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domingo, 5 de junio de 2022

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).






Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

 




AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 



Estamos celebrando “Pentecostés”, cincuenta días después de la Resurrección.  De esa cifra, “50”, viene la palabra “Pentecostés”, día de la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, reunidos con la Santísima Virgen María.

 

Jesús había hablado de esto en varias oportunidades y había asegurado a los Apóstoles que después de Él irse, vendría el Espíritu Santo.  Una de las personas a quien habló Jesús sobre el Espíritu Santo fue a Nicodemo.

 

Nicodemo era un judío, perteneciente al grupo religioso de los Fariseos, que tenía una preocupación sincera por conocer la Verdad acerca de Dios y acerca de Jesús.  Era maestro de la Ley, pero quería aprender del verdadero Maestro.  De allí que un día fue de noche, a escondidas, a ver a Jesús, para aprender de Él. (cf. Jn. 3, 1-9).  Tanto aprendió y tanto creyó en Jesús que fue uno de los pocos “valientes” que estuvo para el momento de la sepultura de Cristo (cf. Jn. 19, 39).

 

En esa noche de enseñanza, Nicodemo le pregunta sorprendido a Jesús: “¿Cómo puede volver a nacer un hombre ya viejo?” (Jn 3, 4). ¡Claro!  Tenía que sorprenderse: el Maestro le acababa de decir esto:  “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”. (Jn 3, 3-7)

 

Ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: “El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba”. (Jn 3, 3-7)

 

Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (cfr. Hech.  2, 1-11 y 5, 17-41).   Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros puestos y envidiosos entre ellos.  Además, tenían muchísimo miedo de que los ubicaran como seguidores de Jesús, no fuera que corrieran su misma suerte.

 


Pero luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, cambiaron totalmente:  se lanzaron a predicar sin ningún temor, llenos de sabiduría divina, con un poder de comunicación especial dado por el Espíritu Santo.  En el idioma que fuera necesario, llamaban a todos -judíos y extranjeros- a la conversión.

 

A los que creían en el mensaje de Jesucristo Salvador, los iban bautizando.  Así comienzan a formar nuevos discípulos y comunidades de cristianos.  Además, asistían a los necesitados.

 

Los torpes de antes comienzan a actuar con la Sabiduría de Dios.  Los envidiosos de antes asumen cada uno el lugar que le corresponde en la Iglesia de Cristo.  Los temerosos de antes sufren persecuciones y llegan incluso a sufrir el martirio.

 

Así comenzó la primera evangelización. Ahora en nuestros días, al comienzo de este Tercer Milenio, los Papas (Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco) y los Obispos nos están llamando a realizar una “nueva evangelización”.  Pero para eso necesitamos ser transformados por el Espíritu Santo, como los Apóstoles en Pentecostés.

 

Nos dijo el Papa Juan Pablo II que el objetivo prioritario de la “Nueva Evangelización” es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos (TMA 42).  Y Benedicto XVI ha creado el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, para impulsar la re-evangelización del mundo, comenzando por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.  Y el Papa Francisco continúa con los planes para la nueva evangelización.

 

Y ¿por qué es necesaria la Nueva Evangelización?  Porque la mayoría de los hombres y mujeres de este Tercer Milenio nos hemos alejado demasiado de Dios.

 

Unos, porque queremos valernos por nosotros mismos, estando a espaldas de Dios.

 

Otros, porque hemos dejado enturbiar y hasta apagar la fe cristiana con elementos provenientes del paganismo.

 



Otros, porque nos hemos dejado convencer con los errores de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos, que tienden a asemejarse a la Iglesia de Cristo, pero no lo son.

 

Otros, porque creemos que la religión es cosa que se diseña a la medida de cada cual, como quien escoge lo que va a colocar en un carrito de supermercado, o como quien usa los ingredientes que desee para preparar una receta de cocina.

 

Estamos a riesgo de perder hasta la misma civilización con todos los ataques que hay no sólo contra la Iglesia sino contra Dios, no sólo contra la religión sino contra la misma civilización, y no sólo contra la fe, sino contra la misma razón.

 

¿Nos damos cuenta de las ideas nocivas que están siendo inyectadas a la cultura y a nuestro modo de ver las cosas?  ¿Nos damos cuenta que estas ideas ni siquiera son racionales?  Por ejemplo:  las nuevas concepciones de la persona humana (sobre todo en cuanto al género), las nuevas ideas sobre la pareja humana y la familia ¿serán racionales?

 

Entonces, para que nuestra generación no pierda la fe y hasta la misma racionalidad, debemos “volver a nacer” de lo alto, debemos nacer del Espíritu Santo.

 

Por ello, esa Fe que recibimos en el Bautismo necesita ser purificada de toda confusión y necesita ser fortalecida, para que cada cristiano pueda dar testimonio de Cristo.

 

Y… ¿en qué consiste dar testimonio de Cristo?  Es ser y vivir, pensar y actuar como Cristo lo haría si estuviera en nuestro lugar.  Precisamente en esto consiste evangelizar.  Básicamente en eso consiste la “nueva evangelización” a la cual el Papa Juan Pablo II nos llamó, y la re-evangelización que quiso impulsar Benedicto XVI y que continúa Francisco.

 



Pero, para poder ser y actuar como Cristo, tenemos que “volver a nacer”;  es decir, tenemos que nacer del Espíritu Santo.

 

¿Cómo sabemos que hemos nacido del Espíritu Santo?  Veamos algunos síntomas:

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que Dios es lo más importante en su vida.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que quiere vivir para Dios y para lo que Él le indique.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que, aunque se ocupe de todo lo que tiene que ocuparse, (trabajo, estudios, familia, amigos, etc.) toda su vida está centrada en Dios.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo sabe que va caminando hacia Dios y su encuentro definitivo con Él, que tendrá lugar al fin de los tiempos o nos llega en el momento de nuestra muerte.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo, además, siente necesidad de comunicarlo a los demás.

 

¿Cómo volver a nacer?  ¿Cómo nacer del Espíritu Santo? ¿Cómo puede suceder esa trasformación?

 

Veamos qué hicieron los Apóstoles. En primer lugar, creyeron y obedecieron el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch. 1, 4-5).

 

En segundo lugar, perseveraban en la oración junto con María, la Madre de Jesús:  “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hch 1, 12-14 y 2, 46).

 

  


El secreto es la oración, la oración con la Santísima Virgen María, la oración diaria y perseverante, como los Apóstoles antes de Pentecostés.

 

Para “volver a nacer” hay que creer en Dios, obedecerlo y orar.  Así “seremos bautizados en el Espíritu Santo”, y seremos guiados por Él para defender a Dios, la Iglesia, la civilización, la Fe y la razón misma.  Que así sea.

 












Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 11 de julio de 2021

«Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos» (Evangelio Dominical)

 



Hoy, Domingo XV (B) del tiempo ordinario, leemos en el Evangelio que Jesús envía a los Doce, de dos en dos, a predicar. Hasta ahora han acompañado al Maestro por los caminos de Galilea, pero ha llegado la hora de comenzar la difusión del Evangelio, la Buena Nueva: la noticia de que nuestro Padre Dios nos ama con un amor infinito y que nos ha traído a la vida para hacernos felices por toda la eternidad. Esta noticia es para todos. Nadie ha de quedar al margen de la enseñanza liberadora de Jesús. Nadie queda excluido del Amor de Dios. Es necesario llegar hasta el último rincón del mundo. Hay que anunciar el gozo de la salvación plena y universal, por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, muerto y resucitado y presente activamente en la Iglesia.

Equipados con «poder sobre los espíritus inmundos» (Mc 6,7) y con un bagaje casi inexistente -«Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’» (Mc 6,8)- inician la misión de la Iglesia. La eficacia de su predicación evangelizadora no vendrá de influencias humanas o materiales, sino del poder de Dios y de la sinceridad, de la fe y del testimonio de vida del predicador. «Todo el impulso, la energía y la entrega de los evangelizadores provienen de la fuente que es el amor de Dios infundido en nuestros corazones con el don del Espíritu Santo» (San Juan Pablo II).

Hoy en día, la Buena Noticia no ha llegado todavía a todas partes, ni con la intensidad que era necesaria. Se ha de predicar la conversión, hay que vencer a muchos espíritus malignos.

Quienes hemos recibido la Buena Noticia, ¿lo sabemos valorar? ¿Somos conscientes de ello? ¿Estamos agradecidos? Sintámonos enviados, misioneros, urgidos a predicar con el ejemplo y, si fuera necesario, con la palabra para que la Buena Nueva no falte a quienes Dios ha puesto en nuestro camino.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,7-13):


                        






En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor



COMENTARIO

 

 



 

Uno de los himnos de alabanza y agradecimiento a Dios más bellos y significativos lo hace San Pablo en la Segunda Lectura de este Domingo.   Es el comienzo de su Carta a los Efesios (Ef 1, 3-14):

 

 “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en El con toda clase de bienes espirituales y celestiales.  El nos eligió en Cristo -antes de crear el mundo- para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, y determinó -por pura iniciativa suya- que fuéramos sus hijos, para que por la gracia que nos ha concedido por medio de su Hijo amado, lo alabemos y glorifiquemos”.

 

¡Maravilloso himno de alabanza y maravilloso programa de vida!  ¡Qué alegría saber que Dios nos eligió -desde antes de crear el mundo- a ser sus hijos y a ser santos y puros ante sus ojos!  Y que este inmensísimo privilegio ha sido por pura iniciativa suya.

 

Esto significa que es Dios Quien ha tomado la iniciativa primero.  Es Dios Quien da el primer paso: es Él Quien nos busca primero y nosotros tenemos la opción de responderle o de no responderle.

 

¿Y en qué consiste responderle?  El indicio nos lo da el mismo San Pablo en este maravilloso himno a los Efesios: “Él nos ha prodigado el tesoro de su gracia... dándonos a conocer el misterio de su Voluntad”.

 

San Pablo nos dice también que podemos ser hijos de Dios.  Y eso, por pura iniciativa divina, y por la gracia que nos ha concedido Dios en su Hijo Jesucristo.

 

Veamos bien: ¿Somos hijos de Dios?  Algunos sí, otros no.   ¿Y no somos hijos de Dios todos?  Creaturas de Dios somos todos, pero hijos de Dios sólo los que cumplen ciertas condiciones.  Al menos eso es lo que nos dice la Palabra de Dios.

 

       



Lo dice San Pablo: “son hijos de Dios los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios” (Rom 8, 14).  Y, no es sólo San Pablo sino también San Juan. Y San Juan lo declara al no más comenzar su Evangelio como para que lo tengamos bien claro desde el principio: “los que lo recibieron, que son los que creen en su Nombre, les concedió ser hijos de Dios” (Jn 1, 11-12).

 

¿Y no somos hijos de Dios por el Bautismo?  Cierto.  El Bautismo nos hace hijos de Dios.  Pero, de hecho, hemos renunciado a ese derecho cada vez que hemos pecado, porque el pecado rompe nuestra relación con Dios.  Pero esa relación se re-establece con el arrepentimiento y la Confesión.  Así, arrepentidos y absueltos, volvemos a ser hijos de Dios.

 

Y ¿qué significará ser hijo, ser hijo de Dios?  Significa que tenemos un Padre, que podemos llamar a Dios “Padre”, porque realmente somos sus hijos… si cumplimos las condiciones de hijos.

 

Por eso “Padre Nuestro” significa primeramente que Dios -que es Padre de Jesucristo- es nuestro Padre también, porque Cristo quiso compartir Su Padre con nosotros... sin nosotros merecerlo.  ¡Por eso es que podemos llamar a Dios “Padre”!

 

Se nos ha dicho que somos “hijos adoptivos” de Dios.  De hecho, otra traducción de Ef 1, 5 lo destaca así: “Determinó desde toda la eternidad que nosotros fuéramos sus hijos adoptivos por medio de Cristo Jesús”.

 

¿Cómo es un hijo adoptivo?  ¿Cuáles son sus derechos?  Es alguien admitido a la familia, que, aunque no es hijo realmente, tiene los mismos derechos.

 

                                 



Pero en el caso de nosotros hijos de Dios, no somos realmente como los hijos adoptivos, porque el padre que adopta no ha comunicado vida al hijo adoptado.  Pero Dios sí nos ha comunicado su Vida.  Podrán llamarnos “adoptados”, pero en el Bautismo hemos recibido la Vida Divina de nuestro Padre del Cielo. 

 

Adicionalmente, somos herederos: “Con Cristo somos herederos también nosotros” (Ef 1, 11).

 

Y ¿cuál es nuestra herencia?  El derecho al Cielo.  Esa es nuestra herencia.  Todos tenemos derecho a esa herencia.  Lo que sucede es que muchos la rechazan (se ponen en contra de Dios) o la cambian por menudencias en esta vida (por los placeres y por apegos materiales, por el pecado).

 

Entonces, el llegar a ser hijos de Dios y heredar el Cielo es una opción.  Una opción abierta a todos, inclusive a los no-cristianos.  Pero esa opción supone condiciones.  Una de estas condiciones es la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo.  Esto es lo que significa el “recibir” a Jesucristo que nos habla San Juan.  Y recibirlo es aceptarlo a Él y aceptar su mensaje de salvación, que incluye todo lo que Él nos ha propuesto y nos exige.

 

Otra condición, que es consecuencia de la fe, es la que propone San Pablo: son hijos de Dios “los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios”. 

 

Y dejarse guiar por el Espíritu de Dios es ir descubriendo y aceptando –incondicionalmente- la Voluntad de Dios para nuestra vida.  Es ir descubriendo “el tesoro de su gracia” encerrado en “el misterio de su Voluntad”.

 

¡Qué maravilla también saber que podemos conocer la Voluntad de Dios Quien nos busca con su Amor infinito para que le respondamos con nuestro amor!  Y su Voluntad es que lo amemos con ese Amor con que Él nos ama: un amor que se abra a Él, un amor que se entregue a Él, un amor que no quiere a nada ni a nadie más que a Él.

 

Y es obvio, porque además Cristo mismo nos lo pide.  Nos pide que tanta gracia y tanto privilegio no se quede represado en nosotros mismos.  Tanto favor no puede ser sólo para el bien personal.  Estamos llamados a comunicarlo a los demás.   Ese Amor debe fluir hacia los demás, nuestros hermanos, porque eso también nos lo exige Cristo.

                            


 

Sin embargo, algunos tienen un llamado más específico.  Sabemos que Dios, dentro de su libérrima libertad (valga la redundancia), escoge a algunos para misiones especiales.  Tal ha sido el caso de los profetas, a quienes Dios suele escoger entre los más sencillos y humildes, de manera que la sabiduría y el poder de Dios se hagan más evidentes.

 

Hubo profetas a lo largo del Antiguo Testamento.  Tal es el caso del Profeta Amós, del cual leemos en la Primera Lectura (Am 7, 12-15).   Nos dice la lectura que ni siquiera venía de una familia de profetas; era un simple pastor y cultivador de higos.  Y Dios lo envía a una tierra desconocida.

 

Y el Sacerdote del lugar lo quería expulsar, dándole unos argumentos poco válidos.  Creía que Amós profetizaba como medio para ganarse la vida.  Amós insiste: yo sólo sé que “el Señor me sacó del rebaño y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo, Israel’”.

 

Es decir, Amós no flaquea, seguro del llamado de Dios que le ordena llevar su mensaje a los israelitas.  Así es el verdadero profeta: sigue ciegamente las instrucciones divinas, no busca su propio interés, ni tampoco busca la aprobación de los hombres, sino que les lleva la palabra de Dios, les guste o no.

 

Hubo profetas antes, pero también los ha habido después.  Y los hay ahora.  Por citar sólo un caso de nuestra era: ¿qué son, por ejemplo, los pastorcitos de Fátima? ... Profetas.  Fueron escogidos de entre los sencillos, humildes y desconocidos -pastores como era Amós- para comunicar a la humanidad un mensaje divino que les dio la Madre de Dios.

 

Si en ciertos casos Dios no ha escogido a gente desconocida, sencilla y humilde para sus misiones, los escogidos necesariamente deben llegar a ser sencillos y humildes.  Y esta transformación sucede por la fuerza de la gracia divina y por su respuesta a esa escogencia y a esa gracia.

 

A otros los escoge Dios como Apóstoles.  Tal fue el caso de los 12: sencillos, humildes y desconocidos también.  Y a éstos, nos dice el Evangelio de hoy (Mc 6, 7-13), los envió Jesucristo de dos en dos a predicar el arrepentimiento de los pecados, la conversión.  Les ordenó llevar para sus misiones sólo lo estrictamente necesario, para así estar entregados totalmente a la Providencia Divina, confiando plenamente en Dios, que nos da todo lo que realmente necesitamos para nosotros mismos y para el cumplimiento de la misión encomendada.

                                



 

Este Evangelio nos narra lo que fue la primera misión de Jesucristo, el primer envío que hace de sus escogidos.  Más detalles sobre esta misión pueden verse en el relato de San Mateo (Mt 10, 5-16).  Él mismo fue uno de los misioneros, ya que era uno de los 12.

 

En San Mateo tenemos una información adicional sobre la instrucción acerca del sitio de hospedaje: “En todo pueblo o aldea que entren, vean de qué familia hablan en bien y quédense allí hasta el momento de partir”.  ¿Por qué quedarse allí todo el tiempo?  La misión no era una actividad de relaciones públicas.  No se trataba de ir hospedándose en varios sitios para ir complaciendo a todos, sino más bien ubicar un sitio desde donde se irradiara la acción misionera.

 

El Señor ya estaba formando comunidad en la Iglesia que estaba comenzando a instaurar.  Los envía de dos en dos, como para que su palabra no vaya por la boca de uno solo, sino que sea la expresión de un grupo, de una comunidad unidos por una misma fe.  Posiblemente esta sea la misma razón por la cual pide que esa fe se irradie desde un solo sitio en cada pueblo: la casa donde se hospedaban desde el primer momento.

 

El uso del aceite también es un detalle importante.  El aceite se usaba entre los judíos como vehículo de sanación física.  El Señor ahora lo usa también como medio de sanación espiritual, pues recordemos que las sanaciones obradas por Dios, en este caso a través de sus Apóstoles, comportaban también principalmente una conversión o sanación espiritual.

 

Dos cosas son ciertas: la primera es que a todos nos ha llamado como apóstoles, como evangelizadores, pues nos dejó el mandato de llevar su mensaje a todas partes. “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación... Y estas señales acompañarán a los que crean:  en mi Nombre echarán los espíritus malos, hablarán en nuevas lenguas ... pondrán manos sobre los enfermos y se sanarán” (Mc 16, 15-18).

 

La segunda, debemos ir a evangelizar con espíritu de pobreza y desasimiento, contando con que nuestra única riqueza es Cristo, su Gracia y la posibilidad de ser “una alabanza continua de su gloria”, tal como lo canta el himno de San Pablo de la Primera Lectura.


                               



Con un programa de vida así, es decir, con una Fe verdadera, con la confianza de saber que cumpliendo de la Voluntad de Dios tenemos el tesoro de su gracia, y poniendo lo recibido al servicio del Señor en los demás, podremos llegar a ser santos e irreprochables ante Él.

 

Y entonces -llegado el momento- nos presentemos así ante el justo Juez y podamos recibir la herencia prometida: el Cielo en el momento de nuestra muerte y la gloria de la resurrección en Juicio Universal al fin de los tiempos.   Que así sea porque hemos llegado a ser verdaderos hijos de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org


domingo, 7 de julio de 2019

«¡Poneos en camino!» (Evangelio Dominical)



Hoy, nos fijamos en algunos que, entre la multitud, han procurado acercarse a Jesucristo, que está hablando mientras contempla los campos rebosantes de espigas: «La mies es mucha, pero los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). De repente, fija su mirada en ellos y va señalando a unos cuantos, uno a uno: tú, y tú, y tú. Hasta setenta y dos...


Asombrados, le oyen decir que vayan, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde Él irá. Quizá alguno habrá respondido: —Pero, Señor, ¡si yo sólo he venido para oírte, porque es tan bello lo que dices!

El Señor les pone en guardia contra los peligros que les acecharán. «¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos». Y utilizando imágenes de costumbre en las parábolas, añade: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias» (Lc 10,3-4). Interpretando el lenguaje expresivo de Jesús: —Dejad de lado medios humanos. Yo os envío y esto basta. Aún sintiéndoos lejos, seguís cerca, yo os acompaño.





A diferencia de los Doce, llamados por el Señor para que permanezcan junto a Él, los setenta y dos regresarán luego a sus familias y a su trabajo. Y vivirán allí lo que habían descubierto junto a Jesús: dar testimonio, cada uno en su sitio, simplemente ayudando a quienes nos rodean a que se acerquen a Jesucristo.

La aventura acaba bien: «Los setenta y dos volvieron muy contentos» (Lc 10,17). Sentados en torno a Jesucristo, le debieron contar las experiencias de aquel par de días en que descubrieron la belleza de ser testigos.

Al considerar hoy aquel lejano episodio, vemos que no es puro recuerdo histórico. Nos damos por aludidos: podemos sentirnos junto al Cristo presente en la Iglesia y adorarle en la Eucaristía. Y el Papa Francisco nos anima a «llevar a Jesucristo al hombre, y conducirlo al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre».




Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-12.17-20):


    



EN aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles:
“El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.
Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».
Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Él les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Palabra del Señor





COMENTARIO.






Las lecturas del día de hoy nos hablan de la virtud de la confianza en Dios y de nuestro deber de evangelizar.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 66, 10-14) se nos habla de la confianza en Dios y se nos da una imagen muy dulce, pero a la vez muy concreta y expresiva de cómo debe ser esa confianza.  Así se nos describe esa imagen:
“Como un hijo a quien su madre consuela, así os consolaré Yo.  Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas”.

Así debe ser nuestra confianza en Dios: como un niño en los brazos de su madre, que sabe que todo lo tiene, pues la madre sabe todo lo que necesita su niño.

Esta Lectura basa la confianza en Dios en su Poder, al concluir así: “Y los siervos del Señor conocerán su Poder”.

                                   



En el Salmo de hoy oramos alabando el poder de Dios y la confianza que hemos de tener en El, cuando hemos dicho: “Admiremos las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres”.  Y también cuando hemos repetido: “Las obras del Señor son admirables”.  Este Salmo recuerda dos portentos que Dios hizo para el pueblo de Israel, mostrándoles su poder sobre la naturaleza: el paso del Mar Rojo (cf. Ex. 14) y el paso del Jordán (cf. Jos. 3).

En la Segunda Lectura (Gal. 6, 14-18), San Pablo nos hace saber que ya el mundo no tiene ningún valor para él, que el mundo y lo que éste significa están muertos para él.  “El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

Y nos trae esta Lectura la famosa frase del Apóstol: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.   Aceptación de la cruz, del sufrimiento, y morir a lo que el mundo nos vende (cosas que nos parecen tan importantes y tan necesarias).  El seguidor de Cristo tiene que vivir como lo indica San Pablo.  No puede vivir de otra manera.

En el Evangelio (Lc. 10, 1-20) hemos escuchado el relato del envío de los 72 discípulos.  Y pareciera que este texto evangélico no tuviera mucha relación con las Lecturas anteriores.  Sin embargo, la forma en que Jesús envía a los 72, requiere de sus discípulos una confianza absoluta en el poder de Dios.

Como “corderos en medio de lobos”,mandó Jesús a los primeros discípulos, 72 en total y en parejas de dos en dos, advirtiéndoles que la cosecha era grande y los trabajadores pocos.  Los mandó por delante de El “a los pueblos y lugares a dónde pensaba ir”.

                                



La frase de los corderos y los lobos ciertamente asusta.  Sin embargo, todos fueron, todos respondieron.

Hoy el Señor nos repite este mandato a todos nosotros que hemos de evangelizar también.

Al decirle a sus discípulos que los envía “como corderos en medio de lobos”, parece anunciarles peligros serios.  Podemos pensar qué puede suceder cuando algunos pobres corderitos se encuentran ante una manada de lobos feroces.  La imagen es fuerte.  Pero sucede que los corderos, sus 72 discípulos, deben confiar no en su propia fuerza, sino en el poder de Dios.

Esto es tan así, que además da a sus discípulos instrucciones muy precisas de que no lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias.  O sea, los envía también aparentemente desprovistos de todo lo necesario desde el punto de vista humano.

Hoy hay lobos feroces también.  Así y todo, hay que evangelizar.

Y ¿qué es evangelizar en esta cultura de hoy?  Es rescatar a esas ovejas que están perdidas en tantos errores convertidos en “verdades”, pero que siguen siendo errores y falsedades.

                                      



¿Ejemplos?  La extendida creencia en ese mito mentiroso y peligroso que es la re-encarnación.  La creencia de que Dios es una especie de spray que está por todos lados y que no se sabe qué es, y menos aún Quién es.  Y mucha gente cree en ese dios difuso que supuestamente es “energía”.  Y así podríamos seguir nombrando supersticiones, engaños, patrañas, que nos alejan de la verdad y del verdadero Dios.

Estos son errores contra la fe.  Y contra la moral ¿en qué situación estamos?  Nos basta ver los resultados: hogares rotos con su estela interminable de problemas, violencia y crímenes por todos lados, corrupción rampante, violación de los derechos más básicos, lo que es bueno ahora es malo y lo malo ahora es bueno…

Y lo que antes era cierto, ahora es lo que uno quiera que sea.  ¡Tremenda confusión!  Si quiero ser mujer, aunque sea en realidad hombre, pues puedo ser lo que se me ocurra o lo que me provoque.  La “dictadura del relativismo”.  Y no sólo en cuanto al género y en cuanto al concepto de familia, sino en lo que sea.

En todo ese mundo de mentiras y anti-valores están las 99 ovejas enredadas en zarzas y en peligro de que las agarren los lobos, y ya no tengan remedio.

                                                  



 ¿Qué hacer, entonces?  Igual que los discípulos que Jesús envió como corderos en medio de lobos”, debemos confiar no en nuestra propia fuerza, sino en el poder de Dios (del verdadero Dios, ¡no del dios spray!).

¿Y qué le sucedió a los discípulos?  Estaban ¡impresionados! de lo que había sucedido.  Llegaron diciéndole a Jesús: “Señor, ¡hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”.  Es decir, el lobo y los lobos, se sometieron a los corderos.

¿Cómo hacer?  Convertirnos en instrumentos de Dios.  Confiar que Dios puede realizar prodigios a través de “corderos”, a pesar de los “lobos”.

¡Pero es que yo no sé Teología!  Cierto que no podemos quedarnos con lo que aprendimos para la Primera Comunión.  Pero no hay que ser teólogos para evangelizar.  Debemos, sí, prepararnos un poquito cada día, leyendo la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica, libros, revistas y sitios web de formación católica, etc., pues hay que estar preparados para defender la Verdad que es Cristo.

Pero lo más importante es llevar al Señor en nosotros y que así el Señor llegue a los demás.  De allí que –primero que nada- debemos llenarnos de El.  ¿Y cómo nos llenamos de El?  En la oración, en la oración frecuente y constante.  En los Sacramentos, en la recepción de los Sacramentos también frecuente y constante.  La oración y los Sacramentos nos van haciendo instrumentos dóciles en las manos del Señor, para que El pueda actuar a través de nosotros.

Es que el apóstol siempre tiene la tentación de creer que el trabajo de evangelizar, el trabajo de convertir almas, el trabajo de llevar la Palabra de Dios a los demás, es obra de él mismo o es logro de él mismo, olvidándose de que es sólo instrumento de Dios, pues es Dios mismo quien actúa en él y a través de él, para hacer su labor en medio del mundo.

Ser instrumento de Dios es ser como una trompeta por la cual pasa el aire.  Quien sopla el aire y quien hace la melodía es Dios; no nosotros mismos.  ¡Nosotros somos solamente trompetas!  Nosotros somos instrumentos.

Los que deseamos responder al llamado a evangelizar, debemos tener esto siempre en cuenta: Evangelizar no es proyectarnos nosotros mismos.  No es soplar la trompeta nosotros.  Es dejar que sea Dios quien lo haga.  Evangelizar no es ni siquiera llevar nosotros al Señor: es sobre todo llevar al Señor en nosotros.

                                                  



 Los discípulos regresaron de su misión “llenos de alegría”.  Lo que más les entusiasmó era que los demonios se le sometían al nombre de Jesús.

El Señor les aclara: Es cierto que les di poder “para vencer toda la fuerza del enemigo y nada les podrá hacer daño.  Pero no se alegren de que los demonios se les someten.  Alégrense, más bien, de que sus nombres están escritos en el Cielo”.

Es decir, lo importante no es el triunfo en la evangelización –aunque pueda haber éxitos visibles y comprobables, los cuales –recordemos siempre- no son nuestros, sino de Dios.  Lo verdaderamente importante es nuestra salvación, que también es obra de Dios y El la realiza si nosotros aprovechamos todas las gracias que nos da para ello a lo largo de nuestra vida.

Así como a los 72, Jesús nos envía hoy a nosotros, a todos los que queramos seguirle.  Ese envío está incluido en esas gracias de salvación que nos da constantemente.  Nos envía, y nos equipa.  Y nos instruye.  Y nos dice qué hacer y qué decir.  Y debemos alegrarnos, no porque los demonios puedan sometérsenos, sino porque nuestros nombres están escritos en el Cielo.

                   



Y ¿qué significa que nuestros nombres están escritos en el Cielo?  Significa que Dios quiere que todos los seres humanos nos salvemos, llegando al conocimiento de la Verdad (cf. 1 Tim.2, 4).  Significa que nuestro camino de santidad está trazado.

Pero recordando siempre:  No hay Evangelización, si no hay vida de Dios en nosotros.  La Evangelización –aunque nos preparemos para ésta con los conocimientos adecuados- se basa en tener confianza en Dios, y no en confiar en nosotros mismos.

¡Cómo vamos a confiar en nosotros mismos si nos dice el Señor que vamos “como corderos en medio de lobos”! 


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.net
Evangeli.org