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viernes, 25 de febrero de 2011

Mi confianza está puesta en Dios (Evangelio dominical)



No Andéis Agobiados

Con la que está cayendo en tantos países y ahora nos viene Jesús con esto de que no hay que agobiarse por la comida ni por el vestido. Cuesta entender el Evangelio de este domingo en la situación actual.

La realidad es que España tiene un veinte y pico por ciento de desempleo. Eso significa en torno a los cuatro millones y medio de desempleados. Ese desempleo no tiene consecuencias sólo para España sino que repercute en los países de los que tantos emigrantes salieron en los años pasados hacia España en busca de trabajo. En Marruecos, Ecuador, Colombia y otros países se están sintiendo las consecuencias de la crisis española. O bien porque los emigrantes están volviendo a su país de origen –donde no se encuentran precisamente una situación mejor– o bien porque las remesas mensuales se han rebajado considerablemente.

Por otra parte, y para darle un toque de color al panorama, el precio de los alimentos básicos está subiendo en todo el mundo. Naturalmente, eso afecta mucho más a los pobres que a los ricos. Parte de las revueltas políticas que se están produciendo en el norte de África tienen ahí su origen.


¿Qué dice Jesús?

Y el Evangelio de hoy diciéndonos que no hay que agobiarse ni con el vestido ni con la comida ni con nada, que Dios nuestro padre proveerá por nosotros, que lo que tenemos que hacer es buscar el reino de Dios y su justicia y que lo demás se nos dará por añadidura. ¿Se puede entender?

Pues sí. Ciertamente se puede entender a Jesús. Si nos situamos en otra perspectiva: la perspectiva de Dios Padre. Desde ella ponemos las cosas de este mundo, nuestras relaciones personales, nuestra misma persona, en el debido orden de importancia. No se trata de decir que la comida y el vestido no tienen importancia. Jesús no nos dice que hay que dejar el trabajo para dedicarse a hacer el vago. Pero nos recuerda que en nuestra escala de valores la familia, por ejemplo, tiene que ser más importante que el trabajo. Y que las relaciones humanas son más importantes que el dinero o que el vestido. Y que Dios es el padre de todos que de todos cuida. Y que nosotros somo hoy parte fundamental de esa providencia de Dios para todos: para los que nos rodean, para la humanidad en su conjunto, para la creación y también, por qué no, para nosotros mismos.

Tener clara la providencia de Dios y la jerarquía de las cosas nos ayuda a saber comportarnos. Por ejemplo, si la persona es más importante que el vestido que lleva, está claro que debemos tratar y respetar por igual a todas las personas en su dignidad de hijas o hijos de Dios, independientemente del vestido. O lo que es lo mismo, independientemente del nivel social, de su riqueza, de sus estudios, de su poder.



Dios no nos olvida

El trabajo tiene su importancia. Pero no hasta el punto de entregar la vida al trabajo. Hay gente, no sólo ricos, que entregan de tal modo su vida al trabajo que todo lo demás queda subordinado al trabajo. Y lo demás son las relaciones familiares, las amistades, la relación con Dios, etc.

La crisis económica de que hablábamos al principio ha tenido en gran parte su origen en la ambición y codicia de personas que estaban tan centradas en hacer dinero, en ganar mucho que les importaba nada hacer trizas las vidas de los demás. Tomaron decisiones equivocadas que han llevado a consecuencias terribles para muchos. Es el mejor ejemplo de que este Evangelio sigue siendo muy actual. No vale la pena agobiarnos. Hay que poner la confianza en Dios y saber que nosotros somos su providencia para nuestros hermanos y hermanas y para nosotros mismos, que nos debemos cuidar porque somos hijos e hijas de Dios.

Y con esa conciencia vamos a salir a la vida a luchar por hacer de este mundo un lugar más fraterno donde las personas, todos, puedan vivir y no solamente sobrevivir. Porque esa es la voluntad de Dios. Ese es el misterio de Dios del que dice Pablo en la segunda lectura que somos administradores para todos los que nos rodean: que Dios quiere nuestra vida, que Dios nunca nos deja de su mano ni nos olvida, como nos recuerda la primera lectura del profeta Isaías.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,24-34):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


¿Qué experiencia tienes de Dios? ¿Cómo es tu relación con él? ¿Qué nivel de confianza tienes en Él? ¿Te pones en sus manos para que se cumpla su voluntad? Son preguntas fundamentales para la vida de fe y que hoy nos plantean las lecturas.

La primera lectura habla del amor fiel de una madre hacia su criatura. La segunda lectura dice que lo que se busca en un administrador es que sea fiel. Cuando una persona tiene esa experiencia de su madre y de su administrador, tiene un alto nivel de confianza, descansa, está seguro.



Lo interesante de la fe es saber llevarla a las cuestiones diarias de una forma real y adulta. Porque hay que reconocer que puede haber modos erróneos e infantiles de entender la fe.

Pues bien, podemos estar en medio de nuestra vida, de la familia, del trabajo o del paro, de la crisis… cansados, sin esperanza, como a la intemperie, agobiados, preocupados por el dinero, tan metidos en los afanes de la vida que nos olvidemos de Dios o la experiencia de Dios nos resulte vacía y estéril para nuestra vida. Si la fe no ilumina la vida diaria es porque hay divorcio entre la fe y la vida; por un lado vivimos y por otro nos relacionamos con Dios. Hay que aprender a llevar la vida a lo que celebramos, por ejemplo, y dejar que la fe y la Palabra iluminen la vida.

También es cierto eso que decimos de "ayúdate y Dios te ayudará" en el sentido de que tenemos que vivir como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que, al final, las cosas esenciales dependen de Dios. Es decir, nuestra fe no debe ser opio, por recoger la acusación marxista a los cristianos, que nos impida esforzarnos en la construcción de nuestra vida y de nuestro mundo y, sin embargo, nos deje tranquilos.



Entre estas experiencias, hoy se pone de manifiesto la experiencia creyente genuina: La fidelidad de Dios al ser humano es muy superior a la de un administrador fiel e, incluso, al amor materno; por tanto, confía en Dios y en su divina providencia, pues Dios mira por ti.

Por eso, como suele ocurrir muchos domingos en la Liturgia, el Salmo Responsorial es clave en el mensaje que se quiere transmitir:



Sólo en Dios descansa mi alma,

porque de él viene mi salvación;

sólo él es mi roca y mi salvación;

mi alcázar: no vacilaré.



Descansa sólo en Dios, alma mía,

porque él es mi esperanza;

sólo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.



De Dios viene mi salvación y mi gloria,

él es mi roca firme,

Dios es mi refugio.

Pueblo suyo, confiad en él,

desahogad ante él vuestro corazón.



Con esta experiencia religiosa, con este abandono en las manos de Dios, creo que una persona puede estar más descansado, más consciente, más centrado, para poder ver más objetivamente su vida, los acontecimientos, para saber cómo proceder, cómo actuar y dónde (quizá esto es lo más difícil) decirle a Dios: "Hágase como tú quieras".

Hemos de saber que la experiencia religiosa es fundamental hoy en día. Cuando tenemos las mejores catequesis, los mejores cursillos, los mejores materiales… estamos descubriendo que quizá todo esto no nos vale porque hay algo básico que estamos dando por supuesto y que nos está fallando: hoy la gente carece de experiencia en la relación personal con Dios. Llevamos años "construyendo" sobre una supuesta base y vamos viendo como todos nuestros esfuerzos se vienen abajo. Hemos puesto nuestra confianza en los recursos materiales y humanos, de nuevo, más que en Dios.

Hay que descansar en Dios y enseñar a que la gente encuentre en Él también su descanso.








Fuentes:
Ilumnnación Divina
Pedro Crespo Arias
Fernando Torres Pérez cmf.
Ángel Corbalán

domingo, 6 de junio de 2010

"Si no te convence esta sociedad mercantil, ofrece sin pedir nada a cambio"

EVANGELIO SEGÚN LUCAS 9,11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: -«Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado."
Él les contestó: -«Dadles vosotros de comer.»
Ellos replicaron: -«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gen¬tío. » Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Palabra del Señor.



COMENTARIO.

"Solemnidad del Corpus Christi . "





"El nuevo domingo El último gesto "


"EL NUEVO DOMINGO"

EL domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el 'fin de semana', que comienza ya el viernes por la tarde y en el que gran parte de la población puede vivir de manera diferente escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

No todos vivimos este 'nuevo domingo' de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte; tienen iniciativa, posibilidades y fantasía para disfrutar a su gusto de estos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad y vejez; el domingo sólo despierta en ellos tedio y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

Teólogos y liturgias se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa, aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible se pregunta X. Basurko una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». El liturgista de Mutriku ofrece en su libro Para vivir el domingo (Verbo Divino) algunas pistas.

El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más 'nosotros mismos'.

Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría conseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no por medio del trabajo sino del disfrute y de la contemplación.

Por último, la celebración de la 'asamblea eucarística' puede animar y dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser 'fermento y sal' del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso podemos hacernos una pregunta en esta fiesta de la Eucaristía: ¿Sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

EL ÚLTIMO GESTO

Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tenía poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Sólo tenía su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren.

Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. «Abraza» a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. «Toca» a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. «Acoge» amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados.

No son gestos convencionales. Le salen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed.

A Jesús le gusta sobre todo «bendecir». Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios.

No es extraño que, al narrar la despedida de Jesús, Lucas lo describa levantando sus manos y «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.

Hace ya mucho tiempo que lo hemos olvidado, pero la Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente «maldecir», condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien.

Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el profeta que bendecía a las gentes con sus gestos y palabras de bondad.



Hambre de Pan, Hambre de Vida


Llevamos ya unos cuantos años de camino por esta vida y, mal nos iría, si no hubiésemos aprendido algunas cosas fundamentales. Y, sin duda, la más básica de ellas es que las personas necesitamos alimentarnos todos los días. Parece una verdad de perogrullo pero no lo es. Sin pan no hay vida. Sin arroz no hay vida. Sin algo que echarnos a la boca no hay vida.

Pero la vida no es sólo pan y arroz y lo que queramos poner acompañándolo. La vida es mucho más. Ya le dijo Jesús al demonio que le tentaba en el desierto que “No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Quizá alguno termine pensando que al decir eso Jesús dejaba fuera el pan y hablaba sólo de la Palabra de Dios. Pero no. La Palabra de Dios no basta para la vida. Nos hace falta también el pan. Pablo VI lo expresó muy bien cuando dijo en la Populorum Progressio, 14 que “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre.” No podía estar mejor dicho. Dios quiere la vida de la persona en todos los sentidos. Dios quiere que vivamos y por eso nos da el pan de la vida.



Más allá de la celebración litúrgica

La Eucaristía es mucho más que la celebración ritual de cada domingo. Para el cristiano la Eucaristía es una forma de vivir y compartir, de vivir en comunión con Dios y con los hermanos y hermanas, con la humanidad entera. En la celebración eucarística, mejor o peor preparada, en una gran catedral o en una pequeña choza en medio de la selva, con cantos o sin ellos, nos asomamos gozosos a la más profunda verdad de nuestra existencia: que somos hijos e hijas de Dios, que nuestro Padre-Abbá es el que nos da la vida. Y que sólo cuando compartimos el pan y la vida y el amor es cuando hacemos realidad esa verdad de nuestra existencia.

La Eucaristía nos recuerda que no sólo vivimos del pan material pero, al haberse hecho Jesús pan, también nos dice que el pan material es vida, parte esencial de ella. La Eucaristía se hace tan grande como la vida. En la medida en que damos y recibimos, en que compartimos lo que somos y hacemos fraternidad, celebramos una Eucaristía tan honda y real como la litúrgica. La Eucaristía se escapa de los límites de la celebración para llegar hasta los rincones más oscuros de la vida.

Los vecinos que se reúnen para tratar de solucionar juntos sus problemas y mejorar la vida en el barrio, los que organizan un comedor para los que no tienen nada para comer, los que renuncian a sus bienes para compartirlos con los que carecen de ellos, los que dedican una parte de su tiempo para acompañar a los que están sólo, los que luchan por la justicia, el médico que, más allá de la técnica, trata de atender y servir a la persona del enfermo, todos ellos hacen Eucaristía. Todos ellos recrean la vida.



De la celebración a la vida

No hay que dudar de que, cuando las personas actuamos así somos verdaderos sacerdotes que distribuimos el pan de la vida entre nuestros hermanos, que celebramos la fraternidad y hacemos de este mundo un lugar más parecido al Reino que anunció Jesús. No podemos participar en la celebración de la Eucaristía y pensar que Jesús viene a nuestro corazón al comulgar y volvernos sobre nosotros mismos para sentirnos felices con él. Jesús hecho Eucaristía nos fuerza a levantar la vista, a encontrarnos con la mirada de nuestros hermanos y hermanas, a compartir el pan recibido, a darnos las manos y construir fraternidad de todas las maneras que estén a nuestro alcance.

El Evangelio de este domingo es totalmente eucarístico. La bendición sobre el pan, la actitud de Jesús que mira al cielo, se transforma en reparto del pan de vida hasta que todos se sacian. Sobra pan, sobra mucho pan, porque Dios es la mejor bendición imaginable para la vida de hombres y mujeres. Donde los discípulos no veían más que cinco panes y dos peces, Jesús vio la generosidad y el don de Dios que actúa siempre sorprendiéndonos y yendo más allá de nuestras posibilidades. Más allá del rito, Jesús atendió realmente a las necesidades de aquel gentío que tenía ante él. Necesitaban comer y les dio de comer. Esa fue su Eucaristía de aquel día. Y de paso los convirtió en una familia capaz de compartir el pan y los peces regalados y compartidos.

No hay diferencia entre el Evangelio y la segunda lectura en la que Pablo nos relata la tradición que se ha convertido en celebración para las comunidades de los seguidores de Jesús. Nosotros hoy seguimos celebrando la Eucaristía. Seguimos bendiciendo el pan como Jesús lo hizo. No queremos perder su memoria. Es un recuerdo que multiplica la vida, que nos invita a vivir y actuar de una manera diferente, que corta con la historia de violencia y egoísmo y nos abre a una relación nueva con los demás: una relación de fraternidad, de justicia, de amor. Una relación que se levanta sobre la Eucaristía, sobre la Eucaristía-celebración y sobre la Eucaristía-vida.












Fuentes:
José A. Págola
Músicaliturgica.com
Fernando Torres Péres cmf.
CiudadRedonda.org
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad.