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domingo, 31 de mayo de 2020

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)






Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.


                             







El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.







COMENTARIO



                  





A los cincuenta días de la Resurrección del Señor celebramos la venida del Espíritu Santo a la Virgen y a los Apóstoles.  El Espíritu Santo fue prometido por Jesucristo varias veces antes de su muerte y también después de su Resurrección, antes de su partida definitiva cuando subió a los Cielos.

Y... ¿quién es el Espíritu Santo?  El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre.  El es la presencia de Dios en el mundo.  El es la promesa cumplida del Señor cuando nos dijo: “Miren que estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

El Espíritu Santo es nuestro Maestro y nuestro Guía mientras vamos a la meta a la cual hemos sido llamados.  Y ¿cuál es esa meta?  Es el Cielo que el Señor nos muestra en su Ascensión y que ha prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad del Padre.

Al Espíritu Santo se le dan muchos nombres: Paráclito (o Abogado), Consolador, Espíritu de la Verdad, Espíritu de Amor, etc.,  y de acuerdo a todos estos títulos, se le atribuyen muchas funciones para con nosotros los seres humanos.

El Espíritu Santo nos asiste a los seres humanos en muchas cosas.  Quizá la principal sea aquélla de santificarnos, es decir, de hacernos santos.  ¡Menuda tarea la del Espíritu Santo!

Y ¿cómo hace el Espíritu Santo esa tarea?  ¿Cómo nos va santificando?  Su labor es imperceptible, pero de que la hace, la hace.  El problema es que algunos colaboran con El y otros no.  Y mayor problema aún es que, si no colaboramos, el Espíritu Santo no puede hacer su labor.  ¿Qué tal?

La principal de estas funciones tal vez sea la de nuestra santificación.  Es el Espíritu Santo quien, con sus suaves inspiraciones, nos va sugiriendo cómo transitar por el camino de la santidad, por ese camino que nos lleva al Cielo.

Con suaves inspiraciones, cual suave brisa (1 Reyes 19, 12) nos va inspirando para llevarnos y mantenernos en el camino de la santidad.Y el mismo Señor nos dice que el Espíritu Santo sopla donde quiere (Jn. 3, 8).

Entonces, si el Espíritu Santo es como una suave brisa, nosotros debemos estar pendientes de percibirla.  Eso significa que debemos estar atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo.  Pero ¡hay tanto! ruido para oírlas!  Por eso hay que buscar momentos de silencio.  Y al oírlas, algo hay que hacer al respecto ¿no?  ¿Qué?  Habría que ser dóciles a esas sugerencias, para poder andar por esta vida guiados por Él hacia nuestra meta definitiva.

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad y es nuestro Maestro.  Eso nos lo dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora.  Pero cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, El los llevará a la verdad plena... El les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26).

Es el Espíritu Santo Quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad: nos lleva a la Verdad plena.

En Pentecostés conmemoramos, entonces, la Venida del Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia, para poder vivir todo lo que Jesús nos enseñó, para poder ser santificados por Él.

¿Cómo realiza el Espíritu Santo su labor de santificación en nosotros?  El Espíritu Santo se va derramando en cada uno de nosotros con sus gracias, dones, frutos y carismas(ver Segunda Lectura:  1Co.12, 3-7. 12-13).  Todos estos son regalos del Espíritu Santo; es decir, cosas que recibimos de gratis, como un obsequio y, además... sin merecerlas.

Y todos estos regalos del Espíritu Santo son los auxilios que Dios nos da para el desarrollo de nuestra vida espiritual, para ayudarnos en nuestra santificación, para ayudarnos a llegar a nuestra meta definitiva que es el Cielo.

¿Qué hacer para poder recibir todos estos regalos del Espíritu Santo?

Para respondernos esto, veamos cómo fue esa primera venida del Espíritu Santo.  Los Apóstoles se habían visto privados de la presencia visible y sensible del Señor cuando El subió a los cielos en su Ascensión.


                                      




Recordemos que en los cuarenta días que transcurrieron entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado estuvo apareciéndosele a los Apóstoles y discípulos para fortalecerlos en la fe, para que se dieran cuenta de que realmente había resucitado y de que estaba vivo.

Con su partida definitiva, al subir al Cielo, ellos deben continuar su camino y cumplir la misión que les había encomendado, sin tener a Jesús a su lado, acompañados y conducidos por su Espíritu, por el Espíritu Santo.

Recordemos cómo eran los Apóstoles antes de Pentecostés.  Vemos unos hombres temerosos y tímidos: al comenzar la persecución contra Jesús, desaparecieron y se dispersaron.

Aparte de esto, eran bastante torpes para comprender las Escrituras y para entender las enseñanzas de Jesús... tanto así que en algunos momentos Jesús les tuvo que reprender porque no terminaban de entender lo que les decía.

Pero el cambio en Pentecostés fue radical: luego de recibir el Espíritu Santo, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar sin ningún temor y llenos de sabiduría divina.

Vemos en el relato tomado de los Hechos de los Apóstoles que hasta se les soltaron las lenguas y comenzaron a hablar con gran poder de lenguaje y sabiduría.  Eso se los había dado el Espíritu Santo, y así podían comunicarse con todos los extranjeros que estaban en Jerusalén en ese momento. (Ver. Primera Lectura: He. 2, 1-11)

Así llamaron a todos a la conversión y bautizaban a los que acogían el mensaje de Jesucristo Salvador.  Comenzaron a formar discípulos y comunidades, asistían a los necesitados... sufrieron persecuciones,  e inclusive, llegaron hasta el martirio.

¿Cómo pudo suceder toda esta trasformación?  El protagonista de este cambio tan radical fue el Espíritu Santo; es decir, el Espíritu Santo hizo esas maravillas en ellos.








Pero veamos lo más importante: ¿Qué hacían los Apóstoles antes de Pentecostés?  Nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).

He aquí el secreto para recibir al Espíritu Santo.  Para que el Espíritu Santo pueda santificarnos el secreto es la oración y para escucharlo, el audífono también es la oración: oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María.  ¡Ven, Espíritu Santo!


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 19 de abril de 2020

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». (Evangelio Dominical)







Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.

Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. 
Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.


                                 



La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.




Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):


                                  

                                 



 AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor






COMENTARIO



                           
       


Cada Domingo posterior al Domingo de la Resurrección del Señor conmemoramos la Fiesta de la Divina Misericordia.  Es una Fiesta instituida por el Papa Juan Pablo II.  No la inventó el Papa, sino que fue solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca del siglo XX, quien murió en 1938 a los 33 años de edad.

Sor Faustina fue canonizada por el Papa Juan Pablo II, precisamente en la Fiesta de la Divina Misericordia del año 2000.  Nos dijo el Papa que esta paisana suya, Sor Faustina, recibió gracias místicas especialísimas a través de la oración contemplativa, para comunicar al mundo el conmovedor misterio de la Divina Misericordia del Señor.  “Dios habló a nosotros a través de Sor Faustina Kowalska... invitándonos al abandono total en El”, nos dijo el Papa.



                         



Veamos qué cosas nos dice Dios a través de Sor Faustina.

En el Antiguo Testamento le enviaba a mi pueblo los profetas con truenos.  Hoy te envío a toda la humanidad con mi Misericordia.  No quiero castigar a la humanidad llena de dolor, sino sanarla estrechándola contra mi Corazón misericordioso.

Habla al mundo de mi Misericordia, para que toda la humanidad conozca la infinita Misericordia mía.  Es la señal de los últimos tiempos.  Después de ella vendrá el día de la justicia.  Todavía queda tiempo... Antes de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi Misericordia.  Quien no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia.

Dios posee todos sus atributos o cualidades en forma infinita.  Así es, infinitamente Misericordioso, pero también infinitamente Justo.  Su Justicia y su Misericordia van a la par.

Pero a través de esta Santa de nuestro tiempo nos hace saber que por los momentos, para nosotros, tiene detenida su Justicia para dar paso a su Misericordia.  No nos castiga como merecemos por nuestros pecados, ni castiga al mundo como merecen los pecados del mundo, sino que nos ofrece el abismo inmenso de su Misericordia infinita.  Pero si no nos abrimos a su Misericordia, tendremos que atenernos a su Justicia.  ¡Graves palabras del Señor!  Por lo demás, coinciden con su Palabra contenida en el Evangelio... Y llegará el momento de su Justicia ... Llegará ...

Hoy en el Evangelio (Jn. 20, 19-31) hemos leído el momento y las palabras con que Jesucristo instituyó el Sacramento de la Confesión, del Perdón.  Es el Sacramento de su Misericordia.  Pero veamos también qué nos ha dicho el Señor sobre la Confesión a través de Santa Faustina:

Cuando vayas a confesar debes saber que Yo mismo te espero en el Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote.  Pero Yo mismo actúo en el alma.  Aquí la miseria del alma se encuentra con Dios de la Misericordia.


                                 



Llama a la Confesión Tribunal de la Misericordia.  ¡Qué nombre tan apropiado! Porque es así: un tribunal al que vamos invitados (no obligados) y donde siempre salimos absueltos (no nos culpan, ni nos condenan).  Insólito: nos convocan para absolvernos de nuestra falta.  Y la sentencia es siempre el perdón.  Es un tribunal que nos absuelve aunque seamos culpables.

¡Cómo es que tanta gente deja de aprovechar las gracias que Jesús nos reparte en su Tribunal de Misericordia!

Y para acogerse a El no nos pide grandes cosas:  sólo basta acercarse con fe a los pies de mi representante  (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria ... Aunque el alma fuera como un cadáver descomponiéndose  (es decir, muerta y descompuesta por el pecado) y que pareciera estuviese todo ya perdido, para Dios no es así.

¡Oh!  ¡Cuán infelices son los que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia!  Porque si no aprovechamos la Misericordia ahora, tenemos que atenernos a la Justicia después.  Esa son nuestras opciones.

En el Evangelio de hoy también hemos visto cuán importante es la Fe.  “Bienaventurados los que, sin ver, creen”,  dijo Jesucristo a Santo Tomás Apóstol, quien no quería creer que Cristo había resucitado, porque no lo había visto.  La Fe es la virtud sobre la cual se funda la Esperanza.  De la Fe brota la confianza y ésta nos lleva a la Esperanza.  La confianza es esencial para poder aprovecharnos de las gracias de la Misericordia de Dios.


                



 La confianza está en la esencia de la devoción a la Divina Misericordia.   La confianza es esa actitud que tiene el niño que confía en sus padres.  Así debemos ser nosotros, como niños, que en todo momento confiamos sin medida en el Amor Misericordioso y en la Omnipotencia del Padre Celestial.

La confianza es una consecuencia directa de la Fe: no hay verdadera Fe si no hay confianza.  De Fe, confianza y Esperanza nos habla San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe. 1, 3-9).  Nos habla de la esperanza de una vida nueva en el Cielo, de la fe necesaria para la salvación que nos tiene preparada el Señor y que será revelada plenamente al final de los tiempos.

Este trozo de la Primera Carta de San Pedro nos refiere el conocido símil del sufrimiento como el fuego que purifica el oro: “Alégrense aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de toda clase, a fin de que su fe sea sometida a prueba... la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola en el fuego”.

La Primera Lectura (Hch. 2, 42-47) nos narra el espíritu en que vivían los cristianos al comienzo de la Iglesia:  “acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, vivían en comunión fraterna y se congregaban para orar en común y celebrar la fracción del pan ... vivían unidos y tenían todo en común ... diariamente se reunían en el Templo”.

 Volviendo a la Fiesta de la Divina Misericordia, el Señor Jesús dijo también a Santa Faustina:  Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi Misericordia.  Que se acerquen a ese mar de mi Misericordia con gran confianza.  Los pecadores obtendrán justificación (es decir, serán hechos justos).  Y los justos serán fortalecidos en el bien.


                  




La confianza no sólo es la esencia de esta devoción, sino a la vez condición para recibir las gracias.  Cuanto más confíe un alma, más recibirá, nos dice el Señor a través de Santa Faustina.

¿Cómo podemos acogernos a su Misericordia?  Veamos qué más nos ha dicho a través de Santa Faustina:

Sobre la Fiesta de hoy: Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores... Ese día derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia.  El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas... Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata  (o sea, muy graves o muy feos).

Con este ofrecimiento del Señor para el día de hoy, quien verdaderamente arrepentido se confiese y también comulgue, acogiéndose a este llamado de la Divina Misericordia, podría quedar –si su arrepentimiento es genuino- como si se acabara de bautizar: totalmente purificado de toda culpa, como si no hubiera cometido nunca ningún pecado.  Es el abismo insondable de la Misericordia Infinita de Dios, que no desea la muerte de nosotros, pecadores, sino que nos convirtamos y vivamos para la Vida Eterna, la que nos espera después de esta vida terrenal que ahora vivimos.

Como si fuera poco, aparte de quedar totalmente preparados para el Cielo, purificados de toda culpa, si aprovechamos las gracias que la Misericordia Divina nos tiene para este día, tenemos la promesa del Señor de que recibiremos lo que pidamos en este día de la Fiesta de la Divina Misericordia, siempre que lo que solicitemos esté acorde con la Voluntad de Dios.

Para recibir las gracias otorgadas este Día de la Divina Misericordia, es necesario recibir la Eucaristía y haberse confesado, condición para recibir el perdón total de las culpas y de las penas, que son consecuencia de nuestros pecados.

Veamos que nos dice el Señor sobre la Sagrada Comunión: 


                       



Deseo unirme a las almas humanas: mi gran alegría es unirme a las almas... Cuando en la Santa Comunión llego a un corazón humano, tengo las manos llenas de toda clase de gracias.  Deseo dárselas al alma, pero las almas ni siquiera me prestan atención: me dejan solo y se ocupan de otras cosas.  ¡Oh! ¡Qué triste es para Mí que las almas no correspondan Mi Amor!

¡Oh! ¡Cuánto me duele que muy rara vez las almas se unan a Mí en la Santa Comunión!

Espero a las almas y ellas son indiferentes a Mí.  Las amo con tanta ternura y ellas no confían en Mí.  Deseo colmarlas con gracias y ellas no desean aceptarlas.  Me tratan como una cosa muerta, y Mi Corazón está lleno de Amor y Misericordia.

Otro de los elementos importantes en esta Fiesta de hoy es la imagen de la Divina Misericordia, que representa a Cristo resucitado con las señales de la crucifixión en sus manos y sus pies y saliendo de su Corazón dos rayos.  Y ¿qué nos ha dicho el Señor Jesucristo sobre esta imagen?

El rayo luminoso simboliza el agua que purifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la sangre que es la vida de las almas.  Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de mi Misericordia, cuando mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por una lanza.  Estos rayos representan, pues, los Sacramentos y todos los dones del Espíritu Santo... Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios.

¿En qué consiste, en resumen, la Devoción a la Divina Misericordia?  Además de invitarnos a una oración en fe y en confianza al Señor, esa oración debe llevarnos, en imitación a El, a realizar nosotros mismos obras de misericordia hacia los demás.  Es decir, esta devoción a la Divina Misericordia nos lleva a un aumento de las tres grandes virtudes, las llamadas Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

El culto a la imagen de la Divina Misericordia consiste en una oración confiada, acompañada de obras de misericordia hacia el prójimo; es decir, a ser nosotros mismos misericordiosos.  Dice el Señor: Esta imagen ha de recordar las exigencias de mi Misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil.


                     




Y sobre esto nos instruye el mismo Cristo a través de Santa Faustina: Te doy tres formas de ejercer misericordia: la primera es la acción, la segunda, la palabra, y la tercera la oración... Si el alma no practica la misericordia de alguna manera, no conseguirá mi Misericordia en el día del Juicio.

Esta exigencia coincide perfectamente con las palabras de Jesús en su Evangelio sobre el día del Juicio: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber...”  (Mt. 25, 31-46) .

Coinciden estas palabras también con las Obras de Misericordia Espirituales y Corporales que nos da el Magisterio de la Iglesia, las cuales son: Enseñar al que no sabe.  Dar buen consejo a quien lo necesita.  Corregir al que se equivoca.  Perdonar las injurias.  

Consolar al triste.  Sufrir con paciencia los defectos de los demás.  Rogar a Dios por vivos y difuntos.  Dar de comer al hambriento.  Dar techo a quien no lo tiene.  Vestir al desnudo.  Visitar a los enfermos y presos.  Enterrar a los muertos.  Redimir al cautivo.  Socorrer a los pobres.

La Fiesta de la Divina Misericordia nos invita, entonces, a creer sin ver, a confiar sin medida y a amar con la Misericordia del Señor.  Aprovechemos las gracias que en esta Fiesta especialísima nos quiere dar Jesucristo.  Acojámonos a Su Divina Misericordia, recibiendo su perdón y sus gracias, y aprendamos con esta Devoción a imitarlo a El siendo nosotros mismos misericordiosos.













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 29 de marzo de 2020

«Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Evangelio Dominical)






 Hoy, la Iglesia nos presenta un gran milagro: Jesús resucita a un difunto, muerto desde hacía varios días.

La resurrección de Lázaro es “tipo” de la de Cristo, que vamos a conmemorar próximamente. Jesús dice a Marta que Él es la «resurrección» y la vida (cf. Jn 11,25). A todos nos pregunta: «¿Crees esto?» (Jn 11,26). ¿Creemos que en el bautismo Dios nos ha regalado una nueva vida? Dice san Pablo que nosotros somos una nueva criatura (cf. 2Cor 5,17). Esta resurrección es el fundamento de nuestra esperanza, que se basa no en una utopía futura, incierta y falsa, sino en un hecho: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24,34).

Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Decía el Papa León Magno: «Los errores fueron vencidos, las potestades sojuzgadas y el mundo ganó un nuevo comienzo. Porque si padecemos con Él, también reinaremos con Él (cf. Rom 8,17). Esta ganancia no sólo está preparada para los que en el nombre del Señor son triturados por los sin-dios. Pues todos los que sirven a Dios y viven en Él están crucificados en Cristo, y en Cristo conseguirán la corona».


                          





Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestra suerte: ¡siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza! (cf. 1Pe 3,15). Es lógico que en estos días procuremos seguir de cerca a Jesús Maestro. Tradiciones como el Vía Crucis, la meditación de los Misterios del Rosario, los textos de los evangelios, todo... puede y debe sernos una ayuda.

Nuestra esperanza está también puesta en María, Madre de Jesucristo y nuestra Madre, que es a su vez un icono de la esperanza: al pié de la Cruz esperó contra toda esperanza y fue asociada a la obra de su Hijo.




Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):




                                       





 En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor






COMENTARIO






Las lecturas de hoy nos hablan de resurrección ...  y de revivificación.  Son términos que parecen lo mismo, pero se diferencian en algo fundamental, como veremos más adelante.

En el Evangelio de San Juan (Jn. 11, 1-45) observamos el impresionante relato de la llamada “resurrección” de Lázaro, el amigo de Jesús, quien -según palabras de su hermana Marta- ya olía mal, pues llevaba cuatro días muerto.

Pero cabe preguntarnos ¿fue realmente lo de Lázaro una resurrección... o podríamos llamarla más bien una “revivificación”?

Sucede que a Lázaro el Señor lo devolvió de la muerte a la misma vida que había vivido antes.  Lázaro volvió para estar en este mundo, regresó al mismo sitio donde vivía.  En efecto, San Juan Evangelista nos narra más adelante que, después de este milagro del Señor, muchos judíos fueron a Betania -sitio donde había vivido Lázaro- no solamente para ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos (Jn. 12, 9).


                                 




 Profundizando un poco más en este hecho extraordinario, consideremos -por ejemplo- que Lázaro tuvo que volver a morir.  De hecho, San Juan nos dice que los jefes de los sacerdotes pensaron en matar a Jesús y en matar también a Lázaro, pues por causa de él, muchos los abandonaban y creían en Jesús. (Jn. 12. 11).

Un resucitado no vuelve a morir.  Un revivido sí vuelve a morir.  Entonces ... ¿fue lo de Lázaro “resurrección”? ...  Realmente no, pues la resurrección es algo muchísimo mejor que revivir; es muchísimo mejor que volver a esta misma vida: resurrección es volver a una vida infinitamente superior a la que ahora vivimos.

Y ¿en qué consiste realmente la resurrección?  Según el Catecismo de la Iglesia Católica,  la muerte es la separación del alma y el cuerpo.  Con la muerte, el cuerpo humano cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse posteriormente con su cuerpo, pero será entonces, un cuerpo glorificado ( cfr. #997).

Es decir que en la resurrección nuestra alma se unirá a nuestro mismo cuerpo, pero éste no será igual al que ahora tenemos -sino infinitamente mejor- pues será un “cuerpo de gloria” (Flp. 3, 21).

Será un cuerpo que ya no volverá a envejecer, ni a enfermar, ni a sufrir, ni tampoco que volverá a morir.   Será un cuerpo inmortal, que ya no estará sujeto a la corrupción ni a ningún tipo de decadencia.  Será un “cuerpo espiritual”  (1Cor. 15, 44).


                                      





 ¿Cómo, entonces, van a ser nuestros cuerpos resucitados?  ¿Cómo es un cuerpo glorioso?  Conocemos de dos:  el de Jesús Resucitado y el de la Santísima Virgen María.

Jesucristo resucitó con su propio cuerpo.  En efecto, el Señor le dice a sus Apóstoles después de su Resurrección:  “Mirad mis manos y mis pies;  soy Yo mismo” (Lc. 24, 39).   El “cuerpo espiritual” de Jesucristo era ¡tan bello! que no lo reconocían los Apóstoles ... tampoco lo reconoció María Magdalena.

Y antes de haber resucitado, cuando el Señor se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan, mostrándoles sólo parte del fulgor de Su Gloria era ¡tan bello lo que veían!  ¡tan agradable lo que sentían! que Pedro le propuso al Señor hacerse tres tiendas para quedarse a vivir allí mismo.  Así es un cuerpo resucitado.  Y el Señor nos promete que si obramos bien hemos de resucitar igual que El.

Los videntes que dicen haber visto en alguna de sus apariciones a la Santísima Virgen -y la ven en cuerpo glorioso como es Ella después de haber sido elevada al Cielo- se quedan extasiados y no pueden describir, ni lo que sienten, ni la belleza y la maravilla que ven.  Así es un cuerpo resucitado.

Pero ... ¿cuándo será nuestra resurrección?  Algunos creen que la resurrección sucede enseguida de la muerte.  Pero no es así.   El Catecismo de la Iglesia Católica dice que sin duda será en el “último día”; “al fin del mundo” ... “cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son de la trompeta divina.  Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar”  (1Ts. 4, 16)   (#1001).

Pero sucede que hoy día la gente anda encantada pensando en la re-encarnación.   Y ¿en qué consiste esta falsa creencia?


                                   




Recordemos, primero que todo que la re-encarnación está negada en la Biblia:

         Una sola es la entrada la vida, y una la salida (Sb. 7, 6).  Los hombres mueren una sola vez y después viene para ellos el juicio (Hb. 9. 27)

Además, está condenada por la Iglesia Católica.  Sin embargo ese mito-y lo llamamos mito, pues es algo falso, imposible de realizarse- contempla la vuelta a esta misma vida como sucede en la revivificación, pero la diferencia está en que se cambia de cuerpo.  ¿Cómo?  Sí, los que creen en ese engaño piensan que se regresa a un cuerpo que no es el mismo que se tenía antes, pero que -igual al anterior- se va a envejecer, a corromper, va a volver a morir.  ¿Cuál es la gracia, entonces?

Si tenemos la promesa del Señor de nuestra futura resurrección, ¿cómo puede ser que la gente de hoy, algunos inclusive cristianos y católicos, estemos pensando que es más atractiva la re-encarnación que la resurrección que Cristo el Señor nos promete?

Aunque la re-encarnación no fuera un mito y fuera posible, ¿cómo nos puede parecer más atractivo reencarnar en un cuerpo decadente, enfermizo, corruptible, sujeto a la muerte -y que además no es el mío- que resucitar en cuerpo glorioso, como el de Jesucristo y la Virgen, para nunca más morir, ni envejecer, ni enfermar, ni sufrir... para ser inmortales?  Pensemos en estas cosas antes de dejar contaminar nuestra fe cristiana por falsas creencias venidas del paganismo.  Son mentiras.  Son mitos.  Son patrañas.

San Pablo, en la Segunda Lectura (Rm. 8, 8-11) nos insiste en esa gran promesa del Señor para nosotros:  nuestra futura resurrección. “El Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros”.  Y es por ello que “el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a nuestros cuerpos mortales, por obra de su Espíritu que habita en nosotros”.



                                     




 Y en la Primera Lectura (Ez. 37, 12-14), Dios declara solemnemente a través del Profeta Ezequiel esta promesa de la resurrección de nuestro cuerpos: “cuando Yo mismo abra los sepulcros de ustedes y los haga salir de ellos y les infunda mi Espíritu, ustedes vivirán, ustedes sabrán que Yo soy el Señor, y sabrán también que Yo lo dije y lo cumplí”.
















Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia.org


domingo, 19 de enero de 2020

«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Evangelio Dominical)




Hoy hemos escuchado a Juan que, al ver a Jesús, dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). ¿Qué debieron pensar aquellas gentes? Y, ¿qué entendemos nosotros? En la celebración de la Eucaristía todos rezamos: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos la paz». Y el sacerdote invita a los fieles a la Comunión diciendo: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo...».

No dudemos de que, cuando Juan dijo «he ahí el Cordero de Dios», todos entendieron qué quería decir, ya que el “cordero” es una metáfora de carácter mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien conocida por todos los buenos israelitas.


                          




Por otro lado, el cordero es el animalito que los israelitas sacrifican para rememorar la pascua, la liberación de la esclavitud de Egipto. La cena pascual consiste en comer un cordero.

Y aun los Apóstoles y los padres de la Iglesia dicen que el cordero es signo de pureza, simplicidad, bondad, mansedumbre, inocencia... y Cristo es la Pureza, la Simplicidad, la Bondad, la Mansedumbre, la Inocencia. San Pedro dirá: «Habéis sido rescatados (...) con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 1,18.19). Y san Juan, en el Apocalipsis, emplea hasta treinta veces el término “cordero” para designar a Jesucristo.

Cristo es el cordero que quita el pecado del mundo, que ha sido inmolado para darnos la gracia. Luchemos para vivir siempre en gracia, luchemos contra el pecado, aborrezcámoslo. La belleza del alma en gracia es tan grande que ningún tesoro se le puede comparar. Nos hace agradables a Dios y dignos de ser amados. Por eso, en el “Gloria” de la Misa se habla de la paz que es propia de los hombres que ama el Señor, de los que están en gracia.

San Juan Pablo II, urgiéndonos a vivir en la gracia que el Cordero nos ha ganado, nos dice: «Comprometeos a vivir en gracia. Jesús ha nacido en Belén precisamente para eso (...). vivir en gracia es la dignidad suprema, es la alegría inefable, es garantía de paz, es un ideal maravilloso».




Lectura del santo evangelio según san Juan (1,29-34):



                      





EN aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo:

«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor





COMENTARIO



                         





Las Lecturas de hoy nos presentan a Jesucristo, el Hijo de Dios, que viene a salvar al mundo de sus pecados.

La Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 62, 1-5) nos presenta a Jesucristo como “siervo de Dios”.   Con el Salmo 39 hemos repetido las palabras del Señor: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.  En eso consiste ser “siervo de Dios”: en hacer su Voluntad.

El Evangelio nos relata una escena en el río Jordán cuando Jesús se acerca a San Juan Bautista y éste dice quién es Jesús. (Jn. 2, 1-12).

El domingo pasado veíamos a Dios Padre decir de Jesucristo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.  Este domingo vemos a San Juan Bautista decirnos: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.  Jesús, presentado por el Padre como su Hijo amadísimo, es ahora presentado por San Juan Bautista como el Cordero inocente que será ofrecido en sacrificio para salvarnos de nuestros pecados.

Sigamos con las palabras del Bautista, que son elocuentes y muy importantes.  Al ver venir Jesucristo hacia él,  San Juan Bautista dice: “Este es aquél de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.  Yo no lo conocía.”

¿Qué significan estas palabras?  Varias cosas: primero es interesante conocer por ellas que San Juan Bautista no conocía a su primo Jesús.  Segundo: que a San Juan Bautista, como Precursor de Jesucristo, Dios le reveló de manera extraordinaria, que Jesucristo era Dios y que, como Dios, era  superior a él y, además, le reveló la eternidad de Dios.  “Ya existía antes que yo”.



                                       





Sabemos que Jesucristo, como Hombre, era unos pocos meses menor que su primo, pues la Santísima Virgen, al encarnarse el Hijo de Dios en su seno, fue a visitar a su prima Isabel para el nacimiento de San Juan Bautista.  De manera que si San Juan, que era unos meses mayor, dice que Jesús “ya existía antes que él”, está diciendo que Jesucristo es Dios y que Dios es eterno... que Dios existía desde siempre.

Esta no es la única revelación que recibió el Precursor del Señor.  Fijémonos que el Bautista nos vuelve a decir:

“Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquél sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’.  Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

De tal forma que ya Dios Padre había dado a San Juan Bautista la clave para reconocer a su Hijo: “Aquél sobre quien bajara y se posara el Espíritu Santo”.  Y en efecto, aún sin conocerlo, Juan dice que vio al Espíritu Santo descender del cielo como en forma de paloma y posarse sobre Jesucristo.

Y en este bellísimo pasaje de la vida del Señor y de su Precursor, no sólo vemos la revelación de Jesucristo, como Hijo de Dios, sino también la revelación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.  San Juan Bautista nos da el testimonio de lo que ve y escucha:

Por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma como de paloma.  Las palabras del Bautista describiendo el Espíritu Santo hacen recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis, antes de la creación del mundo, cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1, 2).  Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma.

Luego sabemos que San Juan Bautista escuchó la voz de Dios Padre que revelaba quién era Jesucristo: “Este es mi Hijo amado”.   Es decir, en el Bautismo del Señor vemos a la Santísima Trinidad en pleno:  el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que aleteando cual paloma se posa sobre Jesús.


                                           




Y Juan nos dice también que su bautismo era sólo de agua para aquéllos que se convertían, pero que Jesús, el Hijo de Dios, nos bautizaría a nosotros con Espíritu Santo.  ¿Y qué quiere decir esto?

Esto es importantísimo:  significa que el bautismo que Jesucristo instituyó, es decir, el Bautismo Sacramento, aunque se nos bautiza con agua, además de purificarnos del Pecado Original, nos comunica el Espíritu Santo, que tiene el poder de transformarnos interiormente.

Que además el Sacramento del Bautismo nos comunica la vida de Dios, por la que somos también, como Jesús, hijos de Dios.  ¡Esto se dice muy fácilmente, pero es de una grandeza incalculable!  Significa que por los méritos de Jesucristo -Quien es el Cordero de Dios que San Juan Bautista nos revela- los bautizados somos realmente hijos de Dios... y podemos llamar a Dios, “Padre”.

Por eso en el Aleluya cantábamos: “Aquél que es la Palabra se hizo Hombre y habitó entre nosotros.  Y a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios”

Recordar el Bautismo del Dios-Hombre es recordar la necesidad que tenemos de bautizar a nuestros hijos cuanto antes, para que puedan ser verdaderos hijos de Dios.  Es un error esperar el Bautismo, porque se piensa que lo más importante es la fiesta  y como no hay dinero para la fiesta, pues no hay Bautismo (!!!).  Otro motivo de tardanza suele ser porque el padrino no vive aquí y vendrá quién sabe cuándo.  Y la más grave: vamos a dejar que el niño decida cuando esté grande si quiere bautizarse o no.  Pero veamos… para alimentarlo o vacunarlo o educarlo en tal o cual escuela, ¿se espera para que el niño decida?  Y resulta que el Bautismo es para el alma muchísimo más importante que cualquiera de esas cosas que podemos darle a nuestros hijos en el plano material.

Todo esto para decir que al descuidar o retrasar el Bautismo innecesaria o indefinidamente estamos privando a los niños de ser hijos de Dios y de muchas otras gracias inmensas y muy, muy necesarias para su salvación. (cf. CIC #1261)

Recordar el Bautismo del Dios-Hombre es recordar -los que hemos tenido el privilegio de ser bautizados- la necesidad que tenemos de arrepentimiento, de conversión, de cambiar de vida, de cambiar de manera de ser, de pensar y de actuar, para asemejarnos cada vez más a Jesucristo.

Es recordar la necesidad que tenemos de purificar nuestras almas en las aguas del arrepentimiento y de la confesión de nuestros pecados.  Es recordar que en todo momento y bajo cualquier circunstancia necesitamos la humildad y la docilidad que nos llevan a buscar la Voluntad de Dios por encima de cualquier otra cosa.


                                   




Pero nada de esto es posible sólo por esfuerzo propio, sino aprovechando todas las gracias que Dios nos da para ir haciendo la transformación necesaria en nosotros, por medio de la cual El nos va haciendo cada vez más parecidos a El.

Que nuestra vida se convierta en una continua entrega a la Voluntad de Dios, de manera que así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la otra vida y podamos escuchar la voz del Padre reconociéndonos también como hijos suyos en quienes se complace, porque como su Hijo Jesucristo, hemos buscado hacer su Voluntad.


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org