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domingo, 3 de mayo de 2020

«Yo soy la puerta de las ovejas» (Evangelio Dominical)

           




Hoy, en el Evangelio, Jesús usa dos imágenes referidas a sí mismo: Él es el pastor. Y Él es la puerta. Jesús es el buen pastor que conoce a las ovejas. «Las llama una por una» (Jn 10,3). Para Jesús, cada uno de nosotros no es número; tiene con cada uno un contacto personal. El Evangelio no es solamente una doctrina: es la adhesión personal de Jesús con nosotros.

Y no sólo nos conoce personalmente. También personalmente nos ama. “Conocer”, en el Evangelio de san Juan, no significa simplemente un acto del entendimiento, sino un acto de adhesión a la persona conocida. Jesús, pues, nos lleva en su Corazón a cada uno. Nosotros también lo hemos de conocer así. Conocer a Jesús no implica solamente un acto de fe, sino también de caridad, de amor. «Examinaos si conocéis —nos dice san Gregorio Magno, comentando este texto— si le conocéis no por el hecho de creer, sino por el amor». Y el amor se demuestra con las obras.






Jesús es también la puerta. La única puerta. «Si uno entra por mí, estará a salvo» (Jn 10,9). Y poco más allá recalca: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Hoy, un ecumenismo mal entendido hace que algunos se piensen que Jesús es uno de tantos salvadores: Jesús, Buda, Confucio…, Mahoma, ¡qué más da! ¡No! Quien se salve se salvará por Jesucristo, aunque en esta vida no lo sepa. Quien lucha por hacer el bien, lo sepa o no, va por Jesús. Nosotros, por el don de la fe, sí que lo sabemos. Agradezcámoslo. Esforcémonos por atravesar esta puerta, que, si bien es estrecha, Él nos la abre de par en par. Y demos testimonio de que toda nuestra esperanza está puesta en Él.




Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10):






EN aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


Palabra del Señor




COMENTARIO.






Las lecturas del día de hoy nos hablan de Jesús, el Buen Pastor, y de nosotros, sus ovejas.

Si nos fijamos bien, son muchas las veces que en la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, se nos compara a nosotros los seres humanos con las ovejas.  Y, ciertamente, la oveja era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo.  De hecho, muchos de los hebreos eran pastores.  Pero hemos de suponer que también habría otros animales domésticos con los cuales compararnos, como -por ejemplo- el perro o el gato, o algunos animales de carga, como el burro o el camello; también habría aves de muchas clases.

Entonces cabe preguntarnos: ¿por qué se insiste tanto en compararnos con la oveja?  Se ve esto mucho en los Salmos y en el Evangelio Jesucristo lo hace con comparaciones realmente conmovedoras.

Sin embargo, para la mayoría, el comportamiento de la oveja resulta prácticamente desconocido.  Puede ser que hayamos podido ver algo sobre esto en películas, en la televisión o en internet.

Resulta interesante, entonces, adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil.  Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, es decir, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad.




Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola:  depende totalmente de su pastor.  Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor.  Es tan incapaz, que con sus tiesas y débiles patitas, no puede siquiera treparse al pastor y necesita que éste la suba.  No así un perro ... o un gato.

Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola:  necesita que el pastor la rescate.
Otro detalle importante es que la oveja anda en rebaño, no puede andar sola.  Si llegara a quedarse sola, no es capaz de defenderse:  es fácil presa del lobo o de otros animales feroces.

Su dependencia del pastor la hace ser muy obediente y muy atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor.  No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo.

El pastor lleva a veces a pastar a sus ovejas guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reúne en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

Entonces... ¿qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas?... Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor”?   El Señor nos dice que Él es el mejor de los pastores, pues Él da la vida -como de hecho la dio- por sus ovejas.  Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz.  Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (cfr. Jn. 10, 1-10).

Nosotros somos -de acuerdo a lo que nos dice la Palabra de Dios- ovejas del Señor.  Quiere decir que somos también frágiles, aunque la mayoría de las veces nos creemos muy fuertes y muy capaces.  Somos, por lo tanto, dependientes del Señor y, tal como las ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos.

            



Sin embargo, engañados, podemos pasarnos gran parte de nuestra vida y aún, toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos.

¿Cuántas veces no nos sucede esto?  Y nos sucede también que nos enredamos en nuestra vida espiritual.  Y ¿quién puede desenredarnos?  ¿Quién puede sacarnos de la zarza o de la cerca en que estamos atrapados?  Bien lo sabemos:   necesitamos de nuestro Pastor.  Y Él nos busca, nos rescata, nos cura, y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil.  De sus 100 ovejas deja a las 99 ovejas seguras en el aprisco y sale a buscar a la perdida.

¿Cuántas veces no ha hecho esto el Señor con nosotros -con cada uno de nosotros- cada vez que nos escapamos del redil o que nos desviamos del camino. (Lc. 15, 4).

Cuando Jesús nos compara con las ovejas, Él se compara con el Buen Pastor.  Es la imagen que conocemos mejor.  Pero Jesús también nos ha dicho: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10).

Para comprender qué nos quiere decir el Señor cuando se compara con el portal de las ovejas, hay que imaginar cómo eran esos rediles en que los pastores colocaban a sus ovejas para cuidarlas.  Eran unos corrales hecho de muros de piedras bastante altos y sólo había un portal de entrada.  Ahí se colocaba el pastor para impedir que entrara alguna fiera o algún bandido.

Por eso Jesús agrega: “Yo soy la puerta; quien entre encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia".

Oveja que entre por la puerta que es Jesús, estará bien alimentada y cuidada por Él.  Pero el ladrón, ése que se trepa por la pared del corral y se mete en medio del rebaño, “viene a robar, a matar y a destruir”.

Y Jesús identifica a esos ladrones y bandidos: en su tiempo, eran los fariseos que se opusieron a Jesús, el Mesías enviado de Dios.  Pero ¿quiénes son esos bandidos ahora?  ¿Quiénes son los que hablan a las ovejas para confundirlas?

Hay que ubicarlos para no obedecer la voz de los ladrones de ovejas.  De éstos nos habla el Señor en el Evangelio de hoy.  Son los que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por un lado de la cerca y tratan de engañarnos, simulando ser pastores para llevarse a las ovejas.

                



Esos falsos pastores son todos los falsos maestros que confunden, pues nos hablan tratando de imitar a nuestro Pastor, con enseñanzas falsas, que parecen verdaderas, para sacarnos del redil, para sacarnos de la Iglesia, para hacernos perder la Fe que nos enseña nuestro Pastor.
Algunos se pueden identificar sin problema, porque se oponen directamente a Dios:  unos son a-teos y más recientemente han aparecido unos más agresivos, que son anti-teos.  Pero hay otras voces más traicioneras, que sí logran engañar a algunas ovejas.

  ¿Cómo quiénes?

Por ejemplo, aquéllos que dicen que da lo mismo cualquier religión, que no hay que aceptar todo lo que dice la Iglesia que Jesús fundó.  Eso es como decir que se puede estar en cualquier rebaño o se puede estar solo por ahí lejos del rebaño de Cristo.

Aquéllos que difunden por la TV, por Internet, por el cine, por libros, cuestiones que parecen verdades pero que son errores.  Son todos los errores y herejías modernas, contenidas -por ejemplo- en ese amasijo de falsedades que es el New Age o Nueva Era.

Otros son aquéllos que quieren cambiar el matrimonio de un hombre y una mujer por uniones entre personas del mismo sexo y le dicen al rebaño que no aceptar esas uniones es estar contra las personas con tendencias homosexuales.

Otros quieren instaurar una supuesta educación sexual, que lo que pretende es enseñarles prácticas sexuales de cualquier tipo a nuestros niños pequeños.

Otros son aquéllos que dicen que no hay que confesarse con el Sacerdote que es un pecador igual o peor que el que se va a confesar.

Otros son aquéllos que manipulan a las ovejas, usando la mentira para engañarlas; además hablan de la justicia para establecer tiranías, y de paso estimulan odio, violencia y muertes.


                         



A los predicadores de estos errores se refiere Jesucristo en el Evangelio de hoy que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por otro lado:  “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir ... Mis ovejas reconocen mi voz ... A un extraño mis ovejas no lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños”.  ¡Cuidado con las voces extrañas!  ¡Cuidado con confundirlas con la Voz del Buen Pastor!  Se parecen... pero no son.

Nosotros y los que nos enseñen deben entrar por la puerta del redil.  ¿Qué es la Puerta?  Es Jesucristo mismo, pues en este pasaje también se identifica como la Puerta del sitio donde guarda a sus ovejas.  Para entrar al sitio donde el Pastor guarda sus ovejas, tenemos que entrar por esa Puerta que es Cristo mismo y todo lo que Cristo es y nos ha dejado:  su Gracia, su Iglesia, sus Sacramentos, sus enseñanzas.  No podemos inventarnos otras puertas, ni saltar por la cerca del redil, ni escuchar a los que han entrado así, pues ésos no son pastores, sino ladrones.

OJO, pues, ¡que los bandidos son muchos!

Quiere decir que no podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe. 2, 20-25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho.

Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas de su pastor.  Así, como ellas, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor, Jesucristo, el Buen Pastor.

San Pedro vuelve a insistirnos en esta Carta suya sobre el valor del sufrimiento, a imitación de Cristo sufriente: “Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios”.   Cristo nos dejó su ejemplo y debemos seguir sus huellas... aún en el sufrimiento injusto:  aquél que pueda venirnos por hacer el bien.

El Salmo de hoy es uno de los Salmos favoritos de los cristianos.  Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en más detalles sobre el Buen Pastor y nosotros, sus ovejas.


                 



Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor.  Por eso, aunque pasemos por cañadas oscuras (aunque pasemos por dificultades, adversidades, contrariedades) nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad.  El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponer nuestras fuerzas.

Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo del día como una oración muy útil a nuestra vida espiritual la primera frase de este Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org



sábado, 7 de mayo de 2011

"Jesús, camina junto a nosotros" (Evangelio dominical)


El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado.

Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?

Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?

La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?

Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.

Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel "desconocido" se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!

Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.



Se puso a caminar con ellos




1.- Caminar con Jesús

Cuánta belleza, qué fuerza narrativa derrama el evangelista Lucas en esta escena. Camino de Emaús, distante ocho kilómetros de Jerusalén. Dos discípulos huyen de los suyos de siempre. Si se ha muerto el Maestro a quien seguían, ¿qué pintan sus discípulos? Si esperaban un caudillo victorioso, un libertador del pueblo, ¿qué se puede esperar ahora cuando todo ha acabado en una sepultura?

Y, mientras lo dan todo por perdido, alguien camina a su lado. A su voz, hecha de tristeza y derrotismo, se une la voz amiga, no reconocida, que levanta los ánimos; les dice una palabra al corazón, y entra el sol en el corazón de aquellos fugitivos. Es un hermoso camino de ida y vuelta; es un envidiable camino espiritual. Un camino que va de la noche oscura a la luz cegadora de Dios. Qué bien nos conducen los símbolos de esta historia: el camino, la hospitalidad -quédate con nosotros- partir el pan, el abrirse los ojos.

De entrada, nos acordamos de tantos hombres y mujeres de hoy que, acaso, dejaron la Iglesia pero la siguen recordando, hablan de Jesús; quién sabe si, al fondo, una nostalgia anida en su corazón.

2.- Palabra

Nos recreamos en los tres tiempos del camino.

Comienzan dos discípulos huidizos. Van desconsolados, tristes. Sólo la desilusión y el pesimismo les acompañan. Han perdido su fe en Jesús. Lo han matado, cuando lo esperaban como el futuro liberador de su pueblo. Junto a este fracaso, una vana ilusión: sí, unas mujeres dicen que ha resucitado, pero a él no le han visto. “Nosotros creíamos, pero…”, repiten aplanados.

Y Jesús entra en su vida, se pone a caminar junto a ellos. Se hace un forastero encontradizo, nada de deslumbrarles para ganárselos. Comienza preguntándoles y se va introduciendo amistosamente en su vida. Sólo así les explica las Escrituras, el sentido del aparente fracaso, el porqué de su dolor y muerte. Al fin, se deja invitar para sentarse con ellos a la mesa. ¿Cómo no gustar estos verbos que decimos cada día: tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio?

Y el final fue feliz, como siempre que nos dejamos tocar por Jesús. Se les abrieron los ojos a los discípulos, comenzó a arderles el corazón, se levantan de la mesa, vuelven a su comunidad y comunican el gozo: “Era verdad, ha resucitado el Señor, lo hemos conocido al partir el pan”.

3.- Vida

Hombres y mujeres, con los que caminamos cada día, van envueltos en dudas, en fracasos, en depresiones. Unos se fueron de la casa de la Iglesia donde, un día, fueron felices. Otros marchan apenados porque aquellas cosas en las que habían creído sinceramente no han llegado a su fin. Cuántos repiten “nosotros creíamos”… que la venida de la democracia, que la renovación del Concilio, que los bellos documentos, que los nuevos medios, que tantos movimientos luchando por un mundo más justo… que tantas cosas iban a alumbrar una humanidad más en sintonía con el querer de Dios y una Iglesia más “llena de juventud y de limpia hermosura” (Prefacio de la Inmaculada), pero ¡qué lejos está todavía la meta!

Sólo colmará nuestro afán el encuentro con Jesús en el camino. No es hora de quedarnos en los “peros” sino de dejarnos acompañar por Jesús. Y, con él, leer y meditar más su Palabra, abrir nuestro corazón para que pueda arder al sentir su amor, sentarse a la mesa y comerlo, hecho pan y vino. Hay que sentir deseos de invitar y acoger a Jesús: “Quédate con nosotros”. Y, desde Jesús, sabremos que la vida es siempre encuentro con los demás.

Hay muchos que, tal vez, perdieron la fe pero no perdieron el amor. A ellos comunicamos lo que hemos vivido con Jesús. Nos hacemos encontradizos, acompañamos, hablamos, nos sentamos con ellos. La actitud humilde del forastero, la sencillez del que sabe escuchar y preguntar, la conversación amistosa como Jesús caminante, son lo mejor para el anuncio. Al contrario: con tonos de superioridad moral, con aire de salvadores, con dedos inquisidores, nunca podremos declarar nuestra fe: “Es verdad, el Señor ha resucitado”.

La Eucaristía es el momento de sentarnos a la mesa con Jesús.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):


Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor



COMENTARIO.


Celebramos el tercer domingo de Pascua. En este tiempo celebramos la resurrección de Jesús; de esta verdad se hacen eco las tres lecturas que nos propone la liturgia:


En la primera lectura vemos como Pedro predicaba con valentía el núcleo del mensaje cristiano: Jesús, acreditado ante vosotros con los milagros que hizo, a quien vosotros matasteis en la cruz, Dios lo ha resucitado.


En la segunda lectura se dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio la gloria".


En el Evangelio, Lucas nos propone uno de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado más conseguidos y más bellos. Nos invita este relato evangélico a descubrir a Jesús en la Escritura, en la Eucaristía y en la Comunidad.



El día primero de la semana. Se sitúa la escena en el domingo, igual que en el resto de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado. El tiempo, desde que Cristo resucitó, se eterniza, es lugar de encuentro con Dios.

Dos discípulos van de vuelta hacia Emaús, comentando lo sucedido. Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que marchan por la vida sin sentido, a todos los que están "de vuelta" de las cosas. Después de haberse jugado todo por Jesús, después de haber puesto en él todas las ilusiones, ahora Jesús ha muerto en la cruz y todos los que le seguían se han dispersado. Ellos vuelven a su aldea, a continuar con su vida, pero vuelven marcados por la derrota, la frustración.

Jesús se hace compañero de camino, pero ellos estaban incapacitados para verlo. ¡Cuántas veces Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y sólo con el tiempo hemos logrado entrever que en aquella circunstancia él estuvo con nosotros! Cuando uno está sumergido en la desesperanza se queda incapacitado para ver otros caminos, para aceptar otras presencias. Jesús les dice: "¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?".



¿Eres tú el único que no te has enterado?, ¿De qué? - pregunta Jesús -. Lo de Jesús el Nazareno, profeta poderoso en obras y palabras; cómo nuestros jefes lo entregaron y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Las esperanzas que tenían en Jesús eran unas esperanzas políticas, de independizarse del pueblo romano. No habían llegado a descubrir al verdadero Mesías en Jesús y aún así le seguían. Continúan diciendo: es cierto que algunas mujeres han ido al sepulcro de mañana y nos han sobresaltado diciendo que un ángel les ha dicho que estaba vivo. Los apóstoles han ido al sepulcro, pero a él no le han visto.

Entonces Jesús se pone a explicarles las Escrituras y cómo el Mesías tenía que padecer para entrar en la gloria. Tan necios y torpes sois para comprender la Escritura, ¿por qué os alarmáis ante la muerte de Jesús? ¿No sabíais que tenía que padecer?. ¿Acaso no sabemos nosotros que Jesús tenía que morir antes de resucitar?. Claro que sabemos que la cruz es el camino de la luz, que la pasión lleva a la resurrección; pero cuando tenemos que pasar por la cruz, en cualquiera de sus manifestaciones, se nos olvida lo que sabíamos y la cruz nos derrota y nos rompe.


Cuando llegaron a la aldea, él hizo ademán de irse y le pidieron ¡Quédate con nosotros, porque el día va de caída!. Habían intuido algo al explicarles las Escrituras, habían sentido como algo en su interior resurgía de las cenizas de la derrota. ¡Quédate, Señor! ¡Quédate con nosotros! Sin ti estamos desorientados, perdidos...

Y entonces, lo reconocieron al partir el pan, y él desapareció. Y comentaban ¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?. Era como si Jesús hubiese celebrado con ellos la Eucaristía: les explicó las escrituras y les partió el pan, pronunciando la bendición.

Lo que hacen los discípulos ahora es desandar el camino de la derrota y de la desesperanza; se vuelven a Jerusalén, con la comunidad que habían abandonado, para contarles cómo habían reconocido al Señor al partirles el pan. Allí encontraron a los Once, reunidos con los demás discípulos. Es en la comunidad donde podemos encontrar al Señor.

Como decía al principio, este relato es una invitación a descubrir al Señor en la Comunidad, en las Escrituras y en la Eucaristía.

En la Comunidad, que es donde vuelven los discípulos. Como dijo una vez Jesús "donde estén dos o tres, reunidos en mi nombre, allí estoy yo".

En las Escrituras, que es la Palabra de Dios, donde podemos encontrar lo que Dios ha dicho y ha hecho.

Y en la Eucaristía, que es donde le reconocieron al partir el pan. Es donde Cristo se ha quedado realmente presente.


Que sepamos descubrir al Señor y nos encontremos con él.
















Fuentes:
Iluminación Divina
Conrado Bueno, cmf
José A. Pagola.
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán