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domingo, 19 de febrero de 2017

“SED PERFECTOS COMO ES PERFECTO VUESTRO PADRE CELESTIAL" (Evangelio Dominical)



Hoy, la Palabra de Dios, nos enseña que la fuente original y la medida de la santidad están en Dios: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Él nos inspira, y hacia Él caminamos. El sendero se recorre bajo la nueva ley, la del Amor. El amor es el seguro conductor de nuestros ideales, expresados tan certeramente en este quinto capítulo del Evangelio de san Mateo. 

La antigua ley del Talión del libro del Éxodo (cf. Ex 21,23-35) —que quiso ser una ley que evitara las venganzas despiadadas y restringir al “ojo por ojo”, el desagravio bélico— es definitivamente superada por la Ley del amor. En estos versículos se entrega toda una Carta Magna de la moral creyente: el amor a Dios y al prójimo.
                                              




El Papa Benedicto XVI nos dice: «Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama». Jesús nos presenta la ley de una justicia sobreabundante, pues el mal no se vence haciendo más daño, sino expulsándolo de la vida, cortando así su eficacia contra nosotros. 

Para vencer —nos dice Jesús— se ha de tener un gran dominio interior y la suficiente claridad de saber por cuál ley nos regimos: la del amor incondicional, gratuito y magnánimo. El amor lo llevó a la Cruz, pues el odio se vence con amor. Éste es el camino de la victoria, sin violencia, con humildad y amor gozoso, pues Dios es el Amor hecho acción. Y si nuestros actos proceden de este mismo amor que no defrauda, el Padre nos reconocerá como sus hijos. Éste es el camino perfecto, el del amor sobreabundante que nos pone en la corriente del Reino, cuya más fiel expresión es la sublime manifestación del desbordante amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por el don del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5).


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-48):



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra de Dios




COMENTARIO


                               

Las lecturas de hoy nos hablan del llamado de Dios a todos los seres humanos a que seamos santos, porque El es Santo.  Quiere decir que, si hemos de ser cristianos, debemos imitarlo a El.  Y esa imitación es principalmente en su santidad.

La santidad no es sólo para los Papas, los Sacerdotes y para los Santos que han sido reconocidos por la Iglesia –los Santos canonizados.  La santidad es para todos: hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y viejos.  Todos estamos llamados a ser santos.

Sorprende que ese llamado a la santidad no es sólo hecho por Jesús en el Nuevo Testamento, sino que nos viene desde mucho más atrás.  La Primera Lectura es del Levítico, el tercer libro del Antiguo Testamento.  Veamos:

                          


Dijo el Señor a Moisés: "Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: 'Sean santos, porque Yo, el Señor, soy santo. (Lev 19, 1-2)

Aquí Dios ordena a Moisés que le hable a toda la asamblea, en la que estaba el pueblo de Israel completo, sin hacer distinción de Sacerdotes y laicos, ni de hombres y mujeres, ni de niños y viejos.

Y sucedió que unos 1.300 años después, Jesús, al no más comenzar su vida pública, repite este mismo mandato de ser santos a todo el pueblo que se reunió para escuchar su Sermón de la Montaña:  “sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt. 5, 48).

Eso de la santidad o perfección (como la llama Jesucristo) abruma y asusta, porque la creemos imposible.  Pero los santos canonizados que precisamente la Iglesia nos presenta como modelos a imitar, no nacieron santos -inclusive muchos fueron bien pecadores.  Y eran personas iguales a nosotros.  ¿Cuál es la diferencia?  Que ellos tomaron este mandato de Dios en serio…y lo creyeron posible.
                                             


Ahora bien, la santidad sólo es posible porque Dios es Santo y nos ofrece todas las ayudas necesarias para imitarlo a El y llegar a la santidad.

La santidad es el tema más importante del Evangelio de hoy, tanto que la Liturgia nos lo presenta también en la Primera Lectura.  Pero este Evangelio nos trae unos cuantos consejos que hemos de seguir para llegar a ser santos.  Esos consejos pueden resumirse en esto: No devolver mal por mal y perdonar a los enemigos.

La más controversial de estas instrucciones es la de poner la otra mejilla: "Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero Yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda”.

Y es controversial porque pareciera que Jesús nos está pidiendo dejarnos agredir más allá de la agresión inicial.  ¿Será así?  Pareciera que no, porque cuando Jesús fue interrogado por Caifás en el juicio antes de su condena a muerte, un guardia lo cacheteó.  Y ¿qué hizo Jesús?  Veamos cómo confrontó al guardia:                                     
                               
                                   


Uno de los guardias que estaba allí le dio a Jesús una bofetada en la cara, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?»  Jesús le dijo: «Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?»  (Jn 18, 22-23)

Si continuamos con el Sermón de la Montaña, vemos que Jesús da dos consejos más que van en la misma línea de mostrar la otra mejilla: el entregar el manto además de la túnica, es decir, quedarse sin ropas, y el caminar una milla extra (ir más allá de la distancia requerida y permitida por la ley, llevando la carga de un soldado romano).

Sin entrar en detalles legales y costumbristas de aquella época, vale la pena destacar que biblistas estudiosos de las leyes, las normas y las costumbres hebreas, piensan que estos tres consejos tenían como objetivo el poder desarmar anímica y moralmente al agresor.  En ese sentido pueden tomarse como consejos para resistir los irrespetos y las injusticias sin tener que recurrir a la violencia.  La no-violencia, pues.

                                      

Y para nosotros hoy –porque la Palabra de Dios es para todas las personas y para todos los tiempos- significan claramente lo que nos dice la Primera Lectura:   No te vengues ni guardes rencor.   No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón.  A quien nos ha hecho daño debemos perdonar, no podemos guardarle rencor (éste hace más daño al rencoroso que a aquél a quien se le tiene rencor).  Tampoco podemos distraer pensamientos de venganza y –mucho menos- realizar alguna acción de venganza personal.

Ama a tu prójimo como a ti mismo es otro de los mandatos.  Es fácil decir esta frase y se oye mucho por todos lados; por cierto, de manera tergiversada, queriendo decir que Dios nos manda a amarnos a nosotros mismos.  Dios no nos manda a amarnos a nosotros mismos.  Lo que quiere decir el Señor es que usemos la medida con que nos amamos a nosotros mismos (somos egoístas y amamos muchísimo nuestra propia persona, y eso Dios lo sabe).  De allí que nos ponga esa medida mínima para amar a los demás.  Y ésa es la mínima, porque la máxima es la que Cristo nos mostró con su muerte por nosotros, y eso también nos lo va a pedir más adelante en su vida pública. 

¿Cómo nos amamos a nosotros mismos?  Fijémonos bien:  ¡Cómo nos consentimos a nosotros mismos!  ¡Cómo nos comprendemos a nosotros mismos! ¡Cómo nos perdonamos nuestros errores y faltas!  ¡Cómo nos excusamos a nosotros mismos!  Así debe ser nuestra comprensión, nuestro perdón, nuestras excusas, nuestros cuidados para con los demás: como a nosotros mismos.
                                                     

Pero Cristo sigue profundizando en el amor a los demás: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos”.

El amor a los demás hay que extenderlo a los enemigos y a los que nos odian y nos persiguen y nos calumnian.  Ya la exigencia se pone más difícil, ¿no?  Pero si Dios pide esto, será difícil, pero no imposible.  Y es posible porque El nos proporciona todas las gracias para cumplir con lo que nos pide.

Para convencernos bien de esto, más adelante en este mismo Sermón de la Montaña, nos dice que si no perdonamos a los que nos hacen daño, nuestro Padre Celestial tampoco nos perdonará a nosotros.  ¿Cómo es esto?  Pues como se oye: “Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes.” (Mt 6, 15)

                                              


Una cosa muy interesante es la finalidad que nos da para tener ese comportamiento magnánimo con los enemigos: “hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial”.

¿Qué nos quiere decir el Señor?  Que cuando tratamos así a los enemigos, también los desarmamos y eso puede servirles de estímulo para que sean amigos de Dios y amigos nuestros.  Sólo así podremos ser -nosotros y nuestros enemigos- hijos de Dios.  Todos somos creaturas de Dios, pero para ser hijos de Dios hay unas cuantas exigencias.  Una de ellas parece ser el trato magnánimo a los enemigos.

Esto que nos propone Jesús fue lo que sucedió con los adversarios del Cristianismo al comienzo de la Era Cristiana: muchos enemigos se convertían por el amor y el perdón que les dejaban ver los primeros cristianos, aquéllos que realizaron la primera evangelización.  A nosotros nos toca ahora la Nueva Evangelización.  Tendremos que imitarlos, ¿no?

Pero muchos pensarán que estos consejos son necedades y que son imposibles de vivir hoy en día.  Eso puede ser así si juzgamos estas cosas según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios.  Por eso nos advierte San Pablo en la Segunda Lectura: “Si alguno de ustedes se tiene a sí mismo por sabio según los criterios de este mundo, que se haga ignorante para llegar a ser verdaderamente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios… y Dios hace que los sabios caigan en la trampa de su propia astucia” (1 Cor 3, 16-23).

Las palabras del Salmo de hoy nos pueden enseñar a perdonar y a ser magnánimos: El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados. (Salmo 102) 












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org




domingo, 29 de enero de 2017

«Bienaventurados los pobres de espíritu...» (Evangelio Dominical)

                                                 


Hoy leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad. 

La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio..., y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.

Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia... (cf. Mt 5,3-11).
                                                       

Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.

¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).

San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo... Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12a):
                                        

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».


Palabra del Señor




COMENTARIO

                                          


Las Lecturas de hoy nos hablan de las llamadas “Bienaventuranzas”, que es aquella lista de motivos de felicidad que nos da el Señor en el Sermón de la Montaña, al comienzo de su vida pública, y que hoy nos narra el Evangelio de San Mateo (Mt. 5, 1-12)

Analizadas las Bienaventuranzas desde un punto de vista meramente humano, podrían parecernos una verdadera contradicción.  Pero ya se había anunciado de Jesucristo en el momento de su Presentación en el Templo, que había venido “para ser signo de contradicción” (Lc. 2, 34). Y uno de los discursos del Señor en que se palpa bien este anuncio es precisamente el de las Bienaventuranzas.

Todas las Lecturas de hoy, incluyendo el Salmo 145 nos llaman también a esas actitudes virtuosas -aparentemente inhumanas- que nos llevan a la bienaventuranza, a la verdadera felicidad. 
                                                      


“Busquen la santidad, busquen la humildad”, nos dice el Profeta Sofonías en la Primera Lectura (So 2,3: 3, 12-13).

San Pablo en su Carta a los Corintios (1Co. 1, 26-31)  nos habla de esa humildad, de esa sencillez que pide el Profeta Sofonías y que Cristo ratifica en el discurso de las Bienaventuranzas.   Y lo hace San Pablo hablando claramente del peligro de confiar en “criterios humanos”.

Entre los que han sido llamados por Dios, nos dice, “no hay muchos sabios, ni poderosos, ni nobles según los criterios humanos.  Más bien Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles de este mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes, a los que no valen nada, para que nadie pueda presumir delante de Dios”.
                                                         


Así son los criterios de Dios ¡tan diferentes de los criterios humanos!  Pero ¿nos damos cuenta de esto?  ¿O seguimos con los criterios que nos vende el mundo:  el poder, la riqueza, el mucho valer, la auto-suficiencia, etc., con las que -contrario a los que nos dicen las Lecturas de hoy- estamos presumiendo delante de Dios, buscando glorias humanas, pensando que podemos por nosotros mismos, creyéndonos muy capaces de lograr cualquier cosa que nos propongamos, sin recordar que hasta cada latido de nuestro corazón depende de Dios que nos creó.

Y las Lecturas de hoy son muy claras y muy precisas.  Contradictorias de los criterios humanos, sí;  pero no dejan espacio para la duda.
                                                       


La Primera Lectura nos habla del “día de la ira del Señor”.  “Aquel día, dice el Señor, Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde.  Este resto de Israel confiarán en el nombre del Señor”.

Los que queden el día del Juicio de Dios serán “los pobres y humildes”.  Será un “resto”;  es decir, lo que quede: una pequeña porción.  ¿Cómo formar parte de ese “resto”?  La respuesta está en el discurso de las Bienaventuranzas.  Veamos cada una de estas actitudes que nos pide el Señor para ser contados entre los que heredaremos el Reino de los Cielos:

“Dichosos, felices, bienaventurados, los pobres de espíritu”.  Esta pobreza de que nos habla el Señor no se trata de la pobreza material, sino de una pobreza “de espíritu”,  la cual consiste en poner nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos.
                                             
                 
Así que “ricos”, según éste y otros pasajes del Evangelio, significan los que se creen capaces sin Dios.  Y “pobres” son los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin Dios.  La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al orgullo, al creer que todo se puede lograr, sólo proponiéndoselo uno.  También significa no poner la confianza en el dinero, en los bienes materiales, sino sólo en Dios.

Así que no es la pobreza material lo que -necesariamente- nos lleva a la bienaventuranza, sino la correcta actitud de corazón ante lo que Dios es y ante lo poco o nada que somos ante Dios.  Y la pobreza material es causa de bienaventuranza sólo en la medida en que nos lleva a esa actitud interior de pobreza de espíritu.

“Dichosos los que lloran”.  Se refiere esta bienaventuranza a los que sufren, pero a los que sufren como el Señor desea: no rechazando el sufrimiento que más tarde o más temprano, más fuerte o menos fuerte, nos llega a cada uno.  No rechazando la cruz que el Señor nos presenta para seguirlo a El, como El nos pide.
                                                 


Esta bienaventuranza consiste en aceptar el sufrimiento, imitando a Cristo, uniendo nuestro sufrimiento al suyo, dándole así valor redentor, como nos indica el Papa Juan Pablo II en su Encíclica sobre el sufrimiento  humano: valor redentor para nosotros mismos y para los demás.

Consiste esta actitud en imitar a Cristo en su sufrimiento.  Todo lo que vivimos en sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el Señor nos regala para poder imitarlo y para poder “ser consolados”, como nos promete esta bienaventuranza.

“Dichosos los mansos”.  En la traducción actual se habla de sufridos, pero más exacto, para no confundir esta bienaventuranza con la anterior, es referirse a los mansos, a “los mansos y humildes de corazón”, como nos indica el Señor en otro pasaje.  La humildad y la mansedumbre son requerimientos esenciales para “heredar la tierra”, la tierra prometida, la bienaventuranza del Cielo.
                                   


“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”.  Justicia en el contexto bíblico significa “santidad”.  Se habla de hombres “justos”, como hombres “santos”.  Así que el Señor nos está hablando del deseo de ser santos, de tener hambre y sed de “santidad”.  ¿Y qué es desear ser santos?  Es desear cumplir la voluntad de Dios en todo.  Así que el buscar la voluntad de Dios y no la nuestra, nos lleva a la verdadera felicidad de las Bienaventuranzas.

“Dichosos los misericordiosos”. Ser misericordioso es saber perdonar y excusar a los demás y -sobre todo- sabernos necesitados de la misericordia divina, porque somos pecadores y le fallamos a Dios continuamente.  Así, siendo tolerantes y sabiendo perdonar a los demás, podremos ser objeto de la Misericordia infinita de Dios.
                                                     


“Dichosos los limpios de corazón”.   La limpieza o pureza de corazón consiste en buscar a Dios por lo que El es, tener rectitud de intención, honestidad interior.  Significa esto, no tener dobleces en ninguna circunstancia, no tener hipocresía interior, y esto muy especialmente en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios.

La limpieza de corazón es también no tener el espíritu sucio por el apego al pecado, a los vicios, a las pasiones, por el apego a los criterios del mundo.  Y esta pureza de corazón nos dispone para comprender las cosas de Dios.  Así podremos ver las cosas de Dios como El las ve, no como las ve el mundo.  Así podremos “ver a Dios” en cada circunstancia de nuestra vida, como nos promete esta Bienaventuranza.

“Dichosos los que trabajan por la paz”.  Y ¿quiénes trabajan por la paz?  Los que son pacíficos, los que llevan la Paz de Cristo en su corazón.  Así van llevando esa Paz por todas partes y a todas las personas.
                                                       


“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia”.  No se refiere esto a todos los presos o perseguidos por cualquier causa, o porque hayan cometido un delito.  Aquí “justicia” se refiere también a “santidad”.  Fijémonos que el Señor explica esta última Bienaventuranza en la siguiente frase:   “Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía”.

Es claro que el Señor está llamando bienaventurados a los que son perseguidos por seguir a Cristo, por tratar de ser santos.  Y esto va desde las persecuciones que llevan al martirio, como la de los primeros cristianos, a la de los católicos que por mucho tiempo estuvieron sometidos a practicar su fe en la clandestinidad en los países comunistas,  y hasta las críticas que reciben los cristianos practicantes que ponen a Dios por encima de otra cosa.  Y esta crítica puede venir de amigos o enemigos... y puede tener lugar hasta dentro de la propia familia.

Las Bienaventuranzas son actitudes exigentes, aparentemente inhumanas -si las juzgamos con criterios de mundo, si las juzgamos sin pureza de corazón.
                                        


Las Bienaventuranzas son regalos del Espíritu Santo, para aquéllos que estemos convencidos que son el camino que lleva a la eterna Bienaventuranza del Cielo, a la definitiva y Verdadera Felicidad, que sólo alcanzaremos en la otra Vida.

Pidamos, entonces, el don de las Bienaventuranzas al Espíritu Santo y por intercesión de nuestra Madre, María Santísima, que vivió las Bienaventuranzas en la tierra y vive la Bienaventuranza del Cielo, reinando con su Hijo Jesucristo. 












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org


lunes, 31 de enero de 2011

« Alumbre así vuestra luz a los hombres » (Oración al Altísimo)




BENDICIÓN AL SANTÍSIMO


S.: Les diste el pan del cielo.
P.: Que contiene en sí todo deleite.

INTRODUCCIÓN

El Evangelio de este domingo nos sitúa en el contexto del sermón de la montaña. Estamos al inicio de la aventura de Jesús. Ha comenzado en Galilea reclutando discípulos. Ahora los instruye. Su doctrina es provocadora por inaudita. Los pobres, los que lloran, los pacíficos, los que responden al mal con el bien son los dichosos y felices.
Con las bienaventuranzas ha marcado el perfil de sus seguidores. El hombre, la humanidad que Jesús propone y exige a los suyos es la auténtica, aquella que salió de las manos del Creador, la modelada a su imagen y semejanza, la que Jesús mismo representa.
Ahora culmina la catequesis con unas afirmaciones ricas en simbolismo, sus seguidores, los que escuchan su palabra y la siguen, son sal y son luz y lo son no sólo para sí mismos sino para el mundo, por su medio la luz de Cristo alumbrará a todos y darán sabor y sentido a todo vivir.

ORACION-MEDITACIÓN CON JESÚS LUZ DEL MUNDO


“Un cristiano es un tabernáculo del Dios vivo. Él me ha creado, me ha escogido, ha venido a habitarme, porque tenía necesidad de mí. Ahora que habéis aprendido cuánto os ama Dios ¿hay algo que sea más natural para vosotras que pasar el resto de la vida en irradiar este amor? Ser verdaderamente cristiano es acoger plenamente a Cristo y llegar a ser otro Cristo. Es amar como somos amados, como Cristo nos ha amado en la cruz.” Sta. Teresa de Calcuta

Señor Jesucristo, creo que eres el Hijo resucitado y glorioso de Dios Padre y que estás aquí entre nosotros, vivo e intercediendo por mí amándome y queriendo ayudarme. A ti me entrego, confiado/a

¡Porque sé que quieres curarme y eres omnipotente para hacerlo!

Señor Jesús, Te lo ruego: perdona mis pecados, fallas y omisiones y cura, principalmente en mí, mis malos hábitos. Quiero, con tu gracia, perdonar a los que me ofendieron y afligieron.

Jesucristo, mi Dios y mi Amigo, en este instante Te acepto como mi amado Salvador y Señor, único dueño de todas las áreas de mi ser, de todo lo que soy y poseo.

Jesús, mi Señor y Rey, Te pido que entres ahora en mi vida y permanezcas conmigo según lo prometiste: "Estaré siempre contigo, hasta el fin de los tiempos." Yo creo en tu Palabra.

Señor Jesús, yo Te entrego, en este momento, mi mente, mi voluntad
Amen.



MONICIÓN AL EVANGELIO

Mateo, expresa cuál es la misión de los creyentes de todos los tiempos: ser sal y luz para el mundo. Tanto la sal como la luz son elementos necesarios en la vida cotidiana de las familias.
Sal y luz, entonces, hablan de la tarea del seguidor fiel de Jesús: Expresar la fe, su integración con el proyecto de Dios a través del testimonio de vida, a través de las buenas obras, de los buenos frutos; tiene la misión de mantener el sabor y la luminosidad de la Palabra de Dios en todo tiempo y lugar del mundo

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 5,13-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo.
No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.

Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.
Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor


REFLEXIÓN

El cristiano tiene que ser vida y decir no al egoísmo, la codicia y la violencia.

Estamos llamados a anunciar y testimoniar el amor, la solidaridad y la paz como fuerza que transformará la historia.

Solo así podrá resplandecer el Reino de Dios para la humanidad.

No podemos perder el sabor ni la luminosidad cristiana.

Son muchos los que nos quedamos en palabras y más palabras.

Otros en meras prácticas piadosas.

Tenemos que…

Invertir la religión y hacerla espíritu y verdad.

Una religión que busque, por encima de todo, a la fraternidad y al amor.


PRECES

*Al caer la tarde tú Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
- acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.
*Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.
*Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.
*Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.
*Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada..
*Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.
*Señor, te rogamos por el fruto de la Jornada Mundial de la Juventud,
- para que sea un tiempo de Gracia donde se impulse la vida de fe de nuestros jóvenes y se fortalezca el trabajo con ellos.
*Cristo salvador, tú que eres la luz para alumbrar las naciones,
- ilumina a los que aún te desconocen y haz que crean en ti, Dios verdadero.
*Redentor nuestro y gloria de tu pueblo Israel,
- haz que tu Iglesia sea la luz de las naciones.
*Tú que nos llamas a ser "luz del mundo".
- Ayúdanos a iluminar nuestras vidas. Para que seamos siempre luz.


ORACION FINAL.



María de los jóvenes,
Virgen alegre y valiente,
Mira a todo tu pueblo joven
que necesita un ideal.
Danos un entusiasmo ante la vida,
capacidad de amor hasta la muerte.
Ayúdanos a unimos para trabajar
por la paz y la justicia.
Virgen joven, Virgen del amor,
Virgen de la sonrisa y del compromiso,
ruega por toda la juventud
y por nuestro grupo de oración de San García Abad,
que busca el amor con entusiasmo.
Amén.








Fuentes:
Iluminación Divina
Ana Navarro
Ángel Corbalán
Blog San García Abad.