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domingo, 25 de abril de 2021

«Yo soy el buen pastor» (Evangelio Dominical)

 



 Hoy celebramos el domingo del Buen Pastor. En primer lugar, la actitud de las ovejas ha de ser la de escuchar la voz del pastor y seguirlo. Escuchar con atención, ser dóciles a su palabra, seguirlo con una decisión que compromete a toda la existencia: el entendimiento, el corazón, todas las fuerzas y toda la acción, siguiendo sus pasos.


Por su parte, Jesús, el Buen Pastor, conoce a sus ovejas y les da la vida eterna, de tal manera que no se perderán nunca y, además, nadie las quitará de su mano. Cristo es el verdadero Buen Pastor que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10,11), por nosotros, inmolándose en la cruz. Él conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen a Él, como el Padre le conoce y Él conoce al Padre. No se trata de un conocimiento superficial y externo, ni tan sólo un conocimiento intelectual; se trata de una relación personal profunda, un conocimiento integral, del corazón, que acaba transformándose en amistad, porque ésta es la consecuencia lógica de la relación de quien ama y de quien es amado; de quien sabe que puede confiar plenamente.


                     





Es Dios Padre quien le ha confiado el cuidado de sus ovejas. Todo es fruto del amor de Dios Padre entregado a su Hijo Jesucristo. Jesús cumple la misión que le ha encomendado su Padre, que es la cura de sus ovejas, con una fidelidad que no permitirá que nadie se las arrebate de su mano, con un amor que le lleva a dar la vida por ellas, en comunión con el Padre porque «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30).

Es aquí precisamente donde radica la fuente de nuestra esperanza: en Cristo Buen Pastor a quien queremos seguir y la voz del cual escuchamos porque sabemos que sólo en Él se encuentra la vida eterna. Aquí encontramos la fuerza ante las dificultades de la vida, nosotros, que somos un rebaño débil y que estamos sometidos a diversas tribulaciones.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,11-18):


                                                 


 



En aquel tiempo dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»


Palabra del Señor

 



COMENTARIO

 

                                           


  


Jesucristo no sólo nos ha salvado, sino que nos ha dado mucho más que eso:  hacernos hijos de Dios y darnos derecho a una herencia, que es el Cielo.  Pero comencemos con lo de la salvación, revisando las Lecturas de este Domingo.

 

Nadie más que Jesucristo puede salvarnos, "pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro" (Hech. 4, 12).   Así vemos en la Primera Lectura cómo habló San Pedro, el primer Papa, al responder a quienes lo interrogaban pretendiendo juzgarlos por la curación de un lisiado y porque estaban predicando que Jesús había resucitado.  Pedro les echó en cara:  "Este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos".

 

Jesucristo es el Salvador.  Eso se dice ¡tan fácil! y se ha repetido tantas veces ... pero no parece tan aceptado como debiera serlo.  Al menos, no parece tan aprovechado. Jesucristo nos ha salvado de gratis, sin ningún esfuerzo de nuestra parte.  Sólo debemos aprovechar las gracias que por esa salvación nos han sido dadas … igual que cualquier regalo:  si se nos da, hay que recibirlo.  Pero ... ¿realmente las aprovechamos?  ¿Aprovechamos todas las gracias que el Señor quiere darnos?

 

Además, si nos fijamos bien, no todos aceptamos la salvación que Jesús nos vino a traer.  Por citar sólo un ejemplo actual:  la re-encarnación.  La creencia en ese mito pagano no se queda en pensar que en nuevas vidas seremos otras personas ... si es que eso fuera posible. 


                       




Una de las consecuencias de este engaño que es la re-encarnación, es el pensar que nosotros nos podemos redimir nosotros mismos a través de sucesivas re-encarnaciones, purificándonos un poco más en cada una de esas supuestas vidas futuras.  Así que, al creer en la re-encarnación, por ejemplo, o al rechazar a Dios, a Jesucristo, de hecho, estamos rechazando la redención que sólo Cristo puede darnos.  Y los que así piensan quedan de su cuenta para salvarse … si es que eso fuera posible.

 

Ahora bien, nosotros estábamos secuestrados después del pecado de nuestros primeros progenitores.  Pero  Jesucristo vino a salvarnos, es decir, a rescatarnos de ese secuestro.  Y no sólo no ha rescatado, sino que además nos ha hecho hijos de Dios.  Y "no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que realmente lo somos" (1 Jn. 3, 1-2).  ¡Ser hijos de Dios!  ¡Y ser hijos de verdad!Es decir, Jesucristo no sólo nos ha salvado, sino que nos ha dado mucho más que eso:  nos ha hecho hijos de Dios.  Otra cosa que se repite y no parece nada de particular.

 

Y realmente lo somos, porque Dios nos comunica su Vida, su Gracia; porque, durante nuestra vida en la tierra nos guía como sus hijos que somos.  Y, además, porque recibiremos una herencia:  el Cielo prometido a aquéllos que se comporten como hijos, es decir, a los que aquí en esta vida seamos obedientes a la Voluntad del Padre.

 

¿Nos damos cuenta de este privilegio:  ser hijos de Dios y poder llamar a Dios "Padre", porque realmente somos sus hijos?  Ser “hijo(a) de Dios” se dice tan fácilmente...  Pero ¿nos damos cuenta que Jesucristo, el Hijo Único de Dios, no sólo nos ha salvado, sino que ha compartido Su Padre con nosotros, para que seamos también hijos(as)?  … ¿Agradecemos a Dios este altísimo privilegio … o lo tomamos como un derecho merecido?

 


                                     





Continúa San Juan explicándonos la dimensión y las consecuencias de este especialísimo privilegio de la filiación divina:    "Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin.  Y ya sabemos que, cuando El se manifieste, vamos a ser semejantes a El, porque lo veremos tal cual es". 

 

San Pablo nos explica así esto mismo en varias citas de sus cartas:

 

Al presente vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero luego será cara a cara.  Ahora solamente conozco en parte, pero luego le conoceré a El como El me conoce a mí." (1 Cor. 13, 12-13).

 

"Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la luz con El" (Col. 3, 4). 

 

"También los destinó a ser como su Hijo y semejantes a El ... y después de hacerlos justos, les dará la gloria" (Rom. 8, 29-30).En el Evangelio vemos por qué todo esto es así.  Jesús se nos identifica de diversas maneras.  Una de sus identificaciones favoritas de todos los que somos sus seguidores es ésta de hoy:  el Buen Pastor. "Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas” (Jn. 10, 11-17).

 

Y sabemos que Jesús cumplió con esta promesa de dar su vida por cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño.   Sabemos que su vida la dio, pero, como nos dice en este Evangelio, también la recuperó.  Y la recuperó con gloria, porque resucitó.

 

                          




También nos ha prometido que nos resucitaría a nosotros también y que nos daría la gloria que Él tiene. Pero hay una condición:  tenemos que ser ovejas de su rebaño.

 

¿Quiénes son las ovejas de su rebaño?  Jesús las identifica en este Evangelio.  Son los que conocen su voz, porque lo conocen a El y le siguen.  Esos resucitarán como El resucitó y “serán semejantes a El”, como nos dice San Juan en la Segunda Lectura, porque tendrán la gloria que es suya y que conoceremos cuando lo veamos “cara a cara, tal cual es”.

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

Mons. José Ángel SAIZ Meneses, Arzobispo de Sevilla (Sevilla, España)


domingo, 3 de mayo de 2020

«Yo soy la puerta de las ovejas» (Evangelio Dominical)

           




Hoy, en el Evangelio, Jesús usa dos imágenes referidas a sí mismo: Él es el pastor. Y Él es la puerta. Jesús es el buen pastor que conoce a las ovejas. «Las llama una por una» (Jn 10,3). Para Jesús, cada uno de nosotros no es número; tiene con cada uno un contacto personal. El Evangelio no es solamente una doctrina: es la adhesión personal de Jesús con nosotros.

Y no sólo nos conoce personalmente. También personalmente nos ama. “Conocer”, en el Evangelio de san Juan, no significa simplemente un acto del entendimiento, sino un acto de adhesión a la persona conocida. Jesús, pues, nos lleva en su Corazón a cada uno. Nosotros también lo hemos de conocer así. Conocer a Jesús no implica solamente un acto de fe, sino también de caridad, de amor. «Examinaos si conocéis —nos dice san Gregorio Magno, comentando este texto— si le conocéis no por el hecho de creer, sino por el amor». Y el amor se demuestra con las obras.






Jesús es también la puerta. La única puerta. «Si uno entra por mí, estará a salvo» (Jn 10,9). Y poco más allá recalca: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Hoy, un ecumenismo mal entendido hace que algunos se piensen que Jesús es uno de tantos salvadores: Jesús, Buda, Confucio…, Mahoma, ¡qué más da! ¡No! Quien se salve se salvará por Jesucristo, aunque en esta vida no lo sepa. Quien lucha por hacer el bien, lo sepa o no, va por Jesús. Nosotros, por el don de la fe, sí que lo sabemos. Agradezcámoslo. Esforcémonos por atravesar esta puerta, que, si bien es estrecha, Él nos la abre de par en par. Y demos testimonio de que toda nuestra esperanza está puesta en Él.




Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10):






EN aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


Palabra del Señor




COMENTARIO.






Las lecturas del día de hoy nos hablan de Jesús, el Buen Pastor, y de nosotros, sus ovejas.

Si nos fijamos bien, son muchas las veces que en la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, se nos compara a nosotros los seres humanos con las ovejas.  Y, ciertamente, la oveja era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo.  De hecho, muchos de los hebreos eran pastores.  Pero hemos de suponer que también habría otros animales domésticos con los cuales compararnos, como -por ejemplo- el perro o el gato, o algunos animales de carga, como el burro o el camello; también habría aves de muchas clases.

Entonces cabe preguntarnos: ¿por qué se insiste tanto en compararnos con la oveja?  Se ve esto mucho en los Salmos y en el Evangelio Jesucristo lo hace con comparaciones realmente conmovedoras.

Sin embargo, para la mayoría, el comportamiento de la oveja resulta prácticamente desconocido.  Puede ser que hayamos podido ver algo sobre esto en películas, en la televisión o en internet.

Resulta interesante, entonces, adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil.  Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, es decir, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad.




Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola:  depende totalmente de su pastor.  Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor.  Es tan incapaz, que con sus tiesas y débiles patitas, no puede siquiera treparse al pastor y necesita que éste la suba.  No así un perro ... o un gato.

Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola:  necesita que el pastor la rescate.
Otro detalle importante es que la oveja anda en rebaño, no puede andar sola.  Si llegara a quedarse sola, no es capaz de defenderse:  es fácil presa del lobo o de otros animales feroces.

Su dependencia del pastor la hace ser muy obediente y muy atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor.  No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo.

El pastor lleva a veces a pastar a sus ovejas guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reúne en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

Entonces... ¿qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas?... Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor”?   El Señor nos dice que Él es el mejor de los pastores, pues Él da la vida -como de hecho la dio- por sus ovejas.  Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz.  Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (cfr. Jn. 10, 1-10).

Nosotros somos -de acuerdo a lo que nos dice la Palabra de Dios- ovejas del Señor.  Quiere decir que somos también frágiles, aunque la mayoría de las veces nos creemos muy fuertes y muy capaces.  Somos, por lo tanto, dependientes del Señor y, tal como las ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos.

            



Sin embargo, engañados, podemos pasarnos gran parte de nuestra vida y aún, toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos.

¿Cuántas veces no nos sucede esto?  Y nos sucede también que nos enredamos en nuestra vida espiritual.  Y ¿quién puede desenredarnos?  ¿Quién puede sacarnos de la zarza o de la cerca en que estamos atrapados?  Bien lo sabemos:   necesitamos de nuestro Pastor.  Y Él nos busca, nos rescata, nos cura, y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil.  De sus 100 ovejas deja a las 99 ovejas seguras en el aprisco y sale a buscar a la perdida.

¿Cuántas veces no ha hecho esto el Señor con nosotros -con cada uno de nosotros- cada vez que nos escapamos del redil o que nos desviamos del camino. (Lc. 15, 4).

Cuando Jesús nos compara con las ovejas, Él se compara con el Buen Pastor.  Es la imagen que conocemos mejor.  Pero Jesús también nos ha dicho: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10).

Para comprender qué nos quiere decir el Señor cuando se compara con el portal de las ovejas, hay que imaginar cómo eran esos rediles en que los pastores colocaban a sus ovejas para cuidarlas.  Eran unos corrales hecho de muros de piedras bastante altos y sólo había un portal de entrada.  Ahí se colocaba el pastor para impedir que entrara alguna fiera o algún bandido.

Por eso Jesús agrega: “Yo soy la puerta; quien entre encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia".

Oveja que entre por la puerta que es Jesús, estará bien alimentada y cuidada por Él.  Pero el ladrón, ése que se trepa por la pared del corral y se mete en medio del rebaño, “viene a robar, a matar y a destruir”.

Y Jesús identifica a esos ladrones y bandidos: en su tiempo, eran los fariseos que se opusieron a Jesús, el Mesías enviado de Dios.  Pero ¿quiénes son esos bandidos ahora?  ¿Quiénes son los que hablan a las ovejas para confundirlas?

Hay que ubicarlos para no obedecer la voz de los ladrones de ovejas.  De éstos nos habla el Señor en el Evangelio de hoy.  Son los que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por un lado de la cerca y tratan de engañarnos, simulando ser pastores para llevarse a las ovejas.

                



Esos falsos pastores son todos los falsos maestros que confunden, pues nos hablan tratando de imitar a nuestro Pastor, con enseñanzas falsas, que parecen verdaderas, para sacarnos del redil, para sacarnos de la Iglesia, para hacernos perder la Fe que nos enseña nuestro Pastor.
Algunos se pueden identificar sin problema, porque se oponen directamente a Dios:  unos son a-teos y más recientemente han aparecido unos más agresivos, que son anti-teos.  Pero hay otras voces más traicioneras, que sí logran engañar a algunas ovejas.

  ¿Cómo quiénes?

Por ejemplo, aquéllos que dicen que da lo mismo cualquier religión, que no hay que aceptar todo lo que dice la Iglesia que Jesús fundó.  Eso es como decir que se puede estar en cualquier rebaño o se puede estar solo por ahí lejos del rebaño de Cristo.

Aquéllos que difunden por la TV, por Internet, por el cine, por libros, cuestiones que parecen verdades pero que son errores.  Son todos los errores y herejías modernas, contenidas -por ejemplo- en ese amasijo de falsedades que es el New Age o Nueva Era.

Otros son aquéllos que quieren cambiar el matrimonio de un hombre y una mujer por uniones entre personas del mismo sexo y le dicen al rebaño que no aceptar esas uniones es estar contra las personas con tendencias homosexuales.

Otros quieren instaurar una supuesta educación sexual, que lo que pretende es enseñarles prácticas sexuales de cualquier tipo a nuestros niños pequeños.

Otros son aquéllos que dicen que no hay que confesarse con el Sacerdote que es un pecador igual o peor que el que se va a confesar.

Otros son aquéllos que manipulan a las ovejas, usando la mentira para engañarlas; además hablan de la justicia para establecer tiranías, y de paso estimulan odio, violencia y muertes.


                         



A los predicadores de estos errores se refiere Jesucristo en el Evangelio de hoy que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por otro lado:  “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir ... Mis ovejas reconocen mi voz ... A un extraño mis ovejas no lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños”.  ¡Cuidado con las voces extrañas!  ¡Cuidado con confundirlas con la Voz del Buen Pastor!  Se parecen... pero no son.

Nosotros y los que nos enseñen deben entrar por la puerta del redil.  ¿Qué es la Puerta?  Es Jesucristo mismo, pues en este pasaje también se identifica como la Puerta del sitio donde guarda a sus ovejas.  Para entrar al sitio donde el Pastor guarda sus ovejas, tenemos que entrar por esa Puerta que es Cristo mismo y todo lo que Cristo es y nos ha dejado:  su Gracia, su Iglesia, sus Sacramentos, sus enseñanzas.  No podemos inventarnos otras puertas, ni saltar por la cerca del redil, ni escuchar a los que han entrado así, pues ésos no son pastores, sino ladrones.

OJO, pues, ¡que los bandidos son muchos!

Quiere decir que no podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe. 2, 20-25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho.

Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas de su pastor.  Así, como ellas, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor, Jesucristo, el Buen Pastor.

San Pedro vuelve a insistirnos en esta Carta suya sobre el valor del sufrimiento, a imitación de Cristo sufriente: “Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios”.   Cristo nos dejó su ejemplo y debemos seguir sus huellas... aún en el sufrimiento injusto:  aquél que pueda venirnos por hacer el bien.

El Salmo de hoy es uno de los Salmos favoritos de los cristianos.  Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en más detalles sobre el Buen Pastor y nosotros, sus ovejas.


                 



Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor.  Por eso, aunque pasemos por cañadas oscuras (aunque pasemos por dificultades, adversidades, contrariedades) nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad.  El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponer nuestras fuerzas.

Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo del día como una oración muy útil a nuestra vida espiritual la primera frase de este Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org



domingo, 12 de mayo de 2019

«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco» (Evangelio Dominical)





Hoy, la mirada de Jesús sobre los hombres es la mirada del Buen Pastor, que toma bajo su responsabilidad a las ovejas que le son confiadas y se ocupa de cada una de ellas. Entre Él y ellas crea un vínculo, un instinto de conocimiento y de fidelidad: «Escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27). La voz del Buen Pastor es siempre una llamada a seguirlo, a entrar en su círculo magnético de influencia.

Cristo nos ha ganado no solamente con su ejemplo y con su doctrina, sino con el precio de su Sangre. Le hemos costado mucho, y por eso no quiere que nadie de los suyos se pierda. Y, con todo, la evidencia se impone: unos siguen la llamada del Buen Pastor y otros no. El anuncio del Evangelio a unos les produce rabia y a otros alegría. 

   



¿Qué tienen unos que no tengan los otros? San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, respondía: «Dios no te deja, si tú no le dejas»; no te abandonará, si tu no le abandonas. No des, por tanto, la culpa a Dios, ni a la Iglesia, ni a los otros, porque el problema de tu fidelidad es tuyo. Dios no niega a nadie su gracia, y ésta es nuestra fuerza: agarrarnos fuerte a la gracia de Dios. No es ningún mérito nuestro; simplemente, hemos sido “agraciados”.

La fe entra por el oído, por la audición de la Palabra del Señor, y el peligro más grande que tenemos es la sordera, no oír la voz del Buen Pastor, porque tenemos la cabeza llena de ruidos y de otras voces discordantes, o lo que todavía es más grave, aquello que los Ejercicios de san Ignacio dicen «hacerse el sordo», saber que Dios te llama y no darse por aludido. Aquel que se cierra a la llamada de Dios conscientemente, reiteradamente, pierde la sintonía con Jesús y perderá la alegría de ser cristiano para ir a pastar a otras pasturas que no sacian ni dan la vida eterna. Sin embargo, Él es el único que ha podido decir: «Yo les doy la vida eterna» (Jn 10,28).




Lectura del santo evangelio según san Juan (10,27-30):


                               



En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Palabra del Señor




COMENTARIO


                                 
                   

Nuevamente Jesús nos compara a nosotros los seres humanos con las ovejas.  Y es que la Liturgia nos presenta esta bella imagen una vez al año, en el Domingo Cuarto de Pascua, el cual dedica la Iglesia al Buen Pastor.

En el Evangelio vemos a Jesús como ese Buen Pastor que da su vida por sus ovejas.  Y sus ovejas somos todos:  los de este corral y los de fuera del corral.  Dice Jesús: “Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano” (Jn. 10, 27-30).

Es cierto, Jesús ha dado su vida por nosotros para que tengamos Vida Eterna.  Privilegio inmensísimo que no merecemos ninguno de nosotros.  Privilegio que requiere una condición exigida por el mismo Jesús en este trozo evangélico: “Mis ovejas oyen mi voz ... y me siguen”.

                    



¿Cómo escuchar la voz de Dios para poder seguirlo a El y sólo a El?  Porque ... hay muchas voces a nuestro derredor:  los medios de comunicación, las malas compañías, los enemigos de la Iglesia, los cuestionadores de la Verdad, los mentirosos, los ilegítimos, los seguidores del New Age, las mayorías equivocadas ...

Ya nos puso en guardia Jesús acerca de esos falsos pastores que no son El: “Huyen ante el lobo, porque no son suyas las ovejas, no le importan las ovejas y las abandona.  Y el lobo las agarra y las dispersa” (Jn. 10, 11-13).   ¿Y quién es el lobo?  Nada menos que el Enemigo de Dios, el Diablo.

Por eso hay que saber escuchar la voz del Buen Pastor, de Aquél que sí “da la vida por sus ovejas”, de Aquél que sí las cuida bien.   ¿Cómo reconocer esa voz?  ¿Cómo reconocerla para seguirla, sabiendo que es la única que nos lleva a la Vida Eterna?

Quien oye la voz de Jesús, acepta y sigue su Palabra contenida en su Evangelio.  Y la acepta en su totalidad y sin suavizarla, ni disminuirla; mucho menos, discutirla o cambiarla en alguna de sus partes.

Quien oye la voz de Jesús oye, también, la voz de su conciencia.  Por cierto, si la oveja está enferma oye la voz de otros y del Enemigo.  Buena aplicación para la vida cristiana:  si estamos enfermos (espiritualmente) oímos las voces que no debemos oír.  Por eso la conciencia tiene que estar sana; no puede estar confundida, ni ahogada, ni obnubilada, ni adormecida por las voces que no son las del Pastor.  Tiene que ser una conciencia que esté rectamente iluminada por la Verdad y por la Ley de Dios.













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangelio San Juan
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 22 de julio de 2018

«Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Evangelio Dominical)





Hoy, el Evangelio nos invita a descubrir la importancia de descansar en el Señor. Los Apóstoles regresaban de la misión que Jesús les había dado. Habían expulsado demonios, curado enfermos y predicado el Evangelio. Estaban cansados y Jesús les dice «venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6,31).

Una de las tentaciones a las que puede sucumbir cualquier cristiano es la de querer hacer muchas cosas descuidando el trato con el Señor. El Catecismo recuerda que, a la hora de hacer oración, uno de los peligros más grandes es pensar que hay otras cosas más urgentes y, de esa forma, se acaba descuidando el trato con Dios. Por eso, Jesús, a sus Apóstoles, que han trabajado mucho, que están agotados y eufóricos porque todo les ha ido bien, les dice que tienen que descansar. Y, señala el Evangelio «se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario» (Mc 6,32). Para poder rezar bien se necesitan, al menos dos cosas: la primera es estar con Jesús, porque es la persona con la que vamos a hablar. Asegurarnos de que estamos con Él.




Por eso todo rato de oración empieza, generalmente, y es lo más difícil, con un acto de presencia de Dios. Tomar conciencia de que estamos con Él. Y la segunda es la necesaria soledad. Si queremos hablar con alguien, tener una conversación íntima y profunda, escogemos la soledad.

San Pedro Julián Eymard recomendaba descansar en Jesús después de comulgar. Y advertía del peligro de llenar la acción de gracias con muchas palabras dichas de memoria. Decía, que después de recibir el Cuerpo de Cristo, lo mejor era estar un rato en silencio, para reponer fuerzas y dejando que Jesús nos hable en el silencio de nuestro corazón. A veces, mejor que explicarle a Él nuestros proyectos es conveniente que Jesús nos instruya y anime.




Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34




 En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:
–Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Palabra de Dios.



COMENTARIO.





 Indudablemente que una de las imágenes favoritas de Jesús es la del Buen Pastor, de la cual el Evangelio de este domingo nos da un indicio.  Esta imagen está quizá mejor expresada en el Salmo de hoy (Sal. 22), ese Salmo favorito de todos los cristianos, el Salmo del Buen Pastor. 

Esta semana se nos habla de los Pastores.  Y también de pastores, porque pastor es todo el que tiene a su cargo un rebaño, por más pequeño que sea.  Pastor es el Obispo de una Diócesis, pero también lo son el padre y la madre de familia.  O el maestro en una escuela.  O el jefe de una oficina.  O el gobernante de una nación.

Y a través del Profeta Jeremías (Jer. 23, 1-6)  Dios se muestra muy severo con respecto de los malos pastores,  “Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado.  Yo me encargaré de castigar las malas acciones de ustedes”.  Bien fuerte, ¿no?




Pero Dios no se queda en la censura a los pastores que han descuidado al rebaño, sino que promete El mismo ocuparse de sus ovejas:  “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas ... para que crezcan y se multipliquen ... Ya no temerán, ni se espantarán y ninguna se perderá”.  Sabemos que Dios envió a su propio Hijo para ser ese Dios-Pastor que reuniría a todas las ovejas y las atendería personalmente, defendiéndolas de los peligros y alimentándolas con su Palabra y con su Cuerpo.

“El Señor es mi Pastor, nada me falta”,  cantamos en el Salmo del Buen Pastor.  Y, efectivamente, con Cristo nada nos falta.  Y, aunque pasemos momentos peligrosos y oscuros, nada tememos, porque El va con nosotros y va guiándonos y apaciguándonos con su cayado.

Jesús es el Buen Pastor.  Y ¿cómo cuida de sus ovejas?  El Evangelio está lleno de muchas imágenes del Buen Pastor:  las atiende, las busca si se pierden, las cura si se enferman, las monta en sus hombros para regresarla al redil, se alegra cuando encuentra a la perdida, etc. etc.  (cfr. Mt. 18, 12-14; Lc. 15, 4-7; Jn. 10, 2-16)

Jesús es el Buen Pastor. Y primero cuida del pequeño rebaño escogido por El y más cercano a El.  Estos son los Apóstoles, a quienes hace pastores del gran rebaño, de su Iglesia.  Por eso, para cuidar a sus Apóstoles cuando éstos regresaron de la primera misión que les encomendó, los invita con El “a un lugar solitario, para que descansen un poco” (Mc. 6, 30-34).




Ahora bien, recordemos que todos somos apóstoles, pues Cristo nos ha encargado de llevar la Palabra de Dios a todos los que deseen recibirla.  
Eso es evangelizar.  Y también la Iglesia nos está llamando a evangelizar.

Debemos, entonces, preguntarnos qué nos indica esta atención del Señor para con sus Apóstoles.  ¿Qué significará esa atención para nosotros los evangelizadores de hoy?  Lugares solitarios y de descanso son todos aquellos momentos en que el Señor nos llama a orar, es decir, a estarnos con El a solas para descansar en El y para dejarnos instruir por El.

En efecto, no puede haber verdadero apostolado sin esos momentos de intimidad con Jesús, en los que renovamos no sólo nuestras fuerzas físicas, sino principalmente las espirituales.  No puede haber verdadero apostolado y efectiva evangelización sin esos momentos de silencio en los que profundizamos la Palabra de Dios, para irla internalizando y haciéndola vida en nosotros, de manera de poder comunicarla a los que deseen escuchar.

Jesús es el Buen Pastor.  Como tal, además de cuidar y entrenar a los pastores de sus ovejas, también se ocupa directamente de sus ovejas.  Nos dice el Evangelio que, a pesar de que en este pasaje Jesús trató de irse en una barca a un lugar solitario con sus Apóstoles, la gente los siguió por tierra corriendo y llegaron primero que ellos al sitio.  Y Jesús viendo “una numerosa multitud que lo estaba esperando, se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente”.




Dejémonos enseñar por el Señor, buscando esos momentos de soledad en los que El nos explica su Palabra, para poder entonces comunicarla a los demás.

Jesús es el Buen Pastor.  Y El no sólo cuida de las ovejas cercanas, las que pertenecían al pueblo escogido por Dios desde antiguo, sino que también buscó a las lejanas, a las que no pertenecían al pueblo de Israel, e hizo de todas ovejas suyas, y formó un solo rebaño.

Jesús es el Buen Pastor.  Y, además de unir a sus ovejas en un solo rebaño, también da la vida por ellas.  Y, según nos dice San Pablo (Ef. 2, 13-18)   precisamente formó un solo rebaño muriendo por todas sus ovejas.  “El hizo de los judíos y de los no judíos un solo pueblo;  El destruyó en su propio cuerpo la barrera que los separaba ... y los hizo un solo cuerpo con Dios, por medio de la cruz”. 

El Salmo de hoy es uno de los Salmos favoritos de los cristianos.  Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en más detalles sobre el Buen Pastor  y nosotros, sus ovejas.

Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor.  Por eso, aunque pasemos “por cañadas oscuras”  (aunque pasemos por dificultades) “nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad.  El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponernos nuestras fuerzas”.




Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo del día como una oración muy útil a nuestra vida espiritual la primera frase de este Salmo:  “El Señor es mi Pastor, nada me falta”

El Señor nos quiere enseñar.  El Señor nos quiere hacer descansar.  El Señor nos quiere preparar.  ¿Cómo quiere hacerlo?  En la oración.  En la oración de recogimiento.  En la oración en soledad.  Aprovechemos al Señor en esos momentos, para luego poder comunicar lo recibido a los demás.  Así podremos cuidar el rebaño, cualquier que sea el que nos hayan asignado.

Más sobre  nosotros  como   las  ovejas del Buen Pastor:

Pero cabe preguntarnos:  ¿Por qué se nos compara a los seres humanos con las ovejas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento?

Ciertamente, la oveja era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo.  De hecho, muchos de los hebreos eran pastores.  Pero hemos de suponer que también habría otros animales domésticos con los cuales compararnos, como -por ejemplo-  el perro o  el gato, o algunos animales de carga, como el burro o el camello; también habrían aves de muchas clases ...





Entonces  cabe preguntarnos: ¿por qué se insiste tanto en compararnos con la oveja?  Se ve esto mucho en los Salmos, y en el Evangelio Jesucristo lo hace con comparaciones realmente conmovedoras.

Sin embargo, para muchos el comportamiento de la oveja puede resultarnos prácticamente desconocido.  Puede ser que hayamos podido ver algo sobre esto en alguna película o en la televisión ...

Resulta interesante, entonces, adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil.  Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, es decir, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad.

Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola:  depende totalmente de su pastor.  Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor.

Es tan incapaz, que con sus débiles y poco flexibles patitas, no puede siquiera treparse al pastor y necesita que éste la suba.  No así un perro ... o un gato.





Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola:  necesita que el pastor la rescate.

Otro detalle importante es que la oveja anda en rebaño, no puede andar sola.    De allí la comparación del Señor al sentir compasión por el pueblo que lo buscaba: “andaban como ovejas sin pastor”.

Si llegara a quedarse sola, la oveja no es capaz de defenderse:  es fácil presa del lobo o de otros animales feroces.

Su dependencia del pastor la hace ser muy obediente y muy atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor.  No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo.

El pastor lleva a veces a pastar a sus ovejas guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reúne en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

Entonces ... ¿qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas? ... Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor”?   El Señor nos dice que El es el mejor de los pastores, pues El da la vida -como de hecho la dio- por sus ovejas.  Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz.  Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (cfr. Jn. 10, 1-10).





Nosotros somos -de acuerdo a lo que nos dice la Palabra de Dios- ovejas del Señor.  Quiere decir que somos también frágiles, aunque la mayoría de las veces nos creemos muy fuertes y muy capaces.  Somos, por lo tanto, dependientes del Señor y, tal como las ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos

Sin embargo, engañados, podemos pasarnos gran parte de nuestra vida y aún, toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos.  ¿Cuántas veces no nos sucede esto?
Y nos sucede también que nos enredamos en nuestra vida espiritual.  Y ¿quién puede desenredarnos?  ¿Quién puede sacarnos de la zarza o de la cerca en que estamos atrapados?  Bien lo sabemos:   necesitamos de nuestro Pastor.  Y El nos busca, nos rescata, nos cura, y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil.

De sus 100 ovejas deja a las 99 ovejas seguras en el aprisco y sale a buscar a la perdida.  ¿Cuántas veces no ha hecho esto el Señor con nosotros -con cada uno de nosotros- cada vez que nos escapamos del redil o que nos desviamos del camino. (Lc. 15, 4).

No podemos, tampoco, andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro (1 Pe. 2, 25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho. Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas de su pastor.  Así, como ellas, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor, Jesucristo, el Buen Pastor.

Por otro lado, no debemos obedecer la voz de los ladrones de ovejas. De éstos también nos habla el Señor en el Evangelio.  Son los que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por un lado de la cerca y tratan de engañarnos, simulando ser pastores para llevarse a las ovejas.




Esos falsos pastores son todos los falsos maestros que confunden, pues nos hablan tratando de imitar a nuestro Pastor, con enseñanzas falsas, que parecen verdaderas, para sacarnos del redil, para sacarnos de la Iglesia, para hacernos perder la Fe que nos enseña nuestro Pastor.  Son todos los predicadores de errores y herejías modernas, contenidas en ese amasijo de falsedades que es el New Age o Nueva Era.

Bien nos advierte Jesucristo:  “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir ... Mis ovejas reconocen mi voz ... A un extraño mis ovejas no lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños”.

¡Cuidado con las voces extrañas!  ¡Cuidado con confundirlas con la Voz del Buen Pastor!  Se parecen... pero no son.















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org