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domingo, 12 de junio de 2011

"Recibid el Espíritu Santo"... (Evangelio dominical)


Celebramos el día de Pentecostés, el día de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia. El Espíritu Santo se manifiesta como don para entenderse (1ª lectura), se manifiesta para el bien común (2ª lectura), como paz y como perdón (Evangelio). Con la venida del Espíritu Santo comienza la misión de la Iglesia; los apóstoles pasan del miedo a la valentía para dar testimonio de Jesús. El Espíritu es quien da esa fuerza para la misión.


Según San Juan, el Espíritu hace presente a Jesús en la comunidad cristiana, recordándonos su mensaje, haciéndonos caminar en su verdad, interiorizando en nosotros su mandato del amor. A ese Espíritu invocamos en esta fiesta de Pentecostés.

Ven Espíritu Santo y enséñanos a invocar a Dios con ese nombre entrañable de "Padre" que nos enseñó Jesús. Si no sentimos su presencia buena en medio de nosotros, viviremos como huérfanos. Recuérdanos que sólo Jesús es el camino que nos lleva hasta él. Que sólo su vida entregada a los últimos nos muestra su verdadero rostro. Sin Jesús nunca entenderemos su sed de paz, de justicia y dignidad para todos sus hijos e hijas.

Ven Espíritu Santo y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu aliento, olvidaremos una y otra vez su Proyecto del reino de Dios. Viviremos sin pasión y sin esperanza. No sabremos por qué le seguimos ni para qué. No sabremos por qué vivir y por qué sufrir. Y el Reino seguirá esperando colaboradores.

Ven Espíritu Santo y enséñanos a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Que no echemos cargas pesadas sobre nadie. Que no dictaminemos sobre problemas que no nos duelen ni condenemos a quienes necesitan sobre todo acogida y comprensión. Que nunca quebremos la caña cascada ni apaguemos la mecha vacilante.

Ven Espíritu Santo e infunde en nosotros la experiencia religiosa de Jesús. Que no nos perdamos en trivialidades mientras descuidamos la justicia, la misericordia y la fe. Que nada ni nadie nos distraiga de seguirlo como único Señor. Que ninguna doctrina, práctica o devoción nos aleje de su Evangelio.

Ven Espíritu Santo y aumenta nuestra fe para experimentar la fuerza de Jesús en el centro mismo de nuestra debilidad. Enséñanos a alimentar nuestra vida, no de tradiciones humanas ni palabras vacías, sino del conocimiento interno de su Persona. Que nos dejemos guiar siempre por su Espíritu audaz y creador, no por nuestro instinto de seguridad.

Ven Espíritu Santo, transforma nuestros corazones y conviértenos a Jesús. Si cada uno de nosotros no cambia, nada cambiará en su Iglesia. Si todos seguimos cautivos de la inercia, nada nuevo y bueno nacerá entre sus seguidores. Si no nos dejamos arrastrar por su creatividad, su movimiento quedará bloqueado.

Ven Espíritu Santo y defiéndenos del riesgo de olvidar a Jesús. Atrapados por nuestros miedos e incertidumbres, no somos capaces de escuchar su voz ni sentir su aliento. Despierta nuestra adhesión pues, si perdemos el contacto con él, seguirá creciendo en nosotros el nerviosismo y la inseguridad.



El Señor os dará su Espíritu

1. Fuego, viento, agua

Qué difícil es expresar lo que significa el Espíritu Santo. Como es difícil expresar el amor y la belleza, y sin embargo los sentimos y vivimos. Por eso, recurrimos a los símbolos, como siempre que intentamos describir lo sublime, lo inefable. Por ejemplo, el símbolo del fuego que calienta y purifica, el agua que crea vida, el viento que es energía.

También seguimos el rastro del Espíritu por los frutos que de él nacen en el corazón del hombre. Sólo el Espíritu de Dios explica la fortaleza de los mártires de hoy en Argelia (¿Habéis visto la película “Dioses y Hombres”?), la paz de una viuda que perdona al terrorista, la esperanza de un cristiano en medio del sufrimiento. Hay acontecimientos, como el Concilio Vaticano II, a los que llamamos nuevo Pentecostés.

La vena de agua, que corre bajo la tierra, no se ve, pero crea vida y belleza; un día se agosta, y crece el desierto. Nos cuesta hablar del Espíritu, mas si nos faltara vendría la muerte sobre la Iglesia. Pero no; la Iglesia está viva, tiene “espíritu”. El mismo Jesús nos ha enseñado a llamarlo defensor, abogado, revelador.

2. Palabra

Ningún evangelio describe la venida del Espíritu Santo, tan anunciada y prometida por Jesús. San Juan ve al Espíritu como fruto de la Resurrección. “Recibid el Espíritu Santo”, les dice Jesús a los apóstoles al anochecer del primer domingo; y llegan los dones de perdón, de alegría, de paz, de envío misionero. Es la nueva creación donde el Espíritu nos hace hombres de corazón nuevo. Antes, en la primera creación, Dios sopló sobre el hombre su aliento vital y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.

Los Hechos de los Apóstoles nos describen con detalle la escena. Está junta la comunidad de los apóstoles y, de repente, todo se estremece. Aparecen los símbolos: un viento recio, lenguas de fuego que se posaban sobre la cabeza, hablar en mil lenguas. El Espíritu tiene nombre de viento o aliento divino. Este fuego evoca el fuego del Sinaí, lugar de la alianza, que celebraban en la fiesta de Pentecostés. Es el fuego al que cantamos: “Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro”. Las mil lenguas eran un canto a la universalidad de la Iglesia. “Cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa”. Ninguna lengua, ninguna cultura tiene el monopolio de la fe en Dios. Medos y persas, forasteros y judíos: inmigrantes o del país, más tradicionales o más abiertos a la renovación. Todos.
Lo importante era cantar las maravillas de Dios. Y con tal fuego que los creían borrachos. Sí, ebrios de Espíritu hasta arriba

3. Vida

Al calor de Pentecostés, nació la Iglesia, comunidad de hombres y mujeres traspasados por el Espíritu. Hoy es el día fundacional, el cumpleaños de la Iglesia. Es hora de sentirnos un solo Cuerpo de Cristo y muchos miembros, de proclamar el gozo de pertenecer a la Madre Iglesia. Este es el ámbito donde crecemos, celebramos y anunciamos nuestra fe. Familia de santos y de pecadores, pero con la certeza de que el Espíritu hincha las velas de la Iglesia.

Y en el fondo de esta Iglesia mana siempre el agua del Espíritu. Todos bebemos de un mismo Espíritu. Aquí hay muchos miembros, muchos carismas, muchos dones. Por ejemplo, los carismas de comunión, de una fe contagiosa, de comunicar bien la fe, de ser instrumentos de paz. Hay que suscitarlos y gozarnos en ellos. Nunca estorbar que se manifiesten, nunca apagar el Espíritu. De esta manera, el Espíritu Santo dará frutos en nosotros; los que señala San Pablo: amor, alegría, paz, compasión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza. Alumbrar estos frutos es vivir según el Espíritu; lo demás sería un espiritualismo “poco espiritual”. Porque sólo este Espíritu es el que nos enseña a gritar el nombre de Dios: ¡Padre!

Todo tiene que acabar en la misión. Es el Espíritu el que nos impulsa a contar las maravillas de Dios. Hoy es el día del apostolado seglar, es la hora de los laicos. Más del noventa y ocho por ciento de la Iglesia lo componen los laicos. Dicen que es el gigante dormido que ha de despertar. Eso de la mayoría de edad del laicado no puede quedarse en palabras bonitas. Es necesario un nuevo Pentecostés, con laicos “ebrios” del Espíritu de Dios: “Con fuego en el corazón, palabra en los labios y profecía en la mirada” (PabloVI).

Si la cosa es así, sólo nos queda gritar bien fuerte. Ven, Espíritu Santo.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):


Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.
Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Palabra del Señor

COMENTARIO.



Estamos en el tiempo del Espíritu. El tiempo del Padre es la creación y toda la historia de Israel; el tiempo del Hijo es el tiempo de la encarnación y la redención; ahora es el tiempo de la santificación, el tiempo del Espíritu. Él es quien actúa en la Iglesia y en los cristianos para llevar adelante el mensaje del reino; por eso yo creo que el Espíritu tiene la misión de crear fraternidad entre las personas, de crear comunión.

Este aspecto lo resaltan las lecturas que escuchamos en este domingo:

La primera lectura, del libro de los hechos de los apóstoles, cuenta como el Espíritu, cuando vino sobre los apóstoles, se manifestó con el don de la "glosolalia"; es decir, que les dio posibilidad a los apóstoles de expresarse en distintos idiomas y de hacerse entender por todos. Este don hace referencia implícitamente al texto del Antiguo testamento de la torre de Babel: Los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara al cielo para hacerle la competencia a Dios; pero Dios confundió sus lenguas, de modo que no podían entenderse. El Espíritu Santo viene ahora, en nombre del Padre, a hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad. El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.


El orgullo, la soberbia, crea división entre las personas; el Espíritu crea comunión, cercanía, diálogo, fraternidad. Para que el Espíritu actúe es necesaria una comunión entre las personas, la división dificulta el camino del Espíritu.

La segunda lectura de San Pablo nos dice que en cada uno de nosotros se manifiesta el Espíritu para el bien común; esa es la finalidad primera del Espíritu, el Bien Común; por eso dice que hay diversidad de dones, de servicios, de funciones, pero un mismo Espíritu. Dice San Pablo: "Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo".

Los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo; en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común: todos somos necesarios para la comunión. Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

En el texto del Evangelio se nos dice que Jesucristo envía el Espíritu Santo después de haber resucitado y lo hace al mismo tiempo que envía a los apóstoles a la misión de anunciar el Evangelio; podríamos decir que el Espíritu, en los apóstoles, continúa la misión de Jesús. La misión es anunciar la Buena Noticia a todas las gentes, pero parece que ese anuncio tiene que ver mucho con la fraternidad y la comunión:


Pues Jesucristo se aparece deseando al paz: "paz a vosotros". La paz es la reconciliación entre las personas y la reconciliación de las personas con Dios. La paz no es simple tranquilidad por ausencia de conflicto; por eso para conseguir la paz quizá hay que hacer violencia a las formas ficticias de paz.


Además dice el evangelio: "perdonad los pecados"; puesto que para que se dé la verdadera comunión o la paz entre las personas, es necesario el perdón mutuo; es necesario el perdón de Dios para que se pueda dar el perdón entre las personas.

Este es el día de Pentecostés: celebrar la presencia del Espíritu Santo entre nosotros como el gran creador de la comunión entre las personas y Dios; celebrar la cooperación con el Espíritu de tantas personas, que dedican su vida a crear fraternidad en las familias, en los pueblos...


Que el espíritu se manifieste en cada uno de nosotros para el bien común







Fuentes:
Iluminación Divina
Pedro Crespo Arias
José A.Pagola
Conrado Bueno
Ángel Corbalán

sábado, 4 de junio de 2011

"Id y haced discípulos de todos los pueblos" (Evangelio dominical)

“Id y haced discípulos en todos los pueblos. bautizandolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñandoles a guardar todo los que os he mandado, y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” . (san Mateo 28, 16-20)

La situación que se vive hoy en nuestras comunidades cristianas no es nada fácil. En nuestro corazón de seguidores de Jesús surgen no pocas preguntas: ¿Dónde reafirmar nuestra fe en estos tiempos de crisis religiosa? ¿Qué es lo importante en estos momentos? ¿Qué hemos de hacer en las comunidades de Jesús? ¿Hacia dónde hemos de orientar nuestros esfuerzos?

Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos.

Siguiendo las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. Ahora vienen sin saber con qué se pueden encontrar. ¿Volverán a verse con Jesús después de su ejecución?

El encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo.

Lo admirable es que Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo. Su fe sigue siendo pequeña, pero a pesar de sus dudas y vacilaciones, confía en ellos. Desde esa fe pequeña y frágil anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes a lo largo de los siglos vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.

La tarea fundamental que les confía es clara: «hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. No les manda propiamente a exponer doctrina, sino a trabajar para que el mundo haya hombres y mujeres que vivan como discípulos y discípulas de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.

Mateo entiende la comunidad cristiana como una "escuela de Jesús". Seremos muchos o pocos. Entre nosotros habrá creyentes convencidos y creyentes vacilantes. Cada vez será más difícil atender a todo como quisiéramos. Lo importante será que entre nosotros se pueda aprender a vivir con el estilo de Jesús. El es nuestro único Maestro. Los demás somos todos hermanos que nos ayudamos y animamos mutuamente a ser sus discípulos.

Día de la Ascensión del Señor

1. Y subió al cielo

Jesús ha acabado la misión encomendada. Como en la cruz, nos repite: “Todo está cumplido”. El Padre del cielo puede estar contento. Ha citado a los suyos en Galilea, antes de subir el cielo.

Hoy es el Día de la Ascensión del Señor. En el fondo, Resurrección, Ascensión y Pentecostés son el mismo misterio. Ascender evoca la cosmología de la época, la cosmología de las esferas. La bóveda del cielo, con su luz y su inmensidad, es una imagen expresiva de la morada de Dios. Los cristianos sabemos que no se trata de cambiar de lugar. Es el cambio de un modo de existencia. Jesús acaba su vida terrestre, y vuelve al Padre. Es la fe que profesamos cada domingo: “Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre.

Desde aquel día, los seguidores de Jesús conocemos nuestra meta final: estar donde está Jesús. Los hombres, también hoy, tenemos nostalgia de cielo. “Soy un poquito de tierra que tiene afanes de cielo” (Pemán).

2. Palabra

La Ascensión completa el círculo de la vida de Jesús. (Como en algunas películas, el final ilumina toda la historia anterior). Son las últimas palabras de Jesús, el mensaje definitivo. La cosa sucede en Galilea, no en Jerusalén. Dios se hace presente en el espacio de cada día, no en el templo; no en un lugar, sino en la persona de Jesús resucitado. No se nos dice su nombre, pero es un monte. Cristo nos descubre su persona en el monte Tabor; su mensaje, en el monte de las Bienaventuranzas y su misión, en el monte de Galilea.

Jesús se despide de sus apóstoles y les recuerda la síntesis del su Evangelio. Hay una afirmación: él es el Señor, con pleno poder en el cielo y en la tierra; claro que es el poder del siervo humillado y doliente. Viene luego el mandato: id y haced discípulos. Y acaba con una promesa: yo estoy con vosotros. Comenzó su vida como Enmanuel-Dios con nosotros y la acaba prometiendo quedarse con nosotros; acentuando con firmeza: todos los días y hasta el fin del mundo. No puede ser más contundente.

Y los discípulos quedan marcados. Al llegar a Galilea y ver a Jesús, nadan entre la duda y el gozo, entre la vacilación y la adoración. Seguían siendo muy humanos. Como tantos hombres y mujeres de hoy: con tantas ganas de Dios, y tan metidos en la incertidumbre y los porqués. Con todo, los apóstoles pasan del Maestro escuchado al Señor adorado; todo era muy nuevo, tras la resurrección. Por eso, Jesús les mandó: “Seréis mis testigos”. Es que en ellos seguían, sí, muchas dudas, pero les acompañaba una garantía segura: “Estoy con vosotros”.

3. Vida

Las Ascensión del Señor nos colma de esperanza. Si Cristo, que es la cabeza, entra en el cielo, ¿qué otra cosa podemos esperar los que somos miembros de su cuerpo? Jesús nos abre camino para el cielo. Lo decimos de los nuestros que se nos van: “Se fue a la casa del Padre”. Por la muerte, volvemos al polvo, pero polvo “enamorado, según Quevedo. “Al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” canta la liturgia. Con audacia y realismo nos preguntamos: ¿Pero nos lo creemos? Pues que se note que nos encandilan más los bienes de arriba que las humanas vanidades de riquezas, de deleites, de poderío.

Las palabras de Jesús son terminantes: Id por el mundo, haced discípulos míos, sed mis testigos. Porque aspiramos al cielo nos comprometemos con la tierra. La misión de la Iglesia es evangelizar (Pablo VI). No podemos quedarnos en el templo repitiendo rutinariamente las mismas cosas. Jesús nos manda, más que a explicar doctrinas, a hacer discípulos que sean como él: buenos, sencillos, servidores, prontos a dar la vida por otros, incluso por los enemigos. Cierto que, muchas veces, nos puede la flaqueza. Pero contamos con una gracia: la presencia indefectible de Jesús. ”Mientras él está allí, sigue estando con nosotros. Mientras nosotros estamos aquí, podemos estar allí con él” (S. Agustín). No lleva razón Fray Luis: “Cuán pobres, ay, nos dejas”. Aun conociendo nuestra debilidad, Jesús tiene confianza en nosotros, por eso nos envía.

Finalmente, por un impulso elemental de discípulos de Jesús, también nosotros queremos ascender siempre. Ascender es crecer, ir hacia arriba. Es huir de lo vulgar, de lo mediocre, de lo frívolo, para llenarnos de ideales, de sueños, de utopías. Es aspirar a la plenitud humana de la verdad, de la libertad, de la belleza. Sólo en el cielo encontraremos esta plenitud; mientras tanto, mirar al cielo, donde está Jesús, tira de nosotros hacia lo más noble, lo más humano, lo más divino.


Conclusión del santo evangelio según san Mateo (28,16-20):

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.


Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»



Palabra del Señor


COMENTARIO.


"Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado" (Mt 28, 16)

Si quieres gozar la Sabiduría para conocer a Dios, tienes que ir a Galilea; si quieres que los ojos de tu corazón se iluminen para comprender cuál es la esperanza a la que Dios te llama, tienes que ir a Galilea; si quieres pregustar la gloria a la que Dios te convoca, tienes que ir a Galilea; si quieres experimentar la grandeza del poder de Dios que resucita a Jesús de entre los muertos, tienes que ir a Galilea; si quieres encontrarte con Dios que está detrás de ti a cada instante, tienes que ir a Galilea; si quieres descubrir el sabor de la vida que plenifica y realiza al ser humano, tienes que ir a Galilea. ¡Galilea!, donde todo comienza a ser posible, ¡de nuevo!

Si ya estuviste en Galilea y todo se te queda como muy irreal y lejano, como muy abstracto e imposible, como muy viejo y vacío, como muy iluso e impersonal, como muy sabido y pasado, como muy repetitivo y manido... hoy puedes decidirte a volver a Galilea; ¡allí estamos convocados de nuevo! Pero tendrás que dejar Judea y el templo, con su poder y su culto, con su seguridad, para vivir la novedad de lo de siempre, que aún no conoces. Se te regalarán nuevas gracias para subir a todos los montes de nuestra historia: te volverás a desposar con la voluntad de Dios en el Sinaí, adquirirás una "visión" (los ojos de Dios en tu corazón) divina con el sacrificio de tu nuevo hijo en Moria, aprenderás a proclamar con tu vida la Buena Noticia en el Monte de las Bienaventuranzas, verás en el Tabor la presencia de Dios que se te desvela, se te pedirá de nuevo la entrega de tu vida en el Gólgota... Por el camino, en los encuentros, irás realizando la Misión, y la Luz de los ojos de tu corazón te concederá palabras para convocar a todos a Galilea y te dotará de fuerzas para subir una y otra vez al monte, al encuentro con Dios, junto con todos los que te acompañan.


Si lo prefieres, quédate ahí, plantado, mirando al cielo, hasta que pierdas el criterio del tiempo que va a hacer mañana, hasta que confundas el juicio sobre lo que hay que hacer hoy. Pero recuerda "los discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado".









Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Pedro Creespo Arias
Conrado Bueno, cmf
Ángel Corbalán

sábado, 28 de mayo de 2011

" No os dejaré huérfanos. Volveré" (Evangelio dominical)


No estamos huérfanos...

Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas recordado de manera rutinaria, es una Iglesia que corre el riesgo de irse extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.

En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la experiencia viva de Jesús. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más unida a él. ¿Cómo?


Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos, quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.

Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una experiencia nueva que los envolverá y les hará vivir porque los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos.

Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?

Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido sus discípulos mientras lo seguían por los caminos de Galilea: «Sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo». Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.

Esta experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama...yo también lo amaré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada día, sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la decadencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros?


Que viene El Espíritu!

1.- Tiempo de Pascua

Hay que repetirlo. Seguimos en la alegría de la Pascua del Resucitado. Todo el tiempo pascual es como un domingo largo, continuado. El cirio pascual nos preside, su llama no se apaga. Que no se cansen los cristianos de vivirlo.

El Evangelio sigue en la Última Cena, pero los Hechos de los Apóstoles nos recrean la gracia de la primera comunidad cristiana. Tras los nubarrones de la despedida para ir a la muerte, brilla el color y la frescura de aquella Iglesia de resucitados, llenos del Espíritu Santo. Pero en los dos escenarios abunda la presencia trinitaria, el Dios uno y trino: el Padre que nos ama, el Hijo en cuyo nombre somos bautizados y el Espíritu Santo prometido como abogado nuestro.

En algunas regiones, como en España, hoy es el “Día del enfermo”. Todos los días hay mucho dolor entre nosotros, pero en este domingo lo hacemos memoria, oración y compromiso.

2.- Palabra

El Evangelio se abre con una promesa consoladora, dentro de la tristeza de la despedida: “No os dejaré desamparados” dice el Maestro. Jesús nos mete a todos en ese círculo maravilloso del misterio divino:”Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo en vosotros”. E insiste, por si no estaba claro: “Al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré”. Esto es posible por la acción callada del Espíritu Santo, como “sangre divina” que a todo da vida.

Es el mismo fuego del Espíritu que ponía a andar a la Iglesia naciente. Todo es encanto en esa comunidad cristiana. ¿Podemos subrayar alguno de esos encantos? El único objeto de su predicación es Cristo. La palabra era acompañada de obras, muchos eran curados. La gente escuchaba con aprobación y la ciudad se llenó de alegría. Todo sucedía en campo difícil, en Samaría, en tierra enemiga. Tal era la cosecha de evangelio que la Iglesia madre de Jerusalén quería gozarse y confirmar tanta fe. Y fue la comunidad misma la que envío a los apóstoles Pedro y Juan. Estos llegaron e “imponían -no, normas- las manos, y recibían el Espíritu Santo”. Era la grandeza de la unidad y de la comunión en la Iglesia.

3.- Vida

De entrada, nos invitamos a estar abiertos al viento del Espíritu. El es nuestro abogado, porque es el Espíritu de la verdad y del amor. El Espíritu Santo nos unge, nos empapa de la vida de Dios. Luego, va todo en cadena: nos sentimos amados por Dios, salimos a decir que “hemos conocido el amor” y este amor nos urge a amar a los demás; así sucedió en Samaría, donde los mismos que eran odiados por los judíos eran amados por los cristianos.

Este es también el Espíritu que edifica la Iglesia. Aquí posee un sentido sacramental la palabra de Jesús: “No os dejaré huérfanos”. Somos Iglesia, esta es nuestra Iglesia, esta es nuestra madre. Somos muchos los hermanos, los ungidos hijos de Dios. Porque el Espíritu es su defensor, esta Iglesia no tiene miedo, no anda a la defensiva, no busca apoyaturas mundanas sino evangélicas. Que nadie se salga del guión de Samaría: predicar a Cristo sólo, consolar, llenarse de alegría, orar por los hermanos e imponer las manos como señal de la llegada del Espíritu. Claro que a todos nos toca trabajar para hacer la “Iglesia de Jesús”, hermosa, pura como su Señor.

Nos acordamos de los enfermos. Hoy es su día en algunas Iglesias. Como el diácono Felipe, salimos a curar. Como Jesús, sentimos compasión y queremos “tocar” de cerca a los que están malos. Muy importante: no nos olvidemos de los que cuidan a los enfermos: familiares, personal sanitario, pastoral cristiana, todos. Son ángeles para los que sufren.

¡Cuántas cosas, y todas son don y fruto del Espíritu Santo!



Lectura del santo evangelio según san Juan (14,15-21):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


Estamos en el domingo VI del tiempo pascual; celebrando la resurrección de Jesús. El Evangelio nos sitúa en un contexto de despedida de Jesús, en el que podemos ver:


Su ascención: "No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá...", fiesta de la ascensión de Jesús que celebraremos el domingo próximo.


Pentecostés: "Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad"; fiesta que celebraremos a otro domingo de la ascensión.


Un consejo para permanecer en su amor: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos... El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama".



Me voy a centrar en esta última idea. Si de verdad amamos a Dios, guardaremos sus mandamientos. La guarda de los mandamientos es la prueba de que amamos a Dios.

Amarás a Dios sobre todas las cosas.

El primer mandamiento es el que nos centra en esta idea del Evangelio. Es el más difícil de cumplir. Hay que poner a Dios como lo más importante, por encima del resto de las cosas y personas. Hay que amarle más que al dinero, al bienestar, a la salud, a la familia... Quien ama a Dios sobre todas las cosas está dispuesto a amar al prójimo por encima de todas las cosas.

No tomarás el nombre de Dios en vano.

En la tradición judía se evitaba el nombrar a Dios para no hacerlo en vano. Quiere decir este mandamiento que no hay que blasfemar, que no hay que jurar poniendo a Dios como testigo. Quien no toma el nombre de Dios en vano, no toma a la persona en vano, la ama.

Santificarás las fiestas.

Quien ama a Dios lo manifiesta en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía dominical. ¡Cuantos cristianos dicen creer en Dios y amarle y no frecuentan la eucaristía! ¿Cómo se puede amar a una persona sin verlo nunca, nada más que teniéndolo en el recuerdo? Santificar las fiestas es dedicarle a Dios el tiempo que tenemos.



Honrarás a tu padre y a tu madre.

Quien ama a Dios, que es nuestro Padre, está dispuesto a amar a sus padres. Respetar a los padres, obedecerles, honrarles es un modo de manifestar el amor a Dios; pues si no amamos a quien vemos, ¿cómo vamos a amar a quien no vemos?

No Matarás.

Quien ama a Dios está dispuesto a respetar la vida en todas las etapas de la misma, desde la concepción hasta la muerte. La vida es sagrada, es Dios quien la da y la quita; en la vida de los hombres está Dios presente. No se puede amar a Dios sin respetar la vida del prójimo. Hay muchos modos de matar la vida de los demás, no sólo físicamente, sino moralmente, quitándoles honra y crédito ante los demás.

No cometerás actos impuros.

Quien ama sólo entiende la sexualidad desde el amor. Sin amor la sexualidad es impura, más propia de animales que de personas. El amor en la sexualidad está abierto a la vida.


No robarás.


Quien ama a Dios respeta al prójimo y sus cosas. No está justificado nunca el robar, por muy insignificante que sea el robo. Un modo de respetar el prójimo es respetar su propiedad.

No dirás falso testimonio, ni mentirás.

Quien ama a Dios vive en la verdad, por eso no miente, por eso no dice cosas que son falsas sobre su prójimo. Hay muchas formas de faltar a la caridad con el prójimo, pero ninguna seguramente más perjudicial que esta: decir un falso testimonio, transmitir un juicio temerario.

No consentirás pensamientos, ni deseos impuros.

Quien ama a Dios y al prójimo tiene que aprender, incluso, a controlar el pensamiento. Es fácil, es normal, tener malos pensamientos; pero no hay que consentir con ellos. La tentación se puede tener, pero no hay que caer en ella.

No codiciarás los bienes ajenos.

Quien ama no sólo no roba, sino que se tiene que acostumbrar a no ser codicioso, a no desear lo que no es suyo.

Estos son los mandamientos de la Ley de Dios, que Jesucristo no anuló, sino que perfeccionó con el mandamiento nuevo del amor: "... Que os améis como yo os he amado".


Que amemos a Dios y al prójimo profundamente.









Fuentes:
Iluminación Divina
Pedro Crespo
Conrado Bueno, cmf
José A. Pagola
Ángel Corbalán

lunes, 23 de mayo de 2011

"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida" (Evangelio dominical)


Ante todo, pedimos disculpas por no haber llegado con este mensaje antes. Fallaron los medios tecnológicos. Pero, con fe y perseverancia...aquí estamos. Gracias.


Caminante, sí hay camino

1.- Antes de morir, antes de subir al cielo

Seguimos en tiempo de Pascua, y el Evangelio de hoy regresa a la Última Cena. Dos planos, dos despedidas se superponen: la despedida para morir y la despedida para ascender al cielo. Nos alejamos del día de Resurrección y vislumbramos el final: la ascensión al cielo y la venida del Espíritu.

Pero, sí, estas palabras de Jesús salieron del Cenáculo, en la víspera de su muerte. Noche de Jueves Santo. Hay tensión y desconcierto en la sala. Uno de los amigos está de parte del enemigo. Se presiente que el Maestro se va a enfrentar a la muerte. Jesús, al ver a los suyos tan hundidos, quiere levantarles el ánimo: “No se turbe vuestro corazón”. Es una larga conversación de sobremesa. Hay palabras de despedida, “Yo me voy al Padre”, pero también de proyectos y promesas: “Voy a prepararos sitio, y volveré, y os llevaré conmigo”.

Sólo les pide una cosa: la fe, que tengan confianza. Siete veces repite Jesús: “creed”, “creedme”, “¿no crees?”.

2.- Palabra

Son las últimas palabras antes de morir. Suenan a testamento. Es la hora en que se dice lo más importante, sólo lo esencial, lo que queda grabado para siempre. El evangelista las sitúa detrás de la traición de Judas y el anuncio de la negación de Pedro.

La duda y la turbación de los discípulos se manifiestan en las intervenciones de Tomás y Felipe. No saben a dónde va Jesús, no saben el camino, no saben cómo conocer al Padre del que tanto les habla.

Y Jesús intenta enseñarles. Comienza por su relación con Dios Padre: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí”. Por eso puede hacerles ya la gran promesa: “Os llevaré conmigo, porque donde yo estoy quiero que estéis también vosotros”. A pesar de todo, el hombre pregunta “¿Cómo podemos saberlo?”. Por fin, Jesús desvela la clave: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Él es la palabra, la revelación de Dios. Sus obras le delatan porque cumple en su vida el proyecto que Dios le encomendó. Lo canta la liturgia: “Cristo, resplandor de la gloria del Padre”.

3.- Vida

Dentro de nosotros se mueve también el deseo de Dios, queremos que se nos muestre al Padre. Suspiramos como Moisés en el Sinaí: “Muéstrame, Señor, tu gloria”. Como el salmista: “Mi alma tiene sed de Ti”. Como San Agustín: “Nuestro corazón está ardiendo hasta que descanse en Ti”. Pecadores y todo, nunca se apaga en nosotros la llama del Dios que nos habita, buscamos la luz de su rostro. Su bondad y su amor nos envuelven. Al final, Jesús nos llevará a esa casa del Padre, donde nos ha preparado el sitio. Esa sí que será la “casa encendida”, el hogar de los hijos.

La cosa será más fácil si hacemos de Jesús nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Pero esto sólo se alcanza en el “encuentro personal” con Jesucristo. Cristo, en el centro y lo primero del vivir cristiano. Por ejemplo: porque Cristo es camino, imitamos su estilo de vida, sus ideales, su sentir, su sufrir. La moral, los mandamientos vienen en segundo lugar. Porque Cristo es la verdad, vemos la belleza del conocimiento de Dios y la luz que irradia su mensaje, no tenemos miedo y aceptamos las verdades pequeñas de otras culturas. Luego, y siempre después, vendrán las fórmulas de la fe y los catecismos. Porque Cristo es la vida, comemos el pan de vida y bebemos el agua que salta hasta la vida eterna. Después tendrán su exacto sentido el rito, la liturgia, los actos piadosos. Nunca, despreciar nada, pero guardando su orden y su medida: por Cristo, con él y en él.


Ahora nos toca convertirnos, nosotros también, en camino hacia Dios, en resplandor de Jesús para los hombres, que dudan y preguntan. Repetimos con la santa joven madrileña: “Que quien me mire te vea”. Por desgracia, este camino puede quedar oscurecido a causa del pecado de los hombres y mujeres de la Iglesia, Pero, incluso así, hemos de gritar a todos que Jesús está por encima de las miserias de sus discípulos, que con él sí hay camino, que él nos acompañará hasta la muerte, que, al fin, “siempre nos quedará Jesús”.


NO OS QUEDÉIS SIN JESÚS

Al final de la última cena Jesús comienza a despedirse de los suyos: ya no estará mucho tiempo con ellos. Los discípulos quedan desconcertados y sobrecogidos. Aunque no les habla claramente, todos intuyen que pronto la muerte les arrebatará de su lado. ¿Qué será de ellos sin él?

Jesús los ve hundidos. Es el momento de reafirmarlos en la fe enseñándoles a creer en Dios de manera diferente: «Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». Han de seguir confiando en Dios, pero en adelante han de creer también en él, pues es el mejor camino para creer en Dios.

Jesús les descubre luego un horizonte nuevo. Su muerte no ha de hacer naufragar su fe. En realidad, los deja para encaminarse hacia el misterio del Padre. Pero no los olvidará. Seguirá pensando en ellos. Les preparará un lugar en la casa del Padre y un día volverá para llevárselos consigo. ¡Por fin estarán de nuevo juntos para siempre!

A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros nos sucede algo parecido: ¿No es todo esto un bello sueño? ¿No es una ilusión engañosa? ¿Quién nos puede garantizar semejante destino? Tomás, con su sentido realista de siempre, sólo le hace una pregunta: ¿Cómo podemos saber el camino que conduce al misterio de Dios?

La respuesta de Jesús es un desafío inesperado: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No se conoce en la historia de las religiones una afirmación tan audaz. Jesús se ofrece como el camino que podemos recorrer para entrar en el misterio de un Dios Padre. El nos puede descubrir el secreto último de la existencia. El nos puede comunicar la vida plena que anhela el corazón humano.



Son hoy muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateos. Nunca han rechazado de su vida a Dios de manera consciente. Ni ellos mismos saben si creen o no. Sencillamente, han dejado la Iglesia porque no han encontrado en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida que los creyentes llamamos "Dios".
Al abandonar la Iglesia, algunos han abandonado al mismo tiempo a Jesús. Desde estas modestas líneas, yo os quiero decir algo que bastantes intuís. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con los cristianos. No confundáis su Evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En él encontraréis el camino, la verdad y la vida que nosotros no os hemos sabido mostrar. Jesús os puede sorprender.


Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-12):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


En el Evangelio de hoy, nuestro Señor Jesucristo nos da la que tal vez sea la definición más completa y profunda que El hizo de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Y nos dejó esa definición la noche antes de su muerte, cuando cenando con los Apóstoles, les daba sus últimos y quizás más importantes anuncios. Los Apóstoles, sin lograr entender mucho de lo que les decía, estaban evidentemente preocupados. Y el Señor los tranquilizaba diciéndoles: “En la Casa de Mi Padre hay muchas habitaciones... Me voy a prepararles un lugar ... Volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, también estén ustedes. Y ya saben el Camino para llegar al lugar donde Yo voy” (Jn. 14, 1-12).”

Tomás, el que le costaba creer, le replica: “Señor, si ni siquiera sabemos a dónde vas ¿cómo podemos saber el camino?”, a lo que Jesús le responde: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Efectivamente, Jesús iba a morir, resucitar y ascender al Cielo; es decir, se iba a la Casa del Padre. Y a ese sitio desea llevarnos a cada uno de nosotros, para que estemos donde El está. Y El no solamente nos muestra el Camino, sino que nos dice que El mismo es el Camino, cuestión un tanto complicada, que Jesús les explica de seguidas: “Nadie va al Padre si no es por Mí”.

El Camino del cual nos está hablando el Señor no es más que nuestro camino al Cielo. Es el camino que hemos de recorrer durante esta vida terrena para llegar a la Vida Eterna, para llegar a la Casa del Padre, donde El está.

Y... ¿cómo es ese camino? Si pudiéramos compararlo con una carretera o una vía como las que conocemos aquí en la tierra, ¿cómo sería? ¿Sería plano o encumbrado, ancho o angosto, cómodo o peligroso, fácil o difícil? ¿Iríamos con carga o sin ella, con compañía o solos? ¿Con qué recursos contamos? ¿Tendríamos un vehículo... y suficiente combustible? ¿Cómo es ese Camino? ¿Cómo es ese recorrido?

Veamos algo importante: Jesús mismo es el Camino. ¿Qué significa este detalle? Significa que en todo debemos imitarlo a El. Significa que ese Camino pasa por El. Por eso debemos preguntarnos qué hizo El. Sabemos que durante su vida en la tierra El hizo sólo la Voluntad del Padre. Y, en esencia, ése es el Camino: seguir sólo la Voluntad del Padre. Ese fue el Camino de Jesucristo. Ese es nuestro Camino.

Vista la vida de Cristo, podríamos respondernos algunas preguntas sobre este recorrido: es un Camino encumbrado, pues vamos en ascenso hacia el Cielo.

Sobre si es ancho o angosto, Jesús ya lo había descrito con anterioridad: “Ancho es el camino que conduce a la perdición y muchos entran por ahí; estrecho es el camino que conduce a la salvación, y son pocos los que dan con él” (Mt. 7, 13-14).

¿Fácil o difícil? Por más difícil que sea, todo resulta fácil si nos entregamos a Dios y a que sea El quien haga en nosotros. Así que ningún recorrido, por más difícil que parezca, realmente lo es, si lo hacemos en y con Dios.

Carga llevamos. Ya lo había dicho el Señor: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga” (Lc. 9, 23).

No vamos solos. No solamente vamos acompañados de todos aquéllos que buscan hacer la Voluntad del Padre, sino que Jesucristo mismo nos acompaña y nos guía en el Camino, y -como si fuera poco- nos ayuda a llevar nuestra carga.

¿Recursos? ¿Vehículos? ¿Combustible? Todos los que queramos están a nuestra disposición: son todas las gracias -infinitas, sin medida, constantes, y además, gratis (por eso se llaman gracias)- que Dios da a todos y cada uno de los que deseamos pasar por ese Camino que es Cristo y seguir ese Camino que El nos muestra con su Vida y nos enseña con su Palabra: hacer en todo la Voluntad del Padre.

En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 6, 1-7) se nos relata la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en “siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que les ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor “a la oración y al servicio de la palabra”.

Y respecto de esos “Ministerios” o funciones de servicio dentro de la Iglesia, el Concilio Vaticano II nos indica que, no sólo los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas tienen funciones, sino que también los Laicos pueden y deben realizar funciones de servicio en la Iglesia. Y este derecho le viene a los Seglares del simple hecho de ser bautizados, pues el Sacramento del Bautismo los hace “participar en el Sacerdocio regio de Cristo” (LG 26).

Y el Concilio basa esa solemne declaración en la Segunda Lectura que hemos leído hoy, tomada de la Primera Carta del Apóstol San Pedro (1 Pe. 2, 4-9). En efecto, en su Documento sobre el Apostolado Seglar (AA 3) el Concilio explica lo que significa hoy para nosotros esta Segunda Lectura:

1. El Apostolado y el servicio de los Seglares dentro de la Iglesia es un derecho y es un deber.
2. Por el Bautismo los Laicos forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación son fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a realizar la Evangelización, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

También, siguiendo lo que nos dice San Pedro en esta Carta: Cristo es la piedra fundamental -la piedra angular. Pero todos nosotros, Sacerdotes y Laicos, “somos piedras vivas, que vamos entrando a formar parte en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo”. Por eso el Concilio, basándose en esta Carta, declara quelos Seglares “son consagrados como sacerdocio real y nación santa”.

Sin embargo, a pesar de toda la grandeza y significación que tiene el hecho de que los Seglares participen del Sacerdocio de Cristo, hay que tener en cuenta que hay una distancia considerable entre la función de un Seglar instituido como Ministro Laico para ejercer algún tipo de función dentro de la Iglesia y la función de un Sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden Sacerdotal.

Pero es así como, a través de unos y otros Ministerios dentro de su Iglesia - los Ministerios Sacerdotales y los Ministerios Laicales - “el Señor -como hemos repetido en el Salmo (32)- “cuida de los que le temen”, cuida de cada uno de nosotros.







Fuentes:
Iluminación Divina
Conrado Bueno Bueno
José A. Pagola
Ángel Corbalán

sábado, 14 de mayo de 2011

"Yo soy la puerta de las ovejas" (Evangelio dominical)


Jesús propone a un grupo de fariseos un relato metafórico en el que critica con dureza a los dirigentes religiosos de Israel. La escena está tomada de la vida pastoril. El rebaño está recogido dentro de un aprisco, rodeado por un vallado o un pequeño muro, mientras un guarda vigila el acceso. Jesús centra precisamente su atención sobre esa «puerta» que permite llegar hasta las ovejas.

Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que uno pretenda hacer con el rebaño. Si alguien se acerca al redil y «no entra por la puerta», sino que salta «por otra parte», es evidente que no es el pastor. No viene a cuidar a su rebaño. Es «un extraño» que viene a «robar, matar y hacer daño».

La actuación del verdadero pastor es muy diferente. Cuando se acerca al redil, «entra por la puerta», va llamando a las ovejas por su nombre y ellas atienden su voz. Las saca fuera y, cuando las ha reunido a todas, se pone a la cabeza y va caminando delante de ellas hacia los pastos donde se podrán alimentar. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.

¿Qué secreto se encierra en esa "puerta" que legitima a los verdaderos pastores que pasan por ella y que desenmascara a los extraños que entran «por otra parte», no para cuidar del rebaño sino para hacerle daño? Los fariseos no entienden de qué les está hablando aquel Maestro.

Entonces Jesús les da la clave del relato: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio, son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa, son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.

En no pocas Iglesias estamos sufriendo todos mucho: los pastores y el pueblo de Dios. Las relaciones entre la Jerarquía y el pueblo cristiano se viven con frecuencia de manera recelosa, crispada y conflictiva: hay obispos que se sienten rechazados; hay sectores cristianos que sienten marginados.

Sería demasiado fácil atribuirlo todo al autoritarismo abusivo de la Jerarquía o a la insumisión inaceptable de los fieles. La raíz es más profunda y compleja. Hemos creado una situación muy difícil. Hemos perdido la paz. Vamos a necesitar cada vez más a Jesús.

Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. El es "la Puerta"


El Señor es mi Pastor


1.- La vida resucitada

Desaparecen de escena los testigos de la resurrección -Magdalena, Tomás, los de Emaús-, y aparece el valor profundo que ellos anunciaban: la vida resucitada. “He venido para que tengan vida y la tengan abundante”, proclama hoy el Evangelio.
Jesús lo expresa en la alegoría del buen pastor. Igual que dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “Yo soy la vid verdadera”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el pan de vida”, de la misma manera, este domingo, se nos revela: “Yo soy el Buen Pastor”. Es la imagen bíblica, campestre, bucólica. Pegaba muy bien en un pueblo con cultura de pastoreo nómada.
Las ovejas que nos gloriamos de tal pastor estamos lejos del lado oscuro del “borreguismo”; más bien, nos acordamos de los dibujos tiernos de las catacumbas, donde la de pastor es la primera imagen de Jesús. ¿Y cómo no recrearnos en la voz de la poesía que canta a Jesucristo, pastor?: “¿Y dejas, Pastor Santo, tu grey en este valle hondo, oscuro…?”, “Pastor que, con tus silbos amorosos, me despertaste del profundo sueño. Tú que hiciste cayado de ese leño en que tiendes tus brazos poderosos”.

2.- Palabra

Es interesante evocar la circunstancia. Los fariseos han echado fuera de la sinagoga al ciego de nacimiento; les da en rostro la luz que Jesús ha devuelto a los ojos de aquel pobre sin vista. Es decir, pertenecen a los malos pastores porque, más que cuidar, machacan a sus ovejas con mil cargas pesadas y rigorismos inútiles.

Aquí se sitúa la alegoría del pastor. Jesús, en la metáfora, se identifica como la puerta del aprisco, como el pastor que entra por la puerta y no como el bandido, como el pastor bueno y no mercenario. Qué bien va describiendo Jesús su relación amorosa con las ovejas: El buen pastor las conoce a todas, las llama por su nombre, las saca a los pastos, camina silbando delante de ellas y da su vida por ellas. En correspondencia, sus ovejas lo conocen, escuchan su voz y le siguen. Sin alegorías, Pedro, en la lectura segunda, nos presenta a Jesús como el pastor-siervo sufriente, inocente, paciente, redentor siempre: “Sus heridas os han curado”, nos recuerda.

Jesús establece un paralelismo revelador: Igual que el Padre le ama, él ama a sus ovejas. Aún más. Es que las ovejas son del Padre, y el Hijo da la vida por ellas, y por eso el Padre le ama. Todo, un círculo sublime.

3.- Vida

Porque creemos en un pastor que tanto nos quiere, se despierta nuestra confianza en él. No nos cuesta escuchar su voz, conocerle cada día más, seguirle hasta la muerte. Pronto desenmascararemos a los falsos pastores, a tantos ídolos, “que no saben decirme lo que quiero”. Y es que Jesús no sólo es la vida y nos da su vida, es también el camino y la puerta para esa vida. Curiosamente le llamamos pastor… y “cordero que quita el pecado”. Pastor que coge en sus brazos a la oveja herida, al triste, al desvalido, al pecador. Él nos dice como a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño” Y nosotros lo creemos.

Es urgente darnos cuenta de que todos hemos de ser buenos pastores; no sólo los jefes, los dignatarios, “los de arriba”. Como seguidores e imitadores de Jesús, nosotros llevamos a nuestra vida su modo de pastorear, es decir, de cuidar, de proteger, de curar heridas, de coger en brazos, de dar la vida y des-vivirse por los demás. Igual que a Pedro, nos pregunta Jesús: “¿Me amas? Pues, apacienta a mis ovejas”. Sólo desde el amor tiene sentido. La credibilidad y autoridad moral de los hombres y mujeres de la Iglesia va en relación directa con la capacidad de dar la vida; y vida es ser misericordiosos, lavar los pies, hacerse samaritanos, consolar, tener pasión por la justicia. Lo contrario es propio de ladrones y bandidos: actitudes rígidas, legalismos que aplastan, frialdad ante el sufrimiento del otro. Es lo que denunciaba Jesús en los fariseos. (¿Podríamos preguntarnos aquí el porqué de la marcha silenciosa de tantos cristianos bautizados que nos abandonan?). La palabra mágica que repite el Evangelio es “servir”; servir a todos, no servirse de nadie.

Esta regla de oro para un buen pastor la hacemos hoy exigencia en el Día de Oración por las Vocaciones. Queremos presbíteros y religiosos en el gozo de haber sido llamados por su nombre, en la experiencia de escuchar la voz del Maestro, en la capacidad de comunión, en la santidad.

La Eucaristía es el punto de encuentro más verdadero entre el pastor y las ovejas. Copiamos a Luis de Gógora:

“Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu Pastor soy
sino tu pasto también.



Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10):


En aquel tiempo, dijo Jesús: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.
Por eso añadió Jesús: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»


Palabra del Señor


COMENTARIO.



En este domingo IV del tiempo pascual celebramos el domingo del Buen Pastor. Jesucristo es el Buen Pastor. Es una imagen literaria que se aplicaba a Dios en el Antiguo Testamento y que Jesús se aplica a sí mismo. Decimos en el salmo responsorial: "El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas". Con esta imagen del Buen Pastor se quiere expresar la solicitud, la preocupación amorosa, que tiene Dios por cada una de sus ovejas, por cada uno de sus hijos. Los cuidados que hace el pastor con sus ovejas: vendar a las heridas, llevar sobre los hombros a las enfermas, buscar a las descarriadas, llevarlas a pastos verdes... son los cuidados que Dios tiene por cada uno de sus hijos.


En el Evangelio, que escuchamos este domingo en la Eucaristía, se insiste sobre todo en otra imagen: Jesús es la puerta de las ovejas. La puerta es el "lugar" [en este caso la persona] por la que deben pasar las ovejas y los pastores. Los pastores que no pasan por la puerta, que es Jesús, son ladrones y bandidos. Esta imagen quiere decir que Jesús es el camino de la salvación, el camino de la casa del Padre. Quien quiera llegar a Dios, tiene que hacerlo necesariamente a través de Jesús, de su persona, de sus valores, de su mensaje. En nuestra religión no hay una relación directa con Dios; necesitamos de la mediación que es Cristo; necesitamos de la mediación de la Iglesia, que él instituyó, de la mediación de los sacramentos.


Además el Evangelio nos da otros datos del Pastor, que es Jesús:


Conoce a las ovejas por su nombre y las ovejas conocen su voz. El conocimiento es una manera de manifestar el amor. Cuanto más conocimiento hay, suele haber más amor. Conocer el nombre de las ovejas es como conocer su misma existencia.


Camina delante de ellas. El buen pastor indica el camino a las ovejas. Es como ir mostrando su ejemplo.


"Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante". El pastor le da vida a las ovejas, no se la quita. Cristo da su vida para que podamos tener la vida plena aquí en la tierra y la vida eterna en el cielo. Cristo es el Pastor que también es el Cordero entregado por su rebaño.

Este texto del Evangelio está dirigido a los fariseos, los falsos pastores, que no han entrado por la puerta en el rebaño, que son como bandidos y ladrones, como extraños para las ovejas. Estos son los que se aprovechan del rebaño, de su lana y su leche, de su vida y su carne, en vez de servirle para que encuentren la vida.


Del termino "pastor" viene "pastoral". Con esta expresión: "pastoral" se quiere expresar todo lo que hace la Iglesia por llevar a delante el mensaje de Jesús o, dicho de otra forma, por llevar adelante la solicitud amorosa que Dios tiene por cada uno de sus hijos. La Iglesia pone su vida en todas las tareas pastorales que hace. Los responsables de esas tareas pastorales (Evangelización, Liturgia, Cáritas) no son sólo los pastores, los sacerdotes, sino todos los bautizados.

En este día del Buen Pastor, se nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a llevar adelante el mensaje de Jesús, que todos los bautizados somos responsables de manifestar al mundo la preocupación que Dios tiene por cada uno de nosotros, que todos somos "pastores", responsables de los demás.

De un modo especial tenemos presentes a las vocaciones consagradas; es decir a todos los hombres y mujeres que han consagrado su vida a Dios: religiosos, religiosas, sacerdotes. Celebramos la jornada de oración por las vocaciones, también de seglares. Las vocaciones consagradas siguen siendo necesarias hoy en la Iglesia para manifestar al mundo los valores del reino: la castidad, la pobreza y la obediencia. Se nos invita a pedir a Dios para que continúe habiendo vocaciones en su Iglesia.


Que pasemos nuestra vida por la puerta que es Jesús; que nos sintamos responsables de la pastoral de la Iglesia; que el Señor siga enviando las vocaciones que el considere necesarias a este mundo nuestro.

























Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Conrado Bueno, cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán