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domingo, 1 de marzo de 2020

«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado» (Evangelio Dominical)





Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y este tiempo litúrgico “fuerte” es un camino espiritual que nos lleva a participar del gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Nos dice san Juan Pablo II que «cada año, la Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia, y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado».

La Cuaresma y el Evangelio de hoy nos enseñan que la vida es un camino que nos tiene que llevar al cielo. Pero, para poder ser merecedores de él, tenemos que ser probados por las tentaciones. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Jesús quiso enseñarnos, al permitir ser tentado, cómo hemos de luchar y vencer en nuestras tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.




Las tentaciones se pueden describir como los “enemigos del alma”. En concreto, se resumen y concretan en tres aspectos. En primer lugar, “el mundo”: «Di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). Supone vivir sólo para tener cosas.

En segundo lugar, “el demonio”: «Si postrándote me adoras (…)» (Mt 4,9). Se manifiesta en la ambición de poder.

Y, finalmente, “la carne”: «Tírate abajo» (Mt 4,6), lo cual significa poner la confianza en el cuerpo. Todo ello lo expresa mejor santo Tomás de Aquino diciendo que «la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».



Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,1-11):

                             



EN aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Palabra del Señor





COMENTARIO.


                    



Ya hemos comenzado la Cuaresma, ese tiempo especial de conversión y penitencia que iniciamos con la Imposición de la Ceniza el pasado Miércoles.  Hoy, Primer Domingo de Cuaresma, las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.

En la Primera Lectura (Gen. 2, 7-9; 3, 1-7), tomada del Libro del Génesis, en el cual se relata la creación, observamos que el ser humano acaba de salir de las manos de su Creador, puro e inocente, hecho a imagen y semejanza de Dios.  Viven el hombre y la mujer en total amistad con Dios.  Pero el Maligno, envidioso del bien del hombre, lo busca para hacerlo caer y le plantea una tentación contraria a las órdenes que Dios  les había dado.

Dios les había dicho: “No comerán del árbol del conocimiento del bien y del mal, ni lo tocarán, porque de lo contrario habrán de morir”.  El Demonio, como siempre, contradice a Dios con mentiras y le dice a la mujer: “No morirán.  Bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol serán como dioses, y conocerán el bien y el mal”.

La primera parte de la tentación es de incredulidad en la palabra de Dios.  La segunda parte es de orgullo y soberbia: “serán como Dios”.  Estas dos primeras fases de la tentación abren camino a la parte final, que fue de desobediencia a Dios.  Y precisamente en esto consiste el pecado: en desobedecer a Dios.

                                             
   
                
El hombre y la mujer no resistieron la vana ilusión de estar por encima o a la par de Dios.  Pero Dios sabe que el ser humano fue engañado.  Por eso, aunque lo castiga, le promete un Salvador que lo liberará del pecado y de las consecuencias de ese pecado.

De allí que en la Segunda Lectura (Rom 5, 12-19)   San Pablo nos diga:  “Si por el delito de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo Hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de vida y de gracia de Dios ... Porque, ciertamente, la sentencia vino a causa de un solo pecado, pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados  ... Y así como por la desobediencia de uno, todos fuimos hechos pecadores, por la obediencia de uno solo (Cristo), todos somos hechos justos”.

Quiere decir esto que por el pecado de Adán y Eva -y por todos los pecados nuestros- todos estaríamos condenados, pero por la obediencia de Cristo, todos podemos llegar a ser santos. 

                                     


Es bueno enfatizar estas palabras de San Pablo, ya que podría existir la tentación del reclamo a Dios, por las consecuencias del pecado de Adán y Eva sobre cada uno de nosotros.  Pero podemos preguntarnos: ¿Quién de nosotros podría lanzar la primera piedra?  ¿Quién de nosotros no habría caído, igual que Adán y Eva?   De allí que San Pablo resalte que es cierto que la sentencia vino a causa de un solo pecado (el de Adán y Eva), pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados (todos los que hemos cometido cada uno de nosotros).

Además: ¿no nos damos cuenta que la tentación del Paraíso Terrenal continúa, y los hombres y mujeres de hoy seguimos cayendo?  Los hombres y mujeres de hoy queremos seguir decidiendo sobre lo que es bueno y lo que es malo, sin tener en cuenta para nada a Dios.  Y también seguimos queriendo adquirir una supuesta sabiduría y poderes, que no  vienen de Dios, sino del Maligno.

El Demonio, como en el Paraíso, sigue presentando la tentación como algo llamativo, apetitoso y “aparentemente” bueno.  Nos dice la Escritura: “La mujer vio que era bueno, agradable a la vista,  y provocativo para alcanzar sabiduría”.

Ahora bien, ¿nos damos cuenta de todos los engaños que se nos presentan en nuestros días, tan parecidos a los del Paraíso Terrenal?  ¿No seguimos los hombres y mujeres de hoy tratando de “ser como dioses”, al buscar una supuesta sabiduría y poderes ocultos a través del espiritismo, del control mental, de todas las formas de esoterismo oriental, de la adivinación, la astrología, la brujería, de la santería, y hasta del satanismo abierto y declarado?

Y fijémonos en algo...  El pecado nunca se nos presenta como lo que es: rebeldía y desobediencia a Dios, sino más bien como una afirmación de nuestra personalidad, o como el uso de la libertad a la que tenemos derecho, o también para llegar a alcanzar una “supuesta” sabiduría o auto-realización, etc.

                                             



Y ante las tentaciones -que siempre estarán presentes- nos quedan dos opciones: seguir nuestro propio camino... o seguir en fe el camino que Dios nos presenta para nuestra vida.  Y para seguir el camino de Dios hay que seguir lo que Dios quiere, como El lo quiere, cuando El lo quiere y porque El lo quiere.  De lo contrario, estamos actuando como Adán y Eva.  Y... ¿es eso lo que queremos, realmente?

Jesucristo nos muestra en el Evangelio (Mt. 4, 1-11)  cómo actuar ante la tentación.

Es cierto que El es Dios, y en Dios no hay pecado, pero quiso someterse a la tentación, para compartir con nosotros todo, menos el pecado.  Veamos qué nos muestra Jesucristo en esta lucha que tuvo con el Demonio al terminar su retiro de cuarenta días en el desierto.

El Demonio lo tienta, primero, con el poder (Haz que estas piedras se conviertan en pan);  luego,con el triunfo (Lánzate hacia abajo que Dios mandará a sus Ángeles a que te cuiden)  y, finalmente, con la avaricia (Te daré todos los reino de la tierra, si me adoras).

Y tuvo la osadía el Demonio de tentar a Jesucristo con palabras tomadas de la Sagrada Escritura.  Y más osadía aún fue el tratar de desviar a Jesucristo de la misión que el Padre le había encomendado.

De acuerdo a esa misión,  el Mesías no iba a ser un triunfador, ni un poseedor de reinos terrenos, sino que era enviado a salvar a los hombres, pero en humildad, en pobreza, en obediencia y en el sufrimiento.

Vemos, entonces, que -ante la tentación- Jesucristo no se aparta ni un milímetro del camino que Dios Padre le había señalado.  La victoria que el Demonio había obtenido en el Paraíso se revierte ahora en el Desierto con una total derrota.  Y así debe ser nuestra actitud ante las tentaciones: derrotar al Maligno con la gracia que Jesucristo nos obtuvo.

Sabemos por enseñanza de la Sagrada Escritura (cf. 1 Cor. 10, 13 y 2 Cor. 12, 7-10) que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas, lo que equivale a decir que ante cualquier tentación tenemos todas las gracias necesarias para vencerla.

Y si caemos, ¡qué gran consuelo el poder arrepentirnos y confesar nuestro pecado al Sacerdote!  ¡Qué más podemos pedir!  Es como un negocio o un juego en el cual nunca podemos perder, porque siempre, no importa cuán grave sea la falta, Dios nuestro Padre está dispuesto a perdonarnos y a acogernos como sus hijos que somos.  ¿Qué más podemos pedir? 

                                     



La Cuaresma nos invita a todos a aprender a vencer las tentaciones, como Jesucristo en el Desierto, con la ayuda de la gracia que Dios siempre nos da.  Nos invita también a reconocernos pecadores, a arrepentirnos de nuestras faltas y a confesarlas cuando sea necesario.

La Cuaresma es tiempo especial de conversión y de Confesión, porque es tiempo de volvernos a Dios y de acercarnos más a El.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 1 de julio de 2018

«Solamente ten fe» (Evangelio Dominical)






Hoy, san Marcos nos presenta una avalancha de necesitados que se acerca a Jesús-Salvador buscando consuelo y salud. Incluso, aquel día se abrió paso entre la multitud un hombre llamado Jairo, el jefe de la sinagoga, para implorar la salud de su hijita: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva» (Mc 5,23).

Quién sabe si aquel hombre conocía de vista a Jesús, de verle frecuentemente en la sinagoga y, encontrándose tan desesperado, decidió invocar su ayuda. En cualquier caso, Jesús captando la fe de aquel padre afligido accedió a su petición; sólo que mientras se dirigía a su casa llegó la noticia de que la chiquilla ya había muerto y que era inútil molestarle: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» (Mc 5,35).


                         





Jesús, dándose cuenta de la situación, pidió a Jairo que no se dejara influir por el ambiente pesimista, diciéndole: «No temas; solamente ten fe» (Mc 5,36). Jesús le pidió a aquel padre una fe más grande, capaz de ir más allá de las dudas y del miedo. Al llegar a casa de Jairo, el Mesías retornó la vida a la chiquilla con las palabras: «Talitá kum, que quiere decir: ‘Muchacha, a ti te digo, levántate’» (Mc 5,41).

También nosotros debiéramos tener más fe, aquella fe que no duda ante las dificultades y pruebas de la vida, y que sabe madurar en el dolor a través de nuestra unión con Cristo, tal como nos sugiere el papa Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi (Salvados por la esperanza): «Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito».



Lectura del santo Evangelio según San Marcos 
(5, 21-43)



En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
–Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
[Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría.
Inmediatamente se seco la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando:
–¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron:
–Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿quién me ha tocado ?»
El seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo:
–Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando] llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
–Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
–No temas; basta que tengas fe.
No permitió que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entro y les dijo:
–¿Qué estrépito y qué lloros son estos ? La niña no está muerta, esta dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
–Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años–.Y se quedaron viendo visiones.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra de Dios.




COMENTARIO.






Muchas curaciones y unas cuantas revivificaciones realizó Jesús entre sus milagros. El Evangelio de hoy nos trae una curación y una revivificación conectadas entre sí.  Se trata de la hijita de Jairo, que muere mientras el Señor se retrasa en la curación de la hemorroísa (Mc. 5, 21-43).

Sucedió que al llegar Jesús con los Apóstoles a Cafarnaún, al bajar de la barca se le acercó mucha gente.  Entre la muchedumbre estaba el jefe de la sinagoga, llamado Jairo, quien le pide muy preocupado: “Mi hijita está muy grave.  Ven a poner tus manos sobre ella para que se cure y viva”.  Mientras comenzó su camino junto con Jairo, el gentío seguía a Jesús y muchos lo tocaban y lo estrujaban.

Entre éstos una mujer que desde hacía 12 años sufría un flujo de sangre tan grave que había gastado todo su dinero en médicos y medicinas, pero iba de mal en peor.  Ella, llena de fe y esperanza en el único que podía curarla, se metió en medio de la multitud, pensando que si al menos lograba tocar el manto de Jesús, quedaría curada.  Corrió un riesgo esta mujer, pues según los conceptos judíos era “impura” y contaminaba a cualquiera que tocara, por lo cual no debía mezclarse con el gentío, mucho menos tocar a Jesús.  Por ello toca el manto, “pensando que son sólo tocar el vestido se curaría”.   ¡Así sería de fuerte su fe!




Ella no sabía realmente quién era Jesús, pero tenía fe que la curaría.  Todas estas consideraciones explican la tardanza de la mujer para salir adelante e identificarse ante Jesús, que pedía saber quién le había tocado el manto.

En efecto, nos cuenta el Evangelio que el Señor sintió que un poder milagroso había salido de El, por lo que preguntó -como si no lo supiera- quién le había tocado el manto.  Se detuvo hasta que logró que la mujer se identificara.  Y al tenerla postrada frente a El, le reconoce la fortaleza de su fe cuando le dice:  “Tu fe te ha salvado”.

Notemos que el Señor no le dice que su fe la había “sanado”, sino que la había “salvado”.  Y es así, porque toda sanación física en que reconocemos la intervención divina -y en todas interviene Dios, aunque no nos demos cuenta- no sólo sana, sino que salva.  La sanación física no es lo más importante: es como una añadidura a la salvación.  Si no hay cambio interior del alma, por la fe y la confianza en Dios, de poco o nada sirve la sanación física para el bienestar espiritual.

En cuanto a las curaciones, otra cosa importante de revisar son las muchas maneras cómo Dios sana.  Unas veces puede sanar en forma directa y milagrosa, como este caso de la hemorroísa: con sólo tocarlo.  Otras veces usa medios materiales, como el caso del ciego, cuando tomó tierra la mezcló con saliva e hizo un barro que untó en los ojos del ciego.  Otras veces no usa ningún medio, sino su palabra o su deseo.  Unas veces sana de lejos, como al criado del Centurión.   Unas veces sana enseguida, otras veces progresivamente, como el caso de los 10 leprosos, que se dieron cuenta que iban sanando mientras iban por el camino a presentarse a las autoridades.

Lo importante es saber que en toda sanación interviene Dios, aunque ni médicos ni pacientes lo consideren, es así: Dios sana directa o indirectamente.  Toda sanación es un milagro en que Dios permanece anónimo... si no nos queremos dar cuenta de su intervención.

Y cuando no hay sanación física, debemos saber que también Dios está interviniendo. Y hay que tener cuidado, porque las actitudes equivocadas que tengamos ante enfermedades -propias o de personas cercanas- pueden ser motivo de muchos males espirituales, debido a las actitudes de rebeldía y de rechazo con que tengamos ante ellas.  Pero, aceptadas en Dios;  es decir: aceptando la voluntad de Dios, aceptando lo que El tenga dispuesto en su infinita Sabiduría, las enfermedades pueden ser causa de muchos bienes espirituales.  Tal es el caso de un San Ignacio de Loyola, por ejemplo, quien se convirtió -y llegó a ser el Santo que es- mientras estaba convaleciente de una herida de guerra en su pierna.

Volviendo al Evangelio: a todas éstas, ¡cómo estaría Jairo de impaciente por el retraso!  Y, en efecto, en el mismo momento en que la hemorroísa está postrada ante Jesús, avisan que ya su hijita había muerto.  Por cierto, la niña tenía 12 años de edad, el mismo tiempo que tenía la mujer con hemorragias.  Jesús, entonces, prosigue el camino hacia la casa de Jairo, pero discretamente, con Pedro, Santiago y Juan. Notemos que Jesús trataba esconder los milagros más impresionantes.  Con esto evitaba el ser considerado como candidato a un mesianismo político y temporal, muy distinto de su mesianismo divino y eterno.

                                      



Al llegar a la casa, aplaca a todo el mundo y declara que la niña no está muerta, sino que duerme.  Saca a todos fuera, y sólo delante de los tres discípulos y de los padres de la niña, la hizo volver del sueño de la muerte.

 
         Para el Señor la muerte es como un sueño.  Para El es tan fácil levantar a alguien de un sueño, como lo será, el levantarnos a todos de la muerte.

Y de ese “sueño” nos despertará cuando vuelva para realizar la resurrección de todos los muertos.  Esta niña volvió a la vida terrena, a la misma vida que tenía antes de morir.  Todas las revivificaciones realizadas por el Señor -la del Lázaro, la del hijo de la viuda de Naím y ésta- son ciertamente milagros muy grandes.  Pero mayor milagro será cuando a todos nosotros nos haga volver a una vida gloriosa, cuando nos resucite en el último día.  Y será en forma instantánea, en “un abrir y cerrar de ojos”  (1 Cor. 15, 51-52).

Volveremos a vivir, pero no como estos tres del Evangelio, que volvieron a la misma vida que tenían antes.  Cuando el Señor nos resucite en la otra vida, volveremos a vivir, pero en una nueva condición: con cuerpos incorruptibles, que ya no se enfermarán, ni sufrirán, ni envejecerán, sino que serán cuerpos gloriosos similares al de Jesús después de su resurrección.   Más importante aún, nuestros cuerpos resucitados serán ya inmortales: ya no volverán a morir.

En la Primera Lectura (Sb. 1, 13-16; 2, 23-24), se nos explica el origen de la muerte. La condición en que Dios creó a los primeros seres humanos, nuestros progenitores, era de inmortalidad y de total sanidad: no había ni enfermedades, ni muerte.  Pero, nos dice esta lectura del Libro de la Sabiduría, que la muerte entró al mundo debido al pecado y a “la envidia del diablo”.


                                           



Sin embargo, sabemos que solamente experimentarán la muerte eterna quienes estén alineados con el diablo, pues resucitarán para la condenación y estarán separados de Dios para siempre.  Pero quienes estén alineados con Dios, ciertamente tendrán que pasar por la muerte física, que no es más que la separación de alma del cuerpo –y eso por un tiempo.  Pero después de la resurrección, vivirán para siempre (cfr. Jn. 5, 28-29; Hb. 9, 27). Y vivirán en un gozo y una felicidad tales, que nadie ha logrado describir aún.  (cfr. 2 Cor 12, 4)

La Segunda Lectura (2 Cor. 8, 7.9.13-15)  nos habla de solidaridad.  San Pablo organiza una colecta en favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando penurias debido a la malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

San Pablo recuerda a los que tienen más, que su abundancia remediará las carencias de los que tienen menos.  Y que los que no tienen en algún momento ayudarán a los que ahora tienen.  Sin duda esto puede ser interpretado como aquel adagio popular: “hoy por ti, mañana por mí”.  Pero también se trata de que el compartir bienes materiales con los que poco tienen, enriquece con gracias espirituales a los que sí los tienen.  Es así como el ejercicio de la solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda tesoros para el cielo” (Mt. 6, 19-21).

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”.





Sin duda se refiere San Pablo, no sólo a la condición de pobreza material de Jesús, sino también a lo que en otra oportunidad comunicó en su carta a los Filipenses (Flp. 2, 5-8): que Cristo, a pesar de su condición divina nunca hizo alarde de ser Dios y se rebajó (se hizo pobre) hasta pasar por un hombre cualquiera y llegó a rebajarse hasta la muerte y una muerte de cruz, la más humillante muerte que podía haber para alguien en su época.

Esa “pobreza” de Cristo, ese rebajarse hasta parecer ser un cualquiera, esa “pobreza” por la que murió, nos ha hecho a nosotros “ricos”, muy ricos,  en gracias espirituales.  Porque por la redención que obró con su muerte en cruz nos hizo herederos de una riqueza infinita, que no se acaba nunca y que dura para siempre: la Vida Eterna.


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org.
Evangeli.org

sábado, 28 de febrero de 2015

«Este es mi Hijo amado; escuchadlo.» (Evangelio dominical)




En el Evangelio de hoy, Jesús con sus amigos más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, sube a la montaña, a él Tabor. Tienen allí una experiencia maravillosa de encuentro con Dios: “Se transfiguro delante de ellos. Sus vestidos de volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube”. No es extraño que Pedro este asustado, subir hasta Dios y ver esto, es morir a nuestros proyectos, morir a uno mismo, a tantos planes y esquemas. Allí está Dios: “¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, no sabía lo que decía”, Pedro expresa lo que todos pensamos. Vamos a quedarnos siempre así tan cerca de Dios y de nosotros mismos, en una vida sin oscuridades; es la tentación de huir del mundo, refugiándose en la oración o en la vida afectiva de la comunidad, ¡vamos a quedarnos mirando al cielo!

“Este es mi Hijo amado; escuchadlo”, difícil. Al bajar de la montaña: “Jesús les mandó: no contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedo grabado, y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”. Escuchar a su Hijo, es caminar hacía Jerusalén, cargar con su cruz, perder la vida, renunciar a uno mismo, vivir la mística cristiana que nos lleva a la entrega permanente y total de la propia vida. Por eso discutían y discutimos, para subir a la vida hay que pasar por la muerte. La fe se convierte en una confianza en Dios, que por caminos muchas veces de silencio, llenos de dolor, de lágrimas, de misterios, de esfuerzo, sed, ayuno, abstinencia, oración, limosna; nos conduce a la cumbre más alta de la vida, allí donde el hombre y Dios se funden en un mismo gesto de amor.




Subir la montaña de la Cuaresma es admitir y valorar críticamente nuestra vida que necesita conversión y cambio. Pero al mismo tiempo esta historia de la transfiguración en lo alto de la montaña nos anima a estar despiertos para ver las horas y momentos en que se nos abre el cielo, sale el sol, o nos iluminan las estrellas. El que ha subido al monte puede recordar agradecido muchas experiencias, que se nos dan en nuestra vida como un regalo del cielo. Se impone la belleza, mirar desde allí los valles, contemplar y después saber que hay que desandar el camino hacia la vida cotidiana. Habrá que subir con frecuencia para estar con Él, escucharle y renovar las fuerzas para nuestro camino. Subir y bajar, ese es el camino.



Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,2-10):


En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».


Palabra del Señor




COMENTARIO.




Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros... y cuál es nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor.  En la Primera Lectura del día de hoy vemos a Abraham siendo probado en su fe y en su confianza en Dios.  En el Evangelio se nos narra la Transfiguración del Señor.

En la Primera Lectura se nos habla de Abraham, nuestro padre en la fe.  Y así consideramos a Abraham, pues su característica principal fue una fe indubitable, una fe inconmovible, una fe a toda prueba. Por eso se le conoce como el padre de todos los creyentes. Y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega a la Voluntad de Dios.

A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré” (Gen. 12, 1-4). Y Abraham  sale sin saber a dónde va. 


Ante la orden del Señor, Abraham cumple ciegamente.  Va a una tierra que no sabe dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama.  Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc.  Da un salto en el vacío en obediencia a Dios.  Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por El.  Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo. 
¿Cómo parecernos a Abraham?  Sería un buen programa durante esta Cuaresma tratar de parecernos a Abraham: confianza absoluta en Dios, entrega incondicional a su Voluntad, renuncia de uno mismo, aceptación total de los planes de Dios…

A Abraham Dios le había prometido que sería padre de un gran pueblo.  Y Abraham cree, a pesar de que todas las circunstancias parecen contrarias a esta promesa.  Por un lado, su esposa Sara es estéril y él ya cuenta con la edad de 75 años para el momento de la promesa.  Pero Abraham cree por encima de las circunstancias humanas. 

Pasa el tiempo... pasa bastante tiempo, desde que Dios le hizo su promesa a Abraham... pasan ¡24 años! ... Ya Abraham tiene 99 años... y  Sara sigue estéril.  En esas condiciones y en ese momento tiene lugar una visita del Señor a la tienda de Abraham.  Al final de la visita le dice: Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. 
Y, como para Dios no hay nada imposible, así fue: al año siguiente, a un hombre de 100 años y a una mujer estéril de 90, les nace un hijo (Isaac), el hijo por el cual la descendencia de Abraham será tan numerosa como las estrellas del cielo, el hijo por el cual será Abraham padre de un gran pueblo, padre de todos los creyentes. 

Han sido 24 años de larga espera.  Y cuando lo que era difícil parecía ya imposible, Dios cumple su promesa.  La lógica de Dios es distinta a la lógica humana.  Los planes de Dios son diferentes a los planes de los hombres.  Los planes de Dios no se realizancomo el hombre quiere, sino como Dios quiere.  Los planes de Dios no se realizan tampoco cuando el hombre quiere o cree, sinocuando Dios quiere.


A veces nos es más fácil hacer lo que Dios quiere, que hacer las cosas cuando Dios quiere.  A veces nos es más fácil cumplir la Voluntad de Dios, que tener la paciencia para esperar el momento en que Dios quiere hacer su Voluntad. 

Abraham creyó y esperó: creyó contra toda apariencia, esperó contra toda esperanza ... y también esperó el momento del Señor.

Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será bendecido y que será padre de un gran pueblo
.
Sin embargo, comienza a crecer Isaac, el hijo de la promesa.  Cuando ya todo parece estar estabilizado, Dios interviene nuevamente para hacer una exigencia “ilógica” a Abraham: le pide que tome a Isaac y que se lo ofrezca en sacrificio. 

Este tal vez sea uno de los episodios más conmovedores de la Biblia (Gen. 22, 1-2.9-18).  Dios vuelve a exigirle todo a Abraham.  Ahora le pide la entrega de lo que Dios mismo le había dado como cumplimiento de su promesa: Isaac debe ser sacrificado.   Abraham obedece ciegamente, sin siquiera preguntar por qué.  Sube el monte del sacrificio para cumplir el más duro de los requerimientos del Señor.  Y en el momento que se dispone a sacrificar a su hijo, Dios lo hace detener.

Dios requirió de Abraham una entrega total: le pidió el todo.  Abraham creyó, esperó y obedeció. Así debe ser nuestra fe:  inconmovible, indubitable, sin cuestionamientos, confiada en los planes y en la Voluntad de Dios, dispuesta a dar el todo a Dios.  Una fe confiada en que Dios sabe exactamente lo que conviene a cada uno: una fe ciega.


Abraham respondió a un Dios desconocido para él -pues Abraham pertenecía a una tribu idólatra. Pero nosotros hemos conocido la gloria de Dios, que fue experimentada por los Apóstoles después de la Resurrección del Señor, pero aún antes, en los momentos de su Transfiguración ante Pedro, Santiago y Juan.  Jesucristo lleva a estos tres Apóstoles al Monte Tabor y allí les muestra el fulgor de su divinidad.  (Mc. 9, 2-10)

Si Abraham respondió con tanta confianza y tan cabalmente al llamado de Dios, un Dios desconocido para él ¡cómo no debemos responder nosotros que hemos conocido a Cristo
Abraham fue probado en su fe y en su confianza en Dios, al exigirle que sacrificara a Isaac, el hijo de la promesa.  Los Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan fueron fortalecidos en su fe cuando Jesús se transfiguró delante de ellos.  Es lo que el Evangelio nos relata: Jesucristo se los lleva al Monte Tabor y allí les muestra el fulgor de su divinidad. (Mc. 9, 2-10)

Con motivo de lo que sucedió en la Transfiguración, es bueno recordar lo que en Teología llamamos la Unión Hipostática, término que describe la perfecta unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en Jesús.

De acuerdo a esta verdad, el alma de Jesús gozaba de la Visión Beatífica, cuyo efecto connatural es la glorificación del cuerpo.  (Es lo que sucederá a todos los salvados después de la resurrección al final de los tiempos).

Sin embargo, este efecto de la glorificación del cuerpo no se manifestó en Jesús, porque quiso durante su vida en la tierra, asemejarse a nosotros lo más posible.  Por eso se revistió de nuestra carne mortal y pecadora (cf. Rm. 3, 8).  Se asemejó en todo, menos en el pecado.
Pero en la Transfiguración quiso también mostrar a tres de sus Apóstoles algo su divinidad, luego de haber anunciado a los doce su próxima Pasión y Muerte.

Quiso el Señor con su Transfiguración en el Monte Tabor animarlos, fortalecerlos y prepararlos para lo que luego iba a suceder en el Monte Calvario. 

En efecto, en el Tabor, Pedro, Santiago y Juan, pudieron contemplar cómo el alma de Jesús dejó trasparentar a su cuerpo un “algo” de su gloria infinita.

Los tres quedaron extasiados.  Y eso que Jesús sólo les había dejado ver un poquito de su gloria, pues ninguna creatura humana habría podido soportar la visión completa de su divinidad, según sabemos de lo dicho por Yavé a Moisés (cf. Ex. 33, 20).

La gloria es el fruto de la gracia.  Así, la gracia que Jesús posee en medida infinita, le proporciona una gloria infinita que le transfigura totalmente.  Fue algo de lo que El quiso mostrarnos en el Tabor.

Guardando las distancias, algo semejante sucede en nosotros cuando verdaderamente estamos en gracia.  La gracia nos va transformando. Pudiéramos decir que nos va transfigurando, hasta que un día nos introduzca en la Visión Beatífica de Dios.

Si esto es así, apliquemos lo mismo a lo contrario.  ¿Qué efecto tiene el pecado en nuestra alma?  Nos desfigura, nos oscurece.  Y nos daña de tal manera que, si nos descuidamos, nos puede desfigurar tanto, que podría llevarnos a la condenación eterna.

Ahora bien, Tabor y Calvario van juntos.  No hay gloria sin sufrimiento.  No hay resurrección sin cruz.

Con sus enseñanzas y con su ejemplo, Jesucristo quiso decirle a los Apóstoles que han tenido la gracia de verlo en el esplendor de su Divinidad, que ni El -ni ellos- podrán llegar a la gloria de la Transfiguración -a la gloria de la Resurrección- sin pasar por la entrega absoluta de su vida, sin pasar por el sufrimiento y el dolor.

A San Pedro le gustó mucho la visión de la Transfiguración y quería quedarse allí. “¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” (Mt. 17, 4.)  Pero ese anhelo fue interrumpido por la misma voz del Padre: “Este es mi Hijo amado en Quien tengo puestas mis complacencias.  Escúchenlo”  (Mt. 17, 5).

Cuando Pedro pide quedarse disfrutando en el Tabor, gozando de esa pequeña manifestación de la divinidad, Dios mismo le responde, diciéndole que escuche y siga a su Hijo.  No pasó mucho tiempo para que San Pedro y los demás supieran que seguir a Jesús significa subir también al Calvario.

Si en el Cielo la felicidad completa y eterna será la consecuencia de la posesión de Dios, de la Visión Beatífica, aquí en la tierra los momentos de felicidad espiritual son sólo impulsos para entregarnos con mayor generosidad a Dios y a su servicio.

Después de la Transfiguración, los tres discípulos levantaron los ojos y vieron sólo a Jesús. Ya no estaban Moisés y Elías. Ya no irradiaba el Señor su Divinidad.

No importa que nos falte todo, que se deshaga todo, que se interrumpa todo, que no tengamos consuelos espirituales, ni muchos momentos felices, o –al contrario- que tengamos muchos momentos de sufrimiento.   No importa la situación, no importa la circunstancia.  Puede ser en el Tabor o en el Calvario.  Sólo Dios basta.

Recordemos el poema teresiano:

Nada te turbe.
Nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta
Sólo Dios basta.

Volvamos a Abraham.  Renuncia a sí mismo fue lo que Dios pidió a Abraham... y Abraham dejó todo y aceptó todo.   Respondió sin titubeos y sin remilgos, sin contra-marchas y sin mirar a atrás. 

Esa renuncia de nosotros mismos es algo que el Señor nos pide especialmente en esta Cuaresma.  Esa renuncia a nosotros mismos es lo que nos pide el Señor para poder llegar a la gloria de la Resurrección. 

No hay resurrección sin muerte de uno mismo y tampoco sin la cruz de la entrega absoluta a la Voluntad de Dios.

Esa entrega requerida para llegar a la Visión Beatífica nos la muestra Abraham, padre de los creyentes, que dejó todo y aceptó todo a petición de Dios.  Y nos la muestra, por supuesto, el mismo Jesucristo con su entrega absoluta a la Voluntad del Padre, hasta llegar a la muerte en la cruz, para luego resucitar glorioso y transfigurado. 

Y esa resurrección la ha prometido a todo aquél que también cumpla la Voluntad de Dios.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org.
Homilias.org.
Ángel Corbalán

domingo, 11 de enero de 2015

«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.» (Evangelio dominical)



Hoy, solemnidad del Bautismo del Señor, termina el ciclo de las fiestas de Navidad. Dice el Evangelio que Juan se había presentado en el desierto y «predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Mc 1,4). La gente iba a escucharlo, confesaban sus pecados y se hacían bautizar por él en el río Jordán. Y entre aquellas gentes se presentó también Jesús para ser bautizado.

En las fiestas de Navidad hemos visto como Jesús se manifestaba a los pastores y a los magos que, llegando desde Oriente, lo adoraron y le ofrecieron sus dones. De hecho, la venida de Jesús al mundo es para manifestar el amor de Dios que nos salva.

Y allí, en el Jordán, se produjo una nueva manifestación de la divinidad de Jesús: el cielo se abrió y el Espíritu Santo, en forma de paloma descendía hacia Él y se oyó la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11). Es el Padre del cielo en este caso y el Espíritu Santo quienes lo manifiestan. Es Dios mismo que nos revela quién es Jesús, su Hijo amado.

Pero no era una revelación sólo para Juan y los judíos. Era también para nosotros. El mismo Jesús, el Hijo amado del Padre, manifestado a los judíos en el Jordán, se manifiesta continuamente a nosotros cada día. En la Iglesia, en la oración, en los hermanos, en el Bautismo que hemos recibido y que nos ha hecho hijos del mismo Padre.

Preguntémonos, pues: —¿Reconozco su presencia, su amor en mi vida? —¿Vivo una verdadera relación de amor filial con Dios? Dice el Papa Francisco: «Lo que Dios quiere del hombre es una relación “papá-hijo”, acariciarlo, y le dice: ‘Yo estoy contigo’».

También a nosotros el Padre del cielo, en medio de nuestras luchas y dificultades, nos dice: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».



Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,7-11):


En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

Palabra del Señor



COMENTARIO




San Juan Bautista predicaba e impartía un Bautismo de conversión: ese Bautismo era como la aceptación de la conversión que se realizaba en aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban cambiar de vida.

De allí que llama la atención el que Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro de los que se estaban convirtiendo, a pedirle a Juan, su primo y su precursor, que le bautizara.  Tanto es así, que el mismo Bautista, que venía predicando insistentemente que detrás de él vendría “uno  que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (Mc. 1, 7-11), se queda impresionado de la petición del Señor.


¡Jesucristo se humilla hasta pasar por pecador, hasta parecer culpable, pidiendo a San Juan el Bautismo de conversión!

Nos cuenta el Evangelio que “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre El en forma de paloma y se oyó una voz desde el cielo”, la voz del Padre que lo identificaba como su Hijo, el Dios-Hombre.

         Es así como en este bellísimo pasaje de la vida del Señor y de su Precursor, no sólo vemos la revelación de Jesucristo, como Hijo de Dios, sino también la revelación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.

San Juan Bautista nos da el testimonio de lo que ve y escucha:  por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma como de paloma.  Las palabras del Bautista describiendo el Espíritu Santo hacen recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis, antes de la creación del mundo, cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1, 2).  Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma.

Además, San Juan Bautista escuchó la voz de Dios Padre que revelaba quién era Jesucristo:  “Este es mi Hijo amado” (Mt. 3, 17).   Es decir, en este pasaje del Evangelio vemos a la Santísima Trinidad en pleno:  el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que aleteando cual paloma se posa sobre Jesús.
Pensar en el Bautismo de Jesucristo, el Dios-hecho-hombre, nos debe llenar de gran humildad:  si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que San Juan Bautista impartía a los pecadores convertidos, ¿qué no nos corresponde a nosotros, que somos pecadores de verdad?

El Bautismo de San Juan Bautista no es igual al Bautismo Sacramento.  El Sacramento del Bautismo vino después, a partir del momento que Jesús ordenó a los Apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  El Bautismo que nosotros hemos recibido es mucho más que el bautismo de San Juan Bautista en el Jordán.

Sin embargo, el Bautismo de Jesús nos recuerda nuestro Bautismo.  Jesús es Dios.  Jesús no necesitaba ser bautizado.  Pero con su Cuerpo, con su Divinidad, en su Bautismo en el Jordán, Jesús bendijo todas las aguas para que tuvieran el poder de conferir la gracia en el Sacramento del Bautismo.

Recordar el Bautismo del Dios-Hombre es recordar nuestro bautismo.  Pero también recordar la necesidad que tenemos de conversión, de cambiar de vida, para asemejarnos cada vez más a Jesucristo.  Es recordar la necesidad que tenemos de purificar nuestras almas en las aguas del arrepentimiento y de la confesión de nuestros pecados.  Así podemos mantener limpia la vestidura blanca de nuestro bautismo y mantener encendida la luz que recibimos ese día.



Recordar el Bautismo del Señor es también recordar nuestro futuro eterno, para que cuando nos llegue el momento de pasar a la otra vida, se abran los Cielos para nosotros como se abrieron en el Bautismo de Jesús y podamos escuchar la voz del Padre que, complacido, nos reconoce también como hijos suyos.













Fuentes:
Iluminación Divina
Sagradas Escrituras
Evangeli.org.
Homilias.org.
Ángel Corbalán