domingo, 16 de septiembre de 2018

«Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame» (Evangelio Dominical)





Hoy día nos encontramos con situaciones similares a la descrita en este pasaje evangélico. Si, ahora mismo, Dios nos preguntara «¿quién dicen los hombres que soy yo?» (Mc 8,27), tendríamos que informarle acerca de todo tipo de respuestas, incluso pintorescas. Bastaría con echar una ojeada a lo que se ventila y airea en los más variados medios de comunicación. Sólo que… ya han pasado más de veinte siglos de “tiempo de la Iglesia”. Después de tantos años, nos dolemos y —con santa Faustina— nos quejamos ante Jesús: «¿Por qué es tan pequeño el número de los que Te conocen?».

Jesús, en aquella ocasión de la confesión de fe hecha por Simón Pedro, «les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él» (Mc 8,30). Su condición mesiánica debía ser transmitida al pueblo judío con una pedagogía progresiva. Más tarde llegaría el momento cumbre en que Jesucristo declararía —de una vez para siempre— que Él era el Mesías: «Yo soy» (Lc 22,70). Desde entonces, ya no hay excusa para no declararle ni reconocerle como el Hijo de Dios venido al mundo por nuestra salvación. Más aun: todos los bautizados tenemos ese gozoso deber “sacerdotal” de predicar el Evangelio por todo el mundo y a toda criatura (cf. Mc 16,15). Esta llamada a la predicación de la Buena Nueva es tanto más urgente si tenemos en cuenta que acerca de Él se siguen profiriendo todo tipo de opiniones equivocadas, incluso blasfemas.



Pero el anuncio de su mesianidad y del advenimiento de su Reino pasa por la Cruz. En efecto, Jesucristo «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho» (Mc 8,31), y el Catecismo nos recuerda que «la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (n. 769). He aquí, pues, el camino para seguir a Cristo y darlo a conocer: «Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame» (Mc 8,34).





Lectura del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):




En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Palabra del Señor






COMENTARIO.




Las Liturgia de hoy nos lleva una vez más a meditar sobre la paradoja de la cruz y del sufrimiento humano.  El misterio del dolor humano es ¡tan difícil! de aceptar, mucho menos comprender ... Las lecturas de hoy, sin embargo, pueden ayudarnos a entenderlo un poco más.

La Primera Lectura (Is. 50, 5-9) nos presenta el anuncio que, siglos antes, hace el Profeta Isaías de los sufrimientos de Cristo, descripciones tan reales que parece como si el Profeta hubiera estado presente en el momento mismo que se sucedieron estos acontecimientos.

Importante observar la actitud de Jesús ante las torturas inflingidas a El:  aceptación del dolor con mansedumbre y abandono confiado en la voluntad del Padre: “Yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás.  Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba.  No aparté mi rostro de los insultos y salivazos”.

El abandono confiado en Dios Padre se nota en esta frase: “Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”.   La confianza plena en el Padre le hace sentir cierto alivio y le asegura el triunfo final, que se dará en el momento de la resurrección, cumpliéndose el objetivo de su sufrimiento:  la salvación de la humanidad.




Es fácil, entonces, sacar conclusiones aplicables para los momentos de sufrimiento propio:   mansedumbre ante el dolor, entrega confiadísima a Dios, con la seguridad del alivio y del triunfo final.

Además, tener siempre en cuenta el objetivo del sufrimiento:  la salvación propia y de los demás.  Como bien dice San Pablo: “completo en mi cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col. 1, 24).   Y es así:  nuestros sufrimientos bien aceptados, en imitación a Jesús sufriente y crucificado -y, por lo tanto, unidos al sufrimiento de Cristo-  los utiliza la providencia divina para la salvación de la humanidad.

El Evangelio (Mc. 8, 27-35) recoge uno de los pasajes más impactantes de Jesús con los Apóstoles.  Iban de camino en una de sus largas correrías, cuando Jesús decide preguntarles quién dice la gente que es El.

Las respuestas sobre lo que dice la gente son evidentemente equivocadas.  Pero al precisarlos un poco más, preguntándoles quién creen ellos que es, la respuesta del impetuoso Pedro no se hace esperar: “Tú eres el Mesías”.  Es decir, ellos sabían que era el esperado por el pueblo de Israel para salvarlo, y Pedro lo confiesa así.




El problema estaba en el concepto que tenía el pueblo de Israel del Mesías.   Y los apóstoles, a pesar de andar con Jesús, también querían un Mesías libertador y vencedor desde el punto de vista temporal.  ¿Para qué?  Para que los librara del dominio romano y estableciera un reino terrenal, mediante el triunfo y el poder.

Pareciera como si los Apóstoles, y junto con ellos el pueblo judío, no hubieran puesto mucha atención a las clarísimas profecías de Isaías sobre el Mesías, como el Siervo sufriente de Yahvé.

Por eso Jesús tiene que corregirlos de inmediato.  Cuando Pedro, pensando tal vez en ese Mesías triunfador, llama a Jesús aparte para tratar de disuadirlo de lo que acababa de anunciarles como un hecho, la respuesta del Señor resulta ¡impresionante!

Nos cuenta el Evangelio que enseguida que Pedro lo reconoce como el Mesías, Jesús “se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día”.






El Evangelista agrega: “Todo esto lo dijo con entera claridad”.   Y lo dice para que nos demos cuenta de que Jesús sí les anunció todo lo que iba a sucederle, inclusive les anunció su resurrección.

Pero ellos, obnubilados por el rechazo al patético anuncio de la pasión y muerte, no entendieron bien, ni tampoco pudieron acordarse de estas palabras tan importantes cuando se sucedieron todos los acontecimientos que el Señor les había anunciado muy claramente.

La corrección que hizo el Señor de la idea equivocada del Mesías triunfador temporal, fue especialmente severa para con Pedro, pero fue para todos los discípulos, pues nos dice el texto que “Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, reprendió a Pedro”.   Le dijo sin ninguna suavidad: “¡Apártate de mí, Satanás!  Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.  ¡Llamó a Pedro “Satanás”!

Ahora bien, tan tremenda respuesta tiene que tener algún motivo serio.  San Pedro estaba siendo tentado por el Demonio y a éste Jesús le responde igual que cuando en el desierto quiso también tentarlo con el poder temporal.


Por la severa respuesta de Jesús, resulta evidente que, para sus seguidores, rechazar el sufrimiento no es una opción.  Todo intento de rechazo de la cruz y del sufrimiento, todo intento de buscarnos un cristianismo sin cruz y sufrimiento, es una tentación y, como vemos, no va de acuerdo con lo que Jesús continúa diciéndonos en este pasaje evangélico.





Dice el texto que, luego de reprender a Pedro, se dirigió entonces a la multitud y también a los discípulos, para explicar un poco más el sentido del sufrimiento:  el suyo y el nuestro.

El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”.   Más claro no podía ser:  el cristianismo implica renuncia y sufrimiento.

Seguir a Cristo es seguirlo también en la cruz, en la cruz de cada día.  Y para ahondar un poco más en el asunto, agrega una explicación adicional: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Pero ... ¿qué significa eso querer salvar nuestra vida?  Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo.  Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc.   Y a veces, inclusive, a lo que consideramos lícito y hasta un derecho.

Si pretendemos salvar todo esto, lo vamos a perder todo.  Y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”.   Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final:  la resurrección y la Vida Eterna.





En la Segunda Lectura (St. 2, 14-18) el Apóstol Santiago nos habla de que la fe sin obras es cosa muerta.  Relacionando esto con el sentido del sufrimiento humano, podríamos decir que, si el cristiano no testimonia su fe en Cristo, aceptando llevar con El su cruz, esa fe es vana.

Sin embargo, más allá de esta aplicación de la carta de Santiago al sufrimiento humano, cabe aquí destacar lo trascendente y doloroso que ha sido este tema de la fe y las obras en la vida de la Iglesia.  En efecto, este tema ha sido un tema muy conflictivo, a partir de la Reforma Protestante, iniciada por Lutero.

Pero esta diferencia de tanto tiempo entre Católicos y Luteranos quedó saldada en Noviembre de 1999, con la firma de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación.  También la han firmado los Metodistas en 2006.  De este documento copiamos a continuación algunos párrafos que resultan muy esclarecedores y útiles para la vida espiritual:

“En la fe juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino ...  Junto confesamos: ‘Sólo en la gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras’ (#15).





 “Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios ... y es incapaz de volverse hacia El en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios.  La justificación es obra de la sola gracia de Dios.  Puesto que Católicos y Luteranos lo confesamos, es válido decir que: (#19)   

         
“Cuando los Católicos afirman que el ser humano ‘coopera’, aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana. (#20)

         
          “Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo ... Dicha fe es activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras (#25)

“Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella.  Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto.  Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir.  Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor. (#37)




“Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se profundice la comunión en Cristo.  Cuando los Católicos afirman el carácter ‘meritorio’ de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el Cielo.  Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto a don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humano por sus actos. (#38)

“Los Luteranos ... consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios ‘méritos’, también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una ‘recompensa’ inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente” (#39)













Fuentes:
Sagradas Escrituras.
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 9 de septiembre de 2018

«Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él» (Evangelio Dominical)






Hoy, la liturgia nos lleva a la contemplación de la curación de un hombre «sordo que, además, hablaba con dificultad» (Mc 7,32). Como en muchas otras ocasiones (el ciego de Betsaida, el ciego de Jerusalén, etc.), el Señor acompaña el milagro con una serie de gestos externos. Los Padres de la Iglesia ven resaltada en este hecho la participación mediadora de la Humanidad de Cristo en sus milagros. Una mediación que se realiza en una doble dirección: por un lado, el “abajamiento” y la cercanía del Verbo encarnado hacia nosotros (el toque de sus dedos, la profundidad de su mirada, su voz dulce y próxima); por otro lado, el intento de despertar en el hombre la confianza, la fe y la conversión del corazón.


En efecto, las curaciones de los enfermos que Jesús realiza van mucho más allá que el mero paliar el dolor o devolver la salud. Se dirigen a conseguir en los que Él ama la ruptura con la ceguera, la sordera o la inmovilidad anquilosada del espíritu. Y, en último término, una verdadera comunión de fe y de amor.






Al mismo tiempo vemos cómo la reacción agradecida de los receptores del don divino es la de proclamar la misericordia de Dios: «Cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban» (Mc 7,36). Dan testimonio del don divino, experimentan con hondura su misericordia y se llenan de una profunda y genuina gratitud.

También para todos nosotros es de una importancia decisiva el sabernos y sentirnos amados por Dios, la certeza de ser objeto de su misericordia infinita. Éste es el gran motor de la generosidad y el amor que Él nos pide. Muchos son los caminos por los que este descubrimiento ha de realizarse en nosotros. A veces será la experiencia intensa y repentina del milagro y, más frecuentemente, el paulatino descubrimiento de que toda nuestra vida es un milagro de amor. En todo caso, es preciso que se den las condiciones de la conciencia de nuestra indigencia, una verdadera humildad y la capacidad de escuchar reflexivamente la voz de Dios.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37):






En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor





COMENTARIO.





El Evangelio de hoy nos trae un milagro de curación en que Jesús dice:  Effetá:  ábrete.  Y al pronunciar Jesús esta palabra y al tocar la lengua de un sordo y tartamudo, éste quedó totalmente curado de esa doble limitación.  Y los presentes exclamaban: “¡Qué bien lo hace todo!  Hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc. 7, 31-37).

Los milagros son signos exteriores de cosas más profundas que Dios realiza en cada persona.  Son signos de la conversión, del perdón del pecado, de la gracia divina que actúa, de la vida nueva que Cristo comunica.

Este milagro en particular ha sido un símbolo especial en la Iglesia desde los primeros siglos.  La Iglesia lo ha tomado como referido a lo que sucede en el Bautismo.

Los que hayan ido a un Bautizo, podrán haberse dado cuenta de que hay un momento en la ceremonia cuando el Celebrante hace mención a este milagro.  Así le reza al bautizado: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe”.






 En efecto, el Bautismo nos ha liberado de la sordera para escuchar la voz de Dios y de la traba en la lengua para proclamar nuestra fe en El.  Pero el Demonio, que no ceja en tratar de llevarnos a su bando y a la condenación eterna, puede poner nuevas sorderas y nuevas trabas.

Sin embargo, después de Cristo y después del Bautismo ya hemos sido redimidos, rescatados, y tenemos todos los medios necesarios para poder escuchar la voz de Dios y para proclamar nuestra fe en El.

Todos los obstáculos y trabas del Demonio quedan bajo control, siempre y cuando aprovechemos las gracias que Dios nos comunica en todo momento.

Y ¿en qué consiste la sordera espiritual?  En no poder escuchar a Dios.  El ruido del mundo puede opacar y hasta tapar la voz de Dios.  El mundo puede aturdirnos.  Las insinuaciones del Demonio tratan de que captemos la voz de Dios como no importante, hasta tonta, contraria a “nuestras” ideas, etc.

Más aún:  el Demonio nos hace creer que la voz de Dios es contraria a nuestros pretendidos “derechos”.





 Y, si nuestros “derechos” nos vienen de Dios … ¿cómo creer que lo que El nos proporciona como su Ley, o nos presenta como su Voluntad, va a estar en contra nuestra?

Como siempre, el Demonio pretende engañar y –de hecho- engaña a los que se quieren dejar engañar, porque prefieren las nefastas y malignas sugerencias del Maligno, que la suave y respetuosa voz de Dios.

Volviendo a la sordera:  las enfermedades físicas pueden ser un gran peso, sobre todo si no se llevan con entrega a la voluntad de Dios.  Pero, con todo el peso que éstas pueden causar, las otras, las espirituales, son mucho más dañinas y peligrosas.

Un ciego espiritual es aquél que no puede ver los caminos de Dios.
Un cojo espiritual es aquél que no puede andar por los caminos de  Dios.

Un sordo espiritual es aquél que no puede oír la voz de Dios.

Un mudo espiritual es aquél que no puede proclamar su fe en Dios.

Estos enfermos espirituales están en una situación mucho más grave que los que tienen impedimentos físicos de la vista, el oído o la lengua.  Porque un ciego que no puede ver el mundo físico que lo rodea, podría -si está abierto a Dios- ver en su corazón el camino que El le señala.  Y un sordo que no pueda oír a nadie, podría oír a Dios en su corazón.

Ya en el Antiguo Testamento habían sido anunciados los milagros de curaciones físicas y espirituales que el Mesías realizaría.  Sobre todo, el profeta Isaías los anunció como si los hubiera visto (Is. 35, 4-7), pasaje que nos trae la Primera Lectura de hoy.

Jesús hace mención a este pasaje de Isaías cuando San Juan Bautista manda a preguntarle si era el Mesías esperado.  Así responde el Señor a su primo, el Precursor:

“Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído:   los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan sanos, los muertos resucitan, y la Buena Nueva llega a los pobres” (Mt. 11, 4-5 y Lc. 7, 22-23).   Y Juan Bautista entendió clarito lo que Jesús le mandó a decir.





 Y, además de las curaciones, Jesús hace saber a Juan que la Buena Nueva ha llegado a los pobres.  ¿Por qué a los pobres?  ¿A quiénes se refiere Cristo?   ¿Quiénes son los “pobres” que reciben la Buena Nueva que Cristo nos vino a traer?

Es muy importante notar que en la pobreza también distinguimos la material y la espiritual.  En cuanto a la pobreza material, Dios no hace distinciones y exige que nosotros tampoco las hagamos, como bien instruye el Apóstol Santiago (St. 2, 1-5).

Y si alguna preferencia tiene el Señor es por los pobres, pero sobre todo por los que son pobres espirituales.

La pobreza material puede ir acompañada o no de la pobreza espiritual.  La pobreza material por sí misma no santifica.  La pobreza espiritual, sí.  La material hay que remediarla.  La espiritual hay que promoverla.

La espiritual consiste en sabernos necesitados de Dios, en sabernos débiles si no tenemos la fuerza de Dios, en reconocernos incapaces de nada si Dios no nos capacita, en saber poner nuestra esperanza sólo en Dios.

Desde el Antiguo Testamento se habla de esta pobreza espiritual:

Is. 66, 6: “fijo realmente mis ojos en el pobre y en el corazón arrepentido, que se estremece por mi Palabra”.

Is. 61, 1: “Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres”.

Sof. 2, 3: “Busquen a Yavé, todos ustedes pobres del país que cumplen sus mandatos”.

Sof. 3, 12: “Dejaré un pueblo humilde y pobre, que buscará refugio sólo en el Nombre de Yavé”.

Tener pobreza espiritual es saber que es Dios Quien hace maravillas en nosotros, como bien lo proclamó la Santísima Virgen María en el Magnificat: “el Poderoso ha hecho maravillas en mí” (Lc. 1, 46-55).





Esa promesa se cumplirá en aquéllos que seamos pobres espirituales, quienes -como María- nos demos cuenta que no somos nosotros, sino que es Dios el que hace maravillas en quienes Lo reconocemos a El como el Todopoderoso.

“¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?”, nos dice el Apóstol Santiago.  Y una de las condiciones para heredar su Reino es el hacernos pobres espirituales.















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org