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domingo, 2 de enero de 2011

...Y acampó entre nosotros !!! (Evangelio dominical)


Hay que darle muchas vueltas a la Navidad para llegar a entender algo, poco realmente. Y más para que el misterio llegue realmente a donde tiene que llegar: al corazón de cada uno, al centro de nuestra vida, allá donde se generan las energías más vitales, las motivaciones más profundas. Quizá sea esa la razón por la que la liturgia repite hoy el mismo Evangelio del día de Navidad.

Toca el prólogo del Evangelio de Juan. Es un texto lleno de paradojas sobre todo si tenemos en cuenta la realidad de lo ocurrido. Fijémonos en una de sus frases centrales: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.”

Y ahora volvamos la vista al portal de Belén, al pesebre, a aquella doncella que acaba de dar a luz a un niño con la única ayuda de su marido. Están rodeados de pobreza y miseria –lo habitual de aquellos tiempos para la mayoría–. Están en compañía de animales. Nadie les ha querido dar posada. El momento no es feliz ni glorioso. Por mucho que a la hora de “hacer el Belén” todo nos parezca romántico y pongamos lucecitas alrededor. Pasa como en algunas películas, que están muy bien para verlas pero no para vivir realmente esas experiencias. Aquí es lo mismo. El Belén es muy bonito puesto en la entrada de la casa familiar o en una esquina de la iglesia. Pero la realidad tuvo que ser un poco más desabrida.



¿Qué gloria?

Pues bien, ahí, precisamente ahí, es donde nos dice Juan que “hemos contemplado su gloria.” A nosotros lo de la gloria nos cuesta verlo ahí. La gloria están en las ceremonias solemnes, en las multitudes que aclaman, en las grandes liturgias –tanto religiosas como políticas o deportivas–, en el lujo, la ostentación, el poder. Nada, absolutamente nada de eso se encuentra en la escena del nacimiento de Jesús, tal como nos lo narran los evangelios. Y sin embargo, ahí es donde contemplamos su gloria.

El nacimiento de Jesús es sorprendente. Sobre todo si decimos que el que nace es Hijo de Dios. Pero lo que más sorprende es quizá el modo como nace. Lo sorprendente no es que Dios nos venga a hacer una visita a la tierra. Lo que nos saca realmente de nuestras casillas, nos deja sin palabras, confundidos y perturbados, es el modo, la manera como se encarna. Y que sea ahí, en la miseria, la pobreza, la debilidad, la fragilidad, donde se manifiesta la gloria de Dios.

Eso nos saca de nuestras casillas porque resulta que Dios es muy diferente a todo lo que habíamos imaginado. Y a todo lo que seguimos pensando e imaginando. ¿Qué tiene que ver el portal de Belén y lo que allí sucedió con las liturgias que nos encanta hacer en nuestras catedrales y en nuestras parroquias? ¿Dónde está el incienso, las posturas litúrgicas, los cantos solemnes, las oraciones rimbombantes, las teologías profundas? No hay nada de eso. Apenas un niño recién nacido, con toda su belleza ciertamente, pero también con su fragilidad, con su debilidad, con su impotencia. Esa es la gloria de Dios. Ese es Dios. Cualquier cosa menos todopoderoso.

La gloria de Dios, no la nuestra

Si pensamos bien este misterio de la encarnación, tendríamos que cambiar nuestra forma de pensar. Y, más importante aún, nuestra forma de relacionarnos con Dios. Y, por supuesto, como corolario natural, nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestros hermanos y hermanas. Si verdaderamente hemos comprendido lo que es la gloria de Dios, la gloria del hijo, lleno de gracia y verdad, entonces deberíamos buscar esa gloria allá donde él la quiso poner y manifestar. Y no donde a nosotros nos gustaría que estuviese o donde pensamos que estuvo o que debería estar.

La gloria de Dios está en los indocumentados, en los enfermos abandonados, en los refugiados, en los niños maltratados, en las mujeres violadas y asesinadas, en los injustamente encarcelados, en las multitudes que viven en la miseria, en los desempleados sin ayuda, en los que duermen en las calles, en los alcohólicos, en los drogadictos... La gloria de Dios está ahí mucho más que en las catedrales y en las solemnes liturgias. Dios, naciendo en Belén y de la forma como lo hizo, rompe nuestros esquemas, nos saca de nuestras casillas de tal manera que hasta el día de hoy, cuando han pasado más de dos mil años, todavía no hemos podido asimilar de verdad lo que significa.

Por eso, conviene que meditemos una y otra vez sobre estos textos. Por eso nos conviene seguir celebrando la Navidad un año tras otro. Algún día lo entenderemos. Y lo sentiremos en el corazón. No hay que desesperar.


Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Palabra del Señor


COMENTARIO.

En este domingo II después de Navidad seguimos contemplando el misterio del Nacimiento del Hijo de Dios, el misterio de la Encarnación. De esta realidad nos hablan las lecturas de este domingo, aunque, quizás, de un modo críptico. La Sabiduría, de que habla la primera lectura, y la Palabra, de la que habla el Evangelio, es Jesucristo. Por eso lo que os voy a comentar en estas palabras va a ser una relectura comentada del prólogo de San Juan.



"En el principio ya existía la Palabra [Jesucristo], y la Palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios". Comienza este himno resaltando la existencia de la Palabra desde siempre; Jesucristo es eterno. Además dice que era Dios; por tanto desde el comienzo del Evangelio, San Juan deja de manifiesto nuestra fe trinitaria. La fe monoteísta del pueblo judío se ve sorprendida por la presencia de la Palabra, ya anunciada en la figura de la sabiduría del Antiguo testamento.

"Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho". Solemos decir que la Creación es obra de Dios Padre, la redención de Jesucristo y la santificación del Espíritu Santo. Pero también afirmamos que en cada acción de cada una de las persona de la santísima trinidad las otras personas también están presentes. Jesucristo también participó en la creación.

"En la palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió". Jesucristo es la vida del ser humano; sin su persona, sin su mensaje, sin sus valores, el ser humano no puede tener vida plena y eterna. Su vida era la luz de los hombres. Pero él vino a la tiniebla – así ve San Juan al mundo – y, dramática respuesta, la tiniebla no la recibió. El pecado del ser humano, que es oscuro como la tiniebla, no quiso ser iluminado por la luz.

["Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz"]. Se destaca la figura de Juan el Bautista como precursor del Mesías. Se nota que cambia el sentido del himno, por lo que se piensa que este trozo es posterior al resto.


"La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron". Vuelve otra vez el himno a temas ya apuntados. La Palabra es al luz verdadera, por la que se hizo el mundo, pero el mundo no la conoció. Y para resaltar más el rechazo del mundo de la Palabra, de la luz, dice: "Vino a su casa y los suyos no la recibieron". Todo un preludio de la pasión y muerte de Jesucristo.

"Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios". El ser hijos de Dios, según este himno no nos viene por el bautismo, sino por el hecho de recibir a Jesús y creer en él. ¡Cuántos bautizados viven sin creer en Jesús, de espaldas a él!. La filiación divina es una filiación espiritual, que no tiene que ver con la sangre ni la carne. Nos dice San Pablo en la segunda lectura, que somos elegidos y destinados, en la persona de Cristo, a ser hijos de Dios.

"Y la palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propio del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad". Llegamos al centro de este texto evangélico. Dios, en Jesús, se hace hombre y pone su tienda entre nosotros, aludiendo a la tienda donde estaba el arca de la Alianza. Dios se viene a vivir con los hombres, a compartir nuestra naturaleza humana. Este el misterio que contemplamos: la gloria del Hijo único del Padre.

["Juan da testimonio de él y grita diciendo: "Este es de quien dije: el que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo"]. Continúa aquí el texto añadido al original. Habla del testimonio que da Juan el Bautista de la existencia anterior a él de Jesucristo.

["Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo"]. Es interesante esta afirmación: por medio de Moisés nos vino la Ley, los mandamientos; pero eso sirve de poco de cara a la salvación, cosa que si creían los judíos. Lo que si vale, la gracia y la verdad, nos vienen por Jesucristo.

["A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer"]. Termina haciendo esta afirmación de la revelación de Jesucristo: es él quien nos da a conocer a Dios, que es el único que le ha visto.

Que la contemplación del misterio de la encarnación, en estos días, nos ayude a comprender mejor a Dios y al ser humano.

Amén








Fuentes:
Fernando Tirres Pérez cmf.
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán

sábado, 27 de noviembre de 2010

Esperándote , Señor !!!!!!!!!!!! (Evangelio dominical)


El Adviento es un tiempo cuyo nombre (adventus) significa “venida”. Al revivir la espera gozosa del Mesías en su Encarnación, preparamos el Regreso del Señor al fin de los tiempos : Vino, Viene, Volverá.


Hay esperas y esperas. No es lo mismo la espera del padre que en la sala de espera del hospital aguarda que le comuniquen el nacimiento de su hijo que la del soldado que en la trinchera aguarda el comienzo de la batalla. No es lo mismo el adviento que el espíritu de las lecturas de estos últimos domingos que nos hablaban casi del fin del mundo con imágenes terroríficas de destrucción y cataclismos cósmicos.

Es que ya hemos comenzado el Adviento. Comienza un nuevo año litúrgico, la oportunidad de domingo a domingo volver a meditar los grandes misterios de la vida de nuestro señor Jesucristo, el centro, el Alfa y la Omega, el principio y el fin de nuestra fe. Si seguimos aquí, si somos miembros de la comunidad creyentes es porque la figura de Jesús sigue estando en el centro de nuestros pensamientos. Y su reino es el sueño que anima nuestro compromiso. Y su Padre nos hace sentirnos miembros de la misma familia de Jesús y hermanos de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. Y su Espíritu lo sentimos dentro de nosotros, animando nuestra vida, impulsando nuestros esfuerzos por crear fraternidad y vencer al odio y la violencia que demasiadas veces nos hacen hundirnos en el barro de la historia.



Comienza el Adviento

Y el primer misterio que hay que celebrar es el nacimiento de Jesús. No es un nacimiento más. Nos habla de la encarnación del Hijo de Dios. Nada es accidental en ese nacimiento. Todos los detalles tienen un poderoso significado para nuestra fe. Por eso no podemos llegar a celebrar la Navidad sin una adecuada preparación. El Adviento es ese tiempo que nos dispone para celebrar la Navidad, para darnos cuenta de lo que celebramos y vivimos, para que llegue a lo más hondo de nuestro corazón y entendimiento el misterio de un Dios hecho niño en un pesebre.

Adviento es tiempo de espera alegre. Lo que se nos viene encima no es una amenaza sino una gracia. La invitación a estar en vela no es para estar preparados ante el desastre final sino para disfrutar en comunidad de una espera que es casi tan alegre y gozosa como la misma celebración del hecho. En la espera anticipamos la realidad que viene, la presencia de Dios entre nosotros. En la espera nos permitimos soñar con un mundo diferente. Y ese sueño transforma ya nuestra manera de comportarnos, nos hace vivir de otra manera.

En la espera, volvemos a leer los textos de los antiguos profetas y sus palabras resuenan en nuestro corazón y pintan una sonrisa en nuestro rostro. Leemos y releemos las palabras de Isaías en la primera lectura y nos dan ganas de salir caminando hacia el monte del Señor. Es como si el Espíritu de Dios nos convocará a salir de las iglesias, de nuestras casa, a marchar por la calle anunciando a todos el gozo que se avecina. Por muchas noticias de crisis y desastres de los que están llenos nuestros telediarios, hay una noticia más importante .
Va a nacer Jesús, será el árbitro de las naciones. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. Es el más viejo sueño de la humanidad –la paz, la felicidad, el bienestar para todos– que se atisba ya en el horizonte. Y nosotros sabemos que ese sueño se va a hacer realidad. Se ha hecho ya realidad en Jesús, cuyo nacimiento nos preparamos para celebrar.



Tiempo para estar en vela

Por eso es hora de despertarnos del sueño. O de las pesadillas en que a veces estamos tan metidos que no vemos la luz del Señor que se atisba ya en el horizonte. La realidad es que la noche está avanzada y el día se echa encima. Hay que levantarse, desperezarse, salir de casa y ponerse trabajar por un mundo mejor, como dice la lectura de la carta de Pablo a los Romanos.

Es lo mismo que nos dice el Evangelio: ya está cerca algo tan importante que va a cambiar nuestra vida cotidiana. Hasta ahora la gente comía, bebía y se casaba. Ahora viene algo nuevo. Algo que va a cambiar el color de todo lo que hacemos, que va a dar un nuevo sentido. Lo que viene es la presencia novedosa del Espíritu de Dios, la irrupción de la gracia de Dios que, como un torrente, inunda nuestro presente y nos hace vivir de otra manera: bajo la luz de la misericordia, la reconciliación, el perdón, la comprensión. En definitiva, bajo el inmenso paraguas del amor de Dios que desea la vida de todas sus criaturas.

Por eso hay que estar preparados, en vigilia, y ya desde ahora gozar de esa presencia. ¿No se dice siempre que las vísperas de una fiesta son casi mejores que la fiesta misma? Pues ya estamos en las vísperas de la Navidad. Es tiempo de disfrutar y de gozar con la preparación de la fiesta mayor del año: viene Jesús. No es tiempo de angustia sino de esperanza.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (24,37-44):

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.

Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Comenzamos este nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento. Sabéis que Adviento es una contracción de Advenimiento, que quiere decir que está por llegar Jesús. En este tiempo de adviento recordamos que Jesús viene a nosotros y nos preparamos para recibirle en Navidad y al final de la vida. Recordamos, pues, su doble venida: la primera cuando se encarnó y vivió entre nosotros como hombre; la segunda cuando venga al final de los tiempos para juzgar al mundo.

El Adviento es tiempo de esperanza, tiempo en el que celebramos todo lo bueno que está por venir a nuestra vida para sacarnos de todas las situaciones negativas que vivimos. Vemos en la primera lectura una visión de Isaías que dice: "Al final de los días... confluirán hacia Jerusalén de todos los pueblos... Dios nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas... De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas". Así ve Isaías ese futuro esperanzador y pacificador que nos aguarda.

El Adviento es tiempo de preparación o de vigilancia. La segunda lectura nos dice: "La salvación está cerca. Es hora de espabilarse. Conduzcámonos como en pleno día". Y en el texto del Evangelio: "Estad en vela porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Estad preparados".

¿Cómo estar preparados o en vela? Estas expresiones hacen referencia a que tengamos conciencia del momento en que vivimos y lo vivamos con responsabilidad; es decir, asumiendo las consecuencias de nuestro vivir. Para explicar esta actitud de vigilancia recurrimos a la comparación de tener preparada la casa para recibir a una visita importante: hemos limpiado todo, hemos recogido los trastos que estorban, hemos colocado las cosas y estamos esperando que llegue la visita.

(Los párrafos siguientes están entresacados de un libro de Cáritas; y comentados por Pedro Crespo)

Velar no es estar a la expectativa y preguntarse qué va a pasar. Tampoco es mirar el horóscopo o echar las cartas de la suerte. Velar es escuchar la Palabra, mirar en profundidad a las personas, leer los signos de los tiempos, de los acontecimientos, de la historia, captar la ruta de las mociones del Espíritu. Saber interpretar los signos de los tiempos a la luz de la Palabra de Dios. Igual que el que acumula experiencia, tiene recursos ante los nuevos acontecimientos, quien conoce la Palabra de Dios, tiene criterios evangélicos ante la vida diaria.

Velar es amar. El que ama tiene siempre el corazón en vela. El amado puede venir en cualquier momento, o habrá que salir en su busca. El que ama, aunque duerma, está despierto. El que ama siempre está vivo y capta desde lejos los pasos del amado. Quien ama está siempre despierto para el ser amado: centrado en él, pendiente de sus necesidades... pero sin agobiar, dejándole espacio para el crecimiento y la libertad.

Velar es creer. El que cree tiene su mente despierta. Sabe que Dios tiene muchas formas de hablar, hasta con silencios. Quiere conocer más y mejor la verdad, acercarse al misterio, a todos los misterios, el de Dios, el de las personas, el de la historia, el de la vida. La fe capacita para la vigilia, pues nos hace ver la vida desde esta hermosa perspectiva: la venida de Jesús, el encuentro con él.

Velar es esperar, siempre y en todo esperar. No una espera pasiva, claro. Se trata de una espera activa y comprometida. Velar es comprometerse. Es la espera del agricultor o de la mujer embarazada. Saben que el fruto llegará a su tiempo. Es la espera de todos los que luchan por cambiar las cosas, soñando por el mundo nuevo, por el reino de Dios. La esperanza siempre es un acicate para el compromiso. Entre los dos siempre hay una proporción creciente.

Velar es orar, porque el objeto de nuestra esperanza no depende sólo de nosotros. La iniciativa es siempre de Dios; más que hacer cosas para estar en vela hay que dejar que Dios obre en nosotros. El mejor compromiso del vigilante es la oración, porque en ella se incluye el amor, la fe y la esperanza. El que ora, cree, ama y espera. El que ora trabaja como el primero para cambiar las cosas. El que ora se convierte en semilla del futuro. El que ora terminará adelantando el futuro.

Pues al comenzar este año el tiempo de Adviento, que encontremos momentos especiales para prepararnos y estar en vela; que fomentemos actos que potencien nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, que saquemos tiempo para hacer oración.

Que así sea.














Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad







sábado, 23 de octubre de 2010

"Oh, Dios, ten compasión" ........Misioneros y publicanos..... (Evangelio dominical)


DOMUND.."Queremos ver a Jesús".

El 24 de octubre, 'dominica XXX' del tiempo ordinario, la Iglesia evoca el mandato de Jesús a sus apóstoles: 'Id a todo el mundo y anunciad el Evangelio a todos los hombres'. Se trata de una jornada misionera y por eso este mes es para toda la iglesia el 'Octubre misionero'.
El tema o eslogan de la campaña de este año expresa un interrogante: '¿Dónde está Dios?, ¿queremos ver a Dios?' Esta frase nos recuerda la petición que los griegos paganos le hacen al apóstol Felipe: 'Muestranos al Señor', 'queremos ver a Jesús'? Hoy como entonces, la labor de los que trabajan en la misión o en la propagación del mensaje del Reino de Dios, clérigos o laicos, es mostrar la persona de Jesús. La labor de los misioneros es la de manifestar el rostro de Dios a un mundo descreído.

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje del Domund, nos dice que lo que los hombres esperan de los creyentes no es solo que les hablen de Dios, sino que con sus conductas se lo hagan ver, y por eso repiten una y otra vez: queremos ver a Dios.
Para los creyentes de hoy, los misioneros son los primeros contempladores del rostro de Jesús y quienes tienen la obligación de manifestarlo.
Ellos, por amor, entregan su vida a los demás y contemplan el rostro de Dios en los más pobres y necesitados, y con sus vidas nos lo muestran a los demás.

El cartel anunciador del Domund 2010 es todo un signo y un símbolo que nos habla de imágenes, dado que la cara y la expresión de sonrisa en el rostro de la misionera y la del niño que tiene en sus brazos simbolizan a Dios y lo muestran a cuantos quieren verlo y están pidiendo a gritos que se lo muestren.

Los misioneros promueven en los fieles una sensibilidad y una predicación también hacia cuantos, muchas veces sin saberlo, buscan conocer a Dios y a Jesucristo. El Concilio Vaticano II nos dice que en todas las religiones hay vestigios de Dios y de la Revelación.
Todos los bautizados tenemos que participar en la dimensión misionera de la Iglesia y colaborar con nuestra generosa aportación económica en las campañas para atender las necesidades de los países de misión.
También tenemos que intensificar la oración y el sacrificio para que aumenten las vocaciones misioneras de los sacerdotes, religiosos y colaboradores laicos. Actuando de este modo, manifestamos el rostro de Dios y cumplimos con el mandamiento del amor a Dios y al peregrino.
El conocimiento de Dios es un medio para amarlo más, porque el conocimiento sigue al amor.
En la Jornada del Domund, pongamos todas las ofrendas (que son las oraciones, los sacrificios y los donativos) para que con todas ellas sigamos mostrando que el verdadero amor no solo se hace camino de santificación, sino que es medio y apoyo para que Dios sea conocido, amado y adorado. Ojalá que en esta Jornada misionera muchos puedan ver a Dios o lo reconozcan con mayor nitidez.

EL EVANGELIO DE HOY.

"El fariseo perdió su tiempo y el publicano ganó el perdón"

Hay personas que viven así su relación con Dios. Rezan rosarios, van a misa, cumplen con los mandamientos, aman al prójimo.

Pero todo no es más que una forma de pagar el precio que cuesta la salvación. Dicho de otra manera, así se sienten seguros de tener la salvación eterna, de tener a Dios de su parte.

En el evangelio de este domingo se nos presenta así la figura del fariseo. Cumple con todas las normas y leyes. Hace incluso más de lo que está legalmente exigido. Por eso se siente seguro de poder levantar la cabeza frente a Dios. Él no es como los demás pecadores. Con todo su bagaje de cumplimiento, está convencido de que puede dirigirse a Dios de tú a tú. Y prácticamente exigirle la salvación. Ha pagado su precio. Lo normal es que obtenga a cambio lo que ahora se le debe: la salvación.

La verdad es que el fariseo no se ha enterado de nada. Se ha confundido de medio a medio. No se ha dado cuenta de que lo mejor de la vida no se compra sino que se encuentra regalado. Para empezar, Dios nos ha regalado la vida y la libertad y la conciencia. Y, sobre todo, la capacidad de amar y ser amados. Dios nos ha regalado su amor. El amor es el verdadero caldo de cultivo de la vida, de la felicidad, de la salvación. Y el amor siempre se regala. Nunca se compra. Nunca se puede comprar. Ni con todo el oro del mundo. Ni con todos los sacrificios ni misas ni rosarios ni ayunos ni oraciones ni...


El publicano tiene conciencia de que no merece nada. Es un superviviente de la vida. Ha chapoteado en el barro tratando de mantener la cabeza fuera. No tiene ningún título ni privilegio que poner en la presencia de Dios. Sabe que sólo puede esperar y confiar en la compasión y en la misericordia del que le regaló la vida. Por eso se sitúa atrás, al fondo de la sinagoga y mantiene los ojos bajos. Sólo confía y espera. No tiene nada. Pero, precisamente por eso, sólo él puede experimentar la gratuidad del amor de Dios, que le sigue bendiciendo con la vida y abriéndole caminos de esperanza y de perdón. La paradoja está en que es el fariseo el que encuentra la salvación, la justificación, ante Dios mientras que el fariseo se va con las manos vacías. O mejor, se va con las manos llenas de muchos actos religiosos pero vacías de Dios.

La experiencia básica de la fe cristiana es el encuentro gratuito con Dios y con su amor manifestado en Cristo. Ese amor transforma la vida de la persona, le capacita para amar y para vivir agradecida. Todo lo que viene luego –cumplir las normas, participar en la eucaristía, orar con la Palabra, ponerse al servicio de los hermanos más necesitados– no es una forma de conseguir méritos ante Dios sino expresión y comunicación del amor sentido y experimentado, del amor recibido de Dios. El publicano volvió a su casa capacitado para amar porque se dejó llenar por la misericordia y la compasión de Dios. El fariseo volvió a su casa dispuesto a seguir cumpliendo normas y leyes que le dejaban siempre en un callejón sin salida en el que nunca se encontraba de verdad con el Dios del Amor y de la Vida.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

Las lecturas de este domingo XXX del tiempo ordinario nos vienen a decir que Dios está dispuesto a escuchar al pobre, al humilde y al afligido, pero no a los que se sienten seguros de sí mismos.

A este propósito dicen las lecturas:

En el evangelio: "Jesús dijo esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás".

Está claro que va a ser una crítica para los fariseos.


Además escuchamos:

En el salmo: "Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha".

En la primera lectura: Dios no puede ser imparcial, Dios toma partido por el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano y de la viuda.


Dios toma partido por el publicano y está en contra del fariseo. Pero hagamos el recorrido un poca más despacio.

Los publicanos, los cobradores de impuestos de los romanos, eran gente especialmente mal vista en la época de Jesús. Y desde luego con razón.

Eran agentes al servicio de los ocupantes romanos, que exprimían con impuestos a la gente de palestina para cubrir las necesidades del imperio. No sólo eso: además de cubrir las necesidades del imperio, tenían derecho a exigir dinero para cubrir, también, sus propias necesidades, y así se enriquecían a costa de sus conciudadanos. Por eso eran considerados doblemente pecadores: porque eran traidores a su país, y porque eran ladrones aprovechados.

En cambio, los fariseos eran buena gente. Lo que dice este fariseo del evangelio no es ninguna mentira: eran honestos y cumplidores de la Ley, y además eran caritativos con los pobres. No había ni punto de comparación entre la manera de actuar de los fariseos y la de los publicanos: los fariseos eran mucho más dignos, mucho más fieles, mejores seguidores de la voluntad de Dios.
Pero en cambio resulta que, en el texto del evangelio de este domingo, queda muy claro que Jesús se siente más cerca del publicano que del fariseo. Y no sólo en esta lectura: en todo el evangelio vemos como Jesús critica frecuentemente a los fariseos, y los fariseos le critican, y en cambio parece que con los publicanos se siente mejor.

¿Por qué pasa esto? Es muy sencillo. Porque los fariseos estaban convencidos de hacerlo todo muy bien, como si no tuvieran ninguna necesidad del amor y de la salvación de Dios y, en cambio, los publicanos sabían muy bien que su actuación era mala, y, por lo tanto, eran capaces de darse cuenta de que necesitaban el amor y el perdón de Dios. Claro: si alguien no necesita a Dios para nada, cada vez estará más lejos de él, por mucho que piense que cumple con todo lo que ha de cumplir; en cambio, si alguien se reconoce pecador, tendrá ganas de acercarse a Dios y de buscar su amor, y Dios podrá acercarse a él.

El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que le necesitamos de verdad. Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada. Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos cumplidores de lo que se nos pide, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amarlo como él nos ama, hasta que lleguemos a confiar totalmente en él, hasta que lleguemos a hacer del Evangelio el criterio de nuestra existencia.

Siempre nos queda un gran camino por recorrer. Porque ser cristiano, ser fiel a Dios, no consiste en cumplir solamente una serie de preceptos: cumplir los mandamientos y ser buenos es necesario, pero no basta. Ser cristiano es mucho más, es un camino que no se termina nunca: ser cristiano es llegar a ser como Jesús.

Pero, darnos cuenta de esta gran distancia que existe entre Dios y nosotros, no tiene que desanimarnos. Porque Dios no espera de nosotros que lleguemos a la perfección: lo que espera de nosotros es que no dejemos de caminar hacia él y que no dejemos nunca de pedir su ayuda. Tenemos que reconocer que lo necesitamos. El fariseo era incapaz de reconocerlo. No necesitaba de Dios porque cumplía la ley y estaba satisfecho; eso ya le daba la salvación. Salió del templo mucho más alejado de Dios que entró. El publicano, en cambio, si que reconocía que necesitaba de Dios, y por eso Dios le dio su perdón y lo puso en camino de la salvación y de la vida.

Quizás ahora podríamos detenernos en nuestro interior y hacer como el publicano: repasar nuestra vida y darnos cuenta de todo el camino que nos queda por hacer hasta llegar a vivir desde el Evangelio. Podríamos hacer como un examen de conciencia: repasar las cosas que hacemos mal. O cosas que deberíamos hacer y no las hacemos... en casa, en el trabajo, en la relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en la relación con Dios... Seguro que ya sabemos en qué cosas fallamos más. Pues, recordémoslas ahora, y reconozcamos nuestro pecado ante Dios, y pidámosle ayuda para seguir adelante.

Seguro que así Dios nos acogerá con su amor, y nos llenará de su gracia, y nos alimentará una vez más con el pan de la Eucaristía.


















Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
Enrique Bande Rodríguez
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad

domingo, 3 de octubre de 2010

Vivir con más fe !!!! (Evangelio dominical)

El fragmento del Santo Evangelio según san Lucas que nos ofrece este domingo la Santa Misa en su Liturgia de la Palabra, aúna dos lecciones del Señor que deseamos asimilar bien. No se trata de enseñanzas independientes, como si poco tuvieran que ver unas con otras las variadas exigencias de la vida cristiana. Son, por el contrario, dos manifestaciones muy claras de que lo nuestro debe ser siempre adorar y amar a Dios, Nuestro Padre y Señor.

Ha querido el Creador adoptar a los hombres como verdaderos hijos por Jesucristo, el Verbo encarnado, y que gocemos así de su divinidad, del mismo modo que gozan los hijos en este mundo de la riqueza y bondad de sus padres. La misericordia de Dios ha puesto a nuestro favor todo su poder y bondad.

Nos trata como el mejor de los padres, queriendo que sea nuestro todo lo que le pertenece. Basta para ello que queramos que sea Nuestro Padre y Nuestro Dios. Entonces, con la confianza propia de los hijos, nos parecerá normal disponer habitualmente de lo que es sólo suyo por naturaleza: su amor, su poder, su comprensión, su perdón, su vida; esa vida eterna que nos ha prometido en su intimidad, y la fortaleza y constancia para marchar en cada jornada sin apartarnos de su lado.

Apoyados en el convencimiento de fe, por el que no dudamos de su amor, nos dirigimos a su infinita bondad, persuadidos de que nos quiere mejores hijos, y le decimos: ¡auméntanos Señor la fe, para que te veamos más cerca, más amoroso, más Padre! Querríamos quererle con nuestro corazón como Él se merece. Ya comprendemos, sin embargo, que, siendo criaturas, es imposible sólo con nuestras solas fuerzas, por más que logremos poner toda nuestra ilusión y nuestro esfuerzo en ese cariño. Es necesario que le queramos, por la Gracia, con su corazón, con esa caridad que nos ganó Jesús con su Cruz, para que pudiéramos ser "otros Cristos", empleando la expresión de san Pablo. Es preciso que le veamos con "sus ojos" y no dudemos entonces de que, con Él, podemos mover montañas y plantar árboles en el mar, como dijo Jesús que haríamos por la fe. Podremos así –Él lo espera– darle la vuelta al mundo; a este mundo, tan ajeno en ocasiones a la fe, que sólo admite lo estrictamente sensible, y en el que el hombre, con su inteligencia y prescindido gran poder, se constituye en criterio de la verdad y el bien.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS ( 17, 5-10)

Los apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe.»
El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “Enseguida, ven y ponte a la mesa?”
¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú?”
¿Tenéis que estar agradecido al criado porque ha hecho lo mandado?
Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”»

Palabra del Señor.



COMENTARIO.

Creo que las lecturas de este domingo XXVII del tiempo ordinario nos hablan del tema de la fe, pues dicen:

En la primera lectura: "El justo vivirá por su fe".

En la segunda lectura: "Toma parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé... y vive con fe y amor cristiano".

En el evangelio: Los discípulos le dicen a Jesús: "Auméntanos la fe".

¿Qué es la fe, qué quiere decirse cuando uno dice que tiene fe? Pues podríamos decir que la fe es una actitud de respuesta a Dios que le reconoce como el valor central de su vida y se pone en sus manos.

Es una actitud de respuesta porque la fe tiene una estructura de diálogo: Dios te pregunta si quieres seguirle y tú respondes reconociéndole como lo más importante de tu vida. Esta respuesta a Dios no se hace con palabras, sino que es una actitud que se expresa en tres dimensiones fundamentales: La vivencia personal, las celebraciones de los sacramentos y el compromiso.

La vivencia personal se refiere a lo que uno vive y cree interiormente; esa vivencia interior se expresa en las celebraciones de los sacramentos, principalmente en la eucaristía y la penitencia; y se expresa también en el compromiso personal por cambiar este mundo desde los criterios del evangelio.

Cuando decimos auméntanos la fe, según lo explicado, le estamos diciendo al Señor: auméntanos la vivencia personal, auméntanos la expresión de la fe en los sacramentos, auméntanos el compromiso. Cada uno según su situación personal necesitará crecer en la fe en una dimensión determinada.
No sé si va a ser un poco lioso, pero os voy a decir a continuación unas reducciones de la fe y, por tanto, los aspectos en los que debe ir creciendo esa persona (todos necesitamos crecer en alguna de estas direcciones):

1º Hay personas que entienden la fe como algo interior, privado e íntimo; potencian mucho la dimensión de la vivencia personal, porque piensan que la fe no debe salir de ahí. Estas personas tienen que desprivatizar su fe y expresarla en las celebraciones y en el compromiso de la vida.

2º Hay otras personas que por el contrario olvidan esta dimensión de la vivencia personal de la fe y hacen ritos religiosos porque es una costumbre social: se casan, bautizan, hacen la comunión y entierran a sus familiares por que es así como se acostumbran a hacer las cosas. Estas personas tendrían que caer en la cuenta de que la fe es una opción personal por seguir a Jesús por encima de las costumbres o tradiciones.

3º Hay personas que viven su fe potenciando principalmente la celebración de la fe de un modo beato, olvidando que deben potenciar también en su vida de fe la vivencia personal y el compromiso. Normalmente las personas a las que denominamos peyorativamente "beatos", suelen ser personas de gran fe.

4º Hay otras personas que olvidan celebrar su fe y dicen que tienen más fe que nadie, pero no van a la Iglesia. Estas personas terminan instrumentalizando su fe y poniéndola al servicio de lo que ellos quieren. Tendrían que celebrar su fe para descubrir que la fe no es cosa sólo suya, sino que es cosa de dos, que Dios debe poner su iniciativa y su gracia.

5º Hay personas que piensan que creer es comprometerse y viven una fe volcada principalmente al servicio al hermano. Estas personas deberían descubrir que la fe es una relación personal con Dios, que se vive interiormente y se expresa en los sacramentos que son encuentros reales con Dios; de esa relación personal es de donde sale el compromiso por servir a los más necesitados.
6º Hay otras personas que olvidan el compromiso en su vida religiosa, viven y celebran su fe sobre todo para sentirse bien interiormente, pero no acaban de plasmar esa fe en la vida diaria de cada día, en sus actitudes, en sus opciones, en sus pensamientos. Estas personas tendrían que descubrir la coherencia entre lo que se vive interiormente y se celebra con la vida de cada día.

En cualquier situación que nos encontremos, hoy le pedimos al Señor que nos aumente la fe, que nuestra respuesta a su invitación a seguirle sea una respuesta generosa; y que al final digamos, como en el evangelio, "hemos hecho lo que teníamos que hacer".

Nota: La lógica de este discurso es la siguiente (por si vale): Le pongo a la fe tres dimensiones, sacadas de la descripción que hacen los Hechos de los Apóstoles de las primeras comunidades:

1ª.- "Vivencia Personal": Credo, Evangelización, Enseñar...

2ª.- "Celebraciones": Culto (sacramentos), Liturgia, Santificar...

3ª.- Compromiso: Moral, Cáritas, Regir...

Y luego voy viendo modos insuficientes de entender la fe, en este orden: cuando uno toma sólo una dimensión y cuando uno olvida esa dimensión; recorro las tres dimensiones

Y así me sale un análisis personal, que creo que tiene una buena correspondencia con la realidad. (Pedro Crespo Arias)














Fuentes:
nsvisitación.
Pedro Crespo Arias.
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad.

jueves, 9 de septiembre de 2010

BUSCAS LA FELICIDAD DONDE NO ESTÁ!!!!! (Oración al Altísimo)


ALABANZAS AL SANTÍSIMO

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

INTRODUCCIÓN
Quiero ver el día en que el Hijo Mayor se apunte a la fiesta del Padre, olvidando los resentimientos.
Quiero ver el día en que tantos cristianos vivan convencidos personalmente de lo que hacen y piden en la Iglesia, en el que tantos cristianos tengan verdadera pasión por Dios y por su Iglesia, en el que tantos cristianos salgan de la rutina de sus vidas y se arriesguen a acudir a la fiesta... quiero ver el día en el que se supere la distancia que le hemos marcado a Dios.

ORACIÓN-MEDITACIÓN:
Dentro del Altísimo, mi alma florece,
se regocija ante la vista del sendero ascendente.

Lo que está arriba se une con lo que está abajo,
y el Altísimo ha impregnado mi alma con su radiante mirada.

De todas las generaciones, la mía ha sido bendecida,
porque el Todopoderoso hizo grandes cosas por mí,
impregnó mi alma con su rayo.

Sagrado es su nombre, a través de los siglos su bendición se extiende
a todos aquellos que, por amor, siguen siéndole fieles.

Sublime e intocable es el Altísimo,
Todopoderosa es la fuerza de su brazo;

Él dispersa a los orgullosos, destruye a aquellos que sólo piensan en sí mismos,
derriba el trono de quienes sólo creen en su propio poder,
y eleva a su Reino a los corazones humildes, sencillos, puros y amorosos.
Regala sus dones a quienes permanecen en silencio ante su presencia.

El Altísimo nunca abandona a sus hijos que le sirven con sabiduría y amor.

Amén.

MONICIÓN AL EVANGELIO

El Dios de Jesús es liberador, nos ofrece la libertad liberándonos de nuestras más propias e íntimas esclavitudes.
El Evangelio de hoy nos lo recuerda en esas tres parábolas que nos cuenta, dos breves –la oveja perdida y la moneda perdida– y una larga –la historia del hijo pródigo–. Pero no hay que olvidar el comienzo del relato.
Jesús no hace sino responder a la acusación de los fariseos y escribas que le culpan de “acoger a los pecadores y comer con ellos.” ¡Claro! ¿Cómo podía Jesús actuar de otra manera?

Su misión consistía básicamente en acoger a los pecadores, tratarlos como personas, devolverlos la confianza en sí mismos, hacer que se sintiesen amados por Dios, que experimentasen la misericordia inmensa de Dios, que la reconciliación llegase hasta lo más honde de sus heridas, que descubriesen e identificasen a los ídolos que les habían llevado a esa postración.
Jesús por la sencilla razón de que ellos, los pecadores, son la oveja y la moneda perdidas de Dios.
Ellos son los que de una manera especial necesitan la cercanía y el cariño de Dios.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-32):

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido."

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra?
y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "iFelicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.

" El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos.
Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba comer.
Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre.
Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."»

Palabra del Señor

MEDITACIÓN

Un día sentí que me faltaba el calor de tu brazos.Sentí el frío de no contar con ellos.
Un frío que enfría el alma.
Me creí libre de ti, Señor, y me encontré esclavo de mí mismo.Sentí la soledad, aunque estaba con todos.
Sentí la tristeza, aunque todos se reían.
Sentí el vacío y todos parecían felices.
Hoy vuelvo a Ti, Padre.
Necesito que tus brazos me estrechen.
Necesito que tu corazón me devuelva la alegría.
Necesito que tu calor se lleve mi frío.
Necesito sentir que me llamas hijo.
Necesito sentir el calor de tu abrazo.
Necesito sentir el silencio del no reproche.
Necesito sentir que me invitas a tu mesa.
Necesito sentir que me abres la puerta.
Necesito sentir que hoy me dices: “Entra, esta es tu casa. Ponte cómodo y hagamos fiesta”.


PRECES

*Al caer la tarde tú Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
- acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.
*Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.
*Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.
Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.
*Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.
*Padre te pedimos por los frutos pastorales y espirituales de los distintos Encuentros Diocesanos de la Juventud con el P.Andrés al frente,
-para que bajo la protección de Sta. María de Gracia sea un semillero de nuevas vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y laical.

*Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.
*Te encomendamos Señor a todos los sacerdotes que son y han hecho historia en nuestra parroquia,
-Dales fortaleza en su trabajo y un amor grande a la Cruz.
*Señor Jesús, te agradecemos por tener en medio de nosotros al padre D. José Carlos, testimonio de larga vida entregada a Ti.
-Te rogamos bendigas sus trabajos con frutos abundantes y danos a nosotros la fe viva para para valorar su experiencia y acompañarlo en esta nueva misión.
*Señor, te pedimos también por todos los que llevan diversas cruces en su vida y son incapaces de soportarlas.
-Para que les ayudemos física y espiritualmente.
*A Ti que nos enseñas a llevar las cruces de cada día, te pedimos por todos nosotros;
- para que te sigamos con más verdad.
*Señor, Tú que viniste al mundo para hacerlo más justo y solidario, te pedimos por los 33 mineros que esperan en Chile su liberación.
- Para que la solidaridad internacional haga posible la libertad de todos ellos.

ORACIÓN FINAL:

Oración del hijo pródigo:

Te alabo por tu misericordia,

con todos los hijos pródigos

que han vuelto desde el primer converso

que sólo Tú conoces; a los célebres como David y Agustín.

Y el último que volverá.

Te alabo yo, que he sido y soy el pródigo

que no acaba nunca de volver a tu Casa,

y lo que es peor, a veces el hijo mayor.

Amén


AVE MARIA Y GLORIA







Fuentes:
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad.






sábado, 21 de agosto de 2010

"Dios quiere que todos se salven"

Sin duda que lo más importante del texto evangélico de este domingo es el anuncio de Jesús de que la buena nueva de la salvación no se dirige de forma exclusiva a los hijos de Israel sino que está abierta a todos los pueblos de la tierra. Pero junto a este anuncio tan importante para todos nosotros hay otro que no conviene olvidar y que está al principio del texto.

Hay que volver a leer el texto y ver de dónde surge el anuncio de Jesús de que la salvación es para todos los pueblos. No lo dice Jesús como un discurso programático ni como una catequesis. Ese anuncio forma parte de la respuesta de Jesús a uno que le hace una pregunta concreta, muy concreta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” La respuesta de Jesús va en dos direcciones. Por una parte, le deja claro al que le pregunta que hay que esforzarse. Por otra, que nadie está exento de ese esfuerzo.



EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó:--Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo:-Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo muchos intentarán entrar y no podrán.
Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: "Señor, ábrenos” y él os replicará: "No sé quienes sois”.
Entonces comenzareis a decir: "Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas".
Pero él os replicará: "No sé quienes sois. Alejaos de mi malvados".
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrá de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos
.
Palabra del Señor


COMENTARIO

Las lecturas de este domingo XXI del tiempo ordinario nos plantean el tema, siempre difícil, de la salvación. Oímos en el evangelio: "Señor, ¿serán pocos los que se salven?".

La salvación no es el resultado de los esfuerzos que yo he hecho para salir de una situación; eso es la liberación (V.G.: liberación de la mujer, liberación en la expresión...). La salvación alude a que alguien te tiene que sacar de una situación de la que tú no puedes salir por ti mismo; pero en la que tú tienes que colaborar, porque no te pueden salvar sin ti.

Los protestantes dicen que tú no puedes hacer nada por salvarte, que Dios salva gratuitamente; no valen los esfuerzos personales, porque el ser humano está corrompido desde el pecado original. Entonces, en teoría, lo mismo da hacer el bien que el mal. "Peca fuerte y cree mucho", podría ser su lema.

Los pelagianos dicen que uno se salva por el esfuerzo que hace por salvarse. Todo el bien que yo hago se lo puedo presentar a Dios para que me dé la salvación, que me he ganado a pulso. Fijaos que nuestra mentalidad es así de individualista y pelagiana.

En la Iglesia católica pensamos que Dios salva gratuitamente, pero es necesario el esfuerzo para que la salvación llegue a ti. (Ejemplo de la concha del mar: Dios te da la salvación, pero sólo la puedes acoger si, por el amor vivido, estás abierto a él y a los demás. Si has sido egoísta, te vas cerrando a los demás y a Dios; así, aunque Dios te dé la salvación, no la podrás acoger).

Dios quiere que todos se salven como vemos en las lecturas: En la primera se dice: "Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua... vendrán de todos los países al monte santo de Jerusalén". En el evangelio: "Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el reino de Dios".

Dios quiere que todos se salven, pero, sin embargo, habrá quien no se salve. Vemos en el evangelio que cuando llamen a la puerta Dios les dirá: "No sé quienes sois". Es el misterio de la libertad humana, que se puede cerrar al amor de Dios.
La segunda lectura a propósito de la libertad humana, era muy interesante; es como una llamada de atención, como una corrección fraterna. "Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión, porque el Señor reprende a los que ama", no lo toméis a mal. Y oímos en el evangelio: "Esforzaos por entrar por la puerta estrecha... Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos". Son sólo dos ejemplos en los que se nos invita a "utilizar" bien la libertad que tenemos. La libertad y la gracia van unidas en este tema de la salvación, lo mismo que la libertad, a nivel humano, va unida siempre con la responsabilidad personal. Estas dos advertencias nos vienen a recordar que, además en sentido cristiano, también somos responsables de los demás; el amor que les debemos, nos obliga a corregirlos y a aconsejarles. ¡Difícil tarea!


Resumiendo: Así, pues, la salvación es gratuita, pero necesita del esfuerzo humano. Dios quiere que todos se salven, pero habrá algunos que se cerrarán a la salvación de Dios. Y hay que decir también que la salvación que Dios nos da es personal y, al mismo tiempo, colectiva; es decir, es importante lo que personalmente hacemos, pero caminamos junto a otros, incorporados a Cristo por el bautismo, y nos salvamos conjuntamente o perdemos la salvación.

Es como ir en un barco: o nos salvamos todos o nos hundimos. Es lo que llamamos la comunión de los santos, sus méritos y su intercesión por nosotros contribuyen a nuestra salvación.

No sabemos si serán pocos los que se salven, porque Jesucristo no respondió a la pregunta; pero podemos decir que, probablemente, serán pocos los que se condenen.





Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad.