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domingo, 11 de marzo de 2018

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Evangelio Dominical)



Hoy, la liturgia nos ofrece un aroma anticipado de la alegría pascual. Los ornamentos del celebrante son rosados. Es el domingo "laetare" que nos invita a una serena alegría. «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis...», canta la antífona de entrada.

Dios quiere que estemos contentos. La psicología más elemental nos dice que una persona que no vive contenta acaba enferma, de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, nuestra alegría ha de estar bien fundamentada, ha de ser la expresión de la serenidad de vivir una vida con sentido pleno. De otro modo, la alegría degeneraría en superficialidad y majadería. Santa Teresa distinguía con acierto entre la "santa alegría" y la "loca alegría". Esta última es sólo exterior, dura poco y deja un regusto amargo.

Vivimos tiempos difíciles para la vida de fe. Pero también son tiempos apasionantes. Experimentamos, en cierta manera, el exilio babilónico que canta el salmo. Sí, también nosotros podemos vivir una experiencia de exilio «llorando la nostalgia de Sión» (Sal 136,1). Las dificultades exteriores y, sobre todo, el pecado nos pueden llevar cerca de los ríos de Babilonia. A pesar de todo, hay motivos de esperanza, y Dios nos continúa diciendo: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti» (Sal 136,6).


   
         

Podemos vivir siempre contentos porque Dios nos ama locamente, tanto que nos «dio a su Hijo único» (Jn 3,16). Pronto acompañaremos a este Hijo único en su camino de muerte y resurrección. Contemplaremos el amor de Aquel que tanto ama que se ha entregado por nosotros, por ti y por mí. Y nos llenaremos de amor y miraremos a Aquel que han traspasado (Jn 19,37), y crecerá en nosotros una alegría que nadie nos podrá quitar.

La verdadera alegría que ilumina nuestra vida no proviene de nuestro esfuerzo. San Pablo nos lo recuerda: no viene de vosotros, es un don de Dios, somos obra suya (Col 1,11). Dejémonos amar por Dios y amémosle, y la alegría será grande en la próxima Pascua y en la vida. Y no olvidemos dejarnos acariciar y regenerar por Dios con una buena confesión antes de Pascua.






Lectura del santo evangelio según san Juan (3,14-21):




En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Palabra del Señor



COMENTARIO





La Segunda Lectura y el Evangelio de hoy nos hablan de salvación y condenación, de fe y obras.

“El que cree en El, no será condenado.  Pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios” (Jn. 3, 14-21).

Duras y decisivas palabras.  Palabra de Dios escrita por “el discípulo amado”,  el Evangelista San Juan.  Palabras que sentencian la importancia de la fe: el que no cree en Jesucristo, Hijo de Dios hecho Hombre ...  ya está condenado.  Pero cabe, entonces la pregunta:   ¿el que sí cree ... ya está salvado?   ¿Basta la fe para que seamos salvados?

Esta pregunta necesariamente nos recuerda las diferencias -hasta hace poco infranqueables- entre Católicos y Protestantes.  Sólo la fe basta, se adujo en la Reforma que llevó a cabo la lamentable división iniciada por Lutero en 1517.

Fundamentándose en la Sagrada Escritura, la Iglesia Católica siempre ha sostenido que la fe sin obras no basta para la salvación.  Traducido  a la práctica significa que en el Bautismo recibimos como regalo de Dios la virtud de la Fe y la Gracia Santificante.  Y las “obras” consisten en cómo respondemos a ese don de Dios: con buenas obras, con malas obras o sin obras.




 Para analizar, entonces, si la fe basta para la salvación y si las obras son necesarias, tenemos que referirnos a un documento, titulado “Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación”, firmado en 1999 entre la Iglesia Católica y la Iglesia Luterana, en que se trata precisamente este tema tan importante.  De ese histórico documento extraemos las siguientes citas (resaltados nuestros): 

Sólo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito, nosotros somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones capacitándonos y llamándonos a buenas obras. (#15)

“... en cuanto a pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y misericordia renovadora, que Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio, cualquiera que éste sea”. (#17)

“El ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios ...  (el ser humano), por ser pecador es incapaz de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios”. (#19

  “Cuando los católicos afirman que el ser humano “coopera” (en su salvación) ... consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana”. (#20)




Es conclusión: no somos capaces, por nosotros mismos, de justificarnos, es decir, de santificarnos o de salvarnos.  Nuestra salvación depende primeramente de Dios.  Pero el ser humano tiene su participación, la cual consiste en dar respuesta a todas las gracias que Dios nos ha dado y que sigue dándonos constantemente para ser salvados.  Eso es lo que la Teología Católica llama “obras”.  Nuestra imposibilidad de acceder por nosotros mismos a la salvación es tal, que hasta la capacidad para dar esa respuesta a la gracia divina, no viene de nosotros, sino de Dios

De allí que también San Pablo nos diga:  “La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y El nos dio la vida con Cristo y en Cristo.  Por pura generosidad suya hemos sido salvados ...  En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe;  y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios” (Ef. 2, 4-10).

La Primera Lectura nos trae el final del Segundo Libro de las Crónicas (2 Cro. 36, 14-23), y en ella se nos relata cómo se pervirtió el pueblo de Israel, pues todos, incluyendo los Sumos Sacerdotes “multiplicaron sus infidelidades”.  Como si fuera poco, despreciaron la palabra que los Profetas, mensajeros de Dios, les llevaban.  Llegó un momento, nos dice el relato, que “la ira de Dios llegó a tal grado, ya no hubo remedio”.   La ciudad de Jerusalén con su Templo queda destruida por la invasión de los Caldeos, y “a los que escaparon de la espada, los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos”.  El reino pasó al dominio de los Persas, cumpliéndose lo anunciado por uno de esos Profetas despreciados, Jeremías.  Luego se nos relata  el regreso del pueblo de Israel de Babilonia a Jerusalén en los tiempos de Ciro, Rey de Persia.




 Y esto necesariamente nos trae un tema candente:  ¿Castiga Dios?

Cabe, entonces, preguntar: ¿qué es el castigo?  ¿para qué son los castigos?  Cuando un padre o una madre castigan a su hijo ¿por qué lo hacen?  ¿por venganza, acaso?  O el castigo es la forma de corregir al hijo, para que se encamine por el bien.  Es muy importante reflexionar sobre esto, para comprender que “la ira de Dios” y “los castigos de Dios” de que nos hablan la Escritura, especialmente el Antiguo Testamento, son más bien manifestaciones de la misericordia divina.  Dios -efectivamente- castiga, pero castiga para que los seres humanos aprendamos a enrumbarnos por el camino adecuado, por el camino que nos lleva a Dios.

Es lo que le sucedió al pueblo de Israel con ese exilio de 70 años a Babilonia.  Al regresar venían reformados, purificados.  Cuando Dios  permite un “aparente” mal –en este caso, la expulsión, el exilio y hasta la destrucción del Templo de Jerusalén- es para obtener un mayor bien.

Las infidelidades de los seres humanos para con Dios, nuestro Creador y nuestro Dueño, pueden llegar a niveles en que, como nos dice esta Primera Lectura, ya no haya otro remedio.  Por eso Dios a veces castiga.  Y castiga para que enderecemos el rumbo, para que volvamos nuestra mirada a El. 





“Si mi pueblo -sobre el cual es invocado mi Nombre-
se humilla:
orando y buscando mi rostro,
y se vuelven de sus malos caminos,
Yo -entonces- los oiré desde los cielos,
perdonaré sus pecados
y sanaré su tierra.”
(2 Crónicas 7, 14)

 Es orando y convirtiéndonos como Dios nos oirá, perdonará nuestros pecados y sanará nuestra tierra.

Antes de que nos llegue el final a cada uno con la muerte o antes de que llegue el final de los tiempos, Dios nos advierte por medio de su Palabra, por medio de las enseñanzas de la Iglesia, por medio de su Madre que se aparece en la tierra para advertirnos, para guiarnos, para llamarnos a la conversión. 

Inclusive nos llama y nos advierte por medio de sus mensajeros, los profetas.  Y ... ¿hacemos caso a todas estos llamados?

Llegará un momento, el momento del fin, que nos llegará con toda seguridad, bien con nuestra propia muerte o bien porque se termine el tiempo y pasemos a la eternidad.  En cualquiera de las dos instancias, en ese momento ya no hay sino salvación o condenación.




El Evangelio nos dice cuál es la causa de la condenación: “La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz”. 

Cristo es la Luz que vino a este mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo.

¿En qué consiste preferir la luz a las tinieblas?  ¿En qué consiste aprovechar la salvación que Jesucristo nos trajo?

Consiste en creer en El, seguirlo a El, tratar de ser como El y de actuar como El.

De esa forma estamos prefiriendo la Luz a las tinieblas.  De esa forma, estamos aprovechando las gracias de salvación, que “sin ningún mérito nuestro”, nos han sido “regaladas” por Dios, a través de su Hijo, Jesucristo.

Y Dios nos regala así, porque a pesar de nuestras infidelidades, a pesar de las veces que nos oponemos a El, de las veces que lo retamos, de las veces que lo cuestionamos, de las veces que le damos la espalda, El nos quiere salvados para que vivamos con El para siempre en la gloria del Cielo.


  



Entonces, a la gracia de la salvación realizada por Jesucristo respondemos con nuestras “obras”: oración, santidad, buenas acciones, obras de misericordia…  Pero recordando que nuestra respuesta en obras es también don de Dios, porque el deseo y la posibilidad de realizarlas también vienen de Dios, para que nadie se equivoque (y de paso peque) creyendo que es muy capaz de salvarse y de ser santo con su esfuerzo.




















Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia.org

domingo, 26 de marzo de 2017

«Vete, lávate» (Evangelio Dominical)

                                               
          

Hoy, cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.

Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).

¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».

                                                       





Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.




Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):


                                   






En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor


COMENTARIO


                                 



El Evangelio de hoy nos habla de la sanación que hace Jesús a un ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41).  Y en la Segunda Lectura (Ef. 5, 8-14), tomada de la Carta de San Pablo a los Efesios, podemos ver el significado espiritual de la ceguera y de la recuperación de la vista.

Nos dice San Pablo:  En otro tiempo estaban en la oscuridad -en las tinieblas-, pero ahora, unidos al Señor, son luz.  En efecto, la oscuridad en que vivía el ciego representa las tinieblas del pecado, la oscuridad causada por la ausencia de la gracia de Dios.  Y la luz que entra en la vista del ciego recién sanado por el Señor es la vida de Dios en nosotros; es decir, la gracia.

Antes de analizar más detalladamente el simbolismo de pecado/oscuridad y de gracia/luz, veamos en primer lugar el milagro mismo.   Jesucristo, como sabemos, realizó muchos milagros de sanación.  Y si los analizamos con detenimiento, podemos darnos cuenta que cada uno de estos milagros fue hecho en forma diferente:  a unos sanaba porque se lo pedían; otros, como el caso de este ciego, ni siquiera se lo pidió.  A unos sanaba tocándolos o dándoles la mano; a otros porque más bien lo tocaban a El, y a otros sanó, sin siquiera tenerlos en su presencia.  Con unos usaba palabras, con otros algunas sustancias.  Unos se curaban enseguida y otros un tiempo después. 

                                                       


Todo esto vale para decir que el Señor es libérrimo en la forma como El escoge para hacer su labor.  Lo que sí es común a todas las curaciones hechas por Jesús es que lo más importante era la sanación que ocurría en el alma del enfermo:  su curación tenía una profunda consecuencia espiritual.  El Señor no hace una sanación física, sin tocar profundamente el alma.  Y cuando el Señor sana directamente es para que se manifieste en la persona la gloria y el poder de Dios.  Y sana no sólo para que el enfermo sanado crea en Dios y cambie, sino también las personas a su alrededor.

Sin embargo, sabemos que no todo enfermo es sanado.  ¿Significa que la enfermedad es un mal? ... Mientras dure el mundo presente, seguirán habiendo enfermedades, las cuales -ciertamente- son una de las consecuencias del pecado original de nuestros primeros progenitores.  Pero Jesús, con su Pasión, Muerte y Resurrección, le dio valor redentor a las enfermedades –y también a todo tipo de sufrimiento.

Es decir, el sufrimiento bien llevado, aceptado en Cristo, sirve para santificarnos y para ayudar a otros a santificarse.  No es que sean fáciles de llevar las enfermedades -sobre todo algunas de ellas- pero son oportunidades para unir ese sufrimiento a los sufrimientos de Cristo y darles así valor redentor.

                                                         



Y ¿qué es eso de “valor redentor”?  Nuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, pueden servir para nuestra propia santificación o para la santificación de otras personas, incluyendo nuestros seres queridos.

Es por ello que después de Cristo, ya los enfermos no son considerados como personas malditas por el pecado propio o de sus padres, como sucedía antes de la venida del Señor.  De allí la pregunta de los Apóstoles al encontrarse al ciego: “¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?”, a lo que Jesús responde: “Ni él pecó ni tampoco sus padres.   Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios”.

Las enfermedades más graves no son las del cuerpo, sino las del alma.  Por eso decíamos que la sanación fundamental es la sanación interior.  Esta puede darse, habiéndose sanado el cuerpo o no.  ¡Cuántos enfermos ha habido que se han santificado en su enfermedad!   ¡Cuántos santos no hay que se han hecho santos a raíz de una enfermedad o durante una larga enfermedad!

En el caso del ciego de nacimiento del Evangelio de hoy, vemos que este hombre fue de los que ni siquiera pidió ser sanado, sino que viéndolo Jesús pasar, se detiene y, haciendo barro con saliva y tierra del suelo, lo colocó en sus ojos, ordenándole que luego se bañara en la piscina de Siloé.  Efectivamente, el hombre comienza a ver al salir del agua.  Pero notemos que el cambio más importante se realiza en su alma.

                                                       




Veamos cómo se comporta al ser interrogado por los enemigos de Jesús.  Sus respuestas las da con mucha convicción y con tal simplicidad e inocencia, que por la precisión y la lógica que hay en ellas, deja perplejos a quienes con mala intención tratan de hacer ver que Jesús no venía de Dios, pues lo había curado en Sábado, día en que los judíos no podían hacer ningún tipo de trabajo.

Resulta refrescante oír la respuesta del ciego que ya no lo es, cuando los fariseos lo forzan a decir que Jesús es un pecador.  Responde el ciego, primero inocentemente: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”.   Continúa luego con mucha “claridad” y convicción: “Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha ... Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”.

Termina el ciego de nacimiento por postrarse ante Jesús, reconociéndolo como el Hijo de Dios, en cuanto Jesús le revela Quién es El.  Como decíamos, lo más importante es la gracia que acompaña a todo contacto con Cristo.  El ciego, que ya no lo es, cree en Jesús y confía en El.  Y cuando Jesús se le revela como el Hijo del hombre, es decir, el Mesías esperado, el ciego que ahora ve cree lo que el Señor le dice y, postrándose, lo adoró.

La Primera Lectura (1 Sam. 16, 1.6-7.10-13) nos narra la escogencia de David para ser ungido por el Profeta Samuel como Rey.

                                                        



David, antepasado de Cristo, es prefiguración del Mesías.  David es ungido en Belén, que pasa entonces a ser, la ciudad de David.  Y también la ciudad donde habría de nacer Jesús, el Mesías.

David era pastor.  De hecho, estaba pastoreando cuando Samuel, instruido por Dios, va en busca del Rey que va a ser ungido.  Y David, que antes pastoreaba ovejas, ahora es encargado para ser pastor del pueblo de Israel (cf. 2 Sam. 5, 2), prefiguración también de Jesús, el Buen Pastor.  Pastor de nosotros, sus ovejas.  Pastor de ese rebaño que es la Iglesia, el nuevo pueblo de Israel.

De allí que la Liturgia nos presente el Salmo 22, el conocidísimo y gran favorito de entre los Salmos:  El Señor es mi Pastor, nada me falta.

Y concluye el Evangelio con una advertencia de Jesús para todos aquéllos que, como los Fariseos, creemos que vemos y que no necesitamos que Jesús nos cure nuestra ceguera:  “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos:  para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”.    Preguntaron entonces si estaban ciegos.  Y Jesús les dice: “Si estuvieran ciegos”  (es decir, si se dieran cuenta de su ceguera) “no tuvieran pecado.  Pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

                                                            



¡Cuidado que así podríamos estar nosotros: diciendo que vemos, creyendo que vemos, y no dejamos que el Señor nos sane, pues ya creemos que sabemos todo, y preferimos quedarnos en una luz que no es luz, sino que es oscuridad!

El Señor habla de “definición de campos”.  ¿Cuáles son esos campos?  Luz y tinieblas.  Dios y demonio.  Gracia y pecado.   Y San Pablo nos dice que, “unidos al Señor, podemos ser luz”.   Y nos habla de los frutos de la Luz: “bondad, santidad, verdad”.   Cristo se identifica así: “Yo soy la Luz del mundo ... El que me sigue, no camina en tinieblas”.

Seguir a Cristo es no sólo creer en El, sino actuar como El; es decir, en total acuerdo con la Voluntad del Padre.  Así, haciendo sólo lo que es la Voluntad de Dios, pasaremos de la oscuridad de nuestra ceguera a la Luz de Cristo, para ser nosotros también luz en este mundo tan oscuro de las cosas de Dios y tan ciego para verlas.

Las enfermedades más graves no son las del cuerpo, sino las del alma.  Más aún, las enfermedades peores no son las que sufre una persona, sino las que sufre toda una población.  Nuestra sociedad está enferma.  ¡Y bien enferma!  De violencia, agresividad, maledicencia, ocultismo, esoterismo, idolatría, satanismo.  Sí, eso mismo: culto al demonio -para ser más precisos.

Por eso requerimos sanación.  Una sanación que sólo Dios nos puede dar.  Porque la sanación fundamental es la sanación interior.  Y ésa es la que estamos necesitando.

                                                            



El ciego de nacimiento que mencionábamos termina por postrarse ante Jesús, reconociéndolo como Dios.  Cuando comenzó a ver, el ciego creyó lo que el Señor le dijo y, postrándose, Lo adoró.  (Jn 9, 38)

Es lo que nos falta a nosotros: postrarnos en adoración.  Reconocer que Dios es el Señor de la historia, no nosotros.  Cuando no confiamos de verdad en Dios, El nos deja en manos de los enemigos.  Solos no podemos.  Hay que ORAR.  Y orar arrepentidos.   Clamar a Dios.   AdorarLo.   El ha puesto sus condiciones para actuar cuando hay enfermedades sociales:


“Si mi pueblo
-sobre el cual es invocado mi Nombre-
se humilla:
orando y buscando mi rostro,
y se vuelven de sus malos caminos,
Yo -entonces- los oiré desde los  cielos,
perdonaré sus pecados
y sanaré su tierra.”
(2 Crónicas  7, 14)

















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org