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domingo, 4 de noviembre de 2018

«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Evangelio Dominical)



                                    



Hoy, está muy de moda hablar del amor a los hermanos, de justicia cristiana, etc. Pero apenas se habla del amor a Dios.

Por eso tenemos que fijarnos en esa respuesta que Jesús da al letrado, quien, con la mejor intención del mundo le dice: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,29), lo cual no era de extrañar, pues entre tantas leyes y normas, los judíos buscaban establecer un principio que unificara todas las formulaciones de la voluntad de Dios.

Jesús responde con una sencilla oración que, aún hoy, los judíos recitan varias veces al día, y llevan escrita encima: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,29-30). Es decir, Jesús nos recuerda que, en primer lugar, hay que proclamar la primacía del amor a Dios como tarea fundamental del hombre; y esto es lógico y justo, porque Dios nos ha amado primero.

Sin embargo, Jesús no se contenta con recordarnos este mandamiento primordial y básico, sino que añade también que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Y es que, como dice el Papa Benedicto XVI, «amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero».

                



Pero un aspecto que no se comenta es que Jesús nos manda que amemos al prójimo como a uno mismo, ni más que a uno mismo, ni menos tampoco; de lo que hemos de deducir, que nos manda también que nos amemos a nosotros mismos, pues al fin y al cabo, somos igualmente obra de las manos de Dios y criaturas suyas, amadas por Él.

Si tenemos, pues, como regla de vida el doble mandamiento del amor a Dios y a los hermanos, Jesús nos dirá: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Y si vivimos este ideal, haremos de la tierra un ensayo general del cielo.



Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,28b-34):






En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


Palabra del Señor






COMENTARIO.






 En el Evangelio de hoy presenciamos un diálogo entre Jesús y un letrado de la Ley, que le hace una pregunta clave al Señor: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc. 12, 28-34).  Y al concluir este diálogo Jesús le hace un comentario final: “No estás lejos del Reino de Dios”.

Y en esta respuesta el Señor hace gala de una promesa anterior: “No crean que yo vine a suprimir la Ley o los Profetas.  No vine a suprimirla, sino a darle forma definitiva” (Mt. 5, 17).

Efectivamente, para responder a la pregunta, Jesús recordó un texto antiguo que nos trae la Primera Lectura tomada del Deuteronomio (Dt. 6, 2-6).  Este libro es uno de los libros de la Ley antigua y la Primera Lectura contiene el texto que los judíos repetían dos veces al día como plegaria de la mañana y de la tarde, el cual comienza con la palabra: “Escucha” y continúa con el mandato: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.


                


Pero no se queda el Señor con el solo mandamiento de amar a Dios, sino que le da a éste un toque nuevo, agregando que hay un segundo mandamiento también: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”.   Con esta novedad complementaria del precepto antiguo, Jesús está cumpliendo lo que había dicho sobre la Ley de Moisés en el Sermón de la Montaña, cuando adivirtió que no la eliminaría, sino que la completaría, dándole la forma final.

Ahora bien, ¿por qué el precepto antiguo comienza con la palabra “escucha”?  ¿Por qué la oración judía comienza también con esa palabra?   “Escucha” es una invitación a meditar el precepto del Señor, para vivir de acuerdo a ese precepto.  No es casual que el mandato de Yahvé comience con esa orden de “escuchar”.  Porque para hacer vida la Palabra de Dios y sus mandatos no basta hablar y pedir, sino que hay que escuchar.   Hay que escuchar a Dios.  Es necesario orar, escuchando, para poder dejar que la Palabra de Dios penetre y se haga vida en nosotros, para poder ir haciendo la Voluntad de Dios en cada instante de nuestra vida, no importen las circunstancias. Siempre es necesario “escuchar” para poder cumplir lo que Dios nos pide, pero la oración en escucha se hace particularmente importante cuando las “circunstancias” se vuelven especialmente difíciles en nuestro amor a Dios y al prójimo, y requerimos gracias especiales de Sabiduría y Fortaleza del Espíritu Santo.

    



Sobre la necesidad de orar escuchando para poder hacer la Voluntad de Dios, también nos advierte el mismo Jesús: “No es el que me dice ¡Señor! ¡Señor! el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo” (Mt. 7, 21).

Volviendo al personaje del Evangelio, el letrado que había hecho la pregunta a Jesús no podía dejar de estar de acuerdo con El, pero no se queda sólo en decir que está de acuerdo, sino que agrega que el amar a Dios y el amar al prójimo como a uno mismo, “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Se ve que conocía la Ley y los Profetas, pues con esto recuerda palabras de los antiguos Profetas.  Uno de ellos, Samuel, que fue el último Juez de Israel y también Profeta dijo: “A Yahvé no le agradan los holocaustos y sacrificios, sino que se escuche su voz.” (1 Sam. 15, 22). También Oseas, que supo bien lo que era el perdón y la misericordia, ya que a él, el Señor le hizo experimentar el dolor y la vergüenza de la traición, nada menos que de su esposa, a quien nunca dejó de amar.  Así dice el Señor por su boca: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os. 6, 3-6).

Ahora bien ¿significa esto que Dios no desea nuestras ofrendas?  De ninguna manera.  Significa que primero que nuestras ofrendas, desea que lo amemos a El sinceramente y que amemos a nuestros hermanos, como El nos ama. De allí que posteriormente Jesús ahonde esta idea con esta exigente advertencia: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas que un hermano tuyo tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ahí ante el altar, anda primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24).


            



Esto textos son exigentes.   ¡Bien exigentes!  Responder bien por mal no es fácil.  Perdonar cuando se nos ha ofendido injustamente no es fácil.  Saludar y amar a quien es nuestro enemigo no es fácil.  Amar a quien nos ha hecho daño no es fácil.

 Y más que difícil, es imposible.  Imposible si pretendemos cumplir estas exigencias con nuestras fuerzas “humanas”, que más bien nos orientan hacia otras direcciones: hacia el rencor, la venganza, el desquite, la discordia, la pelea, etc.

De allí que la oración en escucha a Dios sea indispensable para poder cumplir los mandatos exigentes y nada fáciles del Señor.

De allí que requiramos ese “escuchar” a Dios, el experimentar su misericordia para con nosotros, para dejar que sea El Quien ame a través de nosotros, ya que por nosotros mismos no podemos amar.

Esta incapacidad de amar por nosotros mismos nos lo recuerda San Juan en su Evangelio y en sus Cartas:  

          “Este en mi mandamiento:  que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12).  “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios.  Todo el que ama conoce a Dios.  El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor ... El Amor consiste en esto:  no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10).   El Amor viene de Dios.  Es decir:  no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar.  Es más:  es Dios Quien ama a través de nosotros.

          



Si oramos así con sinceridad, amando a Dios “con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas”, vamos bien.  Si nos damos a El, y si amamos a nuestros hermanos “como a nosotros mismos”, vamos bien.  Si los tratamos como deseamos ser nosotros tratados, haciéndoles el bien, perdonando, aunque seamos ofendidos, tal vez así Jesús pueda decirnos como al letrado: “no estás lejos del Reino de Dios”.



domingo, 30 de septiembre de 2018

«No hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí» (Evangelio Dominical)




Hoy, según el modelo del realizador de televisión más actual, contemplamos a Jesús poniendo gusanos y fuego allí donde debemos evitar ir: el infierno, «donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (Mc 9,48). Es una descripción del estado en el que puede quedar una persona cuando su vida no la ha llevado allí adonde quería ir. Podríamos compararlo al momento en que, conduciendo nuestro automóvil, tomamos una carretera por otra, pensando que vamos bien y vamos a parar a un lugar desconocido, sin saber dónde estamos y adónde no queríamos ir. Hay que evitar ir, sea como sea, aunque tengamos que desprendernos de cosas aparentemente irrenunciables: sin manos (cf. Mc 9,43), sin pies (cf. Mc 9,45), sin ojos (cf. Mc 9,47). Es necesario querer entrar en la vida o en el Reino de Dios, aunque sea sin algo de nosotros mismos

Posiblemente, este Evangelio nos lleva a reflexionar para descubrir qué tenemos, por muy nuestro que sea, que no nos permite ir hacia Dios, —y todavía más— qué nos aleja de Él.





El mismo Jesús nos orienta para saber cuál es el pecado en el que nos hacen caer nuestras cosas (manos, pies y ojos). Jesús habla de los que escandalizan a los pequeños que creen en Él (cf. Mc 9,42). “Escandalizar” es alejar a alguien del Señor. Por lo tanto, valoremos en cada persona su proximidad con Jesús, la fe que tiene.

Jesús nos enseña que no hace falta ser de los Doce o de los discípulos más íntimos para estar con Él: «El que no está contra nosotros, está por nosotros» (Mc 9,40). Podemos entender que Jesús lo salva todo. Es una lección del Evangelio de hoy: hay muchos que están más cerca del Reino de Dios de lo que pensamos, porque hacen milagros en nombre de Jesús. Como confesó santa Teresita del Niño Jesús: «El Señor no me podrá premiar según mis obras (...). Pues bien, yo confío en que me premiará según las suyas».




Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,38-43.45.47-48):







En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.





Las Lecturas de hoy (Evangelio y Primera Lectura) nos hablan del derramamiento del Espíritu Santo fuera del círculo más íntimo de la comunidad dirigida por el Señor.

En efecto San Marcos (Mc 9, 38-43.45.47-48) nos narra el episodio en el que el Apóstol Juan le dice a Jesús: “‘Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, como no es de los nuestros, se lo prohibimos’. Pero Jesús le respondió: ‘No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquél que no está contra nosotros, está a nuestro favor’”.

Son palabras del Señor que hay que revisar muy bien, pues en otra oportunidad y, tratando el mismo tema de la expulsión de demonios, dijo lo contrario: “Quien no está conmigo, está contra mí” (Lc 11, 23). En realidad, en el primer caso, Jesús reconoce que sus seguidores pueden estar fuera del pequeño grupo de sus discípulos. Pero en la segunda ocasión, está refiriéndose a un grupo que lo atacaba, que decía - ¡nada menos! - que El echaba los demonios por el poder del mismo Demonio. ¡Acusación tremenda y definitivamente blasfema! Hay que saber diferenciar entre unos y otros.

La Primera Lectura (Nm 11, 25-29) nos narra un incidente en tiempos de Moisés. Nos cuenta que el Espíritu de Dios descendió sobre los setenta ancianos que estaban con Moisés y éstos se pusieron a profetizar. Pero el Espíritu Santo que “sopla donde quiere” (Jn 3, 8), hizo algo inesperado: se posó también sobre dos hombres que, si bien no estaban en el grupo con Moisés, estaban también en el campamento. Y sucedió lo mismo que con el Apóstol Juan: Josué, ayudante de Moisés, pensó que debía prohibírseles profetizar a estos dos elegidos, que no pertenecían al grupo más íntimo. Moisés corrige a Josué y exclama que ojalá todo el pueblo de Dios recibiera el Espíritu del Señor.

Estos dos episodios nos revelan que el Espíritu de Dios es libérrimo y que a veces se comunica fuera de los canales oficiales, lejos de la autoridad. Esos instrumentos más lejanos podrán ser genuinos siempre que sean realmente elegidos de Dios y siempre que respondan adecuadamente a esta elección, desde luego sometiéndose siempre a la autoridad, como vemos que sucedió en estos dos casos que nos traen las lecturas de este domingo.






Hay un caso muy famoso en el que el Espíritu de Dios se derramó en forma impresionante fuera del círculo íntimo inicial. San Pablo (Hech 9), por ejemplo, no pertenecía a los Doce, ni siquiera estaban cerca de ellos, ni siquiera era cristiano: sabemos que más bien perseguía a los seguidores de Cristo. También está el caso de Cornelio (Hech 10).

Sin embargo, hay que tener mucho cuidado en no confundir lo que realmente viene del Espíritu de Dios y lo que viene de Satanás, el cual es muy astuto, y sabemos por la Biblia y por experiencia, que se disfraza de “ángel de luz” (2 Cor 11, 14). Siempre ha habido que tener cuidado con este engaño satánico, pero esto es aún más necesario en nuestros días en que aparecen por todos lados milagros y supuestos mensajes de Dios y de la Virgen.

La difusión de prodigios provenientes del Demonio, quien es capaz de engañar a muchos haciéndoles creer que estos prodigios vienen del Espíritu de Dios, se difundían hace un tiempo en forma discreta y más bien escondida. Ahora no sólo continúan estas formas antiguas de difusión, sino que los engaños del Demonio y los demonios se propagan en forma masiva.

Recordemos que, si bien Jesucristo no quería que se marginara a sus genuinos seguidores, también nos previno contra los engañadores: “Se presentarán falsos cristos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios capaces de engañar, si fuera posible, aun a los elegidos de Dios. ¡Miren que se los he advertido de antemano!” (Mt 24, 24).

La clave para saber quién es quién, está en darnos cuenta de que quien funge como instrumento de Dios, realmente lo sea, que esa persona verdaderamente actúe “en nombre de Jesús” -como nos dice el Evangelio de hoy- y que sea el Espíritu Santo Quien obre en él o en ella -como leemos en la lectura del Libro de los Números.

Una cosa es el que Dios manifieste su poder sanador a través de una persona por El elegida como su instrumento y quien ha respondido dócil y humildemente al llamado del Señor, y otra cosa es pretender sanar “abriendo ‘chakras’” y “conectándose con la ‘Energía Universal’”, tratar de “curarse uno mismo” y -como si fuera poco- algo aún más audaz: “convertirse en sanadores de los demás”. (Las comillas son de una invitación a un curso para sanarse uno mismo y aprender a sanar a los demás). De más reciente aparición en este tipo de prácticas paganas esotéricas está el Reiki, que en realidad es básicamente lo mismo: el que lo practica cree que puede sanar por las manos a través de una “energía universal” que supuestamente se transfiere por las palmas de sus manos al paciente.





Aunque los que estos medios usan digan que son amigos de Jesús ¿realmente están con El ... o en contra de El? ¿Es Jesús Quien sana a través de ellos? ¿Es el Espíritu de Dios actuando en ellos? ¿O son ellos mismos, actuando en nombre propio y usando técnicas ocultistas -por cierto, muy peligrosas- que confunden a personas incautas y las hacen caer en graves riesgos físicos, emocionales y espirituales? Hay que saber diferenciar.

Una cosa es una persona a través de quien Dios se manifiesta dando un mensaje para un grupo, para otra persona o tal vez para el mundo, como puede ser algún vidente de una genuina aparición mariana, y otra cosa muy distinta es un adivino, un astrólogo o un brujo, que pretenda conocer y dar a conocer el futuro o resolver algún problema a través de técnicas ocultistas y demoníacas. Y ¡ojo, porque a veces tienen aciertos! Acierten éstos o no, parezcan amigos de Jesús o no, hay que preguntarse: ¿están éstos actuando en nombre de Dios y bajo la influencia del Espíritu Santo?

Algunos pueden presentarse de manera más encubierta. Pero… “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16). La persona que dice recibir mensajes o realizar prodigios ¿da frutos buenos de santidad en sí misma? ¿Se ven frutos de santidad en quienes la siguen? ¿O éstos, en vez de seguir a Dios, van fascinados tras el personaje por ser éste atractivo o complaciente? Nuevamente…recordemos lo que el Señor nos ha advertido de antemano: los falsos profetas harán cosas maravillosas, capaces en engañar.

Sabemos por la Sagrada Escritura y por la experiencia que Dios puede manifestarse en forma sobrenatural. Sin embargo, es necesario recalcar que no podemos ir tras estas manifestaciones extraordinarias, denominadas “carismas” en lenguaje bíblico, como si fueran el centro de la vida cristiana y lo único importante. Sabemos que son auxilios y que Dios las suscita para ayudar en la evangelización, para facilitar la conversión, para avivar la fe en la Iglesia.

Pero como Dios se revela de modo extraordinario y de hecho lo hace cuando quiere, como quiere, donde quiere y a través de quien quiere, nuestra actitud debe ser la de una entrega confiada en la providencia divina, sin estar buscando estas manifestaciones.

Nos dice el Catecismo que la función de las revelaciones privadas es ayudarnos, en algún momento de la historia, a vivir más plenamente lo que nos ha revelado Jesucristo. (ver CIC #67)

Y cuando se dan estas manifestaciones extraordinarias, hay que tener mucho cuidado en no seguir falsos profetas. Pero tampoco debiéramos rechazar o ahogar aquéllas que genuinamente vienen de Dios, como bien nos indica San Pablo (1 Tes. 5, 12.19.21) y también lo ratificó la Iglesia en el Concilio Vaticano II:

"Es la recepción de estos carismas, incluso los más sencillos, la que confiere a cada creyente el derecho y el deber de ejercitarlos para bien de la humanidad y edificación de la Iglesia, en el seno de la propia Iglesia y en medio del mundo, con la libertad del Espíritu Santo, que sopla donde quiere (Jn. 3,8), y en unión al mismo tiempo con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1 Tes. 5, 12.19.21)”. (Apostolicam actuositatem #3).

El Evangelio de hoy también toca el pecado de escándalo, es decir, el pecado en que por dar mal ejemplo o por dar un mal consejo, podemos hacer caer a otros en pecado; es decir, cuando nuestra conducta o nuestra palabra pueden servir de ocasión de pecado para otros.





Y Jesús fue sumamente severo con este tipo de pecado, especialmente cuando se escandaliza “a la gente sencilla que cree en El: ‘Más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar’”.

Fue igualmente severo el Señor al exigirnos cualquier renuncia con tal de evitar los pecados que nos alejan de El y ponen en peligro nuestra salvación eterna:

“Si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo, pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que ser arrojado con tus dos pies al lugar de castigo”. Y se refirió con la misma severidad al ojo y a la mano, todo para indicarnos lo importante que es nuestra salvación y lo grave que sería la condenación. Ningún esfuerzo es grande y ninguna negación imposible, cuando se trata de llegar a la Vida Eterna.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia.org


domingo, 2 de septiembre de 2018

«Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres» (Evangelio Dominical)






Hoy, la Palabra del Señor nos ayuda a discernir que por encima de las costumbres humanas están los Mandamientos de Dios. De hecho, con el paso del tiempo, es fácil que distorsionemos los consejos evangélicos y, dándonos o no cuenta, substituimos los Mandamientos o bien los ahogamos con una exagerada meticulosidad: «Al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas...» (Mc 7,4). Es por esto que la gente sencilla, con un sentido común popular, no hicieron caso a los doctores de la Ley ni a los fariseos, que sobreponían especulaciones humanas a la Palabra de Dios. Jesús aplica la denuncia profética de Isaías contra los religiosamente hipócritas: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7,6).

En estos últimos años, San Juan Pablo II, al pedir perdón en nombre de la Iglesia por todas las cosas negativas que sus hijos habían hecho a lo largo de la historia, lo ha manifestado en el sentido de que «nos habíamos separado del Evangelio».






«Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15), nos dice Jesús. Sólo lo que sale del corazón del hombre, desde la interioridad consciente de la persona humana, nos puede hacer malos. Esta malicia es la que daña a toda la Humanidad y a uno mismo. La religiosidad no consiste precisamente en lavarse las manos (¡recordemos a Pilatos que entrega a Jesucristo a la muerte!), sino mantener puro el corazón.

Dicho de una manera positiva, es lo que santa Teresa del Niño Jesús nos dice en sus Manuscritos biográficos: «Cuando contemplaba el cuerpo místico de Cristo (...) comprendí que la Iglesia tiene un corazón (...) encendido de amor». De un corazón que ama surgen las obras bien hechas que ayudan en concreto a quien lo necesita «Porque tuve hambre, y me disteis de comer...» (Mt 25,35).





Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,1-8.14-15.21-23):





En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)
Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»
Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos." Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»
Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

Palabra del Señor






COMENTARIO.







Las lecturas de hoy nos hablan de la Ley de Dios y de los legalismos y anexos que se le habían ido haciendo a esa Ley divina a lo largo del tiempo, hasta que Jesús decide deslastrarla de todo lo que los hombres le habían ido agregando.

Dios entregó a Moisés su Ley para el cumplimiento estricto de todos:  del viejo pueblo de Israel y del nuevo pueblo de Israel, que es hoy la Iglesia de Cristo.  Más aún, es una Ley tan sabia, tan prudente y tan necesaria que es indispensable seguirla, tanto para el bien personal y como para el bien de los grupos, pequeños o grandes, y hasta para el bien mundial.

Por eso, aparte de estar esa Ley escrita en las piedras que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí, está también inscrita en el corazón de los seres humanos.  Y cuando nos apartamos de esa Ley, porque creemos encontrar la felicidad fuera de ella, nos hacemos daño a nosotros mismos y hacemos daño a los demás.

Y la Palabra de Dios, en la cual está contenida esa Ley, ha sido sembrada en nosotros para nuestra salvación, como nos lo recuerda el Apóstol Santiago en la Segunda Lectura (St. 1, 17-18.21-22.27): “ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos”.   Es por ello que nos recomienda ponerla en práctica y no simplemente escucharla y hablar de ella.




Moisés, quien había recibido las instrucciones directamente de Dios, había instruido al pueblo así: “No añadirán nada ni quitarán nada a lo que les mando”.

Pero sucedió que, a lo largo del tiempo, se fueron anexando a la Ley una serie de detalles minuciosos prácticamente imposibles de cumplir, además de interpretaciones legalistas y absurdas que hacían perder de vista el verdadero espíritu de la Ley.

Por todo esto Cristo tuvo que aclarar bien lo que era la Ley y lo que eran los anexos y legalismos.  Y tuvo que ser sumamente severo contra los Fariseos, que regían la vida religiosa de los judíos, y contra los Escribas, que eran los que fungían de intérpretes de la Ley. (cfr. Mt. 23, 1-34 y Lc. 11, 37-47)

Tal es el caso que nos narra San Marcos en el Evangelio de hoy (Mc. 7, 1-8.14-15.21-23):  en una ocasión los discípulos de Jesús no cumplieron las normas de purificación de manos y recipientes, según se exigía de acuerdo a estos anexos y legalismos.




Y, ante el reclamo de unos Escribas y Fariseos, el Señor les responde algo bien fuerte: “¡Qué bien profetizó de ustedes Isaías! ¡hipócritas!  cuando escribió:  Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí ... Ustedes dejan de un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

A juzgar por la respuesta de Jesús, definitivamente se habían agregado cosas humanas a la Ley divina.  No habían cumplido lo que Moisés, por orden de Dios, había instruido:  no quitar ni agregar nada a la Ley.  Y por eso habían puesto cargas tan pesadas que ni ellos mismos cumplían.  Y cada vez que le reclamaban a Jesús el incumplimiento de estas cargas absurdas, con gran severidad les iba tumbando todos los legalismos y anexos que habían ido agregando a la Ley de Dios.

En otra oportunidad fue Jesús mismo quien se sentó a la mesa, precisamente casa de un Fariseo, sin la rigurosa purificación exigida.  Al anfitrión reclamarle, Jesús no se midió en su respuesta, ni siquiera por ser el invitado: “Eso son ustedes, fariseos.  Purifican el exterior de copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades.  ¡Estúpidos! ... Según ustedes, basta dar limosna sin reformar lo interior y todo está limpio” (Lc. 11, 37-41).   Ver también Mt. 23, 1-37.






Por eso Jesús les insiste en este Evangelio que lo importante no es lo exterior sino lo interior.  Lo importante no son los detalles que se habían inventado, sino el corazón del hombre.  Es hipocresía lavarse muy bien las manos y tener el corazón lleno de vicios y malos deseos.  Es hipocresía aparentar por fuera y estar podrido por dentro.  Lo que hay que purificar es el interior, lo que el ser humano lleva por dentro:  en su pensamiento, en sus deseos.  Los pecados brotan del interior, no del exterior...

Por eso, para corregir el legalismo absurdo, dice Jesús: “Escúchenme todos y entiéndanme.  Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad.  Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.  Son todas cosas que nos ensucian y que debemos expulsar de nuestro interior para no estar manchados.





Nosotros tal vez no tengamos legalismos agregados, pero sí podríamos revisar nuestro interior a ver si tenemos cosas de esas que nos ensucian.  Y entonces limpiarnos con el arrepentimiento y la confesión.

La Segunda Lectura de la Carta del Apóstol Santiago (Stgo. 1, 17-18; 21-22.27) nos recuerda la importancia de “aceptar dócilmente la palabra que ha sido sembrada” en nosotros, y que no basta escucharla, sino que hay que ponerla en práctica, sobre todo en obras de justicia, caridad y santidad: “visitar a huérfanos y viudas en sus tribulaciones, y guardarse de este mundo corrompido”.











Fuentes:
Safradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org