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sábado, 26 de marzo de 2011

Y Dios, te dará Agua Viva!! (Evangelio dominical)



Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob, en las cercanías de la aldea de Sicar. Pronto llega una mujer samaritana a apagar su sed. Espontáneamente, Jesús comienza a hablar con ella de lo que lleva en su corazón.

En un momento de la conversación, la mujer le plantea los conflictos que enfrentan a judíos y samaritanos. Los judíos peregrinan a Jerusalén para adorar a Dios. Los samaritanos suben al monte Garizim cuya cumbre se divisa desde el pozo de Jacob. ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿Cuál es la verdadera religión? ¿Qué piensa el profeta de Galilea?

Jesús comienza por aclarar que el verdadero culto no depende de un lugar determinado, por muy venerable que pueda ser. El Padre del cielo no está atado a ningún lugar, no es propiedad de ninguna religión. No pertenece a ningún pueblo concreto.

No lo hemos de olvidar. Para encontrarnos con Dios, no es necesario ir a Roma o peregrinar a Jerusalén. No hace falta entrar en una capilla o visitar una catedral. Desde la cárcel más secreta, desde la sala de cuidados intensivos de un hospital, desde cualquier cocina o lugar de trabajo podemos elevar nuestro corazón hacia Dios.

Jesús no habla a la samaritana de «adorar a Dios». Su lenguaje es nuevo. Hasta por tres veces le habla de «adorar al Padre». Por eso, no es necesario subir a una montaña para acercarnos un poco a un Dios lejano, desentendido de nuestros problemas, indiferente a nuestros sufrimientos. El verdadero culto empieza por reconocer a Dios como Padre querido que nos acompaña de cerca a lo largo de nuestra vida.

Jesús le dice algo más. El Padre está buscando «verdaderos adoradores». No está esperando de sus hijos grandes ceremonias, celebraciones solemnes, inciensos y procesiones. Lo que desea es corazones sencillos que le adoren «en espíritu y en verdad».

«Adorar al Padre en espíritu» es seguir los pasos de Jesús y dejarnos conducir como él por el Espíritu del Padre que lo envía siempre hacia los últimos. Aprender a ser compasivos como es el Padre. Lo dice Jesús de manera clara: «Dios es espíritu, y quienes le adoran deben hacerlo en espíritu». Dios es amor, perdón, ternura, aliento vivificador..., y quienes lo adoran deben parecerse a él.

«Adorar al Padre en verdad» es vivir en la verdad. Volver una y otra vez a la verdad del Evangelio. Ser fieles a la verdad de Jesús sin encerrarnos en nuestras propias mentiras. Después de veinte siglos de cristianismo, ¿hemos aprendido a dar culto verdadero a Dios? ¿Somos los verdaderos adoradores que busca el Padre?



La Mujer y el Agua Viva.


Hay mujeres –ellas, siempre ellas y sólo ellas– en algunas regiones de la India que tienen que recorrer decenas de kilómetros para ir a buscar el agua que necesitan sus familias. Ellas nos podrían explicar perfectamente lo que el evangelio de este domingo nos quiere transmitir, lo que significa de verdad el “agua viva” de que habla Jesús.

Para muchos de nosotros el agua es un recurso abundante y barato. Se abre el grifo y ya está: todo el agua que se quiere. Más de la que se necesita. Es raro que experimentemos la sed de verdad, la que puede sentir un náufrago, todo rodeado de agua salada. Ese también nos podría explicar muy bien que hay agua que no quita la sed sino que la multiplica. Porque no todas las aguas valen para quitar la sed.

El agua que nace de una fuente en la montaña, el agua que vieron brotar de la peña los israelitas en el monte Horeb, es agua de vida, es agua que garantiza la vida, es agua que devuelve la esperanza y cura las enfermedades. El agua del pantano, quita, sucia, ponzoñosa es agua que nos recuerda a la muerte. En ella con un poco de tiempo todas las cosas se disuelven y se pierden, dejan de existir.



Un alto en el camino

En este camino de Cuaresma, la liturgia nos presenta a Jesús haciendo un alto en el camino. Pero el autor del evangelio de Juan no da puntada sin hilo. Para empezar Jesús está haciendo con sus discípulos ese largo camino de Galilea a Jerusalén. Todo es cuesta arriba. De los verdes y feraces llanos de Galilea a las montañas de Judea en cuyo centro está prácticamente Jerusalén. El camino es duro y cuesta arriba.

Además, hay que atravesar una tierra dominada por un pueblo que es peor que extranjero. El pueblo samaritano es un pueblo hereje. Han mezclado las creencias judías con las de otros pueblos. No son puros. Un buen judío debe evitar cualquier tipo de contacto con ellos. Quizá por eso la parábola del buen samaritano debió resultar más escandalosa todavía a los oídos de los judíos bienpensantes.

Allí está Jesús parado al lado de un pozo. Aparece una mujer y le pide que saque agua para él. Una primera sorpresa: un judío hablando con una samaritana. Segunda sorpresa: Es Jesús el que le ofrece de beber a la samaritana un agua diferente, una agua que quita la sed para siempre, una agua que libera del casino y duro trabajo de acercarse al poco todos los días.

El diálogo pasa en seguida del agua material que calma la sed física a ese otro agua que da la vida. Aquella mujer no era tonta y se da cuenta de que está frente a un conflicto religioso. ¿Dónde está el Dios verdadero, en este monte o en Jerusalén? Pero Jesús plantea las cosas de otro modo. La cuestión no está en encontrar el monte (o la iglesia) adecuado sino en adorar al Padre en espíritu y en verdad. A partir de ese momento, se abre un horizonte nuevo. El agua que da la vida ha abierto una perspectiva que va más allá de los sacrificios, de las liturgias, de las normas, de los cánones.



Orientaciones para nuestro camino

A Dios se le adora en espíritu en verdad. Al Padre se le adora en la vida diaria, en la relación con los hermanos, en el trabajo para hacer de este mundo un lugar habitable, en el respeto al otro y a su dignidad de hijo de Dios. El Mesías no realiza su salvación a través de un milagro turbativo que nos lleve a la corte celestial donde podamos cantar para siempre las aleluyas del Señor sino que nos devuelve a la tierra, a la vida para que adoremos al Padre en espíritu y en verdad.

La samaritana aprendió que adorar al Padre en espíritu y en verdad está por encima de las fronteras, de las razas, de las tradiciones. Aprendió también que lo del “agua viva” no era cuestión de tener un cubo más grande sino de aprestar el corazón a abrirse al hermano para compartir lo que Dios nos ha regalado: la gracia de la salvación, el amor que ha sido derramado en nuestros corazones. Pero, ¿tiene vida el amor que no se comparte, que no se expande, que no salta por encima de las divisiones? A ver si vamos a confundir el amor con el narcisismo o con “sentirme bien”.

Los israelitas, peregrinos en el desierto, encontraron en el agua del Horeb la fuerza necesaria para seguir caminando, para seguir siendo un pueblo, para juntos mantener la esperanza de llegar a la tierra prometida. Nosotros encontramos en Jesús el agua viva que nos mantiene unidos, que nos reúne en la esperanza y que multiplica el amor entre nosotros y con todos los hombres y mujeres de este mundo. Porque todos son hijos de Dios. Porque todos son hermanos nuestros.


Lectura del santo evangelio según san Juan (4,5-42):

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»
En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Estamos en el tercer domingo de cuaresma. A partir de este domingo, hasta el final de la cuaresma, los evangelios [dejamos a Mateo y tomamos a Juan] que escuchamos tienen un contenido bautismal: nos hablan, sucesivamente, del agua, de la luz y de la vida. Estos evangelios los reflexionaban los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo en la Vigilia Pascual. Se nos invita, por tanto, con ellos a vivir nuestro bautismo.


Lo interesante de estos evangelios es que expresan un encuentro personal con Jesucristo; es decir, nos narran cómo ciertos personajes descubren quien es Jesucristo en sus vidas concretas. ¿Nos hemos encontrado nosotros con Jesucristo? ¿Es para nosotros alguien significativo en nuestras vidas? Los sacramentos son encuentros reales con Jesucristo. Cuando nosotros recibimos el sacramento del bautismo nos encontramos con Jesucristo, pero ese encuentro se tiene que ir haciendo vida en nosotros.

Un tema importante en las lecturas es la idea de la sed. La sed física, principalmente, que tiene el pueblo de Israel, como dice la primera lectura, cuando va por el desierto; sed que le hace dudar de si Dios está con ellos o no, de si los ha hecho salir de Egipto para morir de sed. La sed física que tiene Jesucristo en su diálogo con la samaritana, que es la sed que ella entiende, en principio.


Esta sed adquiere un significado existencial más amplio que podríamos traducir por el deseo de felicidad que todo ser humano experimenta en su interior. Para encontrarse con Jesús, para hacer vida ese encuentro que se dio en el sacramento del bautismo cuando éramos pequeños, hay que tener deseos de felicidad, sed de Dios... ¿Creemos, de verdad, que Jesús puede ser la respuesta a todas nuestras preguntas? ¿Qué él puede saciar nuestro deseo de felicidad?

El evangelio nos cuenta cómo una mujer samaritana descubrió a Jesús como el salvador de su vida, como el sentido de su vida. El evangelio presenta dos escenas: Jesús y la samaritana; Jesús y sus discípulos.

Jesús y la samaritana:

Jesús está en Samaría, una región enfrentada con los judíos; los samaritanos y los judíos no se entienden. Y se pone a hablar con una mujer, cuando lo normal era el no hablar con ellas. El contenido del diálogo de Jesús y la samaritana tiene dos partes.


En primer lugar, Jesús le pide de beber a ella y dialogan en torno al agua y la sed. Jesús le termina diciendo que "el agua que yo te daré se convertirá dentro de ti en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna". Ante lo que la samaritana le dice que le dé de esa agua. El sacramento del bautismo pone en nuestro interior la semilla de la vida nueva, vida que se debe ir alimentando hasta que llegue a ser vida eterna.

En segundo lugar, la samaritana le pregunta dónde hay que dar culto a Dios: si en Jerusalén, que es donde le dan culto los judíos, o en el monte Garizín, que es donde le dan culto los samaritanos. Jesús le responde no por el lugar, que es lo de menos, sino la forma: hay que darle culto en espíritu y verdad, que quizá podríamos traducir como que a Dios hay que darle culto con la propia vida. Las celebraciones litúrgicas nos deben de ayudar a que la vida de cada día sea como una ofrenda agradable a Dios.

Jesús y sus discípulos:


La otra escena del evangelio es Jesús con sus discípulos, donde se viene a decir que el alimento de Jesús, otra vez se habla de un modo simbólico, es hacer la voluntad del Padre y llevar a término su obra.



¡Que tengamos la dicha de encontrar en Jesús, como la samaritana, el agua viva que sacie nuestra sed para siempre!











Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Fernando Torres Pérez cmf
Ángel Corbalán

sábado, 19 de marzo de 2011

"Levantaos, no tengais miedo"(Evangelio dominical)


¿Quién dijo que la Cuaresma es un tiempo más bien triste, dedicado a la introspección, al examen de conciencia, a mirar y valorar nuestras faltas, para convertirnos? Al segundo domingo, Jesús nos invita a hacer un alto en el camino, a acompañarle hasta una montala alta y a ver como se transfigura ante nosotros, su rostro como el sol, sus vestidos blancos como la luz. Tan impresionante debió ser aquella situación que Pedro –siempre el más atrevido- no se le ocurrió más que decir: “¡Qué bien se está aquí!” Y luego añadió aquello de hacer tres tiendas, olvidándose de sus compañeros y de él mismo.

Debió ser una experiencia impactante. No parece que en ningún momento les causase miedo o temor. Más bien, lo contrario. Escucharon o sintieron la voz de Dios que les invitaba a escuchar la voz de su Hijo, Jesús. Una vez más, la invitación a escuchar y acoger en el corazón la Palabra, que debe ser siempre el centro de la vida cristiana.

Pero hay un detalle importante. Todo sucedió en una montaña alta. Allí subieron Pedro, Santiago y Juan acompañando a Jesús. Y de allí tuvieron que bajar. Porque la vida sucede en el llano, abajo, en el camino de la vida. De alguna manera, la vida es más larga, más duradera en el tiempo, que la transfiguración. Jesús es sobre todo el maestro que les lleva hacia Jerusalén. Porque sí, todo sucede en el camino hacia Jerusalén. Allí va a haber otra transfiguración relativamente distinta.


MIEDO A JESÚS


La escena conocida como "la transfiguración de Jesús" concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: «Este es mi Hijo amado»: el que tiene el rostro transfigurado. «Escuchadle a él». No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a él.

«Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto». Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: «Se acerca» para que sientan su presencia amistosa. «Los toca» para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: «Levantaos. No temáis». Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en "odres nuevos" el "vino nuevo" del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo "hacer memoria" de él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?



Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. En algunos crece el recelo ante religiosos y religiosas que buscan ser fieles al carisma profético que han recibido de Dios. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: «Levantaos. No tengáis miedo».


Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

Estamos en el domingo II de cuaresma, camino de la Pascua, acercándonos a celebrar la muerte y resurrección de Jesús. Para hacerlo más conscientemente se nos invita a vivir nuestro bautismo, que es incorporación a la muerte y resurrección de Jesús, bautismo que renovaremos la noche del Sábado Santo. Dos aspectos: muerte y resurrección, cruz y gloria, dolor y dicha, que van inseparablemente unidos. A veces queremos quedarnos sólo con la dicha y la gloria.


Se nos invita también a la conversión para que el Evangelio y sus valores y criterios vayan aflorando en nuestros pensamientos y acciones.

El domingo pasado se nos invitaba, con las tentaciones de Jesús en el desierto, a cambiar de modo de pensar: tener bienes, tener poder, tener fama no es la fuente de la felicidad. Hay que dejar esos criterios del mundo y ver que sólo el amor a Dios y a los demás nos puede dar la verdadera felicidad.

Este domingo se nos sigue invitando a cambiar en otro modo de pensar: aceptar la cruz como camino imprescindible para la resurrección. Nadie quiere cruces en su vida y todos tenemos más de las que quisiéramos tener. Nos asusta, nos espanta, incluso nos escandaliza, la cruz. Se nos dice, como rezaremos en el prefacio – hecho a partir del evangelio de hoy – que la pasión es el camino de la resurrección. No hay otro camino. Que sólo llegaremos a la luz por la cruz; que no hay vida sin muerte y no hay muerte sin vida; que el grano de trigo para producir fruto tiene que morir.


En el texto del Evangelio vemos como Jesús, en el monte Tabor, se transfigura delante de Pedro, Santiago y Juan; manifiesta cómo es su divinidad para que, viendo la gloria de Dios, puedan afrontar con mayor entereza y esperanza la muerte en cruz en Jerusalén. Esta es la pedagogía divina: adelantar un poco de gloria para poder afrontar la cruz con mayor entereza.

Es difícil vivir la cruz, los momentos de cruz de nuestra vida; por eso Jesús tuvo buena pedagogía con sus apóstoles para que no se espantaran en Jerusalén. (Ejemplo: unos novios que viven y se comprometen por amor; las exigencias y las cruces vendrán después y serán llevaderas por el amor que se tienen). A pesar de la pedagogía de Jesús, los apóstoles no acababan de entender.

Pedro se quedó encantado con la manifestación de la divinidad de Jesús y comentó entusiasmado: "¡Qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas". La tentación es no querer afrontar la ‘cruz de la moneda’ y querer vivir siempre la ‘cara de la moneda’, el aspecto más llevadero. La tentación es quedarse en la cumbre y no descender al camino que lleva a la cruz. Todo tiene su cara y su cruz.


El Tabor es como esos momentos de dicha y felicidad que todos experimentamos en nuestra vida y que nos animan a seguir luchando en los momentos difíciles.

Experiencias de este tipo, de encuentro con Dios, tuvo que tener Abrahán para salir de su tierra y obedecer al Señor, como nos cuenta la primera lectura. La ‘cruz’ así se nos puede presentar cuando los demás nos pidan disponibilidad para sus planes, lo que supone dejar lo nuestro, nuestra voluntad y centrarnos en las necesidades del otro.

Experiencias así tuvo San Pablo para entregar su vida por Cristo. También nosotros hemos de encontrarnos con el Señor para poder "tomar parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios nos dé". Para trabajar por el Evangelio hay que trabajar, no sólo con las propias fuerzas, sino con las que Dios da: "Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo". Esta ‘cruz’ de los duros trabajos del Evangelio llevó a Pablo a ser misionero, a estar en la cárcel, a dar la vida... Hoy esta cruz para muchos cristianos no es llevadera, pues claudican de sus criterios y valores (si es que llegaron a tenerlos) ante la presión social. Los jóvenes difícilmente dicen que van a la Iglesia, pues se ríen de ellos sus propios amigos. Suponemos que no son cristianos valientes por eso, pero quizá es que no estén capacitados para esa cruz porque no han gozado del encuentro con el Señor, de la felicidad que da vivir según la fe y sus valores.


¡Qué el Señor Jesús también se nos muestre a nosotros en su gloria, para que su contemplación nos ayude a vivir nuestras cruces con esperanza: estar disponibles para el otro y ser cristianos valientes!







Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf.
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán

sábado, 12 de marzo de 2011

De las tentaciones y de La Tentación !!!!!! (Evangelio dominical)

Desconozco la razón por la que la “tentación” por antonomasia en el imaginario popular ha terminado siendo la del “sexto”, la del pecado sexual. Pero hasta podría llegar a pensar que ha sido una gloriosa maniobra de diversión para despistarnos a todos de la verdadera tentación: la del poder. O mejor la del abuso del poder. Ahí reside el verdadero pecado, el que corrompe hasta lo más profundo lo que ha sido y es el sueño de Dios para la humanidad, el reino, la fraternidad. El abuso de poder sitúa a unas personas por encima de las demás, convierte la relación fraternal en una relación de amos y esclavos, de señores y siervos.


Ese abuso se manifiesta en todos los niveles. Siendo realistas, la mayoría de los abusos de tipo sexual no son en el fondo, y en la superficie también, más que un abuso de poder, una forma de expresar el dominio de uno, generalmente el hombre, sobre el otro, generalmente la mujer. El poder es la más vieja y antigua tentación. Cuando al actual presidente de Colombia le ofrecieron por primera vez un ministerio en su país era subdirector de un importante periódico. Consultó si debía aceptar con un amigo y éste le dijo: “si sigues en el periódico tendrás mucha ‘influencia’ pero sólo si entras en la política tendrás verdadero poder.” Dominar, controlar, mandar, que los otros hagan lo que uno dice. Todo eso es el poder. El que manda es libre para tomar sus decisiones. Los otros son los esclavos, los que tienen que obedecer.
¡Esa es la mayor de las tentaciones!


TENTACIONES

No le resultó nada fácil a Jesús mantenerse fiel a la misión recibida de su Padre, sin desviarse de su voluntad. Los evangelios recuerdan su lucha interior y las pruebas que tuvo que superar, junto a sus discípulos, a lo largo de su vida.


Los maestros de la ley lo acosaban con preguntas capciosas para someterlo al orden establecido, olvidando al Espíritu que lo impulsaba a curar incluso en sábado. Los fariseos le pedían que dejara de aliviar el sufrimiento de la gente y realizara algo más espectacular, "un signo del cielo", de proporciones cósmicas, con el que Dios lo confirmara ante todos.

Las tentaciones le venían incluso de sus discípulos más queridos. Santiago y Juan le pedían que se olvidara de los últimos, y pensara más en reservarles a ellos los puestos de más honor y poder. Pedro le reprende porque pone en riesgo su vida y puede terminar ejecutado.
Sufría Jesús y sufrían también sus discípulos. Nada era fácil ni claro. Todos tenían que buscar la voluntad del Padre superando pruebas y tentaciones de diverso género. Pocas horas antes de ser detenido por las fuerzas de seguridad del templo Jesús les dice así: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas" (Lucas 22,28).

El episodio conocido como "las tentaciones de Jesús" es un relato en el que se reagrupan y resumen las tentaciones que hubo de superar Jesús a lo largo de toda su vida. Aunque vive movido por el Espíritu recibido en el Jordán, nada le dispensa de sentirse atraído hacia formas falsas de mesianismo.

¿Ha de pensar en su propio interés, o escuchar la voluntad del Padre?
¿Ha de imponer su poder de Mesías, o ponerse al servicio de quienes lo necesitan?
¿Ha de buscar su propia gloria, o manifestar la compasión de Dios hacia los que sufren?
¿Ha de evitar riesgos y eludir la crucifixión, o entregarse a su misión confiando en el Padre?

El relato de las tentaciones de Jesús fue recogido en los evangelios para alertar a sus seguidores.
Hemos de ser lúcidos.
El Espíritu de Jesús está vivo en su Iglesia, pero los cristianos no estamos libres de falsear una y otra vez nuestra identidad cayendo en múltiples tentaciones.

Identificar hoy las tentaciones de la Iglesia y de la jerarquía, de los cristianos y de sus comunidades; hacernos conscientes de ellas como Jesús; y afrontarlas como lo hizo él, es lo primero para seguirle con fidelidad.
Una Iglesia que no es consciente de sus tentaciones, pronto falseará su identidad y su misión.
¿No nos está sucediendo algo de esto?
¿No necesitamos más lucidez y vigilancia para no caer en la infidelidad?



Evangelio según San Mateo 4,1-11.

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes".
Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo,
diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor,y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme".
Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Palabra de Dios


EL COMENTARIO.

Estamos en el primer domingo de Cuaresma: tiempo de preparación para la Pascua del Señor; para renovar las promesas bautismales; para vivir la conversión.



En este primer domingo se nos invita a reflexionar sobre las tentaciones que tuvo Jesucristo en el desierto; tentaciones que son la expresión de las tentaciones que podemos tener todos los cristianos.

Pero, antes de hablar de las tentaciones, quiero resaltar lo que dice al principio el evangelio: "Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu...". Así es Dios con su propio Hijo. El Espíritu lo lleva por el desierto, el Espíritu lo adentra en la purificación, en la tentación, en la soledad, en la reflexión... ¡Cuántas circunstancias de la vida, que nosotros no acabamos de entender, son caminos abiertos por el Espíritu para conducirnos más claramente a Dios!

La tentación es una sugerencia exterior o interior que nos invita a hacer el mal. En sí misma no es pecado, pues Jesucristo tuvo tentaciones y no tuvo pecado. Las tentaciones de Jesús en el desierto son la expresión de los caminos del mundo frente a los caminos de Dios.

La concreción de las tentaciones, que viene a continuación, está ‘entresacada’ de "Reestructurar la vida" de N. Alcover (Ed. Paulinas)

TENER: "Haz que estas piedras se conviertan en pan": [Jesús nos propone: SER Tenido]



Preocupación obsesiva por el universo de los teneres (materiales, espirituales, intelectuales, temperamentales). Conduce al afán de posesión, incluida la posesión de los demás.

La consecuencia es una profunda autosuficiencia, sin necesidad de los otros, ni de la gracia de Dios.

Lo tenido te acaba poseyendo.

FAMA: "Tírate desde el alero del templo": [Jesús nos propone: Servicio]

Preocupación obsesiva por el universo de las apariencias, que en pura lógica provoca el aplauso de los demás y la consiguiente vana - gloria, que es una de las tentaciones más sutiles, que no es voluntad de Dios, sino mi deseo de aparentar.

La consecuencia es una autoidolatría desmedida, por autocomplacencia, narcisismo.

PODER [Soberbia]: "Todo este reino es tuyo si me adoras": [Jesús nos propone: Humildad]

Preocupación obsesiva por el universo del poder, que es el objetivo de una sociedad ejecutiva y competitiva. Es una sobrevaloración propia que me conduce a aplastar a los demás, a sometérmelos, sólo porque me considero poderoso. Significa que no me conozco y que no ando en verdad.

La raíz de esto es la autoprepotencia, considerarse el centro del mundo: dios.


Como comentario a la primera tentación, os pongo aquí este cuento.

"No sólo de pan vive el hombre".

Juanito era un hombre corriente. Tenía poco dinero pero el suficiente para vivir contento y satisfecho. Un día, mientras paseaba, se encontró un fajo de billetes en la basura. Sorprendido cogió el puñado de billetes. Su primer impulso fue guardarlos en el bolsillo; pero, tras un instante, mirando el dinero le dijo: "Eres un tesoro, pero ¿realmente te necesito? Hasta hoy nunca te he tenido y he sido feliz mientras que algunos de mis vecinos, cargados de billetes como vosotros, son desdichados. No quiero ser como ellos. No os necesito". Y, sin más, arrojó los billetes a la basura.

Los billetes se sintieron muy ofendidos. Jamás se habían visto tratados de aquella manera. Enfadados le gritaron a Juanito: "¿Quién te crees que eres? ¡Debes ser un completo idiota! ¿Cómo te atreves a tratarnos así? Serás un desgraciado toda tu vida. ¿Ignoras que el dinero puede comprarlo todo? El dinero abre las puertas del placer, del prestigio y del poder. El dinero da la felicidad. No seas tonto. Cógenos y llévanos a tu casa. No te arrepentirás".

Juanito replicó: "Tenéis razón en cierto modo. El dinero puede comprar todas las cosas que el mundo ofrece, pero no puede comprar los deseos más hondos del corazón de una persona".

"¡Mentiroso!", dijeron los billetes. "¿Qué sabes tú del mundo y sus placeres? Vamos, dinos lo que no podemos comprarte.

Juanito sonrió tranquilamente mirando a los billetes y replicó: "Es verdad que el dinero podría comprarme un lecho de oro, pero no podría comprarme el profundo y apacible sueño. El dinero puede comprar cosméticos, pero no puede comprar mi sana y robusta complexión. El dinero puede comprar una casa suntuosa, pero no puede comprar la felicidad de mi hogar. El dinero puede comprar el sexo, pero no puede comprar el amor de mi matrimonio. El dinero puede comprar a la gente, pero no puede comprar la lealtad de mis amigos. El dinero puede comprar libros, pero no conocimientos y sabiduría. El dinero puede comprar vestidos de moda, pero no puede comprar la dignidad personal. El dinero puede comprar diversiones ocasionales, pero no puede comprar la alegría y la paz interior. En otras palabras, todo lo que vale la pena, tú, dinero, no puedes comprarlo. Sólo puedes introducirte falazmente en la vida de las personas "inteligentes" induciéndoles a creer que puedes dar lo que no está en tu poder. Eres un embustero y un engañabobos. Quédate donde estás, que es donde te corresponde: en el basurero". Dicho esto, Juanito prosiguió su camino silbando alegremente.











Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf
José A, Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán

De las tentaciones y de La Tentación !!!!!! (Evangelio dominical)

Desconozco la razón por la que la “tentación” por antonomasia en el imaginario popular ha terminado siendo la del “sexto”, la del pecado sexual. Pero hasta podría llegar a pensar que ha sido una gloriosa maniobra de diversión para despistarnos a todos de la verdadera tentación: la del poder. O mejor la del abuso del poder. Ahí reside el verdadero pecado, el que corrompe hasta lo más profundo lo que ha sido y es el sueño de Dios para la humanidad, el reino, la fraternidad. El abuso de poder sitúa a unas personas por encima de las demás, convierte la relación fraternal en una relación de amos y esclavos, de señores y siervos.


Ese abuso se manifiesta en todos los niveles. Siendo realistas, la mayoría de los abusos de tipo sexual no son en el fondo, y en la superficie también, más que un abuso de poder, una forma de expresar el dominio de uno, generalmente el hombre, sobre el otro, generalmente la mujer. El poder es la más vieja y antigua tentación. Cuando al actual presidente de Colombia le ofrecieron por primera vez un ministerio en su país era subdirector de un importante periódico. Consultó si debía aceptar con un amigo y éste le dijo: “si sigues en el periódico tendrás mucha ‘influencia’ pero sólo si entras en la política tendrás verdadero poder.” Dominar, controlar, mandar, que los otros hagan lo que uno dice. Todo eso es el poder. El que manda es libre para tomar sus decisiones. Los otros son los esclavos, los que tienen que obedecer.
¡Esa es la mayor de las tentaciones!




TENTACIONES

No le resultó nada fácil a Jesús mantenerse fiel a la misión recibida de su Padre, sin desviarse de su voluntad. Los evangelios recuerdan su lucha interior y las pruebas que tuvo que superar, junto a sus discípulos, a lo largo de su vida.


Los maestros de la ley lo acosaban con preguntas capciosas para someterlo al orden establecido, olvidando al Espíritu que lo impulsaba a curar incluso en sábado. Los fariseos le pedían que dejara de aliviar el sufrimiento de la gente y realizara algo más espectacular, "un signo del cielo", de proporciones cósmicas, con el que Dios lo confirmara ante todos.

Las tentaciones le venían incluso de sus discípulos más queridos. Santiago y Juan le pedían que se olvidara de los últimos, y pensara más en reservarles a ellos los puestos de más honor y poder. Pedro le reprende porque pone en riesgo su vida y puede terminar ejecutado.
Sufría Jesús y sufrían también sus discípulos. Nada era fácil ni claro. Todos tenían que buscar la voluntad del Padre superando pruebas y tentaciones de diverso género. Pocas horas antes de ser detenido por las fuerzas de seguridad del templo Jesús les dice así: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas" (Lucas 22,28).

El episodio conocido como "las tentaciones de Jesús" es un relato en el que se reagrupan y resumen las tentaciones que hubo de superar Jesús a lo largo de toda su vida. Aunque vive movido por el Espíritu recibido en el Jordán, nada le dispensa de sentirse atraído hacia formas falsas de mesianismo.

¿Ha de pensar en su propio interés, o escuchar la voluntad del Padre?
¿Ha de imponer su poder de Mesías, o ponerse al servicio de quienes lo necesitan?
¿Ha de buscar su propia gloria, o manifestar la compasión de Dios hacia los que sufren?
¿Ha de evitar riesgos y eludir la crucifixión, o entregarse a su misión confiando en el Padre?

El relato de las tentaciones de Jesús fue recogido en los evangelios para alertar a sus seguidores.
Hemos de ser lúcidos.
El Espíritu de Jesús está vivo en su Iglesia, pero los cristianos no estamos libres de falsear una y otra vez nuestra identidad cayendo en múltiples tentaciones.

Identificar hoy las tentaciones de la Iglesia y de la jerarquía, de los cristianos y de sus comunidades; hacernos conscientes de ellas como Jesús; y afrontarlas como lo hizo él, es lo primero para seguirle con fidelidad.
Una Iglesia que no es consciente de sus tentaciones, pronto falseará su identidad y su misión.
¿No nos está sucediendo algo de esto?
¿No necesitamos más lucidez y vigilancia para no caer en la infidelidad?



Evangelio según San Mateo 4,1-11.

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes".
Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo,
diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor,y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme".
Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Palabra de Dios


EL COMENTARIO.

Estamos en el primer domingo de Cuaresma: tiempo de preparación para la Pascua del Señor; para renovar las promesas bautismales; para vivir la conversión.



En este primer domingo se nos invita a reflexionar sobre las tentaciones que tuvo Jesucristo en el desierto; tentaciones que son la expresión de las tentaciones que podemos tener todos los cristianos.

Pero, antes de hablar de las tentaciones, quiero resaltar lo que dice al principio el evangelio: "Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu...". Así es Dios con su propio Hijo. El Espíritu lo lleva por el desierto, el Espíritu lo adentra en la purificación, en la tentación, en la soledad, en la reflexión... ¡Cuántas circunstancias de la vida, que nosotros no acabamos de entender, son caminos abiertos por el Espíritu para conducirnos más claramente a Dios!

La tentación es una sugerencia exterior o interior que nos invita a hacer el mal. En sí misma no es pecado, pues Jesucristo tuvo tentaciones y no tuvo pecado. Las tentaciones de Jesús en el desierto son la expresión de los caminos del mundo frente a los caminos de Dios.

La concreción de las tentaciones, que viene a continuación, está ‘entresacada’ de "Reestructurar la vida" de N. Alcover (Ed. Paulinas)

TENER: "Haz que estas piedras se conviertan en pan": [Jesús nos propone: SER Tenido]



Preocupación obsesiva por el universo de los teneres (materiales, espirituales, intelectuales, temperamentales). Conduce al afán de posesión, incluida la posesión de los demás.

La consecuencia es una profunda autosuficiencia, sin necesidad de los otros, ni de la gracia de Dios.

Lo tenido te acaba poseyendo.

FAMA: "Tírate desde el alero del templo": [Jesús nos propone: Servicio]

Preocupación obsesiva por el universo de las apariencias, que en pura lógica provoca el aplauso de los demás y la consiguiente vana - gloria, que es una de las tentaciones más sutiles, que no es voluntad de Dios, sino mi deseo de aparentar.

La consecuencia es una autoidolatría desmedida, por autocomplacencia, narcisismo.

PODER [Soberbia]: "Todo este reino es tuyo si me adoras": [Jesús nos propone: Humildad]

Preocupación obsesiva por el universo del poder, que es el objetivo de una sociedad ejecutiva y competitiva. Es una sobrevaloración propia que me conduce a aplastar a los demás, a sometérmelos, sólo porque me considero poderoso. Significa que no me conozco y que no ando en verdad.

La raíz de esto es la autoprepotencia, considerarse el centro del mundo: dios.



Como comentario a la primera tentación, os pongo aquí este cuento.

"No sólo de pan vive el hombre".

Juanito era un hombre corriente. Tenía poco dinero pero el suficiente para vivir contento y satisfecho. Un día, mientras paseaba, se encontró un fajo de billetes en la basura. Sorprendido cogió el puñado de billetes. Su primer impulso fue guardarlos en el bolsillo; pero, tras un instante, mirando el dinero le dijo: "Eres un tesoro, pero ¿realmente te necesito? Hasta hoy nunca te he tenido y he sido feliz mientras que algunos de mis vecinos, cargados de billetes como vosotros, son desdichados. No quiero ser como ellos. No os necesito". Y, sin más, arrojó los billetes a la basura.

Los billetes se sintieron muy ofendidos. Jamás se habían visto tratados de aquella manera. Enfadados le gritaron a Juanito: "¿Quién te crees que eres? ¡Debes ser un completo idiota! ¿Cómo te atreves a tratarnos así? Serás un desgraciado toda tu vida. ¿Ignoras que el dinero puede comprarlo todo? El dinero abre las puertas del placer, del prestigio y del poder. El dinero da la felicidad. No seas tonto. Cógenos y llévanos a tu casa. No te arrepentirás".

Juanito replicó: "Tenéis razón en cierto modo. El dinero puede comprar todas las cosas que el mundo ofrece, pero no puede comprar los deseos más hondos del corazón de una persona".

"¡Mentiroso!", dijeron los billetes. "¿Qué sabes tú del mundo y sus placeres? Vamos, dinos lo que no podemos comprarte.

Juanito sonrió tranquilamente mirando a los billetes y replicó: "Es verdad que el dinero podría comprarme un lecho de oro, pero no podría comprarme el profundo y apacible sueño. El dinero puede comprar cosméticos, pero no puede comprar mi sana y robusta complexión. El dinero puede comprar una casa suntuosa, pero no puede comprar la felicidad de mi hogar. El dinero puede comprar el sexo, pero no puede comprar el amor de mi matrimonio. El dinero puede comprar a la gente, pero no puede comprar la lealtad de mis amigos. El dinero puede comprar libros, pero no conocimientos y sabiduría. El dinero puede comprar vestidos de moda, pero no puede comprar la dignidad personal. El dinero puede comprar diversiones ocasionales, pero no puede comprar la alegría y la paz interior. En otras palabras, todo lo que vale la pena, tú, dinero, no puedes comprarlo. Sólo puedes introducirte falazmente en la vida de las personas "inteligentes" induciéndoles a creer que puedes dar lo que no está en tu poder. Eres un embustero y un engañabobos. Quédate donde estás, que es donde te corresponde: en el basurero". Dicho esto, Juanito prosiguió su camino silbando alegremente.











Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf
José A, Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán

sábado, 5 de marzo de 2011

"Escucha la Palabra de Dios y ponla en práctica" (Evangelio dominical)

Mateo concluye el gran discurso de Jesús en una montaña de Galilea con dos breves parábolas, narradas con maestría y fáciles de recordar por todos. Su mensaje es de importancia decisiva: seguir a Jesús consiste en «escuchar sus palabras» y en «ponerlas en práctica». Si no lo hacemos así nuestro cristianismo es una insensatez. No tiene sentido alguno.

El hombre sensato construye su casa sobre roca firme. Por eso, cuando llegan las lluvias torrenciales del invierno y el agua desciende de los montes y soplan los fuertes vientos del Mediterráneo, la casa no se hunde: «está cimentada sobre roca». Así es la Iglesia formada por creyentes que se esfuerzan por escuchar el Evangelio y ponerlo en práctica.

El hombre necio, por el contrario, construye su casa sobre arena, en el fondo del valle. Por eso, al llegar las lluvias, los aluviones y el vendaval, la casa «se hunde totalmente». Así se desmorona el cristianismo cuando no está fundamentado en la roca del Evangelio escuchado y practicado en las comunidades.

En la conciencia moderna se ha producido un profundo cambio cultural que está poniendo en crisis el nacimiento y la vivencia de la fe cristiana. Cada vez se va haciendo más difícil despertar una fe viva en Dios y en Jesucristo por vía de "adoctrinamiento". Señalemos dos causas fáciles de detectar.

Por una parte, está en crisis la autoridad, toda autoridad. Es difícil que la fe brote hoy de la obediencia a una autoridad religiosa que se presente como poseedora de la verdad. La palabra que pronuncia la Iglesia desde su posición de autoridad sagrada no resulta hoy por sí misma ni creíble ni atractiva.

Construir la Casa del Reino......



Todos queremos hacer con nuestra vida algo que valga la pena. Cuando somos jóvenes nuestros deseos son muchos. Desde tener un buen trabajo o quizá crear una empresa hasta formar una familia. O ser misionero o comprometerse en la política tratando de construir una sociedad más justa. Los deseos son muchos pero las realizaciones no se corresponden siempre a la amplitud de lo que se soñó. Siempre nos quedamos cortos. El buen trabajo o la empresa que se formó con tanto esfuerzo tienen sus limitaciones. El político se encuentra con que sus sueños de justicia se tienen que realizar en el complicado barro de las relaciones humanas. Hasta el misionero descubre pasados los años que no todo lo que ha hecho fue como lo deseó.

Así es la vida. Con el paso de tiempo descubrimos que lo que hemos levantado, la edificación libre y responsable de nuestra propia historia, no sigue exactamente los planos que hicimos en su momento. Claro que una cosa es hacer los planos en el refugio tranquilo donde el arquitecto planea y pone por escrito sus ideas y otra llevarlas a la realidad, ponerse a pie de obra, encontrarse con los obreros, con los proveedores, con los técnicos. Al final el resultado no es exactamente lo que estaba en los planos.

Pero es de esperar que el resultado sea una casa que sirva para lo que se pensó. Aunque no sea perfecta, aunque tenga limitaciones y defectos, pero que no se caiga, que proteja de la lluvia. Y que esté bien cimentada.

¿Cómo construir esa casa?

La parábola del evangelio de este domingo nos invita a levantar nuestra propia historia sobre la roca verdadera. Para ello hay que escuchar la palabra de Jesús. Y levantar sobre ella nuestra vida. O, como se dice al principio del mismo evangelio, hay que cumplir la voluntad del Padre. Y aquí llegamos al problema de siempre: ¿Cuál es la voluntad del Padre para nosotros?

Por lo menos, tenemos una primera respuesta de Jesús: cumplir la voluntad del Padre no consiste ni en profetizar en el nombre de Jesús, ni echar demonios en su nombre, ni siquiera en hacer milagros en su nombre. Todo eso no sirve más que para que Jesús nos diga que nos conoce y que no tiene nada que ver con nosotros.

Habría que recordar el refrán aquel que dice “A Dios rogando y con el mazo dando.” Y volver a los evangelios que se han leído en los últimos domingos. La voluntad de Dios es que nos volvamos al hermano y hermana y construyamos un mundo más fraterno, más solidario, un mundo donde nadie esté excluido y donde todos se puedan sentir hijos del único Padre que está en los cielos. Todo lo cual tiene poco que ver con profetizar, echar demonios o hacer milagros. Y tiene mucho que ver con hundir las manos en el barro de las relaciones humanas, con acercarse a las personas concretas, con amar, con reconciliar, con perdonar, con tender puentes, con acoger...

Una casa sencilla, para los hermanos

Ahí es donde se juega eso de “cumplir la voluntad de Dios.” Ahí es donde se construye una casa sobre roca, capaz de resistir los vientos y las inundaciones. Cuando descubramos que de lo que se trata no es de construir mi casa sino la casa común, la de todos, la de los hijos e hijas de Dios. Trabajando por ahí es como cumplimos la voluntad de Dios y construimos la casa del reino.

Lo que Jesús nos propone tiene poco glamour, es poco vistoso. Se hace en el compromiso diario, en las relaciones con los otros en el seno de la familia, en el círculo de vecinos, en el mundo del trabajo, en la comunidad parroquial, en el compromiso político. Tiene poco que ver con esos milagros que cambian el día en noche en un momento y dejan a todo el mundo deslumbrado. Lo que Jesús nos propone es un trabajo oculto pero que es la forma más segura de que el amor de Dios llegue al corazón de las personas.

Como dice la primera lectura, debemos escuchar estas palabras de Jesús y meterlas en el corazón y en el alma. Nos enseñan el verdadero camino. Desviarnos de él es perdernos la mejor oportunidad de nuestras vidas. Y construir nuestra casa sobre arena. ¡No durará mucho! Pero si colaboramos con la gracia de Dios, como dice Pablo, entonces nos encontraremos justificados, salvados. Y nuestra casa será la casa del reino.


Lectura del santo evangelio según San Mateo (7,21-27):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día, muchos dirán: "Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?" Yo entonces les declararé: "Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

Las lecturas de la celebración de este domingo IX del Tiempo Ordinario son una invitación a construir la vida sobre Dios, que es la Roca de nuestro refugio; a tener una relación personal con él tan íntima que se traduzca en nuestra vida en obras y en testimonio.


La vida personal: las relaciones que tenemos con los demás, la pertenencia a asociaciones, la relación con Dios… se pueden entender básicamente de dos formas diversas: desde lo exterior o desde el interior.

Se puede entender la religión desde lo externo: las filacterias con la Ley del Señor en las muñecas y en la frente, como hace aún hoy los judíos más ortodoxos; acumulando cumplimiento de las leyes (legalismo); diciendo: "Señor, Señor"; sin escuchar de corazón su Palabra y apartándose del camino; es decir, vivir una relación aparente, pero en la que no nos dejamos modelar por Dios mismo. Puede parecer mal al explicarlo así, pero es una buena forma de buscar seguridad personal en la vida: ¿qué es lo que hay que hacer? Uno cumple y ya está.

El peligro de esta relación con Dios es la hipocresía y la falsedad, que tanto denunció Jesús de los fariseos, que se expresa en una relación con Dios (culto) externa y ritualista. De ellos decía Jesús: "No hacen lo que dicen".


Es un peligro, hoy en día, para todos los que estamos en la Iglesia desde siempre: quedarnos en lo exterior y no dejar que Dios modele nuestro interior. Un peligro para los que detentan la bandera de las tradiciones que se han hecho así de siempre y reducen el fenómeno religioso a determinados sentimientos y a formas folclóricas de manifestarse, vaciando esos ritos de contenido religioso, de relación personal con Dios. Se está en todo lo que hay que hacer para cumplir bien con lo prescrito, pero la vida personal se queda al margen; Dios no nos cambia nada.

Esta forma de vivir la religión es la que denunció Jesús, ya que era inválida para establecer una relación personal con Dios y para conseguir una transformación del corazón humano. No es una realidad exclusiva de la época de Jesús. ¡Cuántas veces nos quedamos en lo exterior, en la solemnidad, en el rito… y nos olvidamos que todo eso hay que llevarlo a la práctica! Como una casa que se cimienta sobre arena.


La otra forma de entender la religión, en principio mucho más correcta, es desde lo interior: poner la Palabra de Dios en el corazón; buscar la justificación y el perdón de Dios no por las obras sino por la fe; cumplir la voluntad de Dios y llevar a la práctica lo que Dios dice. Si escuchamos y llevamos a la práctica la Palabra de Dios, tenemos su bendición y construimos sobre roca.

Digo que esta forma es, en principio, más correcta, porque hoy en día el planteamiento de muchos buenos cristianos es éste, pero sin dejar que esa relación con Dios les complique la vida en la esfera pública de su fe. El peligro es tener una piedad privada por la presión social en contra de la Iglesia y de lo religioso ó por cualquier razón de comodidad.

Igual que Nicodemo, que era fariseo, de los del grupo de vivir la religión de una forma externa, se sentía atraído por la personalidad de Jesucristo, pero iba a verlo de noche, evitando que le identificaran con él, podemos decir que es significativo el grupo de cristianos que podemos identificar con el grupo de Nicodemo: los católicos que, por diversas razones, no se implican con su Iglesia.

Con lo cual podemos decir que lo exterior no nos vale si está vacío y lo interior tampoco si no tiene una adecuada expresión. O dicho en positivo, que siempre es más clarificador: para que nuestra vivencia de la religión sea lo más adecuada posible a su ser, se debe sustentar en una relación personal con Dios, en un encuentro con él, que se hace desde la oración, la celebración de los sacramentos, el respeto por su presencia en el prójimo…, relación que debe transformar nuestra vida hasta el punto de que, casi inevitablemente, nuestra obras, palabras, opciones, compromisos…, testimonien qué y quién es la Roca de nuestra vida, lo que le da sentido y consistencia, que nos hace mantenernos en pie en medio de las tormentas y dificultades.


En los lugares de tradición católica es corriente quedarse en lo externo de la fe, sin descubrir la opción personal que hay que hacer por Dios; esa opción sólo se puede hacer desde una vivencia profunda de relación con Dios.
¡Qué no nos quedemos en lo exterior!
¡Qué sepamos testimoniar nuestra fe!










Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
José A. Pagola
Ángel Corbalán

viernes, 4 de febrero de 2011

"Sois la sal de la tierra y la luz del mundo" (Evangelio dominical)

"Que el Señor sazone nuestra sal e ilumine nuestra luz para que su misión continúe en nuestro mundo."

Este es uno de los típicos evangelios que invitan al predicador a decir a sus oyentes que si Jesús nos dice que somos la luz del mundo y la sal de la tierra, como de hecho parece que no estamos siendo la luz del mundo ni la sal de la tierra, pues es que somos malos, muy malos, no cumplimos con nuestros deberes cristianos y nos tenemos que convertir. Al final, da la impresión de que la primera función de los sacerdotes, cuando predican los domingos, es estropear el domingo a los que van a misa.

Tendríamos que empezar de otra manera. Porque Jesús parte de un presente de indicativo. Es decir, Jesús afirma que sus oyentes, sus discípulos “son” la luz del mundo y la sal de la tierra. Nuestra primera mirada de este domingo debería dirigirse a los discípulos. No eran ni muy inteligentes ni muy trabajadores ni muy ricos ni muy importantes. Pescadores, un publicano, un revolucionario y algunos otros de los que no sabemos la profesión.

O podemos leer en este momento la segunda lectura, en la que Pablo habla de sí mismo y dice que, al anunciar el misterio de Dios, no lo hizo con sublime elocuencia ni guiado por la sabiduría humana. El objetivo de Pablo no fue sino mostrar el poder del Espíritu para que la fe de sus oyentes se apoyase en el poder de Dios. Conclusión: que ni Pablo ni sus oyentes ni los discípulos que escuchaban a Jesús eran gente importante desde el punto de vista humano.


No eran mejores que nosotros

En cuanto a su coherencia personal, a su madurez de fe, los discípulos ya vemos en el conjunto de los Evangelios lo que dieron de sí. La mayoría, apóstoles incluidos, salieron corriendo cuando llegó el momento de la verdad. Apenas quedaron unos pocos. Y bastante asustados. De los corintios, los destinatarios de la carta de Pablo, también sabemos por sus mismas cartas que no era en ellos oro todo lo que relucía. Y de Pablo, por muy apóstol que se considere, tenemos datos, sacados de sus mismas cartas, que indican que tenía un genio muy fuerte y algunas limitaciones que le hacían pensar mucho en la misericordia de Dios –cosa que a él no le importaba porque se gloriaba no en sí mismo sino en el poder de Dios–.

Así que así como somos, con nuestras limitaciones, con nuestras pobrezas, como personas, como comunidad, como iglesia, es como somos “luz del mundo y sal de la tierra”. Porque lo importante no es que brillemos con nuestra propia luz sino que brille en nosotros el poder y la gracia de Dios. Lo importante es el final del Evangelio: que los hombres den gloria a vuestro Padre que están en el cielo.

El objetivo de nuestra vida no es pues dar testimonio. Nosotros debemos comportarnos como buenos cristianos. Pero no para enseñar a nadie ni para sentirnos superiores –que no otra cosa es pretender ser “luz del mundo y sal de la tierra” por nuestra propias fuerzas– sino porque sabemos que todos los hombres y mujeres de este mundo son nuestros hermanos y hermanas. Ahora llega el momento de releer la lectura de Isaías. ¿No te sientes bien? ¿Sientes tu carne enferma? ¿Vives en la oscuridad? Pues ahí tenemos algunas recomendaciones. Todo tiene solución. No eran mejores que nosotros


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Estamos en el domingo V del tiempo ordinario. Después de escuchar las bienaventuranzas, en el domingo anterior, hoy se nos dice que la misión de los cristianos en el mundo es ser sal de la tierra y luz del mundo.

"Vosotros sois la sal de la tierra"

Es bonita vocación. La sal es la gracia de la vida. Da gusto a los alimentos y preserva de la corrupción. Dadas las cosas como están, creo que el mundo necesita montañas de sal. Hablamos siempre de la corrupción imperante y de la falta de limpieza. Nos quejamos, porque en todos los campos y ambientes encontramos algún olor a podrido.

Los discípulos de Jesús están llamados a ser sal. Y somos muchos. ¿Qué hacemos, pues, con nuestra sal? Pueden suceder dos cosas:


o que las guardemos en nuestros hermosos saleros


o que nuestra sal se haya desvirtuado.

La respuesta más fácil es que la sal se queda para nosotros, para nuestras reuniones y celebraciones, para nuestras catequesis y nuestros libros. La guardamos en los saleros de nuestras iglesias y sacristías, en nuestras casas y recintos privados. ¿No tendremos que revisar nuestros compromisos cristianos, compromisos que han de llegar a la familia, la cultura, la política, la sociedad? Nos quejamos de lo mal que van las cosas en la sociedad, pero nos limitamos a eso, a lamentarnos y, si acaso, a rezar. Los cristianos no son del mundo, pero han de estar en el mundo, quiere decir en sus instituciones, en sus asociaciones, en sus movimientos, en sus partidos, en sus centros... en todas las plataformas en que se juegue la vida de las personas.

Así lo decía Juan Pablo II a los obispos españoles en una visita ad limina: "En el ámbito social se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública". No hay que entender una condena del Gobierno actual, sino una constatación de la sociedad española. Por otro lado, desgraciadamente, no es una novedad.



Naturalmente que una entrega en esta sociedad exige valentía, sacrificio, preparación. Sabemos que para que la sal surta efecto, tiene que irradiar su energía hasta deshacerse, hasta dejar de ser. Tiene que morir para que lo otro viva. No es nada fácil.

Si la respuesta es que la sal se ha vuelto sosa, entonces el problema es más hondo, es cuestión de ser no de actuar. Si la sal se ha corrompido, se necesita un milagro, volver a nacer.

"Vosotros sois la luz del mundo"


La luz es otro símbolo universal, lleno de expresividad y belleza. Nos expresa una realidad que dignifica y compromete. ¡Eres luz! Pues que lo seas. Combate las tinieblas y la oscuridad del mundo. Superar a las tinieblas no se hace con gritos y lamentaciones, sino encendiendo lámparas.

La luz no es para guardarla, sino para ponerla en lo alto y que ilumine. Si cada cristiano fuese una lámpara encendida en un lugar visible - 1.400 millones de lámparas encendidas -, ¿verdad que el mundo sería más bello?

La luz del cristiano está en su fe: puede ofrecer verdades, seguridades, valores. En su esperanza: puede mostrar ideales, razones para vivir y luchar, sentido a la vida y a las cosas. En su caridad: más que una luz, es una hoguera; enseña el misterio de la vida y su verdad, el camino de la felicidad, la fuerza en la que se apoya la convivencia y que mueve y hace crecer el mundo.

Ama y brillarás, como dice la primera lectura: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora... Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía". Y dice el texto del evangelio: "Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

La luz del cristiano está en el Evangelio, en las Bienaventuranzas. La luz del cristiano está en Cristo. Por eso la luz del cristiano no es propia, sino que la recibe del sol, Cristo. Cuanto más unido a Cristo, más fuego y más luz.



Nuestra luz puede ser individual o de grupo, de institución, de comunidades, de iglesias. Hay, en verdad, luces muy hermosas, ejemplos muy brillantes. No terminaríamos de decir. Pero las tinieblas siguen siendo temibles y poderosas. Todos necesitamos cargar bien nuestras pilas. Puede que las tinieblas nos rechacen y quieran apagar nuestra luz. Muchas veces lo intentan, como hicieron con Cristo. Pero nuestra misión es clara. Lo que tenemos que hacer es revestirnos de las armas de la luz.

Que el Señor sazone nuestra sal e ilumine nuestra luz para que su misión continúe en nuestro mundo.






Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf.
Pedro Crespo Arias.
Ángel Corbalán