Mostrando entradas con la etiqueta Jesucristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesucristo. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de abril de 2021

Hoy es Jueves Santo. Tiempo de reflexión !!




«Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros»


Hoy la Iglesia Universal celebra el Jueves Santo en la Semana Santa que es la fiesta más importante del año litúrgico. El Triduo Pascual sigue al tiempo de Cuaresma y se prolonga en la alegría de los cincuenta días del Tiempo Pascual.

En el Jueves Santo se actualiza la Última Cena, el Lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, y la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

Es en este día que los presbíteros participan junto a su Obispo en las Catedrales de cada diócesis en la Misa Crismal, donde se bendice los santos óleos que serán utilizados en la celebración del sacramento del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos.

Este día por la noche y el viernes por la mañana, los fieles también realizan la tradicional visita a las siete iglesias.


Significado de la celebración



El Jueves Santo se celebra:


La Última Cena,

El Lavatorio de los pies,

La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio

la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

En la mañana de este día, en todas las catedrales de cada diócesis, el obispo reúne a los sacerdotes en torno al altar y, en una Misa solemne, se consagran los Santos Óleos que se usan en los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.

     a)  Lecturas bíblicas:

Libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14; Primera carta del apóstol San Pablo a los corintios 11, 23-26; Evangelio según San Juan 13, 1-15.

b) La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, para guiarnos en el camino de la salvación.
Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.

b)    El lavatorio de los pies




Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.

c)    La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.:

Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.


Los monumentos y la visita de las siete iglesias

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.

La cena de pascua en tiempos de Jesús



Hace miles de años, los judíos vivían en la tierra de Canaán, pero sobrevino una gran carestía y tuvieron que mudarse a vivir a Egipto, donde el faraón les regaló unas tierras fértiles donde pudieran vivir, gracias a la influencia de un judío llamado José, conocido como El soñador.

Después de muchos años, los israelitas se multiplicaron muchísimo en Egipto y el faraón tuvo miedo de que se rebelaran contra su reino. Ordenó matar a todos los niños varones israelitas, ahogándolos en el río Nilo. Moisés logró sobrevivir a esa matanza, pues su madre lo puso en una canasta en el río y fue recogido por la hija del faraón.
El faraón convirtió en esclavos a los israelitas, encomendándoles los trabajos más pesados.

Dios eligió a Moisés para que liberara a su pueblo de la esclavitud. Como el faraón no accedía a liberarlos, Dios mandó caer diez plagas sobre Egipto.

La última de esas plagas fue la muerte de todos los primogénitos del reino.
Para que la plaga no cayera sobre los israelitas, Dios ordenó a Moisés que cada uno de ellos marcara la puerta de su casa con la sangre de un cordero y le dio instrucciones específicas para ello: En la cena, cada familia debía comerse entero a un cordero asado sin romperle los huesos. No debían dejar nada porque al día siguiente ya no estarían ahí. Para acompañar al cordero debían comerlo con pan ázimo y hierbas amargas. La hierbas amargas ayudarían a que tuvieran menos sed, ya que tendrían que caminar mucho en el desierto. El pan al no tener levadura no se haría duro y lo podían llevar para comer en el camino. Les mandó comer de pie y vestidos de viaje, con todas sus cosas listas, ya que tenían que estar preparados para salir cuando les avisaran.

Al día siguiente, el primogénito del faraón y de cada uno de los egipcios amaneció muerto. Esto hizo que el faraón accediera a dejar a los israelitas en libertad y éstos salieron a toda prisa de Egipto. El faraón pronto se arrepintió de haberlos dejado ir y envió a todo su ejército para traerlos de nuevo. Dios ayudó a su pueblo abriendo las aguas del mar Rojo para que pasaran y las cerró en el momento en que el ejército del faraón intentó pasar.

Desde ese día los judíos empezaron a celebrar la pascua en la primera luna llena de primavera, que fue cuando Dios los ayudó a liberarse de la esclavitud en Egipto.
Pascua quiere decir “paso”, es decir, el paso de la esclavitud a la libertad. El paso de Dios por sus vidas.





Los judíos celebran la pascua con una cena muy parecida a la que tuvieron sus antepasados en la última noche que pasaron en Egipto.

Las fiesta de la pascua se llamaba “Pesaj” y se celebraba en recuerdo de la liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto. Esto lo hacían al llegar la primavera, del 15 al 21 del mes hebreo de Nisán, en la luna llena.

Los elementos que se utilizaban en la cena eran los siguientes:

El Cordero: Al salir de Egipto, los judíos sacrificaron un cordero y con su sangre marcaron los dinteles de sus puertas.


Karpas: Es una hierba que se baña en agua salada y que recuerda las miserias de los judíos en Egipto.


Naror: Es una hierba amarga que simboliza los sufrimientos de los hebreos durante la esclavitud en Egipto. Comían naror para recordar que los egipcios amargaron la vida sus antepasados convirtiéndolos en esclavos.


Jarose: Es una mezcla de manzana, nuez, miel, vino y canela que simboliza la mezcla de arcilla que usaron los hebreos en Egipto para las construcciones del faraón.


Matzá: Es un pan sin levadura que simboliza el pan que sacaron los hebreos de Egipto que no alcanzó a fermentar por falta de tiempo.


Agua salada: Simboliza el camino por el Mar Rojo.


Cuatro copas de vino: Simbolizan cuatro expresiones Bíblicas de la liberación de Israel.


Siete velas: Alumbran dan luz. Esta simbolizan la venida del Mesías, luz del mundo.


La cena constaba de ocho partes:

1. Encendido de las luces de la fiesta: El que presidía la celebración encendía las velas, todos permanecían de pie y hacían una oración.

2. La bendición de la fiesta (Kiddush): Se sentaban todos a la mesa. Delante del que presidía la cena, había una gran copa o vasija de vino.
Frente a los demás miembros de la familia había un plato pequeño de agua salada y un plato con matzás, rábano o alguna otra hierba amarga, jaroses y alguna hierba verde.


Se servía la primera copa de vino, la copa de acción de gracias, y les daban a todos los miembros de la familia. Todos bebían la primera copa de vino. Después el sirviente presentaba una vasija, jarra y servilleta al que presidía la celebración, para que se lavara sus manos mientras decía la oración. Se comían la hierba verde, el sirviente llevaba un plato con tres matzás grandes, cada una envuelta en una servilleta. El que presidía la ceremonia desenvolvía la pieza superior y la levantaba en el plato.

3. La historia de la salida de Egipto (Hagadah) Se servían la segunda copa de vino, la copa de Hagadah. Alguien de la familia leía la salida de Egipto del libro del Éxodo, capítulo 12. El sirviente traía el cordero pascual que debía ser macho y sin mancha y se asaba en un asador en forma de cruz y no se le podía romper ningún hueso. Se colocaba delante del que presidía la celebración les preguntaba por el significado de la fiesta de Pesaj. Ellos respondían que era el cordero pascual que nuestros padres sacrificaron al Señor en memoria de la noche en que Yahvé pasó de largo por las casas de nuestros padres en Egipto. Luego tomaba la pieza superior del pan ázimo y lo sostenía en alto. Luego levantaba la hierba amarga.



4.Oración de acción de gracias por la salida de Egipto: El que presidía la ceremonia levantaba su copa y hacía una oración de gracias. Colocaba la copa de vino en su lugar. Todos se ponían de pie y recitaban el salmo 113.

5. La solemne bendición de la comida: Todos se sentaban y se bendecía el pan ázimo y las hierbas amargas. Tomaba primero el pan y lo bendecía. Después rompía la matzá superior en pequeñas porciones y distribuía un trozo a cada uno de los presentes. Ellos lo sostenían en sus manos y decían una oración. Cada persona ponía una porción de hierba amarga y algo de jaroses entre dos trozos de matzá y decían juntos una pequeña oración.

6. La cena pascual: Se llevaba a cabo la cena.



7. Bebida de la tercera copa de vino: la copa de la bendición.- Cuando se terminaban la cena, el que presidía tomaba la mitad grande de la matzá en medio del plato, la partía y la distribuía a todos los ahí reunidos. Todos sostenían la porción de matzá en sus manos mientras el que presidía decía una oración y luego se lo comían. Se les servía la tercera copa de vino, “la copa de la bendición”. Todos se ponían de pie y tomaban la copa de la bendición.

8. Bendición final: Se llenaban las copas por cuarta vez. Esta cuarta copa era la “Copa de Melquisedec”. Todos levantaban sus copas y decían una oración de alabanza a Dios. Se las tomaban y el que presidía la ceremonia concluía la celebración con la antigua bendición del Libro de los Números (6, 24-26).

Día de la Caridad:

En México, los obispos, han establecido que el Jueves Santo sea el día de la caridad. El objetivo de esto no es llevar a cabo una colecta para los pobres, sino mas bien el impulso de seguir el ejemplo de Jesús que compartió todo su ser.

















Fuentes:
Aci prensa
Sagradas Escrituras

domingo, 9 de septiembre de 2018

«Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él» (Evangelio Dominical)






Hoy, la liturgia nos lleva a la contemplación de la curación de un hombre «sordo que, además, hablaba con dificultad» (Mc 7,32). Como en muchas otras ocasiones (el ciego de Betsaida, el ciego de Jerusalén, etc.), el Señor acompaña el milagro con una serie de gestos externos. Los Padres de la Iglesia ven resaltada en este hecho la participación mediadora de la Humanidad de Cristo en sus milagros. Una mediación que se realiza en una doble dirección: por un lado, el “abajamiento” y la cercanía del Verbo encarnado hacia nosotros (el toque de sus dedos, la profundidad de su mirada, su voz dulce y próxima); por otro lado, el intento de despertar en el hombre la confianza, la fe y la conversión del corazón.


En efecto, las curaciones de los enfermos que Jesús realiza van mucho más allá que el mero paliar el dolor o devolver la salud. Se dirigen a conseguir en los que Él ama la ruptura con la ceguera, la sordera o la inmovilidad anquilosada del espíritu. Y, en último término, una verdadera comunión de fe y de amor.






Al mismo tiempo vemos cómo la reacción agradecida de los receptores del don divino es la de proclamar la misericordia de Dios: «Cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban» (Mc 7,36). Dan testimonio del don divino, experimentan con hondura su misericordia y se llenan de una profunda y genuina gratitud.

También para todos nosotros es de una importancia decisiva el sabernos y sentirnos amados por Dios, la certeza de ser objeto de su misericordia infinita. Éste es el gran motor de la generosidad y el amor que Él nos pide. Muchos son los caminos por los que este descubrimiento ha de realizarse en nosotros. A veces será la experiencia intensa y repentina del milagro y, más frecuentemente, el paulatino descubrimiento de que toda nuestra vida es un milagro de amor. En todo caso, es preciso que se den las condiciones de la conciencia de nuestra indigencia, una verdadera humildad y la capacidad de escuchar reflexivamente la voz de Dios.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37):






En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor





COMENTARIO.





El Evangelio de hoy nos trae un milagro de curación en que Jesús dice:  Effetá:  ábrete.  Y al pronunciar Jesús esta palabra y al tocar la lengua de un sordo y tartamudo, éste quedó totalmente curado de esa doble limitación.  Y los presentes exclamaban: “¡Qué bien lo hace todo!  Hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc. 7, 31-37).

Los milagros son signos exteriores de cosas más profundas que Dios realiza en cada persona.  Son signos de la conversión, del perdón del pecado, de la gracia divina que actúa, de la vida nueva que Cristo comunica.

Este milagro en particular ha sido un símbolo especial en la Iglesia desde los primeros siglos.  La Iglesia lo ha tomado como referido a lo que sucede en el Bautismo.

Los que hayan ido a un Bautizo, podrán haberse dado cuenta de que hay un momento en la ceremonia cuando el Celebrante hace mención a este milagro.  Así le reza al bautizado: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe”.






 En efecto, el Bautismo nos ha liberado de la sordera para escuchar la voz de Dios y de la traba en la lengua para proclamar nuestra fe en El.  Pero el Demonio, que no ceja en tratar de llevarnos a su bando y a la condenación eterna, puede poner nuevas sorderas y nuevas trabas.

Sin embargo, después de Cristo y después del Bautismo ya hemos sido redimidos, rescatados, y tenemos todos los medios necesarios para poder escuchar la voz de Dios y para proclamar nuestra fe en El.

Todos los obstáculos y trabas del Demonio quedan bajo control, siempre y cuando aprovechemos las gracias que Dios nos comunica en todo momento.

Y ¿en qué consiste la sordera espiritual?  En no poder escuchar a Dios.  El ruido del mundo puede opacar y hasta tapar la voz de Dios.  El mundo puede aturdirnos.  Las insinuaciones del Demonio tratan de que captemos la voz de Dios como no importante, hasta tonta, contraria a “nuestras” ideas, etc.

Más aún:  el Demonio nos hace creer que la voz de Dios es contraria a nuestros pretendidos “derechos”.





 Y, si nuestros “derechos” nos vienen de Dios … ¿cómo creer que lo que El nos proporciona como su Ley, o nos presenta como su Voluntad, va a estar en contra nuestra?

Como siempre, el Demonio pretende engañar y –de hecho- engaña a los que se quieren dejar engañar, porque prefieren las nefastas y malignas sugerencias del Maligno, que la suave y respetuosa voz de Dios.

Volviendo a la sordera:  las enfermedades físicas pueden ser un gran peso, sobre todo si no se llevan con entrega a la voluntad de Dios.  Pero, con todo el peso que éstas pueden causar, las otras, las espirituales, son mucho más dañinas y peligrosas.

Un ciego espiritual es aquél que no puede ver los caminos de Dios.
Un cojo espiritual es aquél que no puede andar por los caminos de  Dios.

Un sordo espiritual es aquél que no puede oír la voz de Dios.

Un mudo espiritual es aquél que no puede proclamar su fe en Dios.

Estos enfermos espirituales están en una situación mucho más grave que los que tienen impedimentos físicos de la vista, el oído o la lengua.  Porque un ciego que no puede ver el mundo físico que lo rodea, podría -si está abierto a Dios- ver en su corazón el camino que El le señala.  Y un sordo que no pueda oír a nadie, podría oír a Dios en su corazón.

Ya en el Antiguo Testamento habían sido anunciados los milagros de curaciones físicas y espirituales que el Mesías realizaría.  Sobre todo, el profeta Isaías los anunció como si los hubiera visto (Is. 35, 4-7), pasaje que nos trae la Primera Lectura de hoy.

Jesús hace mención a este pasaje de Isaías cuando San Juan Bautista manda a preguntarle si era el Mesías esperado.  Así responde el Señor a su primo, el Precursor:

“Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído:   los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan sanos, los muertos resucitan, y la Buena Nueva llega a los pobres” (Mt. 11, 4-5 y Lc. 7, 22-23).   Y Juan Bautista entendió clarito lo que Jesús le mandó a decir.





 Y, además de las curaciones, Jesús hace saber a Juan que la Buena Nueva ha llegado a los pobres.  ¿Por qué a los pobres?  ¿A quiénes se refiere Cristo?   ¿Quiénes son los “pobres” que reciben la Buena Nueva que Cristo nos vino a traer?

Es muy importante notar que en la pobreza también distinguimos la material y la espiritual.  En cuanto a la pobreza material, Dios no hace distinciones y exige que nosotros tampoco las hagamos, como bien instruye el Apóstol Santiago (St. 2, 1-5).

Y si alguna preferencia tiene el Señor es por los pobres, pero sobre todo por los que son pobres espirituales.

La pobreza material puede ir acompañada o no de la pobreza espiritual.  La pobreza material por sí misma no santifica.  La pobreza espiritual, sí.  La material hay que remediarla.  La espiritual hay que promoverla.

La espiritual consiste en sabernos necesitados de Dios, en sabernos débiles si no tenemos la fuerza de Dios, en reconocernos incapaces de nada si Dios no nos capacita, en saber poner nuestra esperanza sólo en Dios.

Desde el Antiguo Testamento se habla de esta pobreza espiritual:

Is. 66, 6: “fijo realmente mis ojos en el pobre y en el corazón arrepentido, que se estremece por mi Palabra”.

Is. 61, 1: “Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres”.

Sof. 2, 3: “Busquen a Yavé, todos ustedes pobres del país que cumplen sus mandatos”.

Sof. 3, 12: “Dejaré un pueblo humilde y pobre, que buscará refugio sólo en el Nombre de Yavé”.

Tener pobreza espiritual es saber que es Dios Quien hace maravillas en nosotros, como bien lo proclamó la Santísima Virgen María en el Magnificat: “el Poderoso ha hecho maravillas en mí” (Lc. 1, 46-55).





Esa promesa se cumplirá en aquéllos que seamos pobres espirituales, quienes -como María- nos demos cuenta que no somos nosotros, sino que es Dios el que hace maravillas en quienes Lo reconocemos a El como el Todopoderoso.

“¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?”, nos dice el Apóstol Santiago.  Y una de las condiciones para heredar su Reino es el hacernos pobres espirituales.















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org

domingo, 26 de agosto de 2018

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Evangelio Dominical)






Hoy, el Evangelio nos sitúa en Cafarnaúm, donde Jesús es seguido por muchos por haber visto sus milagros, en especial por la multiplicación espectacular de los panes. Socialmente, Jesús allí tiene el riesgo de morir de éxito, como se dice frecuentemente; incluso lo quieren nombrar rey. Es un momento clave dentro de la catequesis de Jesús. Es el momento en el que comienza a exponer con toda claridad la dimensión sobrenatural de su mensaje. Y, como que Jesús es tan buen catequista, sacerdote perfecto, el mejor obispo y papa, les deja marchar, siente pena, pero Él es fiel a su mensaje, el éxito popular no lo ciega.

Decía un gran sacerdote que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han caído personas que parecían columnas imprescindibles: «Se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66). Tú y yo podemos caer, “pasar”, marchar, criticar, “ir a la nuestra”. Con humildad y confianza digámosle al buen Jesús que queremos serle fieles hoy, mañana y todos los días; que nos haga ver el poco sentido evangélico que tiene discutir las enseñanzas de Dios o de la Iglesia por el hecho de que “no los entiendo”: «Señor, ¿a quién iremos?» (Jn 6,68). Pidamos más sentido sobrenatural. Sólo en Jesús y dentro de su Iglesia encontramos la Palabra de vida eterna: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).




Como Pedro, nosotros sabemos que Jesús nos habla con lenguaje sobrenatural, lenguaje que hay que sintonizar correctamente para entrar en su pleno sentido; en caso contrario sólo oímos ruidos incoherentes y desagradables; hay que afinar la sintonía. Como Pedro, también en nuestra vida de cristianos tenemos momentos en los que hay que renovar y manifestar que estamos en Jesús y que queremos seguir con Él. Pedro amaba a Jesucristo, por eso se quedó; los otros lo querían por el pan, por los “caramelos”, por razones políticas y lo dejan. El secreto de la fidelidad es amar, confiar. Pidamos a la Virgo fidelis que nos ayude hoy y ahora a ser fieles a la Iglesia que tenemos.



Lectura del santo evangelio según san Juan (6,60-69):




En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Palabra del Señor




COMENTARIO




El Evangelio de hoy nos muestra cómo el “pan” del escándalo terminó en abandono de muchos:  algunos seguidores más o menos firmes, y también muchos discípulos de Jesús lo dejaron al escandalizarse porque les daría a comer el “pan” que es su propio cuerpo.

"Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn. 6, 55.60-69).    Nos cuenta el Evangelio que al oír esto muchos discípulos de Jesús pensaron y comentaron que ya eso era “intolerable, inaceptable”.   Y Jesús, lejos de ceder un poco para tratar de impedir la huída de muchos de los suyos, más bien reafirma su mensaje y exige una elección.

Los presentes no lograban entender, mucho menos aceptar, cómo los alimentaría con su propia carne.  Y Jesús da una explicación un tanto difícil de captar: “¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?  El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha”.




¿Qué puede significar esa explicación del Señor?  Eso de comer la carne, que parece cosa muy terrenal, se justifica en el caso del Pan de Vida, porque esa carne es la de Cristo resucitado.  Es decir:  El Señor nos está hablando de una realidad material transformada en una realidad espiritual por el Espíritu.  Y como es el Espíritu el que actúa, por eso da vida, Vida Eterna.

Pero para aprovechar este alimento hay que tener fe. Y, si no tenemos fe en este Pan, nos puede suceder como a Judas. El era uno de los presentes.  Sabemos cómo terminó Judas.  Pero ¿cómo comenzó?

Si nos fijamos bien, este pasaje del Evangelio da a entender que Judas pudo haber comenzado a apartarse de Jesús al escandalizarse también con este Pan.  Dice el Evangelio: “En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían en El y quién lo habría de traicionar”.




Nuestra fe tiene que ser firme y perseverante.  No podemos hacer lo de Judas, que comenzó siguiendo a Jesús y terminó vendiéndolo por unas cuantas monedas de plata.

Puede suceder que inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida y olvidarnos de El.  Esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertas disyuntivas.

Este “Pan” es un pan especialísimo, pues lo comemos, pero quien actúa es Cristo resucitado, no el pan ingerido. Y Cristo actúa asimilándonos a El.  Al recibirlo es El quien nos transforma y nos une a El.  “Nos unimos a El y nos hacemos con El un solo cuerpo y una sola carne” (San Juan Crisóstomo).

Y al recibir ese “Pan” e ir dejándonos santificar por ese “Pan de Vida” Cristo nos llevará a donde El se fue cuando ascendió al Cielo, a donde los Apóstoles que permanecieron fieles, lo vieron subir:  a donde estaba antes.  Justamente, Cristo bajó del Cielo, para rescatarnos a nosotros y llevarnos con El. Y eso será posible si no nos escandalizamos, si creemos en su Palabra, si seguimos su Camino, si -como El-  cumplimos la Voluntad del Padre.




Y seguirlo a El significa optar por El en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente.

Si no, también puede sucedernos como al pueblo de Israel a lo largo de su historia, que se desviaba y optaba por ídolos. (Jos. 24,1-2.15-17.18).  Pero tiene que optar:o escoge la idolatría o se decide por Yahvé; o Dios o los ídolos. Y aunque la decisión inicial estaba tomada a favor de Yahvé, muchos a lo largo del camino se van quedando con los ídolos.  Siempre -es cierto- quedaban algunos fieles, pero muchos se iban quedando fuera.

Es lo mismo que sucede con el nuevo pueblo de Dios, todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy. Inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida.  Esa elección hay que renovarla continuamente, en especial ante las disyuntivas difíciles, o ante otros escándalos.




Por ejemplo: ¿vamos a dejar de seguir a Cristo y de recibir ese Pan de Vida, por el escándalo que hemos conocido de algunos Sacerdotes y hasta de Obispos y Cardenales con relación a su pecaminosa vida sexual?  Hay que recordar que una cosa es Cristo y su Iglesia como institución divina, y otra cosa somos todos los que formamos parte de la Iglesia, sean cardenales, obispos, sacerdotes o laicos.  La verdad y santidad de la Iglesia no depende de sus miembros, sino de Cristo mismo.

Es imposible servir a Dios y también servir a los ídolos modernos:  el dinero, el poder, el placer, las teorías contra la fe, los desacuerdos contra la moral y, en general, todo lo que el mundo nos vende como valioso y hasta necesario.

Esa elección que tenía que hacer el pueblo de Israel y que tuvieron que hacer los seguidores de Jesús en el momento de su discurso sobre el Pan Eucarístico, se nos presenta también a nosotros. Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También ustedes quieren dejarme?”.  Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “¿A dónde iremos, Señor si sólo Tú tienes palabra de Vida Eterna?”.




Creer y vivir el misterio del “Pan de Vida” fue en ese momento el toque de distinción del verdadero seguidor de Cristo.  Y hoy también lo es.

Y Jesús quiere que creamos sin tener pruebas.  En eso consiste la Fe.  Sin embargo, suceden milagros eucarísticos que muestran hostias consagradas, las cuales resultan ser músculo cardíaco.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 22 de julio de 2018

«Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Evangelio Dominical)





Hoy, el Evangelio nos invita a descubrir la importancia de descansar en el Señor. Los Apóstoles regresaban de la misión que Jesús les había dado. Habían expulsado demonios, curado enfermos y predicado el Evangelio. Estaban cansados y Jesús les dice «venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6,31).

Una de las tentaciones a las que puede sucumbir cualquier cristiano es la de querer hacer muchas cosas descuidando el trato con el Señor. El Catecismo recuerda que, a la hora de hacer oración, uno de los peligros más grandes es pensar que hay otras cosas más urgentes y, de esa forma, se acaba descuidando el trato con Dios. Por eso, Jesús, a sus Apóstoles, que han trabajado mucho, que están agotados y eufóricos porque todo les ha ido bien, les dice que tienen que descansar. Y, señala el Evangelio «se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario» (Mc 6,32). Para poder rezar bien se necesitan, al menos dos cosas: la primera es estar con Jesús, porque es la persona con la que vamos a hablar. Asegurarnos de que estamos con Él.




Por eso todo rato de oración empieza, generalmente, y es lo más difícil, con un acto de presencia de Dios. Tomar conciencia de que estamos con Él. Y la segunda es la necesaria soledad. Si queremos hablar con alguien, tener una conversación íntima y profunda, escogemos la soledad.

San Pedro Julián Eymard recomendaba descansar en Jesús después de comulgar. Y advertía del peligro de llenar la acción de gracias con muchas palabras dichas de memoria. Decía, que después de recibir el Cuerpo de Cristo, lo mejor era estar un rato en silencio, para reponer fuerzas y dejando que Jesús nos hable en el silencio de nuestro corazón. A veces, mejor que explicarle a Él nuestros proyectos es conveniente que Jesús nos instruya y anime.




Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34




 En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:
–Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Palabra de Dios.



COMENTARIO.





 Indudablemente que una de las imágenes favoritas de Jesús es la del Buen Pastor, de la cual el Evangelio de este domingo nos da un indicio.  Esta imagen está quizá mejor expresada en el Salmo de hoy (Sal. 22), ese Salmo favorito de todos los cristianos, el Salmo del Buen Pastor. 

Esta semana se nos habla de los Pastores.  Y también de pastores, porque pastor es todo el que tiene a su cargo un rebaño, por más pequeño que sea.  Pastor es el Obispo de una Diócesis, pero también lo son el padre y la madre de familia.  O el maestro en una escuela.  O el jefe de una oficina.  O el gobernante de una nación.

Y a través del Profeta Jeremías (Jer. 23, 1-6)  Dios se muestra muy severo con respecto de los malos pastores,  “Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado.  Yo me encargaré de castigar las malas acciones de ustedes”.  Bien fuerte, ¿no?




Pero Dios no se queda en la censura a los pastores que han descuidado al rebaño, sino que promete El mismo ocuparse de sus ovejas:  “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas ... para que crezcan y se multipliquen ... Ya no temerán, ni se espantarán y ninguna se perderá”.  Sabemos que Dios envió a su propio Hijo para ser ese Dios-Pastor que reuniría a todas las ovejas y las atendería personalmente, defendiéndolas de los peligros y alimentándolas con su Palabra y con su Cuerpo.

“El Señor es mi Pastor, nada me falta”,  cantamos en el Salmo del Buen Pastor.  Y, efectivamente, con Cristo nada nos falta.  Y, aunque pasemos momentos peligrosos y oscuros, nada tememos, porque El va con nosotros y va guiándonos y apaciguándonos con su cayado.

Jesús es el Buen Pastor.  Y ¿cómo cuida de sus ovejas?  El Evangelio está lleno de muchas imágenes del Buen Pastor:  las atiende, las busca si se pierden, las cura si se enferman, las monta en sus hombros para regresarla al redil, se alegra cuando encuentra a la perdida, etc. etc.  (cfr. Mt. 18, 12-14; Lc. 15, 4-7; Jn. 10, 2-16)

Jesús es el Buen Pastor. Y primero cuida del pequeño rebaño escogido por El y más cercano a El.  Estos son los Apóstoles, a quienes hace pastores del gran rebaño, de su Iglesia.  Por eso, para cuidar a sus Apóstoles cuando éstos regresaron de la primera misión que les encomendó, los invita con El “a un lugar solitario, para que descansen un poco” (Mc. 6, 30-34).




Ahora bien, recordemos que todos somos apóstoles, pues Cristo nos ha encargado de llevar la Palabra de Dios a todos los que deseen recibirla.  
Eso es evangelizar.  Y también la Iglesia nos está llamando a evangelizar.

Debemos, entonces, preguntarnos qué nos indica esta atención del Señor para con sus Apóstoles.  ¿Qué significará esa atención para nosotros los evangelizadores de hoy?  Lugares solitarios y de descanso son todos aquellos momentos en que el Señor nos llama a orar, es decir, a estarnos con El a solas para descansar en El y para dejarnos instruir por El.

En efecto, no puede haber verdadero apostolado sin esos momentos de intimidad con Jesús, en los que renovamos no sólo nuestras fuerzas físicas, sino principalmente las espirituales.  No puede haber verdadero apostolado y efectiva evangelización sin esos momentos de silencio en los que profundizamos la Palabra de Dios, para irla internalizando y haciéndola vida en nosotros, de manera de poder comunicarla a los que deseen escuchar.

Jesús es el Buen Pastor.  Como tal, además de cuidar y entrenar a los pastores de sus ovejas, también se ocupa directamente de sus ovejas.  Nos dice el Evangelio que, a pesar de que en este pasaje Jesús trató de irse en una barca a un lugar solitario con sus Apóstoles, la gente los siguió por tierra corriendo y llegaron primero que ellos al sitio.  Y Jesús viendo “una numerosa multitud que lo estaba esperando, se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente”.




Dejémonos enseñar por el Señor, buscando esos momentos de soledad en los que El nos explica su Palabra, para poder entonces comunicarla a los demás.

Jesús es el Buen Pastor.  Y El no sólo cuida de las ovejas cercanas, las que pertenecían al pueblo escogido por Dios desde antiguo, sino que también buscó a las lejanas, a las que no pertenecían al pueblo de Israel, e hizo de todas ovejas suyas, y formó un solo rebaño.

Jesús es el Buen Pastor.  Y, además de unir a sus ovejas en un solo rebaño, también da la vida por ellas.  Y, según nos dice San Pablo (Ef. 2, 13-18)   precisamente formó un solo rebaño muriendo por todas sus ovejas.  “El hizo de los judíos y de los no judíos un solo pueblo;  El destruyó en su propio cuerpo la barrera que los separaba ... y los hizo un solo cuerpo con Dios, por medio de la cruz”. 

El Salmo de hoy es uno de los Salmos favoritos de los cristianos.  Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en más detalles sobre el Buen Pastor  y nosotros, sus ovejas.

Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor.  Por eso, aunque pasemos “por cañadas oscuras”  (aunque pasemos por dificultades) “nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad.  El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponernos nuestras fuerzas”.




Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo del día como una oración muy útil a nuestra vida espiritual la primera frase de este Salmo:  “El Señor es mi Pastor, nada me falta”

El Señor nos quiere enseñar.  El Señor nos quiere hacer descansar.  El Señor nos quiere preparar.  ¿Cómo quiere hacerlo?  En la oración.  En la oración de recogimiento.  En la oración en soledad.  Aprovechemos al Señor en esos momentos, para luego poder comunicar lo recibido a los demás.  Así podremos cuidar el rebaño, cualquier que sea el que nos hayan asignado.

Más sobre  nosotros  como   las  ovejas del Buen Pastor:

Pero cabe preguntarnos:  ¿Por qué se nos compara a los seres humanos con las ovejas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento?

Ciertamente, la oveja era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo.  De hecho, muchos de los hebreos eran pastores.  Pero hemos de suponer que también habría otros animales domésticos con los cuales compararnos, como -por ejemplo-  el perro o  el gato, o algunos animales de carga, como el burro o el camello; también habrían aves de muchas clases ...





Entonces  cabe preguntarnos: ¿por qué se insiste tanto en compararnos con la oveja?  Se ve esto mucho en los Salmos, y en el Evangelio Jesucristo lo hace con comparaciones realmente conmovedoras.

Sin embargo, para muchos el comportamiento de la oveja puede resultarnos prácticamente desconocido.  Puede ser que hayamos podido ver algo sobre esto en alguna película o en la televisión ...

Resulta interesante, entonces, adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil.  Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, es decir, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad.

Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola:  depende totalmente de su pastor.  Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor.

Es tan incapaz, que con sus débiles y poco flexibles patitas, no puede siquiera treparse al pastor y necesita que éste la suba.  No así un perro ... o un gato.





Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola:  necesita que el pastor la rescate.

Otro detalle importante es que la oveja anda en rebaño, no puede andar sola.    De allí la comparación del Señor al sentir compasión por el pueblo que lo buscaba: “andaban como ovejas sin pastor”.

Si llegara a quedarse sola, la oveja no es capaz de defenderse:  es fácil presa del lobo o de otros animales feroces.

Su dependencia del pastor la hace ser muy obediente y muy atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor.  No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo.

El pastor lleva a veces a pastar a sus ovejas guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reúne en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

Entonces ... ¿qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas? ... Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor”?   El Señor nos dice que El es el mejor de los pastores, pues El da la vida -como de hecho la dio- por sus ovejas.  Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz.  Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (cfr. Jn. 10, 1-10).





Nosotros somos -de acuerdo a lo que nos dice la Palabra de Dios- ovejas del Señor.  Quiere decir que somos también frágiles, aunque la mayoría de las veces nos creemos muy fuertes y muy capaces.  Somos, por lo tanto, dependientes del Señor y, tal como las ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos

Sin embargo, engañados, podemos pasarnos gran parte de nuestra vida y aún, toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos.  ¿Cuántas veces no nos sucede esto?
Y nos sucede también que nos enredamos en nuestra vida espiritual.  Y ¿quién puede desenredarnos?  ¿Quién puede sacarnos de la zarza o de la cerca en que estamos atrapados?  Bien lo sabemos:   necesitamos de nuestro Pastor.  Y El nos busca, nos rescata, nos cura, y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil.

De sus 100 ovejas deja a las 99 ovejas seguras en el aprisco y sale a buscar a la perdida.  ¿Cuántas veces no ha hecho esto el Señor con nosotros -con cada uno de nosotros- cada vez que nos escapamos del redil o que nos desviamos del camino. (Lc. 15, 4).

No podemos, tampoco, andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro (1 Pe. 2, 25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho. Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas de su pastor.  Así, como ellas, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor, Jesucristo, el Buen Pastor.

Por otro lado, no debemos obedecer la voz de los ladrones de ovejas. De éstos también nos habla el Señor en el Evangelio.  Son los que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por un lado de la cerca y tratan de engañarnos, simulando ser pastores para llevarse a las ovejas.




Esos falsos pastores son todos los falsos maestros que confunden, pues nos hablan tratando de imitar a nuestro Pastor, con enseñanzas falsas, que parecen verdaderas, para sacarnos del redil, para sacarnos de la Iglesia, para hacernos perder la Fe que nos enseña nuestro Pastor.  Son todos los predicadores de errores y herejías modernas, contenidas en ese amasijo de falsedades que es el New Age o Nueva Era.

Bien nos advierte Jesucristo:  “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir ... Mis ovejas reconocen mi voz ... A un extraño mis ovejas no lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños”.

¡Cuidado con las voces extrañas!  ¡Cuidado con confundirlas con la Voz del Buen Pastor!  Se parecen... pero no son.















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org