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domingo, 12 de septiembre de 2021

«Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame» (Evangelio Dominical)



Hoy día nos encontramos con situaciones similares a la descrita en este pasaje evangélico. Si, ahora mismo, Dios nos preguntara «¿quién dicen los hombres que soy yo?» (Mc 8,27), tendríamos que informarle acerca de todo tipo de respuestas, incluso pintorescas. Bastaría con echar una ojeada a lo que se ventila y airea en los más variados medios de comunicación. Sólo que… ya han pasado más de veinte siglos de “tiempo de la Iglesia”. Después de tantos años, nos dolemos y —con santa Faustina— nos quejamos ante Jesús: «¿Por qué es tan pequeño el número de los que Te conocen?».

Jesús, en aquella ocasión de la confesión de fe hecha por Simón Pedro, «les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él» (Mc 8,30). Su condición mesiánica debía ser transmitida al pueblo judío con una pedagogía progresiva. Más tarde llegaría el momento cumbre en que Jesucristo declararía —de una vez para siempre— que Él era el Mesías: «Yo soy» (Lc 22,70). Desde entonces, ya no hay excusa para no declararle ni reconocerle como el Hijo de Dios venido al mundo por nuestra salvación. Más aun: todos los bautizados tenemos ese gozoso deber “sacerdotal” de predicar el Evangelio por todo el mundo y a toda criatura (cf. Mc 16,15). Esta llamada a la predicación de la Buena Nueva es tanto más urgente si tenemos en cuenta que acerca de Él se siguen profiriendo todo tipo de opiniones equivocadas, incluso blasfemas.






Pero el anuncio de su mesianidad y del advenimiento de su Reino pasa por la Cruz. En efecto, Jesucristo «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho» (Mc 8,31), y el Catecismo nos recuerda que «la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (n. 769). He aquí, pues, el camino para seguir a Cristo y darlo a conocer: «Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame» (Mc 8,34).

 

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):





En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Palabra del Señor



 

COMENTARIO

 

     



La Santa Madre Iglesia lleva unos años de purificación y penitencia por los pecados de sus ministros. No nos ha venido mal, al contrario. Estamos aprendiendo a no poner la fe en los hombres sino únicamente en Jesús. Desgraciadamente el lado humano, demasiado humano de la Iglesia es la que impide muchas veces acercarnos a Jesús. Queremos, sin embargo, a la Iglesia porque es nuestra Madre y la acogemos tal y como es: al mismo tiempo santa y pecadora.  Es a través de ella como hemos llegado al encuentro con Jesús. Sólo Jesús, tiene la capacidad de transformar la vida del creyente, cuando éste se toma en serio el seguimiento de Jesús. Creer en Jesús no es simplemente repetir fórmulas dogmáticas impecables sino que es una adhesión total a su persona, estando dispuestos a compartir su vida y destino.

 

La Iglesia debe huir de todo triunfalismo mesiánico y aceptar de corazón la realidad del Crucificado (Mc 8,27-35). Eso no le hizo ninguna gracia a Pedro ni tampoco nos gusta a nosotros que, como nuestros contemporáneos, queremos un cristianismo vistoso y atractivo, que cada uno define a la carta. Jesús vio ya al peligro de convertirse en un Mesías populachero que atraía las multitudes y las hubiera podido manipular según sus intereses. Desde el principio, sin embargo, interpretó su destino a través de la figura enigmática del Servidor de Dios que aparece en el libro del profeta Isaías (50,5-10).


             


Fueron los profetas los que denunciaron las falsas salvaciones que los hombres buscan a través de las políticas de alianzas, de poder, de imperialismo. Jesús, en su tiempo, tuvo también que confrontarse con las autoridades políticas y religiosas que mantenían al pueblo en la miseria. Como todo profeta, huyó de soluciones simplistas de tipo revolucionario y confió que Dios traería su Reino. Tan sólo Dios es capaz de cambiar de raíz la situación del hombre y de los pueblos.

 

Esta fe en la intervención de Dios no nos lleva a cruzarnos de brazos. La fe, sin obras, está muerta por dentro, nos recuerda con gran realismo el apóstol Santiago (Sant 2,14-18). La fe cristiana a lo largo de la historia ha sabido dar respuesta a los interrogantes humanos y soluciones a los problemas concretos. Ha desplegado el dinamismo de la caridad al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Hoy día parece que el estado ha ocupado el lugar que tenía la Iglesia y ésta se siente incómoda sin encontrar su puesto en la sociedad. Debemos alegrarnos de que los estados modernos se hayan hecho responsables de muchas de las necesidades de los ciudadanos. La crisis actual, sin embargo, sigue mostrando que quedan muchos campos a los que no llega el estado. De hecho cada día vemos surgir nuevas necesidades que interpelan nuestra fe.  Hay que exigirle al estado que, en vez de hacerle la concurrencia a lo que ya funciona en la sociedad civil, se preocupe de los problemas que todavía no somos capaces de resolver los grupos sociales.

              



La cultura del éxito  de nuestro tiempo no logra, sin embargo, eliminar la figura del Crucificado. A pesar de todos los esfuerzos por transformar el mundo, los crucificados siguen estando presentes ante nuestros ojos. Pueden ir con su cruz a cuestas o sin carné en una patera. El Crucificado murió precisamente para que no hubiera más crucificados. Por eso el creyente que se ha adherido a Cristo, experimenta en sí la fuerza del Resucitado que tiene poder para cambiar nuestro mundo. Pero para ello tenemos que movilizarnos y estar dispuestos a dar la vida, porque “el que pierda la vida por el Evangelio, la salvará”.  Ahora que estamos celebrando la eucaristía, renovemos nuestra adhesión al Señor muerto y resucitado y salgamos decididos a infundir vida en nuestro mundo.

 













Fuentes. 

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Padre, Lorenzo Amigo

domingo, 8 de septiembre de 2019

«El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío» (Evangelio Dominical)


                            



Hoy, Jesús nos indica el lugar que debe ocupar el prójimo en nuestra jerarquía del amor y nos habla del seguimiento a su persona que debe caracterizar la vida cristiana, un itinerario que pasa por diversas etapas en el que acompañamos a Jesucristo con nuestra cruz: «Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío» (Lc 14,27).

¿Entra Jesús en conflicto con la Ley de Dios, que nos ordena honrar a nuestros padres y amar al prójimo, cuando dice: «Si alguno viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26)? Naturalmente que no. Jesucristo dijo que Él no vino a derogar la Ley sino a llevarla a su plenitud; por eso Él da la interpretación justa. Al exigir un amor incondicional, propio de Dios, declara que Él es Dios, que debemos amarle sobre todas las cosas y que todo debemos ordenarlo en su amor. En el amor a Dios, que nos lleva a entregarnos confiadamente a Jesucristo, amaremos al prójimo con un amor sincero y justo. Dice san Agustín: «He aquí que te arrastra el afán por la verdad de Dios y de percibir su voluntad en las santas Escrituras».


                              



La vida cristiana es un viaje continuo con Jesús. Hoy día, muchos se apuntan, teóricamente, a ser cristianos, pero de hecho no viajan con Jesús: se quedan en el punto de partida y no empiezan el camino, o abandonan pronto, o hacen otro viaje con otros compañeros. El equipaje para andar en esta vida con Jesús es la cruz, cada cual con la suya; pero, junto con la cuota de dolor que nos toca a los seguidores de Cristo, se incluye también el consuelo con el que Dios conforta a sus testigos en cualquier clase de prueba. Dios es nuestra esperanza y en Él está la fuente de vida.




Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):


                                


En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor







COMENTARIO.



                                              



Dios es exigente.  “Dios es un Dios exigente”, dijo Juan Pablo II a la juventud venezolana en 1985.  De allí que si queremos seguir a Dios debemos estar dispuestos a darlo todo por El y a preferirlo a El primero que a todo y primero que a todos.  Así de claro.  Lo dijo el Papa Juan Pablo II, pero también lo atestigua la Sagrada Escritura.

“Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14, 25-33).

No podemos creer que estamos siguiendo a Cristo si preferimos otras cosas o personas más que a El.  Y esto significa ponerlo a El por encima de cualquier otro afecto, por más genuino que sea, por más natural que sea.  Así sea el de los padres, el de los hijos o el del cónyuge.  No se trata de no amar a los nuestros, sino de saber que primero viene El y después todo lo demás, inclusive uno mismo.  Bien lo sabe el Señor y bien lo sabemos nosotros -si nos revisamos bien- que el más consentido de todos nuestros amores es uno mismo.

Esta exigencia significa posponer todo, pues Dios va primero.  Y en comparación de Dios, “todo” es “nada”.  El “todo” también incluye todos los bienes.  Y los “bienes” no son sólo los materiales:  son todos.   La inteligencia y el entendimiento (modos de pensar y de razonar); la voluntad (deseos, planes, proyectos, etc.)  Inclusive la libertad que El mismo nos dio, si no la usamos para poner a Dios en primer lugar, no la estamos usando bien.

Toda esta exigencia requiere un primer “sí” definitivo a Dios: rendirnos ante El, darle un “cheque en blanco”.  Y ese “sí” inicial tiene que irse repitiendo a lo largo de nuestra vida.  Como el “sí” de María en la Anunciación, el cual repitió a lo largo de su vida, hasta en la Cruz.


                                              



 Es lo que llamamos tener perseverancia.  Y Dios nos hace saber que el camino no es fácil.  El no nos engaña.  No nos promete la felicidad perfecta en esta vida.  No nos dice que será un camino de pétalos de rosas.  Por el contrario, nos advierte que será un camino de cruz: “Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 27).

De allí las fluctuaciones que podrían llevarnos a la inconstancia:   que lo que antes nos entusiasmaba, luego nos resulte indiferente, fastidioso y hasta insoportable.

Por eso nos advierte de antemano, para que al dar el primer “sí”, sepamos que no podemos estar volteando para atrás:  “Todo el que pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62).

Y nos pide que calculemos bien, pues no quiere que nos entusiasmemos en un momento inicial y luego queramos volver a una vida aparentemente más fácil -según la medida del mundo, que -por cierto- no es la medida de Dios.

Para demostrar esto nos ha puesto el ejemplo de un constructor que comienza una torre sin calcular su costo y ve que no puede terminarla.  Y advierte el Señor que, si cava los cimientos y luego no puede acabarla, todos se burlarán de ese constructor que no tiene constancia.


                                         



 Nos habla también de un rey que va a combatir a otro y al no haber calculado bien el número de soldados con que cuenta, tiene que rendirse antes de haber siquiera comenzado el combate.

De allí que la virtud de la perseverancia sea tan necesaria en la vida espiritual, porque habrá obstáculos, vendrán dificultades, surgirán persecuciones, y ninguno de esos inconvenientes puede ser excusa para no continuar, ya que no se puede interrumpir el camino hacia Dios por las molestias que puedan presentarse.

Para que perseveremos hasta el final siempre estarán las gracias (las ayudas gratuitas de Dios).  “No les han tocado pruebas superiores a las fuerzas humanas.  Dios no les puede fallar y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas.  El les dará, al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13).

El Espíritu Santo nos infunde la virtud de la constancia y de la perseverancia, para mantener nuestro “sí” inicial.  Las pruebas y las tentaciones no van a faltar, pero sirven justamente para crecer en santidad, utilizando las gracias que tenemos para ejercitarnos en esas virtudes.   De allí que San Pablo nos entusiasme con esta afirmación: “Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia, de la paciencia el mérito, y el mérito es motivo de esperanza” (Rom. 5, 3-4).

De eso se trata.  De crecer en constancia, perseverancia, paciencia y esperanza.  Esperanza de alcanzar la gloria, de llegar a la meta, levantándonos nuevamente si es que llegamos a desfallecer.  Se trata de ser perseverantes hasta el final, no importa las circunstancias por las que tengamos que pasar.  Es lo que se denomina “perseverancia final”, que nos lleva a mantenernos firmes hasta el momento de nuestra muerte, que es nuestro paso a la Vida Eterna.

Pero para llegar al final, al Cielo, Dios nos dice cuál es el cálculo que tenemos que hacer: saber que tenemos que renunciar a todo.

Esa es su exigencia cuando nos dice al concluir el Evangelio de hoy: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.  Dios es exigente: El, que es “Todo”, quiere “todo”.  Y lo quiere, porque sabe que eso que consideramos nosotros nuestro “todo” realmente no es “nada”.


                                              



Entre los bienes que debemos renunciar están también los bienes materiales.  Pero esa “renuncia” es más bien de desapego, de no tener esos bienes como ídolos que sustituyan a Dios.  O, en el espíritu del Evangelio de hoy, de no tenerlos colocados por encima de Dios.

Aunque hay vocaciones especiales, como los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, cuyos votos requieren que no tengan bienes materiales propios y que su vida sea un ejemplo de austeridad y pobreza, no significa esa renuncia que nadie pueda tener bienes materiales propios.   La renuncia que nos pide el Señor a todos consiste en que coloquemos esos bienes materiales en su sitio:  no pueden ser sustitutos de Dios, ni tampoco pueden estar colocados por encima de Dios.

La Primera Lectura (Sb. 9, 13-19) nos ayuda a tener esta actitud de desprendimiento de los bienes materiales, de los seres queridos y de nosotros mismos, pues nos ubica a los seres humanos en nuestra realidad, en nuestro valor si nos comparamos con la grandeza de Dios y su poder: “¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios?  ¿Quién es el que puede saber lo que Dios tiene dispuesto?”

Se nos recuerda que somos hechos de barro y que ese barro “entorpece nuestro entendimiento”.  De allí que sólo podamos conocer los designios de Dios, si al darnos su Sabiduría, recibimos su Santo Espíritu de lo alto, para iluminar nuestro torpe entendimiento humano.

Sólo con esa Sabiduría podremos llegar a la salvación eterna.  Y esa Sabiduría nos hace entender que Dios es primero que todo y que todos.   Es la manera de llegar a la meta y de tener esa perseverancia final.

El Salmo 89 también canta las grandezas del Señor y nos ayuda a calcular el valor de nuestra vida en la tierra: “Tú haces volver al polvo a los hombres ... Mil años son para ti como un día que ya pasó, como una breve noche ... Nuestra vida es como un sueño, semejante a la hierba que florece en la mañana y por la tarde se marchita”.


                                       



El Salmo nos lleva, entonces, a pedir esa Sabiduría, al darnos cuenta lo poco que es esta vida y lo poco que somos nosotros, así como lo mucho que es Dios: “Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos ... Que tus hijos puedan mirar tus obras y tu gloria”.   Amén.

La Segunda Lectura (Flm. 1, 9-10; 12-17) completa una historia interesante, en la que vemos cómo, al comienzo de la Iglesia, la fe y la vida en Cristo iba haciendo que los esclavos fueran dejando de ser “objetos” o personas inferiores. Sucedía, entonces, que muchos cristianos iban concediendo libertad a sus esclavos.

La historia de Onésimo, nombre frecuente entre los esclavos, pues significa “útil”, es que éste se escapa de casa de su amo, Filemón de Colosas, y llega a Roma.  Allí encuentra a Pablo, al que había conocido casa de Filemón.  Pablo está preso, pero con libertad condicionada, por lo que podía salir acompañado por un guardia.  Onésimo se convierte y es bautizado.  Pablo lo hace regresar donde su patrón con esta carta.  San Pablo nos hace ver que tal era la libertad interior que daba la vida en Cristo, que ya no era de tanta trascendencia ser esclavo o libre (cf. 1 Cor. 7, 17-24). 













Fuentes;
Sagradas Escrituras.
Homilia.org
Evangeli.org



domingo, 4 de septiembre de 2016

«Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío» (Evangelio dominical)



Hoy, Jesús nos indica el lugar que debe ocupar el prójimo en nuestra jerarquía del amor y nos habla del seguimiento a su persona que debe caracterizar la vida cristiana, un itinerario que pasa por diversas etapas en el que acompañamos a Jesucristo con nuestra cruz: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,27).

¿Entra Jesús en conflicto con la Ley de Dios, que nos ordena honrar a nuestros padres y amar al prójimo, cuando dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26)? Naturalmente que no. Jesucristo dijo que Él no vino a derogar la Ley sino a llevarla a su plenitud; por eso Él da la interpretación justa. Al exigir un amor incondicional, propio de Dios, declara que Él es Dios, que debemos amarle sobre todas las cosas y que todo debemos ordenarlo en su amor. En el amor a Dios, que nos lleva a entregarnos confiadamente a Jesucristo, amaremos al prójimo con un amor sincero y justo. Dice san Agustín: «He aquí que te arrastra el afán por la verdad de Dios y de percibir su voluntad en las santas Escrituras».
                                                  

La vida cristiana es un viaje continuo con Jesús. Hoy día, muchos se apuntan, teóricamente, a ser cristianos, pero de hecho no viajan con Jesús: se quedan en el punto de partida y no empiezan el camino, o abandonan pronto, o hacen otro viaje con otros compañeros. El equipaje para andar en esta vida con Jesús es la cruz, cada cual con la suya; pero, junto con la cuota de dolor que nos toca a los seguidores de Cristo, se incluye también el consuelo con el que Dios conforta a sus testigos en cualquier clase de prueba. Dios es nuestra esperanza y en Él está la fuente de vida.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):


En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar." ¿O que rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.» 

Palabra del Señor



COMENTARIO.


                                                 


Dios es exigente.“Dios es un Dios exigente”, dijo Juan Pablo II a la juventud venezolana en 1985.  De allí que si queremos seguir a Dios debemos estar dispuestos a darlo todo por El y a preferirlo a El primero que a todo y primero que a todos.Así de claro.Lo dijo el Papa Juan Pablo II, pero también lo atestigua la Sagrada Escritura.

“Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo”(Lc. 14, 25-33).

No podemos creer que estamos siguiendo a Cristo si preferimos otras cosas o personas más que a El.Y esto significa ponerlo a El por encima de cualquier otro afecto, por más genuino que sea, por más natural que sea.Así sea el de los padres, el de los hijos o el del cónyuge.No se trata de no amar a los nuestros, sino de saber que primero viene El y después todo lo demás, inclusive uno mismo.Bien lo sabe el Señor y bien lo sabemos nosotros -si nos revisamos bien- que el más consentido de todos nuestros amores es uno mismo.
                                                        


Esta exigencia significa posponer todo, pues Dios va primero.Y en comparación de Dios, “todo” es “nada”.El “todo” también incluye todos los bienes.Y los “bienes” no son sólo los materiales:son todos.La inteligencia y el entendimiento (modos de pensar y de razonar);la voluntad (deseos, planes, proyectos, etc.)Inclusive la libertad que El mismo nos dio, si no la usamos para poner a Dios en primer lugar, no la estamos usando bien.

Toda esta exigencia requiere un primer “sí” definitivo a Dios:rendirnos ante El, darle un “cheque en blanco”.Y ese “sí” inicial tiene que irse repitiendo a lo largo de nuestra vida.Como el “sí” de María en la Anunciación, el cual repitió a lo largo de su vida, hasta en la Cruz.
                                                


Es lo que llamamos tener perseverancia.Y Dios nos hace saber que el camino no es fácil.El no nos engaña.No nos promete la felicidad perfecta en esta vida.No nos dice que será un camino de pétalos de rosas.Por el contrario nos advierte que será un camino de cruz:“Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 27).

De allí las fluctuaciones que podrían llevarnos a la inconstancia:que lo que antes nos entusiasmaba, luego nos resulte indiferente, fastidioso y hasta insoportable.

Por eso nos advierte de antemano, para que al dar el primer “sí”, sepamos que no podemos estar volteando para atrás:“Todo el que pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62).
                                                 


Y nos pide que calculemos bien, pues no quiere que nos entusiasmemos en un momento inicial y luego queramos volver a una vida aparentemente más fácil -según la medida del mundo, que -por cierto- no es la medida de Dios.

Para demostrar esto nos ha puesto el ejemplo de un constructor que comienza una torre sin calcular su costo y ve que no puede terminarla.Y advierte el Señor que si cava los cimientos y luego no puede acabarla, todos se burlarán de ese constructor que no tiene constancia.

Nos habla también de un rey que va a combatir a otro y al no haber calculado bien el número de soldados con que cuenta, tiene que rendirse antes de haber siquiera comenzado el combate.
                                             


De allí que la virtud de la perseverancia sea tan necesaria en la vida espiritual, porque habrán obstáculos, vendrán dificultades, surgirán persecuciones, y ninguno de esos inconvenientes puede ser excusa para no continuar, ya que no se puede interrumpir el camino hacia Dios por las molestias que puedan presentarse.

Para que perseveremos hasta el final siempre estarán las gracias (las ayudas gratuitas de Dios).“No les han tocado pruebas superiores a las fuerzas humanas.Dios no les puede fallar y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas.El les dará, al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13).

El Espíritu Santo nos infunde la virtud de la constancia y de la perseverancia, para mantener nuestro “sí” inicial.Las pruebas y las tentaciones no van a faltar, pero sirven justamente para crecer en santidad, utilizando las gracias que tenemos para ejercitarnos en esas virtudes.De allí que San Pablo nos entusiasme con esta afirmación:“Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia, de la paciencia el mérito, y el mérito es motivo de esperanza” (Rom. 5, 3-4).
                                                     


De eso se trata.De crecer en constancia, perseverancia, paciencia y esperanza.Esperanza de alcanzar la gloria, de llegar a la meta, levantándonos nuevamente si es que llegamos a desfallecer.Se trata de ser perseverantes hasta el final, no importa las circunstancias por las que tengamos que pasar.Es lo que se denomina “perseverancia final”, que nos lleva a mantenernos firmes hasta el momento de nuestra muerte, que es nuestro paso a la Vida Eterna.

Pero para llegar al final, al Cielo, Dios nos dice cuál es el cálculo que tenemos que hacer:saber que tenemos que renunciar a todo.

Esa es su exigencia cuando nos dice al concluir el Evangelio de hoy: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mis discípulo”.Dios es exigente:El, que es “Todo”, quiere “todo”.Y lo quiere, porque sabe que eso que consideramos nosotros nuestro “todo” realmente no es “nada”.
                                                     


Entre los bienes que debemos renunciar están también los bienes materiales.Pero esa “renuncia” es más bien de desapego, de no tener esos bienes como ídolos que sustituyan a Dios.O, en el espíritu del Evangelio de hoy, de no tenerlos colocados por encima de Dios.

Aunque hay vocaciones especiales, como los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, cuyos votos requieren que no tengan bienes materiales propios y que su vida sea un ejemplo de austeridad y pobreza, no significa esa renuncia que nadie pueda tener bienes materiales propios.La renuncia que nos pide el Señor a todos consiste en que coloquemos esos bienes materiales en su sitio:no pueden ser sustitutos de Dios, ni tampoco pueden estar colocados por encima de Dios.
                                                   


La Primera Lectura (Sb. 9, 13-19) nos ayuda a tener esta actitud de desprendimiento de los bienes materiales, de los seres queridos y de nosotros mismos, puesnos ubica a los seres humanos en nuestra realidad, en nuestro valor si nos comparamos con la grandeza de Dios y su poder:“¿Quién es el hombre que puede conocer losdesignios de Dios?¿Quién es el que puede saber lo que Dios tiene dispuesto?”

Se nos recuerda que somos hechos de barro y que ese barro “entorpece nuestro entendimiento”.De allí que sólo podamos conocer los designios de Dios, si al darnos su Sabiduría, recibimos su Santo Espíritu de lo alto, para iluminar nuestro torpe entendimiento humano.

Sólo con esa Sabiduría podremos llegar a la salvación eterna.Y esa Sabiduría nos hace entender que Dios es primero que todo y que todos.Es la manera de llegar a la meta y de tener esa perseverancia final.
                                                    


El Salmo 89 también canta las grandezas del Señor y nos ayuda a calcular el valor de nuestra vida en la tierra:“Tú haces volver al polvo a los hombres ... Mil años son para ti como un día que ya pasó, como una breve noche ... Nuestra vida es como un sueño,, semejante a la hierba que florece en la mañana y por la tarde se marchita”.

El Salmo nos lleva, entonces, a pedir esa Sabiduría, al darnos cuenta lo poco que es esta vida y lo poco que somos nosotros, así como lo mucho que es Dios:“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos ... Que tus hijos puedan mirar tus obras y tu gloria”. Amén.

La Segunda Lectura (Flm. 1, 9-10; 12-17) completa una historia interesante, en la que vemos cómo, al comienzo de la Iglesia, la fe y la vida en Cristo iba haciendo que los esclavos fueran dejando de ser “objetos” o personas inferiores. Sucedía, entonces, que muchos cristianos iban concediendo libertad a sus esclavos.
                                                         
         
La historia de Onésimo, nombre frecuente entre los esclavos, pues significa “útil”, es que éste se escapa de casa de su amo, Filemón de Colosas, y llega a Roma.Allí encuentra a Pablo, al que había conocido casa de Filemón. Pablo está preso, pero con libertad condicionada, por lo que podía salir acompañado por un guardia.Onésimo se convierte y es bautizado.Pablo lo hace regresar donde su patrón con esta carta.San Pablo nos hace ver que tal era la libertad interior que daba la vida en Cristo, que ya no era de tanta trascendencia ser esclavo o libre (cf. 1 Cor. 7, 17-24).













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org


viernes, 3 de septiembre de 2010

" La Luz brota del diálogo del hombre con el Señor" (Oración al Altísimo)


“QUIEN NO LLEVE SU CRUZ DETRÁS DE MI NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO”
La Cruz,
ALABANZAS AL SANTÍSIMO
INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

INTRODUCCIÓN
“Jesucristo enseña a los seres humanos que hay algo en ellos que les sitúa por encima de esta vida de ajetreos, alegrías y temores.
Quien llega a entender la enseñanza de Cristo se sentirá como un pájaro que no sabía que tenía alas y ahora, de pronto, se da cuenta de que puede volar, puede ser libre y ya no tiene nada que temer”. (León Tolstoi)

ORACIÓN-MEDITACIÓN:
Interioridad
La interioridad no tiene nada que ver con una especie de santidad postiza o de egoísmo espiritualista; está muy lejos del apocamiento, la rigidez y la dureza. No es el lugar adonde nos retiramos, sino la toma de conciencia de que estamos ante Dios, fuente de agua viva que murmura en el interior.
No es una pérdida de tiempo navegando en la superficie de una vida piadosa, sino caer en la cuenta de que estamos dentro de Alguien que quiere que todos vivamos en plenitud.
* Haz silencio. Aprende a callar, pero no para quedarte mudo/a, sino para quedarte en silencio. “Para Ti, Señor, el silencio es alabanza” (Sal 65,2).
* Descálzate para caer en la cuenta de que estás dentro de Alguien.
Descubrir esta conciencia y gozarla es interioridad. “Quítate tus sandalias porque el terreno que pisas es un lugar sagrado” (Ex 3,5).
* Un secreto: “Te voy a revelar un secreto de santidad y de felicidad; todos los días, durante algunos momentos, acalla la imaginación, cierra los ojos a las cosas sensibles y los oídos al ruido para entrar en ti mismo/a; quita las sandalias de tus pies, y ahí, en el santuario del alma, que es el templo del Espíritu, habla a este Espíritu” (Cardenal Mercier).
* Una oración: Intuyo tu presencia en mí, Señor. Entro en mi corazón donde solo Tú me ves. Hago silencio para oír tu voz. Callo para decirte mi amor.

MONICIÓN AL EVANGELIO
Seguir a Jesús no significa dejar algo, sino haber encontrado a Alguien. Ese encuentro hace que pase a segundo lugar todo lo demás.
Lo único fundamental es la opción radical por Jesús y por la nueva escala de valores que él propone.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 14, 25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les dijo:
--Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar." ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Palabra del Señor

MEDITACIÓN
Jesús provoca nuestra reflexión sacudiendo nuestra seguridad religiosa.
Seguir a Jesús no puede depender de impulsos, corazonadas y entusiasmos superficiales. Es una opción libre, un proceso diario y continuo, que supone decisiones valientes y personales, profunda reflexión y discernimiento.

PRECES
*Al caer la tarde tú Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
- acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.
*Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.
*Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.
*Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.
*Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.
*Padre te pedimos por los frutos pastorales y espirituales de los distintos Encuentros Diocesanos de la Juventud con el P.Andrés al frente,
-para que bajo la protección de Sta. María de Gracia sea un semillero de nuevas vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y laical.
*Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.
*Te encomendamos Señor a todos los sacerdotes que son y han hecho historia en nuestra parroquia,
-Dales fortaleza en su trabajo y un amor grande a la Cruz.
*Señor Jesús, te agradecemos por tener en medio de nosotros al padre D. José Carlos, testimonio de larga vida entregada a Ti.
-Te rogamos bendigas sus trabajos con frutos abundantes y danos a nosotros la fe viva para para valorar su experiencia y acompañarlo en esta nueva misión.
*Señor, te pedimos también por todos los que llevan diversas cruces en su vida y son incapaces de soportarlas.
-Para que les ayudemos física y espiritualmente.
*A Ti que nos enseñas a llevar las cruces de cada día, te pedimos por todos nosotros;
- para que te sigamos con más verdad.
*Señor, Tú que viniste al mundo para hacerlo más justo y solidario, te pedimos por los 30 mineros que esperan en Chile su liberación.
- Para que la solidaridad internacional haga posible la libertad de todos ellos.

ORACIÓN FINAL:

Mi equipaje

Mi equipaje será ligero,
para poder avanzar rápido.

Tendré que dejar tras de mí la carga inútil:
las dudas que paralizan
y no me dejan moverme.

Los temores que me impiden
saltar al vacío contigo.

Las cosas que me encadenan y me aseguran.

Tendré que dejar tras de mí
el espejo de mí mismo,
el “yo” como únicas gafas,
mi palabra ruidosa.

Y llevaré
todo aquello que no pesa:
Muchos nombres con su historia,
mil rostros en el recuerdo,
la vida en el horizonte,
proyectos para el camino.
Valor si tú me lo das,
amor que cura y no exige.
Tú como guía y maestro,
y una oración que te haga presente:


“A ti, Señor, levanto mi alma, en ti confío,
no me dejes. Enséñame tu camino,
Mira mi esfuerzo. Perdona mis faltas.
Ilumina mi vida, porque espero en ti".




AVE MARÍA Y GLORIA










Fuentes:
Ana Navarro
José M. R. Olaizola
Ángel Corbalán