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lunes, 13 de junio de 2022

Festividad de La Santísima Trinidad!!

 


Un solo Dios en tres Personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La Iglesia dedica el este domingo después de Pentecostés a la celebración del día de la Santísima Trinidad,

Un misterio es todo aquello que no podemos entender con la razón. Es algo que sólo podemos comprender cuando Dios nos lo revela.

El misterio de la Santísima Trinidad -Un sólo Dios en tres Personas distintas-, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo.

Aunque es un dogma difícil de entender, fue el primero que entendieron los Apóstoles. Después de la Resurrección, comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre. Y, cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los católicos creemos que la Trinidad es Una. No creemos en tres dioses, sino en un sólo Dios en tres Personas distintas. No es que Dios esté dividido en tres, pues cada una de las tres Personas es enteramente Dios.

Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen la misma naturaleza, la misma divinidad, la misma eternidad, el mismo poder, la misma perfección; son un sólo Dios. Además, sabemos que cada una de las Personas de la Santísima Trinidad está totalmente contenida en las otras dos, pues hay una comunión perfecta entre ellas.







Con todo, las personas de la Santísima Trinidad son distintas entre sí, dada la diversidad de su misión: Dios Hijo-por quien son todas las cosas- es enviado por Dios Padre, es nuestro Salvador. Dios Espíritu Santo-en quien son todas las cosas- es el enviado por el Padre y por el Hijo, es nuestro Santificador.


Lo vemos claramente en la Creación, en la Encarnación y en Pentecostés

En la Creación, Dios Padre está como principio de todo lo que existe.
En la Encarnación, Dios se encarna, por amor a nosotros, en Jesús, para liberarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna.
En Pentecostés, el Padre y el Hijo se hacen presentes en la vida del hombre en la Persona del Espíritu santo, cuya misión es santificarnos, iluminándonos y ayudándonos con sus dones a alcanzar la vida eterna.

Para explicar este gran misterio, existen ciertos símbolos que son entendibles a nuestra razón: La Santísima Trinidad es simbolizada como un triángulo.
Cada uno de los vértices es parte del mismo triángulo y sin embargo cada uno es distinto

También podemos simbolizar a la Santísima Trinidad como una vela encendida: 


La vela en sí misma simboliza al Padre, la cera que escurre es el Hijo, que procede del Padre y la llama encendida es el Espíritu Santo. Los tres son "vela", pero son distintos entre sí. Hay quienes simbolizan a la Santísima Trinidad en forma de trébol. Cada una de las hojas es "trébol" pero son distintas entre sí.

¿Qué hacemos al persignarnos? "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" Es costumbre de los católicos repetir frecuentemente estas palabras, principalmente al principio y al fin de nuestras acciones.

Cada vez que hacemos la Señal de la Cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos el misterio de la Santísima Trinidad.

- En el nombre del Padre: Ponemos la mano sobre la frente, señalando el cerebro que controla todo nuestro cuerpo, recordando en forma simbólica que Dios es la fuente de nuestra vida.

-...y del Hijo: Colocamos la mano en el pecho, donde está el corazón, que simboliza al amor. Recordamos con ello que por amor a los hombres, Jesucristo se encarnó, murió y resucitó para librarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna.

-...Y del Espíritu Santo: Colocamos la mano en el hombre izquierdo y luego en el derecho, recordando que el Espíritu Santo nos ayuda a cargar con el peso de nuestra vida, el que nos ilumina y nos da la gracia para vivir de acuerdo a los mandatos de Jesucristo.

Algunas personas argumentan que no es verdad porque no podemos entender el misterio de la Santísima Trinidad a través de la razón. Esto es cierto, no podemos entenderlo con la sola razón, necesitamos de la fe ya que se trata de un misterio. Es un misterio hermoso en el que Dios nos envía a su Hijo para salvarnos.



 

 

 

 

 

Fuente:

Catholic.net


domingo, 5 de junio de 2022

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).






Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

 




AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 



Estamos celebrando “Pentecostés”, cincuenta días después de la Resurrección.  De esa cifra, “50”, viene la palabra “Pentecostés”, día de la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, reunidos con la Santísima Virgen María.

 

Jesús había hablado de esto en varias oportunidades y había asegurado a los Apóstoles que después de Él irse, vendría el Espíritu Santo.  Una de las personas a quien habló Jesús sobre el Espíritu Santo fue a Nicodemo.

 

Nicodemo era un judío, perteneciente al grupo religioso de los Fariseos, que tenía una preocupación sincera por conocer la Verdad acerca de Dios y acerca de Jesús.  Era maestro de la Ley, pero quería aprender del verdadero Maestro.  De allí que un día fue de noche, a escondidas, a ver a Jesús, para aprender de Él. (cf. Jn. 3, 1-9).  Tanto aprendió y tanto creyó en Jesús que fue uno de los pocos “valientes” que estuvo para el momento de la sepultura de Cristo (cf. Jn. 19, 39).

 

En esa noche de enseñanza, Nicodemo le pregunta sorprendido a Jesús: “¿Cómo puede volver a nacer un hombre ya viejo?” (Jn 3, 4). ¡Claro!  Tenía que sorprenderse: el Maestro le acababa de decir esto:  “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”. (Jn 3, 3-7)

 

Ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: “El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba”. (Jn 3, 3-7)

 

Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (cfr. Hech.  2, 1-11 y 5, 17-41).   Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros puestos y envidiosos entre ellos.  Además, tenían muchísimo miedo de que los ubicaran como seguidores de Jesús, no fuera que corrieran su misma suerte.

 


Pero luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, cambiaron totalmente:  se lanzaron a predicar sin ningún temor, llenos de sabiduría divina, con un poder de comunicación especial dado por el Espíritu Santo.  En el idioma que fuera necesario, llamaban a todos -judíos y extranjeros- a la conversión.

 

A los que creían en el mensaje de Jesucristo Salvador, los iban bautizando.  Así comienzan a formar nuevos discípulos y comunidades de cristianos.  Además, asistían a los necesitados.

 

Los torpes de antes comienzan a actuar con la Sabiduría de Dios.  Los envidiosos de antes asumen cada uno el lugar que le corresponde en la Iglesia de Cristo.  Los temerosos de antes sufren persecuciones y llegan incluso a sufrir el martirio.

 

Así comenzó la primera evangelización. Ahora en nuestros días, al comienzo de este Tercer Milenio, los Papas (Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco) y los Obispos nos están llamando a realizar una “nueva evangelización”.  Pero para eso necesitamos ser transformados por el Espíritu Santo, como los Apóstoles en Pentecostés.

 

Nos dijo el Papa Juan Pablo II que el objetivo prioritario de la “Nueva Evangelización” es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos (TMA 42).  Y Benedicto XVI ha creado el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, para impulsar la re-evangelización del mundo, comenzando por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.  Y el Papa Francisco continúa con los planes para la nueva evangelización.

 

Y ¿por qué es necesaria la Nueva Evangelización?  Porque la mayoría de los hombres y mujeres de este Tercer Milenio nos hemos alejado demasiado de Dios.

 

Unos, porque queremos valernos por nosotros mismos, estando a espaldas de Dios.

 

Otros, porque hemos dejado enturbiar y hasta apagar la fe cristiana con elementos provenientes del paganismo.

 



Otros, porque nos hemos dejado convencer con los errores de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos, que tienden a asemejarse a la Iglesia de Cristo, pero no lo son.

 

Otros, porque creemos que la religión es cosa que se diseña a la medida de cada cual, como quien escoge lo que va a colocar en un carrito de supermercado, o como quien usa los ingredientes que desee para preparar una receta de cocina.

 

Estamos a riesgo de perder hasta la misma civilización con todos los ataques que hay no sólo contra la Iglesia sino contra Dios, no sólo contra la religión sino contra la misma civilización, y no sólo contra la fe, sino contra la misma razón.

 

¿Nos damos cuenta de las ideas nocivas que están siendo inyectadas a la cultura y a nuestro modo de ver las cosas?  ¿Nos damos cuenta que estas ideas ni siquiera son racionales?  Por ejemplo:  las nuevas concepciones de la persona humana (sobre todo en cuanto al género), las nuevas ideas sobre la pareja humana y la familia ¿serán racionales?

 

Entonces, para que nuestra generación no pierda la fe y hasta la misma racionalidad, debemos “volver a nacer” de lo alto, debemos nacer del Espíritu Santo.

 

Por ello, esa Fe que recibimos en el Bautismo necesita ser purificada de toda confusión y necesita ser fortalecida, para que cada cristiano pueda dar testimonio de Cristo.

 

Y… ¿en qué consiste dar testimonio de Cristo?  Es ser y vivir, pensar y actuar como Cristo lo haría si estuviera en nuestro lugar.  Precisamente en esto consiste evangelizar.  Básicamente en eso consiste la “nueva evangelización” a la cual el Papa Juan Pablo II nos llamó, y la re-evangelización que quiso impulsar Benedicto XVI y que continúa Francisco.

 



Pero, para poder ser y actuar como Cristo, tenemos que “volver a nacer”;  es decir, tenemos que nacer del Espíritu Santo.

 

¿Cómo sabemos que hemos nacido del Espíritu Santo?  Veamos algunos síntomas:

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que Dios es lo más importante en su vida.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que quiere vivir para Dios y para lo que Él le indique.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que, aunque se ocupe de todo lo que tiene que ocuparse, (trabajo, estudios, familia, amigos, etc.) toda su vida está centrada en Dios.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo sabe que va caminando hacia Dios y su encuentro definitivo con Él, que tendrá lugar al fin de los tiempos o nos llega en el momento de nuestra muerte.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo, además, siente necesidad de comunicarlo a los demás.

 

¿Cómo volver a nacer?  ¿Cómo nacer del Espíritu Santo? ¿Cómo puede suceder esa trasformación?

 

Veamos qué hicieron los Apóstoles. En primer lugar, creyeron y obedecieron el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch. 1, 4-5).

 

En segundo lugar, perseveraban en la oración junto con María, la Madre de Jesús:  “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hch 1, 12-14 y 2, 46).

 

  


El secreto es la oración, la oración con la Santísima Virgen María, la oración diaria y perseverante, como los Apóstoles antes de Pentecostés.

 

Para “volver a nacer” hay que creer en Dios, obedecerlo y orar.  Así “seremos bautizados en el Espíritu Santo”, y seremos guiados por Él para defender a Dios, la Iglesia, la civilización, la Fe y la razón misma.  Que así sea.

 












Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 22 de mayo de 2022

«Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Evangelio Dominical)

 


 

Hoy, antes de celebrar la Ascensión y Pentecostés, releemos todavía las palabras del llamado sermón de la Última Cena, en las que debemos ver diversas maneras de presentar un único mensaje, ya que todo brota de la unión de Cristo con el Padre y de la voluntad de Dios de asociarnos a este misterio de amor.

A Santa Teresita del Niño Jesús un día le ofrecieron diversos regalos para que eligiera, y ella —con una gran decisión aun a pesar de su corta edad— dijo: «Lo elijo todo». Ya de mayor entendió que este elegirlo todo se había de concretar en querer ser el amor en la Iglesia, pues un cuerpo sin amor no tendría sentido. Dios es este misterio de amor, un amor concreto, personal, hecho carne en el Hijo Jesús que llega a darlo todo: Él mismo, su vida y sus hechos son el máximo y más claro mensaje de Dios.




Es de este amor que lo abarca todo de donde nace la “paz”. Ésta es hoy una palabra añorada: queremos paz y todo son alarmas y violencias. Sólo conseguiremos la paz si nos volvemos hacia Jesús, ya que es Él quien nos la da como fruto de su amor total. Pero no nos la da como el mundo lo hace (cf. Jn 14,27), pues la paz de Jesús no es la quietud y la despreocupación, sino todo lo contrario: la solidaridad que se hace fraternidad, la capacidad de mirarnos y de mirar a los otros con ojos nuevos como hace el Señor, y así perdonarnos. De ahí nace una gran serenidad que nos hace ver las cosas tal como son, y no como aparecen. Siguiendo por este camino llegaremos a ser felices.

«El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). En estos últimos días de Pascua pidamos abrirnos al Espíritu: le hemos recibido al ser bautizados y confirmados, pero es necesario que —como ulterior don— rebrote en nosotros y nos haga llegar allá donde no osaríamos.





 

Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29):



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 

 



El Misterio de la Santísima Trinidad se nos enseña desde los conocimientos iniciales para la Primera Comunión.  ¿Se recuerdan como nos enseñaron?  Es el misterio de un solo Dios en tres Personas.  Y nos recalcaban que no eran tres dioses, sino uno solo, pero que sí eran tres Personas y un solo Dios.

 

Ese gran misterio es muy importante, pues se refiere a la esencia misma de Dios, a lo que Dios es.  Debemos entonces ver qué influencia tiene para nuestra vida.  Porque, comprender este misterio, no podemos.  Eso también lo sabemos desde la Primera Comunión.  Entonces ¿cómo aplicar a nuestra vida diaria eso de que Dios es Uno en Tres Personas?  

 

¿Cómo, entonces, vivir este misterio?  Porque algún significado importante debe tener para nuestra vida espiritual, aunque no lo podamos comprender.

 

A este gran misterio no nos es posible acceder, porque nuestra limitada capacidad intelectual no es suficiente para comprender verdades infinitas sobre Dios.

 

Las Lecturas de hoy nos hablan de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.  En el Evangelio (Jn 14, 23-29) Jesús nos habla de sí mismo y nos habla también del Padre y del Espíritu Santo.

 


Entonces ¿cómo podemos vivir este misterio?  Cuando estemos viendo a Dios tal cual es, cuando hayamos llegado al Cielo, a la Jerusalén Celestial, allí estaremos en Dios y Él en nosotros (cf. Ap 21, 10-23). 

 

Pero mientras tanto, Jesús nos ha ofrecido una presencia interior de la Santísima Trinidad.  Y nos la ofreció cuando nos dijo:  “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.

 

¿Cómo es eso de hacer morada en nosotros?  Quiere decir que aquí en la tierra podemos participar de la vida de Dios Trinitario, de las Tres Personas que son Un Solo Dios.  Será de una manera no plena –es cierto.  Pero en el Cielo podremos vivir esto a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

 

En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.  Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a tener a la Trinidad en nuestro interior, pues Jesucristo nos lo ha prometido.

 

Por la Sagrada Escritura podemos deducir cómo puede darse la maravilla que es la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros: el Espíritu Santo va realizando su obra de santificación, la cual consiste en irnos haciendo semejantes al Hijo, semejantes a Jesús.  Para eso hay que dejar al Espíritu Santo obrar en nosotros.

 

¿Cómo hacemos esto?  El Espíritu Santo está siempre tratando de que busquemos y cumplamos la Voluntad de Dios.  Lo que tenemos que hacer, entonces, es ser perceptivos y también dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.

 

Luego el Hijo nos lleva al Padre.  “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt 11, 27).  Cabe preguntarnos, entonces, ¿cuándo será que Jesús nos quiere dar a conocer el Padre?

 


Es justamente lo que nos ha dicho:  “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.  Es decir, Jesús nos llevará al Padre cuando vayamos respondiendo a la condición que Él nos pide:  amarlo.  Y ¿qué es amar a Dios?  Amar a Dios es cumplir Su Voluntad.  Y esto nos lo va indicando el Espíritu Santo.

 

Sólo así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios y de nosotros entre sí.  Eso lo pidió Jesús al Padre antes de su Pasión y Muerte:  “Que sean uno como Tú y Yo somos uno.  Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn 17, 21-23).

 

Sólo así podremos comenzar a vivir esa Paz que el Señor nos ofrece, la cual será plena solamente en el Cielo, pero desde aquí podemos comenzar a saborear esa Paz que no es como la paz que el mundo nos ofrece.   La paz que el mundo ofrece es mera ausencia de guerras.  O tal vez, evasión de los problemas, o de discusiones y conflictos, y hasta del sufrimiento.

 

La Paz de Cristo es otra cosa: es vivir en Dios en medio de los problemas y sufrimientos.  Consiste esta Paz en poder estar serenos en medio de las tribulaciones.  Consiste en sentirnos cómodos dentro de la Voluntad de Dios.  Significa, también, poder estar confiados y sin temor en medio de la lucha contra el Maligno, que cada día se hace más evidente.

 

En el Evangelio también nos da a conocer Jesús otra de las formas cómo el Espíritu Santo va realizando su labor de santificación en nosotros:  “El les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto Yo les he dicho”.  ¡Qué privilegio!  Tener a Dios Espíritu Santo como maestro (“les enseñará”) y como apuntador (“les recordará”). 

 

Para tener al mismo Dios como maestro y apuntador, es necesaria, muy necesaria la oración.  En la oración genuina el Espíritu Santo nos guía, nos enseña y nos recuerda todo lo que debemos saber.  Y nos va mostrando la Voluntad de Dios.

 



Así hacían los Apóstoles.  Oraban.  Por eso vemos en la Primera Lectura cómo se atreven a decir: 

“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido...“(Hch 5, 1-29).  Realización también de la promesa de Cristo al instituir a su Iglesia con los Apóstoles y con Pedro, el primer Papa, a la cabeza: “Lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra también quedará desatado en el Cielo” (Mt 16, 20).

 

Nos queda ver el significado de algunos de los simbolismos que nos trae la Segunda Lectura, tomada del Libro de Apocalipsis, respecto de la Jerusalén Celestial:

 

“Muralla ancha y elevada”: Indica seguridad.  Cuando habitemos la Nueva Jerusalén, ya no habrá nada que temer.  No habrá temores externos ni tampoco en nuestro interior.

 

“Doce puertas monumentales con doce Ángeles”:    Significa que la entrada al Cielo es de carácter espiritual: se refiere al estado de nuestra alma.   El número doce se refiere a la Iglesia.

 

“Doce cimientos con los nombres de los Apóstoles”: La verdad que nos lleva a los Cielos Nuevos y a la Tierra Nueva reposa sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia de Cristo

 

 


 

“No vi templo, porque Dios y el Cordero son el Templo”: El templo es el anhelo de la humanidad de encontrarse con Dios.  En la Jerusalén Celestial ya no se necesitan templos, pues Dios está presente en cada uno de los salvados.  Estaremos en Él y Él en nosotros.   

 

Meditemos, entonces, en la profundidad del Misterio Trinitario, para poder así vivir lo que repetimos al comienzo de la Misa: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros.  Y podamos también comenzar a vivir la unión de nosotros con la Santísima Trinidad y de nosotros entre sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

domingo, 24 de abril de 2022

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.

Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.






La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.



 

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

 



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

 

 

 

 

COMENTARIO

 

 


 

Celebramos este año nuevamente en la Iglesia Católica la Fiesta de la Divina Misericordia, correspondiendo al Segundo Domingo de Pascua.  Y es interesante observar que el Evangelio de este Domingo siempre es el mismo, pues no cambia según el Ciclo A, B o C.  Además, se usa el mismo texto evangélico en la liturgia del rito en latín, cuando este domingo se conoce como “Domingo In Albis”.

 

En efecto, el Evangelio es el texto de San Juan (Jn 20, 19-31) que nos narra la primera aparición de Jesús a sus Apóstoles el mismo día de su resurrección, al anochecer, mientras estaban a puertas cerradas.

 

¡Qué alegría deben haber sentido estos hombres que habían quedado tan confundidos, tan apesadumbrados y atemorizados por la horrorosa muerte de Jesús!  ¡Qué alegría al ver a ese mismo Jesús resucitado glorioso, mostrándoles las heridas de las manos y del costado, como para asegurarles que era Él mismo!

 

Y acto seguido, nos dice San Juan Evangelista, el Señor “sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo.  A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar’”. 

 

Es decir, Cristo, al no más salir del sepulcro, habiendo vencido a la muerte, al demonio y al pecado, lo primero que hace es dejarnos a nosotros los seres humanos, el medio efectivo para ser perdonados de nuestros pecados.  Instituye en ese mismo momento el Sacramento de la Confesión, del Perdón.

 

 


 

¡Con razón Cristo ha querido declarar este Domingo Segundo de Pascua como la Fiesta de su Divina Misericordia!  ¡Con razón el Papa Juan Pablo II, al declarar este día como el Domingo de la Divina Misericordia, tal como Jesús pidió a Santa Faustina Kowalska, ha dispuesto que se conserven los mismos textos en las Lecturas Litúrgicas!  ¡Con razón siempre ha sido el mismo texto evangélico para este domingo, antes de la reforma litúrgica última y ahora se conserva el mismo texto evangélico para los tres Ciclos A, B y C!

 

El Sacramento de la Confesión es el Sacramento de la Divina Misericordia, llamado por el mismo Jesús, en sus revelaciones a Santa Faustina Kowalska, el “Tribunal de la Misericordia”.  Y ¡qué Tribunal!

 

No se parece en nada a los tribunales terrenos, en los que los infractores son declarados culpables y tienen que pagar su pena.  No así con Cristo.  En su Tribunal funciona sólo la Misericordia, no la Justicia.  Por justicia tendríamos que ser condenados.  Pero en la Confesión, no se nos condena... se nos perdona.  Eso sí:  ¡hay que estar arrepentidos!  Además, confesar la ofensa y tratar de no volver a pecar. 

 

Sobre el arrepentimiento debemos decir que éste es condición indispensable para recibir el perdón en el Sacramento de la Confesión.  Pero es importante destacar que podemos arrepentirnos de manera perfecta o de manera imperfecta.

 

 


 

El arrepentimiento perfecto o contrición consiste en arrepentirnos porque hemos ofendido a Dios.  Este arrepentimiento perfecto puede ser con dolor o no.  Y el dolor –es bueno recordar- es un regalo de Dios para el alma arrepentida; no lo podemos provocar nosotros mismos.

 

El arrepentimiento imperfecto o atrición consiste en arrepentirnos por miedo a las consecuencias de nuestros pecados, es decir, por miedo a la condenación y al infierno, o a las consecuencias de nuestro pecado.  Aunque debemos siempre tratar de arrepentirnos de manera perfecta -por haber ofendido a Dios- el arrepentimiento imperfecto también sirve para recibir el perdón en la Confesión sacramental.

 

Ambos arrepentimientos, perfecto o imperfecto, son también gracia del Tribunal de la Misericordia Divina.

 

¡Qué más podemos pedir!  Cristo, enseguida de resucitar, dejó instaurado su Tribunal de Misericordia en el Sacramento de la Confesión. “Allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten constantemente”, dijo el mismo Cristo a Santa Faustina.  “Basta acercarse con fe a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria.  Entonces, el milagro de la Misericordia se manifestará en toda su plenitud” (Diario 1448).

 


 

Y no importa la gravedad de las faltas confesadas.  Dice el Señor: “Aunque el alma fuera como un cadáver descomponiéndose, de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido, no es así para Dios.  El milagro de la Divina Misericordia restaura esa alma en toda su plenitud” (Diario 1448).

 

Tal es ese Tribunal.  Tales son los milagros que allí suceden: almas muertas en vida, a nivel de cadáveres en descomposición, restauradas plenamente para poder optar a la vida de gracia aquí en la tierra y a la vida eterna en el Cielo.

 

Y no creamos que la Confesión es sólo para los pecados mortales, que son los pecados graves que matan la vida del alma y que la llevan a la podredumbre de la descomposición.  La Confesión es también para los pecados menos graves, los llamados veniales, que también dañan el alma, ofenden a Dios y perjudican a la Iglesia y a las demás personas.

 

El Papa Juan Pablo II supo esto muy bien.  Por eso promovió la Confesión con tanto ahínco.  En su Encíclica “Reconciliación y Penitencia” (#32) recomienda a los Sacerdotes: “Es necesario educar a los fieles a recurrir al Sacramento de la Penitencia, incluso sólo para los pecados veniales ... pues la gracia propia del Sacramento contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”.  Es como el trabajo del jardinero que extrae la hierba mala una y otra vez, cada vez que sale, hasta que va desapareciendo por completo.  

 

 

Ya en 1972, notándose indicios serios de una disminución en la asiduidad al Sacramento de la Penitencia, la Santa Sede en su Pastoral de Normas concernientes a la Administración General de la Absolución hizo la siguiente advertencia: “Los Sacerdotes deben tener cuidado de no desanimar de la Confesión frecuente a los fieles.  Por el contrario, deben llamarles la atención de sus frutos para la vida cristiana y siempre mostrarse atentos a oír tales confesiones ... Debe evitarse absolutamente que la Confesión individual sea sólo para pecados serios ...”

 

Otro punto importante es que en el Sacramento del Perdón se dan beneficios espirituales infinitos y también beneficios humanos indiscutibles.  No hay mejor liberación que una buena confesión, porque el confesionario es el sitio donde verdaderamente se deja la culpa, cuando la asumimos con verdadera sinceridad.

 

Notemos algo: cuando nos sentimos culpables de algo ¿no tenemos la tendencia a desahogarnos con alguien?  ¿Qué mejor sitio que el confesionario, donde no solamente podemos hacer catarsis, sino también sentirnos genuinamente perdonados?

 

Porque la Confesión Sacramental es el instrumento que Dios diseñó para dejarnos su perdón en forma visible, tangible, audible.  El Señor ha escogido, en el caso de la Confesión y en otros, continuar su obra en la tierra a través de los hombres.  A través del Sacerdote, persona escogida por Dios para darnos su perdón, podemos experimentar la Misericordia de Jesús, cuando oímos las palabras de absolución de  boca del Confesor.

 

 


 

En efecto, Jesús le explicó a Santa Faustina que la fuente de su Misericordia era el Sacramento de la Confesión: “Cuando vayas a confesarte debes saber esto:  Yo mismo te espero en el confesionario.  Sólo que estoy escondido en el Sacerdote, pero Yo mismo actúo en el alma.  Aquí la miseria del alma encuentra al Dios de la Misericordia”.

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org