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domingo, 26 de junio de 2022

«Sígueme» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestro seguimiento de Cristo. Importa saber seguirlo como Él lo espera. Santiago y Juan aún no habían aprendido el mensaje de amor y de perdón: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» (Lc 9,54). Los otros convocados aún no se desprendían realmente de sus lazos familiares. Para seguir a Jesucristo y cumplir con nuestra misión, hay que hacerlo libres de toda atadura: «Nadie que (...) mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62).

Con motivo de una Jornada Misionera Mundial, San Juan Pablo II hizo un llamamiento a los católicos a ser misioneros del Evangelio de Cristo a través del diálogo y el perdón. El lema había sido: «La misión es anuncio de perdón». Dijo el Papa que sólo el amor de Dios es capaz de hermanar a los hombres de toda raza y cultura, y podrá hacer desaparecer las dolorosas divisiones, los contrastes ideológicos, las desigualdades económicas y los violentos atropellos que oprimen todavía a la Humanidad. Mediante la evangelización, los creyentes ayudan a los hombres a reconocerse como hermanos.






Si nos sentimos verdaderos hermanos, podremos comenzar a comprendernos y a dialogar con respeto. El Papa ha subrayado que el empeño por un diálogo atento y respetuoso es una condición para un auténtico testimonio del amor salvífico de Dios, porque quien perdona abre el corazón a los demás y se hace capaz de amar. El Señor nos lo dejó dicho en la Última Cena: «Que os améis los unos a los otros, así como Yo os he amado (...). En esto reconocerán todos que sois discípulos míos» (Jn 13,34-35).

Evangelizar es tarea de todos, aunque de modo diferente. Para algunos será acudir a muchos países donde aún no conocen a Jesús. A otros, en cambio, les corresponde evangelizar a su alrededor. Preguntémonos, por ejemplo, si quienes nos rodean saben y viven las verdades fundamentales de nuestra fe. Todos podemos y debemos apoyar, con nuestra oración, sacrificio y acción, la labor misionera, además del testimonio de nuestro perdón y comprensión para con los demás.



 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,51-62):




Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él.
Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron:
«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
El respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

 


 

Las Lecturas de hoy nos hablan de escogencia y de seguimiento a Dios, y de la respuesta que Él espera de nosotros.

 

La Primera Lectura (1 Rey 19, 16-21) nos habla de la escogencia y consagración del Profeta Eliseo por parte del Profeta Elías.  Eliseo dejó sus posesiones (doce pares de bueyes).  Sólo pidió despedirse de sus padres e inmediatamente siguió a Elías.  Notemos que los afectos familiares están presentes, pero Dios tiene derecho de pedir a cualquiera de nosotros que dejemos todo para seguir su llamado.  En el caso de Eliseo, lo llamó ¡nada menos! que para ser Profeta en lugar de Elías.  Por eso Elías le dice: “Ve y vuelve, porque bien sabes lo que ha hecho el Señor contigo”.

 

En el Salmo pedimos al Señor que nos enseñe nuestro camino: “Enséñame, Señor, el camino de la vida”.  “Yo siempre he dicho que Tú eres mi Señor”.  Es decir, Dios es nuestro Dueño.  ¡Qué fácil decir esto!  Pero ¡qué difícil aceptarlo y practicarlo!  Porque nos creemos nuestros propios dueños.  Y no es así.  Bien rezamos en el Salmo: “mi vida está en sus manos”.  Tan en manos de Dios está nuestra vida que ¡cada latido de nuestro corazón depende de Él!

 

En la Segunda Lectura (Gal 5, 1 y 13-18) San Pablo nos habla de la libertad.  “Cristo nos ha liberado, para que seamos libres”.  Sí.  Cristo nos liberó del secuestro en que nos tenía el Demonio.  Después de la redención de Cristo somos libres del pecado y de la muerte en que nos tenía Satanás.  Por eso San Pablo nos advierte de que no volvamos a caer en lo mismo.  “No se sometan de nuevo”.  Nuestra vocación, nos dice el Apóstol, “es la libertad”. 

 

Y entonces, nos habla del recto uso de la libertad.  Libertad no es libertinaje.  Libertad no es hacer lo que a uno le venga en gana.  Eso sería “tomar la libertad como un pretexto para satisfacer el egoísmo”.  Más bien nos dice que, en esa libertad, debemos hacernos “servidores unos de los otros por amor... pues si ustedes se muerden y se devoran mutuamente, acabarán por destruirse”.  Es lo que vemos a nuestro derredor.

 

Y todo porque no vivimos “de acuerdo a las exigencias del Espíritu”, sino que nos hemos dejado “arrastrar por el desorden egoísta del hombre.  Este desorden está en contra del Espíritu de Dios”.

 

Y ese desorden que promueve el Maligno “es tan radical, que nos impide hacer lo que querríamos hacer”.  Nos impide ser verdaderamente libres.

 


Creemos que somos libres y que estamos siendo libres.  Pero no lo somos.  Somos realmente libres cuando, usando nuestra libertad, nos sometemos libremente a la Voluntad de Dios.

 

En el Evangelio (Lc 9, 51-62) vemos a Jesús “tomando la firme determinación de emprender viaje a Jerusalén, cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo”.  Sabía que allí sería juzgado injustísimamente, para luego morir crucificado.  Y, con "firme determinación”, siguió el camino hacia su inmolación en la cruz.

 

En la ruta se presenta un inconveniente con los samaritanos, quienes no quisieron recibirlo.  Para ir a Jerusalén tenía que pasar por Samaria, pero samaritanos y judíos se despreciaban mutuamente.  Santiago y Juan quieren hacer un mal uso del poder de Dios.  “¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos”?  Jesús, por supuesto, los reprende.  Y decide hospedarse en otra aldea.

 

Y, mientras iba de camino, tres candidatos -pero no a Presidente o a algún cargo público- sino a discípulos de Cristo, se cruzan con ellos. Y esos tres “candidatos” representan a los muchos candidatos a discípulos que el Señor ha tenido y que seguirá teniendo hasta que llegue el fin del mundo.

 

El primero se acerca al Maestro para ofrecérsele como seguidor suyo: “Te seguiré dondequiera que vayas”, le dijo a Jesús.  Y éste le informa de una de las condiciones que tendrá que afrontar: no hay seguridades terrenas.  Al Jesús advertirle: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”, le hace ver que hasta los animales tienen una casa, un sitio donde vivir, pero El no tiene un sitio para dormir.

 

¿Cómo puede ser esto?  ¿Jesús no tenía casa?  Mientras vivió en Nazaret, antes de comenzar su predicación, efectivamente tenía donde vivir.  Pero al comenzar su vida pública andaba como un peregrino, quedándose donde lo recibieran; pasaba las noches orando en un monte, o acampaba en algún lugar en despoblado, es decir, a la intemperie.

 



El hogar es la base de la seguridad terrena.  Y el Señor advierte que quien quiera seguirlo debe desprenderse de las seguridades y ventajas terrenas.  ¿Significa que debemos quedarnos sin casa o habitación?  No.  Al menos no todos.

 

Los que siguen a Jesús en la vida religiosa tienen que tener este desprendimiento especial de no tener hogar propio.  Pero los que no tenemos voto de pobreza y vivimos en el mundo, por supuesto tenemos nuestros hogares, pero debemos aprender a seguir a Cristo sin intereses mezquinos ni segundas intenciones y, además, sin importarnos que el camino a donde nos lleve ese seguimiento pueda tornarse -como de hecho suele suceder- incómodo, difícil, sin seguridades, en confianza ciega a lo que nos vaya exigiendo Dios, llegando -incluso- a la inmolación total.

 

Al segundo candidato Jesús es quien le pide que le siga y éste le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”.  La respuesta de Jesús es fuerte: “Deja que los muertos entierren a sus muertos.  Tú, ve y anuncia el Reino de Dios”.

 

Es probable que la petición del candidato a discípulo no haya sido simplemente para ocuparse del entierro de su padre muerto, sino que era una expresión para significar que quería ocuparse de su padre mientras viviera.  En todo caso, la respuesta del Señor indica que cuando Él llama, desea que se le responda de inmediato, sin retrasos.

 


Porque... ¿qué significa amar a Dios sobre todas las cosas?  Significa ponerlo a Él primero que todo y también primero que todos.  Si Dios urge nuestro servicio, el responderle a Él va primero que todo.

 

Y con relación a la fuerte respuesta de Jesús (“que los muertos entierren a sus muertos”), pareciera que el Señor se refiere a los muertos en sentido espiritual.  Posiblemente “vivos” serían los que Él llama para anunciar el Reino de Dios, y “muertos” los “muertos” a la gracia, que estaban cerrados al mensaje de salvación que Cristo vino a traer.

 

El tercer candidato es probable que ya haya sido seguidor de Jesús, y que le haya pedido autorización para volver por un tiempo a su familia: “Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia”.  La respuesta de Jesús se refiere a la inconstancia: “El que empuña el arado y mira hacia atrás no sirve para el Reino de Dios”.

 

¡Cuántas excusas!  ¡Cuánta falta de perseverancia en el servicio a Dios!  ¡Cuántas marchas y contra-marchas!  Para seguir a Cristo hay que tener, como decía Santa Teresa de Jesús, “una determinada determinación”, que es lo mismo que decir: “una decidida decisión”.  Porque vienen los momentos de decaimiento, desaliento, incomprensiones y persecuciones, y de tentaciones también.  Y -ya lo dice el Señor a este tercer candidato- hay que saber que no hay vuelta a atrás.  Hay que seguir adelante. “¡Más hubiera valido no empezar!”, también exclama Santa Teresa.

 

Todo esto se aplica muy especialmente a los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, pero también se nos pueden presentar momentos decisivos a las demás personas que formamos parte de los seguidores de Cristo.

 



Es en esos momentos cuando necesitamos tener perseverancia.  A veces hasta habría que renunciar a cosas lícitas, como pueden ser los bienes materiales, nuestra seguridad, ciertas comodidades, nuestra realización personal.  Y es que el Señor pueda que nos pida dejar de lado todas o algunas de estas cosas para seguirlo a Él. 

 

 















Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilia.org

domingo, 27 de octubre de 2019

«¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí...» (Evangelio Dominical)





Hoy leemos con atención y novedad el Evangelio de san Lucas. Una parábola dirigida a nuestros corazones. Unas palabras de vida para desvelar nuestra autenticidad humana y cristiana, que se fundamenta en la humildad de sabernos pecadores («¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»: Lc 18,13), y en la misericordia y bondad de nuestro Dios («Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»: Lc 18,14).

La autenticidad es, ¡hoy más que nunca!, una necesidad para descubrirnos a nosotros mismos y resaltar la realidad liberadora de Dios en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Es la actitud adecuada para que la Verdad de nuestra fe llegue, con toda su fuerza, al hombre y a la mujer de ahora. Tres ejes vertebran a esta autenticidad evangélica: la firmeza, el amor y la sensatez (cf. 2Tim 1,7).

La firmeza, para conocer la Palabra de Dios y mantenerla en nuestras vidas, a pesar de las dificultades. Especialmente en nuestros días, hay que poner atención en este punto, porque hay mucho auto-engaño en el ambiente que nos rodea. San Vicente de Lerins nos advertía: «Apenas comienza a extenderse la podredumbre de un nuevo error y éste, para justificarse, se apodera de algunos versículos de la Escritura, que además interpreta con falsedad y fraude».




El amor, para mirar con ojos de ternura —es decir, con la mirada de Dios— a la persona o al acontecimiento que tenemos delante. San Juan Pablo II nos anima a «promover una espiritualidad de la comunión», que —entre otras cosas— significa «una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado».

Y, finalmente, sensatez, para transmitir esta Verdad con el lenguaje de hoy, encarnando realmente la Palabra de Dios en nuestra vida: «Creerán a nuestras obras más que a cualquier otro discurso» (San Juan Crisóstomo).





Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):






En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor






COMENTARIO





Las Lecturas de hoy continúan la línea de los anteriores domingos:  nos hablan de la oración.  Esta vez, de una oración humilde.  Y al decir humilde, decimos “veraz”; es decir, en verdad... pues -como decía Santa Teresa de Jesús-  “la humildad no es más que andar en verdad”.

¿Y cuál es nuestra verdad?  Que no somos nada...  Aunque creamos lo contrario, realmente no somos nada ante Dios.  Pensemos solamente de quién dependemos para estar vivos o estar muertos.  ¿En manos de Quién están los latidos de nuestro corazón?  ¿En manos nuestras o en manos de Dios?

Hay que reflexionar en estas cosas para poder darnos cuenta de nuestra realidad, para poder “andar en verdad”.  Porque a veces nos pasa como al Fariseo del Evangelio (Lc. 18, 9-14), que no se daba cuenta cómo era realmente y se atrevía a presentarse ante Dios como perfecto.

El  mensaje del Evangelio es más amplio de lo que parece a simple vista.  No se limita a indicarnos que debemos presentarnos ante Dios como somos; es decir, pecadores ... pues todos somos pecadores ... todos sin excepción.




La exigencia de humildad en la oración no sólo se refiere a reconocernos pecadores ante Dios, sino también a reconocer nuestra realidad ante Dios.  Y nuestra realidad es que nada somos ante Dios, que nada tenemos que El no nos haya dado, que nada podemos sin que Dios lo haga en nosotros.   Esa “realidad” es nuestra “verdad”.

Comencemos hablando del primer aspecto de la humildad al orar:  el reconocer nuestros pecados ante Dios.   A Dios no le gusta que pequemos, pero debemos recordar que cuando hemos pecado, El está continuamente esperando que reconozcamos nuestros pecados y que nos arrepintamos, para luego confesarlos al Sacerdote.

Recordemos que hay otro pasaje del Evangelio que nos dice que hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierta que por 99 que no pecan (Lc. 15, 4-7).  Así es el Señor con el pecador que reconoce su falta ... sea cual fuere.  Pues puede ser una falta grave o una falta menos grave.  O bien un defecto que hay que corregir.

Pero si tomamos la posición del Fariseo del Evangelio, y ante Dios nos creemos una gran cosa:  muy cumplidos con nuestras obligaciones religiosas, muy sacrificados, etc., etc., y pasamos por alto aquel defecto que hace daño a los demás, o aquel engreimiento que nos hace creernos muy buenos, o aquella envidia que nos hace inconformes, o aquel resentimiento que nos carcome, o aquel escondido reclamo a Dios que impide el flujo de la gracia divina, nuestra oración podría ser como la del Fariseo.

Podríamos, entonces, correr el riesgo de creernos muy buenos y en realidad estamos pecando de ese pecado que tanto Dios aborrece:  la soberbia, el orgullo.





La verdad es que la virtud de la humildad es despreciada en este tiempo.  En nuestros ambientes más bien se fomenta el orgullo, la soberbia y la independencia de Dios, olvidándonos que Dios “se acerca al humilde y mira de lejos al soberbio ” (Salmo 137).

Por eso dice el Señor al final del Evangelio:  el que se humilla (es decir aquél que reconoce su verdad) será enaltecido (será levantado de su nada).  Y lo contrario sucede al que se enaltece.  Dice el Señor que será humillado, será rebajado.

Pero decíamos que este texto lo podemos aplicar también a la humildad en un sentido más amplio.  Si nos fijamos bien los hombres y mujeres de hoy nos comportamos como si fuéramos independientes de Dios.  Y muchos podemos caer en esa tentación de creer que podemos sin Dios, de no darnos cuenta que dependemos totalmente de Dios ... aún para que nuestro corazón palpite.

Entonces ... ¿cómo podemos ufanarnos de auto-suficientes, de auto-estimables, de auto-capacitados?

Nuestra oración debiera más bien ser como la de San Agustín:  “Concédeme, Señor, conocer quien soy yo y Quien eres Tú”.  Pedir esa gracia de ver nuestra realidad, es desear “andar en verdad”.

Y al comenzar a “andar en verdad” podremos darnos cuenta que nada somos sin Dios, que nada podemos sin El, que nada tenemos sin El.  Así podremos darnos cuenta que es un engaño creernos auto-suficientes e independientes de Dios, auto-estimables y auto-capacitados.

Y como criaturas dependientes de El, debemos estar atenidos a sus leyes, a sus planes, a sus deseos, a sus modos de ver las cosas.  En una palabra, debemos reconocernos dependientes de Dios.






Podremos darnos cuenta que nuestra oración no puede ser un pliego de peticiones con los planes que nosotros nos hemos hecho solicitando a Dios su colaboración para con esos planes y deseos.   Podremos darnos cuenta que nuestra oración debe ser humilde, “veraz”, reconociéndonos dependientes de Dios, deseando cumplir sus planes y no los nuestros, buscando satisfacer sus deseos y no los nuestros.

Sobra agregar que los planes y deseos de Dios son muchísimo mejores que los nuestros.  “Así como distan el Cielo de la tierra, así distan mis caminos de vuestros caminos, mis planes de vuestros planes”  (Is. 55, 3).

Reconociéndonos dependientes de Dios, nuestra oración será una oración humilde y, por ser humilde, será también veraz.

Podrá darse en nosotros lo que dice la Primera Lectura (Eclo. o Sir. 35, 15-17; 20-22):  “Quien sirve a Dios con todo su corazón es oído ... La oración del humilde atraviesa las nubes”.  Es decir quien se reconoce servidor de Dios, dependiente de Dios y no dueño de sí mismo, quien sabe que Dios es su Dueño,  ése es oído.

En la Segunda Lectura (2 Tim. 4, 6-8; 16-18)  San Pablo nos habla de haber “luchado bien el combate, correr hasta la meta y perseverar en la fe”,  y así recibir “la corona merecida, con la que el Señor nos premiará en el día de su advenimiento”.  Condición indispensable para luchar ese combate, para correr hasta esa meta, perseverando en la fe hasta el final, es -sin duda- la oración.  Pero una oración humilde, entregada, confiada, sumisa a la Voluntad de Dios.

Reflexionemos, entonces:  ¿Nos reconocemos lo que somos ante Dios:  creaturas dependientes de su Creador?  ¿Somos capaces de ver nuestros pecados y de presentarnos ante Dios como somos:  pecadores? ¿Es nuestra oración humilde, veraz?  ¿Oramos con humildad, entrega y confianza en Dios? ¿Reconocemos que nada somos ante El?


                 
               


Entonces, ante esta verdad-realidad del ser humano, nuestra oración debiera una de adoración.  Y … ¿qué es adorar a Dios?

Es reconocerlo como nuestro Creador y nuestro Dueño.  Es reconocerme en verdad lo que soy:  hechura de Dios, posesión de Dios.  Dios es mi Dueño, yo le pertenezco. 
Adorar, entonces, es tomar conciencia de esa dependencia de El y de la consecuencia lógica de esa dependencia:  entregarme a El y a su Voluntad.





ORACION DE ADORACION




Tú eres mi Creador, yo tu creatura,
Tú mi Hacedor, yo tu hechura,
Tú mi Dueño, yo tu propiedad.
Aquí estoy para hacer tu Voluntad












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org


domingo, 27 de enero de 2019

«Para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Evangelio Dominical)




Hoy comenzamos a escuchar la voz de Jesús a través del evangelista que nos acompañará durante todo el tiempo ordinario propio del ciclo “C”: san Lucas. Que «conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,4), escribe Lucas a su amigo Teófilo. Si ésta es la finalidad del escrito, hemos de tomar conciencia de la importancia que tiene el hecho de meditar el Evangelio del Señor —palabra viva y, por tanto, siempre nueva— cada día.

Como Palabra de Dios, Jesús hoy nos es presentado como un Maestro, ya que «iba enseñando en sus sinagogas» (Lc 4,15). Comienza como cualquier otro predicador: leyendo un texto de la Escritura, que precisamente ahora se cumple... La palabra del profeta Isaías se está cumpliendo; más aun: toda la palabra, todo el contenido de las Escrituras, todo lo que habían anunciado los profetas se concreta y llega a su cumplimiento en Jesús. No es indiferente creer o no en Jesús, porque es el mismo “Espíritu del Señor” quien lo ha ungido y enviado.

                        



El mensaje que quiere transmitir Dios a la humanidad mediante su Palabra es una buena noticia para los desvalidos, un anuncio de libertad para los cautivos y los oprimidos, una promesa de salvación. Un mensaje que llena de esperanza a toda la humanidad. Nosotros, hijos de Dios en Cristo por el sacramento del bautismo, también hemos recibido esta unción y participamos en su misión: llevar este mensaje de esperanza por toda la humanidad.

Meditando el Evangelio que da solidez a nuestra fe, vemos que Jesús predicaba de manera distinta a los otros maestros: predicaba como quien tiene autoridad (cf. Lc 4,32). Esto es así porque principalmente predicaba con obras, con el ejemplo, dando testimonio, incluso entregando su propia vida. Igual hemos de hacer nosotros, no nos podemos quedar sólo en las palabras: hemos de concretar nuestro amor a Dios y a los hermanos con obras. Nos pueden ayudar las Obras de Misericordia —siete espirituales y siete corporales— que nos propone la Iglesia, que como una madre orienta nuestro camino.






Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,1-4;4,14-21):


            



Ilustre Teófilo:

Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Palabra de Dios




COMENTARIO


                   


Uno de los pasajes más impactantes de la Escritura es el que nos trae el Evangelio de hoy (Lc. 1, 1-4 y 4, 14-21).  Es impactante, pero pasa bastante inadvertido, muy probablemente por la discreción de Jesús.  Es aquel momento en que Jesús dice que es a Él a quien se refiere la profecía de Isaías que anuncia la misión del Mesías.

Nos dice el Evangelio que Jesús, habiendo ya realizado su primer milagro en Caná de Galilea, comenzó a enseñar en las Sinagogas.  Es importante notar que existía un solo Templo, el de Jerusalén, donde se celebraban las grandes fiestas judías y había ceremonias en que los Sacerdotes ofrecían sacrificios.  Pero cada pueblo tenía su propia Sinagoga, donde cada Sábado, se celebraba un oficio litúrgico en el que era fácil participar para leer y comentar la Palabra de Dios.

Así fue como Jesús comenzó a darse a conocer:  leyendo y enseñando en las Sinagogas sobre todo de Galilea.  Nos dice San Lucas que “todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región”.

Jesús, entonces, decide ir a Nazaret, el pueblo donde había crecido y vivido.  Y ese Sábado -no por casualidad, sino seguramente porque Dios, así lo dispuso- le tocó “el volumen de Profeta Isaías y encontró el pasaje en que estaba escrito” lo que se refería a la misión del Mesías: “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva ...”

                          


Siempre que se leía este trozo, la gente pensaba en ese personaje misterioso tan esperado por todo el pueblo de Israel.  Pero ese día en que Jesús lee lo dicho sobre Él, se le ocurre rematar la lectura diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.   Que es lo mismo que decir: “Ése de quien habla Isaías soy Yo”.

Imaginemos el asombro de los presentes. ¡Pero cómo es posible!  ¿No es éste Jesús, el hijo del carpintero?  Nazaret era una ciudad pequeña.  Todos lo conocían como un hombre cualquiera.  ¡Y ahora venía a decir que era el Mesías!  La discusión terminó con la sentencia tan conocida de que “nadie es profeta en su tierra”.  Y hasta trataron de empujar a Jesús por un barranco.  Pero Él se les desapareció sin que se dieran cuenta.

Hasta el momento de la aparición de Jesús como el Mesías, Dios había hablado a su pueblo por medio de los Profetas y también por medio de su Ley.

Por cierto, la primera lectura pública de la Ley fue hecha después del regreso del exilio en Babilonia.  Era un momento de celebración, que nos trae la Primera Lectura (Nehemías 8, 2-10).

Todo el pueblo se congregó para oír la lectura de la Ley de Dios.  Esa Asamblea convocada por Nehemías sirvió de modelo para lo que luego se haría en las Sinagogas.  Todos se emocionaron al punto de lágrimas, por estar reunidos de regreso a casa, por poder escuchar juntos la lectura de la Ley de Moisés y por sentirse interpelados por ella.  Fue un momento de gran solemnidad.

                                             


Sin embargo, el momento que nos narra el Evangelio, cuando Jesús en su Sinagoga de Nazaret anunció el cumplimiento de la Profecía de Isaías, era -en realidad- muchísimo más solemne e importante que la gran Asamblea de Nehemías.  Pero parece mucho menos solemne, porque Jesús todo lo hacía en la mayor discreción, además tal vez por la suavidad con que sucedió el hecho y por la modestia de las circunstancias que lo rodearon:  Jesús, un conocido de allí, sin la más mínima muestra de exaltación, lee la Profecía y declara que se estaba cumpliendo en Él.

Y es que había ya llegado el momento, “la plenitud de los tiempos”, en que Dios ya no hablaba por medio de los enviados, ni por medio de la Ley, sino que comenzó a hablar Él mismo.  Pero no le creyeron. “Vino a lo suyos y lo suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11).

Y nosotros... ¿creemos en Jesucristo?  ¿Y creemos en todo lo que nos ha dicho y dispuesto?  ¿Creemos que Él es el Mesías que vino a salvarnos?  ¿Aprovechamos la salvación que Él nos trajo?  ¿Deseamos hacer todo lo necesario para salvarnos?


La Segunda Lectura de San Pablo (1 Cor. 12, 12-30) nos describe el funcionamiento del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia, que la constituimos todos, no sólo los Sacerdotes y Obispos.  Y todos tenemos en ella una función, por poco importante que sea.  Es como la Asamblea de Nehemías:  hombres, mujeres y niños, gobernantes y sacerdotes, todo el pueblo.  En un cuerpo toda parte es importante, pero cada una tiene su función.  En la Iglesia todos somos necesarios.

Además, nos instruye San Pablo sobre la dependencia que los miembros de ese Cuerpo tienen entre sí.  También nos explica cómo cuando un miembro sufre, los demás también sufren.  Si uno está bien, todos reciben ese bienestar.  Si alguno está mal, todos sienten ese malestar.  De allí que nuestra responsabilidad con los demás miembros sea estar bien, estar bien espiritualmente, para que ese bienestar espiritual se comunique a los demás.  De otra manera, si estamos mal espiritualmente, ese malestar se comunica a los demás.

Recalca el Apóstol lo que nos decía en la lectura del Domingo anterior sobre las diversas funciones dentro de la Iglesia: apóstoles, profetas, maestros, los que hacen milagros, los que tienen en don de curar enfermos, los que administran, etc.

Con esto nos está describiendo los diferentes carismas, tanto ordinarios, como extraordinarios, todos necesarios para el buen funcionamiento el Cuerpo, de la Iglesia.

¿Cómo estar bien y cómo cumplir con nuestra función en la Iglesia y en el mundo?  Tenemos instrucciones precisas del Papa Juan Pablo II, quien al comienzo del Tercer Milenio nos entregó una Carta Apóstolica: “Novo Millennio Inuente” (Nuevo Milenio que comienza).

A continuación, las urgencias y prioridades que nos establecía el representante de Cristo en la tierra en este documento, las cuales siguen vigentes hoy:

“Orientar la pastoral cristiana hacia una experiencia de fe sólida, que haga florecer la santidad”: San Juan Pablo II deseaba que todos fuéramos santos.  La santidad es un llamado de Cristo para todos, desde el primero hasta el último en su Iglesia.  Y la santidad es un proceso paulatino que consiste en estar entregados en todo la Voluntad Divina.

                                      



“Una pedagogía eclesial que proponga ideales elevados y no se contente con una religiosidad mediocre”:  Nos pedía metas exigentes.  Nuestra vivencia como cristianos no puede ser “mediocre”, sino elevada.  Y ese ideal elevado no es otro que la misma santidad.  Y ese ideal de santidad nos lleva, no solamente a aceptar los planes de Dios para nuestra vida, porque no nos quede otro remedio, sino que nos lleva a vivir con gusto dentro de la Voluntad Divina.

“Ayudar a redescubrir la oración en toda la profundidad a la que la experiencia cristiana pueda llevarla”: El medio para vivir en santidad y para cumplir nuestra misión no es otro que la oración.  Y nos habla de una oración profunda, tan profunda como a cada cual le sea dada.  Y oración profunda no es solamente repetir oraciones vocales, necesarias sí, pero no suficientes.  El Papa nos está apuntando a la oración de contemplación, de silencio, de recogimiento interior.  Y quiere que “redescubramos” esa fuente maravillosa de gracias que es la oración profunda.

“Alentar la oración personal, pero sobre todo la comunitaria, comenzando por la litúrgica, ‘fuente y culmen’ de la vida eclesial”: La oración personal no basta.  Tiene que estar enraizada en la oración litúrgica, en la Eucaristía.  Y si hemos de orar diariamente, también la oración litúrgica debiera de ser diaria.
“Redescubrir el domingo, Pascua de la semana, haciendo que la Eucaristía sea su corazón”:  El domingo es el “día del Señor”.  El centro del domingo tiene que ser, entonces, la Eucaristía.  ¿Qué significa “redescubrir” el domingo?  Es volver a hacer de ese día el “día del Señor”.

“Proponer de nuevo con fuerza el Sacramento de la Reconciliación”:  La oración es el agua de la vida espiritual.  La Eucaristía es su alimento.  Y el Sacramento de la Reconciliación es la medicina necesaria para cuando la vida espiritual se enferma con el pecado.   De allí que nos pida insistir con fuerza en este Sacramento tan necesario para la salud personal de cada uno y para la salud de todo el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

                                        



“Recordar el primado de la escucha de la Palabra de Dios, a lo que sigue, por su propia lógica el deber del anuncio”:  Para anunciar la Palabra de Dios, hay que escucharla y hacerla vida.  De allí que, al tenerla dentro de nosotros, la Palabra de Dios brota y se esparce.  No queda atrapada en nuestro interior, sino que quien la vive, la anuncia con su ejemplo y con su inevitable predicación.

“Destacar, por tanto, la actual importancia de la ‘nueva evangelización’”:  Todo ese programa anterior lleva, necesariamente, a la ‘nueva evangelización’.  Sin todo lo anterior la evangelización es tarea imposible, pues el actor principal de la evangelización no es el cristiano, sino Cristo mismo.  Y si Cristo no vive en cada uno de nosotros por medio de la Eucaristía y de la oración verdadera, no podrán verse los frutos de evangelización. 






















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 5 de agosto de 2018

«Señor, danos siempre de ese pan (…) Yo soy el pan de la vida» (Evangelio Dominical)




Hoy vemos diferentes actitudes en las personas que buscan a Jesús: unos han comido el pan material, otros piden un signo cuando el Señor acaba de hacer uno muy grande, otros se han apresurado para encontrarlo y hacen de buena fe -podríamos decir- una comunión espiritual: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34).

Jesús debía estar muy contento del esfuerzo en buscarlo y seguirlo. Aleccionaba a todos y los interpelaba de varios modos. A unos les dice: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna» (Jn 6,27). Quienes preguntan: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» (Jn 6,28) tendrán un consejo concreto en aquella sinagoga de Cafarnaúm, donde el Señor promete la Sagrada Comunión: «Creed».

Tú y yo, que intentamos meternos en las páginas de este Evangelio, ¿vemos reflejada nuestra actitud? A nosotros, que queremos revivir esta escena, ¿qué expresiones nos punzan más? ¿Somos prontos en el esfuerzo de buscar a Jesús después de tantas gracias, doctrina, ejemplos y lecciones que hemos recibido? ¿Sabemos hacer una buena comunión espiritual: ‘Señor danos siempre de este pan, que calma toda nuestra hambre’?




El mejor atajo para hallar a Jesús es ir a María. Ella es la Madre de Familia que reparte el pan blanco para los hijos en el calor del hogar paterno. La Madre de la Iglesia que quiere alimentar a sus hijos para que crezcan, tengan fuerzas, estén contentos, lleven a cabo una labor santa y sean comunicativos. San Ambrosio, en su tratado sobre los misterios, escribe: «Y el sacramento que realizamos es el cuerpo nacido de la Virgen María. ¿Acaso puedes pedir aquí el orden de la naturaleza en el cuerpo de Cristo, si el mismo Jesús nació de María por encima de las leyes naturales?».

La Iglesia, madre y maestra, nos enseña que la Sagrada Eucaristía es «sacramento de piedad, señal de unidad, vínculo de caridad, convite Pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura» (Concilio Vaticano II).



Lectura del santo evangelio según san Juan (6,24-35):





En aquel tiempo, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún.
Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»
Jesús les dijo: «Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.»
Le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?»
Jesús les contestó: «La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado.»
«¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron– para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: "Dios les dio a comer pan del cielo."»
Jesús les contestó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.»
Ellos le pidieron: «Señor, danos siempre ese pan.»
Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.»

Palabra del Señor





COMENTARIO





 Hemos oído hablar del maná en el desierto, y hasta usamos este término para significar que no debemos esperar que las cosas nos bajen del cielo, como ese alimento milagroso que fue el maná.

El pasaje de la Biblia que viene como Primera Lectura de este domingo nos narra este prodigio alimentario. (Ex. 16, 2-4 y 12-15).

Los hebreos habían sido sacados de la esclavitud a que estaban sometidos en Egipto en forma más que prodigiosa (las plagas de Egipto, la división del Mar Rojo, etc.).  Y a pesar de todas esas muestras extraordinarias de la atención divina y del poder magnificente de Dios- al encontrarse en el desierto- comenzaron a protestar.

Y a protestar en forma retadora y amarga:

“Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos”.

¡Qué atrevimiento!  Es cierto que protestaban a Moisés y Aarón, pero en el fondo el reclamo era contra Dios.  Y ¿qué hace Dios?




A pesar de la brutalidad del pueblo escogido, les muestra una vez más su amorosa atención y su maravilloso poder.  He aquí la respuesta que envía Dios a través de Moisés a ese pueblo desconfiado:

“Diles de parte mía: ‘Por la tarde comerán carne y por la mañana se hartarán de pan, para que sepan que Yo soy el Señor, su Dios’”.

Imaginemos la escena:  en la tarde se llenaba en campamento de codornices y todas las mañanas amanecía el suelo cubierto de una especie de capa como de nieve que servía de pan.  Dios les daba el alimento material necesario para subsistir en la travesía por el desierto.

Esa atención amorosa de Dios es lo que se denomina en Teología la “Divina Providencia”, por medio de la cual nos da, no sólo el alimento, sino todo lo que verdaderamente necesitamos.  Dios conoce todas nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y verdaderamente se ocupa de ellas.




Pero podríamos preguntarnos ¿por qué, entonces, existe hambre en algunas partes del mundo? ¿Por qué ha habido y hay gobiernos opresores que no se ocupan del bien de sus pueblos?

El problema es que para ejercer su “Divina Providencia” Dios desea que los seres humanos colaboremos libremente en la realización de sus planes.  Y en esto fallamos mucho:  unos, porque causan los males, y otros, por no tratar de aliviarlos y remediarlos.

San Agustín nos enseña que, siendo Dios infinitamente bueno y todopoderoso, no permitiría los males si no es porque es tan todopoderoso que puede sacar un bien del mal.

Si miramos hacia atrás, podremos observar bienes que nos han venido de aparentes males.   O en el futuro podremos ver bienes que van a venir a raíz algún mal que estemos padeciendo.

El problema es que como la perspectiva de Dios es de eternidad, no logramos captarla bien.  Por eso es que debemos ponernos anteojos de eternidad, para poder medio vislumbrar qué es lo que Dios está pretendiendo hacer.




¿Y cuál es esa perspectiva divina?  Dios hace y maneja todo con miras a nuestra salvación eterna.   Por eso a veces nos cuesta ver cuáles son los caminos de su “Divina Providencia”.

La “Divina Providencia” es un misterio, cuya comprensión plena la tendremos cuando pasemos a la eternidad.  Será entonces cuando podremos entender de verdad cómo fue que Dios condujo a la humanidad, inclusive a través de hambrunas, opresiones, dificultades de todo tipo, etc. hasta su fin último que es nuestra salvación eterna.

Es más: aunque creamos que somos nosotros quienes proveemos para nosotros mismos y para los nuestros, estamos equivocados, pues es Dios Quien nos da la capacidad que tenemos de atender nuestras necesidades.

Si fuéramos perceptivos a las gracias divinas, podríamos darnos cuenta de cómo Dios se ocupa de nosotros directamente.

Si nos fijamos bien, seguramente a lo largo de nuestra vida ha habido situaciones en las cuales Dios ha atendido nuestras necesidades más apremiantes, sin que nuestro esfuerzo y trabajo hayan sido lo determinante para lograr el sustento necesario.




Sea de una manera u otra, es Dios Quien se ocupa de “nuestro pan de cada día” (Mt. 6, 11), frase que El mismo nos enseñó a decir en el Padre Nuestro.

Los hebreos protestaron, a pesar de haber visto y vivido las maravillas que Dios hizo para salvarlos de la esclavitud de los Egipcios.  Y nosotros, hombres y mujeres de hoy seguimos protestando, sin darnos cuenta del funcionamiento de la Divina Providencia.

Y seguimos protestando a pesar de que hemos conocido de esos prodigios y de muchísimos más que Dios ha hecho desde aquel remoto momento del éxodo de los israelitas del país de Egipto hace unos 3 1/2 milenios (3.400 años), hasta nuestros días.

Al antiguo pueblo de Israel, Yavé tenía que domarlo, enseñarlo, entrenarlo, pues era de “dura cerviz” (Ex. 32, 9 y 33, 3).  Era un pueblo primitivo, indómito, terco, inculto, rudo.  Pero nosotros ya hemos conocido la salvación que Cristo nos vino a traer, ya hemos conocido el don de Dios.  “Si conocieras el don de Dios” (Jn. 4, 10), dijo Jesús a la Samaritana.  ¡Ya nosotros lo conocemos!  Ya conocemos la Gracia Divina, la Vida de Dios que Cristo nos consiguió al redimirnos.

Con razón San Pablo nos alerta en la Segunda Lectura (Ef. 4, 17 y 20-24), que no debemos vivir como los paganos, con criterios vanos.   Porque, si ya nosotros conocemos a Cristo, si ya El nos ha enseñado a dejar el viejo modo de vivir, “ese viejo yo, corrompido por deseos de placer”, si ya sabemos que Dios se ocupa de nosotros …¡cómo es que aún protestamos a Dios en cuanto nos llega cualquier dificultad!




Lamentarnos de cómo Dios dispone su Divina Providencia es un ejemplo elocuente de eso que reprocha San Pablo de vivir según el antiguo “yo” y de tener criterios vacíos, pues al pensar así estamos olvidando la atención cuidadosa y amorosa de Dios en nuestro diario vivir y también las muchas intervenciones extraordinarias que ha hecho a lo largo de nuestra vida y a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Andamos pendiente solamente o principalmente de la atención de Dios con respecto de los bienes materiales, sean estos verdaderamente necesarios o sean también innecesarios.

Estamos como los israelitas que buscaban a Jesús después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, escena que nos trae el Evangelio de hoy (Jn. 6, 24-35).

Podría tal vez caernos el reproche del Señor:  “Me buscan porque comieron de aquel pan hasta saciarse”.  ¿Cuántos son los que buscan a Dios por lo que Dios es y merece?  Por otro lado, ¿cuántos son los que lo buscan por lo que creen merecer ellos?  ¿No son los más aquéllos que buscan a Dios por cuestiones materiales, por ventajas temporales?´

Santa Teresa de Jesús bien habla de que debemos buscar, no los dones del Señor, sino buscar al Señor de los dones.

Y Jesús es claro en este Evangelio:  “No trabajen (no se afanen) por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la Vida Eterna y que les dará el Hijo del Hombre”.





Así pues, ese alimento diario, que pedimos en el Padre Nuestro y que Dios nos proporciona a través de su Divina Providencia, no es sólo el pan material, sino también -muy especialmente- el Pan Espiritual.  Los hebreos se alimentaron del maná en el desierto.  Era un pan que bajaba del cielo, pero era un pan material.

Sin embargo, nosotros tenemos un “Pan” mucho más especial que “ha bajado del Cielo y da la Vida al mundo”.  Ese Pan espiritual es Jesucristo mismo, Quien nos enseñó a pedir “nuestro pan de cada día”.  El es ese Pan Vivo que bajó del Cielo para traernos Vida Eterna.

Pero para ello es necesario, antes que nada, practicar bien el consejo de Cristo en este pasaje: “La obra de Dios consiste en que crean en Aquél que El ha enviado”.

Nos habla Jesús de la Fe, de la Fe en El como Dios y de la Fe en todo lo que El nos propone y nos pide.  Una de estas proposiciones es la que El anuncia en este pasaje evangélico es la fe de su presencia viva en ese Pan del Cielo que es el Sacramento de la Sagrada Eucaristía, proposición que fue causa de escándalo para los que le seguían, como veremos en las Lecturas de los domingos sucesivos.

Por fe respondemos a Cristo “así es” o “amén” a todo lo que El nos dice, aunque nuestros ojos vean otra cosa:  es un trocito de pan, una pequeña oblea que sabe harina de trigo, pero es Dios mismo.




 Cristo se nos da en alimento, y unirse a El en la Sagrada Comunión es –antes que nada- aceptar la Verdad, inclinando nuestro entendimiento ante su Palabra, que nos dice:

“Yo soy el Pan de la Vida.  El que viene a Mí, no tendrá hambre y el que crea en Mí nunca tendrá sed”.

No nos quedemos pendientes solamente del alimento material.  El pan material es necesario para la vida del cuerpo, pero el Pan Espiritual es indispensable para la vida del alma.  Dios nos provee ambos.

Dios ha dispuesto que el pan material, el cual carece de vida, nos mantenga y conserve la vida del cuerpo.  Y también ha dispuesto para nosotros ese otro Pan Espiritual que es la Vida misma, pues es Cristo con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios.

¡Cómo será la Vida que ese Pan Divino puede comunicar a nuestra alma!  ¡Qué prodigio que la Vida misma pueda ser comida, pueda ser nuestro alimento espiritual!  Quien lo recibe –si lo recibe dignamente- recibe la Vida de Dios misma.




“¡Cuán admirable será la vida del alma en nosotros, que comemos un Pan Vivo, que comemos la Vida misma en la Mesa del Dios Vivo!  ¿Quién jamás oyó semejante prodigio, que la Vida pudiera ser comida?  Sólo Jesús puede darnos tal manjar.  Es Vida por naturaleza; quien le come, come la Vida.  Por eso el Sacerdote, al dar la Comunión dice a cada uno: ‘¡El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la Vida Eterna!’ (*)” (San Columba Marmion en Jesucristo, Vida del alma, 1917).

(*) Nota:  Estas son las palabras que se usan para dar la Comunión en el Rito Extraordinario de la Misa.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org