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domingo, 10 de diciembre de 2017

«Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión» (Evangelio Dominical)




Hoy, cuando se alza el telón del drama divino, podemos escuchar ya la voz de alguien que proclama: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1,3). Hoy, nos encontramos ante Juan el Bautista cuando prepara el escenario para la llegada de Jesús.

Algunos creían que Juan era el verdadero Mesías. Pues hablaba como los antiguos profetas, diciendo que el hombre ha de salir del pecado para huir del castigo y retornar hacia Dios a fin de encontrar su misericordia. Pero éste es un mensaje para todos los tiempos y todos los lugares, y Juan lo proclamaba con urgencia. Así, sucedió que una riada de gente, de Jerusalén y de toda Judea, inundó el desierto de Juan para escuchar su predicación.

¿Cómo es que Juan atraía a tantos hombres y mujeres? Ciertamente, denunciaba a Herodes y a los líderes religiosos, un acto de valor que fascinaba a la gente del pueblo. Pero, al mismo tiempo, no se ahorraba palabras fuertes para todos ellos: porque ellos también eran pecadores y debían arrepentirse. Y, al confesar sus pecados, los bautizaba en el río Jordán. Por eso, Juan Bautista los fascinaba, porque entendían el mensaje del auténtico arrepentimiento que les quería transmitir. Un arrepentimiento que era algo más que una confesión del pecado —en si misma, ¡un gran paso hacia delante y, de hecho, muy bonito! Pero, también, un arrepentimiento basado en la creencia de que sólo Dios puede, a la vez, perdonar y borrar, cancelar la deuda y barrer los restos de mi espíritu, enderezar mis rutas morales, tan deshonestas. 


               





 «No desaprovechéis este tiempo de misericordia ofrecido por Dios», dice San Gregorio Magno. —No estropeemos este momento apto para impregnarnos de este amor purificador que se nos ofrece, podemos decirnos, ahora que el tiempo de Adviento comienza a abrirse paso ante nosotros.

¿Estamos preparados, durante este Adviento, para enderezar los caminos para nuestro Señor? ¿Puedo convertir este tiempo en un tiempo para una confesión más auténtica, más penetrante en mi vida? Juan pedía sinceridad —sinceridad con uno mismo— a la vez que abandono en la misericordia Divina. Al hacerlo, ayudaba al pueblo a vivir para Dios, a entender que vivir es cuestión de luchar por abrir los caminos de la virtud y dejar que la gracia de Dios vivificara su espíritu con su alegría.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,1-8):


                                                     



Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."»
Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»


Palabra del Señor




COMENTARIO.


                              



Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a prepararnos para la celebración de la venida de Jesús, al celebrar su cumpleaños en esta Navidad.

Todo Adviento, entonces, tiene este sentido de preparación.  Todo Adviento contiene un llamado a la conversión, al cambio de vida.  Será, por tanto, una oportunidad maravillosa para crecer en la fe,  aumentar la esperanza y mejor practicar la caridad.

El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo.  La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor.  Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría:  “Preparen el camino del señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los  caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).


                                                          



Los que conocían la profecía de Isaías no deben haber dudado al ver a San Juan Bautista, pues por el retrato que hacía de él el Profeta era inconfundible el personaje.  Pero, más aún, al observar lo que decía ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Cristo.

Efectivamente, de repente apareció San Juan Bautista en el desierto.  Nos dice el Evangelio que “vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”.   Se presentó como un mensajero inmediatamente antes de Jesús para preparar el camino a éste, predicando “un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados” (Mc. 1, 1-8)

Con esta descripción de la predicación de San Juan Bautista ya podemos tener una idea de cómo será esa preparación que debemos hacer para recibir al Señor: arrepentirnos y recibir el perdón de  los pecados.


                                                  





Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías no creamos que nos está hablando de una obra de ingeniería para construir carreteras.  ¿O sí?  Puede ser, porque se trata de un camino.  ¿Y cómo se prepara el camino del Señor?

Veamos en la información de Isaías cómo puede ser ese proceso de conversión y de arrepentimiento al que estamos llamados muy especialmente durante este tiempo de Adviento.  Recordemos que es un tiempo de preparación para la venida del Señor.

¿Qué será eso de “aplanar cerros y colinas”?  Significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra violencia, etc.  Todas ésas son “alturas”, pero no alturas buenas.  Hay que aplanarlas y rebajarlas.

Pero también hay que “rellenar quebradas y barrancos”.  Esas no son alturas, sino “bajuras” (sí existe la palabra, por cierto).   Hay que rellenar las bajuras y bajezas de nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones.  Todas ésas son bajezas ... y son pecados todos que dificultan el que podamos vivir en armonía unos con otros.  Son bajuras que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.


                                            




También nos habla de corregir el diseño del camino:  “enderezar los caminos torcidos y con curvas”.  Cambio de rumbo, pues. Rectificar el caminos si vamos por caminos torcidos y equivocados, que no nos llevan a Dios.  ¿A dónde queremos ir?  ¿Hacia dónde estamos dirigiéndonos?  ¿Estamos preparándonos para que el Señor nos encuentre “en paz con El, sin mancha, ni reproche”? (2 Pe. 3, 8-14)

Tenemos, entonces, toda una obra de ingeniería espiritual de altura, de profundidad y de ancho.  Aplanar, rellenar y enderezar, para que quede todo parejo, alineado, derecho.  Enfocado todo hacia Dios.  De eso se trata la preparación

Más aún, el Precursor del Mesías anuncia algo muy importante:  “Yo los bautizo a ustedes con agua, pero El los bautizará con Espíritu Santo”.   Luego el mismo Cristo confirmará este anuncio de Juan el Bautista.  En el diálogo con Nicodemo, Jesús le dice a éste:  “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”.  Y ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica:  “El que no renace de agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que te haya dicho  que necesitas nacer de nuevo, de arriba”  (Jn. 3, 3-7).

¿Qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (verHech.  2 y 5, 17-41).  Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe.  Eran, además, temerosos para presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a ser perseguidos.


                                                                    



Pero sí hicieron algo:   creyeron en el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado:  que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech. 1, 4-5).

Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba?  ¿Cómo se nace del Espíritu Santo?  Para esto también hay que ver a los Apóstoles muy especialmente en los días  entre la Ascensión del Señor y Pentecostés y también a lo largo de todos los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles:

“Todos ellos perseveraban en la oración y con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús y de sus hermanos”. (Hech. 1, 14).

El Adviento nos prepara para todo esto, y nos prepara también para la celebración de la Navidad, en que recordamos la venida histórica de Cristo.  Pero la Carta de San Pedro que nos trae la Segunda Lectura nos recuerda el segundo significado del Adviento: nos recuerda que también nos preparamos para la segunda venida de Cristo, es decir, para el establecimiento de ese Reino que Cristo vendrá a establecer y del que habló a Nicodemo.  San Pedro nos describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese día.


Nos dice que el día del Señor “llegará como los ladrones”;  es decir, inesperadamente.    Pasa luego a describir cómo será ese momento:  “Los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella”.    Nos invita a una vida de “santidad y entrega”  en espera del día del Señor.   Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”.   Y concluye con la llamada que se repite de varias maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia y preparación.  “Apoyados en esta esperanza,, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con El, sin mancha ni reproche”.


                                                      




El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de San Juan Bautista.  Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento:  conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres, faltas de virtud; nacer de arriba, nacer del Espíritu Santo, etc.

Jesús fue anunciado en el Antiguo Testamento.  Y vino.  Vino hace unos 2.000 años.  Pero esperamos otra venida.  Esa es al final del tiempo.   También ha sido anunciada.  No la podemos evitar.  Y puede venir en cualquier momento “como los ladrones”  -nos dice el Señor y nos lo recuerda San Pedro.  Pero el final del tiempo nos viene también a cada uno el día de nuestra muerte, que puede sorprendernos también como los ladrones, en cualquier momento.  ¿Estamos preparados?














Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org.


domingo, 6 de diciembre de 2015

"Preparad el camino del Señor" (Evangelio dominical)


Hoy, casi la mitad del pasaje evangélico consiste en datos histórico-biográficos. Ni siquiera en la liturgia de la Misa se cambió este texto histórico por el frecuente «en aquel tiempo». Ha prevalecido esta introducción tan “insignificante” para el hombre contemporáneo: «En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea (…)» (Lc 3,1). ¿Por qué? ¡Para desmitificar! Dios entró en la historia de la humanidad de un modo muy “concreto”, como también en la historia de cada hombre. Por ejemplo, en la vida de Juan —hijo de Zacarías— que estaba en el desierto. Lo llamó para que clamara en la orilla del Jordán… (cf. Lc 3,6). 


Hoy, cuando el presidente de EE.UU. es Barack Obama, cuando el Sumo Pontífice es el papa Francisco…, Dios dirige su palabra también a mí. Lo hace personalmente —como en Juan Bautista—, o por sus emisarios. Mi río Jordán puede ser la Eucaristía dominical, puede ser el tweet del papa Francisco, que nos recuerda que «el cristiano no es un testigo de alguna teoría, sino de una persona: de Cristo Resucitado, vivo, único Salvador de todos». Dios ha entrado en la historia de mi vida porque Cristo no es una teoría. Él es la práctica salvadora, la Caridad, la Misericordia. 



Pero a la vez, este mismo Dios necesita nuestro pobre esfuerzo: que rellenemos los valles de nuestra desconfianza hacia su Amor; que nivelemos los cerros y colinas de nuestra soberbia, que impide verlo y recibir su ayuda; que enderecemos y allanemos los caminos torcidos que hacen de la senda hacia nuestro corazón un laberinto…

Hoy es el segundo Domingo de Adviento, que tiene como objetivo principal que yo pueda encontrar a Dios en el camino de mi vida. Ya no sólo a un Recién Nacido, sino sobre todo al Misericordiosísimo Salvador, para ver la sonrisa de Dios, cuando todo el mundo verá la salvación que Dios envía (cf. Lc 3,6). ¡Así es! Lo enseñaba san Gregorio Nacianceno, «Nada alegra tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre».



Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,1-6):



En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

Palabra del Señor




COMENTARIO.



 Las lecturas de este segundo domingo de Adviento continúan el vaivén entre los hechos históricos y los cambios espirituales, entre la venida de Cristo hace 2015 años y su segunda futura venida.

En la Primera Lectura del Profeta Baruc(Ba. 5, 1-9), encontramos la descripción de la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio.  Pero el Profetainvita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad y serán conducidos del destierro a través del desierto por el mismo Dios. 

Ahora bien, Jerusalén siempre es también símbolo de la Iglesia, que tiene muchos hijos también en exilio, fuera de sus muros, fuera de su influencia, alejados de ella.   ¿Cómo se han exilado?  Por el pecado, por la oposición a Dios y a sus leyes y designios.  Y la Iglesia, la nueva Jerusalén, no deja de llamarnos a todos, especialmente en este tiempo de preparación que es el Adviento.



Y Dios prepara ese camino, como nos dice el Profeta Baruc, “abajando montañas y colinas, rellenando los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel  (el pueblo de Dios, su Iglesia)  camine seguro bajo la gloria de Dios”.  Además, “los bosques y los árboles fragantes le darán sombra por orden de Dios ... escoltándolo con su misericordia y su justicia.”

El Profeta anunciaba la preparación que Dios iba a hacer en el camino de regreso a través del desierto para que los desterrados pudieran volver a Jerusalén.  Pero cuando San Juan Bautista, un siglo después de Baruc, comienza su predicación para preparar y anunciar la llegada del Mesías, retoma las palabras del Profeta y le da a las mismas un sentido espiritual.

En el Evangelio de hoy (Lc. 3, 1-6) San Lucas nos da al principio datos muy precisos de tiempo y lugar para ubicar con exactitud histórica al Bautista.  También define a San Juan Bautista como “la voz  que resuena en el desierto” anunciada por el Profeta Isaías (Is. 40, 3-5) quien también describe como Baruc el terreno que ha de aplanarse en el desierto.


O sea que San Juan Bautista, el Precursor, anunciador del Mesías, quien era su primo Jesús de Nazaret, utiliza las palabras de los Profetas antiguos para realizar su misión, la de “preparar” el camino del Señor:

“Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos.  Todo valle sea rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados”.

Y ¿qué significa eso de enderezar, rellenar y rebajar y aplanar el terreno del desierto?   ¿Qué obra de ingeniería vial es ésa, mediante la cual “todos los hombres verán la salvación de Dios”?


Es la obra de ingeniería divina que Dios realiza con su gracia en nuestras almas.  Nuestras almas son un desierto irrigado por la gracia divina, un desierto irregular con picos y hondonadas;  sinuoso, con curvas y recovecos;  su superficie es áspera con huecos y salientes.  Y el Señor tiene que uniformarlo, hacerlo recto en todas sus dimensiones a lo ancho y largo, a lo alto y profundo, de un lado a otro.

El Señor tiene que enderezar las curvas torcidas de nuestra mente, que busca sus propios caminos equivocados de racionalismo y engreimiento.  El Señor tiene que rellenarlas hendiduras de nuestras bajezas, cuando preferimos comprar lo que nos vende el Demonio, en vez de optar por la Voluntad de Dios.  El Señor tiene que tumbar y rebajar las colinas y montañas de nuestro orgullo, cuando creemos que podemos ser como Dios, al pretender decidir por nosotros mismos lo que es bueno o malo; o cuando creemos poder cuestionar a Dios sus planes para nuestra vida, sin darnos cuenta que El -nuestro Creador y Padre- es quien sabe lo que nos conviene a cada uno.  El Señor tiene que suavizar con su Amor la superficie de nuestra alma, para quitar la aspereza de nuestro egoísmo, cuando no sabemos amarlo ni a El ni a los demás, sino que nos amamos sólo a nosotros mismos.


¡Es toda una obra de Ingeniería Divina!  Y es una obra de ingeniería que requiere nuestra colaboración.  Es una obra de conversión, de purificar y cambiar lo que no está acorde con la Voluntad Divina.  Esta conversión es especialmente importante en el Adviento, tiempo dedicado a este cambio interior.  Pero no basta convertirnos en Adviento, en estas semanas anteriores a la Navidad.  Es que nuestra vida tiene que ser un continuado Adviento que nos prepare a nuestro encuentro con Dios.

Y ese encuentro será cuando pasemos a la otra vida, o en el momento en que Cristo vuelva en gloria como Juez Supremo de toda la humanidad.  Sea cual fuere la forma de nuestro encuentro con el Señor, es un encuentro ineludible, lo más seguro que tenemos, el cual nos puede llegar en cualquier momento, como bien lo anuncia el Señor: “llegará como el ladrón”,  cuando menos lo pensemos.  Para cualquiera de las dos eventualidades tenemos que estar preparados, muy bien preparados, con el desierto de nuestra alma bien irrigado de la gracia divina y bien allanado con los cambios que Dios haya querido hacer en ella.


Y ese encuentro deberá encontrarnos como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 1, 4-6.8-11):  “limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús”.

El mismo San Pablo nos da la clave para estar bien preparados:  “escoger siempre lo mejor”.    Y lo mejor no puede ser lo que nos provoque, lo que nos guste, lo que deseemos.  Lo mejor siempre será lo que Dios desee.  El camino de santidad, de justicia -como usa el término San Pablo- consiste en ir haciendo que nuestro deseos vayan cambiándose por los deseos de Dios.  No suelen coincidir los deseos divinos con los humanos y esto sucede cuando la voluntad no está iluminada por Dios, sino que está oscurecida por el mundo, por el demonio  o por la carne.


Y no temamos, porque -como nos dice San Pablo- “Aquél que comenzó en ustedes su obra, la irá perfeccionando hasta el día de la venida de Cristo Jesús”.

En efecto, si nos dejamos llevar por la gracia divina, si dejamos a Dios hacer su obra de ingeniería y colaboramos, El que comenzó su obra de santificación en cada uno de nosotros, la llevará hasta su culminación cuando sea nuestro encuentro con El.  Que así sea.