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domingo, 1 de abril de 2012

Verdaderamente, Jesús, Hijo de Dios, viene a sacrificarse por nosotros!! (Evangelio dominical)


Ya estamos entrando en la Semana Santa, ese tiempo especialísimo de contemplación de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Son los días más apropiados para meditar esos misterios tan importantes de nuestra fe. Tal vez podamos conmovernos por los sufrimientos del Señor y llegar así a una conversión de fondo, al arrepentirnos verdaderamente y confesar nuestros pecados. Es una oportunidad para poder enrumbarnos mejor en el camino de la salvación.

El Domingo de Ramos celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Se llama también este domingo, Domingo de Pasión, pues en este día damos inicio a la Semana de la Pasión del Señor. En efecto, las Lecturas de hoy son todas referidas a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

El Evangelio de ese día nos presenta la Pasión según San Marcos. Y en la Primera Lectura (Is. 50, 4-7), el Profeta Isaías nos anuncia cómo iba a ser la actitud de Jesús ante las afrentas y los sufrimientos de su Pasión: “No he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.”

Como es habitual, hoy Domingo de Ramos, ciclo B, traemos las reflexiones sobre La palabra de Dios, de tres religiosos que lo hacen en nuestro idioma.



Realmente este hombre era Hijo de Dios.



El domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, nos presenta un cuadro unitario de lo que vamos a contemplar, meditar y actualizar en estos días. En una misma celebración asistimos a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y a su prendimiento, proceso y muerte en Cruz. ¿A qué se debe que la lectura de la Pasión del Señor se duplique durante la Semana Santa, y se lea el Domingo (en versión de uno de los sinópticos, este año B, Marcos), si se va a leer de nuevo (en la versión de Juan) el día propiamente de Pasión, el Viernes Santo? Litúrgicamente tiene pleno sentido que la Pasión del Señor se lea en Domingo, el día en que los cristianos se reúnen a orar juntos. De otro modo, la Pasión no sería proclamada nunca en Domingo y en el contexto de la celebración eucarística, que es, precisamente, la memoria de esa Pasión (pues el Viernes no se celebra la eucaristía). Pero, además, de este modo nos preparamos a entrar en profundidad en los misterios que, paso a paso, vamos a celebrar en los días siguientes.

La Palabra de Dios la podemos leer hoy desde dos prismas distintos y contrapuestos, cada uno de los cuales tiene su verdad, pero que conviene situar en la justa perspectiva.


Un prisma, el que primero salta a la vista, pone de relieve el drama que se desarrolla ante nosotros (y que la liturgia trata de subrayar mediante la lectura inicial de la entrada en Jerusalén, la procesión que la representa, la lectura dramatizada de la Pasión, etc.). Ante nuestros ojos se despliega el cuadro paradójico de un pueblo que acoge a Jesús con entusiasmo como el enviado de Dios, y en pocos días cambia de parecer y pide a gritos su muerte. Aunque no está dicho que fueran los mismos los que gritaran una cosa y la otra: posiblemente, en la entrada triunfal fueran los discípulos que lo acompañaban desde Galilea, mientras que los que pidieron su muerte eran gentes de Jerusalén o venidas a la fiesta, manipuladas por las autoridades del pueblo. El mal presenta con frecuencia este rostro estúpido de la masa que se mueve por inercia, semiinconsciente de la manipulación que la dirige. Pero tras el rumor y el estruendo de los gritos, percibimos otras manifestaciones del mal, todo un muestrario del mismo: la debilidad y cobardía de los discípulos, que alcanza su cénit en la traición de Judas, acompañada del detalle del beso, gesto de gran familiaridad que, en el contexto de la traición, resulta de un cinismo repugnante; las negaciones de Pedro; el acoso plagado de mentiras e hipocresía en el proceso del Sanedrín, en el que es claro que poco importa la verdad y la justicia, y de lo que se trata es de condenar a cualquier precio al que resulta a todas luces inocente; esa hipocresía se revela en toda su crudeza cuando ante Pilatos se cambia la acusación, de religiosa (blasfemia), en política (sedición), ya que las cuitas teológicas poco podían interesarle al procurador romano; el cual, convencido de la ausencia de culpabilidad del reo, incluso en las materias que a él podían interesarle (sedición, alteración del orden público, amenaza para la pax romana), cede a la injusticia (agravada por la liberación de un reo confeso de asesinato) por cálculo político o por miedo a altercados que, quien sabe, podían dar al traste con su carrera política. En definitiva, podemos contemplar toda la escena con el estupor y la impotencia de ver al inocente ultrajado, humillado, torturado y entregado a la muerte.

Esa lectura podemos trasladarla a nuestro mundo con extrema facilidad. En ocasiones nos embarga la sensación de que este mundo está definitivamente perdido, de que el mal que reina en él es más fuerte que cualquier retoño de bien y de justicia y de que los malvados se salen con la suya, por lo que sentimos la tentación de pensar que, al final, el mal compensa. Esta sensación desalentadora cada cual puede experimentarla desde el peculiar prisma que compone su escala prioritaria de valores. Habrá quien subraye sobre todo las dimensiones relativas a la ética personal, familiar, sexual, etc., y considere que asistimos a una progresiva degradación de las costumbres y a la disolución de valores básicos como el respeto a la vida, la familia, la responsabilidad, el respeto, etc. Otros, en cambio, subrayarán más las dimensiones sociales, políticas, ecológicas del mal: las relaciones injustas y desequilibradas entre ricos y pobres, poderosos y débiles… Todas esas perspectivas son, por lo demás, conciliables, porque el mal, desgraciadamente, tiene muchos rostros, además de mucho poder. Estupidez, debilidad y temor, manipulación, traición, hipocresía, mentira, cinismo, violencia gratuita, humillación del débil, crueldad, injusticia… son todas realidades que componen una red que abarca al mundo entero y que se concentran dramáticamente en la Pasión de Cristo.

Y, sin embargo, el realismo de esta perspectiva es aparente si nos quedamos sólo en ella. Lo mismo que si realizamos una lectura puramente negativa del mundo en el que vivimos. Porque, volviendo de nuevo al relato de la Pasión, si miramos con más detalle, yendo a lo profundo de esa trama de acontecimientos marcados por el sello del mal, no podremos dejar de percibir la luz que emana de todos ellos. Ya la entrada de Jesús en Jerusalén, acogido como el que “viene en nombre del Señor” es la expresión de una fe y de una esperanza que no se han de ver defraudadas, a pesar de todas las apariencias contrarias. Es posible que algunos de los que acogieron a Jesús con entusiasmo cayeran días después presas de la manipulación y pidieran a gritos su crucifixión. Pero no está dicho que todos los que le acogieron cambiaron de bando; muchos sentirían la derrota de Jesús como su propia derrota, la de sus esperanzas. En el prendimiento, el proceso ante el Sanedrín y Pilato, en medio de los ultrajes y las humillaciones, en la misma Cruz, resalta la dignidad de Cristo y su confianza en su Padre hasta el final. Es decir, Jesús, Él mismo, es la luz que ilumina la oscuridad del momento, la bondad insobornable ante los embates del mal, la libertad soberana para, a pesar de las adversidades sin límite y en ellas mismas, elegir el bando de la víctima inocente en vez del de los verdugos. En ello mismo está diciendo Jesús al abatido una palabra de aliento: nos está diciendo de parte de quién está Dios y qué es lo que salva al hombre al final y a la postre. Esa misma luz que emana de Cristo nos permite ver el amor arrojado que, pese a todo, mueve al débil Pedro a asumir riesgos y, literalmente, meterse en la boca del lobo en su desesperado intento por seguir cerca del maestro; las negaciones de Pedro son producto del temor, pero no de la indiferencia, como lo muestran sus lágrimas. Vemos también a esa misma luz la compasión de un hombre anónimo “que pasaba por allí”, Simón de Cirene y la de las santas mujeres que miran desde lejos y siguen esperando contra toda esperanza cuando José de Arimatea (otro destello de luz, proveniente esta vez del Sanedrín que condenó a Jesús) hace rodar la piedra del sepulcro. Y es también esa luz la que ilumina la conciencia del centurión en una confesión, “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”, que es la revelación final a la que tiende todo el evangelio de Marcos desde su primera línea (“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”), y que significativamente se pone en boca de un pagano, capaz de reconocer lo que los “propios” han sido incapaces de ver: al morir Cristo el velo del templo se rasga, queda atrás la antigua alianza, y se establece una nueva, sellada con la Sangre del Cordero inmaculado, abierta a todas las gentes sin distinción. Es esa luz de Cristo, que alcanza a iluminar en torno a sí a muchos de los protagonistas de esta historia, la que da el verdadero sentido de los acontecimientos y la que alimenta nuestra esperanza: Jesucristo se ha entregado libremente y por amor hasta la muerte y una muerte de Cruz.

Es decir, vemos también en este relato la luz y los destellos de un bien que sigue en pie, con dignidad, sin ceder a las acometidas del mal ni sucumbir a sus seducciones, a pesar de su aparente derrota. Y lo que vemos en este relato podemos y debemos verlo también cuando hacemos la lectura de nuestro mundo. No podemos dejar que la evidencia del mal nos ciegue para esa otra evidencia, a veces casi imperceptible pero perseverante, tenaz, insobornable del bien y de la luz. Nuestra historia (la historia del mundo, las historias más locales que la componen, nuestra situación contemporánea, nuestras personales biografías) encierran en sí, al mismo tiempo, la realidad del pecado y de la gracia: son la historia del mal (la violencia, la injusticia, la traición, el sufrimiento…), pero también son historia de salvación: de entrega generosa, de fidelidad, de honestidad... No podemos cerrar los ojos ante la realidad del mal; pero no debemos sucumbir al pesimismo de pensar que ese mal es la perspectiva única y además la victoriosa (sintiendo así, de paso, la tentación de entregarnos a sus seducciones). En esta misma historia, en sus múltiples niveles, existe la otra posibilidad, la que procede de la luz de Cristo, de su entrega por amor, de su fidelidad insobornable. En nuestras manos está decidir de qué parte queremos estar, a cuál de estas historias queremos pertenecer. Porque, aunque las dos se entrecruzan en nosotros inevitablemente (también nosotros colaboramos con el mal de un modo u otro), podemos tomar la decisión de ponernos del lado de Cristo, reconociendo el mal que hay en nosotros y aceptando la luz que nos purifica y nos va haciendo miembros activos de esa otra historia de salvación.

Hoy, junto con el centurión (que apalabra y representa a todos los “iluminados” de esta historia), al contemplar la Pasión de Cristo y esa otra pasión que se desarrolla a diario en nuestra atormentada historia, somos invitados a confesar con esperanza: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Y, por eso, Dios lo levantó y lo seguirá levantando “sobre todo”, también sobre toda forma de mal. La derrota a la que asistimos hoy es el germen de una victoria definitiva, la de Cristo, y, en Él, la de todos nosotros.


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39):


C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.


Identificado con las víctimas.

>Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una "lejanía" donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No nos podemos encerrar en nuestra "sociedad del bienestar", ignorando a esa otra "sociedad del malestar" en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido muerte. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.















Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio se San Marcos
José Maria Vegas
José A. Pagola
Ángel Corbalán

domingo, 25 de marzo de 2012

" la semilla cuando muere da fruto" (Evangelio dominical)


En el Evangelio de hoy tiene lugar enseguida de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, donde iba a ser entregado para su Muerte en la cruz. Allí Jesús informó a sus discípulos y a algunos seguidores, lo que estaba a punto de suceder días después: su Pasión, Muerte y posterior Resurrección.

Para ello, utiliza la imagen de una semilla que debe morir al ser plantada para dar paso a una vida nueva. Nos habla el Señor de una semilla de trigo, fruto muy utilizado en su tierra, que además se aplicaba muy bien a El, Quien se nos convertiría después en el mejor fruto que planta de trigo podía producir, ya que a partir del Jueves Santo, Jesús sería para nosotros el Pan Eucarístico.

Para ampliar la explicación de La palabra de hoy, domingo V de Cuaresma, traemos las reflexiones de tres religiosos que las hacen en nuestro idioma.



Quisiéramos ver a Jesús

La fama de Jesús, al parecer, ha trascendido fronteras. No sólo las gentes de Galilea y Judea, y también las de la mestiza Samaria y las de los territorios circundantes a Palestina, sino incluso gentes extranjeras que han venido de lejos, “unos griegos”, han oído hablar de Jesús y expresan su deseo de verle.


Llama la atención, en primer lugar, la “burocracia” que provoca la petición: en vez de dirigirse directamente a Jesús, tienen que utilizar una red de intermediarios. Tal vez su condición de extranjeros les llevó a dirigirse a Felipe. El Evangelio especifica que “era de Betsaida”, una ciudad de frontera. El nombre de Felipe es también el de uno de los diáconos elegidos para el grupo de origen helenista y que evangeliza al funcionario etíope en el camino desértico de Gaza, y también en Samaria. Es, pues, un nombre que habla de apertura a lo distinto; de ahí, tal vez, que fuera por medio de este Felipe Apóstol como aquellos griegos trataron de cumplir su deseo. Del intermediario Felipe la petición se pasa a uno del círculo más cercano y, por fin, los dos se la hacen llegar a Jesús.

Un segundo detalle de la petición es el modo de expresarla: “quisiéramos…” Suena a “nos gustaría…” Jesús era un hombre que llamaba la atención: su modo de hablar, el contenido novedoso de su doctrina, los signos maravillosos que acompañaban al mensaje. Es normal que los visitantes y los peregrinos oyeran hablar de Él y eso suscitara el deseo de verle, escucharle, encontrarse con él, sea por mera curiosidad, o por la posibilidad de ver hechos extraordinarios, tal vez por el deseo de escuchar una nueva doctrina (eran, al fin y al cabo, griegos) o por un motivo más profundo. El Evangelio no nos informa de ello.

Llama inmediatamente la atención la extraña respuesta de Jesús, que parece que se sale por la tangente. Pero, en realidad, lo que dice tiene pleno sentido. Ver a Jesús no es ver a un predicador, a un profeta, a un milagrero, al fundador de una filosofía nueva. El que quiera ver todo eso deberá dirigirse a otros lugares, a otros maestros. Si se quiere ver a Jesús hay que mirar a la Cruz. No hay otro modo de concertar una entrevista: el dónde (el Gólgota) viene marcado por el cuándo: ha llegado la hora. Es la hora de la glorificación, que es el modo en que Juan expresa, al mismo tiempo, la muerte (la derrota, el sufrimiento, la ignominia) y la resurrección (el triunfo de la vida, del perdón y la reconciliación).

Jesús se refiere con fuerza a lo inevitable de esa cita: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Es así: la predicación, las parábolas, los encuentros, los signos extraordinarios, todo lo que Jesús ha hecho y realizado, y que parece que debería llevar a la victoria del reconocimiento, la aceptación y la fundación del Nuevo Pueblo de Dios, en el que la ley estará escrita en los corazones y no en tablas de piedra… exige por el contrario un final en apariencia trágico de derrota y muerte. Pero sólo así es posible que todo lo anterior, palabras, encuentros y milagros den fruto. La voz del cielo, que suena por nosotros, dice que pese a la aparente derrota de Jesús en la cruz, Dios está con Él.

Para “ver” a Jesús de manera fecunda, salvadora, hay que ir más allá de la curiosidad, del deseo ver milagros, o de escuchar doctrinas nuevas, o de descubrir nuevos valores morales y religiosos… Todo eso es insuficiente. Porque palabras y hechos, doctrina y milagros van, en este caso, indisolublemente ligados a la persona misma de Jesús: es Él mismo el centro del mensaje, pues es Él la encarnación de la Palabra, la expresión hecha carne y sangre del amor de Dios para con los hombres. Por eso, sería contradictorio que se quedara todo en mera doctrina (por muy sublime que sea) y en gestos maravillosos (por muy milagrosos que se nos antojen): lo que Jesús anuncia y encarna es un amor más fuerte que la muerte, que sólo dará fruto si pasa por el crisol de la muerte, esa realidad al parecer definitiva que encarna el triunfo del mal y del pecado.

En Cristo la muerte en Cruz, por amor y libremente asumida, se convierte en una glorificación, en la prueba y la manifestación del triunfo del amor sobre la muerte.

Si queréis ver a Jesús mirad, pues, al Crucificado. Ya no hay tiempo para otras citas. Ha llegado su hora.

¿Qué sentido tiene todo esto para nuestra vida personal y para nuestra vida cristiana? En la vida de todo hombre, de un modo u otro, se hace presente la cruz. No es que haya que buscarla. Siempre se hace presente. Y son esos momentos los que ponen a prueba la autenticidad de unas convicciones y de unos valores, es decir, la fecundidad de una vida. Si uno, por ejemplo, se dedica a las cosas de la Iglesia (a la catequesis, al apostolado y la predicación o a las obras de solidaridad y ayuda a los necesitados), todo eso, que, en sí mismo está muy bien, puede quedar sin fruto, si a la hora de la verdad, uno no acepta la Cruz (que puede tener mil rostros: falta de éxito o reconocimiento, a veces conflictos con los más cercanos, con la misma Iglesia). Porque sólo ahí, en la Cruz aceptada, se identifica uno de verdad y hasta el final con Cristo. De otro modo, todo lo realizado, con estar muy bien, puede quedarse en una prédica moral o una actividad altruista, pero sin llegar a ese momento cumbre en el que el amor se hace carne y sangre y pide, de un modo u otro, dar la vida; o, por decirlo de otro modo, uno puede trabajar por el Reino, dar su tiempo y sus capacidades, y, al mismo tiempo, estar salvaguardando para sí la propia vida (exigiendo, por ejemplo, reconocimiento, éxito o estatus), en vez de darla.

Algo similar sucede en las otras vocaciones cristianas. El matrimonio, por ejemplo. El proyecto de vida en común basado en un amor humano elevado a sacramento y, por tanto, signo y realidad de la presencia de Cristo, no es un camino de rosas. Las crisis, el cansancio, las limitaciones de uno y otra, con frecuencia las ofensas, los disgustos que dan los hijos… son formas variadas en que la Cruz se hace presente y nos pone a prueba. La fidelidad, la perseverancia, los elementos, tal vez, grises, de un amor verdadero tienen también un componente de Cruz, que, si no se aceptan, pueden dar al traste con una relación humanamente muy bien cimentada. La fidelidad “hasta la muerte” no es sólo una referencia cronológica (“hasta que la muerte nos separe”), sino la voluntad y la confianza de establecer un vínculo más fuerte que la muerte: en Cristo, realmente, ni la muerte nos separa, porque en la muerte en Cruz (en el amor hasta dar la vida), la vida entregada se hace fecunda y da fruto. Es ahí, precisamente, donde la ley se nos graba en el corazón.

Además de las cruces personales, están las otras, las presencias vivas de los que viven en el sufrimiento y del lado de los cuales se ha puesto Jesús, haciéndose uno de ellos. También en esa dirección hay que mirar para verlo, aceptarlo y servirle.

No es pues sólo cosa de doctrina o de trabajo, sino también de seguimiento, de “estar allí donde está Él”. Ya sabemos dónde.

Aquellos griegos que querían ver a Jesús probablemente fueron testigos de los acontecimientos que se desencadenaron inmediatamente después: estamos en la quinta semana de Cuaresma, al borde ya de la Semana Santa. Este domingo habla siempre de muerte y de vida: de cómo la muerte se transforma en vida, de cómo la vida vence a la muerte. Jesús, elevado sobre la tierra se hizo bien visible y accesible para todos. Griegos y judíos, buenos y malos, lejanos y cercanos… todos pueden verle, a todos atrae hacia sí.

Si en alguna ocasión alguien (pongamos, “unos griegos”) nos dicen que quisieran ver a Jesús (conocerlo, saber de Él, descubrirlo entre nosotros, en la Iglesia), podemos hablarles de sus palabras y obras (de la doctrina cristiana, de los sacramentos y las obras de caridad), pero no deberemos omitir ese momento clave, el de la hora decisiva, el de la Cruz, como el lugar de la plenitud de un amor hasta la muerte, que derriba fronteras, atrae a todos y da frutos de vida nueva.


Lectura del santo evangelio según san Juan (12,20-33):



En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Palabra del Señor


Comentario.


EL ATRACTIVO DE JESÚS


Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.

A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?










Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio de San Juan
José María Vegas
José A. Pagola
Ángel Corbalán

domingo, 19 de febrero de 2012

"Hijo tus pecados quedan perdonados." (Evangelio dominical)


“Voy a realizar algo nuevo”. Eso nos promete el Señor por boca del Profeta Isaías en la Primera Lectura de este Domingo (Is. 43, 18-25). Se refiere a su obra salvadora. Versículos antes se lee: “Yo soy Yahvé y Yo soy el único Salvador” (Is. 43, 11).

Ese “algo nuevo” lo efectúa el Señor realizando su obra de salvación en cada uno de nosotros. Nos dice por boca del Profeta que ese “algo nuevo ya está brotando. Y pregunta: “¿No lo notan? Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en tierra árida”. El desierto y la tierra árida somos nosotros mismos que, sin Dios, sin aceptar su salvación, sin buscar su perdón por nuestras faltas, somos así: como tierra reseca y árida, donde no pueden crecer los frutos de la salvación que Cristo realizó con su vida, pasión, muerte y resurrección.

Y cabe preguntar ¿existe salvación fuera de Cristo, existe salvación fuera de la Iglesia fundada por Jesucristo? Este tema es siempre de actualidad y el Papa Juan Pablo II quiso tratarlo con gran claridad y precisión. Y nos dijo que toca este importante tema, para enfrentar “ideas y opiniones erróneas y confusas, presentes en la discusión teológica y entre grupos y asociaciones eclesiales”, ideas que tienden a desconocer a Cristo como Salvador único y universal, y a disminuir la necesidad de la Iglesia de Cristo para la salvación.

Hoy como en otras ocasiones, para explicar el evangelio de San Marcos en este domingo 7º del Tiempo Ordinario B, traemos las reflexiones de tres reli

giosos y que los hacen en nuestro idioma.


Cogió la camilla y salió

La lepra, de la que hablábamos la semana pasada, produce marginación. La parálisis, que es la enfermedad que protagoniza el evangelio de hoy, produce dependencia. El paralítico no puede moverse por sí mismo, carece de autonomía, de capacidad para poner en práctica su libertad. El paralítico experimenta cada pequeño escalón, borde o desnivel como un obstáculo insuperable, al menos con sus solas fuerzas.

A propósito de la parálisis podemos pensar en toda forma de dependencia y de ausencia de verdadera libertad, que sólo puede ser remediada por la ayuda ajena.
El paralítico de hoy tuvo la suerte de encontrar la ayuda de cuatro hombres buenos, que no sólo se prestaron a llevarlo ante Jesús, sino que ante los obstáculos que impedían llegar hasta él, se las ingeniaron para sortearlos todos. El modo en que lo hicieron (si pensamos en lo que supone subir una camilla con un enfermo en ella hasta el techo y después descolgarlo por ella, cualquiera que haya llevado alguna vez una camilla al peso, sabrá lo que eso supone) revela una voluntad de hierro, además de una confianza ciega en que merece la pena hacer ese derroche de fuerza, imaginación y, también, de riesgo.
Jesús, de hecho, alaba la fe «que tenían», es decir, de los cinco. En el caso de los cuatro camilleros, es una fe viva, que pasa a los hechos, que se implica y se hace amor, ayuda concreta y esforzada.

Pero la admiración de Jesús se traduce en un gesto que, en primer lugar, se dirige sólo al enfermo y, en segundo lugar, nos produce sorpresa, tal vez decepción o indignación: en vez de curarle va y… le perdona los pecados. ¿Es que ese enorme esfuerzo se había hecho para obtener el perdón de los pecados y no la curación de la parálisis? ¿Qué sentiría el enfermo y sus benefactores? ¿La alegría profunda del perdón, o la decepción de una esperanza frustrada de curación?

No podemos saberlo, aunque, puesto que Jesús sabe lo que pensamos en nuestro corazón, es presumible que estuviera respondiendo a los deseos más íntimos de aquel hombre. En todo caso, lo que sí que podemos comprender es la pedagogía con que procede Jesús.
En primer lugar, con este primer gesto de perdonar los pecados, nos está diciendo que el pecado es también una enfermedad: como ella, produce marginación (nos exilia de nosotros mismos, de Dios y de los demás) y dependencia; el pecado empequeñece nuestro ser, produce en nosotros una parálisis interior, una dependencia más profunda, nos conduce a una muerte más definitiva. De ahí la urgencia del perdón, su prioridad sobre la salud física.

De hecho, en Jesús se manifiesta la voluntad de Dios de perdonar todos los pecados, a todos los pecadores de manera incondicional: «Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados», dice Isaías; «en Cristo todo se ha convertido en un “sí”; en él todas las promesas han recibido un “sí”», afirma Pablo. Sin embargo, Jesús no curó a todos los paralíticos, ni limpió a todos los leprosos. Las curaciones son signos de una salvación más radical y profunda. Y es que, realmente, la enfermedad nos limita, pero no nos impide vivir con dignidad; mientras que el pecado nos roba nuestra dignidad de personas, nos lesiona en lo más íntimo. De ahí, una vez más, la urgencia del perdón, que sólo Dios puede otorgar.

Ahí entran en escena los escribas, que critican a Jesús, por cierto, expresando esa misma verdad: sólo Dios puede perdonar pecados. Pero es que Jesús perdona pecados porque en él, hijo del hombre, habita la plenitud de la divinidad, es el Hijo de Dios encarnado; es decir, en Él se ha hecho presente, concreta y cercana la voluntad de Dios de un perdón universal e incondicional. Si bien, hay una única condición: que aceptemos el perdón, reconociendo nuestro pecado.

Los escribas allí presentes no creían que Jesús dispusiera de ese poder; y, es más, posiblemente no estuvieran muy convencidos de que Dios tuviera la voluntad de perdonar a todos… Si el paralítico, por su impedimento físico, encontró graves obstáculos para acceder a Jesús, ahora, ante sus taras morales remediadas por el perdón de Cristo, se encuentra también con otro «gentío», con otro obstáculo para acceder el perdón: los prejuicios de los que se consideraban a sí mismos justos.

El caso es que Jesús, como testimonio de que en Él actúa realmente el Dios dueño y autor de la vida, sortea también este nuevo y más grave obstáculo, y completa el gesto del perdón con el de la sanación.

Con ello nos está diciendo que la suerte del alma no está separada de la del cuerpo: aquel que está reconciliado con Dios, con los demás y consigo mismo (o, siendo consciente de sus pecados, vive en la dinámica de la reconciliación), no puede no interesarse por el bien y el bienestar concreto de sus semejantes. Y es que, si Jesús, al admirarse de la fe de aquellos cinco hombres (el paralítico y sus camilleros) perdonó sólo los pecados del primero, es porque, posiblemente, veía en los otros cuatro no sólo la salud física, sino también la moral y espiritual, manifestada en su ayuda desinteresada al que estaba en necesidad.

Hay muchos enfermos e inválidos que han hecho de su enfermedad una ocasión para ayudar a otros que están en igual o peor situación. Durante más de diez años trabajé como consiliario del Movimiento Frater (“Fraternidad cristiana de enfermos y minusválidos”) y tuve ocasión de comprobarlo en múltiples ocasiones. Eran (y son) minusválidos físicos, pero que se han puesto en pie y caminan y acuden a ayudar a los demás.
Realmente, así hay que entender la curación del paralítico de hoy. El evangelio dice que «Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos». Una vez perdonado y curado, podía cargar con el peso de la vida (su camilla) y llevarlo por sí mismo.

Pero, leyendo el texto de manera más literal, podemos preguntarnos: ¿para qué cogió su camilla si ya no era paralítico? ¿De qué le podía servir? Tal vez, se me ocurre, es que decidió él mismo convertirse en camillero, para ayudar a otros postrados por la enfermedad, a llevarlos de un sitio a otro, y también a Jesús, a que les perdonara los pecados y los pusiera en pie para que también ellos pudieran vivir con dignidad.

Y si todos se quedaron atónitos, pues nunca habían visto algo igual, cabe preguntarse si algunos quedaron atónitos ante la curación de la enfermedad, y otros, mirando más en lo profundo, quedaron atónitos y admirados ante la gratuidad y cercanía del perdón de Dios.
Tal vez no podamos hacer milagros. Pero podemos realizar el milagro de la ayuda desinteresada, como la de los camilleros de hoy (que hicieron posible el milagro de Jesús), y el otro milagro, a veces tan difícil, del verdadero perdón.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (2,1-12):

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados...»
Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.



CURADOR DE LA VIDA

Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador singular. Nadie lo confunde con los magos o curanderos de la época. Tiene su propio estilo de curar. No recurre a fuerzas extrañas ni pronuncia conjuros o fórmulas secretas. No emplea amuletos ni hechizos. Pero cuando se comunica con los enfermos contagia salud.

Los relatos evangélicos van dibujando de muchas maneras su poder curador. Su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo, su fuerza para regenerar lo mejor de cada persona, su capacidad de contagiar su fe en Dios creaban las condiciones que hacían posible la curación.

Jesús no ofrece remedios para resolver un problema orgánico. Se acerca a los enfermos buscando curarlos desde su raíz. No busca solo una mejoría física. La curación del organismo queda englobada en una sanación más integral y profunda. Jesús no cura solo enfermedades. Sana la vida enferma.

Los diferentes relatos lo van subrayando de diversas maneras. Libera a los enfermos de la soledad y la desconfianza contagiándoles su fe absoluta en Dios: "Tú, ¿ya crees?". Al mismo tiempo, los rescata de la resignación y la pasividad,
despertando en ellos el deseo de iniciar una vida nueva: "Tú, ¿quieres curarte?".

No se queda ahí. Jesús los libera de lo que bloquea su vida y la deshumaniza: la locura, la culpabilidad o la desesperanza. Les ofrece gratuitamente el perdón, la paz y la bendición de Dios. Los enfermos encuentran en él algo que no les ofrecen los curanderos populares: una relación nueva con Dios que los ayudará a vivir con más dignidad y confianza.

Marcos narra la curación de un paralítico en el interior de la casa donde vive Jesús en Cafarnaún. Es el ejemplo más significativo para destacar la profundidad de su fuerza curadora. Venciendo toda clase de obstáculos, cuatro vecinos logran traer hasta los pies de Jesús a un amigo paralítico.

Jesús interrumpe su predicación y fija su mirada en él. ¿Dónde está el origen de esa parálisis? ¿Qué miedos, heridas, fracasos y oscuras culpabilidades están bloqueando su vida? El enfermo no dice nada, no se mueve. Allí está, ante Jesús, atado a su camilla.

¿Qué necesita este ser humano para ponerse en pie y seguir caminando? Jesús le habla con ternura de madre: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Deja de atormentarte. Confía en Dios. Acoge su perdón y su paz. Atrévete a levantarte de tus errores y tu pecado. Cuántas personas necesitan ser curadas por dentro. ¿Quién les ayudará a ponerse en contacto con un Jesús curador?
Contagia tu fe en el perdón de Dios



EL PERDÓN NOS PONE DE PIE

El paralítico del relato evangélico es un hombre hundido en la pasividad. No puede moverse por sí mismo. No habla ni dice nada. Se deja llevar por los demás. Vive atado a su camilla, paralizado por una vida alejada de Dios, el creador de la vida.

Por el contrario, cuatro vecinos que lo quieren de verdad se movilizan con todas sus fuerzas para acercarlo a Jesús. No se detienen ante ningún obstáculo hasta que consiguen llevarlo a «donde está él». Saben que Jesús puede ser el comienzo de una vida nueva para su amigo.

Jesús capta en el fondo de sus esfuerzos «la fe que tienen en él» y, de pronto, sin que nadie le haya pedido nada, pronuncia esas cinco palabras que pueden cambiar para siempre una vida: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Dios te comprende, te quiere y te perdona.

Se nos dice que había allí unos «escribas». Están «sentados». Se sienten maestros y jueces. No piensan en la alegría del paralítico ni aprecian los esfuerzos de quienes lo han traído hasta Jesús. Hablan con seguridad. No se cuestionan su manera de pensar. Lo saben todo acerca de Dios: Jesús «está blasfemando».

Jesús no entra en discusiones teóricas sobre Dios. No hace falta. Él vive lleno de Dios. Y ese Dios que es solo Amor lo empuja a despertar la fe, perdonando el pecado y liberando la vida de las personas. Las tres órdenes que da al paralítico lo dicen todo: «Levántate»: ponte de pie; recupera tu dignidad; libérate de lo que paraliza tu vida. «Coge tu camilla»: enfréntate al futuro con fe nueva; estás perdonado de tu pasado. «Vete a tu casa»: aprende a convivir.

No es posible seguir a Jesús viviendo como «paralíticos» que no saben cómo salir del inmovilismo, la inercia o la pasividad. Tal vez necesitamos como nunca reavivar en nuestras comunidades la celebración del perdón que Dios nos ofrece en Jesús. Ese perdón puede ponernos de pie para enfrentarnos al futuro con confianza y alegría nueva.

El perdón de Dios, recibido con fe en el corazón y celebrado con gozo junto a los hermanos y hermanas, nos puede liberar de lo que nos bloquea interiormente. Con Jesús todo es posible. Nuestras comunidades pueden cambiar. Nuestra fe puede ser más libre y audaz.

NO QUEDAR PARALIZADOS POR NUESTRO PASADO

Vivir reconciliado consigo mismo es una de las tareas más difíciles de la vida. De hecho son bastantes los que viven interiormente divididos, rebelándose continuamente contra su propio ser, descontentos de sí mismos, sin aceptarse ni amarse tal como son.

A estas personas se les hace muy difícil portarse bien consigo mismas cuando se sienten culpables. Lo más fácil es enfadarse, denigrarse a sí mismo, condenarse interiormente: «Siempre seré el mismo, lo mío no tiene remedio». Es la mejor manera de paralizar nuestra vida.

Estas personas no pueden sentir el perdón de Dios, porque no saben perdonarse a sí mismas. No pueden acoger su amor, porque no saben amarse. Solo mirándome con piedad y misericordia, como me mira Dios, solo acogiéndome como él me acoge, puede mi vida renovarse y cambiar.

De nada sirve condenarnos y torturarnos, tal vez con la esperanza secreta de aplacar así a Dios. No necesitamos de ninguna autocondena para que él nos acoja. No es bueno hundirnos o rebelarnos. No es esto lo que más nos acerca a Dios, sino la compasión con nosotros mismos y con nuestra debilidad.

Como dice el conocido maestro espiritual Anselm Grün, la llamada de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso», incluye la misericordia para consigo mismo. Tenemos que ser también misericordiosos con los enemigos que todos llevamos dentro.

El relato evangélico de Marcos nos habla de la fe de los que conducen al paralítico ante Jesús, pero nada se nos dice de la actitud interior del enfermo. Al parecer es un hombre paralizado físicamente y bloqueado interiormente. Jesús lo cura con el perdón: «Hijo, tus pecados quedan perdonados»; puedes vivir con un pasado ambiguo y oscuro; estás perdonado; no permanezcas paralizado por tu pecado; Dios te acoge; levántate y toma tu camilla, asume tu responsabilidad y vive con paz.


¿Por qué seguir paralíticos, si Jesús nos espera en el confesionario, para limpiarnos de pecado y ponernos a andar nuevamente por el camino de la salvación?















Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio según San Marcos.
José María Vegas.
José A, pagola
Ángel Corbalán

domingo, 5 de febrero de 2012

Cristo, ha venido por todos y por cada uno!! (Evangelio dominical)



Uno de los libros más controversiales del Antiguo Testamento es el Libro de Job, pues trata uno de los temas más discutidos y contestados: el sufrimiento humano.

¿Puede un hombre ser inocente y sufrir enfermedades y calamidades? El Libro de Job resuelve este dilema, mostrando el sufrimiento como una oportunidad de purificación para recibir mayores y más abundantes bendiciones. Termina resaltando que Dios, siendo la fuente misma de la Justicia, es enteramente libre para otorgar sus bendiciones dónde, cuándo y a quién quiere.

El Evangelio nos muestra muchas veces a Jesús aliviando el sufrimiento humano, sobre todo curando enfermedades y expulsando demonios (Mc. 1, 29-39). Y sabemos que a veces Dios sana y a veces no, y que Dios puede sanar directamente en forma milagrosa o indirectamente a través de la medicina, de los médicos y de los medicamentos. Todas las sanaciones tienen su fuente en Dios. También puede Dios no sanar, o sanar más temprano o más tarde. Y cuando no sana o no alivia el sufrimiento, o cuando se tarda para sanar y aliviar, tenemos a nuestra disposición todas las gracias que necesitamos para llevar el sufrimiento con esperanza, para que así produzca frutos de vida eterna y de redención.

Hoy como viene siendo habitual, traemos las reflexiones y explicaciones del Evangelio de San Marcos, de tres religiosos y que lo explican en nuestro idioma.



A todos y a cada uno

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.
El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).
El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con lo que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese « ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio, es decir, para, mediante el servicio, «decir» a todos dónde encontrar a Jesús, decirle a Jesús: «todo el mundo te busca».


Evangelio según San Marcos 1,29-39.


Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato.
El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados,
y la ciudad entera se reunió delante de la puerta.
Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.
Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.
Simón salió a buscarlo con sus compañeros,
y cuando lo encontraron, le dijeron: "Todos te andan buscando".
El les respondió: "Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido".
Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Palabra de Dios.


COMENTARIO.


EL DÍA A DÍA DE JESÚS: ENSEÑAR, CURAR, REZAR

1.- Al salir Jesús con sus discípulos de la Sinagoga…

¿Qué había hecho Jesús en la Sinagoga? Nos lo dice el mismo evangelista Marcos, en unos párrafos anteriores a este texto que comentamos hoy: “llegó a Cafarnaúm y, luego, el día de sábado, entrando en la Sinagoga, enseñaba”. Jesús vino a enseñarnos, a decirnos, que el reino de Dios estaba cerca y que, si queríamos entrar en él, debíamos previamente convertirnos. Jesús, todos los días de su vida pública, predicaba y enseñaba: “vámonos a las aldeas cercanas para predicar allí, que para eso he venido”. Jesús era todo él palabra, voz de Dios, que enseñaba y predicaba el reino de Dios. Pero, además de hablar y predicar, Jesús curaba. Allí mismo, en la Sinagoga, había curado a un hombre poseído de un espíritu inmundo y, en cuanto sale de la Sinagoga, en la casa de Pedro, cura “a la suegra de Simón que estaba en la cama con fiebre”. No se puede dudar que una de las causas primeras por las que la gente busca a Jesús es para que cure a sus enfermos; la gente sencilla veía a Jesús como a un poderoso taumaturgo, capaz de curar y expulsar demonios. En los evangelios, esto aparece de una forma evidente. Y, además de enseñar y curar, Jesús rezaba: “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a rezar”. El día a día de Jesús era eso: enseñar, curar, rezar. Esta es también la tarea que debemos apuntar nosotros, cada día, en nuestra agenda: predicar con amor y valentía el reino de Dios; curar a las personas que, por los motivos que sea, se encuentran por sí mismas incapaces de descubrir este reino; rezar con toda nuestra alma para que Jesús nos muestre el camino que nos conduce al Reino de su Padre y nos ayude a todos a entrar en él.

2.- El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio.

El libro de Job es una reflexión muy rica en matices sobre la vida humana y es necesario leerlo todo entero para entender bien su mensaje. En el texto que nos propone hoy la liturgia vemos a un Job angustiado y deprimido, porque no encuentra sentido a su vida. Es como si el Dios que tanto le diera antes, ahora se hubiera retirado de su vida y no se acordara ya más de él. La tristeza y el dolor son su pan noche y día, vive como desterrado de Dios y tiene que cumplir un servicio al que no le encuentra sentido alguno. ¿Para qué seguir viviendo en estas circunstancias? Esta experiencia del sinsentido de la vida podemos padecerla más de una vez cualquiera de nosotros. Es la pérdida de ese sentido y esa esperanza vital, tan necesaria para seguir viviendo y luchando contra las dificultades y el cansancio de cada día. Job, como sabemos, a pesar de tanta dificultad y dolor, no perdió nunca la esperanza en Dios. La angustia y el dolor no rompieron nunca del todo su esperanza y su paciencia; por eso seguimos aún hoy hablando de la paciencia del santo Job. En medio de nuestras tristezas y desesperanzas, no perdamos nunca nosotros la paciencia y la verdadera y definitiva esperanza en Dios.

3.- Hago todo esto por el evangelio.

San Pablo les dice a los fieles de Corinto que él les predica el evangelio de Jesús por mandato del mismo Jesús. No lo hace por gusto o capricho personal, sino porque “le han encargado este oficio” y ¡ay de él si no evangelizara! Eso sí, lo hace a gusto y de balde, “haciéndose esclavo de todos para ganar a los más posibles”. Buen ejemplo este de San Pablo para catequistas y predicadores del evangelio: predicar el evangelio de Jesús de balde, por puro amor a los demás y por fidelidad a nuestro compromiso cristiano.

4.- Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Nuestro Señor es un Dios sanador y restaurador, sana nuestros corazones destrozados y venda nuestras heridas. A cada uno de nosotros Dios nos conoce y nos llama por nuestro nombre, nos sostiene y nos levanta. Alabemos con humildad y entusiasmo a este Dios que nos sana y nos salva.

















Fuentes:
Iluminación Divina
Santoral Católico
José María Vegas
José A. Pagola
Ángel Corbalán