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domingo, 21 de febrero de 2021

«El Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás»




Hoy, la Iglesia celebra la liturgia del Primer Domingo de Cuaresma. El Evangelio presenta a Jesús preparándose para la vida pública. Va al desierto donde pasa cuarenta días haciendo oración y penitencia. Allá es tentado por Satanás.

Nosotros nos hemos de preparar para la Pascua. Satanás es nuestro gran enemigo. Hay personas que no creen en él, dicen que es un producto de nuestra fantasía, o que es el mal en abstracto, diluido en las personas y en el mundo. ¡No!

La Sagrada Escritura habla de él muchas veces como de un ser espiritual y concreto. Es un ángel caído. Jesús lo define diciendo: «Es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). San Pedro lo compara con un león rugiente: «Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8). Y Pablo VI enseña: «El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser obscuro y perturbador existe realmente y que continúa actuando».


                                            





 ¿Cómo? Mintiendo, engañando. Donde hay mentira o engaño, allí hay acción diabólica. «La más grande victoria del Demonio es hacer creer que no existe» (Baudelaire). Y, ¿cómo miente? Nos presenta acciones perversas como si fuesen buenas; nos estimula a hacer obras malas; y, en tercer lugar, nos sugiere razones para justificar los pecados. Después de engañarnos, nos llena de inquietud y de tristeza. ¿No tienes experiencia de eso?


¿Nuestra actitud ante la tentación? Antes: vigilar, rezar y evitar las ocasiones. Durante: resistencia directa o indirecta. Después: si has vencido, dar gracias a Dios. Si no has vencido, pedir perdón y adquirir experiencia. ¿Cuál ha sido tu actitud hasta ahora?

La Virgen María aplastó la cabeza de la serpiente infernal. Que Ella nos dé fortaleza para superar las tentaciones de cada día.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):





En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO





Después de pasar 40 días en retiro ayunando en el desierto, Jesucristo fue tentado por Satanás (Mc. 1, 12-15).   Jesucristo fue “sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero a El no lo llevaron al pecado” (Hb.4,15).   Lamentablemente a nosotros las tentaciones sí pueden llevarnos a pecar, pues éstas encuentran resonancia en nuestra naturaleza, la cual fue herida gravemente por el pecado original.

 

No podemos pretender, entonces, no tener tentaciones.  Ni siquiera podemos pretender nunca pecar, pues aun los santos han pecado y nos dice la Sagrada Escritura que el santo peca siete veces (cfr. Prov. 24, 16).

 

Sin embargo, la clave del comportamiento ante las tentaciones nos la da esa cita de los Proverbios:  “el justo, aunque peca siete veces, se levanta, mientras que los pecadores se hunden en su maldad”.  La diferencia entre el que trata de ser santo y el pecador empecinado no consiste en que el santo no peque nunca, sino que cuando cae se levanta, mas el pecador empecinado continúa sin arrepentirse y cometiendo nuevos pecados.

 

Nadie puede eludir el combate espiritual del que nos habla San Pablo:  “Pónganse la armadura de Dios, para poder resistir las maniobras del diablo.  Porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas ... Nos enfrentamos con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del mal” (Ef. 6, 11-12).

 

Nadie, entonces, puede pretender estar libre de tentaciones.   Es más, Dios ha querido que la lucha contra las tentaciones tenga como premio la vida eterna:  “Feliz el hombre que soporta la tentación, porque después de probado recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman” (St. 1, 12).

 





Las tentaciones de Jesús en el desierto nos enseñan cómo comportarnos ante la tentación.  Debemos saber, ante todo, que el demonio busca llevarnos a cada uno de los seres humanos a la condenación eterna.  De allí que San Pedro, el primer Papa, nos diga lo siguiente:  “Sean sobrios y estén atentos, porque el enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar” (1 Pe. 5, 8).

 

Luego debemos tener plena confianza en Dios.  Cuando Dios permite una tentación para nosotros, no deja que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.  Tenemos que saber y estar realmente convencidos de que, junto con la tentación, vienen muchas, muchísimas gracias para vencerla. “Dios no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas.  Él les dará, al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10 ,12).

 

¿Cómo luchar contra las tentaciones?  La oración es el principal medio en la lucha contra las tentaciones y la mejor forma de vigilar.  “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mt. 26, 41).   “El que ora se salva y el que no ora se condena”, enseñaba San Alfonso María de Ligorio.

 

¿Qué hacer ante la tentación?  Despachar la tentación de inmediato.  ¿Cómo?  También orando, pidiendo al Señor la fuerza para no caer.  Nos dice el Catecismo:  “Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración” (#2849).

 

“No nos dejes caer en tentación”, nos enseñó Jesús a orar en el Padre Nuestro.  La oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo.  Sabemos que tenemos todas las gracias para ganar la batalla.  Porque ... “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8, 31).

 

Y después de la tentación ¿qué?  Si hemos vencido, atribuir el triunfo a Quien lo tiene:  Dios, que no nos deja caer en la tentación.  Agradecerle y pedirle su auxilio para futuras tentaciones.  Y si hemos caído, saber que Dios nos perdona cuántas veces hayamos pecado.  Pero requiere –eso sí- nuestro arrepentimiento y deseo de no pecar más.  Y nos espera en el Sacramento de la Confesión para darnos su perdón.

 

¿Cómo es el proceso de la tentación?

 




Pensemos en Jesús ante las tentaciones en el desierto.  Él despachó de inmediato al demonio.  No entró en un diálogo con el Enemigo, sino que le respondió con decisión y convencimiento.

 

Pensemos, en cambio, en Eva.  Analicemos las palabras del Génesis (Gn 3, 1-10) sobre la tentación original:

 

El demonio se acerca y propone un tema de conversación:  “¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?”.

 

Y la mujer, en vez de despacharlo de inmediato, comienza un diálogo:  “Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho:  No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán”.  Con este diálogo la mujer se expuso a un tremendo peligro.  Porque … si sabemos que Dios tiene algo prohibido –como Adán y Eva en el Paraíso- el entretenernos en una duda de Fe, en un pensamiento equivocado o en darle rienda suelta a algún deseo inconveniente, es ya caer en la trampa del Demonio.  No nos damos cuenta, pero con eso, ya caímos en el diálogo.

 

Volvamos a Eva:  el Demonio, astutísimo como es y, además, inventor de la mentira, podía hacerla sucumbir, pues es ángel –ángel caído, pero ángel al fin, con poderes angélicos superiorísimos a las cualidades humanas.

 

De hecho, sabemos lo que sucedió: ya entablado el diálogo, ya debilitado el entendimiento de la mujer, el Demonio pasa a hacer una proposición directa al pecado, una mentira, pintándole un panorama maravilloso:  ser como Dios:   “Y dijo la serpiente a la mujer:  No morirán.  Es que Dios sabe que si comen se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”.

 

Puede el Demonio también ofrecer una felicidad oculta detrás del pecado, insinuando además que nada malo nos sucederá.  Que además podemos arrepentirnos y que Dios es misericordioso.  A estas alturas de la tentación, todavía está el alma en capacidad de detenerse, pues la voluntad aun no ha consentido.  Pero si no corta enseguida, las fuerzas se van debilitando y la tentación va tomando más fuerza.

 

Luego viene el momento de la vacilación.  “Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y apetitoso para alcanzar la sabiduría”.  Sobreponerse aquí es muy difícil, pero no imposible.  Sin embargo, el alma ya está muy debilitada ante el panorama tan atractivo que le ha sido presentado.

 

“Y tomó el fruto y lo comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió”.  Ya el alma sucumbió, dando su consentimiento voluntario al pecado.  Y lo que es peor:  hizo caer a otro.  Cometió un pecado doble:  el suyo y el de escándalo, haciendo que otro pecara.

 

Luego viene el momento de la desilusión:  ¿dónde está el maravilloso panorama sugerido por el enemigo?  “Se les abrieron los ojos a ambos y, viendo que estaban desnudos, tomaron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”.  El alma se da cuenta que se ha quedado desnuda ante Dios y de que ha perdido la gracia (Dios ya no habita en ella).

 

El remordimiento sigue a la desilusión.  Y ante este llamado de la conciencia, puede uno esconderse, rechazando la voz de Dios o puede el alma arrepentirse y pedir perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión.

 

“Oyeron a Yavé que se paseaba por el jardín al fresco del día y se escondieron de Yavé Adán y su mujer.  Pero Yavé llamó a Adán, diciendo:  ¿dónde estás, Adán?

 

¿La tentación es pecado?

 





Es muy importante la diferenciación entre “tentación” y “pecado”.  La tentación no es pecado.  La tentación es anterior al pecado.  El pecado es el consentimiento de la tentación.  Así que no es lo mismo ser tentado que pecar.  Todo pecado va antecedido de una tentación, pero no toda tentación termina en pecado.

 

Una cosa hay que tener bien clara: disponemos de todas las gracias, o sea, toda la ayuda necesaria de parte de Dios para vencer cada una de las tentaciones que el Demonio o los demonios nos presenten a lo largo de nuestra vida.  Nadie, en ningún momento de su vida, es tentado por encima de las fuerzas que Dios dispone para esa tentación.

 

Esto es una verdad contenida en las Sagradas Escrituras:  “Dios que es fiel no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas; antes bien, les dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13).

 

Las tentaciones son pruebas que Dios permite para darnos la oportunidad de aumentar los méritos que vamos acumulando para nuestra salvación eterna.  La lucha contra las tentaciones es como el entrenamiento de los deportistas para ganar la carrera hacia nuestra meta que es el Cielo (cfr. 2 Tim. 4, 7).

 

El poder que tiene el Demonio sobre los seres humanos a través de la tentación es limitado.  Con Cristo no tenemos nada que temer.  Nada ni nadie puede hacernos pecar, si nosotros mismos no lo deseamos.

 

Las tentaciones sirven para que los seres humanos tengamos la posibilidad de optar libremente por Dios o por el Demonio.   También sirven para no ensoberbecernos creyéndonos autosuficientes y sin necesidad de Cristo Redentor.

 

¿Qué hacer ante las tentaciones?

 





En primer lugar tener plena confianza en Dios, tener plena confianza en lo que nos dice San Pablo:  nadie es tentado por encima de las fuerzas que Dios nos da.  Junto con cada prueba, Dios tiene dispuesto gracias especiales suficientes para vencer.  No importa cuán fuerte sea la tentación, no importa la insistencia, no importa la gravedad.  En todas las pruebas está Dios con sus gracias para vencer con nosotros al Maligno.

 

Además, decía un antiguo Padre de la Iglesia, tras la venida de Cristo, Satanás es como un perro atado: puede ladrar y abalanzarse cuanto quiera; pero si no somos nosotros los que nos acercamos a él, no puede morder.

 

Otra costumbre muy necesaria para estar preparados para las tentaciones es la vigilancia y la oración.  Bien nos dijo el Señor:  “Vigilen y oren para no caer en la tentación” (Mt. 26, 41).  Vigilar consiste en alejarnos de las ocasiones peligrosas que sabemos nos pueden llevar a pecar.

 

Ahora bien esta lucha no es contra fuerzas humanas, sino contra fuerzas sobre-humanas, como bien nos describe San Pablo (Ef. 6, 11-18).  Por eso hay que armarse con armas espirituales: confesión y comunión frecuentes, que son los medios de gracia que nos brinda el Señor a través de su Iglesia.  Pero no olvidar, por encima de todo, la oración, la cual nos recomienda el Señor directamente y nos recuerda San Pablo también: “Vivan orando y suplicando.  Oren todo el tiempo” (Ef. 6, 18).

 

Una de las gracias a pedir en la oración, para estar preparados para este combate espiritual, es la de poder identificar la tentación antes de que nuestra alma vacile y caiga.

 

Poder ubicar de inmediato, por ejemplo, una tentación de orgullo. “¡Qué bien lo haces!  ¡Qué competente eres!”, puede insinuarnos sutilmente el demonio. ¡Tan sutilmente que parece un pensamiento o una idea propia!  Parece muy lógico y hasta lícito este pensamiento para levantar la “auto-estima”, según esa nefasta prédica del New Age.

 

Pero en realidad, el Demonio está buscando engañarnos para que creamos que somos capaces de hacer las cosas, sin dejarnos dar cuenta que es Dios quien nos capacita para hacer las cosas bien y a Él debemos agradecer y alabar, pues por nosotros mismos no somos capaces de ¡nada!  Si cada palpitación de nuestro corazón depende el Él ¿de qué nos vamos a ufanar?  La verdadera “auto-estima” consiste en sabernos y creernos realmente que nada somos ante Dios, que dependemos totalmente de Él y de que nuestra fortaleza está en nuestra debilidad, pues en ésta Dios nos fortalece con su Fortaleza.  “Mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Cor. 12, 9-b).

 

Ese pensamiento sutil y tan “aparentemente” lícito o inocuo, sobre la supuesta competencia y capacidad del ser humano, el alma vigilante lo rechaza enseguida, sin distraerse a ver lo capaz y competente que ha sido en hacer bien una determinada una labor.  De no actuar así y con prontitud, ya ha caído en una tentación de orgullo y engreimiento.





A veces la tentación no desaparece enseguida de haberla rechazado y el Demonio ataca con gran insistencia.  No hay que desanimarse por esto.  Esa insistencia diabólica puede ser una demostración de que el alma no ha sucumbido ante la tentación.  Ante los ataques más fuertes, hay que redoblar la oración y la vigilancia, evitando angustiarse.  Esta lucha, permitida por Dios, es una especie de calistenia espiritual que más bien fortalece al alma, siempre que se mantenga luchando contra la tentación.  Si rechaza la tentación una y otra vez, el Demonio terminará por alejarse, aunque no para siempre, pues buscará otro motivo y otro momento más oportuno para volver a tentar.  (“Habiendo agotado todas las formas de tentación, el Diablo se alejó de Él, para volver en el momento oportuno” (Lc. 4, 13).

 

Una cosa conveniente es desenmascarar al Demonio.  Si se trata de tentaciones muy fuertes y repetidas, puede ser útil hablar de esto con un buen guía espiritual.  El Demonio, puesto en evidencia, usualmente retrocede.  Adicionalmente, ese acto de humildad de la persona suele ser recompensado por el Señor con nuevas gracias para fortalecernos ante los ataques del Demonio.

 

Y  recordar siempre que tenemos todas las gracias necesarias para el combate espiritual. San Pablo refiere lo siguiente:   “Y precisamente para que no me pusiera orgulloso, después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, para que me abofeteara.  Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí, pero me respondió:  ‘Te basta mi gracia’”  (2 Cor. 12, 7-9).

 

Aparte de este actitud de continua confianza en Dios y de vigilancia en oración, hay conductas prácticas convenientes de tener en cuenta ante las tentaciones:

 

Durante la tentación: orar con mucha confianza y resistir con la ayuda que Dios ha dispuesto.

 

Después de la tentación:  si hemos caído, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios en la Confesión.  Y si no hemos caído ¡ojo!  Referir el triunfo a Dios, no a nosotros mismos, pues a Él debemos el honor, la gloria y el agradecimiento.

 

 

 

 

 











 Fuentes:

Sagradas Escrituras.

Evangeli.org

Homilias.org

 

domingo, 5 de julio de 2020

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Evangelio Dominical)



          




Hoy, Jesús nos muestra dos realidades que le definen: que Él es quien conoce al Padre con toda la profundidad y que Él es «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). También podemos descubrir ahí dos actitudes necesarias para poder entender y vivir lo que Jesús nos ofrece: la sencillez y el deseo de acercarnos a Él.

A los sabios y entendidos frecuentemente les es difícil entrar en el misterio del Reino, porque no están abiertos a la novedad de la revelación divina; Dios no deja de manifestarse, pero ellos creen que ya lo saben todo y, por tanto, Dios ya no les puede sorprender. Los sencillos, en cambio, como los niños en sus mejores momentos, son receptivos, son como una esponja que absorbe el agua, tienen capacidad de sorpresa y de admiración. También hay excepciones, e incluso, hay expertos en ciencias humanas que pueden ser humildes por lo que al conocimiento de Dios se refiere.

En el Padre, Jesús encuentra su reposo, y su paz puede ser refugio para todos aquellos que han sido maleados por la vida: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28). Jesús es humilde, y la humildad es hermana de la sencillez. Cuando aprendemos a ser felices a través de la sencillez, entonces muchas complicaciones se deshacen, muchas necesidades desaparecen, y al fin podemos reposar. Jesús nos invita a seguirlo; no nos engaña: estar con Él es llevar su yugo, asumir la exigencia del amor. No se nos ahorrará el sufrimiento, pero su carga es ligera, porque nuestro sufrimiento no nos vendrá a causa de nuestro egoísmo, sino que sufriremos sólo lo que nos sea necesario y basta, por amor y con la ayuda del Espíritu. Además, no olvidemos, «las tribulaciones que se sufren por Dios quedan suavizadas por la esperanza» (San Efrén).




EVANGELIO


Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):





En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor







COMENTARIO.






Hoy tenemos en el Evangelio uno de los pasajes más preciosos... y tal vez uno de los menos aprovechados: es aquella oración en que Jesús clamaba así al Padre Celestial: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!” (Mt. 11, 25)

Y esta idea concluye así: “Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.”  Es que al Padre le ha parecido bien esconder las cosas de su Reino -esconder su Sabiduría- a los sabios, a los cultos, a los racionalistas, a los que necesitan “ver para creer”.  Pero sí se las ha revelado a la gente sencilla.

¿Quiénes son esa gente sencilla?  ¡Ojo! Porque no se trata de condición económica, de ser rico o ser pobre.  Está hablando de aquéllos que se dejan enseñar por el Espíritu Santo.  A ésos el Padre les revela  sus secretos.

Conocida esta oración del Señor, San Pablo se lo explica bien claro a los griegos, quienes se dedicaban con mucho ahínco a la búsqueda del saber humano: “Si entre ustedes alguno se considera sabio, según los criterios de este mundo, considérese que no sabe, y llegará a ser verdadero sabio.  Pues la sabiduría de ese mundo es necedad a los ojos de Dios” (1 Cor. 3,18-20).  Luego pasa a citar frases del Antiguo Testamento: “Dios atrapa a los sabios en su propia sabiduría... El Señor conoce las razones de los sabios, y sabe que no valen nada” (Job 5, 13 y Sal. 94, 11).

¡Qué distinto ve Dios las cosas a como las vemos nosotros los humanos!  Si alguno quiere ser  verdadero sabio, que se reconozca incapaz de saber y de conocer por sí solo, que se reconozca insuficiente, que sepa que nada puede por su cuenta, porque ... querámoslo reconocer o no ... nada puede el hombre por sí solo, nada puede el hombre si Dios no lo capacita.  En esto consiste la “pobreza de espíritu”.  Sólo los sencillos, los “pobres de espíritu” podrán conocer la verdadera “Sabiduría” -aquélla que viene de Dios.


           



Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría?  En poder ver las cosas a los ojos de Dios, en poder ver las cosas como Dios las ve, en poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, en poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Aunque no forman parte de las Lecturas de este Domingo, para mejor entender esta oración de Jesús, vale la pena repasar el 1o. y el 2o. Capítulo de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.  Al leer a partir de 1 Cor. 1, 17 hasta 2, 15,  puede entenderse mejor lo que significa el “saber humano” y lo que significa la “Sabiduría Divina”.

El “saber” humano logrado con el raciocinio, va en sentido contrario  de la “Sabiduría” que viene de Dios.  En estos Capítulos, San Pablo echa mano de algunos pasajes del Antiguo Testamento para descalificar el saber humano y realzar la “locura” de la humildad, de la debilidad, para realzar la “locura de la cruz”: todo un Dios, que es la Sabiduría perfecta se rebaja hasta morir aparentemente fracasado en una cruz.

Es la descripción de Dios que leemos en la Primera Lectura tomada del Profeta Zacarías (Za. 9, 9-10).   Un Dios, que siendo Rey, “viene humilde y montado en un burrito”.   Y con esa humildad -continúa el Profeta Zacarías- “hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate... y su Poder se extenderá de mar a mar y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Ese Dios humilde, que desea nuestra humildad y nuestra pequeñez, destruirá a los fuertes y poderosos que creen no necesitar a Dios porque creen bastarse a sí mismos.  Si el Evangelio y las citas de San Pablo nos oponen el saber humano a la Sabiduría Divina, esta lectura del Profeta Zacarías opone el poder divino a la pretendida fortaleza humana.


    




Continuemos con San Pablo a los Corintios: “Como dice la Escritura: ‘Haré fallar la sabiduría de los sabios y echaré abajo las razones de los entendidos’ (Is. 29, 14).  Sabios, filósofos, teóricos: ¡cómo quedan!  ¿Y cómo queda la sabiduría de este mundo? ... Dios la dejó como tonta... Porque la “necedad” de Dios  es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la “debilidad” de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres ... Fíjense, hermanos, a quiénes ha llamado Dios.  Son pocos los de ustedes que pueden considerarse cultos y son pocos los que son pudientes o que vienen de familias famosas.  Pero Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes.  Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada, para rebajar a lo que es.  Y así ningún mortal ya podrá alabarse a sí mismo delante de Dios ... La Escritura, pues, nos dice:   ‘No se sientan orgullosos, más bien estén orgullosos del Señor’  (Jer. 9, 22)  ...  Yo mismo, hermanos, no llegué a ustedes con palabras y discursos elevados para anunciarles el mensaje de Dios ... me presenté a ustedes débil, inquieto y angustiado:  mis palabras y mi predicación no tenían brillo ... Pero sí se manifestó el Espíritu de Dios con su poder, para que ustedes creyeran, y no ya por la sabiduría de un hombre, sino por el Poder de Dios ... Sólo el Espíritu de Dios conoce los secretos de Dios ... Hablamos, no con palabras llenas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu de Dios, para expresar las cosas espirituales en un lenguaje espiritual.  El hombre que se queda en lo humano no entiende las cosas del Espíritu de Dios.  Para él son necedad y no las puede entender, pues éstas sólo se pueden entender a partir de una experiencia espiritual... ‘¿Quién ha conocido el pensamiento de Dios?’  (Is. 40, 13)...  Pues... nosotros conocemos el pensamiento de Cristo”.  (1 Cor. 1, 17-20  y 2, 1-15)






A esto precisamente se refiere el Evangelio de hoy al continuar así: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 26-27).

Y ¿a quién quiere revelarse Dios?  ¿A quién quiere revelar Dios sus secretos?   No a los sabios, a los cultos, a los racionalistas.  No.  Dios se revela a los sencillos: a los que saben que no saben, a los que no necesitan pruebas, a los que se abren a las enseñanzas del Espíritu Santo.

Por eso nos dice San Pablo en la Segunda Lectura de hoy: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes.  Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”  (Rm. 8, 9-13).

Pero debemos tener en cuenta que para ser de Cristo no basta haber recibido su Espíritu en el Bautismo.  Es necesario hacer crecer la Vida del Espíritu de Dios en nosotros, para poder actuar de acuerdo a ese Espíritu que nos inunda de Sabiduría Divina, y dejar así de actuar de acuerdo a la sabiduría del mundo.

La Santísima Virgen María, modelo de humildad y de esa Sabiduría que viene de Dios, sabe que nada puede por sí sola.  Por ello reconoce que, no ella, sino Dios, el Poderoso, “ha hecho grandes cosas” en ella. (Lc 1,49)

Pequeñez.  Sencillez.  Humildad.  Virtudes evangélicas necesarísimas, que nos llevan a ser pobres en el espíritu.  Pero ¡qué lejanas están estas virtudes de lo que nuestro mundo actual -tan distinto de Dios- nos propone!

1)      Ante la  pequeñez espiritual del Evangelio, se nos propone el engrandecimiento del propio yo.

2)      Ante la sencillez del Evangelio, se nos proponen los racionalismos estériles.

3)      Ante la humildad del Evangelio, se nos propone la soberbia de lograr cualquier cosa con tan sólo proponérnosla.

4)      Ante la pobreza en el espíritu del Evangelio se nos propone la auto-suficiencia y el engreimiento del ser humano.


                    



Pero las proposiciones contenidas en la Sagrada Escritura son para todos los tiempos, incluyendo el de nuestra “avanzada” civilización.  Y la Palabra de Dios nos aconseja reconocernos incapaces ante el Todopoderoso... para poder llegar a ser sabios.  Hacernos pequeños -necesitados como los niños... para que Dios pueda crecer en nosotros.  Hacernos humildes... reconocernos que no somos nada ante Dios... para poder ser engrandecidos por Él.

No significa que no estudiemos, que no nos preparemos.  Significa que esos conocimientos no son los que nos capacitan para obtener la Sabiduría que viene de Dios.   Los conocimientos humanos nos capacitan para cosas que tenemos que hacer, pero no para ser los sabios que Dios quiere que seamos.
Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría? Consiste en poder ver las cosas como Dios las ve, poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Sólo así, podremos salirnos del grupo de los “sabios y entendidos”, a quienes le quedan escondidos los secretos de Dios y podremos, entonces, ser contados entre la “gente sencilla”  a quienes el Padre revela sus secretos, los secretos de su Sabiduría.
La Segunda Lectura (Rm. 8, 9.11-13) nos recuerda nuestra futura resurrección, asegurándonos que el Espíritu Santo dará nueva vida a nuestro cuerpos mortales.  Así como Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos.

Adicionalmente San Pablo nos insta a dejar el egoísmo y las malas acciones.  El egoísmo (la preferencia de nuestro “yo”) y las malas acciones (el pecado) están muy conectados, pues el pecado es básicamente egoísmo: anteponer nuestro “yo” al “Tú” de Dios, preferirnos a nosotros mismos antes que preferir a Dios.  San Pablo nos asegura que tenemos todo el auxilio del Espíritu Santo, para dejar ese egoísmo que nos lleva al pecado.




Al comienzo de esta lectura, nos dice el Apóstol: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes”.

Y, vivir conforme al Espíritu de Dios, no solamente es dejar el egoísmo y el pecado, sino que es también vivir de acuerdo a la Sabiduría Divina.  Para ello debemos aprovechar todas las gracias que el Espíritu Santo continuamente derrama en nosotros, para dejar de ser sabios y entendidos,  y llegar a ser de la gente sencilla de la cual nos habla el Evangelio de hoy.

Con el Salmo 144   hemos implorado la misericordia del Señor en el responsorio: Acuérdate, Señor, de tu misericordia.
























Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 23 de febrero de 2020

«Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Evangelio Dominical)






Hoy, la Palabra de Dios, nos enseña que la fuente original y la medida de la santidad están en Dios: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Él nos inspira, y hacia Él caminamos. El sendero se recorre bajo la nueva ley, la del Amor. El amor es el seguro conductor de nuestros ideales, expresados tan certeramente en este quinto capítulo del Evangelio de san Mateo.

La antigua ley del Talión del libro del Éxodo (cf. Ex 21,23-35) —que quiso ser una ley que evitara las venganzas despiadadas y restringir al “ojo por ojo”, el desagravio bélico— es definitivamente superada por la Ley del amor. En estos versículos se entrega toda una Carta Magna de la moral creyente: el amor a Dios y al prójimo.






El Papa Benedicto XVI nos dice: «Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama». Jesús nos presenta la ley de una justicia sobreabundante, pues el mal no se vence haciendo más daño, sino expulsándolo de la vida, cortando así su eficacia contra nosotros.

Para vencer —nos dice Jesús— se ha de tener un gran dominio interior y la suficiente claridad de saber por cuál ley nos regimos: la del amor incondicional, gratuito y magnánimo. El amor lo llevó a la Cruz, pues el odio se vence con amor. Éste es el camino de la victoria, sin violencia, con humildad y amor gozoso, pues Dios es el Amor hecho acción. Y si nuestros actos proceden de este mismo amor que no defrauda, el Padre nos reconocerá como sus hijos. Éste es el camino perfecto, el del amor sobreabundante que nos pone en la corriente del Reino, cuya más fiel expresión es la sublime manifestación del desbordante amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por el don del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5).





Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-48):


               




EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra de Dios





COMENTARIO.


                         




Las lecturas de hoy nos hablan del llamado de Dios a todos los seres humanos a que seamos santos, porque El es Santo.  Quiere decir que, si hemos de ser cristianos, debemos imitarlo a El.  Y esa imitación es principalmente en su santidad.

La santidad no es sólo para los Papas, los Sacerdotes y para los Santos que han sido reconocidos por la Iglesia –los Santos canonizados.  La santidad es para todos: hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y viejos.  Todos estamos llamados a ser santos.

Sorprende que ese llamado a la santidad no es sólo hecho por Jesús en el Nuevo Testamento, sino que nos viene desde mucho más atrás.  La Primera Lectura es del Levítico, el tercer libro del Antiguo Testamento.  Veamos:

Dijo el Señor a Moisés: "Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: 'Sean santos, porque Yo, el Señor, soy santo. (Lev 19, 1-2)

Aquí Dios ordena a Moisés que le hable a toda la asamblea, en la que estaba el pueblo de Israel completo, sin hacer distinción de Sacerdotes y laicos, ni de hombres y mujeres, ni de niños y viejos.



                              



Y sucedió que unos 1.300 años después, Jesús, al no más comenzar su vida pública, repite este mismo mandato de ser santos a todo el pueblo que se reunió para escuchar su Sermón de la Montaña:  “sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt. 5, 48).

Eso de la santidad o perfección (como la llama Jesucristo) abruma y asusta, porque la creemos imposible.  Pero los santos canonizados que precisamente la Iglesia nos presenta como modelos a imitar, no nacieron santos -inclusive muchos fueron bien pecadores- .  Y eran personas iguales a nosotros.  ¿Cuál es la diferencia?  Que ellos tomaron este mandato de Dios en serio…y lo creyeron posible.

Ahora bien, la santidad sólo es posible porque Dios es Santo y nos ofrece todas las ayudas necesarias para imitarlo a El y llegar a la santidad.

La santidad es el tema más importante del Evangelio de hoy, tanto que la Liturgia nos lo presenta también en la Primera Lectura.  Pero este Evangelio nos trae unos cuantos consejos que hemos de seguir para llegar a ser santos.  Esos consejos pueden resumirse en esto: No devolver mal por mal y perdonar a los enemigos.

La más controversial de estas instrucciones es la de poner la otra mejilla: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero Yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda”.

Y es controversial porque pareciera que Jesús nos está pidiendo que seamos tontos.  ¿Será así?  Pareciera que no, porque cuando Jesús fue interrogado por Caifás en el juicio antes de su condena a muerte, un guardia lo cacheteó.  Y ¿qué hizo Jesús?  Veamos cómo confrontó al guardia:


                             



Uno de los guardias que estaba allí le dio a Jesús una bofetada en la cara, diciendo: « ¿Así contestas al sumo sacerdote? »  Jesús le dijo: « Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas? »  (Jn 18, 22-23)

Si continuamos con el Sermón de la Montaña, vemos que Jesús da dos consejos más que van en la misma línea de mostrar la otra mejilla: el entregar el manto además de la túnica, es decir, quedarse sin ropas, y el caminar una milla extra (ir más allá de la distancia requerida y permitida por la ley, llevando la carga de un soldado romano).

Sin entrar en detalles legales y costumbristas de aquella época, vale la pena destacar que biblistas estudiosos de las leyes, las normas y las costumbres hebreas, piensan que estos tres consejos tenían como objetivo el poder desarmar anímica y moralmente al agresor.  En ese sentido pueden tomarse como consejos para resistir los irrespetos y las injusticias sin tener que recurrir a la violencia.  La no-violencia, pues.

Y para nosotros hoy –porque la Palabra de Dios es para todas las personas y para todos los tiempos- significan claramente lo que nos dice la Primera Lectura:   No te vengues ni guardes rencor.   No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón.  A quien nos ha hecho daño debemos perdonar, no podemos guardarle rencor (éste hace más daño al rencoroso que a aquél a quien se le tiene rencor).  Tampoco podemos distraer pensamientos de venganza y –mucho menos- realizar alguna acción de venganza personal.

Ama a tu prójimo como a ti mismo es otro de los mandatos.  Es fácil decir esta frase y se oye mucho por todos lados; por cierto, de manera tergiversada, queriendo decir que Dios nos manda a amarnos a nosotros mismos.  Dios no nos manda a amarnos a nosotros mismos.  Lo que quiere decir el Señor es que usemos la medida con que nos amamos a nosotros mismos (somos egoístas y amamos muchísimo nuestra propia persona, y eso Dios lo sabe).  De allí que nos ponga esa medida mínima para amar a los demás.  Y ésa es la mínima, porque la máxima es la que Cristo nos mostró con su muerte por nosotros, y eso también nos lo va a pedir más adelante en su vida pública.

¿Cómo nos amamos a nosotros mismos?  Fijémonos bien: ¡cómo nos consentimos a nosotros mismos!  ¡Cómo nos comprendemos a nosotros mismos! ¡Cómo nos perdonamos nuestros errores y faltas!  ¡Cómo nos excusamos a nosotros mismos!  Así debe ser nuestra comprensión, nuestro perdón, nuestras excusas, nuestro cuidados para con los demás: como a nosotros mismos.

Pero Cristo sigue profundizando en el amor a los demás: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos”.

El amor a los demás hay que extenderlo a los enemigos y a los que nos odian y nos persiguen y nos calumnian.  Ya la exigencia se pone más difícil, ¿no?  Pero si Dios pide esto, será difícil, pero no imposible.  Y es posible porque El nos proporciona todas las gracias para cumplir con lo que nos pide.

Para convencernos bien de esto, más adelante en este mismo Sermón de la Montaña, nos dice que si no perdonamos a los que nos hacen daño, nuestro Padre Celestial tampoco nos perdonará a nosotros.  ¿Cómo es esto?  Pues como se oye: “Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes.” (Mt 6, 15)

Una cosa muy interesante es la finalidad que nos da para tener ese comportamiento magnánimo con los enemigos: “hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial”.

¿Qué nos quiere decir el Señor?  Que cuando tratamos así a los enemigos, también los desarmamos y eso puede servirles de estímulo para que sean amigos de Dios y amigos nuestros.  Sólo así podremos ser -nosotros y nuestros enemigos- hijos de Dios.  Todos somos creaturas de Dios, pero para ser hijos de Dios hay unas cuantas exigencias.  Una de ellas parece ser el trato magnánimo a los enemigos.

Esto que nos propone Jesús fue lo que sucedió con los adversarios del Cristianismo al comienzo de la Era Cristiana: muchos enemigos se convertían por el amor y el perdón que les dejaban ver los primeros cristianos, aquéllos que realizaron la primera evangelización.  A nosotros nos toca ahora la Nueva Evangelización.  Tendremos que imitarlos, ¿no?


                                           



Pero muchos pensarán que estos consejos son necedades y que son imposibles de vivir hoy en día.  Eso puede ser así si juzgamos estas cosas según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios.  Por eso nos advierte San Pablo en la Segunda Lectura: “Si alguno de ustedes se tiene a sí mismo por sabio según los criterios de este mundo, que se haga ignorante para llegar a ser verdaderamente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios… y Dios hace que los sabios caigan en la trampa de su propia astucia” (1 Cor 3, 16-23).

Las palabras del Salmo de hoy nos pueden enseñar a perdonar y a ser magnánimos: El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados. (Salmo 102)









Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org