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domingo, 17 de febrero de 2019

«Alegraos ese día y saltad de gozo» (Evangelio Dominical)





Hoy volvemos a vivir las bienaventuranzas y las “malaventuranzas”: «Bienaventurados vosotros...», si ahora sufrís en mi nombre; «Ay de vosotros...», si ahora reís. La fidelidad a Cristo y a su Evangelio hace que seamos rechazados, escarnecidos en los medios de comunicación, odiados, como Cristo fue odiado y colgado en la cruz. 


Hay quien piensa que eso es debido a la falta de fe de algunos, pero quizá —bien mirado— es debido a la falta de razón. El mundo no quiere pensar ni ser libre; vive inmerso en el anhelo de la riqueza, del consumo, del adoctrinamiento libertario que se llena de palabras vanas, vacías donde se oscurece el valor de la persona y se burla de la enseñanza de Cristo y de la Iglesia, ya que —hoy por hoy— es el único pensamiento que ciertamente va contra corriente. A pesar de todo, el Señor Jesús nos infunde coraje: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre (...). Vuestra recompensa será grande en el cielo» (Lc 6, 22.23).


                                       
 

 San Juan Pablo II, en la encíclica Fides et Ratio, dijo: «La fe mueve a la razón a salir de su aislamiento y a apostar, de buen grado, por aquello que es bello, bueno y verdadero». La experiencia cristiana en sus santos nos muestra la verdad del Evangelio y de estas palabras del Santo Padre. Ante un mundo que se complace en el vicio y en el egoísmo como fuente de felicidad, Jesús muestra otro camino: la felicidad del Reino del Dios, que el mundo no puede entender, y que odia y rechaza. El cristiano, en medio de las tentaciones que le ofrece la “vida fácil”, sabe que el camino es el del amor que Cristo nos ha mostrado en la cruz, el camino de la fidelidad al Padre. Sabemos que en medio de las dificultades no podemos desanimarnos. Si buscamos de verdad al Señor, alegrémonos y saltemos de gozo (cf. Lc 6,23).





Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,17.20-26):


              



En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. 

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: 

«Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. 

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. 

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. 

Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. 

¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. 

¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. 

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor




COMENTARIO


                                                


¿Pueden ser felices los que sufren?  Sí, sí pueden.  Al menos eso fue lo que nos dijo Jesucristo.  ¡Felices los que ahora sufren!  Y lo dijo bastante al inicio de su predicación en el conocido “Sermón de la Montaña”, el cual comienza con las “bienaventuranzas” o motivos para considerarnos felices.  Es lo que nos presenta el Evangelio de hoy (Lc. 6, 17-26).

Otros motivos de felicidad, según las “bienaventuranzas” como nos las presenta San Lucas:  la persecución, los insultos, la pobreza (por cierto, no la material, sino la pobreza espiritual, entendida en el sentido bíblico “pobres de Yahvé” (cfr. Sof. 2, 1-3 y 3, 11-12).

La pobreza material puede ayudar a confiar más en Dios -es cierto- pero no es requerimiento para ser “pobre en el espíritu”.   Pobre en el espíritu es aquél que confía en Dios y no en sí mismo, que se sabe dependiente de Dios y no independiente, que se reconoce incapaz y remite todas sus capacidades a Dios.

Las “bienaventuranzas” son tal vez la máxima paradoja del ser o del intentar ser cristiano.  Tienen su modelo en la forma de ser de Aquél que las proclamó: así fue Jesús.  Y al cristiano le toca imitar y seguir a Jesús.


                                        



No pueden entenderse las “bienaventuranzas”... mucho menos vivirlas, si nuestra brújula -que debiera estar dirigida al Cielo- está dirigida hacia este mundo pasajero y efímero.  ¡Imposible aceptar esta lista de incomprensibles paradojas!

Sobre en quien debemos poner nuestra confianza nos alerta, dura y convincentemente el Profeta Jeremías en la Primera Lectura.  Y nos plantea los riesgos que corremos:

“Maldito el hombre que confía en el hombre (en sí mismo o en otros seres humanos), que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón ... vivirá en la aridez del desierto en una tierra salobre, inhabitable.  Bendito el hombre que confía en el Señor y en El pone su esperanza.  Será como un árbol plantado junto al agua... sus hojas se conservarán siempre verdes y en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos”. (Jr. 17, 5-8).

Las “bienaventuranzas” y la advertencia de Jeremías nos invitan a confiar en Dios ... a confiar de verdad.  Pero ... ¿en quién confiamos los hombres y mujeres de este Tercer Milenio?  ¿Realmente confiamos en Dios ... o más bien buscamos a Dios cuando nos interesa? ¿Realmente confiamos en Dios ... o confiamos en nosotros mismos, en nuestras capacidades, nuestros raciocinios, nuestras realizaciones, nuestras búsquedas, nuestras experiencias de oficio o profesión ... nuestros enfoques humanos, nuestros propios criterios?


                                               



¿Somos capaces de hacer lo que vimos a Pedro hacer en el Evangelio del pasado domingo cuando, sabiendo por su experiencia de pescador que no había pesca, vuelve a echar las redes en obediencia a la Sabiduría Divina de Jesús que le da esa orden? (cfr. Lc. 5, 1-11)¿Somos capaces de oponer la Sabiduría Divina a lo que consideramos nuestros confiables conocimientos humanos?

¡Con razón no podemos entender las “bienaventuranzas”!  Porque éstas van en contraposición a todo lo que hemos ido haciendo costumbre... equivocadamente.  Van en contraposición a toda perspectiva de seguridades y felicidades terrenas. Van en contraposición a lo que creemos merecer.

Con las “bienaventuranzas” Jesús quiere cambiarnos de raíz.  Viene a decirnos que el valor de las cosas no se mide según el dolor o el placer inmediato que proporcionan, sino que las hemos de medir según las consecuencias de gozo que tengan para la eternidad.  Que es lo mismo que decirnos que la brújula hay que dirigirla hacia Allá, no hacia aquí.  Las “bienaventuranzas” dejarían de ser paradojas utópicas si dirigiéramos bien nuestra brújula.

                                    
                                                



El Evangelio de San Lucas nos trae también las que podríamos llamar las “anti-bienaventuranzas”:

“¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo!  ¡Ay de ustedes los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre!  ¡Ay de ustedes los que ríen ahora, porque llorarán de pena!  ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”

¡Qué diferente la visión de Cristo a los valores que nos presenta el mundo de hoy!   Los ricos, los hartos, los que gozan ahora, los reconocidos y alabados no van a estar muy bien en la eternidad.  Pero no será tanto por el bienestar que creen ahora disfrutar, sino porque tienen su confianza puesta en sí mismos y en todo lo perecedero de este mundo: dinero, poder, satisfacciones, reconocimientos, honores.

Los que se sienten satisfechos con las metas miopes de este mundo corren graves riesgos, pues tiene la brújula muy mal dirigida.  Los que están apegados al reino de la tierra nunca podrán alcanzar el Reino de los Cielos.  De allí la advertencia del Señor.  De allí los “ayes” de las “anti-bienaventuranzas”.

De allí la dura reprensión del Profeta Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”


                                                



De allí la corroboración que hace San Pablo de esto en la Segunda Lectura: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida seríamos los más infelices de todos los hombres” (1 Cor. 15, 12-20).   Infelices:  anti-bienaventurados.

Nos quiere decir San Pablo que la esperanza cristiana no puede centrarse en las cosas de esta vida.  No hay que buscar a Dios solamente para que nos cure, para que nos dé las cosas materiales que le pedimos, para que nos satisfaga en esta vida.

Hay que buscar a Dios para ver qué tiene que decirnos y qué tiene que pedirnos, para saber qué desea de nosotros, para saber de qué manera nos quiere conducir al Reino de los Cielos.

Y ese camino al Reino de los Cielos nos lo muestran las “bienaventuranzas”: “Felices los pobres ... Felices los que ahora tienen hambre ...  Felices los que sufren ... Felices cuando los aborrezcan y los expulsen ... cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre ...”    Paradojas incomprensibles que sólo se entienden si dejamos la miopía terrenal y nos ponemos los lentes de eternidad.




Pero ¡ojo!  No es la pobreza en sí, ni el hambre, ni la persecución, ni el sufrimiento mismo lo que nos hace bienaventurados o bienaventuradas.  Tampoco en sí mismas estas condiciones adversas son boletos seguros de entrada al Cielo.  Si reaccionamos ante ellas con una actitud pecaminosa de rechazo o de cuestionamiento a Dios, más bien podrían ser motivos de condenación.

El derecho al gozo eterno proveniente de las situaciones adversas, se nos otorga por nuestra actitud ante estas circunstancias que nos presenta la Providencia Divina a lo largo de nuestra vida como favores especiales para ayudarnos a llegar al Cielo.

Cuando al sufrir adversidades ponemos nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos, cuando ponemos nuestra mirada en la meta celestial y nos desprendemos de las metas terrenas, cuando confiamos tanto en Dios que nos abandonamos en El y nos sentimos cómodos dentro de su Voluntad -sea cual fuere- podemos decir que hemos comenzado el camino de las “bienaventuranzas”.

                                          


Las “bienaventuranzas” son una llamada para todos, pero sólo los que seamos capaces de desprendernos de nuestros criterios y deseos, para asumir los de Dios, podremos ser felices ... aquí y Allá. 




























Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 6 de mayo de 2018

«A vosotros os he llamado amigos» (Evangelio Dominical)





Hoy celebramos el último domingo antes de las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, que cierran la Pascua. Si a lo largo de estos domingos Jesús resucitado se nos ha manifestado como el Buen Pastor y la vid a quien hay que estar unido como los sarmientos, hoy nos abre de par en par su Corazón.

Naturalmente, en su Corazón sólo encontramos amor. Aquello que constituye el misterio más profundo de Dios es que es Amor. Todo lo que ha hecho desde la creación hasta la redención es por amor. Todo lo que espera de nosotros como respuesta a su acción es amor. Por esto, sus palabras resuenan hoy: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor pide reciprocidad, es como un diálogo que nos hace corresponder con un amor creciente a su amor primero.

Un fruto del amor es la alegría: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros» (Jn 15,11). Si nuestra vida no refleja la alegría de creer, si nos dejamos ahogar por las contrariedades sin ver que el Señor también está ahí presente y nos consuela, es porque no hemos conocido suficientemente a Jesús.


                          




Dios siempre tiene la iniciativa. Nos lo dice expresamente al afirmar que «yo os he elegido» (Jn 15,16). Nosotros sentimos la tentación de pensar que hemos escogido, pero no hemos hecho nada más que responder a una llamada. Nos ha escogido gratuitamente para ser amigos: «No os llamo ya siervos (...); a vosotros os he llamado amigos» (Jn 15,15).

En los comienzos, Dios habla con Adán como un amigo habla con su amigo. Cristo, nuevo Adán, nos ha recuperado no solamente la amistad de antes, sino la intimidad con Dios, ya que Dios es Amor.

Todo se resume en esta palabra: “amar”. Nos lo recuerda san Agustín: «El Maestro bueno nos recomienda tan frecuentemente la caridad como el único mandamiento posible. Sin la caridad todas las otras buenas cualidades no sirven de nada. La caridad, en efecto, conduce al hombre necesariamente a todas las otras virtudes que lo hacen bueno».




Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-17):



                   



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

Palabra del Señor







COMENTARIO.





San Juan Apóstol y Evangelista, centra su Evangelio y sus cartas en el tema del Amor. Y termina convenciéndonos de que el Amor de Dios y el amor a Dios son la misma cosa.   En efecto, en la narración que nos brinda San Juan del discurso que Jesús hace a sus Apóstoles durante la Ultima Cena, la noche anterior a su muerte, el Evangelista hace un maravilloso recuento de este tema tan importante.  El Evangelio de hoy nos trae parte de ese discurso tan profundo y significativo (Jn 15, 9-17).

Las palabras de Jesús en ese conmovedor momento hay que revisarlas línea a línea.  Parece como si constantemente estuviera repitiendo lo mismo, pero cada línea tiene su matiz y su significado especial. 

“Permanezcan en mi Amor.  Si cumplen mis mandamientos permanecen en mi Amor, lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor” (Jn. 15, 9-10).  Amar a Dios y permanecer en su Amor es hacer lo que El nos pide.  La palabra “mandamientos” no se refiere sólo a los que conocemos como los 10 Mandamientos, sino a “todo” lo que Dios desea de nosotros.  Es el caso entre Dios Padre y Dios Hijo: éste hace lo que el Padre quiere y es así como permanece amando al Padre.

Quiere decir que nosotros permanecemos amando a Dios si actuamos de la misma manera: haciendo lo que Dios desea de nosotros.  Si nos fijamos bien, los amores humanos funcionan de la misma manera: el enamorado hace lo que la enamorada desea y viceversa;  uno busca complacer al otro.  Amar a Dios es, entonces, también complacer a Dios... en todo.





 “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”  (Jn. 15, 11).   La verdadera felicidad está en permanecer amando a Dios, cumpliendo los deseos de Dios y no los propios deseos.  Así nuestro gozo será “pleno”.  Las alegrías humanas son pasajeras, efímeras, incompletas, insuficientes.  Pero... ¡nos aferramos tanto a ellas!  Si nos convenciéramos realmente de estas palabras del Señor sobre la verdadera alegría, nuestra felicidad comenzaría aquí en la tierra y, además, continuaría para siempre en la eternidad.

También toca San Juan el tema del amor en sus cartas.  En el Segunda Lectura de hoy (1 Jn. 4, 7-10) tenemos un trozo de su Primera Carta.  Y, como es de esperar,  vemos en ellas planteamientos similares a los que nos da en su Evangelio. 

“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12).  “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios.  Todo el que ama conoce a Dios.  El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor... El Amor consiste en esto:  no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10).




El Amor viene de Dios.  Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar.  Es más:  es Dios Quien ama a través de nosotros.  El que ama -el que ama de verdad- no con un amor egoísta, sino con un amor generoso y oblativo por el que se busca el bienestar del ser amado y no el propio, ése que ama así, ama así porque conoce a Dios. El que ama egoístamente, pensando en sí mismo, en realidad no ama; y no ama porque no conoce a Dios, porque no ama a Dios, porque no complace a Dios, sino que se complace a sí mismo.

Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos” (Jn. 15, 13).   El verdadero amor, ese Amor que viene de Dios, con el que podemos amar nosotros, amando como Dios quiere que amemos, puede llegar a la oblación total, a la entrega total de la vida por el ser amado.  Y no se trata solamente, ni principalmente, de llegar a la muerte física por el otro, como hizo Jesús por nosotros y como hizo, por ejemplo, un San Maximiliano Kolbe.

Se trata de la oblación de todo lo que consideramos como propio, como nuestros deseos, como nuestras inclinaciones, etc., para optar por los deseos del ser amado.  En este caso, para seguir el orden que nos propone San Juan: dejar todos lo deseos nuestros por los deseos de Dios.

Esa oblación es un constante morir a nosotros mismos, al ir dejando lo que consideramos nuestro, para irnos entregando a Dios y a sus deseos y designios.  Esa oblación es dar la vida por Dios.  Así, si fuera necesario y nos llegara el momento, estamos ya preparados para ofrecer aún nuestra vida física, como lo hizo Cristo y  como lo han hecho los santos mártires.


                                    



“El Padre les concederá todo lo que le pidan en mi nombre”  (Jn. 15, 16).   Queda claro que Cristo es nuestro mediador ante el Padre.  Pero... ¿concede el Padre “todo” lo que le pedimos?  Para comprender bien esta promesa debemos revisar las lecturas del domingo pasado.

“Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Jn. 15, 7).   “Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de El todo lo que le pidamos”. (1 Jn. 3, 22-23).

Notemos aquí lo que parecen ser condiciones para que Dios nuestro Padre nos complazca en lo que le pidamos: cumplir sus mandamientos, permanecer unidos a El, vivir su Palabra, etc.

Realmente, aunque así lo parezca, no es que Dios nos ponga condiciones, sino sucede que, al estar unidos a Dios, a su Voluntad, a su Palabra, sabremos entonces qué pedirle, pues al estar unidos a El, sabremos pedirle precisamente lo que El desea darnos:  aquello que nos conviene para nuestra salvación.

Esto es importante, pues mucho se abusa de una palabra del Señor relacionada con las peticiones en la oración: “Pidan y se les dará”.   Y en esto se apoyan muchos para pedir y pedir, y luego tal vez terminar frustrados, pues Dios no responde a los pedidos, de la manera que se desean sean respondidos. ¿Por qué sucede esto? 

Porque casi siempre se corta esta frase y se deja fuera el complemento final: “Vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt. 7, 7-11).  Sucede que quien está en unión con Dios sabe pedir esas “cosas buenas” de que nos habla el Señor y no aquellas cosas que simplemente se nos antojan como necesarias y buenas, sin que realmente lo sean.


                                              



 A la luz de todas estas enseñanzas de San Juan cabe preguntarse: ¿es lo mismo Amor de Dios que amor a Dios?  Según San Juan son la misma cosa, pero el primero es el origen y el segundo es la consecuencia. No hay amor a Dios, si primero no hay Amor de Dios.

El Amor consiste en que es Dios Quien ama.  El amor a Dios por nuestra cuenta y esfuerzo es sencillamente imposible.  También es imposible el amor verdadero para con los demás, si no es Dios Quien ama en nosotros.

La Primera Lectura (Hech. 10, 25-26; 34-35; 44-48) nos trae un trozo importante de los sucesos al comienzo de la Iglesia: para sorpresa de los seguidores de Cristo, Dios Espíritu Santo comienza a derramarse también entre los gentiles, es decir, entre los que no eran judíos.

Para comprender mejor este pasaje que nos trae la Liturgia de hoy, vale la pena leer el texto completo, es decir todo el Capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles.

Hay que ubicarse en la situación de los primeros cristianos: ellos creían que Cristo, judío de raza, había venido para ellos, que efectivamente eran el Pueblo escogido de Dios.

Pero, como Dios es impredecible, les da esta sorpresa: los no judíos comienzan a recibir el Espíritu Santo de la misma manera y con las mismas manifestaciones que se daban entre los judíos.

Dios borra toda raza, creencia, nacionalidad, y se revela –como ha seguido haciéndolo-  a quien quiere, como quiere y cuando quiere.

A San Pablo lo sorprendió cuando lo tumbó y lo dejó ciego mientras se dirigía a Damasco a perseguir y asesinar cristianos, pues se oponían a las tradiciones judías que él guardaba con celo.

Con Cornelio fue diferente.  Nos dice el texto sagrado que este militar “era de los que temen a Dios, daba muchas limosnas al pueblo y oraba constantemente”.   Sugiere la descripción que se nos da de este buen hombre que Cornelio, a pesar de no ser judío creía en el Dios Único de los judíos.

Pero no tan sólo creía, sino que oraba constantemente.  En efecto, en la revelación que Dios le hace a Cornelio por medio de una visión angélica, le reconoce que sus oraciones y sus limosnas “han llegado a la presencia de Dios”.

No es demasiado frecuente el que Dios haga lo de San Pablo.  Sin embargo se siguen dando casos de esas gracias imprevistas, fuertes, espectaculares, como la que experimentó Saulo camino a Damasco.

                         



Ahora bien, lo que sí es harto frecuente es que a los que temen a Dios y oran, Dios se les revele y los llene del Espíritu Santo, llevándolos a la Verdad plena, enrumbándolos en el Camino y comunicándoles la Vida que es Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.

Por todas estas maravillas que Dios hizo al antiguo Pueblo de Israel, las que hizo a judíos y no-judíos al comienzo de la Iglesia y por las que sigue haciendo en medio de nosotros, el Salmo 97 canta al amor y lealtad de Dios, amor y lealtad que siempre han estado presentes, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, como en nuestros día.



















Fuentes;
Sagradas Escrituras.
Homilias.org
Evangeli.org


lunes, 25 de diciembre de 2017

«La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros » (Evangelio Navidad)


                                                                  



Hoy, con la sencillez de niños, consideramos el gran misterio de nuestra fe. El nacimiento de Jesús señala la llegada de la "plenitud de los tiempos". Desde el pecado de nuestros primeros padres, el linaje humano se había apartado del Creador. Pero Dios, compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo eterno, nacido de la Virgen María, para rescatarnos de la esclavitud del pecado.

El apóstol Juan lo explica usando expresiones de gran profundidad teológica: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). Juan llama "Palabra" al Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Y añade: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).

Esto es lo que celebramos hoy, por eso hacemos fiesta. Maravillados, contemplamos a Jesús acabado de nacer. Es un recién nacido… y, a la vez, Dios omnipotente; sin dejar de ser Dios, ahora es también uno de nosotros.

                                   



Ha venido a la tierra para devolvernos la condición de hijos de Dios. Pero es necesario que cada uno acoja en su interior la salvación que Él nos ofrece. Tal como explica san Juan, «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). ¡Hijos de Dios! Quedamos admirados ante este misterio inefable: «El Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre para hacer a los hombres hijos de Dios» (San Juan Crisóstomo).

Acojamos a Jesús, busquémosle: solamente en Él encontraremos la salvación, la verdadera solución para nuestros problemas; sólo Él da el sentido último de la vida y de las contrariedades y del dolor. Por esto, hoy os propongo: leamos el Evangelio, meditémoslo; procuremos vivir verdaderamente de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el Hijo de Dios que ha venido a nosotros. Y entonces veremos cómo será verdad que, entre todos, haremos un mundo mejor.





Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):





En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor




COMENTARIO

               





El primer anuncio del Nacimiento de Dios-Hombre fue hecho a los Pastores -a los campesinos de la época- que cuidaban sus rebaños en las cercanías de Belén.  De toda la humanidad, Dios escogió a estos pobres, humildes y sencillos hombres para ser los primeros en llegar a conocerlo.

Un Ángel se les apareció la noche de la Primera Navidad anunciándoles:  “Vengo a comunicarles una buena nueva ... hoy ha nacido el Salvador que es Cristo Señor” (Lc. 2, 11).

Si bien los Pastores sienten “un miedo enorme” cuando “el Ángel del Señor se les apareció y los rodeó de la claridad de la Gloria del Señor” (Lc. 2, 9),  no se sorprendieron ante el anuncio que se les hiciera.

Ellos esperaban al Salvador.  A causa del pecado de nuestros primeros progenitores, la humanidad se encontraba a oscuras, derrotada, pues había perdido el acceso al Cielo.





Los Profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías (Is. 9, 1-3 y 5-6)  nos hablan de que la humanidad se encontraba perdida y en la oscuridad, subyugada y oprimida, hasta que vino al mundo “un Niño”.   Entonces “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una  gran luz ... se rompió el yugo, la barra que oprimía sus espaldas y el cetro de su tirano”.

Isaías profetiza con 700 años de anticipación el nacimiento de un niño que sería “Dios poderoso”, “Príncipe de Paz” , que vendría a establecer un reinado de Paz “para siempre”.

Podemos imaginar, entonces, la alegría que deben haber sentido los Pastores cercanos a la cueva de Belén cuando el Ángel se les aparece en la Noche de Navidad y les dice:  “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo:  hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 1-14)

Se cumple así la esperanza de redención del género humano; es decir, se nos abren nuevamente las puertas del Cielo.  Ya el destino final de los seres humanos no tiene que ser el Infierno.   Por eso San Pablo nos dice que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres ... para que vivamos de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús” (Tt. 2, 11-14).




Y sucedió que mientras el Ángel de Señor les hablaba a los pastores, aumentó el resplandor luminoso que los cubría, al aparecer una multitud de otros Ángeles que “alababan a Dios” cantando una suave y gozosa melodía:  “Gloria a Dios en lo más alto del Cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres” (Lc. 2, 14)

Sabemos que los Pastores creyeron sin dudar lo que se les había anunciado y se dijeron:   “Vamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos dio a conocer” (Lc. 2, 15).

El texto griego dice literalmente: "Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí".Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, El mismo, visible en Aquél que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). (Benedicto XVI-Navidad 2009)




Fueron rápidamente y, tal como les fuera dicho “hallaron a María, a José y al recién nacido acostado en la pesebrera” (Lc. 2,16)

Si Dios el Señor les manifestó a los pastores su presencia en el mundo a través del anuncio angélico, debe haberles también manifestado su Divinidad a éstos, sus primeros visitantes, pues según dicen algunas traducciones de la Escritura “cuando los pastores lo vieron, comprendieron lo que les había sido dicho sobre este Niño”.

La señal de Dios, la señal que ha dado a los Pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en Niño; se deja tocar y pide nuestro amor.  Y así nos invita a ser semejantes a Él en la humildad.  (Benedicto XVI-Navidad 2009)






La gracia de Dios debe haber tocado a estos sencillos hombres muy profundamente, causándoles una fuerte renovación espiritual, por lo cual “después se fueron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído era como se lo habían anunciado” (Lc. 2,20).

Los Pastores son de esos “pobres en el espíritu” que luego Jesús el Salvador menciona en Sus Bienaventuranzas, “que de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5,3) ... Y ese Reino también puede ser nuestro, si somos como los Pastores:  sencillos y humildes, creyeron sin cuestionar y sin dudar, dejaron todo para responder al llamado de Dios, y rápidamente lo buscaron ...  y lo encontraron.


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org 

domingo, 10 de diciembre de 2017

«Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión» (Evangelio Dominical)




Hoy, cuando se alza el telón del drama divino, podemos escuchar ya la voz de alguien que proclama: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1,3). Hoy, nos encontramos ante Juan el Bautista cuando prepara el escenario para la llegada de Jesús.

Algunos creían que Juan era el verdadero Mesías. Pues hablaba como los antiguos profetas, diciendo que el hombre ha de salir del pecado para huir del castigo y retornar hacia Dios a fin de encontrar su misericordia. Pero éste es un mensaje para todos los tiempos y todos los lugares, y Juan lo proclamaba con urgencia. Así, sucedió que una riada de gente, de Jerusalén y de toda Judea, inundó el desierto de Juan para escuchar su predicación.

¿Cómo es que Juan atraía a tantos hombres y mujeres? Ciertamente, denunciaba a Herodes y a los líderes religiosos, un acto de valor que fascinaba a la gente del pueblo. Pero, al mismo tiempo, no se ahorraba palabras fuertes para todos ellos: porque ellos también eran pecadores y debían arrepentirse. Y, al confesar sus pecados, los bautizaba en el río Jordán. Por eso, Juan Bautista los fascinaba, porque entendían el mensaje del auténtico arrepentimiento que les quería transmitir. Un arrepentimiento que era algo más que una confesión del pecado —en si misma, ¡un gran paso hacia delante y, de hecho, muy bonito! Pero, también, un arrepentimiento basado en la creencia de que sólo Dios puede, a la vez, perdonar y borrar, cancelar la deuda y barrer los restos de mi espíritu, enderezar mis rutas morales, tan deshonestas. 


               





 «No desaprovechéis este tiempo de misericordia ofrecido por Dios», dice San Gregorio Magno. —No estropeemos este momento apto para impregnarnos de este amor purificador que se nos ofrece, podemos decirnos, ahora que el tiempo de Adviento comienza a abrirse paso ante nosotros.

¿Estamos preparados, durante este Adviento, para enderezar los caminos para nuestro Señor? ¿Puedo convertir este tiempo en un tiempo para una confesión más auténtica, más penetrante en mi vida? Juan pedía sinceridad —sinceridad con uno mismo— a la vez que abandono en la misericordia Divina. Al hacerlo, ayudaba al pueblo a vivir para Dios, a entender que vivir es cuestión de luchar por abrir los caminos de la virtud y dejar que la gracia de Dios vivificara su espíritu con su alegría.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,1-8):


                                                     



Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."»
Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»


Palabra del Señor




COMENTARIO.


                              



Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a prepararnos para la celebración de la venida de Jesús, al celebrar su cumpleaños en esta Navidad.

Todo Adviento, entonces, tiene este sentido de preparación.  Todo Adviento contiene un llamado a la conversión, al cambio de vida.  Será, por tanto, una oportunidad maravillosa para crecer en la fe,  aumentar la esperanza y mejor practicar la caridad.

El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo.  La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor.  Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría:  “Preparen el camino del señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los  caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).


                                                          



Los que conocían la profecía de Isaías no deben haber dudado al ver a San Juan Bautista, pues por el retrato que hacía de él el Profeta era inconfundible el personaje.  Pero, más aún, al observar lo que decía ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Cristo.

Efectivamente, de repente apareció San Juan Bautista en el desierto.  Nos dice el Evangelio que “vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”.   Se presentó como un mensajero inmediatamente antes de Jesús para preparar el camino a éste, predicando “un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados” (Mc. 1, 1-8)

Con esta descripción de la predicación de San Juan Bautista ya podemos tener una idea de cómo será esa preparación que debemos hacer para recibir al Señor: arrepentirnos y recibir el perdón de  los pecados.


                                                  





Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías no creamos que nos está hablando de una obra de ingeniería para construir carreteras.  ¿O sí?  Puede ser, porque se trata de un camino.  ¿Y cómo se prepara el camino del Señor?

Veamos en la información de Isaías cómo puede ser ese proceso de conversión y de arrepentimiento al que estamos llamados muy especialmente durante este tiempo de Adviento.  Recordemos que es un tiempo de preparación para la venida del Señor.

¿Qué será eso de “aplanar cerros y colinas”?  Significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra violencia, etc.  Todas ésas son “alturas”, pero no alturas buenas.  Hay que aplanarlas y rebajarlas.

Pero también hay que “rellenar quebradas y barrancos”.  Esas no son alturas, sino “bajuras” (sí existe la palabra, por cierto).   Hay que rellenar las bajuras y bajezas de nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones.  Todas ésas son bajezas ... y son pecados todos que dificultan el que podamos vivir en armonía unos con otros.  Son bajuras que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.


                                            




También nos habla de corregir el diseño del camino:  “enderezar los caminos torcidos y con curvas”.  Cambio de rumbo, pues. Rectificar el caminos si vamos por caminos torcidos y equivocados, que no nos llevan a Dios.  ¿A dónde queremos ir?  ¿Hacia dónde estamos dirigiéndonos?  ¿Estamos preparándonos para que el Señor nos encuentre “en paz con El, sin mancha, ni reproche”? (2 Pe. 3, 8-14)

Tenemos, entonces, toda una obra de ingeniería espiritual de altura, de profundidad y de ancho.  Aplanar, rellenar y enderezar, para que quede todo parejo, alineado, derecho.  Enfocado todo hacia Dios.  De eso se trata la preparación

Más aún, el Precursor del Mesías anuncia algo muy importante:  “Yo los bautizo a ustedes con agua, pero El los bautizará con Espíritu Santo”.   Luego el mismo Cristo confirmará este anuncio de Juan el Bautista.  En el diálogo con Nicodemo, Jesús le dice a éste:  “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”.  Y ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica:  “El que no renace de agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que te haya dicho  que necesitas nacer de nuevo, de arriba”  (Jn. 3, 3-7).

¿Qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (verHech.  2 y 5, 17-41).  Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe.  Eran, además, temerosos para presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a ser perseguidos.


                                                                    



Pero sí hicieron algo:   creyeron en el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado:  que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech. 1, 4-5).

Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba?  ¿Cómo se nace del Espíritu Santo?  Para esto también hay que ver a los Apóstoles muy especialmente en los días  entre la Ascensión del Señor y Pentecostés y también a lo largo de todos los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles:

“Todos ellos perseveraban en la oración y con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús y de sus hermanos”. (Hech. 1, 14).

El Adviento nos prepara para todo esto, y nos prepara también para la celebración de la Navidad, en que recordamos la venida histórica de Cristo.  Pero la Carta de San Pedro que nos trae la Segunda Lectura nos recuerda el segundo significado del Adviento: nos recuerda que también nos preparamos para la segunda venida de Cristo, es decir, para el establecimiento de ese Reino que Cristo vendrá a establecer y del que habló a Nicodemo.  San Pedro nos describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese día.


Nos dice que el día del Señor “llegará como los ladrones”;  es decir, inesperadamente.    Pasa luego a describir cómo será ese momento:  “Los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella”.    Nos invita a una vida de “santidad y entrega”  en espera del día del Señor.   Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”.   Y concluye con la llamada que se repite de varias maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia y preparación.  “Apoyados en esta esperanza,, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con El, sin mancha ni reproche”.


                                                      




El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de San Juan Bautista.  Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento:  conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres, faltas de virtud; nacer de arriba, nacer del Espíritu Santo, etc.

Jesús fue anunciado en el Antiguo Testamento.  Y vino.  Vino hace unos 2.000 años.  Pero esperamos otra venida.  Esa es al final del tiempo.   También ha sido anunciada.  No la podemos evitar.  Y puede venir en cualquier momento “como los ladrones”  -nos dice el Señor y nos lo recuerda San Pedro.  Pero el final del tiempo nos viene también a cada uno el día de nuestra muerte, que puede sorprendernos también como los ladrones, en cualquier momento.  ¿Estamos preparados?














Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org.