de Dios.  Tal vez algunos que no han nacido y crecido como Católicos busquen la Voluntad de Dios mejor que muchos de los que sí hemos tenido ese privilegio.

Pero, ¿cuál es la Voluntad de Dios?**  Primeramente, cumplir los mandamientos.  Eso ya es algo, pero aún no es toda la Voluntad de Dios.  Lo siguiente es aceptar lo que Dios permite para mi vida, sea lo que sea:   lo que me gusta y lo que no me gusta.  Y por último, hacer lo que creo que Dios me pide. 

¡Cuidado, entonces, porque podríamos quedar fuera!  ¡Cuidado si no nos dejamos iluminar por esa “gran luz” que es Jesucristo nuestro Señor!  ¡Cuidado si no aceptamos su mensaje de salvación!  Porque como hemos cantado en el Salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación.  Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida”.



Y, para vivir en la casa del Señor eternamente, es necesario comenzar a vivir en su casa aquí en la tierra.  Y eso significa vivir en su Voluntad siempre y en todo momento. 

Que así sea.

 

domingo, 4 de diciembre de 2022

«Dad fruto digno de conversión» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, el Evangelio de san Mateo nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2).

A él acudían muchas personas buscando bautizarse y «confesando sus pecados» (Mt 3,6). Pero dentro de tanta gente, Juan pone la mirada en algunos en particular, los fariseos y saduceos, tan necesitados de conversión como obstinados en negar tal necesidad. A ellos se dirigen las palabras del Bautista: «Dad fruto digno de conversión» (Mt 3,8).

Habiendo ya comenzado el tiempo de Adviento, tiempo de gozosa espera, nos encontramos con la exhortación de Juan, que nos hace comprender que esta espera no se identifica con el “quietismo”, ni se arriesga a pensar que ya estamos salvados por ser cristianos. Esta espera es la búsqueda dinámica de la misericordia de Dios, es conversión de corazón, es búsqueda de la presencia del Señor que vino, viene y vendrá.

El tiempo de Adviento, en definitiva, es «conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano» (San Juan Pablo II).







Aprovechemos, hermanos, este tiempo oportuno que nos regala el Señor para renovar nuestra opción por Jesucristo, quitando de nuestro corazón y de nuestra vida todo lo que no nos permita recibirlo adecuadamente. La voz del Bautista sigue resonando en el desierto de nuestros días: «Preparad el camino al Señor, enderezad sus sendas» (Mt 3,3).

Así como Juan fue para su tiempo esa “voz que clama en el desierto”, así también los cristianos somos invitados por el Señor a ser voces que clamen a los hombres el anhelo de la vigilante espera: «Preparemos los caminos, ya se acerca el Salvador y salgamos, peregrinos, al encuentro del Señor. Ven, Señor, a libertarnos, ven tu pueblo a redimir; purifica nuestras vidas y no tardes en venir» (Himno de Adviento de la Liturgia de las Horas).



 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,1-12):




Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."»
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.


Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando:

 "Abrahán es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO.

 

 


Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.

Y con el Salmo 71 hemos invocado a ese “Rey de Justicia y de Paz” que “extenderá su Reino era tras era de un extremo a otro de la tierra”.

La Primera Lectura del Profeta Isaías (Is 11, 1-10) nos describe al Mesías y también describe ese ambiente justicia y de paz que Él vendrá a traernos.

El Profeta Isaías hace un relato simbólico de lo que será el reinado de Cristo.  Nos presenta a animales -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo con el león... y hasta un niño con la serpiente.



Isaías invita a los seres humanos que también tendemos a ser rivales unos de los otros, a que vivamos en paz y en justicia.  Y así -en paz y en justicia- podríamos convivir, si todos –unos y otros- recibiéramos al Mesías, si aceptáramos su Palabra, si de veras viviéramos de acuerdo a ella.  ¿Será esto imposible?

Es lo mismo que nos sugiere San Pablo en su Carta a los Romanos (Rom 15, 4-9) cuando nos dice: “Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al Espíritu de Cristo Jesús, para  que, con un solo corazón y una sola voz alaben a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo”.

El cómo llegar a esa armonía en Cristo Jesús, para alabar con un solo corazón y una sola voz a Dios Padre, nos lo indica San Mateo en el Evangelio de hoy (Mt 3, 1-12).

San Mateo nos introduce a San Juan Bautista como aquél que Isaías anunciaba 700 años antes.  Es una frase muy importante.  Por eso esta frase nos viene recalcada en el Aleluya. “Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos” (Is 40, 3).

Y ¿cómo se hacen rectos, cómo se allanan los caminos del Señor?  El Profeta Isaías -en ese texto que no aparece en las Lecturas de hoy- nos detalla un poco más esta labor de preparación de los caminos.  Nos pide: “rellenar las quebradas y barrancos, y rebajar los montes y colinas” (Is 40, 4-5).

Nos dice el Evangelio que con estas palabras predicaba San Juan Bautista, para preparar la aparición del Mesías.  Juan llamaba a un cambio de vida, a la conversión, al arrepentimiento.





Rebajar montes y colinas” significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra vanidad. 

“Rellenar quebradas y barrancos” significa rellenar las bajezas de nuestro egoísmo, nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones.

Son pecados que dificultan el poder vivir en armonía unos con otros, alabando a Dios con un solo corazón y una sola voz.  Son pecados que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.

Por eso San Juan Bautista es claro y exigente en su predicación: “Cambien de vida, arrepiéntanse... hagan ver los frutos de su arrepentimiento”.

Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: conversión, cambio de vida, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres.

Ese llamado de hace casi dos siglos sigue siendo vigente. ¿Hemos respondido?  ¿O seguimos hoy con las mismas actitudes de hace dos mil años? 



¿No podría San Juan Bautista decirnos las mismas cosas que dijo entonces?  “Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego... El que viene después de mí (Jesucristo, el Mesías) separará el trigo de la paja.  Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Así termina el Evangelio de hoy.  Son palabras fuertes, que suenan a amenaza.  Pero son la realidad de cómo funcionan la Bondad y la Justicia Divinas.

El Mesías ya vino hace dos mil años, y está presente en nosotros con su Gracia, está presente en la Eucaristía y en los demás Sacramentos.  Podemos -además- encontrarlo en la oración sincera, esa oración que busca al Señor para agradarlo, para entregarse a Él, para conocer su Voluntad.

El Adviento nos invita a la conversión, al cambio de vida, a entregar a Dios nuestro corazón, nuestra vida, nuestra voluntad.  Pero somos libres.  Así nos hizo Dios.

Eso sí: Al final del mundo tenemos dos opciones: Cielo o Infierno.  Con nuestra libertad podemos escoger: ¿Queremos ser “paja” arrojada al fuego o “trigo” a ser guardado en el granero del Señor?







Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org


miércoles, 2 de noviembre de 2022

Conmemoración de todos los fieles difuntos.





Este 2 de noviembre se celebra la fiesta de todos los Fieles Difuntos, justo el día después de que los cristianos  celebren la de Todos los Santos. 

Es importante recordar que el día 2 se puede ganar una indulgencia plenaria para el alma de un familiar o ser querido fallecido.

Según la Constitución Apostólica de San Pablo VI, Indulgentiarum Doctrina, en su norma 15, “en todas las iglesias, oratorios públicos o –por parte de quienes los empleen legítimamente- semipúblicos, puede ganarse una indulgencia plenaria aplicable y solamente en favor de los difuntos, el día 2 de noviembre".


La importancia de una sincera conversión




"Para ganar la indulgencia plenaria se requiere la ejecución de la obra enriquecida con la indulgencia [en este caso, visitar la iglesia el 2 de noviembre y orar en ella] y el cumplimiento de las tres condiciones siguientes: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Romano Pontífice. Se requiere además, que se excluya todo afecto al pecado, incluso venial. Si falta esta completa disposición, y no se cumplen las condiciones arriba indicadas, la indulgencia será solamente parcial", añade el texto promulgado en 1967.

Sin embargo, San Pablo VI dejaba muy claro que las indulgen
cias “no se pueden ganar sin una sincera metanoia (conversión, cambio de mentalidad) y unión con Dios, a lo que se suma el cumplimiento de las obras prescritas”.

"las tres condiciones pueden cumplirse algunos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita; sin embargo, es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se haga la obra", añadía el texto.




Un poco de historia




La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.


A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.





La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)


domingo, 30 de octubre de 2022

«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (Evangelio Dominical)


 

Hoy, la narración evangélica parece como el cumplimiento de la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14). Humilde y sincero de corazón, el publicano oraba en su interior: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador» (Lc 18,13); y hoy contemplamos cómo Jesucristo perdona y rehabilita a Zaqueo, el jefe de publicanos de Jericó, un hombre rico e influyente, pero odiado y despreciado por sus vecinos, que se sentían extorsionados por él: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5). El perdón divino lleva a Zaqueo a convertirse; he aquí una de las originalidades del Evangelio: el perdón de Dios es gratuito; no es tanto por causa de nuestra conversión que Dios nos perdona, sino que sucede al revés: la misericordia de Dios nos mueve al agradecimiento y a dar una respuesta.

Como en aquella ocasión Jesús, en su camino a Jerusalén, pasaba por Jericó. Hoy y cada día, Jesús pasa por nuestra vida y nos llama por nuestro nombre. Zaqueo no había visto nunca a Jesús, había oído hablar de Él y sentía curiosidad por saber quién era aquel maestro tan célebre. Jesús, en cambio, sí conocía a Zaqueo y las miserias de su vida. Jesús sabía cómo se había enriquecido y cómo era odiado y marginado por sus convecinos; por eso, pasó por Jericó para sacarle de ese pozo: «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).





El encuentro del Maestro con el publicano cambió radicalmente la vida de este último. Después de haber oído el Evangelio, piensa en la oportunidad que Dios te brinda hoy y que tú no debes desaprovechar: Jesucristo pasa por tu vida y te llama por tu nombre, porque te ama y quiere salvarte, ¿en qué pozo estás atrapado? Así como Zaqueo subió a un árbol para ver a Jesús, sube tú ahora con Jesús al árbol de la cruz y sabrás quien es Él, conocerás la inmensidad de su amor, ya que «elige a un jefe de publicanos: ¿quién desesperará de sí mismo cuando éste alcanza la gracia?» (San Ambrosio).



 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,1-10):





EN aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad.
En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo:
«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo:
«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor:
«Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
Jesús le dijo:
«Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor


 

 

COMENTARIO

 

 

 

La Misericordia de Dios es infinita.  Eso se dice y se repite, sin darnos cuenta de su real significación y dimensión.  Entre tantos atributos de Dios -todos infinitos- su Bondad y su Misericordia son realmente insospechadas.

¿Cómo recibir al hijo pródigo que se había portado tan mal... y -como si fuera poco- celebrar su recibimiento con una fiesta?  (cf. Lc 15, 11-32)   ¿Cómo buscar por todos lados a la oveja perdida?  (Lc 15, 1-10)  ¿Cómo defender a la mujer adúltera?  (cf. Jn 8, 1-11)  ¿Cómo perdonar a Pedro que lo negó tan feamente? (cf. Mc 14, 66-72 y Jn 21, 15-17)   ¿Cómo perdonar a los que lo estaban matando en la cruz?  (cf. Lc 23, 32-34).

Y así podríamos seguir enumerando ejemplos de Bondad y Misericordia de Dios, que, a nuestro modo de ver humano, resultan -cuanto menos- incomprensibles.

Y refiriéndonos al Evangelio de hoy (Lc 19, 1-10): ¿Cómo buscar a Zaqueo, corrupto cobrador de impuestos, para alojarse en su casa?

La respuesta a estos interrogantes, producto de nuestra miope visión humana, está en la Primera Lectura (Sb 11, 23 a 12, 2): “Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos”.

Esta frase del Libro de la Sabiduría nos lleva a comprender por qué Dios perdona nuestras faltas para con Él: Dios nos perdona porque somos suyos, porque Él es nuestro Padre.  Y como Padre, infinitamente Bueno que es, nos ama incondicionalmente... como los buenos padres que aman a sus hijos, a pesar del mal comportamiento y de las fallas que como hijos podamos tener.  Por cierto, el buen padre no aprueba, ni consiente al hijo en sus faltas, sino que lo corrige –hasta lo castiga- pero lo sigue amando.  Porque lo ama, lo corrige y lo castiga.

Entonces… ¡qué consuelo el saber que Dios es “nuestro Padre”!  Y el pensar en Dios como “Padre” puede explicarnos sus “incomprensibles” y desmesuradas actitudes de perdón, de bondad, de amor.



El Dios Verdadero, que se ha revelado a los seres humanos y a Quien los cristianos adoramos y amamos, es infinitamente Bueno y Misericordioso.

Dios es Padre.  Y es Padre infinitamente Misericordioso.  Pero esa Misericordia Infinita del Dios Verdadero no significa complacencia por nuestros pecados, aceptación de nuestras faltas, o alcahuetería con nuestros comportamientos inmorales.  Cuando Dios, como dice el Libro de la Sabiduría aparenta no ver los pecados de los hombres, no es para consentirnos en nuestras faltas, sino para darnos ocasión de arrepentirnos (Sb 11, 23).

Y llega un momento que nos corrige…nos reprende y nos trae a la memoria nuestros pecados (Sb 12, 2).  ¿Para qué todo esto?  Para poder ejercer de veras su Misericordia, al perdonarnos porque nos hemos arrepentido.

El Dios Verdadero no es excluyente, pues ama a todos, buenos y malos, cumplidores e infractores, creyentes e incrédulos, hombres y mujeres.  Todos somos amados por el Dios Verdadero.  Pero ese Amor Infinito de Dios no significa que Dios nos quiere viviendo en pecado.

De allí que cantemos en el Salmo 144: “Bueno es el Señor para con todos y su Amor se extiende a todas sus creaturas”.

Y continúa el Salmo: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar” (Sal 144, 8).  Ytodos podemos ser perdonados por Dios… si nos arrepentimos.   Ésa sí es una exigencia de su Misericordia Infinita.

Mucho se escucha decir: Dios es Misericordioso.  Y eso está bien dicho así.  El problema está en que, muchas veces al decir eso, estamos pensando que, porque es Misericordioso, Dios acepta todos nuestros pecados.  No.  Dios no es alcahuete.  Él es Misericordioso porque perdona los pecados al pecador que se arrepiente y se confiesa en la Confesión Sacramental.



Cuando Dios nos busca, no es para consentirnos en el pecado, sino para que nos arrepintamos y cambiemos de vida.  Más aún: Dios busca muy especialmente al infractor, al incrédulo, al pecador, no para consentirlo en su falta, sino para que se arrepienta y para sanarlo, perdonarlo y hacerlo nuevo.

¡Qué Bueno es nuestro Dios, que no sólo nos perdona, sino que nos transforma de tal manera que nos hace creaturas nuevas!

Así hizo con Zaqueo.  De tal forma lo renovó, que lo transformó en un hombre nuevo.  Caritativo: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes”.   Restaurador del mal hecho a los demás: “Y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”.

El Dios Verdadero no sólo obra perdonando al pecador que, arrepentido, confiesa su falta, sino que va más allá: crea en él un corazón puro y le otorga un espíritu nuevo, renueva interiormente a la persona y la prepara para alabar a Dios y para dar testimonio de su conversión. (cf. Salmo 50, 12-19).



Y, aunque nuestros pecados fueran negros como la noche, la Misericordia Divina es más luminosa que nuestra negrura.  Sólo hace falta que, como Zaqueo, quien se subió a un árbol para poder divisar a Jesús, nos subamos -al menos un poquito- por encima de nuestra miseria, para ver pasar al Señor.

Sólo hace falta que el pecador al menos abra la puerta de su corazón, y reconozca arrepentido que ha ofendido a Dios y luego se confiese.  Dios hace el resto.

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.net

Homilias.org