Mostrando entradas con la etiqueta Amaos los unos a los otros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amaos los unos a los otros. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de mayo de 2018

«A vosotros os he llamado amigos» (Evangelio Dominical)





Hoy celebramos el último domingo antes de las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, que cierran la Pascua. Si a lo largo de estos domingos Jesús resucitado se nos ha manifestado como el Buen Pastor y la vid a quien hay que estar unido como los sarmientos, hoy nos abre de par en par su Corazón.

Naturalmente, en su Corazón sólo encontramos amor. Aquello que constituye el misterio más profundo de Dios es que es Amor. Todo lo que ha hecho desde la creación hasta la redención es por amor. Todo lo que espera de nosotros como respuesta a su acción es amor. Por esto, sus palabras resuenan hoy: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor pide reciprocidad, es como un diálogo que nos hace corresponder con un amor creciente a su amor primero.

Un fruto del amor es la alegría: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros» (Jn 15,11). Si nuestra vida no refleja la alegría de creer, si nos dejamos ahogar por las contrariedades sin ver que el Señor también está ahí presente y nos consuela, es porque no hemos conocido suficientemente a Jesús.


                          




Dios siempre tiene la iniciativa. Nos lo dice expresamente al afirmar que «yo os he elegido» (Jn 15,16). Nosotros sentimos la tentación de pensar que hemos escogido, pero no hemos hecho nada más que responder a una llamada. Nos ha escogido gratuitamente para ser amigos: «No os llamo ya siervos (...); a vosotros os he llamado amigos» (Jn 15,15).

En los comienzos, Dios habla con Adán como un amigo habla con su amigo. Cristo, nuevo Adán, nos ha recuperado no solamente la amistad de antes, sino la intimidad con Dios, ya que Dios es Amor.

Todo se resume en esta palabra: “amar”. Nos lo recuerda san Agustín: «El Maestro bueno nos recomienda tan frecuentemente la caridad como el único mandamiento posible. Sin la caridad todas las otras buenas cualidades no sirven de nada. La caridad, en efecto, conduce al hombre necesariamente a todas las otras virtudes que lo hacen bueno».




Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-17):



                   



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

Palabra del Señor







COMENTARIO.





San Juan Apóstol y Evangelista, centra su Evangelio y sus cartas en el tema del Amor. Y termina convenciéndonos de que el Amor de Dios y el amor a Dios son la misma cosa.   En efecto, en la narración que nos brinda San Juan del discurso que Jesús hace a sus Apóstoles durante la Ultima Cena, la noche anterior a su muerte, el Evangelista hace un maravilloso recuento de este tema tan importante.  El Evangelio de hoy nos trae parte de ese discurso tan profundo y significativo (Jn 15, 9-17).

Las palabras de Jesús en ese conmovedor momento hay que revisarlas línea a línea.  Parece como si constantemente estuviera repitiendo lo mismo, pero cada línea tiene su matiz y su significado especial. 

“Permanezcan en mi Amor.  Si cumplen mis mandamientos permanecen en mi Amor, lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor” (Jn. 15, 9-10).  Amar a Dios y permanecer en su Amor es hacer lo que El nos pide.  La palabra “mandamientos” no se refiere sólo a los que conocemos como los 10 Mandamientos, sino a “todo” lo que Dios desea de nosotros.  Es el caso entre Dios Padre y Dios Hijo: éste hace lo que el Padre quiere y es así como permanece amando al Padre.

Quiere decir que nosotros permanecemos amando a Dios si actuamos de la misma manera: haciendo lo que Dios desea de nosotros.  Si nos fijamos bien, los amores humanos funcionan de la misma manera: el enamorado hace lo que la enamorada desea y viceversa;  uno busca complacer al otro.  Amar a Dios es, entonces, también complacer a Dios... en todo.





 “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”  (Jn. 15, 11).   La verdadera felicidad está en permanecer amando a Dios, cumpliendo los deseos de Dios y no los propios deseos.  Así nuestro gozo será “pleno”.  Las alegrías humanas son pasajeras, efímeras, incompletas, insuficientes.  Pero... ¡nos aferramos tanto a ellas!  Si nos convenciéramos realmente de estas palabras del Señor sobre la verdadera alegría, nuestra felicidad comenzaría aquí en la tierra y, además, continuaría para siempre en la eternidad.

También toca San Juan el tema del amor en sus cartas.  En el Segunda Lectura de hoy (1 Jn. 4, 7-10) tenemos un trozo de su Primera Carta.  Y, como es de esperar,  vemos en ellas planteamientos similares a los que nos da en su Evangelio. 

“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12).  “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios.  Todo el que ama conoce a Dios.  El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor... El Amor consiste en esto:  no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10).




El Amor viene de Dios.  Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar.  Es más:  es Dios Quien ama a través de nosotros.  El que ama -el que ama de verdad- no con un amor egoísta, sino con un amor generoso y oblativo por el que se busca el bienestar del ser amado y no el propio, ése que ama así, ama así porque conoce a Dios. El que ama egoístamente, pensando en sí mismo, en realidad no ama; y no ama porque no conoce a Dios, porque no ama a Dios, porque no complace a Dios, sino que se complace a sí mismo.

Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos” (Jn. 15, 13).   El verdadero amor, ese Amor que viene de Dios, con el que podemos amar nosotros, amando como Dios quiere que amemos, puede llegar a la oblación total, a la entrega total de la vida por el ser amado.  Y no se trata solamente, ni principalmente, de llegar a la muerte física por el otro, como hizo Jesús por nosotros y como hizo, por ejemplo, un San Maximiliano Kolbe.

Se trata de la oblación de todo lo que consideramos como propio, como nuestros deseos, como nuestras inclinaciones, etc., para optar por los deseos del ser amado.  En este caso, para seguir el orden que nos propone San Juan: dejar todos lo deseos nuestros por los deseos de Dios.

Esa oblación es un constante morir a nosotros mismos, al ir dejando lo que consideramos nuestro, para irnos entregando a Dios y a sus deseos y designios.  Esa oblación es dar la vida por Dios.  Así, si fuera necesario y nos llegara el momento, estamos ya preparados para ofrecer aún nuestra vida física, como lo hizo Cristo y  como lo han hecho los santos mártires.


                                    



“El Padre les concederá todo lo que le pidan en mi nombre”  (Jn. 15, 16).   Queda claro que Cristo es nuestro mediador ante el Padre.  Pero... ¿concede el Padre “todo” lo que le pedimos?  Para comprender bien esta promesa debemos revisar las lecturas del domingo pasado.

“Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Jn. 15, 7).   “Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de El todo lo que le pidamos”. (1 Jn. 3, 22-23).

Notemos aquí lo que parecen ser condiciones para que Dios nuestro Padre nos complazca en lo que le pidamos: cumplir sus mandamientos, permanecer unidos a El, vivir su Palabra, etc.

Realmente, aunque así lo parezca, no es que Dios nos ponga condiciones, sino sucede que, al estar unidos a Dios, a su Voluntad, a su Palabra, sabremos entonces qué pedirle, pues al estar unidos a El, sabremos pedirle precisamente lo que El desea darnos:  aquello que nos conviene para nuestra salvación.

Esto es importante, pues mucho se abusa de una palabra del Señor relacionada con las peticiones en la oración: “Pidan y se les dará”.   Y en esto se apoyan muchos para pedir y pedir, y luego tal vez terminar frustrados, pues Dios no responde a los pedidos, de la manera que se desean sean respondidos. ¿Por qué sucede esto? 

Porque casi siempre se corta esta frase y se deja fuera el complemento final: “Vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt. 7, 7-11).  Sucede que quien está en unión con Dios sabe pedir esas “cosas buenas” de que nos habla el Señor y no aquellas cosas que simplemente se nos antojan como necesarias y buenas, sin que realmente lo sean.


                                              



 A la luz de todas estas enseñanzas de San Juan cabe preguntarse: ¿es lo mismo Amor de Dios que amor a Dios?  Según San Juan son la misma cosa, pero el primero es el origen y el segundo es la consecuencia. No hay amor a Dios, si primero no hay Amor de Dios.

El Amor consiste en que es Dios Quien ama.  El amor a Dios por nuestra cuenta y esfuerzo es sencillamente imposible.  También es imposible el amor verdadero para con los demás, si no es Dios Quien ama en nosotros.

La Primera Lectura (Hech. 10, 25-26; 34-35; 44-48) nos trae un trozo importante de los sucesos al comienzo de la Iglesia: para sorpresa de los seguidores de Cristo, Dios Espíritu Santo comienza a derramarse también entre los gentiles, es decir, entre los que no eran judíos.

Para comprender mejor este pasaje que nos trae la Liturgia de hoy, vale la pena leer el texto completo, es decir todo el Capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles.

Hay que ubicarse en la situación de los primeros cristianos: ellos creían que Cristo, judío de raza, había venido para ellos, que efectivamente eran el Pueblo escogido de Dios.

Pero, como Dios es impredecible, les da esta sorpresa: los no judíos comienzan a recibir el Espíritu Santo de la misma manera y con las mismas manifestaciones que se daban entre los judíos.

Dios borra toda raza, creencia, nacionalidad, y se revela –como ha seguido haciéndolo-  a quien quiere, como quiere y cuando quiere.

A San Pablo lo sorprendió cuando lo tumbó y lo dejó ciego mientras se dirigía a Damasco a perseguir y asesinar cristianos, pues se oponían a las tradiciones judías que él guardaba con celo.

Con Cornelio fue diferente.  Nos dice el texto sagrado que este militar “era de los que temen a Dios, daba muchas limosnas al pueblo y oraba constantemente”.   Sugiere la descripción que se nos da de este buen hombre que Cornelio, a pesar de no ser judío creía en el Dios Único de los judíos.

Pero no tan sólo creía, sino que oraba constantemente.  En efecto, en la revelación que Dios le hace a Cornelio por medio de una visión angélica, le reconoce que sus oraciones y sus limosnas “han llegado a la presencia de Dios”.

No es demasiado frecuente el que Dios haga lo de San Pablo.  Sin embargo se siguen dando casos de esas gracias imprevistas, fuertes, espectaculares, como la que experimentó Saulo camino a Damasco.

                         



Ahora bien, lo que sí es harto frecuente es que a los que temen a Dios y oran, Dios se les revele y los llene del Espíritu Santo, llevándolos a la Verdad plena, enrumbándolos en el Camino y comunicándoles la Vida que es Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.

Por todas estas maravillas que Dios hizo al antiguo Pueblo de Israel, las que hizo a judíos y no-judíos al comienzo de la Iglesia y por las que sigue haciendo en medio de nosotros, el Salmo 97 canta al amor y lealtad de Dios, amor y lealtad que siempre han estado presentes, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, como en nuestros día.



















Fuentes;
Sagradas Escrituras.
Homilias.org
Evangeli.org


viernes, 30 de abril de 2010

ORACIÓN COMUNITARIA SAN GARCÍA ABAD, Viernes 30 de Abril


ALABANZAS AL SANTÍSIMO

INVOCACIÓN AL ESPIRITU SANTO

INTRODUCCIÓN

Hoy, Jesús nos invita a amarnos los unos a los otros. También en este mundo complejo que nos toca vivir, complejo en el bien y en el mal que se mezcla y amalgama. Frecuentemente tenemos la tentación de mirarlo como una fatalidad, una mala noticia y, en cambio, los cristianos somos los encargados de aportar, en un mundo violento e injusto, la Buena Nueva de Jesucristo, el Evangelio que no es otro que Jesucristo mismo.

MONICIÓN AL EVANGELIO
En el evangelio—del Apóstol Juan-- Cristo es glorificado justamente cuando un amigo sale para entregarlo y revela a los apóstoles una gran recomendación salida de su alma grande: “os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Gracias Señor, porque en la última cena partiste tu pan y vino en infinitos trozos, para saciar nuestra hambre y nuestra sed...

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 13, 31-33a.34-35




Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:

-- Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. (Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.) Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado, amaos también entre vosotros.
La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.


Palabra del Señor


MOMENTOS DE SILENCIO

Comienza tu oración envuelto(a) en la presencia de Dios. Hazlo con la señal de los cristianos. Santíguate despacio, recreando lo que haces y dices.
¡Ven Espíritu Santo!
Alimenta en mí un amor universal.
Enciende en mis adentros la llama del amor.
Quédate un momento en silencio. Dale espacio a tu corazón. Coloca tu corazón paralítico junto a Jesús. En la intimidad con Jesús tu corazón empezará a caminar de nuevo, aprenderá el lenguaje del amor.
Cuando oras te encuentras ante un Misterio de amor. Abre hoy tus manos y tu corazón para acoger a Dios.
Aquí estoy, mi Dios, ante ti, abierto(a) al regalo inmenso de tu amor.
Sé que solo Tú puedes llenar mi corazón.
Escucha el lenguaje siempre nuevo que Dios te comunica a ti y a toda la humanidad: “Yo soy amor y te busco para amarte”.
Responde a este amor desde el silencio, “el lenguaje que Dios más oye solo es el callado amor” (San Juan de la Cruz).
Exhalaste tu perfume, y respiré y suspiro por Ti.
Gusté de Ti, y siento hambre y sed.
Me tocaste, y me abraso en tu paz.
Te amo, mi Señor, te amo.
Gracias te doy por saber que te amo.
Acoge este consejo de una amiga de Dios, de una santa. Sonreír es una hermosa manera de amar y de orar:
“Abrazad con vuestra sonrisa a los infelices, a los solos, a los preocupados, a los enfermos, a los tristes” (Teresa de Calcuta).

PRECES
* Al caer la tarde tú Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
-acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.
* Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.
* Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.
* Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.
* Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.
* Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.
* Altísimo Señor, baja a escucharnos con la bondad que te distingue,
- Para que nuestros párrocos sientan cercana en todo instante la especial protección de María Santísima particularmente en los instantes de sus desconsuelos y soledades en el ejercicio de sus actuales misiones.
* Te pedimos, Señor por los sacerdotes,
-, para que, proclamando y viviendo del inmenso amor de Cristo, sean signo de la caridad que todos estamos llamados a vivir.
* Te pedimos, Señor por los que no esperan en nada. Por los que han perdido la fe en Dios.
– Para que el Espíritu Santo mueva sus corazones y sus almas y puedan reconocer a Jesús como Resucitado

* Señor Jesús, Médico Divino, te rogamos por nuestros enfermos,
- dales tu medicina que sana cuerpo, alma, mente y corazón y derrama sobre ellos la fuerza de tu Espíritu.
* Te rogamos, Señor, por todos los niños y niñas que, en este tiempo, reciben su primera comunión.
- Para que sus familiares les ayuden a descubrir el sentido y la persona de Jesús de Nazaret.
* Padre amoroso, te rogamos por nosotros, por nuestra parroquia,
- Para que sigamos viviendo la Pascua con el sentido que la Iglesia proclama: Jesús resucitó y nos trae una vida nueva y un mandamiento nuevo: EL AMOR.

POR TI, SEÑOR


Amaremos, aún no siendo amados
Y, en medida rebosante y sin cuenta,
colmaremos y calmaremos
los corazones que necesitan paz
las almas que se han tornado en tibias
los pies que se resisten a caminar
los ojos que se han quedado en el vacío
POR TI, SEÑOR


Mantendremos, eternamente nuevo,
el mandamiento que Tú nos dejaste:
amar, sin mirar a quién
amar, sin contar las horas
amar, con corazón y desde el corazón
amar, buscando el bien del contrario
amar, buscándote en el hermano
POR TI, SEÑOR

AVE MARÍA Y GLORIA


Fuentes:

Ana Navarro

Redaccion Blog Parroquial

Ángel Corbalán