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domingo, 3 de junio de 2018

«Éste es mi cuerpo. Ésta es mi sangre» (Evangelio Dominical)





Hoy, celebramos solemnemente la presencia eucarística de Cristo entre nosotros, el “don por excelencia”: «Éste es mi cuerpo (...). Ésta es mi sangre» (Mc 14,22.24). Dispongámonos a suscitar en nuestra alma el “asombro eucarístico” (San Juan Pablo II).

El pueblo judío en su cena pascual conmemoraba la historia de la salvación, las maravillas de Dios para con su pueblo, especialmente la liberación de la esclavitud de Egipto. En esta conmemoración, cada familia comía el cordero pascual. Jesucristo se convierte en el nuevo y definitivo cordero pascual sacrificado en la cruz y comido en Pan Eucarístico.

La Eucaristía es sacrificio: es el sacrificio del cuerpo inmolado de Cristo y de su sangre derramada por todos nosotros. En la Última Cena esto se anticipó. A lo largo de la historia se irá actualizando en cada Eucaristía. En Ella tenemos el alimento: es el nuevo alimento que da vida y fuerza al cristiano mientras camina hacia el Padre.

La Eucaristía es presencia de Cristo entre nosotros. Cristo resucitado y glorioso permanece entre nosotros de una manera misteriosa, pero real en la Eucaristía. Esta presencia implica una actitud de adoración por nuestra parte y una actitud de comunión personal con Él. La presencia eucarística nos garantiza que Él permanece entre nosotros y opera la obra de la salvación.

La Eucaristía es misterio de fe. Es el centro y la clave de la vida de la Iglesia. Es la fuente y raíz de la existencia cristiana. Sin vivencia eucarística la fe cristiana se reduciría a una filosofía.




Jesús nos da el mandamiento del amor de caridad en la institución de la Eucaristía. No se trata de la última recomendación del amigo que marcha lejos o del padre que ve cercana la muerte. Es la afirmación del dinamismo que Él pone en nosotros. Por el Bautismo comenzamos una vida nueva, que es alimentada por la Eucaristía. El dinamismo de esta vida lleva a amar a los otros, y es un dinamismo en crecimiento hasta dar la vida: en esto notarán que somos cristianos.

Cristo nos ama porque recibe la vida del Padre. Nosotros amaremos recibiendo del Padre la vida, especialmente a través del alimento eucarístico.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (14,12-16.22-26):




El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»
Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?" Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.»
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.»
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Palabra del Señor






COMENTARIO





“Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt. 6, 11), pedimos en el Padre Nuestro.  Sin embargo, ese alimento diario, que pedimos y que Dios nos proporciona a través de su Divina Providencia, no es sólo el pan material, sino también -muy especialmente- el Pan Espiritual, el Pan de Vida.


No podemos estar pendientes solamente del alimento material.  El pan material es necesario para la vida del cuerpo, pero el Pan Espiritual es indispensable para la vida del alma.  Dios nos provee ambos.





Jesucristo murió, resucitó y subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre.  Pero también permanece en la Hostia Consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser ese alimento que nuestra vida espiritual requiere.  Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi.


El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo,  por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.


Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido esta festividad en esta época en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.



 Efectos del Sacramento de la Eucaristía
nutre al alma,
aumenta la Gracia y
Adicionalmente:
borra los pecados veniales,
nos da gracias para cumplir la Voluntad Divina,
nos fortalece en las tentaciones,
efectúa “comunión” del comulgante con Cristo y con el prójimo,
LA EUCARISTIA, ALIMENTO “ESPECIAL”
que nos une a Cristo

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él” (Jn.6, 56)
y nos conduce a la Vida Eterna

“Yo soy el Pan Vivo bajado del Cielo:  El que come este Pan vivirá para siempre… Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre, tendrá Vida Eterna y Yo lo resucitaré en el último día” (Jn.6, 52 y 54)

         El Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, lo llamamos también Eucaristía o Comunión. 

Pero… ¿SIEMPRE SE REALIZA LA “COMUNIÓN”?

La unión con Cristo o Comunión es posible sólo si de veras deseamos unirnos con El y, si al recibirlo, lo hacemos con las debidas disposiciones. 

Si no tenemos las actitudes correctas de fe y de deseo de imitar a Cristo y de unirnos a El, no se realiza la “Comunión”.

Recibimos a Cristo con nuestra boca.  Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a El en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma (entendimiento y voluntad) y con nuestro corazón.
Bien claro pone esto la Liturgia de la Iglesia en la oración después de la Comunión el Domingo 24 del Tiempo Ordinario:

“La gracia de esta comunión, Señor, penetre en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, lo que mueva nuestra vida”.



Siendo así, nuestra vida humana podrá entonces unirse a su Vida Divina.  De esta manera, El será Quien nos guíe.  Si no nos unimos a El, para que El sea el Guía, nos estamos guiando nosotros mismos.  Y no pareciera que pudiéramos ser buenos guías en esta travesía que nos lleva a la Vida Eterna.
        
         Dos elementos siempre unidos:

Unión con Cristo (su Vida en nosotros)

Vida Eterna (viaje a la eternidad:  jornada a la Casa del Padre)

No en vano dice el Sacerdote antes de tomar el Pan y el Vino consagrados y de repartirlo a los comulgantes: “El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo guarde nuestras almas para la Vida Eterna”.


CONDICIONES PARA RECIBIR LAS GRACIAS EUCARÌSTICAS




Hay condiciones preparatorias a la recepción de la Eucaristía que conocemos por exigencia de la Iglesia: no estar en pecado mortal, guardar el ayuno requerido, estar debidamente vestido, etc. 

Pero hay otras condiciones interiores, profundas, que están sobreentendidas y que a veces pasamos por alto:

FE en la presencia real de Cristo en la Eucaristía

CONFIANZA plena en Dios

La consecuencia de la Fe es la confianza.  Fe y confianza en Dios son como dos caras de una misma moneda: no hay fe sin confianza y viceversa.

ABANDONO Y ENTREGA TOTAL A DIOS




Al tener plena confianza en Cristo, podemos entregarnos a El sin reservas, totalmente, a todo lo que El tenga dispuesto.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros, de nosotros con Cristo y unión entre nosotros en Cristo.

Pero cuando no hay estas debidas disposiciones, no sucede así.  De allí que haya muchas almas que, aun comulgando frecuentemente, progresen tan poco en santidad.  Al no encontrar Cristo la docilidad espiritual requerida, no puede derramar todas las gracias dispuestas en el Sacramento de la Eucaristía.

PREPARACIÓN REMOTA:

Es así como, para prepararnos debidamente a la recepción de la Sagrada Eucaristía, es necesario estar pendiente en el tiempo que pase entre Comunión y Comunión, de entregarnos confiadamente a todo lo que vayamos sabiendo es la Voluntad de Dios para nuestra vida.





FORMA DE ORAR COMO PREPARACION INMEDIATA:

ORACION DE FE:
Creo en tu Presencia Viva: aumenta mi Fe.

ORACION DE CONFIANZA:
Como creo, confío en Ti, en tus designios para mí.

ORACION DE ABANDONO:
Me entrego totalmente a Ti, deseo tu Voluntad, me uno a tu Voluntad

ACCION DE GRACIAS:

Además del recogimiento conveniente enseguida de la comunión para agradecer a Dios este regalo de la Comunión con El en el Sacramento de Cuerpo y la Sangre de Cristo, la acción de gracias debe prolongarse entre Comunión y Comunión, tratando de permanecer en Cristo para que El permanezca en nosotros.

En el tiempo posterior a la recepción de la Eucaristía no podemos dejar, entonces, que las tendencias que se oponen a nuestra unión con Dios puedan disminuir o interrumpir esta comunión: actitudes en contra de la Voluntad Divina, faltas de Fe y confianza en Dios, pecados mortales o veniales, etc.



 Por el contrario, debemos acrecentar la vida de Dios en nosotros y aumentar esta comunión e identificación con Cristo, mediante la oración, las buenas obras, la penitencia, aceptación de la Voluntad de Dios y colaboración activa en sus designios, el ejercicio de las virtudes, etc.

Todas estas disposiciones de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros, unión de nosotros con Cristo. Y, algo muy necesario sobre todo en esta etapa de la historia que nos toca vivir:   unión entre nosotros, pero que sea una unión en Cristo, que es lo mismo que decir que es Cristo el que nos une.













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

sábado, 25 de junio de 2011

"el que come este pan vivirá para siempre." (Evangelio dominical)


REAVIVAR LA MEMORIA DE JESÚS

La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la Eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia.

El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.

Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la Eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.

Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.

La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.

Por eso es tan importante una celebración viva de la Eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.

Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.

Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la Eucaristía.


La carne de Cristo es nuestro pan


La vuelta a la vida cotidiana y los destellos de la Pascua

El fin de la Pascua ha significado litúrgicamente el retorno a la vida cotidiana. Abandonamos el oasis de luz del tiempo pascual y nos enfrentamos con las ocupaciones y preocupaciones de todos los días. La vida cotidiana es con frecuencia algo gris y puede convertirse con facilidad en la tumba de los grandes ideales. Así también en la vida cristiana: la luz de la Pascua se apaga ante la presión de la realidad chata y estrecha. Pero el retorno litúrgico a la vida cotidiana (a Galilea) quiere decirnos que no tiene por qué ser así. De hecho, el paso a la cotidianidad lo ha marcado Pentecostés, la tercera Pascua cristiana, una nueva explosión de luz. Volvemos a la vida cotidiana iluminados por el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús (que está con nosotros hasta el fin del mundo), el Espíritu del Amor.

De este modo, la liturgia nos dice que la vida cotidiana no es el lugar que entierra nuestros ideales, sino el campo en el que se han de realizar. Los ideales no pueden ser sólo hermosas ideas con las que nos evadimos de la realidad, sino que son universos de valor y de sentido que deben adquirir carne en los acontecimientos, con frecuencia menudos, que componen nuestra vida. La encarnación, como la de Jesús, como toda realización, es siempre un cierto empequeñecimiento, una “kénosis”, un anonadamiento, pero es también una concreción que da densidad real a los ideales puros y abstractos.

Así pues, aunque la Pascua ha terminado y hemos regresado a la cotidianidad de nuestra vida, a Galilea, la liturgia no parece querer despedirse tan deprisa de ese tiempo luminoso. Van apareciendo los destellos de la luz Pascual. El primero, el domingo posterior a Pentecostés, ha sido la fiesta de la Santísima Trinidad, la revelación de la vida interna de Dios, que no es otra cosa que amor: unidad en la diferencia. Y, de hecho, la encarnación del ideal cristiano, de todo el mensaje de la Pascua, es sencillamente el amor, realizado en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. El amor no es “una norma”, menos aún una “entre otras”, sino la misma vida de Dios recibida como don y actuando en nosotros. Vivir con sentido, infundir valor a lo que hacemos, ser capaces de renunciar a ciertos caprichos dictados por nuestro egoísmo, estar por encima de nuestros humores y estados de ánimo para prestar atención a lo que realmente vale la pena y a los que nos rodean…, todo eso realiza, aunque sea imperfectamente, el ideal del amor cristiano. Todo eso es posible, y es fruto del Espíritu.

El segundo destello de la luz pascual en el tiempo ordinario es esta solemnidad del Corpus Christi, que tradicionalmente se celebraba el jueves siguiente al domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado a este domingo, y que nos alimenta y da fuerzas para amar en el camino de nuestra vida cotidiana.


Lectura del santo evangelio según san Juan (6,51-58):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.



Celebramos la fiesta del Corpus Christi: el cuerpo entregado y la sangre derramada de Jesús para la salvación de la humanidad. Esta fiesta está instituida en la Iglesia desde el siglo XIII. En la Edad media se planteaban innumerables cuestiones sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía. La Iglesia entonces vio conveniente, en vez de debatir tanto sobre la Eucaristía, mostrarla, sacándola a la calle. Lo que celebramos en esta fiesta es que Jesucristo está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía, en el pan que comulgamos.

A propósito del significado de la fiesta, el Evangelio de hoy nos dice que Jesús es el pan vivo que ha bajado del cielo, pan que da la vida eterna, no como el maná, que lo comieron y murieron. El cuerpo de Cristo es alimento para la vida presente y para la vida eterna. El sacrificio de Jesús en la cruz nos abre el camino para la vida eterna. Participar del Cuerpo y la Sangre del Señor es incorporarse a la vida divina, al Cuerpo de Cristo.

La primera lectura nos habla del maná que comió el pueblo de Israel en el desierto; maná que es prefiguración del Cuerpo de Cristo. También dice la primera lectura una cosa interesante: "Recuerda (lo que has pasado y lo que hizo Dios contigo en Egipto y en el desierto) no sea que te olvides del Señor, tu Dios". Es importante la memoria para tener presente todo lo que hemos pasado en la vida y todo lo que Dios ha hecho por nosotros, para no olvidarnos de Dios.

Se nos invita, por tanto, a adorar a Cristo, presente en la Eucaristía. Un cristiano no puede vivir sin Eucaristía, sin comulgar el Cuerpo de Cristo. ¡Cuántos cristianos hay que pretenden vivir su fe por libre sin celebrar la Eucaristía con la comunidad! ¡Cuántos cristianos hay que, celebrando la Eucaristía, no se atreven a comulgar porque tienen conciencia de estar alejados de Dios por el pecado, pero no se acercan al sacramento de la penitencia!

No se puede ser cristiano sin celebrar la Eucaristía. La Eucaristía es el sacramento central del cristianismo. Quien vive su fe por libre, sin los sacramentos, se termina alejando de Dios. No se puede ser cristiano sin encontrarse con Jesucristo; este encuentro se produce, no en la intimidad de la propia conciencia, sino en los sacramentos, que es donde está Cristo presente. No se puede ser cristiano sin comulgar el Cuerpo de Cristo. También hay que decir que quien comulga el Cuerpo de Cristo sin darle su valor está comulgando su propia condenación.


Cristo está realmente presente en la Eucaristía y Cristo está realmente presente en el prójimo. También hoy se nos invita a considerar esta verdad. Dice la segunda lectura que nos une el Cuerpo y la Sangre de Cristo. "El pan es uno y, así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan". Quien comulga el Cuerpo de Cristo, forma parte de su cuerpo y está unido fraternalmente a los miembros del Cuerpo de Cristo, que son los hermanos. Dice una canción, expresando esta idea: "Comeremos de la mesa que nos dio el Señor, aprendiendo a compartir el mismo pan, pero luego en nuestro pueblo hay que comprobar si la mesa lleva a la fraternidad". No se puede adorar a Cristo en la Eucaristía y despreciarlo en el prójimo, porque si decimos que amamos a Dios, a quien no vemos, y no amamos al prójimo, a quien vemos, somos unos mentirosos, nos dice San Juan.


Ser cristiano, pues, tiene unas consecuencias sociales inevitables, que se derivan de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía y del mandamiento nuevo del amor que nos dejó Jesús en el momento de la institución de la Eucaristía.

Por eso, en este día, se celebra el día de Cáritas, la institución que intenta canalizar y concretar la solidaridad de los cristianos para que nuestra ayuda sea más eficaz. Nos tenemos que convencer que es mejor ayudar a los demás a través de Cáritas, que hacerlo por libre. Es mejor buscar soluciones a los problemas de la gente, que darles limosna.

Este año desde Cáritas se nos recuerda que "Las cosas importantes se hacen con corazón (Una sociedad con valores es una sociedad con futuro)".


Que sepamos adorar a Jesucristo en la Eucaristía y en el prójimo, donde está realmente presente.







Fuentes:
Iluminación Divina
Corpus Christi
José A. Pagola
Pedro Crespo
Ángel Corbalán

jueves, 23 de junio de 2011

Hoy celebramos la Fiesta del Corpus Christi !


Esta fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo se comenzó a celebrar en Lieja en 1246, siendo extendida a toda la Iglesia occidental por el papa Urbano IV en 1264, y tuvo como finalidad proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la eucaristía.



Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Dos eventos extraordinarios contribuyeron a la institución de la fiesta: Las visiones de Santa Juliana de Mont Cornillon y El milagro Eucarístico de Bolsena/Orvieto.

Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio.

Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306. El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Procesiones. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Juan Pablo II ha exhortado a que se renueve la costumbre de honrar a Jesús en este día llevándolo en solemnes procesiones.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.


Santa Juliana de Mont Cornillon y la fiesta de Corpus Christi.



La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella comunicó esta visión a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez con los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

Himno Pange Lingua (Santo Tomas de Aquino)


Canta, oh lengua, del glorioso,
Cuerpo de Cristo el misterio,
Y de la Sangre preciosa
Que, en precio del mundo
Vertió el Rey de las naciones
Fruto del más noble seno.
Veneremos, pues postrados
Tan augusto sacramento;
Y el oscuro rito antiguo
Ceda a la luz de este nuevo;
Supliendo la fe sencilla
Al débil sentido nuestro.
Al Padre, al Hijo,
Salud, honor y poder,
Bendición y gozo eterno:
Y al que procede de ambos
Demos igual alabanza.
Amén.

Oración


Auméntanos, Señor, la fe. Que te sepamos siempre a nuestro lado. Que recurramos a Ti espontáneamente. Sé siempre Tú nuestro refugio y nuestra fortaleza, nuestro apoyo, nuestro "paño de lágrimas", nuestro Dios cercano, nuestro Amigo, nuestro Médico, nuestro Maestro, nuestra seguridad.
Amén.







Fuentes:
Iluminnación Divina
Corazones org
Ángel Corbalán