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domingo, 6 de marzo de 2016

«Padre, pequé contra el cielo y ante ti» (Evangelio Dominical)


Hoy, domingo Laetare (“Alegraos”), cuarto de Cuaresma, escuchamos nuevamente este fragmento entrañable del Evangelio según san Lucas, en el que Jesús justifica su práctica inaudita de perdonar los pecados y recuperar a los hombres para Dios.

Siempre me he preguntado si la mayoría de la gente entendía bien la expresión “el hijo pródigo” con la cual se designa esta parábola. Yo creo que deberíamos rebautizarla con el nombre de la parábola del “Padre prodigioso”.

Efectivamente, el Padre de la parábola —que se conmueve viendo que vuelve aquel hijo perdido por el pecado— es un icono del Padre del Cielo reflejado en el rostro de Cristo: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15,20). Jesús nos da a entender claramente que todo hombre, incluso el más pecador, es para Dios una realidad muy importante que no quiere perder de ninguna manera; y que Él siempre está dispuesto a concedernos con gozo inefable su perdón (hasta el punto de no ahorrar la vida de su Hijo).


Este domingo tiene un matiz de serena alegría y, por eso, es designado como el domingo “alegraos”, palabra presente en la antífona de entrada de la Misa de hoy: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría». Dios se ha compadecido del hombre perdido y extraviado, y le ha manifestado en Jesucristo —muerto y resucitado— su misericordia.

Juan Pablo II decía en su encíclica Dives in misericordia que el amor de Dios, en una historia herida por el pecado, se ha convertido en misericordia, compasión. La Pasión de Jesús es la medida de esta misericordia. Así entenderemos que la alegría más grande que damos a Dios es dejarnos perdonar presentando a su misericordia nuestra miseria, nuestro pecado. A las puertas de la Pascua acudimos de buen grado al sacramento de la penitencia, a la fuente de la divina misericordia: daremos a Dios una gran alegría, quedaremos llenos de paz y seremos más misericordiosos con los otros. ¡Nunca es tarde para levantarnos y volver al Padre que nos ama!

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):


En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
- «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
- «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
"Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. "
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, "
Pero el padre dijo a sus criados:
"Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
"Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud."
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
"Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado."
El padre le dijo:
"Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».


Palabra del Señor


COMENTARIO.-



Las lecturas de este Cuarto Domingo de Cuaresma siguen teniendo como tema la conversión, idea central de toda la Cuaresma.  El Evangelio nos trae la muy favorita parábola del Hijo Pródigo.

La Primera Lectura del Libro de Josué(Jos. 5, 9-12) nos presenta la celebración de la primera Pascua de los hebreos ya en la Tierra Prometida.  “Todo lo viejo ha pasado.  Ya todo es nuevo” (2 Cor. 5, 17-21), nos dice San Pablo en la Segunda Lectura.   En efecto, atrás quedó la purificación de 40 años en el desierto y el maná como alimento diario.  Dios ha perdonado las infidelidades de su pueblo y les ha dado un suelo del que comerán frutos sacados de la tierra.

En el Evangelio, también “lo viejo pasa y ya todo es nuevo” al regresar el hijo pródigoa la casa del padre y al ser perdonado por ese padre terrenal de esta bella historia, con el cual Jesús trata de describirnos cómo es su Padre, nuestro Padre, Dios.

Pero ... ¡cuántas veces no nos hemos escapado de Dios, huido de El ... y hasta hecho como el hijo pródigo, el cual tuvo la osadía de pedir su herencia antes de irse de la casa de su padre!  ¡Y qué lección tan bella nos ha dejado Jesús en su Evangelio con esa historia del hijo pródigo para explicarnos cómo es con nosotros nuestro Padre, Papá Dios. (Lc. 15, 1-3 y 11-32). 

Esa parábola, junto con la de la oveja pérdida, nos habla con maravillosa elocuencia sobre el Amor y la Misericordia de Dios.  La del hijo pródigo tal vez sea una de las parábolas más conocidas del Evangelio.  El hijo que gastó toda una herencia, que ni siquiera le correspondía.   Es la historia de cada uno de nosotros cuando hemos desperdiciado las gracias que Dios nuestro Padre nos ha dado, y que ni siquiera merecemos.

El hijo, lleno de egocentrismo, de deseos de libertad, sin pedir opinión -mucho menos permiso- y sin importarle cómo se sentiría su padre, se va de la casa con el mayor desparpajo.  Y ya sabemos la historia.  Tenía que sucederle lo que le sucedió: despilfarró todo y llegó a la indigencia total.  Tan grave era su necesidad que quiso comer de la comida de los cerdos, pero no lo dejaban.  No le quedó más remedio que regresar a casa.

¡Cuántas veces no hemos hecho nosotros lo mismo con nuestro Padre Dios!
Nos hemos ido de su lado, en busca de independencia, sin contar con lo que son sus deseos e instrucciones.  Deseos e instrucciones que son para nuestro bien.  Deseos e instrucciones que solemos pensar son para limitarnos, molestarnos o causarnos inconvenientes.


Peor aún es nuestra falta de agradecimiento para con Dios.  Y nuestra falta de consideración.  ¡Todo lo que nos ha dado y nos sigue dando en gracias! Y  ¡cómo las despilfarramos!  Además, ¿hemos pensado alguna vez  cómo se ha sentido nuestro Padre con nuestra huída de casa?

Y no nos digamos -para aplacar nuestra conciencia o para jugar a ser teólogos- que Dios no siente.  No sentirá como nosotros, pero es un hecho cierto que es el mismo Jesús, Dios Hijo, Quien nos cuenta esta historia -inventada por El para enseñarnos cómo es Su Padre, nuestro Padre.  Y dentro de esa historia inventada y contada por Jesús, El nos da a conocer algunos detalles del corazón paterno de Dios, entre éstos, el dolor del padre y la nostalgia por la falta de su hijo.


Regresa el hijo a casa y la verdad sea dicha que no regresa por amor, sino por pura necesidad.  Y aquí nos da Jesús la escena más conmovedora:  “Estaba todavía lejos cuando el padre lo vio y se enterneció profundamente.  Corrió hacia él y, echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.”   ¡Cuántas veces no se habría asomado el padre triste al camino para ver si por acaso al hijo se le ocurría regresar! 

¡Cuántas veces no se asoma nuestro Padre Dios y nos ve descarriados por los caminos de nuestra indiferencia para con El, de nuestras preferencias por todo lo que nos aleja más de la casa y, triste, se vuelve para otearnos desde lejos en algún otro momento!  (Es lenguaje figurado, pues Dios conoce hasta nuestros más insignificantes movimientos y nuestros más íntimos pensamientos.  Podríamos decir que  nos tiene “en pantalla” constantemente).


Y lo que esperaba de su padre el hijo que regresa, no sucede.  El hijo temía el rechazo de parte de su padre.  Pero no.  ¡No recibe lo que merece su culpa!  No hay reprensión, ni el más mínimo reclamo:  sólo amor, perdón y ternura.  Lo mismo pasa cuando nosotros, cual“hijos pródigos”, nos levantamos de nuestro error, de nuestras andanzas lejos de casa y decidimos regresar.

Por eso hemos cantado en el responsorio del Salmo: Haz la prueba y verás ¡qué bueno es el Señor!

¿Qué sucede, entonces, si arrepentidos, pedimos perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión?  Dios nos perdona, y nos perdona de tal manera, que ni siquiera nos reclama, ni nos pone a pagar lo que despilfarramos.  Sin tomar en cuenta nada, nos invita a comenzar de nuevo. 

Todo es amor y ternura para con el hijo que vuelve.  Ropas nuevas que se nos dan con la absolución de nuestras culpas en la Confesión.


Y celebraciones y fiesta, “porque este hermano tuyo estaba muerto  (muerto por el pecado) y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Por cierto San Pablo en la Segunda Lectura (2 Cor. 5, 17-21)  nos habla del“ministerio de la reconciliación”, clara alusión al Sacramento de la Confesión.  En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica así lo ve, y al  referir esta cita de San Pablo, (CIC #1442) nos dice que Cristo “confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico (Obispos y Sacerdotes), que está encargado del ‘ministerio de la reconciliación’ (de que nos habla San Pablo).  El Apóstol es enviado ‘en nombre de Cristo’ y ‘es Dios mismo’ quien a través de él, exhorta y suplica: ‘Déjense reconciliar con Dios’”


Y termina San Pablo su súplica a todos nosotros de arrepentimiento y confesión de esta manera: “Les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido... Este es el momento favorable, éste es el día de salvación” (2 Cor. 5, 1-2).  La Cuaresma es tiempo propicio para convertirnos y“volvernos justos y santos”, como también nos pide San Pablo en esta lectura (2 Cor. 5, 21).











Fuentes:
Sagradas Escrituras.
Evangeli.org
Homilias.org

sábado, 21 de agosto de 2010

"Dios quiere que todos se salven"

Sin duda que lo más importante del texto evangélico de este domingo es el anuncio de Jesús de que la buena nueva de la salvación no se dirige de forma exclusiva a los hijos de Israel sino que está abierta a todos los pueblos de la tierra. Pero junto a este anuncio tan importante para todos nosotros hay otro que no conviene olvidar y que está al principio del texto.

Hay que volver a leer el texto y ver de dónde surge el anuncio de Jesús de que la salvación es para todos los pueblos. No lo dice Jesús como un discurso programático ni como una catequesis. Ese anuncio forma parte de la respuesta de Jesús a uno que le hace una pregunta concreta, muy concreta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” La respuesta de Jesús va en dos direcciones. Por una parte, le deja claro al que le pregunta que hay que esforzarse. Por otra, que nadie está exento de ese esfuerzo.



EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó:--Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo:-Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo muchos intentarán entrar y no podrán.
Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: "Señor, ábrenos” y él os replicará: "No sé quienes sois”.
Entonces comenzareis a decir: "Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas".
Pero él os replicará: "No sé quienes sois. Alejaos de mi malvados".
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrá de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos
.
Palabra del Señor


COMENTARIO

Las lecturas de este domingo XXI del tiempo ordinario nos plantean el tema, siempre difícil, de la salvación. Oímos en el evangelio: "Señor, ¿serán pocos los que se salven?".

La salvación no es el resultado de los esfuerzos que yo he hecho para salir de una situación; eso es la liberación (V.G.: liberación de la mujer, liberación en la expresión...). La salvación alude a que alguien te tiene que sacar de una situación de la que tú no puedes salir por ti mismo; pero en la que tú tienes que colaborar, porque no te pueden salvar sin ti.

Los protestantes dicen que tú no puedes hacer nada por salvarte, que Dios salva gratuitamente; no valen los esfuerzos personales, porque el ser humano está corrompido desde el pecado original. Entonces, en teoría, lo mismo da hacer el bien que el mal. "Peca fuerte y cree mucho", podría ser su lema.

Los pelagianos dicen que uno se salva por el esfuerzo que hace por salvarse. Todo el bien que yo hago se lo puedo presentar a Dios para que me dé la salvación, que me he ganado a pulso. Fijaos que nuestra mentalidad es así de individualista y pelagiana.

En la Iglesia católica pensamos que Dios salva gratuitamente, pero es necesario el esfuerzo para que la salvación llegue a ti. (Ejemplo de la concha del mar: Dios te da la salvación, pero sólo la puedes acoger si, por el amor vivido, estás abierto a él y a los demás. Si has sido egoísta, te vas cerrando a los demás y a Dios; así, aunque Dios te dé la salvación, no la podrás acoger).

Dios quiere que todos se salven como vemos en las lecturas: En la primera se dice: "Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua... vendrán de todos los países al monte santo de Jerusalén". En el evangelio: "Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el reino de Dios".

Dios quiere que todos se salven, pero, sin embargo, habrá quien no se salve. Vemos en el evangelio que cuando llamen a la puerta Dios les dirá: "No sé quienes sois". Es el misterio de la libertad humana, que se puede cerrar al amor de Dios.
La segunda lectura a propósito de la libertad humana, era muy interesante; es como una llamada de atención, como una corrección fraterna. "Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión, porque el Señor reprende a los que ama", no lo toméis a mal. Y oímos en el evangelio: "Esforzaos por entrar por la puerta estrecha... Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos". Son sólo dos ejemplos en los que se nos invita a "utilizar" bien la libertad que tenemos. La libertad y la gracia van unidas en este tema de la salvación, lo mismo que la libertad, a nivel humano, va unida siempre con la responsabilidad personal. Estas dos advertencias nos vienen a recordar que, además en sentido cristiano, también somos responsables de los demás; el amor que les debemos, nos obliga a corregirlos y a aconsejarles. ¡Difícil tarea!


Resumiendo: Así, pues, la salvación es gratuita, pero necesita del esfuerzo humano. Dios quiere que todos se salven, pero habrá algunos que se cerrarán a la salvación de Dios. Y hay que decir también que la salvación que Dios nos da es personal y, al mismo tiempo, colectiva; es decir, es importante lo que personalmente hacemos, pero caminamos junto a otros, incorporados a Cristo por el bautismo, y nos salvamos conjuntamente o perdemos la salvación.

Es como ir en un barco: o nos salvamos todos o nos hundimos. Es lo que llamamos la comunión de los santos, sus méritos y su intercesión por nosotros contribuyen a nuestra salvación.

No sabemos si serán pocos los que se salven, porque Jesucristo no respondió a la pregunta; pero podemos decir que, probablemente, serán pocos los que se condenen.





Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad.