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domingo, 7 de marzo de 2021

«No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado»(Evangelio Dominical)

 



Hoy, cercana ya la Pascua, ha sucedido un hecho insólito en el templo. Jesús ha echado del templo el ganado de los mercaderes, ha volcado las mesas de los cambistas y ha dicho a los vendedores de palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16). Y mientras los becerros y los carneros corrían por la explanada, los discípulos han descubierto una nueva faceta del alma de Jesús: el celo por la casa de su Padre, el celo por el templo de Dios.


¡El templo de Dios convertido en un mercado!, ¡qué barbaridad! Debió comenzar por poca cosa. Algún rabadán que subía a vender un cordero, una ancianita que quería ganar algunos durillos vendiendo pichones..., y la bola fue creciendo. Tanto que el autor del Cantar de los cantares clamaba: «Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas» (Cant 2,15). Pero, ¿quién hacía caso de ello? La explanada del templo era como un mercado en día de feria.

-También yo soy templo de Dios. Si no vigilo las pequeñas raposas, el orgullo, la pereza, la gula, la envidia, la tacañería, tantos disfraces del egoísmo, se escurren por dentro y lo estropean todo. Por esto, el Señor nos pone en alerta: «Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,37).



                          





¡Velemos!, para que la desidia no invada la conciencia: «La incapacidad de reconocer la culpa es la forma más peligrosa imaginable de embotamiento espiritual, porque hace a las personas incapaces de mejorar» (Benedicto XVI).

¿Velar? -Intento hacerlo cada noche- ¿He ofendido a alguien?, ¿son rectas mis intenciones?, ¿estoy dispuesto a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios?, ¿he admitido algún tipo de hábito que desagrade al Señor? Pero, a estas horas, estoy cansado y me vence el sueño.

-Jesús, tú que me conoces a fondo, tú que sabes muy bien qué hay en el interior de cada hombre, hazme conocer las faltas, dame fortaleza y un poco de este celo tuyo para que eche fuera del templo todo aquello que me aparte de ti.

 


Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25):







Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 







Hoy la Primera Lectura (Ex. 20, 1-7) y el Salmo (#18) nos hablan de la Ley de Dios.  Y la Segunda Lectura (1 Cor. 1, 22-25) y el Evangelio (Jn. 2, 13-25) nos hablan de señales y de comercio.

 

El trozo del Libro del Éxodo nos trae los preceptos que promulgó el Señor para su pueblo: los Mandamientos de la Ley de Dios, que entregó a Moisés en el Monte Sinaí, esculpidos en piedra.  Y cuando se piensa hoy en día en “ley”, en “mandamientos”, inmediatamente se nos ocurre pensar en restricciones a la libertad que ¡tanto! apreciamos y defendemos.  Y no es así.

 

Como nos dice el Salmo de hoy (Sal 18): “la Ley de Señor es perfecta y reconforta el alma ... es alegría para el corazón ... luz para alumbrar el camino”.  Muy contrario esto a lo que los hombres y mujeres de hoy pensamos de los preceptos de Dios.

 

Y recordamos, con motivo de esta lectura, la visita que el Papa Juan Pablo II hizo a comienzos del Tercer Milenio a ese sitio santo:  el Monte Sinaí, donde Dios se reveló a Moisés y le entregó su Ley, los Mandamientos de la Alianza que Dios hizo con su Pueblo.

 

El Papa proclamó en esa visita allí justamente lo contrario a lo que los hombres y mujeres de hoy pensamos de la Ley de Dios.  Preguntó el Papa:  “Qué es esta Ley?  ¡Es la Ley de la vida y de la libertad!  Si el pueblo observa la Ley de Dios, conocerá la libertad para siempre”.

 

Juan Pablo II destacó la actualidad y el valor de los Diez Mandamientos, diciendo: “En el encuentro entre Dios y Moisés en este monte se encierra el corazón de nuestra religión, el misterio de la obediencia que nos hace libres.  Los Diez Mandamientos no son la imposición arbitraria de un Señor tiránico.  Fueron escritos en piedra, pero, ante todo, fueron escritos en el corazón del hombre como ley moral universal, válida en cualquier tiempo y lugar”.

 

Si revisamos bien los Diez Mandamientos, éstos son, como dice el Salmo, una guía invalorable para andar en el camino.  Son una síntesis del amor a Dios y del amor al prójimo, y contienen exigencias mínimas para que la sociedad funcione debidamente.

 

En efecto, nos dice el Papa que los Mandamientos: “salvan al ser humano de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio y del engaño”.

 


                      





“Nos libran de la codicia de poder y de placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad y la de nuestro prójimo”.

 

Nos libran del amor a nosotros mismos, que es lo mismo que decir “egoísmo”, el cual no sólo hace daño a los demás, sino que, con frecuencia, nos lleva a sacar a Dios de nuestras vidas y a hacernos daño a nosotros mismos.

 

Los Diez Mandamientos nos libran también de las falsas divinidades, que sí nos quitan la libertad y nos llevan a la esclavitud.

 

Los Diez Mandamientos, nos recuerda Juan Pablo II, “son la ley de la libertad:  no la libertad para seguir nuestras pasiones ciegas, sino la libertad de amar, de elegir el bien en cada situación”.

 

Para eso Dios nos hizo libres:  para escoger el bien en cada situación, no para elegir el mal.  Y los Mandamientos de Dios son esa guía hacia el bien.  Y siguen vigentes hoy y siempre, porque la Ley de Dios, como nos dice el Salmo, “es santa y para siempre estable”.

 

Los Mandamientos no son restricciones, ni trabas.  Son ayudas que nos ha dado Dios para el bien personal y también para el bien colectivo, pues son normas mínimas de relaciones humanas, para que podamos vivir en convivencia.

 

Mientras mejor se cumplen los mandamientos, mejor estamos en lo personal, en lo social, en lo nacional, en lo internacional.

 


                           




Al leer el pasaje de los mercaderes del Templo de Jerusalén (Jn. 2, 13-25), los cuales fueron expulsados por Jesús a punta de látigo, las mesas de los cambistas volteadas y las monedas desparramadas por el suelo, tenemos que pensar qué nos quiere decir hoy a nosotros el Señor con este incidente.  Y sobre todo cuando nos dice: “no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.  Puede estarse refiriendo a ese mercadeo y comercio, repugnante y dañino, que con mucha frecuencia usamos en nuestra relación con Dios, concretamente en nuestra forma de pedirle a Dios.

 

Si pensamos bien en la forma en que oramos ¿no se parece nuestra oración a un negocio que estamos conviniendo con Dios?  “¿Yo te pido esto, esto o esto, y a cambio te ofrezco tal cosa?”  ¿Cuántas veces no hemos orado así?  A veces también nuestra oración parece ser un pliego de peticiones, con una lista interminable de necesidades -reales o ficticias.  A ambas actitudes puede estarse refiriendo el Señor cuando se opone al negocio en nuestra relación con El.

 

Fijémonos que en este pasaje del Evangelio los judíos “intervinieron para preguntarle ‘¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?’”.  Y, a juzgar por la respuesta, al Señor no le gustó que le pidieran señales.

 

¿Y nosotros?  ¿No pedimos también señales?  “Dios mío, quiero un milagro”, nos atrevemos a pedirle al Señor.  “Señor, dame una señal”.   Más aún: ¡cómo nos gusta ir tras las señales extraordinarias!  Estatuas que manan aceite o que lloran lágrimas de sangre, que cambian de posición, etc., etc.

 

Estos fenómenos extraordinarios pueden venir de Dios … o pueden no venir de Dios.  Cuando no vienen de Dios sirven para desviarnos del camino que nos lleva a Dios, pues lo que pretende el Enemigo es que nos quedemos apegados a esas señales y que realmente no busquemos a Dios, sino que vayamos tras esas manifestaciones extraordinarias, sean aceite, sangre, lágrimas, escarchas, etc., como si fueran Dios mismo.

 



                




Escarchas, lágrimas, fenómenos extraordinarios -cuando son realmente de origen divino- son signos de la presencia de Dios y de su Madre en medio de nosotros.  Son signos de gracias especialísimas que sirven para llamarnos a la conversión, al cambio de vida, a enderezar rumbos para dirigir nuestra mirada y nuestro caminar hacia aquella Casa del Padre que es el Cielo que nos espera. Y allí llegaremos si cumplimos la Voluntad de Dios aquí en la tierra.

 

Y esas señales son justamente para ayudarnos a que nos acerquemos a Dios.  Pero ¿en qué consiste ese acercamiento?  ¿En seguir buscando fenómenos extraordinarios?  ¿En entusiasmarnos con esas señales como si éstas fueran el centro de la vida en Dios?  No.  El acercarnos a Dios consiste en que sigamos su Voluntad.

 

¿Cómo?  ¿Cómo saber cuál es la Voluntad de Dios? Primero que nada, hay que cumplir sus mandamientos.  Luego hay que aceptar –no rechazar- lo que sea que Dios permita para nuestra vida… lo que sea.  Y, por último, hay que hacer –no lo que queremos hacer- sino lo que creemos que Él quiere que nosotros hagamos.  No hay que decirle: “quiero esto, Señor”, sino “¿qué quieres, Señor?”.  Diferente, ¿no?

 

Pero ¿qué sucede con demasiada frecuencia? ...  Sucede que, a pesar de estas señales, seguimos apegados a nuestra voluntad -y no a la de Dios-, a nuestros criterios -y no los de Dios-, a nuestros modos de ver las cosas -y no a los de Dios.

 

No podemos quedamos en lo externo, en lo que podemos ver y palpar con los sentidos del cuerpo.  No podemos seguir buscando estos fenómenos por todas partes, como si fueran el centro de la cuestión, pues el centro de la cuestión es otro:  es buscar la Voluntad de Dios para cumplirla a cabalidad ... y así no correr el riesgo de ser expulsados de la Casa del Padre para siempre.

 

Y en la Segunda Lectura San Pablo también nos habla de señales: “los judíos exigen señales milagrosas y los paganos (se refería sobre todo a los griegos) piden sabiduría (conocimientos humanos) ... Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados por Dios -sean judíos o paganos- Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios”.   Así haya muerto en la cruz.  “Porque la locura de Dios (la locura de la cruz) es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios (la debilidad de la muerte en la cruz) es más fuerte que la fuerza de los hombres”.

 


                  





Así son los criterios de Dios:  contrarios a los criterios de los seres humanos.  Pero ... seguimos ¡tan apegados! a nuestros propios criterios, creyendo que ésos son los que sirven, olvidándonos de esta importantísima y fuerte afirmación de San Pablo y olvidándonos de lo que mucho antes ya había anunciado el Profeta Isaías: “Así como dista el cielo de la tierra, así distan mis planes de vuestros planes, mis criterios de vuestros criterios” (Is. 55, 9).

 

Jesús expulsó a los mercaderes y cambistas de la casa de su Padre ... No corramos nosotros el riesgo de ser expulsados para siempre de aquella Casa del Padre que nos espera en la otra Vida.

 








Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.net

Evangeli.net

domingo, 17 de mayo de 2020

“Yo le amaré y me manifestaré a él” (Evangelio Dominical)



                  




Hoy, Jesús —como lo hizo entonces con sus discípulos— se despide, pues vuelve al Padre para ser glorificado. Parece ser que esto entristece a los discípulos que, aún le miran con la sola mirada física, humana, que cree, acepta y se aferra a lo que únicamente ve y toca. Esta sensación de los seguidores, que también se da hoy en muchos cristianos, le hace asegurar al Señor que «nos os dejaré huérfanos» (Jn 14,18), pues Él pedirá al Padre que nos envíe «otro Paráclito» (Auxiliador, Intercesor: Jn 14,16), «el Espíritu de la verdad» (Jn 14,17); además, aunque el mundo no le vaya a “ver”, «vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis» (Jn 14,19). Así, la confianza y la comprensión en estas palabras de Jesús suscitarán en el verdadero discípulo el amor, que se mostrará claramente en el “tener sus mandamientos” y “guardarlos” (cf. v. 21). Y más todavía: quien eso vive, será amado de igual forma por el Padre, y Él —el Hijo— a su discípulo fiel le amará y se le manifestará (cf. v. 21).

¡Cuántas palabras de aliento, confianza y promesa llegan a nosotros este Domingo!  En medio de las preocupaciones cotidianas —donde nuestro corazón es abrumado por las sombras de la duda, de la desesperación y del cansancio por las cosas que parecen no tener solución o haber entrado en un camino sin salida— Jesús nos invita a sentirle siempre presente, a saber descubrir que está vivo y nos ama, y a la vez, al que da el paso firme de vivir sus mandamientos, le garantiza manifestársele en la plenitud de la vida nueva y resucitada.

Hoy, se nos manifiesta vivo y presente, en las enseñanzas de las Escrituras que escuchamos, y en la Eucaristía que recibiremos. —Que tu respuesta sea la de una vida nueva que se entrega en la vivencia de sus mandamientos, en particular el del amor.




Lectura del santo evangelio según san Juan (14,15-21):



                           





EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor





COMENTARIO.



                         



El Evangelio de hoy continúa con el discurso de Jesucristo a sus Apóstoles durante la Ultima Cena.  Y en sus palabras el Señor nos indica los requerimientos del Amor de Dios y también la recompensa para aquéllos que cumplan esos requerimientos.

Sabemos que Dios es infinitamente generoso en su Amor hacia nosotros sus creaturas.  Pero también es exigente al requerir nuestro amor hacia Él.  Si no, ¿qué significan estas palabras del Señor? “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama... El que no me ama, no guarda mis palabras... Si me aman, cumplirán mis mandamientos.” (Jn. 14, 15-24).

Aquí Jesús nos está mostrando, no solamente las exigencias del Amor de Dios, sino también nos está indicando algo que es esencial en el amor: quien ama complace al ser amado.

Y ¿qué es complacer a quien se ama?  Complacer no significa mimar, ni consentir, ni aceptar conductas censurables.  Complacer es más bien cuidarse de no ofenderle, de no desagradarle;  por el contrario, es tratar de hacer en todo momento lo que le cause contento y agrado.

Dios nos ama con un Amor infinito -sin límites-, con un Amor perfecto -sin defectos- ... porque Dios es, la fuente de todo amor, es cierto.  Pero aún más que eso: Dios es el Amor mismo (cfr. 1 Jn. 4, 8).


                                   
                         


Amar a Dios es complacerlo en todo: en cumplir sus mandamientos, en aceptar su Voluntad, en hacer lo que creemos nos pide.  “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama... El que no me ama, no guarda mis palabras”.  Amar a Dios es, entonces, amarlo sobre todas las personas y sobre todas las cosas; amarlo a El, primero que nadie y primero que todo... y amarlo con todo el corazón y con toda el alma.

En este pasaje del Evangelio de San Juan, Jesús nos dice cuál es nuestra recompensa por amar a Dios, como Él lo merece y como Él lo requiere.  Esa recompensa es ¡nada menos! que Él mismo: “Al que me ama a Mí, lo amará mi Padre; Yo también lo amaré y me manifestaré a él... y vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (Jn. 14, 21-24).

Pero... si observamos bien nuestra actualidad: los hombres y mujeres de hoy ponemos nuestra confianza y nuestra admiración en los poderosos, en los artistas, en los modelos de belleza, en las estrellas deportivas, etc.  Podríamos decir que nos identificamos con ellos, les damos todo nuestro aprecio -inclusive nuestro amor- llegando a imitar sus maneras de ser, siguiendo sus recomendaciones, etc.

Pero... pensemos bien... ¿Nos llaman la atención los poderosos, las estrellas deportivas? … ¿qué mayor Poder que el de Dios, fuente de todo poder?  ¿Nos gusta la belleza? … ¿qué mayor Belleza que la de Dios, fuente de toda belleza?  ¿Nos atraen los que hacen algo bueno por la humanidad? … ¿qué mayor Bondad que la de Dios, fuente de todo bien?  En fin, ¿quién es más merecedor de nuestro amor, de nuestra confianza, de nuestra admiración, de nuestra voluntad, que Dios?

Los hombres y mujeres de hoy hemos sido absorbidos por las cosas del mundo: poder, dinero, riquezas, placeres, frivolidades, vicios, pecados, conductas erradas, apegos inconvenientes, etc., etc.   Unos más, otros menos, todos estamos sumergidos en un mundo muy alejado de los valores eternos, muy desprendido de las cosas de Dios, muy desapegado de lo que realmente es valedero y duradero.

Y corremos el riesgo de no poder recibir esa recompensa que Cristo nos ofrece, que es Él mismo.  “El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce” (Jn. 14, 16-17).  Se refiere al Espíritu Santo -es decir, el Espíritu del Padre y del Hijo- que Él nos envía para estar siempre con nosotros, para enseñarnos la Verdad, para recordarnos todo lo que debemos saber.



                                     


En efecto, al estar nosotros sumergidos en lo que el Señor llama “mundo”, es decir, todos esos apegos frívolos, vacíos, insignificantes, intrascendentes, negativos, no podemos percibir al Espíritu Santo.  Sólo pueden percibirlo aquéllos que aman a Dios, aquéllos que tienen a Dios de primero en sus vidas, aquéllos que buscan hacer la Voluntad de Dios, aquéllos que buscan complacer a Dios en todo.  Si no es así, se permanece ciego al Espíritu Santo, no se siente su suave brisa, no se perciben sus gentiles inspiraciones.

En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 8, 5-8, 14-17),  vemos la importancia que se daba al comienzo de la Iglesia a que los cristianos recibieran el Espíritu Santo.  Fijémonos que Pedro y Juan se trasladan desde Jerusalén a Samaria, para que aquéllos que recientemente habían aceptado la Palabra de Dios, recibieran también el Espíritu Santo.

Vemos que en esta Lectura se nos dice con cierta preocupación que esos nuevos cristianos “solamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús, pero no habían recibido aún al Espíritu Santo”, comentario que nos hace volver a aquellas palabras de Jesús a Nicodemo: “Quien no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn. 3, 5).

Significa esto que no basta que seamos bautizados y que creamos en la Palabra de Dios.  Necesitamos, además, recibir el Espíritu Santo.

El es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.  El es el Espíritu del Padre y el Espíritu de Jesús.  El es la promesa que Jesús hizo solemnemente a sus Apóstoles antes de morir y antes de partir de este mundo.  Veamos, entonces, qué nos dice el Señor hoy.

Nos dice que para recibir al Espíritu Santo, tenemos que creer en Dios y tenemos que cumplir sus Mandamientos; pero, además, tenemos que distanciarnos de las cosas del mundo, pues si permanecemos atados al mundo, nos quedamos ciegos: no podemos ni ver, ni conocer al Espíritu Santo.  Así nos dice el Señor: “El mundo no puede recibir el Espíritu Santo, porque no lo ve ni lo conoce.  En cambio, ustedes  (los que hacen mi Voluntad, los que cumplen mis Mandamientos) sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes”  (Jn. 14, 15-18).

Por eso, Dios nos sigue interpelando con su Palabra, día a día, semana a semana.  Esta semana nos promete el Espíritu Santo y nos llama a amarle a El, indicándonos cómo: Amar a Dios es complacerlo en todo: 1º cumplir sus mandamientos, 2º aceptar su voluntad, 3º hacer lo que creemos nos pide.

Y nos indica también cuál será nuestra recompensa: nada menos que el tenerlo a El mismo y el ser amados por El como sólo El sabe hacerlo: en forma perfecta e infinita.

Mientras busquemos en las cosas de este mundo y en los seres de este mundo lo que nuestro corazón ansía, seguiremos insatisfechos, deseando siempre algo más.  Ese “algo más” que siempre nos falta es el amor a Dios, pues sólo en El hallaremos el descanso, la alegría, la paz que ni el mundo, ni las creaturas pueden darnos.  Sólo El es la plenitud infinita que nuestro corazón busca y no encuentra, porque busca donde no es.  Eso que buscamos sólo lo encontraremos cuando lo busquemos a El.







Es que, como Dios nos creó para El, sólo en El hallaremos el descanso, la alegría, la paz que no nos pueden dar ni las cosas del mundo, ni las mismas creaturas.   Sólo Dios satisface plenamente

Testimonios de insatisfacción abundan: Atrevida joven pensó hacer un invento grande para la humanidad y luego suicidarse.

Sin embargo, nos dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe. 3, 15-18) que a veces la conducta cristiana puede traer críticas, pero advierte que “mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.   












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 20 de mayo de 2018

El Fuego del Pentecostés (Evangelio Dominical)





Siete semanas después de la Resurrección, el quincuagésimo día, «los discípulos estaban todos reunidos con las mujeres y María la Madre de Jesús, de repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento» (Hch 1:14; 2:1-2) 


El Espíritu descendió entonces sobre ese grupo de ciento veinte personas y se apareció bajo la forma de lenguas de fuego, porque iba a darles la palabra a sus bocas, la luz a su inteligencia y el ardor a su amor. Todos quedaron llenos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Les enseño toda la verdad, los encendió del perfecto amor y los confirmó en toda virtud. Es así que, ayudados de su gracia, iluminados por su doctrina y fortificados por su poder, aunque poco numerosos y sencillos, «plantaron la Iglesia con el precio de su sangre» [Brev.Rom] en el mundo entero, tanto por el fuego sus discursos como por su perfecta ejemplaridad y sus prodigiosos milagros.




Esta Iglesia purificada, iluminada y llevada a la perfección por la virtud de ese mismo Espíritu, se dio a amar por su esposo, tanto que pareció bella, admirable por sus distintos ornamentos, pero al contrario terrible como un ejército listo para la batalla contra Satanás y contra sus ángeles.




Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):




Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Palabra del Señor





COMENTARIO.




El nombre “Pentecostés” indica los cincuenta días que separan la Venida del Espíritu Santo de la Resurrección del Señor. En esta fiesta celebramos la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles.

Pentecostés marca el comienzo de la actividad apostólica en la Iglesia, porque fue justamente al recibir al Espíritu Santo que los Apóstoles comenzaron a cumplir el mandato que Jesús dejó antes de su Ascensión al Cielo:  predicar su mensaje de salvación a todos (Mt. 28, 19-20)

Algo parecido a ese mandato leemos en el Evangelio de hoy, el cual nos narra una de las apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles (Jn. 20, 19-23):  “‘Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo’.  Dicho esto, sopló sobre ellos y el dijo:  ‘Reciban el Espíritu Santo’”.

Pero... pensemos... ¿Quién es el Espíritu Santo?  El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre.  El es la presencia de Dios en medio de nosotros los hombres.  El Espíritu Santo es el cumplimiento de esta promesa de Jesús: “Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).




El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro camino a la meta que Dios nos ha señalado.  ¿Cuál es esa meta?  Nada menos que el Cielo.  Y ¿quiénes van al Cielo?   Aquéllos que cumplan la Voluntad de Dios en esta vida.

El Espíritu Santo se ocupa de muchas cosas nuestras.  Tal vez la principal sea nuestra santificación.  ¿Qué es nuestra santificación?  El hacernos santos.   Pero ¿no será esa palabra demasiado osada?  Ni mucho.  Porque ser santo, no es que sea muy fácil lograrlo, pero sí es fácil definirlo.  Es lo mismo que decíamos del Cielo:   ser santo es hacer la Voluntad de Dios en esta vida.        Y es el Espíritu Santo Quien con sus suaves inspiraciones nos va sugiriendo cómo andar por el camino de la santidad, cómo ir amoldando nuestra voluntad a la Voluntad de Dios.

Se ha comparado el Espíritu Santo con la brisa. Porque, en efecto, El es como una suave brisa que, como nos dice el Señor “sopla donde quiere” (Jn. 3, 8).   Ahora bien, si el Espíritu Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las velas de una barca, siempre en posición de ser movidos por esa brisa, esa brisa que nos llevará al Cielo.  Dejarnos mover por esa brisa significa ser perceptivos a lo que el Espíritu Santo nos vaya inspirando.  Pero, más importante aún, es ser dóciles a esas inspiraciones.  Así podremos llegar a la meta.

El Espíritu Santo ha sido comparado también con fuego.  Porque, en efecto, el Espíritu Santo también se manifiesta así: como fuego, como calor abrasador, como calor en el pecho...  El fuego que ardía en el corazón de los peregrinos de Emús, mientras oían hablar a Jesús resucitado era el Espíritu Santo:  “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”  se dijeron los discípulos de Emús en cuanto Jesús se les desapareció.  (Lc. 24, 32).


                           



Vemos en la Primera Lectura que el Espíritu Santo se presentó como una ráfaga fuerte de viento y descendió en forma de lenguas de fuego a los discípulos reunidos en torno a la Santísima Virgen el día de Pentecostés (Hech. 2, 1-11).

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad.  Así nos dijo Jesucristo:  “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora.  Pero cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, el los llevará a la verdad plena... El les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26).

Así que el Espíritu Santo es Quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad:  nos lleva a la Verdad plena.

Es tan importante la acción del Espíritu Santo en nuestra vida que, nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (1 Cor. 12, 3-7.12-13) que ni siquiera podemos reconocer a Jesús como Dios, si no nos lo inspira el Espíritu Santo.   “nadie puede llamar a Jesús ‘Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.   En esto consiste el don de la Fe.  Es un regalo de Dios, del Espíritu de Dios.


                                                        



También sabemos por esta lectura y por la experiencia cristiana que el Espíritu Santo nos capacita para cumplir la tarea de evangelización que, como bautizados, todos tenemos que realizar.

Y es el Espíritu Santo el que hace comunidad entre nosotros, seamos quienes seamos, vengamos de donde vengamos.  El Espíritu Santo, como el viento “sopla donde quiere”, le dijo Jesús a Nicodemo (Jn. 3, 8).  Como dice San Pablo en la Segunda Lectura: no importa la raza, ni la condición (“judíos o no judíos, esclavos o libres”), hemos sido llamados para formar el Cuerpo Místico de Cristo.  Y en éste, cada uno tiene un tipo de función, a la cual Cristo nos ha llamado.

En Pentecostés conmemoramos la Venida del Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia.  En efecto vemos también en esta Segunda Lectura cómo actúa el Espíritu Santo en la Iglesia.  “Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.  En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.  Y nos da el Espíritu Santo diferentes funciones a cada uno, como los diferentes miembros de un cuerpo tiene cada uno su función, pero todos formamos un mismo cuerpo: el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

¿Cómo fue esa primera venida del Espíritu Santo?  Recordemos que los Apóstoles habían visto  a Jesús irse de la Tierra, cuando ascendió al Cielo, y sabían que ya El no estaba con ellos como antes.  Cierto que en los cuarenta días que transcurrieron entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado estuvo apareciéndoseles para fortalecerlos en la fe.  Pero después de la Ascensión ellos sabían que debían continuar su camino y cumplir la misión que les había encomendado.  Pero ahora sería diferente, pues serían acompañados y conducidos por el Espíritu Santo.

Pero vamos a recordar cómo estaban los Apóstoles antes de Pentecostés.  Vemos a los Apóstoles con miedo, escondidos no fuera que los mataran a ellos también.  Y antes de eso, eran bien torpes para comprender las enseñanzas de Jesús.

                            



Pero veamos en la Primera Lectura (Hech. 2, 1-11) y continuando a lo largo del libro de los Hechos de los Apóstoles cómo, luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, los vemos irreconocibles. Cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar sin ningún temor a ser perseguidos, con una sabiduría totalmente nueva en ellos.  Hasta se les soltaron las lenguas con un especial poder de lenguaje dado por el Espíritu Santo: cuando hablaban cada oyente los entendía en su propio idioma.

Comenzaron a llamar a todos a la conversión, bautizaban a los que aceptaban el mensaje de Jesucristo.  Formaban discípulos y comunidades, ayudaban a los necesitados.  Cuando los reprendían y los amenazaban, ahora no les importaba.  Seguían sólo las órdenes que Jesús les había dejado, no las que le daban las autoridades.  Sufren todo tipo de persecuciones,  y hasta llegan al martirio.

¿Cómo pudo suceder todo esto?  Fue obra del Espíritu Santo.  Es decir, el protagonista fue el Espíritu Santo.  Pero es importante observar qué hacían los Apóstoles antes de Pentecostés para poder imitarlos y también nosotros recibir el Espíritu Santo: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).


                        



El secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros está en la oración: oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María.  ¡Ven, Espíritu Santo!

Oración maravillosa para este tiempo de Pentecostés -y para todo momento- es la Secuencia del Espíritu Santo,  que forma parte de la Liturgia de este Domingo y con la que hemos invocado al Espíritu Santo:





HIMNO AL ESPÍRITU SANTO

(SECUENCIA DE PENTECOSTÉS)



        





Ven, Espíritu Divino,
manda tu Luz desde el Cielo,
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
Luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

Ven dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos,
mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro,
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas e infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte todos tus dones,
según la fe de tus siervos,
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito,
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. 

Amén.













Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.orf
Homilias.org
Ángel Corbalán

domingo, 1 de abril de 2018

RESUCITÓ! DOMINGO DE PASCUA!





A todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los cristianos enviamos hoy un mensaje lleno de alegría y esperanza: “Cristo el Señor, ha resucitado”. Todos los espacios se llenan con este alegre grito: “¡Resucitó!”.

Adelante, pues, no es hora de temores y vacilaciones. El miedo ha sido vencido, ha terminado la noche, ha nacido un nuevo mundo. 

La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana. En la Resurrección de Jesucristo está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación.  Por eso, la celebración de la fiesta de la Resurrección es la más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe ... y también nuestra esperanza..

Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado El, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros.  En efecto, la Sagrada Escritura nos dice que saldremos a una resurrección de vida o a una resurrección de condenación, según hayan sido nuestras obras durante nuestra vida en la tierra (cfr. Jn 6,40 y 5,29).




 Así pues, la Resurrección de Cristo nos anuncia nuestra salvación; es decir, ser santificados por El para poder llegar al Cielo.  Y además nos anuncia nuestra propia resurrección, pues Cristo nos dice: “el que cree en Mí tendrá vida eterna:  y yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6,40).

La Resurrección del Señor recuerda un interrogante que siempre ha estado en la mente de los seres humanos, y que hoy en día surge con  renovado interés:  ¿Hay vida después de esta vida?  ¿Qué sucede después de la muerte?  ¿Queda el hombre reducido al polvo?  ¿Hay un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté bajo tierra y en descomposición, o tal vez esté hecho cenizas, o pudiera quizá estar desaparecido en algún lugar desconocido?

La Resurrección de Jesucristo nos da respuesta a todas estas preguntas.  Y la respuesta es la siguiente:  seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la Voluntad del Padre (cfr. J.n 5,29 y 6,40).  Su Resurrección es primicia de nuestra propia resurrección y de nuestra futura inmortalidad.

La vida de Jesucristo nos muestra el camino que hemos de recorrer todos nosotros para poder alcanzar esa promesa de nuestra resurrección.  Su vida fue -y así debe ser la nuestra- de una total identificación de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios durante esta vida.  Sólo así podremos dar el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene preparado desde toda la eternidad, donde estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está Jesucristo y como está su Madre, la Santísima Virgen María.




Por todo esto, la Resurrección de Cristo y su promesa de nuestra propia resurrección nos invita a cambiar nuestro modo de ser, nuestro modo de pensar, de actuar, de vivir.  Es necesario “morir a nosotros mismos”;  es necesario morir a “nuestro viejo yo”.   Nuestro viejo yo debe quedar muerto, crucificado con Cristo, para dar paso al “hombre nuevo”, de manera de poder vivir una vida nueva.

Sin embargo, sabemos que todo cambio cuesta, sabemos que toda muerte duele.  Y la muerte del propio “yo” va acompañada de dolor.  No hay otra forma.  Pero no habrá una vida nueva si no nos “despojamos del hombre viejo y de la manera de vivir de ese hombre viejo”  (Rom 6, 3-11 y Col. 3,5-10).

Y así como no puede alguien resucitar sin antes haber pasado por la muerte física, así tampoco podemos resucitar a la vida eterna si no hemos enterrado nuestro “yo”.  Y ¿qué es nuestro “yo”?  El “yo” incluye nuestras tendencias al pecado, nuestros vicios y nuestras faltas de virtud.

Y el “yo” también incluye el apego a nuestros propios deseos y planes,  a nuestras propias maneras de ver las cosas, a nuestras propias ideas, a nuestros propios razonamientos; es decir, a todo aquello que aún pareciendo lícito, no está en la línea de la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.

Durante toda la Cuaresma la Palabra de Dios nos ha estado hablando de “conversión”, de cambio de vida.  A esto se refiere ese llamado:  a cambiar de vida,  a enterrar nuestro “yo”, para poder resucitar con Cristo.  Consiste todo esto -para decirlo en una sola frase- en poner a Dios en primer lugar en nuestra vida y a amarlo sobre todo lo demás.  Y amarlo significa complacerlo en todo.  Y complacer a Dios en todo significa hacer sólo su Voluntad ... no la nuestra.

Así, poniendo a Dios de primero en todo, muriendo a nuestro “yo”, podremos estar seguros de esa resurrección de vida que Cristo promete a aquéllos que hayan obrado bien, es decir, que hayan cumplido, como El, la Voluntad del Padre (Jn. 6, 37-40).



NO A LA RE-ENCARNACIÓN:




La Resurrección de Cristo nos invita también a estar alerta ante el mito de la re-encarnación.  Sepamos los cristianos que nuestra esperanza no está en volver a nacer, nuestra esperanza no está en que nuestra alma reaparezca en otro cuerpo que no es el mío, como se nos trata de convencer con esa mentira que es el mito de la re-encarnación.

Los cristianos debemos tener claro que nuestra fe es incompatible con la falsa creencia en la re-encarnación.  La re-encarnación y otras falsas creencias que nos vienen fuentes no cristianas, vienen a contaminar nuestra fe y podrían llevarnos a perder la verdadera fe. 

Porque cuando comenzamos a creer que es posible, o deseable, o conveniente o agradable re-encarnar, ya -de hecho- estamos negando la resurrección.  Y nuestra esperanza no está en re-encarnar, sino en resucitar con Cristo, como Cristo ha resucitado y como nos ha prometido resucitarnos también a nosotros.

Recordemos, entonces, que la re-encarnación niega la resurrección ... y niega muchas otras cosas.  Parece muy atractiva esta falsa creencia.  Sin embargo, si en realidad lo pensamos bien ... ¿cómo va a ser atractivo volver a nacer en un cuerpo igual al que ahora tenemos, decadente y mortal, que se daña y que se enferma, que se envejece y que sufre ... pero que además tampoco es el mío?



¿QUÉ SIGNIFICA RESUCITAR?




Resurrección es la re-unión de nuestra alma con nuestro propio cuerpo, pero glorificado.  Resurrección no significa que volveremos a una vida como la que tenemos ahora.  Resurrección significa que Dios dará a nuestros cuerpos una vida distinta a la que vivimos ahora, pues al reunirlos con nuestras almas, serán cuerpos incorruptibles, que ya no sufrirán, ni se enfermarán, ni envejecerán.  ¡Serán cuerpos gloriosos!

Ustedes se preguntarán, entonces ... ¿Y cuándo será nuestra resurrección?  Eso lo responde el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en la Sagrada Escritura:  “Sin duda en el “último día”, “al fin del mundo” ...  ¿Quién conoce este momento?  Nadie.  Ni los Ángeles del Cielo, dice el Señor:  sólo el Padre Celestial conoce el momento en que “el Hijo del Hombre vendrá entre las nubes con gran poder y gloria”, para juzgar a vivos y muertos.  En ese momento será nuestra resurrección: resucitaremos para la vida eterna en el Cielo -los que hayamos obrado bien- y resucitaremos para la condenación -los que hayamos obrado mal.

La Resurrección de Cristo nos invita, entonces, a tener nuestra mirada fija en el Cielo.  Así nos dice San Pablo:  “Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba ... pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”  (Col. 3, 1-4).

¿Qué significa este importante consejo de San Pablo?  Significa que la vida en esta tierra es como una antesala, como una preparación, para unos más breve que para otros.  Significa que en realidad no fuimos creados sólo para esta ante-sala, sino para el Cielo, nuestra verdadera patria, donde estaremos con Cristo, resucitados -como El- en cuerpos gloriosos.

Significa que, buscar la felicidad en esta tierra y concentrar todos nuestros esfuerzos en ello, es perder de vista el Cielo.  Significa que nuestra mirada debe estar en la meta hacia donde vamos.  Significa que las cosas de la tierra deben verse a la luz de las cosas del Cielo.  Significa que debiéramos tener los pies firmes en la tierra, pero la mirada puesta en el Cielo.




Significa que, si la razón de nuestra vida es llegar a ese sitio que Dios nuestro Padre ha preparado para aquéllos que hagamos su Voluntad, es fácil deducir que hacia allá debemos dirigir todos nuestros esfuerzos.  Nuestro interés primordial durante esta vida temporal debiera ser el logro de la Vida Eterna en el Cielo.  Lo demás, los logros temporales, debieran quedar en lo que son: cosas que pasan, seres que mueren, satisfacciones incompletas, cuestiones perecederas ... Todo lo que aquí tengamos o podamos lograr pierde valor si se mira con ojos de eternidad, si podemos captarlo con los ojos de Dios.

La resurrección de Cristo y la nuestra es un dogma central de nuestra fe cristiana.  ¡Vivamos esa esperanza!  No la dejemos enturbiar por errores y falsedades, como la re-encarnación.  No nos quedemos deslumbrados con las cosas de la tierra, sino tengamos nuestra mirada fija en el Cielo y nuestra esperanza anclada en la Resurrección de Cristo y en nuestra futura resurrección. 
Que así sea.













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org