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domingo, 23 de septiembre de 2018

“El que quiera ser el primero, que sea el último” (Evangelio Dominical)





Jesús dice que no vino a ser servido sino a servir, y es que todos tenemos una misión, un servicio que cumplir. Ya lo decía Madre Teresa: el que no vive para servir, no sirve para vivir ¿Qué es lo que Dios me pide a mí? Si ya he encontrado mi camino debo lanzarme a seguirlo pues a través de él llegaré a Dios. Si todavía no estoy seguro, debo seguir buscando con la seguridad de que hay uno para mí porque Dios no hace nada sin sentido.

En la oración, no debo temer preguntarle a Dios qué me pide, o contarle mis deseos y sueños. Él es un Padre que se interesa por sus hijos y quiere que le hable sobre aquello que me preocupa. Sí, es Dios y lo sabe todo, pero también es Padre y desea que como niño me acerque a Él con confianza y amor.



Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,30-37):





En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

«El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

Palabra del Señor



COMENTARIO




 En el Evangelio de hoy (Mc. 9, 30-37) vemos cómo Jesús seguía tratando de explicar a sus discípulos su pasión y muerte, la cual era ya inminente. Nos cuenta el Evangelista que iba Jesús atravesando Galilea con ellos, pero que no quería que nadie lo supiera pues iba enseñándoles justamente sobre lo que iba a ocurrir pocos días después.

Por cierto, el Señor cada vez que hablaba de su muerte, también hablaba de su resurrección. Pero los discípulos no querían entender. Probablemente se quedaban con el anuncio de la primera parte -e igual que nosotros hacemos- atemorizados por el sufrimiento y la muerte, ni se daban cuenta del triunfo final: la resurrección.

De tal forma huían los Apóstoles del tema que Jesús quería tratar con ellos que, según nos cuenta este Evangelio, se pusieron a hablar -sin que Jesús les oyera- sobre quién de ellos era el más importante.

¡Cuán lejos puede llevarnos esa mentalidad de mundo que nos hace huir de la cruz que Jesús nos ofrece!




Miremos a los Apóstoles, los más allegados al Señor: ante un asunto tan serio y delicado, tan necesario de comprender y de aceptar, ellos usan la evasión y llegan al extremo de cambiar el tema por discutir sobre quién sería el primero, cuando ya Jesús no estuviera.

Caminando al lado de Jesús, a Quien ya no tendrían con ellos por mucho más tiempo, hacen todo lo contrario a lo que El les enseñó: dan entrada al orgullo, a las rivalidades y las envidias. Con esos pensamientos y ocultas conversaciones, hubieran podido llegar a cualquier desorden y a toda clase de obras malas.

Es precisamente lo que nos advierte el Apóstol Santiago en la Segunda Lectura (St. 3, 16 - 4, 3), la cual vale la pena detallar, porque con frecuencia caemos en estos desórdenes de que nos habla Santiago.

Comienza por precavernos acerca de las “envidias y rivalidades”, porque éstas son señal “de desorden y de toda clase de obras malas”. Y … ¿nos damos cuenta de que, como la envidia es un pecado medio escondido nos sentimos con derecho a acunar en nuestro corazón tales sentimientos, sin darnos cuenta de lo que nos alerta el Apóstol: esos “desórdenes y obras malas” que son consecuencia de las rivalidades y de la envidia.




El que acune en su corazón lo que nos vende el Demonio, termina siendo instrumento del Mal, del mismo Demonio. El Apóstol Santiago lo sabe, lo ha visto y nos alerta de las consecuencias de la envidia. “Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”.

Y ¿dónde comenzaron esos conflictos? Bien lo dice Santiago: “las malas pasiones que siempre están en guerra dentro de ustedes”. Así comienza todo: en nuestro interior.

En cambio –nos dice Santiago- “los que tienen la Sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo”. Vale la pena destacar la Sabiduría que viene de Dios y la pureza de corazón.

¿Qué es tener la Sabiduría Divina? Es tener el pensar de Dios, la forma de ver las cosas que tiene Dios, la manera de analizar las circunstancias de nuestra vida según Dios. Es ver las cosas como Dios las ve, no con nuestra miopía espiritual, tan contaminada por el mundo y tan de acuerdo a nuestros pensamientos humanos que suelen estar tan desviados de la visión eterna. Y que, por supuesto, están tan desviados de las paradojas que nos propone el Evangelio de hoy y el del domingo anterior:




Tomar nuestra cruz de cada día. Perder la vida para ganar la Vida. Ser último para llegar a ser primero. Ser pequeños, sencillos y confiados como son los niños. Los Sabios, según Dios –no según el mundo- son también “puros”. Y ¿qué es pureza de corazón? Es no anidar en nuestro corazón pensamientos y sentimientos contrarios a la Sabiduría Divina. Es tener rectitud de intención: lo que hago lo hago porque así debe ser, porque así Dios lo quiere … no por ser popular y aceptado, no por ser reconocido y quedar bien. Es también tener lo que se ha dado por llamar “honestidad mental”.

Los que así se comportan son, entonces, “amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros”.

Volviendo al Evangelio: porque la envidia, las rivalidades y los deseos de primacía son tan peligrosos, Jesús tiene que detener de inmediato la inconveniente discusión que traían los Apóstoles por el camino.




Y lo hace, valiéndose el Señor de su Omnisciencia, mediante la cual Dios conoce nuestros más íntimos pensamientos y sentimientos, además de nuestras más escondidas palabras. Es así como, haciéndose el inocente, le pregunta a los discípulos: “¿De qué discutían por el camino?”. Por supuesto, se quedaron atónitos sin poder responder. Luego de este silencio, llamó a los doce Apóstoles y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Es lo que precisamente el Señor les venía anunciando de su pasión y muerte. El, Dios mismo, el Ser Supremo, el verdaderamente más importante y primero de todos, se rebajaría a la condición de servidor de todos, para darnos el mayor servicio que nadie podía darnos: dar su vida misma, con un sufrimiento indescriptible, por el rescate de cada uno de nosotros.

Ahora bien, ¿por qué matan a Jesús, sin realmente tener culpa? Muchas son las explicaciones y motivos que pueden aludirse, basándonos en la Biblia. Una de éstas explicaciones la trae el Libro de la Sabiduría (Sb. 2, 12.17-20), que leemos en la Primera Lectura:




“Los malvados dijeron entre sí: ‘Tendamos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos; nos echa en cara nuestras violaciones a la ley, nos reprende las faltas contra los principios en que fuimos educados ... Sometámoslo a la humillación y a la tortura ... Condenémosle a una muerte ignominiosa’”.

La conducta del Justo (Jesucristo, Hijo de Dios) y de todos los que tratan de ser justos, siempre resulta una amenaza para los que no desean ser justos. La conducta de los buenos es como el espejo de la maldad de los malos. Estos reaccionan maniobrando contra los buenos, calumniando o criticando, para tratar de quitarlos del medio.

El Salmo 53 es especialmente elocuente y de gran consuelo y fortaleza: “El Señor es Quien me ayuda”, repetimos en el responsorio. Al ser atacados, perseguidos, al recibir cualquier trato injusto, debemos saber que es Dios mismo Quien está a nuestro lado para defendernos… aunque no lo veamos y a veces ni nos demos cuenta de su presencia que nos acompaña y fortalece, aunque nos parezca que no está y que nos hacen trizas y parecen ganar la lucha. Recordemos que la lucha tiene un final, el mismo de la Pasión de Cristo: es la gloria de nuestra resurrección.

Otras estrofas del Salmo 53 nos dicen: “Gente violenta y arrogante contra mí se ha levantado. Andan queriendo matarme.” Pero… “El Señor es Quien me ayuda … El es Quien me mantiene vivo”





Esto fue así muy especialmente para Jesús, pero lo es también para todo el que trata de seguirlo a El. De allí que El nos recuerde: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc. 8, 34).

Los Apóstoles terminaron entendiendo lo que antes no entendían, al punto que dieron su vida por Cristo y por el Evangelio. Y nosotros ... ¿ya hemos comprendido estas palabras?















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia.org
Catholic.net 


domingo, 10 de septiembre de 2017

«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él» (Evangelio Dominical)




Hoy, el Evangelio propone que consideremos algunas recomendaciones de Jesús a sus discípulos de entonces y de siempre. También en la comunidad de los primeros cristianos había faltas y comportamientos contrarios a la voluntad de Dios.

El versículo final nos ofrece el marco para resolver los problemas que se presenten dentro de la Iglesia durante la historia: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Jesús está presente en todos los períodos de la vida de su Iglesia, su “Cuerpo místico” animado por la acción incesante del Espíritu Santo. Somos siempre hermanos, tanto si la comunidad es grande como si es pequeña.

«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). ¡Qué bonita y leal es la relación de fraternidad que Jesús nos enseña! Ante una falta contra mí o hacia otro, he de pedir al Señor su gracia para perdonar, para comprender y, finalmente, para tratar de corregir a mi hermano.
                                               
                                                



Hoy no es tan fácil como cuando la Iglesia era menos numerosa. Pero, si pensamos las cosas en diálogo con nuestro Padre Dios, Él nos iluminará para encontrar el tiempo, el lugar y las palabras oportunas para cumplir con nuestro deber de ayudar. Es importante purificar nuestro corazón. San Pablo nos anima a corregir al prójimo con intención recta: «Cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Gal 6,1).

El afecto profundo y la humildad nos harán buscar la suavidad. «Obrad con mano maternal, con la delicadeza infinita de nuestras madres, mientras nos curaban las heridas grandes o pequeñas de nuestros juegos y tropiezos infantiles» (San Josemaría). Así nos corrige la Madre de Jesús y Madre nuestra, con inspiraciones para amar más a Dios y a los hermanos.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor




COMENTARIO.


                                   



Las lecturas de este Domingo nos presentan una faceta importante, aunque muy delicada, del amor al prójimo.  Se trata de la corrección fraterna; es decir, de cómo corregir a los demás de acuerdo a las instrucciones que nos da Jesús en el Evangelio de San Mateo (Mt. 18, 15-20).

Se trata de la obligación de todos aquéllos que tienen personas a su cargo: padres de familia, educadores, superiores, pastores del pueblo de Dios, etc.  de corregir, de no dejar pasar las faltas que deben ser corregidas, pero de hacerlo cómo nos lo indica tan claramente el Señor en este Evangelio.

En la Segunda Lectura, San Pablo nos habla de la “deuda del amor mutuo” que tenemos para con nuestro prójimo (Rm. 13, 8-10).   Y una de esas deudas es la corrección debidamente hecha por quien corresponde hacerla.

Sabemos que todos los consejos y exigencias de Dios para con los seres humanos están dirigidos al bien de cada uno de nosotros en particular y al bien de la humanidad en su conjunto.  Aún los preceptos más exigentes y que nos parezcan muy difíciles de cumplir, son para nuestro mayor bien.

                                                               



Veamos sólo unos ejemplos de nuestros días:  la perversión sexual ¿qué ha traído como consecuencia?  Destrucción de las familias, hijos abandonados, enfermedades incurables, el desprestigio de la Iglesia, etc.  La avaricia por dinero y por bienes ha causado robos, asesinatos, tráfico de drogas, corrupción, etc.  ¿A qué se deben todos estos males?  A que los hombres y mujeres de hoy hemos dejado de cumplir la Ley de Dios.  Y así podríamos seguir enumerando situaciones de pecados personales, que causan daño a la misma persona que los comete, a otras personas cercanas y también a la sociedad en su conjunto.

Cuando faltamos a una ley, a una exigencia o a algún consejo de Dios, las cosas salen mal, y sus consecuencias son tanto espirituales, como materiales, y -aunque no nos demos cuenta- son para pocos y son para muchos.

Si en alguna situación podemos ver en forma inmediata los efectos negativos que puede tener no seguir la recomendación del Señor es en esto de la corrección a los demás.

                                                    


En efecto, si no se siguen los pasos que el mismo Jesús nos da en este Evangelio, las consecuencias negativas se sienten y se sufren enseguida.  Por cierto, este sapientísimo consejo de Jesús es aplicable tanto al plano espiritual, como a situaciones cotidianas que se nos pueden presentar.

Jesús nos da con mucha precisión la forma como debemos corregirnos unos a otros.   Primer Paso: “Si alguien comete un pecado, amonéstalo a solas”.   Segundo Paso: “Si no te hace caso, hazlo delante de dos o tres testigos”.  Tercer Paso: “Si ni así te hace caso, díselo a la comunidad”.    Cuarto Paso: “Si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él”.

La experiencia muestra que cuando corregimos a otro u otros de una manera distinta a este orden que nos indica el Señor, se crean problemas, pues el corregido se siente atacado injustamente.  Por ejemplo, si alteras el orden y haces el segundo o tercer paso de primero, se interpreta que has hecho un chisme.  Si haces el cuarto paso, sin pasar por los otros tres, estás faltando a la caridad, pues aunque la persona a corregir sea culpable de algo, no puedes alejarte sin darle alguna explicación o sin que al menos entienda por qué te estás alejando.

                                                          



Ahora bien... ¿qué significa “apartarse de él”?  No significa despreciar a la persona,  no tratarla o no saludarla.  Apartarse significa diferenciar el pecado del pecador.  Significa, ante todo, no seguir sus proposiciones, ni sus caminos.  Pero podría significar, además, “sacudirse el polvo de las sandalias” (Mt. 10, 14), como también aconsejó Jesús a sus discípulos para cuando no fueran escuchados.

Otra cosa que hay que tener en cuenta es que corregir -cuando hay que corregir- es una obligación ineludible.  Para aquéllos a quienes el Señor les ha dado responsabilidad sobre otros, la corrección no se puede evadir. Esto es especialmente importante para los padres que muchas veces temen corregir a sus hijos por miedo a no ser queridos por ellos.

En la Primera Lectura del Profeta Ezequiel (Ez. 33, 7-9),  el Señor es muy severo con respecto a personas que, teniendo la obligación de corregir a otros, no lo hacen. 

                                                                


“Si Yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero Yo te pediré cuenta de su vida.  En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”.

¿Qué significa esto?  ¿Qué conexión hay entre esta lectura del Profeta Ezequiel y el consejo de Cristo sobre la corrección fraterna?  Son los dos extremos, las dos caras de la misma moneda.

Significa que, aquéllos que teniendo responsabilidad para con otros, prefieren no corregir a quienes hay la obligación de corregir y dejan pasar las cosas por miedo a ser rechazados, por miedo a perder popularidad, por miedo a ser tachados de intransigentes o por miedo al conflicto, corren el riesgo de ser ellos mismos amonestados por Dios por no cumplir su responsabilidad.

Ahora bien, no siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección, pues a veces, aún siguiendo el orden que el Señor nos da, el otro puede rechazarla. Por el contrario, depende siempre de nosotros el buen resultado, cuando somos nosotros los corregidos.  El dejarse corregir es un deber tan importante, como corregir.
                                                           
                                                         


Pero, por otro lado hay que tener en cuenta otra instrucción del Señor, que es muy clara, muy exigente y de mucho cuidado.  Es lo opuesto a la corrección.  Se trata del juicio a los demás.  La admonición de Jesús sobre el juicio a los demás  es de tanta severidad, como la de Dios Padre al Profeta Ezequiel por no corregir a alguien.

Así nos dice Jesús: “No juzguen y no serán juzgados, y con la medida con que midan los medirán a ustedes.  ¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?  ¿Cómo te atreves a decir a tu hermano: Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo?  Hipócrita, sácate primero la viga que tienes en el ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano” (Mt. 7, 1-5).

Sin embargo, con frecuencia nos toca hacer juicios sobre las acciones propias y de los demás.  ¿Cómo podemos cumplir la previa instrucción del Señor de corregir, si no nos hacemos un criterio de un acto o una actitud del prójimo?

                                                          

¿Cómo resolver este dilema?  ¿Debemos juzgar o no podemos juzgar?   ¿Qué debemos juzgar?  ¿Cómo debemos juzgar?

Podemos y de hecho a veces tenemos la obligación de juzgar un hecho, una acción, una actitud para hacernos un criterio moral sobre algo que observamos no está bien.  Estamos, entonces, juzgando un hecho.  Lo que no podemos hacer es juzgar a la persona, mucho menos condenarla.

Con la persona, con el pecador, misericordia.  De allí que el Señor después de decirnos: No juzguen y no serán juzgados, enseguida nos diga: con la medida con que midan los medirán a ustedes. 

Si somos duros y faltos de misericordia, así seremos tratados y medidos por el Señor.  Si, por el contrario, somos capaces de condenar el pecado con toda la fuerza que sea necesaria, pero podemos ser comprensivos y misericordiosos con el pecador,  el Señor usará esa medida con nosotros.

                                                  



De elemental lógica es el siguiente consejo de Jesús: ¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?  Y en esto fallamos ¡tanto!  Estamos muy listos para corregir al otro de algo pequeño y no nos damos cuenta (o no aceptamos ser corregidos) de cosas nuestras mucho más graves.

El Señor concluye su consejo recomendando la oración entre dos o más.  “Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre Celestial se lo concederá”. 

Pareciera que en este caso el Señor pueda estar refiriéndose a que cuando tengamos a alguien cercano a quien hay que sacar del mal, la oración en común por éste no debe faltar.  Siempre la oración por la conversión de alguien es bien escuchada en el Cielo.  Y estamos seguros que las gracias llegan a esa persona.  Claro está: todo depende después de la libertad que cada uno de los seres humanos tiene para recibir o no esas gracias, es decir, para dar un sí o un no a la Voluntad de Dios.

                                       



En conclusión: 

1.)     Una cosa es juzgar el pecado y otra cosa es juzgar al pecador.
2.)     No debemos estar juzgando a todo el mundo, pero los que tiene responsabilidad no pueden evadir la corrección cuando sea necesario hacerla. 
3.)     Pero para que todo salga bien al corregir, para corregir de acuerdo a Dios, debemos corregir siguiendo los pasos de la corrección fraterna que el mismo Señor nos dejó.
4.)     Estar pendiente de nuestros defectos, faltas y pecado, más que de los de los demás.
5.)     No debemos olvidar orar para que el pecador enmiende su vida.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org.


domingo, 14 de noviembre de 2010

El hijo pródigo................y el Padrenuestro!!!!

Nuestro Dios es el Dios de la reconciliación entre los hermanos.

Si Dios, es nuestro Padre, y por lo tanto, somos hermanos en Cristo, por qué no nos comportamos como tales?

Por qué no nos amamos como hermanos?

Si vamos a la casa de Dios, la casa de todos, por qué no damos la satisfacción a Dios, nuestro Padre, y nos comportamos como hermanos? O acaso es que recitamos y NO ……rezamos el Padrenuestro?.

Dios es el Pastor que se alegra al encontrar la oveja perdida. Él es el Padre misericordioso que espera a su hijo perdido con grandes ansias, le perdona cualquier falta cuando ve un verdadero arrepentimiento y lo llena de su amor. Digamos a Cristo: “Señor Tú lo sabes todo tu sabes que te quiero”

Sabiendo que somos hijos de Dios pensamos que lo merecemos todo. A veces no somos ni capaces de agradecer a nuestro Creador por el gran don de la vida. Y, mucho menos, nos esforzamos por corresponder a su amor infinito.

¿Cuánto hemos recibido de Dios? ¡Todo! Sin embargo lo vemos como una obligación de parte de Él.

Podríamos llegar a quejarnos cuando no recibimos lo que queremos y tal vez hasta hemos llegado al punto de exigirle.

Dios, en su infinita bondad, no cesa de colmarnos de sus gracias y hasta cumple con nuestros caprichos.

No importa si le agradecemos o no.

Lo más hermoso es ver que Dios no se cansa y por mucho que nos alejemos de Él, cuando deseamos volver, ahí está con los brazos abiertos esperándonos con un corazón lleno de amor.

El Hijo Pródigo.

“Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.

Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."

Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.

"El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!"

Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."….. ( Evangelio San Lucas 15, 1-3.11-32 )


Reflexionemos.


Hemos escuchado el precioso evangelio del Hijo Pródigo, tan conocido por todos nosotros.

¿Con cuál de los personajes que aparecen en el mismo nos podríamos identificar cada uno de nosotros?

- Habitualmente lo hacemos con el hijo menor, que pide la parte de su herencia para irse, quiere autonomía, vivir la vida por sí mismo sin intromisiones de nada ni de nadie. En principio esa aspiración es loable. Todos debemos aspirar a tener una personalidad fuerte e independiente, capaces de valernos por nosotros mismos. El problema del hijo menor no es tanto ese deseo de autonomía, sino su autosuficiencia, su alejamiento del padre y el derroche de todo lo suyo. Al principio se cree feliz, pero pronto llegan los problemas y las necesidades; en cuanto lo pierde todo ya no es querido ni acogido por sí mismo, su lugar en el mundo se vuelve oscuro y lúgubre. El vacío, la desesperanza, la soledad empiezan a hacer meya en él.

El hijo menor lo identifica Jesús en la parábola con los pecadores y publicanos con los que come. Hoy es una buena imagen de la mentalidad moderna, que ha querido independizarse de Dios. Es lo que actualmente se llama laicismo: vivir como si Dios no existiera; crearnos a nosotros mismos sin referencias trascendentales. La consecuencia la vemos cada día: el vacío y el sinsentido de nuestros contemporáneos, de nuestro prójimo. Pero queda una esperanza: deshacer el camino y volver a Dios, como aquel joven.

- Podríamos identificarnos también, quizás, con el hijo mayor. Ojo. Esto es más propio de los que nos consideramos religiosos y nos movemos en el entorno de la Iglesia. El hijo mayor siempre ha vivido al lado del padre, es fiel y cumplidor, responsable, ama al padre y se siente feliz en su trabajo honrado y en su vida cotidiana; es de los que no fallan… en principio. Pero tiene un problema: su autosatisfacción. Considera que, precisamente por ser tan bueno, tiene más derechos que los demás. Llega incluso a no valorar la cercanía que siempre ha tenido con el padre. Y no se alegra del bien del hermano, por lo que ya no quiere entrar en el banquete. No lo valora.

En la parábola es identificado con los escribas y fariseos. A nosotros nos puede pasar algo parecido cuando nos consideramos los mejores y los únicos verdaderamente capaces de todo sin dar oportunidad a otros a los que despreciamos. En la Iglesia en general esto se da bastante en muchos movimientos. Debemos de estar siempre alertas y ser capaces de rectificar el rumbo, tal como le pide el padre, para valorar y entrar en la fiesta de los hijos de Dios. Eso también es conversión.

- Podríamos identificarnos, también con el padre bueno y misericordioso de la parábola. Muchos de vosotros me contáis las dificultades que tenéis con vuestros hijos y os recuerdo esta parábola precisamente. El padre es bueno, ha conseguido una casa y un trabajo dignos para sus hijos donde puedan ser felices. Les deja esa sana autonomía para que se desarrollen personalmente. Por eso, aun con tristeza, deja marchar al menor, pero siempre atisba el horizonte por si vuelve. Cuando lo ve venir sale a su encuentro, lo abraza y le hace fiesta. Con el mayor también es bueno: sale de casa cuando este no quiere entrar en la fiesta y con palabras de cariño quiere atraerlo. Sus dos hijos son lo más importante para él. Los respeta en su libertad. Ama el amor, el perdón, la reconciliación, la verdad. Así es Dios con nosotros. Y así deberíamos ser nosotros con todos. Especialmente pienso que esto es instructivo para los padres que a veces os veis con tantas dificultades a la hora de educar a vuestros hijos.

No quiero terminar sin al menos recordar las palabras de san Pablo que vienen muy bien a propósito. Todos los cristianos estamos lla¬mados a hacer presente en nuestro mundo la obra de la reconciliación como aquel padre de la parábola, pero de un modo particular los sacerdotes, que actuamos en medio de la comunidad haciendo las veces de Jesucristo, cabeza y pastor de la Iglesia.

Lo dice así:

”Dios por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar… Dios mismo estaba en Cristo recon¬ciliando al mundo…, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro” (2 Cor 5,18ss).

Nuestro Dios es el Dios de la reconciliación entre los hermanos. Esa fue la tarea de Jesucristo y debe ser siempre nuestra tarea. Dejémonos reconciliar con él… seamos instrumentos de reconciliación.

Aprovechemos, la próxima fiesta de San García Abad y que con su intercesión y nuestras voluntades, seamos un ejemplo de feligresía hermanada y guía a seguir,en el día a día para los niños y niñas que nos acompañan en las actividades parroquiales.

Si lo conseguimos, seguro que...............Dios, nuestro Padre, se sentirá orgulloso de nosotros, sus hijos.

Recordemos.........." .....y perdona Señor, nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden......".

Así sea.










Fuentes:
Catholic net.
Ángel Corbalán


viernes, 12 de noviembre de 2010

" Sentirnos hijos y hermanos" (Oración al Altísimo)


INTRODUCCIÓN.

Han muerto la corrupción y la iniquidad; el hombre recto de corazón triunfa por su fe porque ha encontrado gracia... Entonces el justo (Gn 6,9) ofrece al Señor un sacrificio sin mancha...; el Creador respira el perfume de olor agradable y... declara: «Nunca más un diluvio caerá sobre el universo, aunque los hombres lleven una mala conducta. Hoy hago con ellos un pacto irrevocable. Pondré mi arco sobre todos los habitantes de la tierra para que les sirva de señal y me invoquen de esta manera: «Por el amor que nos tienes, salva a todos los hombres de la cólera, redentor del universo».


ALABANZAS AL SANTÍSIMO


Haz sobre tu cuerpo la señal de la Trinidad. Tu fragilidad, experimentada tantas veces, es capaz de recibir la visita del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. “Esta intimidad con Él en lo interior ha sido el hermoso sol que ha iluminado mi vida convirtiéndola en un cielo anticipado. Y eso es lo que me sostiene hoy en medio de los sufrimientos. No tengo miedo a mi debilidad… porque el Dios fuerte está en mí” (Beata Isabel de la Trinidad).


En tu nombre, Padre, que me fortaleces.
En tu nombre, Jesús, que me acompañas en el camino.
En tu nombre, Espíritu Santo, que haces brotar en mí un cántico de amor.
Recorre situaciones que te angustian. Piensa en lo que hace que la vida de los pueblos sea una noche de desesperanza. Colócate en medio como un centinela que aguarda la venida del Señor, como quien espera una presencia, con el silencioso deseo de una comunión.

Cuando la turbación se apodera de mí, te espero, Señor.
Cuando experimento el miedo, me refugio en Ti, Señor, confío en Ti.

Cuando la tristeza recorre la tierra, anhelamos tu venida, Señor .
Porque Tú vienes, Señor, tenemos las vidas levantadas.
Mira a Jesús, que viene señalando el sendero de la vida, ensanchando el espacio de nuestra tienda, llenando nuestro corazón de alegría.
Tú vienes, Jesús, y quitas el pecado.
Con Jesús, puedes acompañar a personas que no saben cómo salir de sus noches, que están a punto de perder la fe en la justicia. Hay mucha dignidad escondida que espera salir a la luz.


MONICION AL EVANGELIO.

“Carpe diem” era ya una máxima de la sabiduría latina. Significa algo así como “aprovecha el día, aprovecha el momento presente”. Como todas las sentencias de ese tipo, es ambigua en su significado. Hay que lo puede interpretar en el sentido de que hay que divertirse lo más posible. Otros lo leerán en el sentido de que hay que ser responsables y no dejar pasar el tiempo en vano. En suma, cada uno lo entenderá desde lo que entiende que lo valioso en la vida, lo que vale la pena hacer, aquello por lo que vale la pena vivir.
En el Evangelio de hoy resuena ese “carpe diem”. Hay que aprovechar el tiempo, hay que vivir porque no sabemos ni el día ni la hora en que nuestra historia se terminará. Se podrá pensar que Jesús se refiere a una especie de cataclismo final que suponga el fin de este mundo. Es posible que así lo imaginase Jesús que, al fin y al cabo, era hijo de su tiempo. Pero lo que no nos cabe duda es que lo podemos aplicar a nuestra muerte, a nuestro final.
Ninguno sabemos con exactitud cuando nos va a llegar, cuando el movimiento rectilíneo, pasado-presente-futuro, en que nos movemos va a cortarse, a interrumpirse. Es más, si nos fijamos, nos daremos cuenta de que lo único que tenemos es el presente. El futuro todavía no es. Y el pasado lo llevamos con nosotros como una acumulación de hechos y experiencias que nos han ido conformando en lo que somos. Pero nuestra libertad, nuestra capacidad de disfrutar, de gozar, de tomar decisiones, de amar, de comprometernos, eso no se da más que en el presente.

No podemos dejar de vivir el presente que tenemos. Es nuestra oportunidad para ser felices, para amar, para construir el Reino. “El que pretenda guardarse su vida la perderá,” dice Jesús. Y es verdad. Jesús nos hace comprender que la única forma valiosa de vivir, el único “carpe diem” que nos hace verdaderamente felices, es compartir lo que tenemos y lo que somos, integrarnos en la familia humana, que es la familia de Dios, sentirnos hijos y hermanos. Eso es lo único que vale la pena. Lo demás es perder el tiempo miserablemente.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»
Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»
Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Palabra del Señor


REFLEXION AL EVANGELIO.

Hoy se nos recuerdan tres hechos significativos: El Diluvio universal en tiempo de Noé, la destrucción de Sodoma en tiempo de Lot y la ruina de Jerusalén después de Jesús. Es la historia de siempre. Tenemos que trascender las realidades de cada dia sabiendo que nos muestran signos evidentes de nuestra fragilidad, sabiendo que nuestro destino final es el cielo.

La vida no es una excursión divertida ni un juego superficial. Tenemos que ir más allá del sexo placentero, del gusto momentáneo, del negocio rentable o de la aventura divertida. Tenemos que barruntar el final con mirada inteligente y con fe convencida. Nada es definitivo por ahora. Hay que saber esperar el momento de la verdad, cuando nos presentemos ante Dios con el bagaje de nuestras obras.

Podemos ser felices en esta vida si sabemos asumir nuestras propias debilidades de una manera constructiva. Incluso podemos ser felices aun en medio de los sinsabores propios de nuestra fragilidad. Hemos sido tocados por la mano de Dios y comprados a un gran precio. Cristo murió en la cruz para salvarnos. Pero, necesita nuestra colaboración. Tenemos que presentarnos ante El, al final de nuestros días en este mundo, con la conciencia limpia.



PRECES

Al caer la tarde tu Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
- acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.

Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.

Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.

Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.

Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.

Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.

Oh Cristo, que con tu sacrificio redentor purificas y elevas el amor humano,
- haz que los hogares cristianos sean cantera de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Altísimo Señor, baja a escucharnos con la bondad que te distingue,
- Para que todos los sacerdotes y en especial nuestro párroco el padre José Carlos, y los anteriores, Andrés el padre Ángel sientan cercana en todo instante la especial protección de María Santísima particularmente en los instantes de sus desconsuelos y soledades en el ejercicio de sus misiones.

Señor, te rogamos por todos nosotros.
- Para que no nos conformemos con agradarte en la eucaristía de cada domingo. Para que se note que te amamos, a través de nuestro compromiso cotidiano y coherencia con el Evangelio en toda opción concreta.

Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tú que eres uno en tres personas.
- Permanece en nuestra comunidad, y reúnenos en Cristo por el vínculo del Espíritu.
.* Te encomendamos Señor a los que sufren, los parados, los que no tienen hogar, los que están presos o viven bajo la opresión de la droga u otras esclavitudes,
-para que descubran en Ti una fuente inagotable de Paz donde poder aplacar sus dolencias
*Señor Jesús, Tú que nos enseñas que hemos de trabajar para la construcción de un mundo más justo, te rogamos por nosotros,
-para que perdones nuestra frecuente insolidaridad.
Porque ha mirado la humillación de su esclava.

Señor, Tú te fijas en los pobre y humildes de este mundo. Ellos son tus predilectos. Que yo no busque crecer ni destacar, sino servir y compartir.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.
Señor, Tú enalteces y encumbras a los que se hacen humildes y pequeños. Ellos serán grandes y reconocidos a lo largo de los años. Que mi grandeza sea agradarte en todo.
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi.
Señor, Tú escoges a los sencillos de este mundo para llevar a cabo tu obra salvadora. Que yo sepa cooperar con humildad para dar a conocer tu mensaje.
Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Señor, Tú eres el único santo.
Nosotros somos pecadores. Purifícanos de nuestras faltas y cantaremos eternamente tu misericordia.
El hace proezas con su brazo.
Señor, a lo largo de los años Tú has hecho maravillas en favor de la humanidad. Continúa ayudándonos para poder encontrar en nuestra vida la verdadera paz y felicidad.
Dispersa a los soberbios de corazón; derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.
A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Señor, Tú estás al lado de los pobres y los humildes, de los que sufren y son marginados; quieres su salvación y liberación.
Ayúdanos a comprometernos para superar toda opresión y luchar por la justicia y la igualdad.
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y su descendencia por los siglos.
Señor, a lo largo de los años Tú acompañaste a Israel y, fiel a tus promesas, le ayudaste y protegiste.
Sigue hoy animando a la Iglesia y a toda la humanidad, para que entre todos construyamos un mundo más humano y solidario, que cada día se parezca un poco más al soñado por Dios.

ORACIÓN FINAL:

ESPERARÉ


Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera con mis hojas secas.
Esperaré a que brote el manantial
y me dé agua
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.


Esperaré a que apunte
la aurora y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios
Esperaré a que llegue
lo que no sé y me sorprenda
Pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.

Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza.


AVE MARIA Y GLORIA

























Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
P. Gregorio Mateu
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad