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domingo, 22 de noviembre de 2020

«Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»(Evangelio Dominical)

 


Hoy, Jesús nos habla del juicio definitivo. Y con esa ilustración metafórica de ovejas y cabras, nos hace ver que se tratará de un juicio de amor. «Seremos examinados sobre el amor», nos dice san Juan de la Cruz.

Como dice otro místico, san Ignacio de Loyola en su meditación Contemplación para alcanzar amor, hay que poner el amor más en las obras que en las palabras. Y el Evangelio de hoy es muy ilustrativo. Cada obra de caridad que hacemos, la hacemos al mismo Cristo: «(…) Porque tuve hambre, y me disteis de comer; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; en la cárcel, y vinisteis a verme» (Mt 25,34-36). Más todavía: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Este pasaje evangélico, que nos hace tocar con los pies en el suelo, pone la fiesta del juicio de Cristo Rey en su sitio. La realeza de Cristo es una cosa bien distinta de la prepotencia, es simplemente la realidad fundamental de la existencia: el amor tendrá la última palabra.






Jesús nos muestra que el sentido de la realeza -o potestad- es el servicio a los demás. Él afirmó de sí mismo que era Maestro y Señor (cf. Jn 13,13), y también que era Rey (cf. Jn 18,37), pero ejerció su maestrazgo lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,4 ss.), y reinó dando su vida. Jesucristo reina, primero, desde una humilde cuna (¡un pesebre!) y, después, desde un trono muy incómodo, es decir, la Cruz.

Encima de la cruz estaba el cartel que rezaba «Jesús Nazareno, Rey de los judíos» (Jn 19,19): lo que la apariencia negaba era confirmado por la realidad profunda del misterio de Dios, ya que Jesús reina en su Cruz y nos juzga en su amor. «Seremos examinados sobre el amor».



 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)



                         






 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 
 

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán:

 "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. 

Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" 

Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 




Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo, fiesta solemne instaurada por el Papa Pío XI en 1925. 

El Reinado de Cristo -que es lo mismo que el Reino de Dios- viene mencionado muchas veces en la Sagrada Escritura.  Cristo nos dice que su Reino no es de este mundo.  Sin embargo, sabemos que su Reino también está en este mundo.  Pero su Reino no es terrenal, sino celestial; no es humano, sino divino; no es temporal, sino eterno.

Su Reinado está en medio del mundo, porque está en cada uno de nosotros.   O, mejor dicho: está en cada uno de nosotros cuando estamos en gracia; es decir, cuando Cristo vive en nosotros y así permitimos que el Señor sea Rey de nuestro corazón y de nuestra alma, cuando le permitimos a Jesucristo reinar sobre nuestra vida. 

Si Cristo es nuestro Rey, nosotros somos sus súbditos.  Tendríamos, entonces, que preguntarnos  ¿qué hace un súbdito?  ¿Qué hace un subalterno?  Hace lo que desea y lo que le indica su Rey, su Jefe.  Por eso decimos que el Reinado de Cristo está dentro de nosotros mismos, pues Cristo es verdadero Rey nuestro cuando nosotros hacemos lo que El desea y lo que El nos pide.

Y ¿qué nos pide ese Rey bondadosísimo que es Cristo, este Pastor amorosísimo que nos presentan las Lecturas de hoy?   El nos pide lo que más nos conviene a nosotros.  Y lo que más nos conviene a nosotros es hacer la Voluntad del Padre.  En eso consiste el Reinado de Cristo en cada uno de nosotros: en que hagamos la Voluntad de Dios. 


                             



No en vano Jesucristo nos enseñó a decir en el Padre Nuestro: “Venga tu Reino”  y seguidamente: “Hágase tu voluntad”.  Es así, entonces, como el Reinado de Cristo comienza por nosotros mismos: cuando comenzamos a buscar hacer la Voluntad de Dios.

Las Lecturas de este último domingo del Año -del Año Litúrgico- nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo. 

La Primera Lectura del Profeta Ezequiel (Ez. 34, 11-12 y 15-17) nos habla del momento en que “se encuentren dispersas las ovejas” y de cómo Jesús, el Buen Pastor atenderá a cada una: 


         “Buscaré a la perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré”.

 

Y termina la lectura hablando del día del Juicio Final: “He aquí que voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”.

 

En este anuncio del Juicio Final que hace Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 25, 31-46), Él comienza con esa profecía de Ezequiel: “Entonces serán congregadas ante Él todas las naciones, y Él apartará a los unos de los otros... a las ovejas de los machos cabríos”.


                                  



La profecía de Ezequiel también nos remite a otro Profeta del Antiguo Testamento: el Profeta Zacarías (Zc. 13, 7 y 14, 1-9), quien igualmente nos habla del día final, anunciando la dispersión del rebaño:

 

“Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas... dos tercios serán exterminados  y sólo se salvará un tercio.  Echaré ese tercio al fuego, lo purificaré como se hace con la plata, lo pondré a prueba como se prueba el oro.  El invocará mi Nombre y Yo lo escucharé.  Entonces Yo diré: ¡Este es mi pueblo!, y él, a su vez dirá: ¡Yavé es mi Dios!”.

 

El Salmo no podía ser otro que el #22,  el del Buen Pastor.  “El Señor es mi Pastor, nada me falta...”.  Porque Jesús, antes del día del Juicio Universal, antes de venir a establecer su Reinado definitivo, cuida a cada una de sus ovejas, como nos dice la Primera Lectura y como nos indica este Salmo, favorito de muchos.

 

La Segunda Lectura (1 Cor. 15, 20-28) nos habla también del momento del establecimiento del Reino de Cristo.  Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra.  Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre.  Y así Dios será todo en todas las cosas.

 

El Evangelio de hoy es el famoso pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final: “tuve hambre y me diste de comer... tuve sed y me diste de beber...”.  ¿Significa, entonces, que sólo seremos juzgados con relación a lo que hayamos hecho o dejado de hacer al prójimo?  Si fuera así,  ¿cómo quedan entonces las faltas contra Dios?


                             



Para comentar el sentido completo del Juicio Universal, citamos al Teólogo Dominico, Antonio Royo Marín, quien en su libro “Teología de Salvación” nos dice lo siguiente acerca de esta cita evangélica:

“A juzgar por la descripción del juicio final hecha por el mismo Jesucristo... pudiera pensarse que sólo se nos juzgará sobre el ejercicio de la caridad para con el prójimo... Pero todos los exegetas católicos están de acuerdo en que esas expresiones las usa el Señor únicamente por vía de ejemplo -y acaso también para recalcar la gran importancia de la caridad- pero sin que tengan sentido alguno exclusivista”

Es conveniente, entonces, recordar que los seres humanos, una vez dejada nuestra existencia terrenal o temporal, pasaremos por dos juicios:  el Juicio Particular, que tiene lugar en el mismo momento de nuestra muerte, y el Juicio Universal que sucederá al final de los tiempos, precisamente cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su reinado definitivo.

Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre ambos juicios?  Lo primero que debe destacarse es que no habrá discrepancia entre ambos.  En el Juicio Final será ratificada la sentencia que cada alma recibió en el Juicio Particular.  Es decir, los condenados quedan condenados y los salvados ya están salvados.

Podría especularse que el Juicio Particular sea relativo a la conciencia moral individual y que se referirá al aprovechamiento o desperdicio que hayamos hecho de las gracias recibidas a lo largo de nuestra vida terrena; y que el Juicio Universal sería sobre la influencia que haya tenido en otras personas el bien o el mal que cada uno haya hecho o dejado de hacer.

Dicho en otras palabras: el Juicio Particular se referiría a la conciencia individual y el Juicio Final se referiría a las consecuencias sociales de nuestros pecados.  De allí que el Señor, al describirnos el Juicio Final, nos relate las “Obras de Misericordia”, lo que comúnmente llamamos obras de caridad.  Al hablar de caridad estamos hablando de amor.

Quiere decir, entonces, que seremos juzgados sobre cómo hemos amado:   cómo hemos amado a Dios y cómo ese amor de Dios se ha reflejado en nuestro amor a los demás.


                  



Cierto que el Señor nos ha dicho que al que mucho ama (cfr. Lc. 7, 47) mucho se le perdona, pero es bueno recalcar que seremos juzgados por todas nuestras acciones: en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, en la humildad, etc., etc.  Es decir: en todas las virtudes;  también, en las acciones y en las omisiones, en lo pensado, en lo hablado y en lo actuado, en lo oculto y en lo conocido.  En todo.

Veamos lo que nos dice la última frase del Libro del Eclesiastés sobre el Juicio: “Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o sea mala” (Ecl. 12, 14).  Esta idea también la menciona San Pablo: “Puesto que todos hemos de comparecer ante el Tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho, bueno o malo”  (2 Cor. 5, 10).

Recordemos que entre el Juicio Particular al morir y el Juicio Final, somos almas sin cuerpo.  Los cuerpos están en la tumbas o cremados o desaparecidos. Pero cuando vuelva Cristo al final de los tiempos, nos resucitará como Él resucitó.  Es decir, cada alma se unirá con su respectivo cuerpo.

Entonces, una vez juzgados por Cristo justo Juez en la Parusía, Él separará a los salvados de los condenados.  Y Cristo Rey del Universo establecerá su reinado definitivo.  Entonces “Dios será todo en todos”.

En el Prefacio de la Misa de Cristo Rey del Universo rezamos que el Reino de Cristo es un Reino de Verdad, de Vida, de Santidad, de Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz.  Así será el Reino de Cristo cuando El vuelva glorioso a establecerlo definitivamente para toda la eternidad. 

Pero, mientras tanto, mientras estamos preparándonos para su venida definitiva, mientras viene Cristo como Rey Glorioso, podemos y debemos propiciar ese reinado en nuestro corazón y en medio de nosotros. 


                                



Y podrá ser un Reino de Verdad  si nuestro entendimiento queda libre de errores y es iluminado por la Sabiduría Divina.

        Podrá ser un Reino de Vida si Cristo vive en nosotros por medio de la gracia divina que recibimos especialmente en la Sagrada Eucaristía y en la oración. 

         Podrá ser un Reino de Santidad si dejamos que Cristo nos santifique, siendo dóciles a las inspiraciones de su Santo Espíritu. 

         Podrá ser un Reino de Gracia si sabemos acoger las gracias que Cristo nos da de tantas maneras, respondiendo con frutos de buenas obras.

          Podrá ser un Reino de Justicia, Amor y Paz  en la medida en que los seres humanos, súbditos de Cristo Rey, busquemos y hagamos la Voluntad Divina, pues de esa manera las relaciones entre los hombres serán regidas por ese Rey que nos comunica su Verdad, su Vida, su Gracia, su Santidad, su Justicia, su Amor y su Paz.

Precisamente ese fue el propósito que tuvo el Papa Pío XI al establecer esta Fiesta:  que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero.  Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo.






Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

 

domingo, 1 de marzo de 2020

«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado» (Evangelio Dominical)





Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y este tiempo litúrgico “fuerte” es un camino espiritual que nos lleva a participar del gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Nos dice san Juan Pablo II que «cada año, la Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia, y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado».

La Cuaresma y el Evangelio de hoy nos enseñan que la vida es un camino que nos tiene que llevar al cielo. Pero, para poder ser merecedores de él, tenemos que ser probados por las tentaciones. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Jesús quiso enseñarnos, al permitir ser tentado, cómo hemos de luchar y vencer en nuestras tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.




Las tentaciones se pueden describir como los “enemigos del alma”. En concreto, se resumen y concretan en tres aspectos. En primer lugar, “el mundo”: «Di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). Supone vivir sólo para tener cosas.

En segundo lugar, “el demonio”: «Si postrándote me adoras (…)» (Mt 4,9). Se manifiesta en la ambición de poder.

Y, finalmente, “la carne”: «Tírate abajo» (Mt 4,6), lo cual significa poner la confianza en el cuerpo. Todo ello lo expresa mejor santo Tomás de Aquino diciendo que «la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».



Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,1-11):

                             



EN aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Palabra del Señor





COMENTARIO.


                    



Ya hemos comenzado la Cuaresma, ese tiempo especial de conversión y penitencia que iniciamos con la Imposición de la Ceniza el pasado Miércoles.  Hoy, Primer Domingo de Cuaresma, las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.

En la Primera Lectura (Gen. 2, 7-9; 3, 1-7), tomada del Libro del Génesis, en el cual se relata la creación, observamos que el ser humano acaba de salir de las manos de su Creador, puro e inocente, hecho a imagen y semejanza de Dios.  Viven el hombre y la mujer en total amistad con Dios.  Pero el Maligno, envidioso del bien del hombre, lo busca para hacerlo caer y le plantea una tentación contraria a las órdenes que Dios  les había dado.

Dios les había dicho: “No comerán del árbol del conocimiento del bien y del mal, ni lo tocarán, porque de lo contrario habrán de morir”.  El Demonio, como siempre, contradice a Dios con mentiras y le dice a la mujer: “No morirán.  Bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol serán como dioses, y conocerán el bien y el mal”.

La primera parte de la tentación es de incredulidad en la palabra de Dios.  La segunda parte es de orgullo y soberbia: “serán como Dios”.  Estas dos primeras fases de la tentación abren camino a la parte final, que fue de desobediencia a Dios.  Y precisamente en esto consiste el pecado: en desobedecer a Dios.

                                             
   
                
El hombre y la mujer no resistieron la vana ilusión de estar por encima o a la par de Dios.  Pero Dios sabe que el ser humano fue engañado.  Por eso, aunque lo castiga, le promete un Salvador que lo liberará del pecado y de las consecuencias de ese pecado.

De allí que en la Segunda Lectura (Rom 5, 12-19)   San Pablo nos diga:  “Si por el delito de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo Hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de vida y de gracia de Dios ... Porque, ciertamente, la sentencia vino a causa de un solo pecado, pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados  ... Y así como por la desobediencia de uno, todos fuimos hechos pecadores, por la obediencia de uno solo (Cristo), todos somos hechos justos”.

Quiere decir esto que por el pecado de Adán y Eva -y por todos los pecados nuestros- todos estaríamos condenados, pero por la obediencia de Cristo, todos podemos llegar a ser santos. 

                                     


Es bueno enfatizar estas palabras de San Pablo, ya que podría existir la tentación del reclamo a Dios, por las consecuencias del pecado de Adán y Eva sobre cada uno de nosotros.  Pero podemos preguntarnos: ¿Quién de nosotros podría lanzar la primera piedra?  ¿Quién de nosotros no habría caído, igual que Adán y Eva?   De allí que San Pablo resalte que es cierto que la sentencia vino a causa de un solo pecado (el de Adán y Eva), pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados (todos los que hemos cometido cada uno de nosotros).

Además: ¿no nos damos cuenta que la tentación del Paraíso Terrenal continúa, y los hombres y mujeres de hoy seguimos cayendo?  Los hombres y mujeres de hoy queremos seguir decidiendo sobre lo que es bueno y lo que es malo, sin tener en cuenta para nada a Dios.  Y también seguimos queriendo adquirir una supuesta sabiduría y poderes, que no  vienen de Dios, sino del Maligno.

El Demonio, como en el Paraíso, sigue presentando la tentación como algo llamativo, apetitoso y “aparentemente” bueno.  Nos dice la Escritura: “La mujer vio que era bueno, agradable a la vista,  y provocativo para alcanzar sabiduría”.

Ahora bien, ¿nos damos cuenta de todos los engaños que se nos presentan en nuestros días, tan parecidos a los del Paraíso Terrenal?  ¿No seguimos los hombres y mujeres de hoy tratando de “ser como dioses”, al buscar una supuesta sabiduría y poderes ocultos a través del espiritismo, del control mental, de todas las formas de esoterismo oriental, de la adivinación, la astrología, la brujería, de la santería, y hasta del satanismo abierto y declarado?

Y fijémonos en algo...  El pecado nunca se nos presenta como lo que es: rebeldía y desobediencia a Dios, sino más bien como una afirmación de nuestra personalidad, o como el uso de la libertad a la que tenemos derecho, o también para llegar a alcanzar una “supuesta” sabiduría o auto-realización, etc.

                                             



Y ante las tentaciones -que siempre estarán presentes- nos quedan dos opciones: seguir nuestro propio camino... o seguir en fe el camino que Dios nos presenta para nuestra vida.  Y para seguir el camino de Dios hay que seguir lo que Dios quiere, como El lo quiere, cuando El lo quiere y porque El lo quiere.  De lo contrario, estamos actuando como Adán y Eva.  Y... ¿es eso lo que queremos, realmente?

Jesucristo nos muestra en el Evangelio (Mt. 4, 1-11)  cómo actuar ante la tentación.

Es cierto que El es Dios, y en Dios no hay pecado, pero quiso someterse a la tentación, para compartir con nosotros todo, menos el pecado.  Veamos qué nos muestra Jesucristo en esta lucha que tuvo con el Demonio al terminar su retiro de cuarenta días en el desierto.

El Demonio lo tienta, primero, con el poder (Haz que estas piedras se conviertan en pan);  luego,con el triunfo (Lánzate hacia abajo que Dios mandará a sus Ángeles a que te cuiden)  y, finalmente, con la avaricia (Te daré todos los reino de la tierra, si me adoras).

Y tuvo la osadía el Demonio de tentar a Jesucristo con palabras tomadas de la Sagrada Escritura.  Y más osadía aún fue el tratar de desviar a Jesucristo de la misión que el Padre le había encomendado.

De acuerdo a esa misión,  el Mesías no iba a ser un triunfador, ni un poseedor de reinos terrenos, sino que era enviado a salvar a los hombres, pero en humildad, en pobreza, en obediencia y en el sufrimiento.

Vemos, entonces, que -ante la tentación- Jesucristo no se aparta ni un milímetro del camino que Dios Padre le había señalado.  La victoria que el Demonio había obtenido en el Paraíso se revierte ahora en el Desierto con una total derrota.  Y así debe ser nuestra actitud ante las tentaciones: derrotar al Maligno con la gracia que Jesucristo nos obtuvo.

Sabemos por enseñanza de la Sagrada Escritura (cf. 1 Cor. 10, 13 y 2 Cor. 12, 7-10) que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas, lo que equivale a decir que ante cualquier tentación tenemos todas las gracias necesarias para vencerla.

Y si caemos, ¡qué gran consuelo el poder arrepentirnos y confesar nuestro pecado al Sacerdote!  ¡Qué más podemos pedir!  Es como un negocio o un juego en el cual nunca podemos perder, porque siempre, no importa cuán grave sea la falta, Dios nuestro Padre está dispuesto a perdonarnos y a acogernos como sus hijos que somos.  ¿Qué más podemos pedir? 

                                     



La Cuaresma nos invita a todos a aprender a vencer las tentaciones, como Jesucristo en el Desierto, con la ayuda de la gracia que Dios siempre nos da.  Nos invita también a reconocernos pecadores, a arrepentirnos de nuestras faltas y a confesarlas cuando sea necesario.

La Cuaresma es tiempo especial de conversión y de Confesión, porque es tiempo de volvernos a Dios y de acercarnos más a El.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 14 de julio de 2019

«Un samaritano (...) tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas (...) y, montándole sobre su propia cabalgadura...» (Evangelio Dominical)




 Hoy, nos preguntamos: «Y, ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). Cuentan de unos judíos que sentían curiosidad al ver desaparecer su rabino en la vigilia del sábado. Sospecharon que tenía un secreto, quizá con Dios, y confiaron a uno el encargo de seguirlo... Y así lo hizo, lleno de emoción, hasta una barriada miserable, donde vio al rabino cuidando y barriendo la casa de una mujer: era paralítica, y la servía y le preparaba una comida especial para la fiesta. Cuando volvió, le preguntaron al espía: «¿Dónde ha ido?; ¿al cielo, entre las nubes y las estrellas?». Y éste contestó: «¡No!, ha subido mucho más arriba».

Amar a los otros con obras es lo más alto; es donde se manifiesta el amor. ¡No pasar de largo!: «Es el propio Cristo quien alza su voz en los pobres para despertar la caridad de sus discípulos», afirma el Concilio Vaticano II en un documento.

                                 


Hacer de buen samaritano significa cambiar los planes («llegó junto a él»), dedicar tiempo («cuidó de él»)... Esto nos lleva a contemplar también la figura del posadero, como dijo san Juan Pablo II: «¡Qué habría podido hacer sin él? De hecho, el posadero, permaneciendo en el anonimato, realizó la mayor parte de la tarea. Todos podemos actuar como él cumpliendo las propias tareas con espíritu de servicio. Toda ocupación ofrece la oportunidad, más o menos directa, de ayudar a quien lo necesita (...). El cumplimiento fiel de los propios deberes profesionales ya es practicar el amor por las personas y la sociedad».

Dejarlo todo para acoger a quien lo necesita (el buen samaritano) y hacer bien el trabajo por amor (el posadero), son las dos formas de amar que nos corresponden: «‘¿Quién (...) te parece que fue prójimo?’. ‘El que practicó la misericordia con él’. Díjole Jesús: ‘Vete y haz tú lo mismo’» (Lc 10,36-37).

Acudamos a la Virgen María y Ella —que es modelo— nos ayude a descubrir las necesidades de los otros, materiales y espirituales.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,25-37):


                   



En aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor





COMENTARIO


                  



Las Lecturas del día de hoy nos hablan del amor al prójimo, como mandamiento.  Por eso trataremos sobre la Caridad Cristiana y los deberes que tenemos para con nuestros semejantes.

Lo primero que debemos tener en cuenta es el hecho de que la Caridad es una virtud infundida en nosotros por Dios.  Es decir, nosotros no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar... amarle a El y amar también a los demás.  Si Dios no nos amara, el hombre sería incapaz de amar.

Podemos, entonces, amar a Dios, como nos pide el Evangelio de hoy: “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser” (Lc. 10, 25-37).  Así, con esa medida, debemos amar a Dios.  Y esto no es imposible.

Nos lo asegura la Primera Lectura del Libro del Deuteronomio, que es el libro del Antiguo Testamento que explica la Ley de Dios en forma práctica.  Ahí nos dice Moisés lo siguiente: “Los mandamientos no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance ... Por el contrario, todos los mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón para que puedas cumplirlos”. (Dt. 30, 10-14)

                                           



O sea, que los mandamientos no son imposibles de cumplir, ni están por encima de nuestra capacidad.  Hoy hablaremos de los Mandamientos, resumidos o contenidos en dos:  el Amor a Dios y el amor al prójimo.  Así lo refiere el Evangelio de hoy.   Así lo aprendimos en el Catecismo: los 10 Mandamientos de la Ley de Dios se encierran en dos (Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo).

Ambos Mandamientos están unidos.  Uno es consecuencia del otro.  No podemos amar a nuestros semejantes sin amar a Dios.  Y no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestros semejantes.  Se ha comparado esta doble dimensión del Amor con los elementos de una cruz:  la línea vertical indica el amor a Dios y la horizontal el amor a los hombres ... para indicar así que ambos son inseparables.

Volvamos, entonces, al concepto de Caridad.

La Caridad, o sea, el Amor, es una virtud, es decir, una costumbre o un hábito de característica espiritual, que es infundida por Dios en nuestra alma, por medio de la cual amamos a Dios sobre todas las cosas, por lo que Dios es.  Y por medio de la cual también amamos a los demás, porque Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones (cf. Rom. 5, 5), para que seamos capaces de amar con el Amor con que El nos ama.  Y amamos a los demás porque Dios así lo quiere y así nos lo ordena.

Amor es… entonces, un mandamiento, un mandamiento ineludible.


                                        



Y esta obligación de amar a los demás está basada en que todos los seres humanos, sin excepción, somos “imagen de Dios”.

Esto nos lo recuerda la Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Colosenses, cuando nos dice: “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación” (Col. 1, 5-20).  Cristo es el primero en todo.  Y nosotros con El y después de El, somos también imagen de Dios.  He ahí nuestra dignidad:  la imagen de Dios está impresa en nuestra alma.  Allí se basa la Ley del Amor:  en el reconocimiento del valor que tiene cada ser humano.  En cada persona reconocemos, estimamos y amamos la imagen de Dios.

Por eso la Caridad no puede depender del deseo, del afecto o de los lazos de sangre... o de los lazos de raza, de nación o de religión, como bien lo indica Jesús en la parábola del Buen Samaritano que nos trae el Evangelio de hoy.  Los judíos y los samaritanos no se trataban, tenían muchas diferencias, sobre todo religiosas.  Pero el ejemplo del Buen Samaritano nos recuerda que la Caridad Cristiana está por encima de toda diferencia.

La Caridad Cristiana puede incluir esos lazos de afecto o de sangre, de raza o de religión, pero no depende de éstos. 
Jesucristo mismo nos advierte fuertemente: “Si amas a los que te aman ¿qué mérito tienes?  Hasta los malos aman a los que los aman.  Y si haces bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen?  También los pecadores obran así” (Lc. 6, 32-34).

                                              



He aquí la diferencia entre altruismo y caridad, entre filantropía y amor.  El cristiano debe amar; no puede hacer el bien con un interés escondido o con una motivación impura.

La Caridad es también independiente del sentimiento.  Es más bien una disposición de la voluntad.  Es un deseo de hacer el bien porque Dios nos ama así y desea que nosotros amemos como El nos ama.  Por eso la Caridad no es egoísta; es decir, no busca la propia satisfacción, sino el servir al otro y complacer a Dios.  Además, la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres.

En el caso del Evangelio de hoy, es importante hacer notar esto de que la Caridad incluye a todos.  Es así como el extraño, el Samaritano, el que no era del país, el que era considerado enemigo de la nación judía, fue el que ayudó al malherido por los ladrones.

Aquí es importante hacer notar, como nota de cultura bíblica, que el Mandamiento del Amor lo llamó nuestro Señor Jesucristo “el mandamiento nuevo”.   ¿Y por qué era “nuevo”?  Porque para los Judíos el mandato de amor a los demás era sólo para los de su misma raza y nación:  era un amor entre ellos mismos.  Por eso el Señor lo llama un mandamiento nuevo: porque se extendía a todos los hombres.

Y aquí vamos a la definición que pide el Doctor de la Ley del Evangelio.  ¿Quién es el prójimo?  El Señor le responde con la parábola del Buen Samaritano.  Y con esto el Señor dice que el prójimo -que significa “próximo”, o el más cercano- puede ser alguien lejano... como fue en este caso el extranjero.

Sin embargo, en el ejercicio de la Caridad, debemos saber que nuestro prójimo es aquél que el Señor nos presenta en nuestro camino.  Puede ser un familiar, pero puede ser también un extraño.

Caridad o Amor es estar atentos a las necesidades de los demás: necesidades espirituales y corporales.  Las espirituales:  enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos.  Las corporales:  dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar limosna a los pobres.

                        



Y hacer estas cosas por servicio, no por propia satisfacción.  Hacerlas por amor a Dios, no por quedar bien o por sentirnos bien nosotros mismos.  Hacerlas porque vemos la imagen de Dios en quien necesita nuestro servicio.  Esa es la diferencia entre altruismo o filantropía y Caridad Cristiana.

La Madre Teresa de Calcuta decía tener la gracia de ver el rostro de Cristo en los miserables que ella atendía.  Es una gracia que podríamos pedir:  ver la imagen de Dios, ver el rostro de Cristo en el prójimo necesitado.  Pero, aunque no nos sea dada esa gracia, aunque no veamos la imagen de Dios en quienes nos necesitan, Amor es… un mandamiento, un mandamiento ineludible.













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.net
Homilias.org.

domingo, 26 de agosto de 2018

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Evangelio Dominical)






Hoy, el Evangelio nos sitúa en Cafarnaúm, donde Jesús es seguido por muchos por haber visto sus milagros, en especial por la multiplicación espectacular de los panes. Socialmente, Jesús allí tiene el riesgo de morir de éxito, como se dice frecuentemente; incluso lo quieren nombrar rey. Es un momento clave dentro de la catequesis de Jesús. Es el momento en el que comienza a exponer con toda claridad la dimensión sobrenatural de su mensaje. Y, como que Jesús es tan buen catequista, sacerdote perfecto, el mejor obispo y papa, les deja marchar, siente pena, pero Él es fiel a su mensaje, el éxito popular no lo ciega.

Decía un gran sacerdote que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han caído personas que parecían columnas imprescindibles: «Se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66). Tú y yo podemos caer, “pasar”, marchar, criticar, “ir a la nuestra”. Con humildad y confianza digámosle al buen Jesús que queremos serle fieles hoy, mañana y todos los días; que nos haga ver el poco sentido evangélico que tiene discutir las enseñanzas de Dios o de la Iglesia por el hecho de que “no los entiendo”: «Señor, ¿a quién iremos?» (Jn 6,68). Pidamos más sentido sobrenatural. Sólo en Jesús y dentro de su Iglesia encontramos la Palabra de vida eterna: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).




Como Pedro, nosotros sabemos que Jesús nos habla con lenguaje sobrenatural, lenguaje que hay que sintonizar correctamente para entrar en su pleno sentido; en caso contrario sólo oímos ruidos incoherentes y desagradables; hay que afinar la sintonía. Como Pedro, también en nuestra vida de cristianos tenemos momentos en los que hay que renovar y manifestar que estamos en Jesús y que queremos seguir con Él. Pedro amaba a Jesucristo, por eso se quedó; los otros lo querían por el pan, por los “caramelos”, por razones políticas y lo dejan. El secreto de la fidelidad es amar, confiar. Pidamos a la Virgo fidelis que nos ayude hoy y ahora a ser fieles a la Iglesia que tenemos.



Lectura del santo evangelio según san Juan (6,60-69):




En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Palabra del Señor




COMENTARIO




El Evangelio de hoy nos muestra cómo el “pan” del escándalo terminó en abandono de muchos:  algunos seguidores más o menos firmes, y también muchos discípulos de Jesús lo dejaron al escandalizarse porque les daría a comer el “pan” que es su propio cuerpo.

"Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn. 6, 55.60-69).    Nos cuenta el Evangelio que al oír esto muchos discípulos de Jesús pensaron y comentaron que ya eso era “intolerable, inaceptable”.   Y Jesús, lejos de ceder un poco para tratar de impedir la huída de muchos de los suyos, más bien reafirma su mensaje y exige una elección.

Los presentes no lograban entender, mucho menos aceptar, cómo los alimentaría con su propia carne.  Y Jesús da una explicación un tanto difícil de captar: “¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?  El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha”.




¿Qué puede significar esa explicación del Señor?  Eso de comer la carne, que parece cosa muy terrenal, se justifica en el caso del Pan de Vida, porque esa carne es la de Cristo resucitado.  Es decir:  El Señor nos está hablando de una realidad material transformada en una realidad espiritual por el Espíritu.  Y como es el Espíritu el que actúa, por eso da vida, Vida Eterna.

Pero para aprovechar este alimento hay que tener fe. Y, si no tenemos fe en este Pan, nos puede suceder como a Judas. El era uno de los presentes.  Sabemos cómo terminó Judas.  Pero ¿cómo comenzó?

Si nos fijamos bien, este pasaje del Evangelio da a entender que Judas pudo haber comenzado a apartarse de Jesús al escandalizarse también con este Pan.  Dice el Evangelio: “En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían en El y quién lo habría de traicionar”.




Nuestra fe tiene que ser firme y perseverante.  No podemos hacer lo de Judas, que comenzó siguiendo a Jesús y terminó vendiéndolo por unas cuantas monedas de plata.

Puede suceder que inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida y olvidarnos de El.  Esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertas disyuntivas.

Este “Pan” es un pan especialísimo, pues lo comemos, pero quien actúa es Cristo resucitado, no el pan ingerido. Y Cristo actúa asimilándonos a El.  Al recibirlo es El quien nos transforma y nos une a El.  “Nos unimos a El y nos hacemos con El un solo cuerpo y una sola carne” (San Juan Crisóstomo).

Y al recibir ese “Pan” e ir dejándonos santificar por ese “Pan de Vida” Cristo nos llevará a donde El se fue cuando ascendió al Cielo, a donde los Apóstoles que permanecieron fieles, lo vieron subir:  a donde estaba antes.  Justamente, Cristo bajó del Cielo, para rescatarnos a nosotros y llevarnos con El. Y eso será posible si no nos escandalizamos, si creemos en su Palabra, si seguimos su Camino, si -como El-  cumplimos la Voluntad del Padre.




Y seguirlo a El significa optar por El en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente.

Si no, también puede sucedernos como al pueblo de Israel a lo largo de su historia, que se desviaba y optaba por ídolos. (Jos. 24,1-2.15-17.18).  Pero tiene que optar:o escoge la idolatría o se decide por Yahvé; o Dios o los ídolos. Y aunque la decisión inicial estaba tomada a favor de Yahvé, muchos a lo largo del camino se van quedando con los ídolos.  Siempre -es cierto- quedaban algunos fieles, pero muchos se iban quedando fuera.

Es lo mismo que sucede con el nuevo pueblo de Dios, todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy. Inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida.  Esa elección hay que renovarla continuamente, en especial ante las disyuntivas difíciles, o ante otros escándalos.




Por ejemplo: ¿vamos a dejar de seguir a Cristo y de recibir ese Pan de Vida, por el escándalo que hemos conocido de algunos Sacerdotes y hasta de Obispos y Cardenales con relación a su pecaminosa vida sexual?  Hay que recordar que una cosa es Cristo y su Iglesia como institución divina, y otra cosa somos todos los que formamos parte de la Iglesia, sean cardenales, obispos, sacerdotes o laicos.  La verdad y santidad de la Iglesia no depende de sus miembros, sino de Cristo mismo.

Es imposible servir a Dios y también servir a los ídolos modernos:  el dinero, el poder, el placer, las teorías contra la fe, los desacuerdos contra la moral y, en general, todo lo que el mundo nos vende como valioso y hasta necesario.

Esa elección que tenía que hacer el pueblo de Israel y que tuvieron que hacer los seguidores de Jesús en el momento de su discurso sobre el Pan Eucarístico, se nos presenta también a nosotros. Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También ustedes quieren dejarme?”.  Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “¿A dónde iremos, Señor si sólo Tú tienes palabra de Vida Eterna?”.




Creer y vivir el misterio del “Pan de Vida” fue en ese momento el toque de distinción del verdadero seguidor de Cristo.  Y hoy también lo es.

Y Jesús quiere que creamos sin tener pruebas.  En eso consiste la Fe.  Sin embargo, suceden milagros eucarísticos que muestran hostias consagradas, las cuales resultan ser músculo cardíaco.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org