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jueves, 26 de julio de 2018

Hoy la Iglesia Católica celebra a San Joaquín y Santa Ana, patronos de los abuelos






Cada 26 de julio se celebra en la Iglesia Católica la fiesta de los padres de la Santísima Virgen María y abuelos de Jesús, San Joaquín y Santa Ana.
Ambos santos, llamados patronos de los abuelos, fueron personas de profunda fe y confianza en Dios; y los encargados de educar en el camino de la fe a su hija María, alimentando en ella el amor hacia el Creador y preparándola para su misión.

Benedicto XVI,un día como hoy en 2009, resaltó -a través de las figuras de San Joaquín y Santa Ana-, la importancia del rol educativo de los abuelos, que en la familia“son depositarios y con frecuencia testimonio de los valores fundamentales de la vida”.

En el 2013, cuando el Papa Francisco se encontraba en Río de Janeiro (Brasil) por la Jornada Mundial de la Juventud Río 2013, y coincidiendo su estadía con esta fecha, destacó que “los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!”.


Se burlaban de Joaquín




El protoevangelio de Santiago cuenta que los vecinos de Joaquín se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces, el santo se retiró cuarenta días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana (cuyo nombre significa Gracia) "se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones". Un ángel se le apareció y le dijo: "Ana, el Señor ha escuchado tu oración: concebirás y darás a luz. Del fruto de tu vientre se hablará en todo el mundo". A su debido tiempo nació María, quien sería la Madre de Dios. Esta narración se parece mucho a la de la concepción y el nacimiento de Samuel, cuya madre se llamaba también Ana ( I Reyes, I ).


Los primeros Padres de la Iglesia oriental veían en ello un paralelismo. En realidad, se puede hablar de paralelismo entre la narración de la concepción de Samuel y la de Juan Bautista, pero en el caso presente la semejanza es tal, que se trata claramente de una imitación.





ORACIÓN





Bienaventurados sois, oh Santos Joaquín y Ana, por habernos dado aquella niña benditísima, que alcanzó la más alta dignidad que puede tener criatura, pues vino a ser Madre del mismo Dios hecho hombre, y a tener en sus entrañas al que tiene colgado de tres dedos el universo; y vosotros después de ella sois gloriosísimos, pues sois padre de la Madre de Dios porque engendrasteis por gracia y por don sobrenatural a la que nos dio a Jesucristo fuente de gracia y Salvador del mundo. ¡Oh cuan ricamente adornó con todas las virtudes vuestras almas el Señor, para haceros tan señalada merced! Pues por estas mismas gracias que recibisteis, y por aquella soberana Princesa que disteis al mundo, os suplicamos que nos seáis abogados piadosos para con vuestra hija y con su Hijo Jesucristo, y nos alcancéis al amparo de la Madre y la bendición del Hijo, y perseverancia en la virtud y buena muerte, para gozar con ellos y de vos en los siglos de los siglos. Amén.













Fuentes: ACI Prensa

domingo, 10 de junio de 2018

«¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?» (Evangelio Dominical)





Hoy, el Evangelio nos invita a comparar dos enemigos irreconciliables: Jesús y el espíritu del mal. El Evangelio afirma: «Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: ‘Está poseído por Beelzebul’» (Mc 3,22). Este versículo nos ayuda a comprender la inquietud de los miembros de la familia de Jesús, que fueron para llevárselo a casa. En efecto, tal como podemos observar, Jesús no es acusado porque ha roto la Ley, o las costumbres judías, o el Sábado. Ni tampoco se le denuncia por blasfemar. ¡Él es acusado de estar poseído por el príncipe de los demonios! Tengamos en cuenta que ésta es una de las primeras acusaciones dirigidas hacia Jesús, antes de que le acusaran por quebrantar la Ley Judía.





Pero el hecho interesante es la respuesta que Jesús les dio: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir (…). Nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte» (Mc 3,23-24.27). Esto muestra que Jesús rechaza completamente la idea de que Él está actuando para Satanás. Por este motivo, Él empieza a exponer la parábola de la casa del hombre fuerte. De una u otra manera, esta parábola parece apuntar directamente a la misión de Jesús. Y esta misión muestra el Reino de Dios “atando” al hombre fuerte, Satanás, a través de la salvación realizada por Jesús.

En efecto, la expulsión de los espíritus malignos nos demuestra que Él es más fuerte que Satanás. El Papa Francisco, en una audiencia general, afirmó: «En nuestro entorno, basta con abrir un periódico y vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte?».




Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

[Mc 3, 20-35]








EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:

«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.

En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dice:

«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».

Él les pregunta:

«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».

Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:

«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.





COMENTARIO.






La Primera Lectura (Gen 3, 9-15), nos habla de las consecuencias de caer en la tentación.

Nadie está libre de tentaciones.  ¡Ni Jesucristo!  Cuando Jesús fue tentado en el desierto, El despachó de inmediato al Demonio.  Así deberíamos actuar nosotros.  No como Adán y Eva en el Paraíso Terrenal.  De inmediato hay que despachar al Demonio orando, porque la oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo.

Ahora bien, enseguida del pecado original, vemos a Dios buscando a Adán:  "¿Dónde estás?"   Adán le responde: “Tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí".  El replicó: "¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que Yo te prohibí?".

¿Qué significa estar desnudo?  Es la desnudez de la falta de la gracia divina.  Se les cayó a Adán y a Eva el ropaje maravilloso, esplendoroso de la gracia divina.  Se pusieron en contra de Dios y perdieron el ropaje divino de la gracia.  Y ahora tienen miedo, se esconden, porque se sienten descubiertos y desnudos.

Igual estamos nosotros al pecar, desprovistos del ropaje de la gracia.  Por eso no es recomendable permanecer desnudos, desprovistos de la gracia divina. Cuanto más pronto la recuperemos, mejor es. ¿Cómo?  Arrepentimiento y Confesión.

Y a la pregunta de Dios de si había comido del árbol prohibido, la respuesta de Adán es de totalmente irresponsable: "La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él".

Y Eva dio una respuesta igual: "La serpiente me sedujo y comí".







Ninguno de los dos asume su responsabilidad:  Adán, que tenía a cargo proteger el Jardín del Edén (del demonio, suponemos) culpa a Eva.  Y ella culpa a la serpiente.

Y nosotros ¿cómo asumimos nuestras culpas?  ¿Nos confesamos acusando al que nos hizo estallar de rabia o al marido o la esposa que dijo tal cosa?  ¿O tomamos responsabilidad por nuestro pecado como nos corresponde?

¿Qué sucedió después de que Adán y Eva cometieron el primer pecado, el llamado Pecado Original?  ¿Qué hizo Dios?

Dios no deja a Adán y Eva a merced del demonio, sino que hace la gran promesa de restauración de la gracia que han perdido.

Debemos darnos cuenta que al hacer lo que el Demonio les había propuesto, Adán y Eva habían caído en las redes del Maligno.  Pero Dios no los abandonó, sino que les prometió un Redentor, un Salvador, alguien que vendría para rescatar a todos los seres humanos.

Esa promesa se llama el“Proto-evangelio” (el primer Evangelio), porque es el anuncio de Jesucristo, el Redentor del mundo.  Y esa promesa está en el primer libro de la Biblia.  O sea que, desde el comienzo, Dios nos anuncia a Jesucristo, que vendrá a salvarnos de las redes del Demonio.

Entonces Dios le dijo a la serpiente …: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te aplastará la cabeza, mientras tú sólo arañarás su talón.” (Gn. 3, 15)
Vamos a ver con detalle el significado del Proto-evangelio.






¿Quién es la Mujer?  La Santísima Virgen María.  "Ella te aplastará la cabeza".

¿Cuál es la descendencia de la Mujer?  Jesús. Jesucristo el Redentor del mundo.

¿Quién aplastará la cabeza de la serpiente?   Jesucristo.

Por eso hay imágenes de la Virgen aplastando la serpiente, es decir, aplastando al Demonio, porque su Hijo vencerá al Demonio.

¿Quién es el talón herido, arañado?  El género humano que quedó herido por el pecado original.  El Demonio puede tentarnos, pero no vencernos, porque Jesucristo nos salva del Demonio.  Si amamos a Dios y seguimos su voluntad, el Demonio sólo puede arañarnos, tentarnos, pero no vencernos definitivamente, a menos que caigamos en sus redes, distrayéndonos en alguna tentación que proponga, cayendo en pecado y adicionalmente nos resistamos a arrepentirnos.






Y ¿cuál será la descendencia de la serpiente?  Son los seres humanos que siguen al Demonio y que no siguen a Dios.  Aquéllos que quieren vivir en pecado, al lado y del lado del Demonio. 

¿Recuerdan en la película La Pasión de Mel Gibson al demonio cargando a un bebé feísimo?  El cineasta quiso presentar así la descendencia del demonio: ésta de que habla el Proto-Evangelio. Y el pecador es mucho más feo que ese bebé y el Demonio mucho más feo que ese demonio de la película.

El Evangelio de hoy nos trae tres temas importantes:

1.    Guerra entre demonios:

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belcebú y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios". Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin.

Muy pertinente esta advertencia para los que van a brujos, psíquicos, santeros, metafísicos, espiritistas, etc. para aliviar los males provenientes del demonio y de las fuerzas del mal o para lograr algún fin que deseen. "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás?  Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.”, advirtió Jesús entonces y advierte hoy a todo el que busca ayuda para cosas buenas o malas (es igualmente malo) de parte de cualquiera de esos “especialistas” del mundo de las tinieblas.

2.   El pecado contra el Espíritu Santo:

¿Algún pecado no se perdona?  No hay ningún pecado que Dios y la Iglesia no puedan perdonar.  Entonces ¿qué significan estas palabras de Jesús?

«En verdad les digo: se les perdonará todo a los hombres, ya sean pecados o blasfemias contra Dios, por muchos que sean.  En cambio, el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, pues se queda con un pecado que nunca lo dejará.» (Mc 3, 20-35)

Según esto, como que sí hay un pecado que no se perdona:  es el pecado contra el Espíritu Santo.  ¿En qué consiste, entonces, este pecado?  Consiste en que la persona no se arrepiente, porque no se deja influir por el Espíritu Santo.  Y no se perdona, porque sin arrepentimiento no puede haber perdón.

Por eso es que la Iglesia dice que esas palabras de Jesús se refieren a los pecadores que no quieren arrepentirse.  Porque ¿cómo puede Dios perdonar a quien no pide perdón?  Es que no se dejan perdonar, porque Dios siempre nos perdona … si nos arrepentimos y cumplimos las condiciones que El puso para perdonarnos.




En realidad, el pecado contra el Espíritu Santo es el rechazo a Dios y al arrepentimiento inclusive hasta el momento de la muerte.

Entonces, el arrepentimiento o contrición es indispensable para recibir el perdón de Dios.  Y hay dos maneras de arrepentirnos:

Existe la “contrición imperfecta” o “atrición”, por la cual nos arrepentimos debido al temor a la condenación eterna o al rechazo del mismo pecado. Este arrepentimiento imperfecto es suficiente para obtener el perdón de pecados mortales o veniales en el Sacramento de la Confesión.

Pero mejor aún es la “contrición perfecta”, que consiste en optar por Dios y rechazar el pecado, porque preferimos a Dios más que a cualquier otra cosa, especialmente aquello que nos da el pecado.  Con este arrepentimiento se nos perdonan las faltas veniales y hasta los pecados mortales.  Eso sí:   siempre y cuando tengamos la firme resolución de confesar los pecados graves en el Sacramento de la Confesión enseguida que nos sea posible.

¿Y qué decir del suicidio, por ejemplo?  ¿Se perdona?  El Catecismo de la Iglesia dice esto: “No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte.  Dios puede haberles facilitado, por caminos que El solo conoce, la ocasión de un arrepentimiento salvador.  La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida”. (CIC #2283)

Ahora están muy de moda el llamado “suicidio asistido” y la eutanasia, ni hablar del aborto, que es ya casi costumbre.

Por eso hay que reafirmar que sólo Dios es dueño de cada vida humana.  No podemos disponer de nuestra vida ni de la de los demás según nuestros deseos y criterios.  El mandamiento “No matar” se aplica a la muerte a uno mismo y a la muerte a los demás, incluyendo a los bebés que están aún en el vientre de su madre y desde el primer instante de su concepción, por lo que el aborto, en cualquier momento del embarazo también es un pecado grave.

Otro pecado contra la vida es la eutanasia o asesinato misericordioso, que consiste en acabar con la vida de un enfermo terminal.  Ni el enfermo, ni los médicos, nadie, tiene derecho para decidir el momento de la muerte, por lo que el llamado “suicidio asistido” también es un pecado que comete el suicida y todo el que colabora en suspender una vida humana.

Ahora bien, por más graves que sean estos y otros pecados, todos tienen perdón de Dios si se cumple con el debido arrepentimiento y, para los católicos, con la Confesión.

3.  Quiénes siguen la Voluntad de Dios:

Vuelto a casa, se juntó otra vez tanta gente que ni siquiera podían comer.  Al enterarse sus parientes de todo lo anterior, fueron a buscarlo para llevárselo, pues decían: «Se ha vuelto loco.»

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios".

Sus parientes creen que Jesús está medio loco y los Escribas que está poseído del Demonio.  Entonces Jesús corrige a los Maestros de la Ley que lo acusaban de sacar los espíritus malignos con la ayuda de Belzebú, jefe de los demonios.

Y luego se cambia la escena de nuevo:  aparece la Santísima Virgen María a la puerta de la casa donde estaba Jesús, buscándolo junto con los parientes.  Y sucede algo inesperado:





«Tu Madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y preguntan por ti.  Él les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos»  Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque todo el que hace la voluntad de Dios es hermano mío y hermana y madre.»

Debe haber sido un momento impactante para los Apóstoles, porque lo refiere el Evangelista San Marcos, secretario de San Pedro, y también San Mateo Apóstol y Evangelista.  También Lucas, aunque éste no debe haber estado presente en este incidente.

Esta respuesta no significa desprecio de Jesús por su Madre.  Por el contrario:  nos la pone como ejemplo de aquélla que de veras cumplió como nadie la Voluntad del Padre.  Nos indica también que Dios establece una relación más profunda, la cual va más allá de los lazos de sangre, pues se basa en los vínculos de la gracia divina.


Este pasaje impactante también debe impactarnos a nosotros, porque la “familia” termina siendo quien hace la Voluntad de Dios.  Son todos los que siguen a Cristo en su entrega a la Voluntad del Padre.  Puede ser que en esa “familia” estén incluidos algunos o todos los miembros de mi familia.  Pueda ser que por un tiempo no estén mis familiares y luego más tarde sí.  Lo importante es saber -porque así nos lo dice Cristo- que la familia de Dios, su “familia”, está formada por aquéllos que hacen su Voluntad.





En la Segunda Lectura (Cor 4,13-18.5,1)San Pablo nos recuerda que nuestra meta no está aquí en la tierra, sino allá en el Cielo y de que los sufrimientos son pasajeros y nos preparan para la vida eterna.   Y usa una comparación muy bella sobre nuestra vida en la tierra como vivir en una tienda de campaña (él era fabricantes de éstas), pero que en el Cielo tendremos una casa permanente que Dios nos ha fabricado.

Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña -nuestra morada terrenal- es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios.




















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 21 de enero de 2018

«Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Evangelio Dominical)




Hoy, la Iglesia nos invita a convertirnos y, con Jesús, nos dice: «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Por tanto, habrá que hacer caso a Jesucristo, corrigiendo y mejorando lo que sea necesario.

Toda acción humana conecta con el designio eterno de Dios sobre nosotros y con la vocación a escuchar a Jesús, seguirlo en todo y para todo, y proclamarlo tal como lo hicieron los primeros discípulos, tal como lo han hecho y procuramos hacerlo millones de personas.

Ahora es la oportunidad de encontrar a Dios en Jesucristo; ahora es el momento de nuestra vida que empalma con la eternidad feliz o desgraciada; ahora es el tiempo que Dios nos proporciona para encontrarnos con Él, vivir como hijos suyos y hacer que los acontecimientos cotidianos tengan la carga divina que Jesucristo —con su vida en el tiempo— les ha impreso.



¡No podemos dejar perder la oportunidad presente!: esta vida más o menos larga en el tiempo, pero siempre corta, pues «la apariencia de este mundo pasa» (1Cor 7,31). Después, una eternidad con Dios y con sus fieles en vida y felicidad plenas, o lejos de Dios —con los infieles— en vida e infelicidad totales.

Así, pues, las horas, los días, los meses y los años, no son para malgastarlos, ni para aposentarse y pasarlos sin pena ni gloria con un estéril “ir tirando”. Son para vivir —aquí y ahora— lo que Jesús ha proclamado en el Evangelio salvador: vivir en Dios, amándolo todo y a todos. Y, así, los que han amado —María, Madre de Dios y Madre nuestra; los santos; los que han sido fieles hasta el fin de la vida terrenal— han podido escuchar: «Muy bien, siervo bueno y fiel (...): entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23).

¡Convirtámonos! ¡Vale la pena!: amaremos, y seremos felices desde ahora.



Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):




Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.


Palabra del Señor


COMENTARIO





 Cuando Dios escoge ... escoge.  Eso lo han sabido muchos santos.  Pero nadie lo supo mejor que Jonás, ese interesante y pintoresco personaje del Antiguo Testamento que, según nos cuenta el libro que lleva su nombre, pasó tres días dentro de una ballena. 

¿Podrá ser verdad esto?  Cuesta pensar en algo así.  Pero lo desconcertante es que el mismo Jesús se refiere a la estadía forzada de Jonás dentro de una ballena para tratar algo tan trascendental como su futura Resurrección.  ¿Iba el Hijo de Dios a citar un mito?  ¿Y a citarlo con el sentido y la precisión que lo hizo?  Así:

“Estos hombres de hoy son gente mala; piden una señal, pero no la tendrán.  Solamente se les dará la señal de Jonás.  Porque así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, así lo será el Hijo del Hombre para esta generación”  (Lc 11, 29-30). 




¿Sin embargo,  de Jonás lo más importante no fue si realmente pasó o no tres días dentro de una ballena, sino que no quería hacer lo que Dios le pedía.  Dios lo escogió para que se convirtiera él y para que -por la escogencia que Dios hizo de él- muchos también se convirtieran.

El Señor escogió a Jonás y a este profeta no le valió de nada escapar en un barco para huir de Dios.  El barco se vio metido dentro de una tormenta.  Jonás es lanzado al agua al conocerse que la causa de la tormenta es la huída de Jonás.  Y luego de ser tragado por una ballena, es lanzado por el animal cerca de las costas de Asia Menor para que de allí fuera a la ciudad de Nínive a predicar lo que el Señor le pedía.  El Señor buscaba que la gran ciudad de Nínive se convirtiera de sus vicios y pecados.  (Para dar una idea del tamaño de esta ciudad, baste con el dato que nos da la Escritura:  se requerían 3 días para recorrerla a pie).





Jonás predicó lo que el Señor le indicó:  “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”.  Sin embargo, sorprendentemente, los habitantes de Nínive se convirtieron y creyeron en Dios, e hicieron penitencia todos.  Dios, entonces, no destruyó la ciudad.

Otros elegidos de Dios son más dóciles que Jonás.  Tal es el caso de los primeros discípulos escogidos por Jesús.  Nos cuenta el Evangelio de San Marcos (Mc. 1, 14-20)  que cuando Jesús, viendo a Andrés y a su hermano Pedro echando las redes de pescar en el lago de Galilea, les llamó para hacerlos “pescadores de hombres, ...y  ellos dejaron las redes y lo siguieron.” Respuesta inmediata y obediente a la escogencia del Señor.

Los escogidos de Dios son instrumentos suyos para la conversión que Dios desea realizar en medio de su pueblo, es decir, en cada uno de nosotros.  Y la conversión siempre exige un cambio de vida:  incluye, primero que todo, dejar el pecado.  Pero no basta esto.  Es necesario pasar a una segunda fase:  “creer en el Evangelio”.  Y creer en el Evangelio significa vivir según el Evangelio.  No basta conocer la teoría del Evangelio:  es necesario vivirlo en la práctica.




Es necesario cambiar la mentalidad terrena que nos vende el mundo, esa mentalidad a la que estamos muy acostumbrados.  ¿Cuál es la mentalidad del mundo?  Aquélla que nos lleva a quedarnos en lo temporal y a olvidarnos de lo eterno, a preferir lo terrenal y olvidarnos de lo celestial, a conformarnos con lo humano y a descartar lo divino, a creer en el mundo y a olvidarnos del Evangelio.

Sin embargo, el Señor nos dice:  “El Reino de Dios ya está cerca.  Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.   Ciertamente el Reino de Dios está cerca, pero sólo será una realidad cuando, arrepentidos y convertidos, creamos y vivamos según el Evangelio.  Será una realidad cuando vivamos según la Voluntad Divina, cuando -como rezamos en el Salmo (#24)- el Señor “nos descubra sus caminos”.  Y, una vez descubiertos los caminos del Señor, podamos seguirlos con docilidad.




San Pablo nos recuerda en la Segunda Lectura (1 Cor. 7, 29-31)  que “este mundo que vemos es pasajero”,  yque “la vida es corta”.   Y nos aconseja cómo conviene que vivamos desapegados de este mundo pasajero y de esta vida corta:  “los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran como si no compraran; los casados, como si no lo estuvieran”.   Es decir:  “estar en el mundo sin ser del mundo” (cfr. Jn. 17, 14-15).

Y cuando el Señor nos llame, no hay que seguir el ejemplo de Jonás:  duro para responder.  Hay que imitar a otros:  a Pedro, Andrés, Santiago, Juan…. Ellos, sin pensarlo mucho, dijeron sí enseguida y siguieron al Señor.








Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia.org