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sábado, 1 de octubre de 2011

"El reino de Dios se dará al pueblo que produzca frutos"(Evangelio dominical)


Hoy celebramos el domingo XXVII del tiempo ordinario. Otra vez la viña, ¡y van tres! Pero todas tienen un sentido catequético. La primera vez era una invitación del Señor: “id también vosotros a trabajar a mi viña”; la segunda, el modo de hacerlo, con disponibilidad y siendo coherentes con lo que decimos y hacemos; y hoy, los frutos de ese trabajo. ¿Qué frutos espera Dios de nosotros? ¿Los estamos dando? El punto de partida de todo esto no es otra cosa que el amor apasionado de Dios por su pueblo, por su viña. El mensaje sigue siendo una Buena Noticia que hay que acoger con confianza y con mucha esperanza en las capacidades que tenemos las personas para dar el fruto que Dios espera.

Como otras veces, aportamos tres comentarios de otros tantos religiosos y con ello, pretendemos llegar a todos nuestros feligreses de este y el otro lado del "charco".

Ayer mismo, nuestro parroco, el reverendo Don José Carlos Del Valle, nos recordaba en su homilía una frase que todos deberíamos tener presente... "Dios no tiene dueño".



JUICIO FINAL

Cuando venga el dueño de la viña
(Mt 21, 33-43)

En una época todavía no muy lejana la célebre secuencia de Tomás de Celano, «Dies irae, dies illa» encogía el ánimo de los asistentes al oficio de difuntos: «Día de cólera aquel día... en que el mundo quedará reducido a cenizas ...¡Qué terror se apoderará de nosotros cuando se presente el Juez!» Durante mucho tiempo este lenguaje y estas imágenes tenebrosas han alimentado una «pastoral del miedo», que difícilmente ayudaba a despertar la confianza en Dios. Hoy, por el contrario, apenas se predica ya sobre el Juicio final, tal vez porque no se sabe exactamente cómo hacerlo.

Lo primero que hay que decir es que sólo se puede hablar del juicio de Dios a partir de su amor, nunca fuera de este amor. Por eso, el juicio de Dios no tiene nada que ver con el juicio de los hombres. Obedece a otra lógica porque el juicio de Dios no es sino la manifestación de su amor, su victoria definitiva sobre el mal.

Por eso hay que entender bien lo que dice la Biblia sobre la «cólera de Dios». Esta cólera divina no tiene como objetivo destruir al ser humano. Al contrario, sólo se despierta para destruir el mal que hace daño al hombre. Dios es amor, y no cólera. La cólera no es sino la reacción del amor de Dios que sólo busca y quiere el bien y la dicha definitiva del ser humano.


Un Dios que abandonara para siempre la historia humana en manos del mal y la injusticia, que no reaccionara ante la mentira y la ambigüedad que lo envuelven todo, que no restableciera la paz y la verdad, no sería un Dios Amor. El juicio es necesario para comprender el amor de Dios. Un juicio no contra del ser humano, sino contra aquello que va contra él.


Por eso, el juicio de Dios es una Buena Noticia para quienes quieren de verdad el bien y la felicidad total del ser humano. Un juicio que no se parece en nada a los tribunales humanos porque nace no de la acusación sino de su amor salvador. Un juicio que nos liberará para siempre de nuestra impotencia contra el mal y de nuestra complicidad con él.

En esto consiste el núcleo de la fe cristiana: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). La última palabra de Dios sobre la historia no puede ser sino una palabra de gracia. El juicio pondrá al descubierto la verdad de nuestras vidas y la profundidad real del mal, pero también la inmensidad del amor infinito de Dios. Para ello, ante el Juicio final la reacción más cristiana no es el miedo irracional e insano, sino el reconocimiento de nuestro pecado y la confianza en el perdón de Dios. A ello nos invita la parábola de los viñadores homicidas.

¿COMO ACERTAR?

Un pueblo que produzca sus frutos
(Mt 21, 33-43)

¿Qué hay que hacer en la vida para acertar? No es fácil responder, pero sin duda es una pregunta vital. ¿Cómo hemos de vivir para que se pueda decir que nuestra vida es un acierto? Nos podemos equivocar en muchas cosas, pero, ¿no habrá algo en que hemos de acertar?

Se suele decir que para llenar una vida es necesario tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Sin embargo, yo conozco a personas que no han hecho ninguna de estas tres cosas y cuya vida me parece un acierto. Y conozco también a personas que han tenido hijos y han escrito libros y cuya vida no parece muy acertada.

Sin duda, hay mucha sabiduría popular en ese dicho, pues, en definitiva, cuando se habla de tener un hijo, plantar un árbol o escribir un libro, se está apuntando a algo fundamental. En la vida se acierta cuando se vive un amor fecundo, capaz de engendrar vida o hacer vivir a los demás. Sólo este amor justifica y llena una vida.

De ahí la dura amenaza que se escucha en el trasfondo de esa parábola de los viñadores que, lejos de entregar los frutos de su trabajo, dan muerte al hijo del dueño. Se les quitará todo para dárselo a otros labradores que «entreguen los frutos a su tiempo». Hay muchas formas de «perder la vida». Basta dedicarse a hacer cada vez más cosas en menos tiempo, creyendo que por el hecho de «hacer cosas» se vive más. Es una equivocación. Por muchas cosas que uno haga, si vive sin amar y sin poner vida en las personas y en el entorno, estará vaciando su vida de su contenido más precioso.

Corre por ahí una reflexión de Luis Espinal, sacerdote jesuita, asesinado en 1980 en Bolivia. Dice así: «Pasan los años y, al mirar atrás, vemos que nuestra vida ha sido estéril. No la hemos pasado haciendo el bien. No hemos mejorado el mundo que nos legaron. No vamos a dejar huella. Hemos sido prudentes y nos hemos cuidado. Pero, ¿para qué? Nuestro único ideal no puede ser llegar a viejos. Estamos ahorrando la vida, por egoísmo, por cobardía. Sería terrible malgastar ese tesoro de amor que Dios nos ha dado.»

Recuerdo que, al morir Juan XXIII, aquel Papa bueno que introdujo en la iglesia y en el mundo un aire nuevo de esperanza, de bondad y de convivencia pacífica, el cardenal Suenens pudo decir que «dejaba el mundo más habitable que cuando él llegó». De Jesús quedó este recuerdo: «Pasó toda la vida haciendo el bien.» A alguno le parecerá tal vez poco. Para el cristiano es el mejor criterio para vivir con acierto.



La viña del Señor es la casa de Israel


La parábola de los viñadores homicidas, igual que la de los dos hijos de la semana pasada, está situada en el Evangelio de Mateo después de la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21, 1-10) y de la expulsión de los vendedores del templo (Mt 21, 12-17). Es un contexto de extrema tensión con los líderes judíos, que no aceptan la autoridad de Jesús ni lo reconocen como hijo de David y Mesías. Este rechazo de Jesús equivale a la negativa a entregar los frutos de la fe que Dios ha cultivado en Israel a lo largo de los siglos. La parábola de los viñadores homicidas, con la que Jesús recuerda el destino de tantos profetas de la historia de Israel y profetiza su propia muerte, no podía no ser entendida por los principales del pueblo, pues la descripción de la viña es una cita casi literal del canto de amor del amigo a la viña en el profeta Isaías. Jesús añade sólo los sucesivos envíos de los siervos del dueño de la viña a recoger los frutos. Casi sorprende la obstinada confianza del propietario en enviar siempre nuevos emisarios, pese a los pésimos resultados, hasta el punto de acabar enviando a su propio hijo, con la secreta esperanza de que a él sí que lo respetarán. La viña del Señor es la casa de Israel. Al citar la imagen del profeta Isaías, Jesús pone de relieve ante todo el amor de Dios hacia su pueblo, el cuidado primoroso que ha puesto en la obra: tierra fértil, en la que no se han ahorrado esfuerzos ni detalles (descantarla, construir la cerca, la atalaya, el lagar). Una viña escogida sólo se pone en manos de trabajadores de plena confianza. Sin embargo, éstos ha traicionado la confianza depositada en ellos, y no sólo una vez, sino de manera repetida, hasta el extremo de rechazar no sólo a los emisarios del que les confío la viña, sino a su propio hijo, que es lo mismo que decir, a su mismo dueño.

La conclusión de la parábola, que Jesús pasa a sus interlocutores, que parecen no haberse dado cuenta de que la cosa va por ellos, es clara: si no dan frutos adecuados y a su tiempo, se les arrebatará la viña, que se confiará a otros. Ya en Jerusalén y en vísperas de su Pasión, Jesús hace una última llamada a la conversión, a tomar una decisión de fe en relación con su persona, el Hijo enviado del Padre. Si, como todo parece indicar, la decisión no es el derecho y la justicia (el reconocimiento de que él es el Mesías), sino la expulsión del Hijo fuera de la viña, la violencia contra él y su asesinato “fuera de los muros de la ciudad”, los que se creen dueños en exclusiva del Reinado de Dios quedarán excluidos de él. Lo que significa que la viña del Señor no es un coto cerrado, sino que sus frutos se cultivan para todos los hombres, de modo que si aquellos a quienes se ha confiado la causa de Dios se niegan a servir, no entregan esos frutos y se los apropian indebidamente, habrán de ser sustituidos por otros.

Al contemplar el rechazo de Jesús por parte de las autoridades judías, debemos evitar hacer una lectura antisemita del texto, y leer en él más bien una llamada a la responsabilidad para nosotros mismos. El pueblo de Israel, pueblo sacerdotal, representa a la humanidad entera, por lo que el contenido de esta parábola ponemos aplicárnoslo a nosotros mismos, creyentes en Cristo de cualquier tiempo y lugar.

La viña del Señor es el mundo, lleno de belleza, armonía y recursos, y que Dios nos ha confiado para que lo cuidemos y desarrollemos, haciéndolo fructificar: frutos de la tierra, pero también frutos de justicia y derecho, de paz y fraternidad. Nuestra tarea es hacer del reino del hombre, el Reino de Dios, que la voluntad de Dios se realice como en el cielo, también en la tierra, y por la mediación de nuestra propia voluntad. La viña del Señor es un lugar de gracia: es una suerte estar y trabajar en ella, el salario que recibimos por este trabajo es también un don (cf. Mt 20, 1-16): “Hora de la tarde fin de las labores. Amo de las viñas paga los trabajadores de tus viñadores. Ahora que nos pagas nos lo das de balde, que a jornal de gloria no hay trabajo grande”. Es además un lugar de libertad: el Señor que nos confía su obra lo hace apelando a nuestra libertad; no somos unos siervos asalariados, sino hijos (cf. Mt 21, 28-32). Y, ¿qué hemos hecho de este lugar de gracia, libertad y responsabilidad, de la confianza que Dios ha depositado en nosotros? ¿No hemos tratado la viña que el Señor ha plantado con esmero como un coto cerrado de nuestra exclusiva propiedad, de manera desconsiderada, convirtiéndolo en un lugar de robo, mentira, violencia y muerte? No hace falta ser un catastrofista para acordar que este mundo nuestro está demasiado lleno de frutos amargos, que donde deberían crecer las uvas, abundan los agrazones.

También a nosotros nos dirige hoy Jesús una llamada que apela a nuestra responsabilidad: se nos ha confiado la causa del Reino de Dios, somos depositarios de una gracia que no es sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Sintiéndonos agraciados por esta confianza y responsables de la viña del Señor, tenemos que apresurarnos a dar frutos en los tiempos debidos. ¿Qué frutos son esos? Como dice Pablo: el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14, 17); son los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, fidelidad, mansedumbre, castidad (Ga 5, 22-23). En el texto de Filipenses que hemos escuchado hoy, Pablo nos habla de los frutos de la tranquilidad, la elevación del espíritu a Dios, la paz. Pero también nos enseña que un verdadero fruto de la vida evangélica es el don del discernimiento que nos abre sin temor a “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito”, sin importar de donde venga. Bien fundados en la piedra angular que es el mismo Cristo, esa apertura desde la fe es también un fruto que tenemos que aprender a cultivar, pues sabemos que la viña que el Señor nos ha confiado debe dar frutos no sólo para nosotros los creyentes, sino para la vida del mundo, y que por todas partes es posible encontrar las semillas del Verbo.

Por fin, existen también “los tiempos” de la vendimia. No podemos dejar la rendición de frutos “ad calendas graecas”, remitiéndolos a un futuro indeterminado y lejano. Los tiempos de la salvación han empezado ya, pues Dios está actuando ahora en el mundo: nos ha enviado no sólo a sus siervos los profetas, sino a su propio Hijo, su Palabra encarnada; y a su Espíritu, que ora, habita y actúa en nosotros. El tiempo de la salvación es un “kairós”, un momento oportuno, que afecta a la Iglesia como tal, pero también a cada uno de nosotros, los creyentes. Hemos recibido el don de la fe, la responsabilidad de la viña del Señor. ¿Estoy respondiendo a esta gracia con los frutos adecuados a mi momento actual, a mi “kairós”?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Palabra del Señor

COMENTARIO.

A los oyentes de la parábola de Jesús, sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, la imagen de la viña les resultaría sumamente familiar. Son abundantes las referencias en el Antiguo Testamento a la vid o la viña del Señor para referirse al pueblo de Israel. Dos ejemplos los encontramos: en la primera lectura (Is 5,1-7), donde el profeta es testigo de la ingratitud de la viña, Judá, con el Señor; y en el salmo 79.

Jesús mismo utilizó la imagen reiteradas veces. Los episodios evangélicos de los domingos anteriores lo confirman. Cada pasaje abunda en lo que quiere destacar. El domingo pasado en la obediencia y desobediencia para trabajar en la viña; el anterior en la gratuidad desbordante del propietario para pagar a los jornaleros.


El relato de este domingo se detiene en la actitud del propietario y de los labradores. Podemos abordarlo como un asunto de “miradas”:

El propietario “mira” por su viña con una dedicación paternal. La descripción del evangelista va hilvanando verbos en progresión, provocando en la imaginación fácilmente una composición del itinerario de sus quehaceres: plantarla, rodearla con una cerca, cavar el lagar en ella, construir la casa del guarda, el arriendo a los labradores... Como a la niña de sus ojos, se prodiga en cuidados con su viña. Llama la atención que, tras tanto esfuerzo, la acción que continúa es “marcharse de viaje”. Dadas las atenciones anteriores, no cabe pensar que se despreocupe de ella. Quizás sea más acertado pensar en la confianza que pone en los labradores a los que les arrenda su propiedad, si no, tanto esfuerzo habría sido baldío. Luego el dueño ofrece su preciosa propiedad a unos trabajadores de los que se fía para que continúen con la labor que emprendió Él. Es preciso señalar que lo más esforzado del trabajo ya estaba hecho y las atenciones que requería la viña eran muy llevaderas. Pero el amo de la viña prefirió el arrendamiento.

Los labradores son contratados con miras de arriendo; es decir, de “no propietarios”, sino de trabajadores para una propiedad ajena. Pero la visita de los criados para recibir los frutos delata en ellos una mirada muy distinta, la de los que se creen dueños. Quisieron convertir el arriendo en posesión y vieron en los criados mandados por el verdadero propietario una amenaza contra su pretensión de propiedad.

“Al ver al hijo se dijeron: -Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. En el momento culminante de la parábola, vieron en el hijo un rival y, fijando sobre él una mirada de envidia, queriéndole arrebatar su condición para quedarse con su herencia. Despreciaron al padre, por querer quedarse con lo que no era suyo y maltratar a sus mensajeros; despreciaron al hijo, queriendo quedarse con lo que correspondía como heredero legítimo, y lo mataron.

Tras la despreciable actuación de los labradores, Jesús hace dirigir la mirada hacia el padre. No sólo había implicado delicadezas en su viña, sino que también había sido paciente con los labradores para dos veces a sus criados y finalmente a su propio hijo. Su mirada misericordiosa no se agota. “¿Qué hará con aquellos labradores?”. La respuesta viene de los sumos sacerdotes y los fariseos: Muerte para los malvados y nuevo arriendo a otros trabajadores diligentes. El evangelista ironiza con la contestación, pues aquellas autoridades judías se acusan a sí mismas (la identificación con los labradores homicidas va de corrido). Apartados unos, la viña será arrendada a otros trabajadores eficaces y fieles.
Lo decíamos al principio...Dios no tiene dueño.










Fuentes
Iluminación Divina
José María Vegas, cmf
Luis Eduardo Molina Valverde
José A. Pagola
Ángel Corbalán



sábado, 27 de agosto de 2011

Los cristianos solo podemos ir detrás de Jesús!! (Evangelio dominical)


Hoy, día 28 de Agosto, celebramos el domingo XXII del Ciclo Ordinario,en el Evangelio según San Mateo, Jesús, nos deja esa rase que tanto encierra para los cristianos que le seguimos o pretendemos seguir; “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

A través de tres hombres de Dios, exponemos la explicación de La Palabra de Dios, desde tres dialécticas diferentes y con la misma fe. Para ello, los textos que hemos selecionado son de : Pedro Guillén Goñi, José A. Pagola y Pedro Crespo Arias, algunos ya habituales en las homilias que presentamos en este Blog, escrito en Algeciras, España y para todo el mundo de habla hispana.

Primera Reflexión.

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Así respondía Pedro, el discípulo del Señor, cuando el Maestro preguntaba a sus discípulos sobre su identidad. Definición sincera y heroica ante el rechazo e incomprensión que Jesús sentía cuando anunciaba la instauración del Reino de Dios.

En el evangelio de hoy, Mateo nos describe las profundas discrepancias que existían en la forma de entender “el ser Mesías” entre sus discípulos y el mismo Jesucristo.
El Señor les quiere aclarar desde el principio que el ser Hijo de Dios va a pasar por el sufrimiento y la cruz. Los discípulos seguían creyendo en un Mesías cuyas señas de identidad eran la fuerza y el poder. Este anuncio de sufrimiento y cruz como paso previo para alcanzar la vida eterna siembra en los discípulos el desconcierto, la decepción y el rechazo. Será el mismo Pedro quien, tomando nuevamente la iniciativa, le indica que eso es imposible. Jesús le indica que de forma dura y exigente que debe adoptar una actitud de comprensión y aceptación al estilo de vida que Él anuncia y configurarse plenamente con los valores del Reino. El discípulo incondicional de Jesús es quien da prioridad al mensaje del Señor por encima de su voluntad, sus legítimas aspiraciones y su proyecto de vida. Esto implica aceptar los riesgos y retos que el modelo a seguir conlleva. ¿Somos, tal vez, de los que proclaman y defienden la fe en Cristo y desconocen o huyen del camino que conduce a Él?.

La experiencia del apóstol Pedro es fiel reflejo de lo que nos sucede a todos. Cuando las cosas nos salen bien somos capaces de reconocer al Señor en cualquier oportunidad de nuestra vida. Nos resulta fácil relacionarnos con Él y la alabanza y agradecimiento brotan espontáneamente desde la hondura de nuestro corazón.
Pero cuando nos visita la adversidad, el sufrimiento inesperado, la incomprensión, no aceptamos de buen grado que allí, entre la cruz, también está el Señor. Y, sin embargo, Jesús afirma que quien quiera seguir su camino ha de aceptar la cruz porque es camino de la resurrección y de la salvación.
Entonces “nos vamos desprendiendo de la vida” pero la ganamos para la causa del Señor que se acerca a nosotros para fortalecernos y darnos su paz.

La experiencia del profeta Jeremías, narrada en la primera lectura, es elocuente: las dificultades, los sinsabores, los disgustos nos aprietan por todos lados pero quien acepta la Palabra de Dios responsablemente sabe que el Señor está con él y saldrá victorioso de cualquier dificultad porque nunca nos abandona.


DETRÁS DE JESÚS


Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes
que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer
día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».
Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como "Hijo del Dios vivo". Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás. La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,21-27):

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


Las lecturas de este domingo XXII del tiempo ordinario nos vienen a plantear que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo y porque hay que tomar la cruz para seguir a Cristo.

Un buen resumen de lo que nos quieren decir las lecturas podría ser una frase del salmo responsorial: "Tu gracia vale más que la vida". La gracia de Dios es todo lo que Dios nos da gratuitamente; por ejemplo, la filiación divina y todo lo que Dios va haciendo para que esa relación con él no se rompa por el pecado. Pues bien, esa relación de amistad con Dios vale más que la vida. Fijaos bien en esta frase, pues el ser humano se aferra fuertemente a la vida, seguramente es una de las cosas que más valora. La gracia de Dios vale más que la vida. ¿Creemos esto? ¿Es realmente Dios lo más importante de la vida o nos importa más la salud, el dinero o el amor?

Esta experiencia de que Dios es lo más importante de la vida aparece reflejada en las tres lecturas que hemos escuchado.

La primera lectura del profeta Jeremías cuenta una experiencia del propio profeta: está cansado de tanto tener que denunciar los pecados del pueblo de Israel; le hubiese gustado llevar un mensaje más consolador; incluso está decidido a dejar de hablar de las cosas de Dios. Pero se da cuenta de que la Palabra de Dios hace fuerza en su interior, intenta contenerla y no puede, porque Dios le ha seducido. Dios es más fuerte que las incomprensiones que sufría en su misión.

¡Cuántos cristianos hay que ante la mínima dificultad por el hecho de ser cristianos se echan atrás, silencian su ser cristianos! En el fondo piensan que su vida, su reputación, lo que piensan los demás de ellos es más importante que Dios.

La segunda lectura de San Pablo nos dice que no nos ajustemos a este mundo, sino que nos convirtamos para que sepamos discernir lo que es la voluntad de Dios. Es otra vez lo mismo que antes: ¿Qué tiene más peso en nuestra vida los criterios de Dios o los criterios del mundo? ¿Qué tenemos más en cuenta a la hora de decidir sobre algo, de planear algo, de optar por algo, el tener, el poder, el gozar, o el amor a los demás, la solidaridad, el servicio? Estamos invadidos de los criterios de este mundo y queremos que Dios se ajuste a esos valores.

El texto de Evangelio sigue con el mismo tema: Jesucristo anuncia su pasión y muerte y Pedro no lo entiende porque piensa como los hombres y no como Dios. Pedro está siguiendo a Jesús y no acababa de comprender que Jesucristo tenía que padecer para salvarnos, sin embargo luego terminará dando su vida por Jesús. ¿Comprendemos nosotros que para llegar a la resurrección hay que pasar por la pasión? ¿Lo aceptamos en nuestra vida concreta cuando nos llegan momentos de cruz?

Continúa diciendo el texto del Evangelio: "El que quiera seguir a Jesús que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y le siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su vida?". Como podéis comprobar este texto es un buen comentario de Jesús a esa idea del salmo responsorial: "Tu gracia vale más que la vida". ¿De verdad la gracia de Dios vale más que la vida, más que la salud, el dinero, el amor?

Si vemos que Dios es lo más importante de nuestra vida, nos resultará difícil vivir en los criterios de este mundo, porque tendremos que luchar con nuestra propia inclinación a vivir los criterios del mundo y tendremos que luchar con quienes no comprenden ni quieren los criterios de Dios.

Ser cristiano es: entrar en comunión con la vida de Jesús y sus valores; entrar en comunión con su causa: el Reino de Dios; y entrar en comunión con su destino, que es la cruz. Tenemos que asimilar en nuestro cristianismo este aspecto de cruz, de dolor, de sufrimiento, de incomprensión... como algo que es necesario pasar para llegar a la dicha, a la felicidad.

¡Qué caigamos en la cuenta mentalmente y experiencialmente de que la gracia de Dios vale más que todo en el mundo, aunque eso nos cueste algún tipo de sacrificio!











Fuentes:
Iluminación Divina
Pedro Guillén Goñi
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán

sábado, 6 de agosto de 2011

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Evangelio dominical)


Mateo ha recogido el recuerdo de una tempestad vivida por los discípulos en el mar de Galilea para invitar a sus lectores a escuchar, en medio de las crisis y conflictos que se viven en las comunidades cristianas, la llamada apremiante de Jesús a confiar en él.

El relato describe de manera gráfica la situación. La barca está literalmente «atormentada por las olas», en medio de una noche cerrada y muy lejos de tierra. Lo peor es ese «viento contrario» que les impide avanzar. Hay algo, sin embargo, más grave: los discípulos están solos; no está Jesús en la barca.

Cuando se les acerca caminando sobre las aguas, los discípulos no lo reconocen y, aterrados, comienzan a gritar llenos de miedo. El evangelista tiene buen cuidado en señalar que su miedo no está provocado por la tempestad, sino por su incapacidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de aquella noche horrible.

La Iglesia puede atravesar situaciones muy críticas y oscuras a lo largo de la historia, pero su verdadero drama comienza cuando su corazón es incapaz de reconocer la presencia salvadora de Jesús en medio de la crisis, y de escuchar su grito:
«¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!».

La reacción de Pedro es admirable: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». La crisis es el momento privilegiado para hacer la experiencia de la fuerza salvadora de Jesús. El tiempo privilegiado para sustentar la fe no sobre tradiciones humanas, apoyos sociales o devociones piadosas, sino sobre la adhesión vital a Jesús, el Hijo de Dios.

El narrador resume la respuesta de Jesús en una sola palabra: «Ven». No se habla aquí de la llamada a ser discípulos de Jesús. Es una llamada diferente y original, que hemos de escuchar todos en tiempos de tempestad: el sucesor de Pedro y los que estamos en la barca, zarandeados por las olas. La llamada a «caminar hacia Jesús», sin asustarnos por «el viento contrario», sino dejándonos guiar por su Espíritu favorable.

El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.

No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.

Soy yo, no tengáis miedo


El evangelio de hoy nos presenta tres escenas sucesivas: Jesús despidiendo a la multitud; Jesús orando en soledad; Jesús caminando sobre las aguas al encuentro de los discípulos.

La primera escena cierra el episodio de la multiplicación de los panes: tras haberse compadecido de la gente, curado a los enfermos y saciado a la multitud hambrienta, Jesús se ocupa de ellos hasta el final, y permanece con ellos para despedirlos. Así se muestra la verdadera solicitud del que se ha definido como el buen pastor de su rebaño.
En la segunda se retoma algo que quedó en suspenso a causa de la gente que lo buscaba. Jesús renunció a su retiro para atenderla, pero, una vez que se ha marchado, vuelve a la soledad, el silencio y la oración. Si la oración no puede ser una huida, una excusa para evitar los problemas acuciantes de los hombres, la dedicación a estos problemas tampoco puede excusarnos del trato personal con Dios en el silencio y la soledad. Compromiso y oración se reclaman mutuamente; no pueden subsistir de verdad el uno sin la otra. La oración sin compromiso con las necesidades de los demás está vacía; el compromiso sin oración en la soledad puede ser algo ciego, un altruismo encomiable, pero carente del sello distintivo de la fe cristiana. Precisamente es la fe en Jesús lo que vincula estas dos dimensiones, y lo que las une con la tercera escena.

La fe puede ser a veces producto del temor. Existe una cierta inclinación a pensar que Dios ha de manifestarse por medio de signos que, como el huracán o el terremoto, expresan su fuerza irresistible, su poder, ante el que el hombre no puede hacer otra cosa que temer y someterse. Pero el Dios Padre de Jesucristo se manifiesta más bien en la amabilidad tenue de la brisa, en la cercanía solícita de su propio Hijo. Esta forma de manifestación no quiere inducir al temor sino a la confianza: en medio de la tormenta, de la oscuridad de la noche y con el viento en contra Jesús va al encuentro de sus discípulos. Podemos entender que la barca zarandeada por el viento es una imagen de la Iglesia, que con frecuencia se mueve en medio de un ambiente hostil y contrario, en circunstancias amenazantes que parecen poner en peligro su supervivencia.

Los discípulos son presa del miedo, sienten que pueden hundirse, y no tienen ojos para reconocer a Jesús que, confortado y fortalecido por la oración en soledad, es capaz de caminar sereno sobre las aguas embravecidas, por encima de peligros y turbulencias. La fe basada en el temor ve fantasmas inexistentes o percibe en los acontecimientos adversos amenazas y castigos por parte de Dios. Pero no es ese el modo de actuar de un Dios que en la solicitud de Jesucristo hacia las masas enfermas y hambrientas ha revelado su rostro paterno. No es, pues, una voz de amenaza lo que nos dirige Jesús, sino de ánimo y de confianza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»

En los tiempos que vivimos, de crisis de fe, de abandono masivo de la práctica religiosa, de hostilidad creciente hacia la Iglesia, podemos sentir también nosotros la tentación del temor y el pesimismo, incapaces de ver a Jesús caminando con señorío en medio de la tormenta. Es importante que sepamos retirarnos a la soledad para aprender a percibir la voz de Jesús que nos da ánimo y nos invita a disipar el temor. Ahora bien, lo que ha de sustituir al temor no es una arrogancia pretenciosa que ignora los peligros y confía sólo en las propias fuerzas. En la actitud de Pedro hay una curiosa mezcla de fe verdadera y de arrogancia. Por un lado, la petición que dirige a Jesús («Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua») tiene algo de desafío y desconfianza («si eres tú»), que recuerda la tentación que los sumos sacerdotes lanzaron a Jesús en la cruz: «si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40). A veces exigimos que Dios nos muestre sus credenciales haciendo cosas extraordinarias. Pero hay también algo auténtico en esta petición de Pedro: en tiempos de turbulencias y viento contrario no es de recibo esconderse y buscar refugio en la barca.

Esta es también una tentación que debe ser evitada. Cuando pintan bastos algunos cristianos prefieren esconderse, evitar el conflicto, cerrarse sobre sí, aceptando que la fe es sólo una «opción privada», y buscando en la Iglesia un lugar seguro frente a la intemperie. Pero Jesús camina sobre las aguas, en medio de la tormenta, en medio del mundo al que ha venido a salvar a pesar de la hostilidad que le muestra. Como Pedro, hay que estar dispuesto a salir de la barca incluso cuando los peligros acechan. Pero hay que hacerlo con una fe confiada en Jesús, que nos salva de la arrogancia, nos tiende la mano e impide que nos hundamos, enseñándonos que es sólo en Él, y no en nuestras fuerzas, en quien debemos depositar toda nuestra confianza. Sólo así podremos caminar también sobre las aguas de la adversidad y alcanzar la paz que sólo Jesús nos puede dar. Esta tercera escena del Evangelio de hoy nos evoca estas otras palabras de Cristo: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

Estas son las tres llamadas que resuenan con claridad en el Evangelio de hoy: solicitud hasta el final hacia las gentes necesitadas, encuentro con Dios en la soledad de la oración y, por fin, lo que une indisolublemente el primero con la segunda: la profesión de fe de los Apóstoles («los de la barca»): «Realmente eres Hijo de Dios».


Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,22-33):

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.»
Él le dijo: «Ven.»
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.»
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.



Estamos celebrando el domingo XIX del tiempo ordinario. Creo que un mensaje que nos trasmiten las lecturas de este domingo es que Dios no se impone a la fuerza en la relación personal con el hombre, sino que quiere ser aceptado libremente por él. Efectivamente, la fe es una relación personal entre Dios y el hombre; Dios tiene la iniciativa y el hombre tiene que responder a esa invitación; pero el hombre es libre, le puede decir que no a Dios. También nos recuerdan las lecturas el papel que puede jugar el miedo (los miedos) en esa relación personal que es la fe: nos pueden abrir a una mayor confianza en Dios.

En nuestro modo de transmitir la fe nos puede pasar que queramos obligar a la fuerza a nuestros hijos o nietos a que vengan a la Iglesia; así obraba el profeta Elías, quería imponer a la fuerza a Dios al pueblo de Israel. Elías es un profeta que se ha jugado todo por Dios; muy fogoso, crítico y fulminante. Denuncia al pueblo de Israel que se ha olvidado de la alianza con Dios; por eso es perseguido por la reina Jezabel. En estas circunstancias Dios le lleva al monte de Horeb, al Sinaí, como dice la primera lectura. A Elías le gustaría que Dios fuese como él, demoledor con el enemigo, como aquel discípulo del evangelio que le pidió a Jesús que bajara fuego sobre una ciudad porque no se convertían. Sin embargo, Dios se le revela en el monte no como un viento huracanado, no como un terremoto, no como fuego, sino como una suave brisa. Dios no "arrasa" al hombre, le quiere y le perdona y espera que se abra a él libremente.

En la segunda lectura vemos como San Pablo está dolido porque el pueblo de Israel está cerrado el reconocimiento del Mesías. Este es el misterio de la fe: el hombre le puede decir que no a Dios. Pablo dice, incluso, que le gustaría ser un proscrito lejos de Cristo por el bien de sus hermanos. Después de ser hijos, tener la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas, no reconocen al Mesías.

El texto del Evangelio que tenemos este domingo, cuenta cómo Jesucristo se acerca a sus discípulos andando sobre el agua, también lo podemos situar en este contexto de la fe como relación personal. Jesucristo no se impone a la fuerza, sino que espera que el hombre le pida la salvación, como hizo San Pedro. Este pasaje también da pie para ver qué papel pueden jugar los miedos en esa relación personal con Dios. Jesús dice: "¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!". A Pedro le entró miedo, cuando iba andando sobre el agua, y empezó a hundirse; en ese momento dice: "¡Señor, sálvame!".

El ser humano es un ser miedoso. Tenemos miedo de muchas cosas: a la muerte, al sufrimiento y al dolor, a la incomprensión, al ridículo, a la soledad, a perder lo que tenemos... El miedo, en cualquier caso, nos paraliza, nos hace vivir encogidos, al acecho, a la defensiva, nos hace caer. Imaginaos que hay que cruzar un río por un tronco redondo; lo cruzará mejor quien tenga menos miedo, quien tenga miedo casi seguro que se caerá al río.

Hay personas a las que los miedos les llevan a dudar de Dios, les cierran a Dios, pues le culpan de su situación: "¿Por qué has permitido que me pase esto?".

Sin embargo el papel que debería desempeñar el miedo en la relación personal con Dios es el que hace que un niño en mitad de una tormenta se aferre a la mano de su padre; es decir, nos debería acercar más a Dios y confiar más plenamente en él. Como pasó con San Pedro: "¡Señor, sálvame!", ó como pasó con los discípulos, que les llevó a reconocer a Jesús: "Realmente, eres Hijo de Dios".

Así habla Fernando Sebastián en el Curso de Verano de la Universidad Juan Carlos I, en una ponencia llamada SECULARIZACIÓN Y FE (22 de julio de 2.005): "Los jóvenes no ven la importancia de lo que se les dice, no son capaces de valorarlo, les parece aburrido, inútil, molesto. No les interesa, no les atrae, no les dice nada. No entra en su mundo de valores, de intereses, de proyectos. Están en otro mundo cultural, antropológico, moral. Se sienten a gusto en otra concepción de la vida, centrada en sí mismos, dominada por el ideal de una vida fácil, abundante, sin exigencias éticas ni compromisos de ninguna clase, abandonada al ritmo que se supone espontáneo de la felicidad de cada momento, sin grandes proyectos, sin hacerse preguntas incómodas, sin aceptar limitaciones ni ingerencias en el sueño de una vida desinhibida y feliz, de un mundo abundante puesto al alcance de su mano. La vida es tan divertida y tan mediocre como un inmenso supermercado.

En esta situación no les resulta fácil entrar de verdad en la vida cristiana, se encuentran cómodos en la indiferencia religiosa, sin compromisos ni problemas de ninguna clase, pacíficamente instalados en una vida que ofrece lo que tiene y que tratan de aprovechar al máximo. Hasta que algún contratiempo, algún desengaño fuerte les hace ver la inconsistencia de todo el sistema. Este puede ser un momento de desesperación o de gracia. Esa es nuestra responsabilidad".

La JMJ es ciertamente un espacio para el encuentro con Jesucristo. Ojalá y esos jóvenes sean capaces de discernir todo lo que van a vivir y lo lleven al resto de jóvenes con los que conviven, que pueden estar en ese "eclipse de Dios".

Así, pues, el mensaje de este domingo podría ser: Dios está esperando que te abras totalmente a él; si en tu vida experimentas algún miedo, ¿no será una llamada de Dios para que confíes más en él?







Fuentes:

Iluminación Divina,
Jose A, Pagola
Pedro Crespo Arias,
José Maria Vegas, cmf ,
Ángel Corbalán

sábado, 16 de julio de 2011

"...los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga." (Evangelio dominical)


"tu soberanía universal te hace perdonar a todos... en el pecado, das lugar al arrepentimiento";



Con una audacia desconocida, Jesús sorprendió a todos proclamando lo que ningún profeta de Israel se había atrevido a decir: "Ya está aquí Dios con su fuerza creadora de justicia abriéndose camino en el mundo para hacer la vida de sus hijos más humana y dichosa". Es necesario cambiar. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.

Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían no pocas dudas. ¿No era todo una locura?

¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma?

Un día Jesús contó una parábola muy breve. Es tan pequeña y humilde que, muchas veces, ha pasado desapercibida para los cristianos. Dice así: «Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado».

Aquella gente sencilla sabía de qué les estaba hablando Jesús. Todos habían visto a sus madres elaborar el pan en el patio de su casa.

Sabían que la levadura queda "escondida", pero no permanece inactiva. De manera callada y oculta lo va fermentando todo desde dentro.
Así está Dios actuando desde el interior de la vida. Dios no se impone desde fuera, sino que transforma a las personas desde dentro. No domina con su poder, sino atrae con su amor
hacia el bien. No fuerza la libertad de nadie sino que se ofrece para hacer más dichosa nuestra vida. Así hemos de actuar también nosotros si queremos abrir caminos a su reino.



Está comenzando un tiempo nuevo para la Iglesia. Los cristianos vamos a tener que aprender a vivir en minoría, dentro de una sociedad secularizada y plural. En muchos lugares, el futuro del cristianismo dependerá en buena parte del nacimiento de pequeños grupos de creyentes, atraídos por el evangelio y reunidos en torno a Jesús.

Poco a poco, aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Ya no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. No gastaremos nuestras fuerzas en grandes operaciones de imagen. Buscaremos lo esencial.
Caminaremos en la verdad de Jesús.

Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como "fermento" de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de "sal" que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiaremos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.

El misterio del mal y la paciencia de Dios


La parábola del sembrador respondía al desaliento de los discípulos por la aparente falta de frutos de la predicación del Evangelio. La parábola del trigo y la cizaña responde a una forma más dramática de desconcierto en los discípulos de Jesús y que, por tanto, todos nosotros podemos experimentar. Es el que procede del escándalo del mal en el mundo y en la Iglesia. No se trata sólo de que la Buena Noticia se extienda con gran dificultad, hasta el punto de que nos pueda parecer que la misión de la Iglesia es un esfuerzo estéril. Es que además, con frecuencia, tenemos la sensación de que el mal es mucho más poderoso que el bien y se impone con mayor velocidad y eficacia. Y no se trata sólo del mal “en el mundo”, sino también en el campo de la Iglesia, en medio de aquellos que han acogido la buena semilla de Jesucristo. Esta es en verdad una gran causa de escándalo para creyentes y no creyentes, para miembros de la Iglesia y para los que se sienten fuera de ella. El mal (y hoy hablamos sólo del mal moral, el que depende exclusivamente de la voluntad del hombre), que parece dominar por todo el mundo en forma de injusticia, violencia, corrupción, pobreza, marginación, desigualdad y un etcétera que se podría prolongar casi indefinidamente, se hace presente también en la Iglesia: allí donde la semilla de la Palabra ha encontrado buena tierra y debería producir frutos sobreabundantes de vida nueva resulta que crecen también los amargos frutos del mal que Jesucristo ha venido a combatir.

El escándalo puede llegar hasta el punto de estar tentados de culpar al sembrador del crecimiento de la mala semilla. Es la clásica objeción que se ha esgrimido tantas veces contra Dios: si el Creador hizo todo de la nada y lo hizo bueno, y muy bueno (cf. Gen 1, 31), ¿cómo explicar la presencia del mal en el mundo? O Dios quiere eliminar el mal y no puede, y entonces no es todopoderoso, o puede y no quiere, y entonces no es bueno; en los dos casos parece que no se puede aceptar la existencia de Dios.

En la parábola de Jesús, pese a su aparente simplicidad, existen indicaciones muy profundas para entender la respuesta a estas graves objeciones. En primer lugar, Dios no ha creado un mundo totalmente acabado, sino sometido a la ley del crecimiento: ha sembrado buenas semillas que deben dar buenos frutos. Pero para que ese proceso llegue a buen puerto es necesaria nuestra colaboración. Dios nos ha confiado parte de esta tarea, y nos ha dado libertad y autonomía para realizarla responsablemente. Esto significa que, aunque es verdad que todo lo que Dios ha creado es bueno, esa bondad está llamada a crecer y perfeccionarse. Y esto, que se cumple en todo el mundo, es especialmente patente en el hombre. Precisamente porque ha recibido la semilla de la razón y la libertad, el hombre es responsable del mundo que Dios le ha confiado y, sobre todo, de sí mismo y de sus hermanos.

La semilla de la cizaña fue sembrada mientras “la gente dormía”. Vivir responsablemente es vivir en vela, con los ojos abiertos, sin abdicar de esa responsabilidad. Aquí dormir no significa simplemente descansar, sino desentenderse, vivir irresponsablemente, no asumir como se debe la propia libertad, abusar de ella. Es entonces cuando “el enemigo” aprovecha para sembrar la mala semilla. Es interesante subrayar que las buenas obras se siembran a plena luz, tienen un carácter sincero, abierto y sin tapujos, mientras que el mal se esconde, actúa a hurtadillas, tratando de cargar la responsabilidad sobre aquél que creó el bien y sembró la buena semilla. De ahí la pregunta de los criados, que bien podría ser un reflejo de las objeciones contra Dios de las que hablamos antes: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Cuando el señor responde que lo ha hecho “el enemigo”, podemos entender a ese enemigo de muy diversas formas: puede ser el diablo, pero también nosotros mismos cuando nos dejamos llevar de nuestros intereses egoístas y desoímos la Palabra de Dios, y nos negamos a realizar la tarea a la que Dios nos ha llamado. El denominador común de ese enemigo sembrador de cizaña es la libertad personal. Así que la cuestión es que existen actitudes, formas de vida, opciones vitales que se hacen libremente enemigas de Dios y de su obra y que siembran el mal en el mismo campo en el que Dios ha depositado la buena semilla.

La respuesta sobre el origen del mal (que aquí sólo mencionamos de pasada) abre otra cuestión, que es la principal en el Evangelio de hoy: qué hacer ante la presencia del mal. La propuesta de los criados es una tentación permanente que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y que ha producido no pocos destrozos y sufrimientos: ir y arrancar la cizaña que ha empezado a despuntar junto con el trigo. No debemos entender la respuesta del dueño del campo como una llamada a la pasividad, como si ante la presencia del mal debiéramos simplemente no hacer nada, dejándolo campar por sus respetos, sin defendernos de él ni tratar de que triunfe la justicia. Son muchas las palabras de Jesús en el Evangelio las que nos hablan de una actitud comprometida con la causa del bien, de una resistencia activa ante las fuerzas del mal, empezando por el que encontramos en nosotros mismos.

Pero cuando Jesús nos dice que no hay que arrancar la cizaña, para no arrancar al mismo tiempo el trigo, nos está diciendo que en la lucha contra el mal no podemos caer en la tentación de usar las mismas armas de aquello que combatimos. Es la tentación de pensar que el fin (bueno) justifica los medios (malos), que la causa de la verdad se puede defender con la imposición violenta, la de la justicia, con el engaño, la de la paz, con la injusticia. Cuántas veces a lo largo de la historia se ha querido implantar el bien, la justicia, la libertad o la igualdad al precio de pasar por encima de los derechos y hasta la sangre de los inocentes; cuántas veces se ha querido acabar con el mal a base de “cortar por lo sano” y haciendo pagar a justos por pecadores.


También en la historia de la Iglesia podemos encontrar por desgracia episodios de este tipo (tal vez menos de los que se dicen, pero siempre más de los que serían de desear). La tentación es tan fuerte, que hasta Jesús llegó a sentirla: “todo esto (todos los reinos del mundo) te daré, si te inclinas y me adoras” (Mt 4, 9; Lc 4, 7); es la tentación de servir al bien sirviéndose del mal, de extender el reino de la luz usando los métodos del reino de las tinieblas. Es claro que cuando esto sucede no sólo no eliminamos el mal (la cizaña), sino que destruimos los frutos de la buena semilla. Y los que se pretenden justicieros de esa manera, se convierten, a sabiendas o no, en “enemigos” que, queriendo arrancar la cizaña, en realidad están arrancando el trigo y sembrando semillas de futuras cizañas.

Es necesario combatir el mal, pero sólo con las armas del bien, y esto requiere la fe, la esperanza y la paciencia a la que Jesús nos llama en el Evangelio de hoy: renunciar absolutamente a la injusticia, al engaño, a todo abuso de poder, a toda contravención de los derechos ajenos, a toda violencia injustificada. Para actuar así tenemos que soportar una cierta porción de mal, que es, por cierto, el corazón de la verdadera tolerancia, pero sólo de esa manera evitamos contagiarnos del mal que queremos combatir. Además, de este modo imitamos la paciencia de Dios con el tiempo de la historia, el tiempo en el que los hombres estamos llamados a cuidar y hacer crecer la buena semilla sembrada por Dios; e imitamos a Jesucristo, que echó las semillas del Reino sin imposiciones ni violencia, sin ceder a la tentación (en el fondo absurda, pero que nos acosa sin cesar) de ganar el mundo para Dios inclinándose ante el diablo. En él la paciencia de Dios se ha convertido en pasión, en padecimiento: el precio de la cruz, que Jesús asumió por no ceder a las insidias del diablo.

Que todo esto no tiene nada que ver con la pasividad que baja las manos ante los embates del mal se ve en la gran posibilidad que siempre tenemos frente a ese poder oscuro, de la que nos habla tan hermosamente la primera lectura: la posibilidad del perdón. La omnipotencia creadora de Dios no tiene nada que ver con la capacidad de destrucción, sino que se manifiesta en el perdón, la indulgencia, la paciencia. “El justo debe ser humano”: el Justo y fuente de toda justicia se ha hecho humano en Jesucristo, y en él, que ha cargado sobre sí los pecados del mundo, vemos cómo Dios, ante el pecado y el mal, nos da lugar al arrepentimiento, nos ofrece su perdón. También nosotros, discípulos de Jesús, debemos combatir el mal, no siendo prontos a condenar y arrancar, sino ofreciendo la fuerza divina y creadora del perdón. Dios cree en nosotros, cree que podemos cambiar; Dios no se cansa de esperar en nosotros, tiene la esperanza de nuestra conversión. ¿No deberíamos nosotros, que decimos creer y esperar en Dios, creer y esperar también en nuestros hermanos, también en nosotros mismos? Cuando lo hacemos, tal vez tengamos que soportar con paciencia una cierta dosis de cizaña, pero estaremos sembrando la buena semilla del trigo que Dios arrojó a nuestro mundo con la esperanza de encontrar buena tierra.

Si a veces nos cuesta entender el misterio del mal y la forma en que Dios reacciona ante él, podemos recordar que nuestras debilidades también afectan a nuestra mente y que siempre podemos pedir que el Espíritu venga en ayuda de esta debilidad nuestra; que él, que escudriña los corazones, nos dé la capacidad no sólo de entender, sino también de vivir conforme a la lógica de la paciencia y del perdón de Dios.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,24-43):

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: "Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?" Él les dijo: "Un enemigo lo ha hecho." Los criados le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" Pero él les respondió: "No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero."»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


Escuchamos en estos domingos parábolas sobre el Reino de Dios. El Reino de Dios es un mundo mejor que tenemos que construir los cristianos aquí en la tierra y que llegará a su plenitud en el cielo. Mundo que tenemos que construir desde los valores del Evangelio y no desde los valores de este mundo. El Reino de Dios ha empezado a ser realidad en la persona de Jesucristo. Es un tema central en el mensaje de Jesucristo.

El domingo anterior reflexionamos sobre la parábola del sembrador y los tipos de tierra, que expresa como en la relación con Dios puede haber distintos tipos de respuesta por parte de los hombres. Insiste la parábola sobre todo en los distintos tipos de tierra.

En este domingo XVI del tiempo ordinario vemos las parábolas del trigo y la cizaña, de la mostaza y de la levadura. Las tres tienen en común que hablan del crecimiento del Reino de Dios, independientemente de la respuesta que el hombre dé a la invitación de Dios. El Reino de Dios crece, aunque parezca algo insignificante, como crece la mostaza, que es una semilla muy pequeña, o como crece la masa por la acción de la levadura, que en el volumen de la masa también es algo insignificante.

La parábola del trigo y la cizaña añade, además, que, junto con el Reino de Dios, también crece la cizaña: todo lo que es contrario a los valores del Reino, para resaltar que en este crecimiento Dios no tiene prisa por que se impongan los valores del Reino, sino que es paciente:


En la primera lectura se dice: "tu soberanía universal te hace perdonar a todos... en el pecado, das lugar al arrepentimiento";


y en el texto del Evangelio vemos como Dios es más paciente que los hombres que quieren arrancar enseguida, con el riesgo de equivocarse, la cizaña.

El Reino de Dios crece en nosotros, entre nosotros. Quizá, si somos negativos, estamos incapacitados para descubrir cómo crece el Reino de Dios, porque sólo vemos la maldad que hay alrededor. Pero el Reino está creciendo allí donde se dan los valores del Evangelio, los valores de las bienaventuranzas: justicia, voluntad de Dios, fraternidad, solidaridad, paz, misericordia... En medio de muchas circunstancias de nuestras vidas hay valores del Reino, está creciendo el Reino.

Pero el Reino crece mezclado con la cizaña; es decir, con valores que son antievangélicos: la insolidaridad, el egoísmo, el individualismo, la competencia, la marginación, la incomunicación, la división, el rencor, la envidia... Valores que, no sólo están en otras personas, sino que también están presentes en cada uno de nosotros.

Por eso hay que tener cuidado con ser intransigentes, impacientes, puritanos (que piensan que el mal está en los otros y están incapacitados para ver su propia cizaña) como los criados del evangelio, que querían arrancar enseguida la cizaña, porque nos podemos equivocar. Una familia se fue al campo y para ayudar a su marido – padre, se pusieron a arrancar las malas hierbas; el campo era un melonar con sandias entremezcladas. Por falta de conocimiento, arrancaron todas las plantas de las sandias, pensando que eran "pajitos" (malas hierbas). A veces somos más papistas que el Papa, más santos que Dios.

La celebración de hoy es una invitación a parecernos más a Dios, para que el Reino pueda ir creciendo en nosotros. Dios es PACIENTE, como nos deja entrever la parábola del trigo y la cizaña, y es CLEMENTE y MISERICORDIOSO, como nos dice el salmo responsorial. Son atributos de Dios en relación con el hombre: Dios siempre nos da una oportunidad más para colaborar en la construcción del Reino de Dios: tiene paciencia con nosotros, es misericordioso; es decir, pone su corazón en nuestras miserias, para sanarlas, para mostrarnos su perdón y su compasión; y es clemente; es decir, es justo con el ser humano y su justicia es siempre misericordiosa, comprensiva.

A esto nos invita la celebración de este domingo: a no querer arrancar la cizaña que hay en los demás, sino a ser misericordiosos, pacientes, clementes, con los demás, como lo es Dios con nosotros. Quizá así podamos comprobar cómo, misteriosamente, lo negativo, la cizaña, se transforma en trigo. Sólo el amor puede hacer cambiar a los demás, sólo el amor nos puede transformar a nosotros mismos.







Fuentes:
Iluminación Divina
José María Vegas, cmf
Pedro Crespo Arias
José A. Pagola
Ángel Corbalán