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domingo, 15 de octubre de 2017

«Id a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (Evangelio Dominical)





Hoy, Jesús nos muestra al rey (el Padre), invitando —por medio de sus “siervos” (los profetas)—, al banquete de la alianza de su Hijo con la humanidad (la salvación). Primero lo hizo con Israel, «pero no quisieron venir» (Mt 22,3). Ante la negativa, no deja el Padre de insistir: «Mirad mi banquete está preparado, (...) y todo está a punto; venid a la boda» (Mt 22,4). Pero ese desaire, de escarnio y muerte de los siervos, suscita el envío de tropas, la muerte de aquellos homicidas y la quema de “su” ciudad (cf. Mt 22,6-7): Jerusalén.

Así es que, por otros “siervos” (apóstoles) —enviados a ir por «los cruces de los caminos» (Mt 22,9): «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas...», dirá más tarde el Señor Jesús en Mt 28,19— fuimos invitados nosotros, el resto de la humanidad, es decir, «todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales» (Mt 22,10): la Iglesia. Aún así, la cuestión, no es sólo estar en la sala de bodas por la invitación, sino que, tiene que ver también y mucho, con la dignidad con la que se está («traje de boda», cf. v. 12). San Jerónimo comentó al respecto: «Los vestidos de fiesta son los preceptos del Señor y las obras cumplidas según la Ley y el Evangelio que son las vestiduras del hombre nuevo». Es decir, las obras de la caridad con las que se debe acompañar a la fe.



Conocemos que Madre Teresa, todas las noches, salía a las calles de Calcuta a recoger moribundos para darles, con amor, un buen morir: limpios, bien arropados y, si era posible, bautizados. Cierta vez comentó: «No tengo miedo de morir, porque cuando esté delante del Padre, habrá tantos pobres que le entregué con el traje de bodas que sabrán defenderme». ¡Bienaventurada ella! —Aprendamos la lección nosotros.




Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):

                                        



En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Palabra del Señor




COMENTARIO


                                 



Las Lecturas de hoy se refieren a la Fiesta que tendrá lugar en la eternidad, es decir, al "Banquete de Bodas" preparado por Dios nuestro Señor para todos los seres humanos al final de los tiempos.  Se trata de nuestra salvación, de nuestra felicidad eterna con El para siempre en la Jerusalén Celestial, cuando Dios "enjugará toda lágrima y ya no existirá ni muerte, ni duelo, no gemidos, ni penas" (Ap. 21, 4)   y viviremos en completa y perfecta felicidad para siempre.

Aquí, durante nuestra vida terrena, podemos “comer bien o pasar hambre, tener abundancia o escasez”, como lo dice San Pablo en la Primera Lectura (Fil. 4, 12-14 y  19-20).  

Se refiere el Apóstol, en este caso, al hambre y escasez material.  Pero también agrega: “Todo lo puedo en Aquél que me da fuerza”.   Es decir, que en esta vida tenemos todas las fuerzas necesarias venidas de Dios, para soportar cualquier dificultad, pues “Dios, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas nuestras necesidades”.

El Salmo del Buen Pastor (Sal. 22) nos habla de que el Señor siempre nos acompaña, aunque a veces pasemos por momentos difíciles.  Y nos dice también que al final El mismo Señor “preparará la mesa, ungirá nuestra cabeza con perfume y llenará mi copa hasta los bordes”.


                                                              



Se refiere este pasaje del Salmo 22 a esa "Fiesta Escatológica" que la Palabra de Dios nos presenta en varios pasajes.  Es el Señor mismo quien prepara la mesa y nos sirve, como lo indica San Lucas: “El mismo se pondrá el delantal, los hará sentarse a su mesa y los servirá uno por uno” (Lc. 12, 37).

La Primera Lectura de hoy también nos describe esta Fiesta por boca del Profeta Isaías: "El Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos; un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos" (Is. 25, 6-10).

Y Jesucristo nos presenta esta Fiesta en el Evangelio de hoy por medio de la parábola del "Banquete de Bodas" (Mt. 22, 1-14).   Se trata de la celebración de la Boda del Hijo de Dios con la humanidad.  Y a esa Fiesta estamos invitados todos.

¿Boda del Hijo del Rey?  ¿Bodas del Cordero?  ¿Bodas de Jesús, el Cordero?  Sí.  Será la unión definitiva y para siempre de Cristo con su Iglesia, de Jesús, el Cordero, con cada uno de los salvados.

Esta "Fiesta Escatológica" nos la presenta la Palabra de Dios en varios pasajes. Es la fiesta de los salvados.  Sucederá después de que pasemos a la eternidad.  Y ese momento que sobrecoge -y que muchos temen- es el momento más importante de la historia de la humanidad.  En ese instante preciso y brevísimo sucederá la “resurrección de la carne”, como rezamos en el Credo.  Y los salvados ya resucitados celebrarán ese banquete.


                                                    


Por eso el Señor no cesa de recordarnos que debemos estar preparados, siempre preparados, cada vez mejor preparados, para que no nos suceda como el que llegó mal vestido a la Fiesta del Cielo y lo echaron fuera.  Que tampoco nos suceda como los invitados que despreciaron la invitación.

Pero sucede que no todos respondemos a la invitación que Dios nos hace.  En la descripción que hace San Mateo, vemos cómo algunos responden a la invitación del Señor y otros no.  Y no respondieron porque tuvieron algo más importante que hacer.  Así nos dice el Evangelista:

"El Reino de los Cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas  para su hijo.  Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir... Uno se fue a su campo, otro a su negocio ..."

Y... ¡cuántas veces no hacemos nosotros lo mismo!  Constantemente nos oponemos a la invitación del Señor.  Dios nos llama y en vez de atender su invitación, le damos la espalda.  Dios nos ofrece la oportunidad de ir a su Fiesta y de tener la felicidad para siempre, y... ¿cómo respondemos?  ¿No hacemos como los invitados que nos describe el Evangelio?  ¿No preferimos los negocios temporales a las invitaciones eternas?  ¿No preferimos los banquetes de la tierra al Banquete Celestial?


                                                          



No aceptar la invitación del Rey es un desplante.  Pueden haber cosas que parecen más importantes que asistir a la Boda del Hijo del Rey, pero nada es más importante que esa Fiesta: la Fiesta Escatológica, que sucederá al final de los tiempos.

Y el Rey se disgusta, no sólo por el desprecio de sus invitados, sino porque, además, han matado a los que envió para invitarlos.  Los enviados asesinados son los mártires de todos los tiempos: mataron a los Profetas del Antiguo Testamento, a San Juan Bautista, también a Cristo.  Le siguieron los mártires del comienzo de la Iglesia.  Y aún en nuestra era, no han cesado los martirios: el siglo 20 fue testigo del mayor número de mártires de todos los siglos.  Pensemos en las persecuciones del comunismo contra la Iglesia católica.

   Recordemos las persecuciones en México y en España.  ¡Nada más en la Guerra Civil Española hubo unos 10.000 mártires!  Y ni hablar del horror en el Medio Oriente!

Si nos revisamos bien, podemos darnos cuenta de la importancia que le damos a las cosas de este mundo, rechazando o postergando las cosas eternas, al no aceptar las invitaciones del Señor.  ¡De qué manera nos entregamos a las cosas del mundo, las cuales nos absorben tanto, que no nos queda tiempo para atender a Dios!

¿Será que los hombres y mujeres de hoy estamos tan hundidos en los negocios terrenos que consideramos que es tiempo perdido pensar en Dios y en la vida eterna?   Pero... ¿qué nos dice el Evangelio sobre los que no acepten la invitación al Banquete Celestial?  Es muy claro: otros serán invitados en lugar de los que no asistan. 


                                               



¿Aceptamos la invitación?  ¿La aceptamos ya repitiendo nuestro sí constante y permanente?  ¿Diciendo siempre sí...no importa la exigencia, no importa la situación, no importa si pasamos por cañadas oscuras o valles de verdes pastos, como rezamos el Salmo?

Los que están muy pendientes de otras invitaciones y actividades corren el riesgo de quedar fuera de la Fiesta -aunque hayan sido invitados- por no darse cuenta de que la invitación del Señor es infinitamente más importante que cualquier negocio, cualquier preocupación material, cualquier apego terreno.

Pero hay otro riesgo: el no estar debidamente vestido para esa fiesta.  Y ¿qué sucederá a ésos?  La cosa es seria: van a ser echados fuera.  ¡Pero si fueron invitados!  El problema es que no estar bien vestido significa no estar preparado espiritualmente para poder ser aceptado en la Fiesta de la Salvación.   Significa esta parte de la parábola que no basta ser invitado, tampoco basta haber entrado al banquete (es decir, formar parte de la Iglesia).  Se requiere estar debidamente preparado: vivir en estado de gracia, vivir en amistad con Dios.

Aclaremos algo sobre las “realidades últimas”: la primera de éstas es la muerte, cuando nuestra alma, separada de nuestro cuerpo, pasa al Cielo, al Purgatorio o al Infierno.  Del Purgatorio las almas que se van purificando van pasando al Cielo.  Y al final de los tiempos, sucederá la resurrección, al unirse nuestras almas con nuestros cuerpos glorificados.  Y en ese momento será el Banquete de Bodas del Cordero para los salvados, no los condenados.  Esos quedaron fuera para siempre.


                                                                   
                       


La invitación al Banquete Celestial es para todos, pero muchos no aceptan… y algunos no están debidamente preparados.  De allí la sentencia de Jesús al terminar esta parábola: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Que podamos llegar a la Fiesta Escatológica, que nos estemos preparando de veras con el traje adecuado (tan blanco como la vestidura del bautismo).  Así podremos formar parte de esa muchedumbre de toda raza, pueblo y nación con vestidura blanca, lavados nuestros trajes en la sangre del Cordero.  (Ap. 3, 4)









Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 8 de marzo de 2015

“…no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” (Evangelio dominical)




Hoy, cercana ya la Pascua, ha sucedido un hecho insólito en el templo. Jesús ha echado del templo el ganado de los mercaderes, ha volcado las mesas de los cambistas y ha dicho a los vendedores de palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16). Y mientras los becerros y los carneros corrían por la explanada, los discípulos han descubierto una nueva faceta del alma de Jesús: el celo por la casa de su Padre, el celo por el templo de Dios.

¡El templo de Dios convertido en un mercado!, ¡qué barbaridad! Debió comenzar por poca cosa. Algún rabadán que subía a vender un cordero, una ancianita que quería ganar algunos durillos vendiendo pichones..., y la bola fue creciendo. Tanto que el autor del Cantar de los cantares clamaba: «Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas» (Cant 2,15). Pero, ¿quién hacía caso de ello? La explanada del templo era como un mercado en día de feria.

-También yo soy templo de Dios. Si no vigilo las pequeñas raposas, el orgullo, la pereza, la gula, la envidia, la tacañería, tantos disfraces del egoísmo, se escurren por dentro y lo estropean todo. Por esto, el Señor nos pone en alerta: «Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,37).


¡Velemos!, para que la desidia no invada la conciencia: «La incapacidad de reconocer la culpa es la forma más peligrosa imaginable de embotamiento espiritual, porque hace a las personas incapaces de mejorar» (Benedicto XVI).

¿Velar? -Intento hacerlo cada noche- ¿He ofendido a alguien?, ¿son rectas mis intenciones?, ¿estoy dispuesto a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios?, ¿he admitido algún tipo de hábito que desagrade al Señor? Pero, a estas horas, estoy cansado y me vence el sueño.

-Jesús, tú que me conoces a fondo, tú que sabes muy bien qué hay en el interior de cada hombre, hazme conocer las faltas, dame fortaleza y un poco de este celo tuyo para que eche fuera del templo todo aquello que me aparte de ti.



Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25):


Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Palabra del Señor




COMENTARIO.



Hoy la Primera Lectura (Ex. 20, 1-7) y el Salmo (#18) nos hablan de la Ley de Dios.  Y la Segunda Lectura (1 Cor. 1, 22-25) y el Evangelio (Jn. 2, 13-25) nos hablan de señales y de comercio.

El trozo del Libro del Éxodo nos trae los preceptos que promulgó el Señor para su pueblo:los Mandamientos de la Ley de Dios, que entregó a Moisés en el Monte Sinaí, esculpidos en piedra.  Y cuando se piensa hoy en día en “ley”, en “mandamientos”, inmediatamente se nos ocurre pensar en restricciones a la libertad que ¡tanto! apreciamos y defendemos.  Y no es así. 

Como nos dice el Salmo de hoy (Sal 18):“la Ley de Señor es perfecta y reconforta el alma ... es alegría para el corazón ... luz para alumbrar el camino”.   Muy contrario esto a lo que los hombres y mujeres de hoy pensamos de los preceptos de Dios.

Y recordamos, con motivo de esta lectura, la visita que el Papa Juan Pablo II hizo a comienzos del Tercer Milenio a ese sitio santo: el Monte Sinaí, donde Dios se reveló a Moisés y le entregó su Ley, los Mandamientos de la Alianza que Dios hizo con su Pueblo.

El Papa proclamó en esa visita allí justamente lo contrario a lo que los hombres y mujeres de hoy pensamos de la Ley de Dios.  Preguntó el Papa:  “Qué es esta Ley?  ¡Es la Ley de la vida y de la libertad!  Si el pueblo observa la Ley de Dios, conocerá la libertad para siempre”.

Juan Pablo II destacó la actualidad y el valor de los Diez Mandamientos, diciendo: “En el encuentro entre Dios y Moisés en este monte se encierra el corazón de nuestra religión, el misterio de la obediencia que nos hace libres.  Los Diez Mandamientos no son la imposición arbitraria de un Señor tiránico.  Fueron escritos en piedra, pero, ante todo,fueron escritos en el corazón del hombrecomo ley moral universal, válida en cualquier tiempo y lugar”.

Si revisamos bien los Diez Mandamientos, éstos son, como dice el Salmo, una guía invalorable para andar en el camino.  Son una síntesis del amor a Dios y del amor al prójimo, y contienen exigencias mínimas para que la sociedad funcione debidamente.

En efecto, nos dice el Papa que los Mandamientos: “salvan al ser humano de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio y del engaño”.

“Nos libran de la codicia de poder y de placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad y la de nuestro prójimo”.

Nos libran del amor a nosotros mismos, que es lo mismo que decir “egoísmo”, el cual no sólo hace daño a los demás, sino que, con frecuencia, nos lleva a sacar a Dios de nuestras vidas y a hacernos daño a nosotros mismos. 

Los Diez Mandamientos nos libran también de las falsas divinidades, que sí nos quitan la libertad y nos llevan a la esclavitud.

Los Diez Mandamientos, nos recuerda Juan Pablo II, “son la ley de la libertad: no la libertad para seguir nuestras pasionesciegas, sino la libertad de amar, de elegir el bien en cada situación”.

Para eso Dios nos hizo libres: para escoger el bien en cada situación, no para elegir el mal.  Y los Mandamientos de Dios son esa guía hacia el bien.  Y siguen vigentes hoy y siempre, porque la Ley de Dios, como nos dice el Salmo, “es santa y para siempre estable”.

Los Mandamientos no son restricciones, ni trabas.  Son ayudas que nos ha dado Dios para el bien personal y también para el bien colectivo, pues sonnormas mínimas de relaciones humanas, para que podamos vivir en convivencia.

Mientras mejor se cumplen los mandamientos, mejor estamos en lo personal, en lo social, en lo nacional, en lo internacional.

Al leer el pasaje de los mercaderes del Templo de Jerusalén (Jn. 2, 13-25),  los cuales fueron expulsados por Jesús a punta de látigo, las mesas de los cambistas volteadas y las monedas desparramadas por el suelo, tenemos que pensar qué nos quiere decir hoy a nosotros el Señor con este incidente.  Y sobre todo cuando nos dice: “no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.  Puede estarse refiriendo a ese mercadeo y comercio, repugnante y dañino, que con mucha frecuencia usamos en nuestra relación con Dios, concretamente en nuestra forma de pedirle a Dios.

Si pensamos bien en la forma en que oramos ¿no se parece nuestra oración a un negocio que estamos conviniendo con Dios?  “Yo te pido esto, esto o esto, y a cambio te ofrezco tal cosa”  ¿Cuántas veces no hemos orado así?  A veces también nuestra oración parece ser un pliego de peticiones, con una lista interminable de necesidades -reales o ficticias.  A ambas actitudes puede estarse refiriendo el Señor cuando se opone al mercadeo en nuestra relación con El.



Fijémonos que en este pasaje del Evangelio los judíos “intervinieron para preguntarle ‘¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?’”.  Y, a juzgar por la respuesta, al Señor no le gustó que le pidieran señales.

¿Y nosotros?  ¿No pedimos también señales?  “Dios mío, quiero un milagro”, nos atrevemos a pedirle al Señor.  “Señor, dame una señal”.   Más aún: ¡cómo nos gusta ir tras las señales extraordinarias!  Estatuas que manan aceite o que lloran lágrimas de sangre, que cambian de posición, etc., etc.

Estos fenómenos extraordinarios pueden venir de Dios… o pueden no venir de Dios.  Cuando no vienen de Dios sirven para desviarnos del camino que nos lleva a Dios, pues lo que pretende el Enemigo es que nos quedemos apegados a esas señales y que realmente no busquemos a Dios, sino que vayamos tras esas manifestaciones extraordinarias, sean aceite, sangre, lágrimas, escarchas, cambios de postura, etc., como si fueran Dios mismo.

Escarchas, lágrimas, fenómenos extraordinarios -cuando son realmente de origen divino- son signos de la presencia de Dios y de su Madre en medio de nosotros.  Son signos de gracias especialísimas que sirven para llamarnos a la conversión, al cambio de vida, a enderezar rumbos para dirigir nuestra mirada y nuestro caminar hacia aquella Casa del Padre que es el Cielo que nos espera. Y allí llegaremos si cumplimos la Voluntad de Dios aquí en la tierra. 

Y esas señales son justamente para ayudarnos a que nos acerquemos a Dios.  Pero ¿en qué consiste ese acercamiento?  ¿En seguir buscando fenómenos extraordinarios?  ¿En entusiasmarnos con esas señales como si éstas fueran el centro de la vida en Dios?  No.  El acercarnos a Dios consiste en que sigamos su Voluntad.  ¿Cómo?  Cumpliendo sus mandamientos, aceptando lo que permita para nuestra vida, haciendo lo que creemos que El desea de nosotros.

Pero ¿qué sucede con demasiada frecuencia? ...  Sucede que, a pesar de estas señales, seguimos apegados a nuestra voluntad -y no a la de Dios-, a nuestros criterios -y no los de Dios-, a nuestros modos de ver las cosas -y no a los de Dios.

No podemos quedamos en lo externo, en lo que podemos ver y palpar con los sentidos del cuerpo.  No podemos seguir buscando estos fenómenos por todas partes, como si fueran el centro de la cuestión, pues el centro de la cuestión es otro: es buscar la Voluntad de Dios para cumplirla a cabalidad... y así no correr el riesgo de ser expulsados de la Casa del Padre para siempre.

Y en la Segunda Lectura San Pablo también nos habla de señales: “los judíos exigen señales milagrosas y los paganos (se refería sobre todo a los griegos) piden sabiduría (conocimientos humanos)... Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos;  en cambio, para los llamados por Dios -sean judíos o paganos- Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios”.   Así haya muerto en la cruz.  “Porque la locura de Dios (la locura de la cruz) es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios (la debilidad de la muerte en la cruz) es más fuerte que la fuerza de los hombres”.

Así son los criterios de Dios: contrarios a los criterios de los seres humanos.  Pero... seguimos ¡tan apegados! a nuestros propios criterios, creyendo que ésos son los que sirven, olvidándonos de esta importantísima y fuerte afirmación de San Pablo y olvidándonos de lo que mucho antes ya había anunciado el Profeta Isaías: “Así como dista el cielo de la tierra, así distan mis planes de vuestros planes, mis criterios de vuestros criterios” (Is. 55, 9).

Jesús expulsó a los mercaderes y cambistas de la casa de su Padre... No corramos nosotros el riesgo de ser expulsados para siempre de aquella Casa del Padre que nos espera en la otra Vida.














Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org