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lunes, 3 de enero de 2022

«Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria»(Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, el Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret.

Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador).





Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Ibidem). También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos.

He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hace participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño.



 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan [1, 1-18]



En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 


Este segundo domingo de Navidad, después de la fiesta de María Madre de Dios con que abrimos el año nuevo, es una profundización en los valores más vivos de lo que significa la encarnación del Hijo de Dios.

 

 Esta es una de las páginas más gloriosas, profundas y teológicas que se hayan escrito para decir algo de lo que es Dios, de lo que es Jesucristo, y de lo que es el hecho de la encarnación, en esa expresión tan inaudita: el “Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra; con ella crea todas las cosas, como se pone de manifiesto en el relato de la creación de Génesis 1; con ella llama, como su le sucede a Abrahán, el padre de los creyentes; con ella libera al pueblo de la esclavitud de Egipto; con ella anuncia los tiempos nuevos, como ocurre en las palabras de los profetas auténticos de Israel; con ella salva, como acontece con Jesucristo que nos revela el amor de este Dios. El evangelio de Juan, pues, no dispone de una tradición como la de Lucas para hablarnos de la anunciación y del nacimiento de Jesús, pero ha podido introducirse teológicamente en esos misterios mediante su teología de la Palabra.

 

También, en nosotros, es muy importante la palabra, como en Dios. Con ella podemos crear situaciones nuevas de fraternidad; con nuestra palabra podemos dar vida a quien esté en la muerte del abandono y la ignominia, o muerte a quien esté buscando algo nuevo mediante compromisos de amor y justicia. Jesús, pues, también se ha encarnado para hacer nuestra palabra (que expresa nuestros sentimientos y pensamientos, nuestro yo más profundo, lo que sale del corazón) una palabra de luz y de misericordia; de perdón y de acogida. El ha puesto su tienda entre nosotros... para ser nuestro confidente de Dios.

 


El himno y las sentencias que lo constituyen se relaciona con las especulaciones sapienciales judías. El filósofo judío de la religión, Filón de Alejandría, que vivió en tiempos de Jesús, hizo suyas aquellas reflexiones, pero en vez de sabiduría habló de la Palabra divina, del Logos. En el judaísmo «sabiduría» y «palabra de Dios» significaban prácticamente lo mismo. Sobre este tema desarrolló Filón una serie de profundas ideas. En el himno al Logos de Juan han podido influir otras corrientes conceptuales de aquella época. Fuera como fuere, en el texto joánico la idea del Logos tiene una acuñación cristiana propia, una forma inconfundible ligada a la persona de Jesús. Se interpreta, en efecto, esta persona, mediante los conceptos ya existentes sobre la Palabra de Dios, de una manera no por supuesto absolutamente nueva, pero sí profundizada.

 



El Logos, en griego, la Palabra divina, se ha hecho carne, es nuestra luz. Quizás parece demasiado especulativa la expresión. Pero recorriendo el himno al Verbo, descubrimos toda una reflexión navideña del cuarto evangelio. El Verbo ilumina con su luz. La iniciativa no parte de la perentoria necesidad humana, sino del mismo Dios que contempla la situación en la que se encuentra la humanidad. Suya es la iniciativa, suyo el proyecto. En el Verbo estaba la vida y la vida es la luz de los hombres. Por eso viene a los suyos, que somos nosotros. La especulación deja de ser altisonante para hacerse verdaderamente antropológica, humana. Pone su tienda entre nosotros, el Logos, la Sabiduría, el Hijo, Dios mismo en definitiva. ¿Cómo? No como en el el AT, en la tienda del tabernáculo en el desierto, ni en un “Sancta Sanctorum”, sino en la humanidad misma que era la que verdaderamente necesitaba ser dignificada. El hombre es imagen de Dios, y esa imagen se pierde si la luz no nos llega. Y esa luz es la Palabra, Jesucristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.Org

Fray Miguel de Burgos Núñez


domingo, 26 de diciembre de 2021

«Le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, (...) estaban estupefactos por su inteligencia» (Evangelio Dominical)

 



Hoy contemplamos, como continuación del Misterio de la Encarnación, la inserción del Hijo de Dios en la comunidad humana por excelencia, la familia, y la progresiva educación de Jesús por parte de José y María. Como dice el Evangelio, «Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

El libro del Siracida, nos recordaba que «el Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole» (Si 3,2). Jesús tiene doce años y manifiesta la buena educación recibida en el hogar de Nazaret. La sabiduría que muestra evidencia, sin duda, la acción del Espíritu Santo, pero también el innegable buen saber educador de José y María. La zozobra de María y José pone de manifiesto su solicitud educadora y su compañía amorosa hacia Jesús.

No es necesario hacer grandes razonamientos para ver que hoy, más que nunca, es necesario que la familia asuma con fuerza la misión educadora que Dios le ha confiado. Educar es introducir en la realidad, y sólo lo puede hacer aquél que la vive con sentido. Los padres y madres cristianos han de educar desde Cristo, fuente de sentido y de sabiduría.







Difícilmente se puede poner remedio a los déficits de educación del hogar. Todo aquello que no se aprende en casa tampoco se aprende fuera, si no es con gran dificultad. Jesús vivía y aprendía con naturalidad en el hogar de Nazaret las virtudes que José y María ejercían constantemente: espíritu de servicio a Dios y a los hombres, piedad, amor al trabajo bien hecho, solicitud de unos por los otros, delicadeza, respeto, horror al pecado... Los niños, para crecer como cristianos, necesitan testimonios y, si éstos son los padres, esos niños serán afortunados.

Es necesario que todos vayamos hoy a buscar la sabiduría de Cristo para llevarla a nuestras familias. Un antiguo escritor, Orígenes, comentando el Evangelio de hoy, decía que es necesario que aquel que busca a Cristo, lo busque no de manera negligente y con dejadez, como lo hacen algunos que no llegan a encontrarlo. Hay que buscarlo con “inquietud”, con un gran afán, como lo buscaban José y María.



 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,41-52)

                         




Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO.

 

 


La Iglesia nos coloca la Fiesta de la Sagrada Familia enseguida de la Navidad, para ponernos de modelo a la Familia en que Dios escogió nacer y crecer como Hombre.

 

Jesús, María y José.  Tres personajes modelo, formando una familia modelo.  Y fue una familia modelo, porque en ellos todo estaba sometido a Dios.  Nada se hacía o se deseaba que no fuera Voluntad del Padre.

 

El Evangelio (Lc 2, 41-52) nos narra el incidente de la pérdida de Jesús durante tres días y de la búsqueda angustiosa de José y María, que culmina con aquella respuesta desconcertante de Jesús: “¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”.  El Padre y las cosas del Padre de primero.  Así, en la casa de Nazaret todo estaba sometido al Padre.  Jesús mismo pertenece al Padre Celestial, antes que a María y José.

 

La familia está en crisis.  Y seguirá estándolo mientras los esposos y los hijos no tengan como modelo a Jesús, María y José.  Todo en ellos giraba alrededor de Dios.  Como en la Sagrada Familia, con los esposos debe haber un “tercero” que debe estar siempre de “Primero”: Dios.  Entre padres e hijos, debe estar ese mismo “tercero”, (Dios) pero siempre de “Primero”.  De otra manera las relaciones entre los miembros de la familia pueden llegar a ser muy difíciles y hasta imposibles.

 

La presencia de Dios en el hogar, entre los miembros de la familia, garantiza la permanencia de la familia.  Y esa presencia de Dios facilita unas relaciones que, aunque no sean perfectas, como sí lo fueron en la Sagrada Familia, sean lo más parecidas posibles al modelo de Nazaret.

 

Por eso Dios elevó el matrimonio a nivel de Sacramento, para que la unión matrimonial fuera fuente de gracia para los esposos y para los hijos.  Pero... ¿qué sucede, entonces?

 

                             



Para responder, cabe hacernos otras preguntas: ¿Dónde está Dios en las familias?  ¿Qué lugar se le da a Dios en las familias?  ¿Es Dios el personaje más importante en las familias?  ¿Se dan cuenta las parejas que se casan ante el altar, que para cumplir el compromiso que están haciendo al mismo Dios, deben poner a ese Dios de primero en todo?  ¿Se recuerdan de esto a lo largo de su vida de casados?  ¿Ponen a Dios de primero entre sus prioridades?  ¿Enseñan esto a sus hijos?

 

¿Rezan los esposos?  ¿Rezan con los hijos?  “Familia que reza unida permanece unida” es el lema de la Campaña del Rosario en Familia.  ¿Rezan unidas las familias?  ¿Van todos a Misa?  ¿Se confiesan y comulgan?   Sin la oración y los Sacramentos, no es posible la unión familiar y las buenas relaciones entre los miembros de una familia.

 

¿Cómo, entonces, poder cumplir con las exigencias del amor cristiano, que consiste en  pensar primero en el otro, antes que en uno mismo, y en complacer al otro antes de complacerse a sí mismo?

 

¿Cómo cumplir con los consejos que San Pablo nos da en la Segunda Lectura: “Sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando tengan quejas contra otro.  Y sobre todas estas virtudes, tengan amor, que es el vínculo de la perfecta unión”?  (Col 3, 12-21).

 

¿Cómo ser así los miembros de la familia si no obtienen las gracias necesarias a través de la oración y los Sacramentos?  ¿Cómo poder ser así si Dios no está de primero en la vida de cada uno?

La Primera Lectura del libro del Eclesiástico o de Sirácide (Eclo 3, 3-7.14-17) nos trae consejos muy prudentes y oportunos sobre las relaciones entre los miembros de la familia, haciendo un desarrollo muy apropiado del Cuarto Mandamiento: honrar padre y madre.

 




Cuando los miembros de la familia ponen a Dios en primer lugar y buscan a Dios en la oración y en los Sacramentos, es posible seguir estos antiguos consejos que siempre están vigentes.  Con la oración y los Sacramentos, la vida familiar se hace más fácil, los hijos honran a sus padres, éstos se aman y se comprenden mutuamente, aman a los hijos y los educan para que Dios sea también el “Primero” en sus vidas.

 

Ese es el secreto de la felicidad familiar.

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras.

Evangeli.org

Homilias.org.

 


lunes, 25 de diciembre de 2017

«La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros » (Evangelio Navidad)


                                                                  



Hoy, con la sencillez de niños, consideramos el gran misterio de nuestra fe. El nacimiento de Jesús señala la llegada de la "plenitud de los tiempos". Desde el pecado de nuestros primeros padres, el linaje humano se había apartado del Creador. Pero Dios, compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo eterno, nacido de la Virgen María, para rescatarnos de la esclavitud del pecado.

El apóstol Juan lo explica usando expresiones de gran profundidad teológica: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). Juan llama "Palabra" al Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Y añade: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).

Esto es lo que celebramos hoy, por eso hacemos fiesta. Maravillados, contemplamos a Jesús acabado de nacer. Es un recién nacido… y, a la vez, Dios omnipotente; sin dejar de ser Dios, ahora es también uno de nosotros.

                                   



Ha venido a la tierra para devolvernos la condición de hijos de Dios. Pero es necesario que cada uno acoja en su interior la salvación que Él nos ofrece. Tal como explica san Juan, «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). ¡Hijos de Dios! Quedamos admirados ante este misterio inefable: «El Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre para hacer a los hombres hijos de Dios» (San Juan Crisóstomo).

Acojamos a Jesús, busquémosle: solamente en Él encontraremos la salvación, la verdadera solución para nuestros problemas; sólo Él da el sentido último de la vida y de las contrariedades y del dolor. Por esto, hoy os propongo: leamos el Evangelio, meditémoslo; procuremos vivir verdaderamente de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el Hijo de Dios que ha venido a nosotros. Y entonces veremos cómo será verdad que, entre todos, haremos un mundo mejor.





Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):





En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor




COMENTARIO

               





El primer anuncio del Nacimiento de Dios-Hombre fue hecho a los Pastores -a los campesinos de la época- que cuidaban sus rebaños en las cercanías de Belén.  De toda la humanidad, Dios escogió a estos pobres, humildes y sencillos hombres para ser los primeros en llegar a conocerlo.

Un Ángel se les apareció la noche de la Primera Navidad anunciándoles:  “Vengo a comunicarles una buena nueva ... hoy ha nacido el Salvador que es Cristo Señor” (Lc. 2, 11).

Si bien los Pastores sienten “un miedo enorme” cuando “el Ángel del Señor se les apareció y los rodeó de la claridad de la Gloria del Señor” (Lc. 2, 9),  no se sorprendieron ante el anuncio que se les hiciera.

Ellos esperaban al Salvador.  A causa del pecado de nuestros primeros progenitores, la humanidad se encontraba a oscuras, derrotada, pues había perdido el acceso al Cielo.





Los Profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías (Is. 9, 1-3 y 5-6)  nos hablan de que la humanidad se encontraba perdida y en la oscuridad, subyugada y oprimida, hasta que vino al mundo “un Niño”.   Entonces “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una  gran luz ... se rompió el yugo, la barra que oprimía sus espaldas y el cetro de su tirano”.

Isaías profetiza con 700 años de anticipación el nacimiento de un niño que sería “Dios poderoso”, “Príncipe de Paz” , que vendría a establecer un reinado de Paz “para siempre”.

Podemos imaginar, entonces, la alegría que deben haber sentido los Pastores cercanos a la cueva de Belén cuando el Ángel se les aparece en la Noche de Navidad y les dice:  “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo:  hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 1-14)

Se cumple así la esperanza de redención del género humano; es decir, se nos abren nuevamente las puertas del Cielo.  Ya el destino final de los seres humanos no tiene que ser el Infierno.   Por eso San Pablo nos dice que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres ... para que vivamos de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús” (Tt. 2, 11-14).




Y sucedió que mientras el Ángel de Señor les hablaba a los pastores, aumentó el resplandor luminoso que los cubría, al aparecer una multitud de otros Ángeles que “alababan a Dios” cantando una suave y gozosa melodía:  “Gloria a Dios en lo más alto del Cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres” (Lc. 2, 14)

Sabemos que los Pastores creyeron sin dudar lo que se les había anunciado y se dijeron:   “Vamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos dio a conocer” (Lc. 2, 15).

El texto griego dice literalmente: "Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí".Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, El mismo, visible en Aquél que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). (Benedicto XVI-Navidad 2009)




Fueron rápidamente y, tal como les fuera dicho “hallaron a María, a José y al recién nacido acostado en la pesebrera” (Lc. 2,16)

Si Dios el Señor les manifestó a los pastores su presencia en el mundo a través del anuncio angélico, debe haberles también manifestado su Divinidad a éstos, sus primeros visitantes, pues según dicen algunas traducciones de la Escritura “cuando los pastores lo vieron, comprendieron lo que les había sido dicho sobre este Niño”.

La señal de Dios, la señal que ha dado a los Pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en Niño; se deja tocar y pide nuestro amor.  Y así nos invita a ser semejantes a Él en la humildad.  (Benedicto XVI-Navidad 2009)






La gracia de Dios debe haber tocado a estos sencillos hombres muy profundamente, causándoles una fuerte renovación espiritual, por lo cual “después se fueron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído era como se lo habían anunciado” (Lc. 2,20).

Los Pastores son de esos “pobres en el espíritu” que luego Jesús el Salvador menciona en Sus Bienaventuranzas, “que de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5,3) ... Y ese Reino también puede ser nuestro, si somos como los Pastores:  sencillos y humildes, creyeron sin cuestionar y sin dudar, dejaron todo para responder al llamado de Dios, y rápidamente lo buscaron ...  y lo encontraron.


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org 

domingo, 25 de diciembre de 2011

Despiértate! Dios ha nacido y está entre nosotros!!


“Despiértate, hombre: porque por ti Dios se ha hecho hombre” (San Agustín)


“Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros.

Esto es la Navidad: “Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado". Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él”.
Y “porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios”.


El primer anuncio del Nacimiento de Dios-Hombre fue hecho a los Pastores -a los campesinos de la época- que cuidaban sus rebaños en las cercanías de Belén. De toda la humanidad, Dios escogió a estos pobres, humildes y sencillos hombres para ser los primeros en llegar a conocerllo.

Un Ángel se les apareció la noche de la Primera Navidad anunciándoles: “Vengo a comunicarles una buena nueva ... hoy ha nacido el Salvador que es Cristo Señor” (Lc. 2, 11).

Si bien los Pastores sienten “un miedo enorme” cuando “el Ángel del Señor se les apareció y los rodeó de la claridad de la Gloria del Señor” (Lc. 2, 9), no se sorprendieron ante el anuncio que se les hiciera.

Ellos esperaban al Salvador. A causa del pecado de nuestros primeros progenitores, la humanidad se encontraba a oscuras, derrotada, pues había perdido el acceso al Cielo.

Los Profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías (Is. 9, 1-3 y 5-6) nos hablan de que la humanidad se encontraba perdida y en la oscuridad, subyugada y oprimida, hasta que vino al mundo “un Niño”. Entonces “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz ... se rompió el yugo, la barra que oprimía sus espaldas y el cetro de su tirano”.

Isaías profetiza con 700 años de anticipación el nacimiento de un niño que sería “Dios poderoso”, “Príncipe de Paz” , que vendría a establecer un reinado de Paz “para siempre”.

Podemos imaginar, entonces, la alegría que deben haber sentido los Pastores cercanos a la cueva de Belén cuando el Ángel se les aparece en la Noche de Navidad y les dice: “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor”. (Lc. 2, 1-14)

Se cumple así la esperanza de redención del género humano; es decir, se nos abren nuevamente las puertas del Cielo. Ya el destino final de los seres humanos no tiene que ser el Infierno. Por eso San Pablo nos dice que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres ... para que vivamos de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús” (Tt. 2, 11-14).

Y sucedió que mientras el Ángel de Señor les hablaba a los pastores, aumentó el resplandor luminoso que los cubría, al aparecer una multitud de otros Ángeles que “alababan a Dios” cantando una suave y gozosa melodía: “Gloria a Dios en lo más alto del Cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres” (Lc. 2, 14).

Sabemos que los Pastores creyeron sin dudar lo que se les había anunciado y se dijeron: “Vamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos dio a conocer” (Lc. 2, 15).

El texto griego dice literalmente: "Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí". Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquél que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4, 4; Col 1, 15). (Benedicto XVI-Navidad 2009)

Fueron presurosos y, tal como les fuera dicho “hallaron a María, a José y al recién nacido acostado en la pesebrera” (Lc. 2, 16).

Si Dios el Señor les manifestó a los pastores su presencia en el mundo a través del anuncio angélico, debe haberles también manifestado su Divinidad a éstos, sus primeros visitantes, pues según dicen algunas traducciones de la Escritura “cuando los pastores lo vieron, comprendieron lo que les había sido dicho sobre este Niño”.

La señal de Dios, la señal que ha dado a los Pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en Niño; se deja tocar y pide nuestro amor. Y así nos invita a ser semejantes a Él en la humildad. (Benedicto XVI-Navidad 2009)

La gracia de Dios debe haber tocado a estos sencillos hombres muy profundamente, causándoles una fuerte renovación espiritual, por lo cual “después se fueron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído era como se lo habían anunciado” (Lc. 2, 20).


Los Pastores son de esos “pobres en el espíritu” que luego Jesús el Salvador menciona en Sus Bienaventuranzas, “que de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 3) ... Y ese Reino también puede ser nuestro, si somos como los Pastores: sencillos y humildes, creyeron sin cuestionar y sin dudar, dejaron todo para responder al llamado de Dios, y presurosamente lo buscaron ... y lo encontraron.


EN UN PESEBRE


Según el relato de Lucas, es el mensaje del Ángel a los pastores el que nos ofrece las claves para leer desde la fe el misterio que se encierra en un niño nacido en extrañas circunstancias en las afueras de Belén.

Es de noche. Una claridad desconocida ilumina las tinieblas que cubren Belén. La luz no desciende sobre el lugar donde se encuentra el niño, sino que envuelve a los pastores que escuchan el mensaje. El niño queda oculto en la oscuridad, en un lugar desconocido. Es necesario hacer un esfuerzo para descubrirlo.

Estas son las primeras palabras que hemos de escuchar: «No tengáis miedo. Os traigo la Buena Noticia: la alegría grande para todo el pueblo». Es algo muy grande lo que ha sucedido. Todos tenemos motivo para alegrarnos. Ese niño no es de María y José. Nos ha nacido a todos. No es solo de unos privilegiados. Es para toda la gente.

Los cristianos no hemos de acaparar estas fiestas. Jesús es de quienes lo siguen con fe y de quienes lo han olvidado, de quienes confían en Dios y de los que dudan de todo. Nadie está solo frente a sus miedos. Nadie está solo en su soledad. Hay Alguien que piensa en nosotros.
Así lo proclama el mensajero: «Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor». No es el hijo del emperador Augusto, dominador del mundo, celebrado como salvador y portador de la paz gracias al poder de sus legiones. El nacimiento de un poderoso no es buena noticia en un mundo donde los débiles son víctima de toda clase de abusos.

Este niño nace en un pueblo sometido al Imperio. No tiene ciudadanía romana. Nadie espera en Roma su nacimiento. Pero es el Salvador que necesitamos. No estará al servicio de ningún César. No trabajará para ningún imperio. Solo buscará el reino de Dios y su justicia. Vivirá para hacer la vida más humana. En él encontrará este mundo injusto la salvación de Dios.

¿Dónde está este niño? ¿Cómo lo podemos reconocer? Así dice el mensajero: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El niño ha nacido como un excluido. Sus padres no le han podido encontrar un lugar acogedor. Su madre lo ha dado a luz sin ayuda de nadie. Ella misma se ha valido, como ha podido, para envolverlo en pañales y acostarlo en un pesebre.

En este pesebre comienza Dios su aventura entre los hombres. No lo encontraremos en los poderosos sino en los débiles. No está en lo grande y espectacular sino en lo pobre y pequeño. Hemos de escuchar el mensaje: vayamos a Belén; volvamos a las raíces de nuestra fe. Busquemos a Dios donde se ha encarnado.


LA NOSTALGIA DE LA NAVIDAD

La Navidad es una fiesta llena de nostalgia. Se canta la paz, pero no sabemos construirla. Nos deseamos felicidad, pero cada vez parece más difícil ser feliz. Nos compramos mutuamente regalos, pero lo que necesitamos es ternura y afecto. Cantamos a un niño Dios, pero en nuestros corazones se apaga la fe. La vida no es como quisiéramos, pero no sabemos hacerla mejor.

No es sólo un sentimiento de Navidad. La vida entera está transida de nostalgia. Nada llena enteramente nuestros deseos. No hay riqueza que pueda proporcionar paz total. No hay amor que responda plenamente a los deseos más hondos. No hay profesión que pueda satisfacer del todo nuestras aspiraciones. No es posible ser amados por todos.

La nostalgia puede tener efectos muy positivos. Nos permite descubrir que nuestros deseos van más allá de lo que hoy podemos poseer o disfrutar. Nos ayuda a mantener abierto el horizonte de nuestra existencia a algo más grande y pleno que todo lo que conocemos. Al mismo tiempo, nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos pueda dar, a no esperar de las relaciones lo que no nos pueden proporcionar. La nostalgia no nos deja vivir encadenados sólo a este mundo.

Es fácil vivir ahogando el deseo de infinito que late en nuestro ser. Nos encerramos en una coraza que nos hace insensibles a lo que puede haber más allá de lo que vemos y tocamos. La fiesta de la Navidad, vivida desde la nostalgia, crea un clima diferente: estos días se capta mejor la necesidad de hogar y seguridad. A poco que uno entre en contacto con su corazón, intuye que el misterio de Dios es nuestro destino último.

Si uno es creyente, la fe le invita estos días a descubrir ese misterio, no en un país extraño e inaccesible, sino en un niño recién nacido. Así de simple y de increíble. Hemos de acercarnos a Dios como nos acercamos a un niño: de manera suave y sin ruidos; sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón. Nos encontramos con Dios cuando le abrimos lo mejor que hay en nosotros.

A pesar del tono frívolo y superficial que se crea en nuestra sociedad, la Navidad puede acercar a Dios. Al menos, si la vivimos con fe sencilla y corazón limpio.



ALEGRIA PARA EL PUEBLO

Hay cosas que sólo la gente sencilla sabe captar. Verdades que sólo el pueblo es capaz de intuir. Alegrías que solamente los pobres pueden disfrutar.

Así es el nacimiento del Salvador en Belén. La gran alegría para todo el pueblo. No algo para ricos y gente pudiente. Un acontecimiento que sólo los cultos y sabios puedan entender. Algo reservado a minorías selectas. Es un acontecimiento popular. Una alegría para todo el pueblo.

Más aún. Son unos pobres pastores, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia.

Hoy también es así, aunque, con frecuencia, las clases más pobres y marginadas hayan quedado muy distantes de nuestra Iglesia.

Dios es gratuito, y es acogido más fácilmente por el pueblo pobre que por aquéllos que piensan poder adquirirlo todo con dinero.

Dios es sencillo, y está más cerca del pueblo sencillo y simple que de aquéllos cuyas energías, esfuerzos y trabajos están obsesivamente dirigidos a tener siempre más.

Dios es bueno, y le entienden mejor los que saben quererse como hermanos que aquéllos que viven egoístamente, tratando de estrujarle a la vida toda clase de felicidad.

Hoy sigue siendo verdad lo que insinúa el relato de la primera Navidad. Los pobres tienen un corazón más abierto al evangelio que aquellos que viven satisfechos. Su corazón encierra una «sensibilidad hacia el evangelio» que en los ricos ha quedado, con frecuencia, como atrofiada.

Tienen razón los místicos cuando nos dicen que para acoger a Dios es necesario «vaciarnos», «despojarnos» y «volvernos pobres».

Mientras vivamos buscando únicamente la satisfacción de todos nuestros deseos, ajenos al sufrimiento ajeno, conoceremos distintos grados de excitación, pero no la alegría que se anuncia a los pastores de Belén.

Mientras sigamos alentando nuestros deseos de posesión, no se podrá cantar entre nosotros la paz que se entonó en Belén: «La idea de que se puede fomentar la paz mientras se alientan los esfuerzos de posesión y lucro es una ilusión».

Tendremos cada vez más cosas para disfrutar, pero no llenarán nuestro vacío interior, nuestro aburrimiento y soledad. Alcanzaremos logros cada vez más notables, pero crecerá entre nosotros la rivalidad, el antagonismo y la lucha despiadada.


Nace Dios.


No sé qué decir. Hoy es un día grandísimo porque esta Noche Buena nace Dios. Desde que era niño y hasta la fecha, doy gracias a Dios porque todos los años he conseguido vivir este día con emoción, expectativa y un cosquilleo en el estómago esperando que llegue la noche para celebrar un Misterio que a todos nos sobrepasa: Dios se hace uno de nosotros para nacer en ti, en mí, en todos. Esta y sólo esta es la causa verdadera de la paz, la alegría y la fiesta que debemos celebrar en esta noche santa.

En la Misa de medianoche o llamada “Misa del Gallo” en algunos países, hoy escuchamos este anuncio: "No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." Precisamente porque Dios es mayor que la cosa mayor del mundo, le podemos hallar en lo más pequeño. Esta es su revelación, su encarnación, su estilo, su amor para con nosotros. Así viene, así le tenemos que reconocer. Nos cuesta ver a Dios en lo pequeño, en lo encarnado, pero así quiere visibilizarse y llegar a cada uno de nosotros. Tan humano que cuesta creerlo y entenderlo. Pero si antes de que llegue la noche, eres capaz de sacar un rato tranquilo de oración, tu corazón podrá abarcar un poco más este misterio. Contémplalo. Déjate amar por este niño. Acógelo en tu interior. Déjalo nacer en ti.

Él viene un año más, por eso te invito a rezar conmigo esta oración en estas horas previas a su nacimiento:

Señor, te esperábamos más grande, y vienes en la debilidad de un niño.
Te esperábamos a otra hora, y vienes en el silencio de la noche.
Te esperábamos poderoso como un rey, y vienes hombre frágil como nosotros.
Te esperábamos de otra manera, y vienes así de sencillo.
Casi no hay quien te reconozca al verte así, tan humano.
Nos habíamos hecho una idea de ti, y vienes, Señor, rompiendo todo lo previsto.
Danos fe para creer en ti, y reconocerte así, como vienes.
Fortalece nuestra esperanza para confiar en ti, en la sencillez en la que vienes. Enséñanos a amar como amas tú, que siendo fuerte te hiciste débil para ser nuestra fortaleza en todo momento.
Por eso, a quien busca y no encuentra, ven Señor Jesús.
A quien sufre en silencio, ven Señor Jesús. A quien te espera, ven Señor Jesús. A quien no te espera, ven Señor Jesús. A nuestras familias, Ven Señor Jesús. A nuestra ciudad, ven Señor Jesús. A quien sueña en un mundo en paz, ven Señor Jesús. A quien lucha por algo noble, ven Señor Jesús. A quien está equivocado, ven Señor Jesús. A los pesebres de nuestro mundo, ven Señor Jesús. A…., ¡¡ ven Señor Jesús !!
¡Con todos mis mejores deseos, de corazón, en esta noche santa, para ti y todos los tuyos: Feliz Navidad!


Y llegó la Navidad


1. El tiempo de Adviento nos ha conducido al portal de Belén para que contemplemos un acontecimiento admirable: Dios se ha hecho Niño, tomando nuestra carne, y ha aparecido entre nosotros en extrema humildad y pobreza. De este modo, nos muestra hasta qué punto nos ama. Como afirma San Pablo: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo” (Fil 2, 6-7).


Es en esa humildad y pobreza del pesebre donde aprendemos que el amor consiste en darse, en entregarse. Esta sencillez de Belén contrasta con tantos elementos superfluos con los que hemos ido envolviendo estas fiestas llegando a empañar su sentido más profundo y genuino. Por ello, es necesario despojar esta celebración de adherencias estériles y vivirla en su verdad. Quisiera en estas fiestas dirigir un recuerdo lleno de afecto a los enfermos, a quienes vivís solos, a los que sufrís las consecuencia de la crisis, a quienes buscáis trabajo, a los inmigrantes, a quienes echáis de menos a seres queridos que por cualquier motivo no podrán pasar con vosotros estas fiestas o han partido ya a la casa del Padre. Que la paz de Dios prenda en vuestros corazones y os llene de esperanza.

2. San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cfr. Fil 2, 5). El Señor asume por completo nuestra humanidad pasando por el desposeimiento de sí mismo para darnos su vida. La contemplación del misterio de Navidad nos invita a despojarnos de tantas cosas que condicionan nuestra libertad y a amar, como Jesús, en la entrega y el servicio.

Este tiempo recio de crisis ha puesto en evidencia las carencias antropológicas y éticas sobre las que se construyen sistemas económicos y financieros donde no es la persona, sino otros intereses, su centro y fin último. Por eso, la Navidad nos invita a revisar nuestros hábitos personales y familiares de vida. Todos, personas, organizaciones e instituciones, debemos realizar una autocrítica sobre algunos planteamientos y comportamientos que pueden haber alimentado una crisis que previsiblemente nos acompañe durante varios años. La Navidad nos llama a recuperar un modo responsable de consumo, la austeridad siempre exigida al discípulo de Jesús, el poner al Señor y al prójimo en el centro de nuestras ocupaciones. Este tiempo nos debe mover a buscar siempre el bien común, a la creatividad en el desarrollo de economías humanizadas, a un especial cuidado en el cumplimiento de las obligaciones tributarias, a una distribución y uso responsable de las ayudas públicas, a la promoción de nuevos proyectos laborales y empresariales, y a la generosidad ordenada y sostenida en el compartir con los más desfavorecidos, sin olvidar la colaboración y solidaridad con los países empobrecidos. El Evangelio de Jesús es ante todo esperanza para el mundo. Es posible vencer esta crisis cuando ponemos a la persona en el centro de toda actividad humana e iniciamos el camino de la conversión personal y comunitaria. La doctrina social de la Iglesia custodia un rico patrimonio de sabiduría práctica que ofrece valiosas indicaciones para recrear las estructuras conforme a la consecución de una economía al servicio de la persona y promotora de justicia y solidaridad. Hemos de ponerlas en práctica, concertando esfuerzos y sacrificios por parte de todos y con la ilusión de estar contribuyendo a establecer unas bases económicas y sociales más sólidas, justas y sostenibles para las próximas generaciones.

3. En Navidad acogemos a Jesús, que es nuestra Paz y nos ha convertido a todos en “conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,19).

Las noticias de estos meses han avivado nuestra esperanza de vivir en paz. La sociedad ha evolucionado mucho en lo referente al rechazo de todo tipo de violencia. Queda un largo camino por recorrer y muchas heridas que necesitan curación. Queremos empeñarnos en la tarea de construir una convivencia arraigada en la verdad, la justicia y el bien, que sea respetuosa con todos, pacífica y fraterna. La conversión personal y comunitaria, que nos reconcilia con Cristo, resulta determinante para fortalecer la comunión eclesial y poder ser fermento de reconciliación en nuestra sociedad. La Víctima que acogemos y ofrecemos en toda celebración eucarística nos capacita para descubrir su presencia en los rostros de quienes han padecido y padecen la herida del terrorismo y la violencia, de la intimidación y la humillación. Es necesario educar a las futuras generaciones en la auténtica libertad, en el amor a la verdad, al bien y a la justicia que son generadoras de la paz verdadera. A este respecto, la familia constituye el ámbito educativo originario que planta los fundamentos decisivos de la cultura de la paz. Durante este tiempo, en las comunidades cristianas de nuestra diócesis se intensifican los encuentros de oración, reflexión y compromiso a favor de la paz. Que el nuevo año, que comienza justamente con la Jornada Mundial de la Paz, sea rico en iniciativas y caminos de reconciliación. Nuestra Paz, que es Cristo, viene a habitar entre nosotros y es un don que podemos acoger cuando nuestro corazón y todos los ámbitos humanos se vuelven a Él y se dejan transformar por Él.

Os deseo una santa y feliz Navidad y un año 2012 lleno de bendiciones. Que en la Nochebuena encontréis en familia un espacio de silencio y oración para que acojáis a Jesús Niño e iniciéis con Él una nueva etapa de vuestra vida llena de amor, esperanza y paz.











Fuentes:
Iluminación Divina
José Maria Vegas
José A. Paggola
Ángel Corbalán