domingo, 5 de junio de 2022

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).






Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

 




AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 



Estamos celebrando “Pentecostés”, cincuenta días después de la Resurrección.  De esa cifra, “50”, viene la palabra “Pentecostés”, día de la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, reunidos con la Santísima Virgen María.

 

Jesús había hablado de esto en varias oportunidades y había asegurado a los Apóstoles que después de Él irse, vendría el Espíritu Santo.  Una de las personas a quien habló Jesús sobre el Espíritu Santo fue a Nicodemo.

 

Nicodemo era un judío, perteneciente al grupo religioso de los Fariseos, que tenía una preocupación sincera por conocer la Verdad acerca de Dios y acerca de Jesús.  Era maestro de la Ley, pero quería aprender del verdadero Maestro.  De allí que un día fue de noche, a escondidas, a ver a Jesús, para aprender de Él. (cf. Jn. 3, 1-9).  Tanto aprendió y tanto creyó en Jesús que fue uno de los pocos “valientes” que estuvo para el momento de la sepultura de Cristo (cf. Jn. 19, 39).

 

En esa noche de enseñanza, Nicodemo le pregunta sorprendido a Jesús: “¿Cómo puede volver a nacer un hombre ya viejo?” (Jn 3, 4). ¡Claro!  Tenía que sorprenderse: el Maestro le acababa de decir esto:  “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”. (Jn 3, 3-7)

 

Ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: “El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba”. (Jn 3, 3-7)

 

Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (cfr. Hech.  2, 1-11 y 5, 17-41).   Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros puestos y envidiosos entre ellos.  Además, tenían muchísimo miedo de que los ubicaran como seguidores de Jesús, no fuera que corrieran su misma suerte.

 


Pero luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, cambiaron totalmente:  se lanzaron a predicar sin ningún temor, llenos de sabiduría divina, con un poder de comunicación especial dado por el Espíritu Santo.  En el idioma que fuera necesario, llamaban a todos -judíos y extranjeros- a la conversión.

 

A los que creían en el mensaje de Jesucristo Salvador, los iban bautizando.  Así comienzan a formar nuevos discípulos y comunidades de cristianos.  Además, asistían a los necesitados.

 

Los torpes de antes comienzan a actuar con la Sabiduría de Dios.  Los envidiosos de antes asumen cada uno el lugar que le corresponde en la Iglesia de Cristo.  Los temerosos de antes sufren persecuciones y llegan incluso a sufrir el martirio.

 

Así comenzó la primera evangelización. Ahora en nuestros días, al comienzo de este Tercer Milenio, los Papas (Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco) y los Obispos nos están llamando a realizar una “nueva evangelización”.  Pero para eso necesitamos ser transformados por el Espíritu Santo, como los Apóstoles en Pentecostés.

 

Nos dijo el Papa Juan Pablo II que el objetivo prioritario de la “Nueva Evangelización” es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos (TMA 42).  Y Benedicto XVI ha creado el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, para impulsar la re-evangelización del mundo, comenzando por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.  Y el Papa Francisco continúa con los planes para la nueva evangelización.

 

Y ¿por qué es necesaria la Nueva Evangelización?  Porque la mayoría de los hombres y mujeres de este Tercer Milenio nos hemos alejado demasiado de Dios.

 

Unos, porque queremos valernos por nosotros mismos, estando a espaldas de Dios.

 

Otros, porque hemos dejado enturbiar y hasta apagar la fe cristiana con elementos provenientes del paganismo.

 



Otros, porque nos hemos dejado convencer con los errores de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos, que tienden a asemejarse a la Iglesia de Cristo, pero no lo son.

 

Otros, porque creemos que la religión es cosa que se diseña a la medida de cada cual, como quien escoge lo que va a colocar en un carrito de supermercado, o como quien usa los ingredientes que desee para preparar una receta de cocina.

 

Estamos a riesgo de perder hasta la misma civilización con todos los ataques que hay no sólo contra la Iglesia sino contra Dios, no sólo contra la religión sino contra la misma civilización, y no sólo contra la fe, sino contra la misma razón.

 

¿Nos damos cuenta de las ideas nocivas que están siendo inyectadas a la cultura y a nuestro modo de ver las cosas?  ¿Nos damos cuenta que estas ideas ni siquiera son racionales?  Por ejemplo:  las nuevas concepciones de la persona humana (sobre todo en cuanto al género), las nuevas ideas sobre la pareja humana y la familia ¿serán racionales?

 

Entonces, para que nuestra generación no pierda la fe y hasta la misma racionalidad, debemos “volver a nacer” de lo alto, debemos nacer del Espíritu Santo.

 

Por ello, esa Fe que recibimos en el Bautismo necesita ser purificada de toda confusión y necesita ser fortalecida, para que cada cristiano pueda dar testimonio de Cristo.

 

Y… ¿en qué consiste dar testimonio de Cristo?  Es ser y vivir, pensar y actuar como Cristo lo haría si estuviera en nuestro lugar.  Precisamente en esto consiste evangelizar.  Básicamente en eso consiste la “nueva evangelización” a la cual el Papa Juan Pablo II nos llamó, y la re-evangelización que quiso impulsar Benedicto XVI y que continúa Francisco.

 



Pero, para poder ser y actuar como Cristo, tenemos que “volver a nacer”;  es decir, tenemos que nacer del Espíritu Santo.

 

¿Cómo sabemos que hemos nacido del Espíritu Santo?  Veamos algunos síntomas:

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que Dios es lo más importante en su vida.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que quiere vivir para Dios y para lo que Él le indique.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que, aunque se ocupe de todo lo que tiene que ocuparse, (trabajo, estudios, familia, amigos, etc.) toda su vida está centrada en Dios.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo sabe que va caminando hacia Dios y su encuentro definitivo con Él, que tendrá lugar al fin de los tiempos o nos llega en el momento de nuestra muerte.

 

Quien ha nacido del Espíritu Santo, además, siente necesidad de comunicarlo a los demás.

 

¿Cómo volver a nacer?  ¿Cómo nacer del Espíritu Santo? ¿Cómo puede suceder esa trasformación?

 

Veamos qué hicieron los Apóstoles. En primer lugar, creyeron y obedecieron el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch. 1, 4-5).

 

En segundo lugar, perseveraban en la oración junto con María, la Madre de Jesús:  “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hch 1, 12-14 y 2, 46).

 

  


El secreto es la oración, la oración con la Santísima Virgen María, la oración diaria y perseverante, como los Apóstoles antes de Pentecostés.

 

Para “volver a nacer” hay que creer en Dios, obedecerlo y orar.  Así “seremos bautizados en el Espíritu Santo”, y seremos guiados por Él para defender a Dios, la Iglesia, la civilización, la Fe y la razón misma.  Que así sea.

 












Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 29 de mayo de 2022

«Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, Ascensión del Señor, recordamos nuevamente la “misión que” nos sigue confiada: «Vosotros seréis testigos de estas cosas» (Lc 24,48). La Palabra de Dios sigue siendo actualidad viva hoy: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo (...) y seréis mis testigos» (Hch 1,8) hasta los confines del mundo. La Palabra de Dios es exigencia de urgente actualidad: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).

En esta Solemnidad resuena con fuerza esa invitación de nuestro Maestro, que —revestido de nuestra humanidad— terminada su misión en este mundo, nos deja para sentarse a la diestra del Padre y enviarnos la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo.

Pero yo no puedo sino preguntarme: —El Señor, ¿actúa a través de mí? ¿Cuáles son los signos que acompañan a mi testimonio? Algo me recuerda los versos del poeta: «No puedes esperar hasta que Dios llegue a ti y te diga: ‘Yo soy’. Un dios que declara su poder carece de sentido. Tienes que saber que Dios sopla a través de ti desde el comienzo, y si tu pecho arde y nada denota, entonces está Dios obrando en él».





Y éste debe ser nuestro signo: el fuego que arde dentro, el fuego que —como en el profeta Jeremías— no se puede contener: la Palabra viva de Dios. Y uno necesita decir: «¡Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de alegría! Sube Dios entre aclamaciones, ¡salmodiad para nuestro Dios, salmodiad!» (Sal 47,2.6-7).

Su reinado se esta gestando en el corazón de los pueblos, en tu corazón, como una semilla que está ya a punto para la vida. —Canta, danza, para tu Señor. Y, si no sabes cómo hacerlo, pon la Palabra en tus labios hasta hacerla bajar al corazón: —Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, dame espíritu de sabiduría y revelación para conocerte. Ilumina los ojos de mi corazón para comprender la esperanza a la que me llamas, la riqueza de gloria que me tienes preparada y la grandeza de tu poder que has desplegado con la resurrección de Cristo.


 

 Santo evangelio según san Lucas (24,46-53):

     



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO.

 

         


Estamos celebrando la Fiesta de la Ascensión de Jesucristo nuestro Señor al Cielo.  Y esta Fiesta nos provoca sentimientos de alegría, pues el Señor asciende para reinar desde el Cielo (¡El es el Rey del Universo!).  Pero también evoca sentimientos de nostalgia, pues Jesucristo se va ya de la tierra… como Hombre, porque como Dios sigue estando en todas partes

 

Recordemos que Jesucristo había resucitado después de una muerte que fue ¡tan traumática! - traumática para Él por los sufrimientos intensísimos a que fue sometido... y traumática también para sus seguidores, para sus Apóstoles y discípulos, que quedaron estupefactos ante lo sucedido el Viernes Santo. 

 

Luego viene para ellos la sorpresa de la Resurrección.  Al principio no creyeron lo que les dijeron las mujeres, luego el mismo Señor Resucitado se les apareció varias veces, y entonces recordaron y creyeron lo que Él les había anunciado.  Pero fíjense:  la verdad es que los Apóstoles no entendían bien a Jesús cuando les anunciaba todo lo que iba a suceder:  lo de su muerte, su posterior resurrección y luego también lo de su Ascensión al Cielo.

 

De muchas maneras les anunció el Señor lo que hoy celebramos:  su Ascensión.  Y en esos anuncios se notaban en Jesús sentimientos de nostalgia por dejar a sus Apóstoles.  Fijémonos como les habló sobre esto durante la Ultima Cena: “He deseado muchísimo celebrar esta Pascua con ustedes... porque ya no la volveré a celebrar hasta ...” (Lc 22, 15-16).   “Me voy y esta palabra los llena de tristeza” (Jn 16, 6)

 


Y en cada uno de los anuncios de su partida, Jesús trataba de consolarlos:  “Ahora me toca irme al Padre ... pero si me piden algo en mi nombre, yo lo haré”.  (Jn 14, 12-13)

 

Inclusive les dio argumentos sobre la conveniencia de su vuelta al Padre:  “En verdad, les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no podrá venir a ustedes el Consolador.  Pero si me voy, se los enviaré ... les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 16, 7 y14, 26)

 

Después de su Resurrección, el Señor pasó unos cuarenta días apareciéndose en la tierra a sus discípulos, a sus Apóstoles, a su Madre, para fortalecerles la Fe.

 

 Es lo que nos refiere la Primera Lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles:  “Se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios.  Un día, les mandó: ‘No se alejen de Jerusalén.  Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado... Dentro de pocos días serán bautizados con el Espíritu Santo’” (He 1, 3-5). 

 

La promesa del Padre era el Espíritu Santo, el Consolador, que vendría unos días después, en Pentecostés.

 

Y luego de esos cuarenta días, llegó el momento de su partida.  Entonces, los llevó a un sitio fuera y luego de darles las últimas instrucciones y bendecirlos, se fue elevando al Cielo a la vista de todos los presentes.

 



Si la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor ante Pedro, Santiago y Juan fue algo tan impresionante, ¡cómo sería la Ascensión!  Todos los presentes quedaron impresionados de la despedida del Señor, que fue ciertamente triste para ellos, pero también de alegría, pues el Señor subía glorioso para sentarse a la derecha del Padre ...  Y Jesús subía y subía, refulgente, Él que es el Sol de Justicia ... hasta que fue ocultado por una nube.

 

Nos habla San Lucas de “una nube que lo ocultó”.  ¿No sería esa “nube” más bien el fulgor y la brillantez irradiados por Jesús, que hicieron que quedara ocultado a los ojos de los presentes?

 

El impacto de este misterio fue tal, que aún después de haber desaparecido Jesús, los Apóstoles y discípulos seguían en éxtasis, mirando fijamente al Cielo.

 

Fue, entonces, cuando dos Ángeles interrumpieron ese éxtasis colectivo de amor, de nostalgia, de admiración al Señor, cuyo cuerpo radiantísimo había ascendido al Cielo, y les dijeron los dos Ángeles al unísono:

 

“¿Qué hacen ahí mirando al cielo?  Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo han visto alejarse” (Hch 1, 1-11).

 

Como enseñanza de la Ascensión es importante recordar ese anuncio profético de los Ángeles sobre la Segunda Venida de Jesucristo. 

 


Fijémonos bien: nos dicen los Ángeles que Cristo volverá de igual manera como se fue; es decir, en gloria y desde el Cielo.  Jesucristo vendrá en ese momento como Juez a establecer su reinado definitivo.

 

Así lo reconocemos cada vez que rezamos el Credo: de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.


El misterio de la Ascensión de Jesucristo es un misterio de fe y esperanza en la vida eterna.  La misma forma física en que se despidió el Señor -subiendo al Cielo- nos muestra nuestra meta, ese lugar donde Él está, al que hemos sido invitados todos, para estar con Él.

 

Ya nos lo había dicho al anunciar su partida: “Voy allá a prepararles un lugar... Volveré y los llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estén también ustedes” (Jn 14,2-3). 

 

La Ascensión de Jesucristo al Cielo en cuerpo y alma gloriosos debe despertarnos el anhelo de Cielo, la esperanza de nuestra futura inmortalidad.

 

Las Ascensión proclama no sólo la inmortalidad del alma, sino también la de cuerpo.

 

Recordemos que nuestra esperanza está en resucitar en cuerpo y alma gloriosos como Él, para disfrutar con Él y en Él de una felicidad completa, perfecta y para siempre.

 


La Ascensión de Jesucristo nos recuerda también la promesa que hizo a los Apóstoles -y nos la hace a nosotros también- sobre la venida del Espíritu Santo.

 

Es el Espíritu Santo -el Espíritu de Dios- quien nos enseña y quien recuerda todo lo que Cristo nos dijo.  Su venida la celebraremos el próximo Domingo.

 

Por eso, este tiempo previo a Pentecostés debería ser un tiempo de oración, como lo tuvieron los Apóstoles después de la Ascensión. La Santísima Virgen María los reunió y los animó orando con ellos durante nueve días (¡fue la primera Novena en la Iglesia!), en espera del Espíritu Santo.  Se reunían diariamente.  Y ella los consolaba y los animaba para cumplir la misión que el Señor les había encomendado.

 

Así estamos nosotros hoy también.  Tenemos una misión que nos han encomendado Jesucristo y nos lo han recordados los Papas.

 

En su Carta Apostólica, Nuovo Millennio Ineunte (Al comienzo del nuevo milenio), el Papa Juan Pablo II nos dio directrices a los cristianos de este Tercer Milenio.  Nos pidió reforzar e intensificar la Nueva Evangelización y nos dio sus instrucciones específicas: santidad, oración, primacía de la gracia, vida sacramental, escucha de la Palabra de Dios, para luego anunciar la Palabra de Dios.

 

Y tengamos en cuenta, además, lo que llama el Papa en su Carta “la primacía de la gracia”.  Se refiere a nuestra respuesta a la gracia, recordándonos que “sin Cristo, nada podemos hacer”. 

 

Y para poder vivir esa verdad tan olvidada, de que nada somos sin la gracia de Cristo, el Papa nos insiste en la necesidad de la oración.

 

Nadie puede dar lo que no tiene.  Tenemos que llenarnos de Dios para llevarlo a los demás.  Tenemos que llenarnos de la Palabra de Dios, para poder anunciarla a los demás.  Bien decía Santa Teresa de Jesús: “Orar es llenarse de Dios para darlo a los demás”.   Y Santo Domingo de Guzmán lo abreviaba aún más: “Contemplad y dad lo contemplado”.

 

Y no tengamos la idea equivocada de que la oración nos hace perder tiempo necesario para la acción: muy por el contrario, la oración nos hace mucho más eficientes en la acción.

 

Que la Ascensión del Señor nos despierte, entonces, el deseo de responder al llamado a evangelizar que nos hizo Jesús precisamente justo antes de subir al Cielo y que nos siguen pidiendo sus Representantes aquí en la tierra que son los Papas.

 


Los Apóstoles, discípulos y primeros cristianos realizaron la Primera Evangelización.  Nosotros, los cristianos de este Tercer Milenio, estamos llamados a realizar la Nueva Evangelización porque este mundo de hoy necesita ser re-evangelizado.

 

Que el Espíritu Santo nos renueve interiormente en su próxima Fiesta de Pentecostés para cumplir el mandato de Cristo y el llamado de la Iglesia.  Que así sea.

 

 

 

 

 

 

Fuentes;

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org