
El tema del fin del mundo ha estado siempre de alguna manera presente en la mente de la humanidad. Bastan con poner en cualquier buscador de internet “fin del mundo” y saldrán miles de referencias. Google, el más usado, encuentra 14.900.000 resultados. Casi todos hablan de que se acerca un tiempo de guerras de todo tipo y/o desastres naturales, incluidos algunos a nivel cósmico. Todos esos fenómenos provocarán la destrucción de este mundo.

Imaginemos por un momento un fallo en la cadena energética. Por unas semanas, por las razones que sean, se interrumpe la llegada del combustible que alimenta nuestros vehículos, las centrales de producción eléctrica, los sistemas de seguridad, etc. Las ciudades se quedarían sin electricidad –a oscuras–, los supermercados se vaciarían –sin alimentos–, los transportes públicos y privados se paralizarían –no se podría ir a trabajar–. ¿Haría falta mucho tiempo para que las personas se organizasen casi tribalmente en bandas territoriales a la búsqueda de recursos vitales para la supervivencia? Eso sería un verdadero fin de “nuestro” mundo, aunque no sería necesariamente el fin del mundo ni del universo.
El fin de “mi” mundo

Las lecturas de este día no nos amenazan con el fin del mundo. Son más bien una llamada fuerte a vivir el presente. La perseverancia de que habla Jesús al final del texto evangélico de hoy no es una virtud del futuro sino del presente. Hoy tenemos que vivir el Evangelio y construir el Reino. Hoy tenemos que tender la mano al hermano para construir la casa común. Hoy debemos ser perseverantes en el amor. Hoy hemos de cuidar con esmero este mundo que es nuestra casa y administrar sus recursos de forma que lleguen para todos, hoy y en el futuro.
El problema es que algunos se quedan tan embobados ante el anuncio, casi siempre imaginario, de lo que puede suceder en el futuro, que se olvidan de vivir el presente. Pasa a todos los niveles, incluso en las relaciones personales. ¿No han conocido a esas personas que temerosas de lo que pueda suceder mañana –una despedida, una enfermedad– no son ya capaces de disfrutar de la alegría del momento presente?
El regalo del presente

La vida no para. Es siempre regalo de Dios. Y no se debe despreciar el don del presente en nombre del futuro. Hoy toca vivir lo que hay y mañana ya afrontaremos lo que venga. Hoy toca comprometernos en la construcción del Reino. Hoy toca acoger a los hermanos y hermanas y hacer que nadie se sienta excluido. ¿Cómo podemos decir que ansiamos participar del Reino si hoy no abrimos las manos y los brazos a nuestros hermanos, si no les servimos a la mesa común?
Vendrán espantos o vendrá paz. Vendrán cataclismos o vendrá bonanza. Vendrán persecuciones o bienestar. Lo que sea lo vamos a vivir en el nombre de Jesús, como discípulos suyos, disfrutando del don de la vida que se nos regala en cada momento, testigos de la buena nueva con nuestras palabras y con nuestras obras. Sin miedo al futuro porque allí nos espera Dios, el que nos ha prometido en Jesús la Vida en plenitud.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-19):

Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»
Palabra del Señor
COMENTARIO.
Las lecturas de este domingo XXXIII del tiempo ordinario son difíciles de comentar. Estamos en el final del año litúrgico; año que comienza en el adviento y termina en el domingo de Cristo rey del universo, que celebramos el próximo domingo. Al final del año, como al final del tiempo, se nos habla de realidades últimas: del final del mundo; por eso la dificultad de hablar de este tema.

En la segunda lectura escuchamos como algunos habían dejado de trabajar y San Pablo les dice que quien no trabaje que no coma. El motivo de dejar de trabajar era la inminencia, la proximidad, de la llegada del reino de Dios, del final del mundo.
En el texto del evangelio vemos que se pregunta a Jesús: ¿Cuándo sucederá todo eso? y ¿Cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Jesucristo no contesta a la primera pregunta, porque, como dice en otro pasaje, no sabemos ni el día ni la hora. Si contesta a la otra pregunta. Las señales que tenemos son:
Que algunos vendrán en su nombre diciendo que está por suceder. Al final de los milenios, pasado el año 2000, es relativamente normal que aparezcan grupos sectarios diciendo que el final del mundo es inminente. No hay que hacerles ni caso.
Habrá guerras, revoluciones, terremotos, epidemias y hambre. Como veis son señales que se dan en nuestro mundo actual; claramente algunos pueden pensar por ello que el final del mundo está cerca.
La tercera señal que da Jesucristo es que perseguirán a los cristianos y los odiarán por causa de mi nombre.

- Mt 13, 20- 21: en la parábola del sembrador: "el pedregal es el que oye la Palabra y al punto la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí mismo, y llegada la tribulación o persecución a causa de la palabra, se escandaliza al instante".
- "He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas". Prudentes como las serpientes, que son animales cobardes, huyen siempre. No hay que buscar la persecución.
- "Seréis aborrecidos por todos a causa de mi nombre, más el que persevere hasta el final se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra".
- "No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma".
- Mc 10, 28-30: es una cita curiosa. "En verdad os digo que quien deja casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mí o por el Evangelio, recibirá el ciento por uno ya en este mundo, en casas, hermanos, hermanas, con persecuciones... y en el siglo venidero la vida eterna".
- Jn 15, 18-21: "Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros".

La verdad es que actualmente en pocos sitios se persigue a la gente por sus ideas religiosas. Y ya no se mata a nadie en razón de tales "abstracciones". Hoy los motivos de condena tienen que ver mucho más con la justicia que con la religión. Pero vivir cristianamente en nuestros ambientes si supone un choque con quienes viven desde otros valores.
No hay que hacer nada más que mirar el panorama político actual de España para comprobar como la doctrina de la Iglesia choca con las medidas políticas en temas como la Familia, la Vida y la Educación. (Es preciso recordar que el gobierno anterior no modificó la despenalización del aborto... y en reformas actuales está más o menos de acuerdo) Como siempre hay que tener mucho cuidado en no ser utilizados políticamente como arma arrojadiza contra nadie.
Las lecturas de este domingo nos vienen a decir que el final del mundo llegará, que no sabemos ni el día ni la hora, que habrá catástrofes y se perseguirá a los cristianos. Pero no hemos de vivir el tiempo con angustia, sino con confianza en Dios y perseverando unidos a él hasta el final. Fijaos como vivía San Pablo las persecuciones que él vivió:
1Cor 4, 13: "Insultados, bendecimos; perseguidos, lo soportamos; difamados, respondemos con bondad".
2Cor 4, 8-10: "Estamos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; desechados, pero no aniquilados; llevamos siempre y por doquier en el cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nosotros".

Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán
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