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domingo, 23 de mayo de 2021

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)


                               

              

Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.


El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).


                           





Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):


                     




AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO






El nombre “Pentecostés” indica los cincuenta días que se contaban desde la salida del pueblo hebreo de Egipto guiados por Moisés, hasta la celebración de la Alianza en el Monte Sinaí.  Era una fiesta que celebraban los judíos.  Y es en ese día cuando sucede la Venida del Espíritu Santo a los Apóstoles.  Esto ocurre 50 días después de la Resurrección del Señor y 10 días después de su Ascensión al Cielo.

 

Pentecostés marca el comienzo de la actividad apostólica en la Iglesia, porque fue justamente al recibir al Espíritu Santo que los Apóstoles comenzaron a cumplir el mandato que Jesús dejó antes de su Ascensión al Cielo:  predicar su mensaje de salvación a todos (Mt. 28, 19-20)

 

Algo parecido a ese mandato leemos en el Evangelio de hoy, el cual nos narra una de las apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles (Jn. 20, 19-23):  “‘Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo’.  Dicho esto, sopló sobre ellos y el dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’”.

 

Pero ... pensemos ... ¿Quién es el Espíritu Santo?  El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre.  Él es la presencia de Dios en medio de nosotros.  El Espíritu Santo es el cumplimiento de esta promesa de Jesús: “Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

 




El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro camino a la meta que Dios nos ha señalado.  ¿Cuál es esa meta?  Nada menos que el Cielo.  Y ¿quiénes van al Cielo?   Aquéllos que cumplan la Voluntad de Dios en esta vida.

 

El Espíritu Santo se ocupa de muchas cosas nuestras.  Tal vez la principal sea nuestra santificación.  ¿Qué es nuestra santificación?  El hacernos santos.   Pero ¿no será esa palabra demasiado osada?  Ni mucho.  Porque ser santo, no es que sea muy fácil lograrlo, pero sí es fácil definirlo.  Es lo mismo que decíamos del Cielo:   ser santo es hacer la Voluntad de Dios en esta vida.   Y es el Espíritu Santo Quien con sus suaves inspiraciones nos va sugiriendo cómo andar por el camino de la santidad, cómo ir amoldando nuestra voluntad a la Voluntad de Dios.

 

Se ha comparado el Espíritu Santo con la brisa. Porque, en efecto, Él es como una suave brisa que, como nos dice el Señor “sopla donde quiere” (Jn. 3, 8).  Ahora bien, si el Espíritu Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las velas de una barca, siempre en posición de ser movidos por esa brisa, esa brisa que nos llevará al Cielo.  Dejarnos mover por esa brisa significa ser perceptivos a lo que el Espíritu Santo nos vaya inspirando.  Pero, más importante aún, es ser dóciles a esas inspiraciones.  Así podremos llegar a la meta.

 

El Espíritu Santo ha sido comparado también con fuego.  Porque, en efecto, el Espíritu Santo también se manifiesta así:  como fuego, como calor abrasador, como calor en el pecho ...  El fuego que ardía en el corazón de los peregrinos de Emaús, mientras oían hablar a Jesús resucitado era el Espíritu Santo:  “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” se dijeron los discípulos de Emaús en cuanto Jesús se les desapareció.  (Lc. 24, 32).

 

Vemos en la Primera Lectura que el Espíritu Santo se presentó como una ráfaga fuerte de viento y descendió en forma de lenguas de fuego a los discípulos reunidos en torno a la Santísima Virgen el día de Pentecostés (Hech. 2, 1-11).

 

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad.  Así nos dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora.  Pero cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, Él los llevará a la verdad plena ... Él les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26).

 

                          




Así que el Espíritu Santo es Quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad:  nos lleva a la Verdad plena.

 

Es tan importante la acción del Espíritu Santo en nuestra vida que, nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (1Cor. 12, 3-7.12-13) que ni siquiera podemos reconocer a Jesús como Dios, si no nos lo inspira el Espíritu Santo:  “nadie puede llamar a Jesús ‘Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.   En esto consiste el don de la Fe.  Es un regalo de Dios, del Espíritu de Dios.

 

También sabemos por esta lectura y por la experiencia cristiana que el Espíritu Santo nos capacita para cumplir la tarea de evangelización que, como bautizados, todos tenemos que realizar.

 

Y es el Espíritu Santo el que hace comunidad entre nosotros, seamos quienes seamos, vengamos de donde vengamos.  El Espíritu Santo, como el viento “sopla donde quiere”, le dijo Jesús a Nicodemo (Jn. 3, 8).  Como dice San Pablo en la Segunda Lectura:  no importa la raza, ni la condición (“judíos o no judíos, esclavos o libres”), hemos sido llamados para formar el Cuerpo Místico de Cristo.  Y en éste, cada uno tiene un tipo de función, a la cual Cristo nos ha llamado.

 

En Pentecostés conmemoramos la Venida del Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia.  En efecto vemos también en esta Segunda Lectura cómo actúa el Espíritu Santo en la Iglesia.  “Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.  En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.  Y nos da el Espíritu Santo diferentes funciones a cada uno, como los diferentes miembros de un cuerpo tiene cada uno su función, pero todos formamos un mismo cuerpo:  el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

 

¿Cómo fue esa primera venida del Espíritu Santo?  Recordemos que los Apóstoles habían visto a Jesús irse de la Tierra, cuando ascendió al Cielo, y sabían que ya Él no estaba con ellos como antes.  Cierto que en los cuarenta días que transcurrieron entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado estuvo apareciéndoseles para fortalecerlos en la fe.  Y ellos sabían que después de la Ascensión debían continuar su camino y cumplir la misión que les había encomendado.  Pero ahora sería diferente, pues serían acompañados y conducidos por el Espíritu Santo.

 

                         




Vamos a recordar cómo estaban los Apóstoles antes de Pentecostés.  Vemos a los Apóstoles con miedo, escondidos no fuera que los mataran a ellos también.  Y antes de eso, eran bien torpes para comprender las enseñanzas de Jesús.

 

Pero veamos en la Primera Lectura (Hech. 2, 1-11) y continuando a lo largo del libro de los Hechos de los Apóstoles cómo, luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, los vemos irreconocibles. Cambiaron totalmente:  se lanzaron a predicar sin ningún temor a ser perseguidos, con una sabiduría totalmente nueva en ellos.  Hasta se les soltaron las lenguas con un especial poder de lenguaje dado por el Espíritu Santo: cuando hablaban cada oyente los entendía en su propio idioma.

 

Comenzaron a llamar a todos a la conversión, bautizaban a los que aceptaban el mensaje de Jesucristo.  Formaban discípulos y comunidades, ayudaban a los necesitados.  Cuando los reprendían y los amenazaban, ahora no les importaba.  Seguían sólo las órdenes que Jesús les había dejado, no las que le daban las autoridades.  Sufren todo tipo de persecuciones, y hasta llegan al martirio.

 

¿Cómo pudo suceder todo esto?  Fue obra del Espíritu Santo.  Es decir, el protagonista fue el Espíritu Santo.  Pero es importante observar qué hacían los Apóstoles antes de Pentecostés para poder imitarlos y también nosotros recibir el Espíritu Santo:  “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).

 

El secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros está en la oración:  oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María.  ¡Ven, Espíritu Santo!

 

Oración maravillosa para este tiempo de Pentecostés -y para todo momento- es la Secuencia del Espíritu Santo, que forma parte de la Liturgia de este Domingo y con la que hemos invocado al Espíritu Santo:

 

 

HIMNO AL ESPIRITU SANTO (SECUENCIA DE PENTECOSTES)

 

              



 

Ven, Espíritu Divino,
manda tu Luz desde el Cielo,
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
Luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

 

Ven dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos,
mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro,
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas e infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte todos tus dones,
según la fe de tus siervos,
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito,
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.



Amén.

 









Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

domingo, 9 de mayo de 2021

A vosotros os he llamado amigos» (Evangelio Dominical)

                              
                 




Hoy celebramos el último domingo antes de las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, que cierran la Pascua. Si a lo largo de estos domingos Jesús resucitado se nos ha manifestado como el Buen Pastor y la vid a quien hay que estar unido como los sarmientos, hoy nos abre de par en par su Corazón.

Naturalmente, en su Corazón sólo encontramos amor. Aquello que constituye el misterio más profundo de Dios es que es Amor. Todo lo que ha hecho desde la creación hasta la redención es por amor. Todo lo que espera de nosotros como respuesta a su acción es amor. Por esto, sus palabras resuenan hoy: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor pide reciprocidad, es como un diálogo que nos hace corresponder con un amor creciente a su amor primero.

Un fruto del amor es la alegría: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros» (Jn 15,11). Si nuestra vida no refleja la alegría de creer, si nos dejamos ahogar por las contrariedades sin ver que el Señor también está ahí presente y nos consuela, es porque no hemos conocido suficientemente a Jesús.

Dios siempre tiene la iniciativa. Nos lo dice expresamente al afirmar que «yo os he elegido» (Jn 15,16). Nosotros sentimos la tentación de pensar que hemos escogido, pero no hemos hecho nada más que responder a una llamada. Nos ha escogido gratuitamente para ser amigos: «No os llamo ya siervos (...); a vosotros os he llamado amigos» (Jn 15,15).






En los comienzos, Dios habla con Adán como un amigo habla con su amigo. Cristo, nuevo Adán, nos ha recuperado no solamente la amistad de antes, sino la intimidad con Dios, ya que Dios es Amor.

Todo se resume en esta palabra: “amar”. Nos lo recuerda san Agustín: «El Maestro bueno nos recomienda tan frecuentemente la caridad como el único mandamiento posible. Sin la caridad todas las otras buenas cualidades no sirven de nada. La caridad, en efecto, conduce al hombre necesariamente a todas las otras virtudes que lo hacen bueno».



 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-17):


                        
                          


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

Palabra del Señor



 

 

COMENTARIO

 

 




 

San Juan Apóstol y Evangelista centra su Evangelio y sus cartas en el tema del Amor. Y termina convenciéndonos de que el Amor de Dios y el amor a Dios son la misma cosa.   En efecto, en la narración que nos brinda San Juan del discurso que Jesús hace a sus Apóstoles durante la Ultima Cena, la noche anterior a su muerte, el Evangelista hace un maravilloso recuento de este tema tan importante.  El Evangelio de hoy nos trae parte de ese discurso tan profundo y significativo (Jn 15, 9-17).

 

Las palabras de Jesús en ese conmovedor momento hay que revisarlas línea a línea.  Parece como si constantemente estuviera repitiendo lo mismo, pero cada línea tiene su matiz y su significado especial.

 

“Permanezcan en mi Amor.  Si cumplen mis mandamientos permanecen en mi Amor, lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor” (Jn. 15, 9-10).  Amar a Dios y permanecer en su Amor es hacer lo que Él nos pide.  La palabra “mandamientos” no se refiere sólo a los que conocemos como los 10 Mandamientos, sino a “todo” lo que Dios desea de nosotros.  Es el caso entre Dios Padre y Dios Hijo: éste hace lo que el Padre quiere y es así como permanece amando al Padre.

 

Quiere decir que nosotros permanecemos amando a Dios si actuamos de la misma manera: haciendo lo que Dios desea de nosotros.  Si nos fijamos bien, los amores humanos funcionan de la misma manera: el enamorado hace lo que la enamorada desea y viceversa; uno busca complacer al otro.  Amar a Dios es, entonces, también complacer a Dios... en todo.

 

“Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn. 15, 11).   La verdadera felicidad está en permanecer amando a Dios, cumpliendo los deseos de Dios y no los propios deseos.  Así nuestro gozo será “pleno”.  Las alegrías humanas son pasajeras, efímeras, incompletas, insuficientes.  Pero... ¡nos aferramos tanto a ellas!  Si nos convenciéramos realmente de estas palabras del Señor sobre la verdadera alegría, nuestra felicidad comenzaría aquí en la tierra y, además, continuaría para siempre en la eternidad.


                             




También toca San Juan el tema del amor en sus cartas.  En el Segunda Lectura de hoy (1 Jn. 4, 7-10) tenemos un trozo de su Primera Carta.  Y, como es de esperar, vemos en ellas planteamientos similares a los que nos da en su Evangelio.

 

“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12).  “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios.  Todo el que ama conoce a Dios.  El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor... El Amor consiste en esto:  no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10).

 

El Amor viene de Dios.  Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar.  Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros.  El que ama -el que ama de verdad- no con un amor egoísta, sino con un amor generoso y oblativo por el que se busca el bienestar del ser amado y no el propio, ése que ama así, ama así porque conoce a Dios. El que ama egoístamente, pensando en sí mismo, en realidad no ama; y no ama porque no conoce a Dios, porque no ama a Dios, porque no complace a Dios, sino que se complace a sí mismo.

 

Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos” (Jn. 15, 13).   El verdadero amor, ese Amor que viene de Dios, con el que podemos amar nosotros, amando como Dios quiere que amemos, puede llegar a la oblación total, a la entrega total de la vida por el ser amado.  Y no se trata solamente, ni principalmente, de llegar a la muerte física por el otro, como hizo Jesús por nosotros y como hizo, por ejemplo, un San Maximiliano Kolbe.

 

Se trata de la oblación de todo lo que consideramos como propio, como nuestros deseos, como nuestras inclinaciones, etc., para optar por los deseos del ser amado.  En este caso, para seguir el orden que nos propone San Juan: dejar todos lo deseos nuestros por los deseos de Dios.

 





Esa oblación es un constante morir a nosotros mismos, al ir dejando lo que consideramos nuestro, para irnos entregando a Dios y a sus deseos y designios.  Esa oblación es dar la vida por Dios.  Así, si fuera necesario y nos llegara el momento, estamos ya preparados para ofrecer aún nuestra vida física, como lo hizo Cristo y como lo han hecho los santos mártires.

 

“El Padre les concederá todo lo que le pidan en mi nombre” (Jn. 15, 16).   Queda claro que Cristo es nuestro mediador ante el Padre.  Pero... ¿concede el Padre “todo” lo que le pedimos?  Para comprender bien esta promesa debemos revisar las lecturas del domingo pasado.

 

“Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Jn. 15, 7).   “Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de Él todo lo que le pidamos”. (1 Jn. 3, 22-23).

 

Notemos aquí lo que parecen ser condiciones para que Dios nuestro Padre nos complazca en lo que le pidamos: cumplir sus mandamientos, permanecer unidos a Él, vivir su Palabra, etc.

 

Realmente, aunque así lo parezca, no es que Dios nos ponga condiciones, sino sucede que, al estar unidos a Dios, a su Voluntad, a su Palabra, sabremos entonces qué pedirle, pues al estar unidos a Él, sabremos pedirle precisamente lo que Él desea darnos:  aquello que nos conviene para nuestra salvación.

 

Esto es importante, pues mucho se abusa de una palabra del Señor relacionada con las peticiones en la oración: “Pidan y se les dará”.   Y en esto se apoyan muchos para pedir y pedir, y luego tal vez terminar frustrados, pues Dios no responde a los pedidos, de la manera que se desean sean respondidos. ¿Por qué sucede esto? 






Porque casi siempre se corta esta frase y se deja fuera el complemento final: “Vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt. 7, 7-11).  Sucede que quien está en unión con Dios sabe pedir esas “cosas buenas” de que nos habla el Señor y no aquellas cosas que simplemente se nos antojan como necesarias y buenas, sin que realmente lo sean.

 

A la luz de todas estas enseñanzas de San Juan cabe preguntarse: ¿es lo mismo Amor de Dios que amor a Dios?  Según San Juan son la misma cosa, pero el primero es el origen y el segundo es la consecuencia. No hay amor a Dios, si primero no hay Amor de Dios.

 

El Amor consiste en que es Dios Quien ama.  El amor a Dios por nuestra cuenta y esfuerzo es sencillamente imposible.  También es imposible el amor verdadero para con los demás, si no es Dios Quien ama en nosotros.

 

La Primera Lectura (Hech. 10, 25-26; 34-35; 44-48) nos trae un trozo importante de los sucesos al comienzo de la Iglesia: para sorpresa de los seguidores de Cristo, Dios Espíritu Santo comienza a derramarse también entre los gentiles, es decir, entre los que no eran judíos.

 

Para comprender mejor este pasaje que nos trae la Liturgia de hoy, vale la pena leer el texto completo, es decir todo el Capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles.

 

Hay que ubicarse en la situación de los primeros cristianos: ellos creían que Cristo, judío de raza, había venido para ellos, que efectivamente eran el Pueblo escogido de Dios.





Pero, como Dios es impredecible, les da esta sorpresa: los no judíos comienzan a recibir el Espíritu Santo de la misma manera y con las mismas manifestaciones que se daban entre los judíos.

 

Dios borra toda raza, creencia, nacionalidad, y se revela –como ha seguido haciéndolo-  a quien quiere, como quiere y cuando quiere.

 

A San Pablo lo sorprendió cuando lo tumbó y lo dejó ciego mientras se dirigía a Damasco a perseguir y asesinar cristianos, pues se oponían a las tradiciones judías que él guardaba con celo.

 

Con Cornelio fue diferente.  Nos dice el texto sagrado que este militar “era de los que temen a Dios, daba muchas limosnas al pueblo y oraba constantemente”.  Sugiere la descripción que se nos da de este buen hombre que Cornelio, a pesar de no ser judío creía en el Dios Único de los judíos.

 

 Pero no tan sólo creía, sino que oraba constantemente.  En efecto, en la revelación que Dios le hace a Cornelio por medio de una visión angélica, le reconoce que sus oraciones y sus limosnas “han llegado a la presencia de Dios”.

 

No es demasiado frecuente el que Dios haga lo de San Pablo.  Sin embargo, se siguen dando casos de esas gracias imprevistas, fuertes, espectaculares, como la que experimentó Saulo camino a Damasco.

 

                              



Ahora bien, lo que sí es harto frecuente es que a los que temen a Dios y oran, Dios se les revele y los llene del Espíritu Santo, llevándolos a la Verdad plena, enrumbándolos en el Camino y comunicándoles la Vida que es Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.

 

Por todas estas maravillas que Dios hizo al antiguo Pueblo de Israel, las que hizo a judíos y no-judíos al comienzo de la Iglesia y por las que sigue haciendo en medio de nosotros, el Salmo 97 canta al amor y lealtad de Dios, amor y lealtad que siempre han estado presentes, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, como en nuestros días.  

 

 










Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org


domingo, 14 de junio de 2020

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre» (Evangelio Dominical)






Hoy, todo el mensaje que hemos de escuchar y vivir está contenido en “el pan”. El capítulo sexto del Evangelio según san Juan refiere el milagro de la multiplicación de los panes, seguido de un gran discurso de Jesús, uno de cuyos fragmentos escuchamos hoy. Nos interesa mucho entenderle, no sólo para vivir la fiesta del “Corpus” y el sacramento de la Eucaristía, sino también para comprender uno de los mensajes centrales de su Evangelio.

Hay multitudes hambrientas que necesitan pan. Hay toda una humanidad abocada a la muerte y al vacío, carente de esperanza, que necesita a Jesucristo. Hay un Pueblo de Dios creyente y caminante que necesita encontrarle visiblemente para seguir viviendo de Él y alcanzar la vida. Tres clases de hambre y tres experiencias de saciedad, que corresponden a tres formas de pan: el pan material, el pan que es la persona de Jesucristo y el pan eucarístico.





Sabemos que el pan más importante es Jesucristo. Sin Él no podemos vivir de ninguna manera: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Pero Él mismo quiso dar de comer al hambriento y, además, hizo de ello un imperativo evangélico fundamental. Seguramente pensaba que era una buena manera de revelar y verificar el amor de Dios que salva. Pero también quiso hacerse accesible a nosotros en forma de pan, para que, quienes aún caminamos en la historia, permanezcamos en ese amor y alcancemos así la vida.

Quería ante todo enseñarnos que hemos de buscarle y vivir de Él; quiso demostrar su amor dando de comer al hambriento, ofreciéndose asiduamente en la Eucaristía: «El que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58). San Agustín comentaba este Evangelio con frases atrevidas y plásticas: «Cuando se come a Cristo, se come la vida (…). Si, pues, os separáis hasta el punto de no tomar el Cuerpo ni la Sangre del Señor, es de temer que muráis».




Lectura del santo evangelio según san Juan (6,51-58):








En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor





COMENTARIO










La Solemnidad del Corpus Christi nos lleva a reflexionar sobre lo que sucede en la Santa Misa.

Nos encantan y nos impresionan los milagros.  Pero el que sucede en cada Misa, como no es visible, lo dejamos pasar.  Y como estamos acostumbrados a la Misa, la tomamos como un derecho adquirido.  Igual la Comunión.

Pero la Santa Misa es un misterio inmenso: Dios mismo se hace presente en cada celebración eucarística.  Y ¿nos damos cuenta de esto?

Y no sólo es que tenemos la Presencia Real de Jesucristo, sino que hay otros aspectos en este milagro imperceptible.  Resulta que en cada Misa podemos decir que estamos en la Ultima Cena y estamos también en el Calvario.

Y esto no es simbólico.  No es que recordamos la Ultima Cena y el sacrificio del Calvario, sino que –de veras- la Santa Misa hace presente estos dos eventosante nosotros y con nosotros.

¿Cómo puede ser esto?  Es cierto que la Misa es un milagro y los milagros están por encima del orden natural que conocemos.  Pero Dios los hace.  Y este milagro lo hace cada vez que hay una Misa.  De hecho, El nos hace traspasar el tiempo y el espacio en que estamos…aunque no nos demos cuenta.  El que no nos demos cuenta, no lo hace menos real.  Por eso debemos creerlo por fe.  Pero también debemos comprenderlo para darnos cuenta de su magnificencia y así poder apreciarlo.

Y es que hay más aún: también estamos en el Cielo cuando se está celebrando la Misa.  (¿?) ¿Cómo es esto?

Es que en el Cielo se está celebrando continuamente la Liturgia Celestial y cuando estamos en Misa participamos en esa Liturgia desde aquí en la tierra. (CIC #1090)







O sea, que al estar en Misa estamos donde sea que se está celebrando, pero además estamos en la Ultima Cena, estamos en el Calvario y estamos en el Cielo.  O, dicho de otra manera, esas realidades se hacen presentes en la Misa en que estamos participando.

Cuando estamos en la Iglesia en Misa, nos creemos encerrados en nuestro propio tiempo y espacio.  Pero en realidad Cristo nos está invitando a traspasar el velo del tiempo, para elevarnos fuera de nuestro tiempo hasta el eterno presente divino, al santuario del Cielo, donde El nos lleva a la presencia del Padre (cf. Hb. 10, 19-21).

¿Nos damos cuenta, entonces, que en cada Misa estamos en la Ultima Cena, en el Calvario, en el Cielo y en la Misa en que participamos?  ¡Tremendo milagro!  Invisible, pero real.

Momento importantísimo en la Misa es participar en la Cena, es decirrecibir ¡a Dios!  -a Jesús Dios y Hombre verdadero.

Porque la Comunión no consiste solamente en que recibimos la Hostia Consagrada, sino en que recibimos ¡una Persona! ¡que es Dios! Y esa Persona-Dios quiere unirse íntimamente con quien lo recibe.  ¿Nos damos cuenta de este privilegio indescriptible?

Recibir la Comunión significa entrar en unión.  No significa nada más que Jesús viene a nosotros: implica una relación de unión.  Por tanto, ese deseo de Cristo unirse a nosotros requiere nuestra respuesta: debemos darnos a El como El se da a nosotros.

Uno de los Padres de la Iglesia, San Cirilo de Jerusalén, nos regala una imagen eucarística que puede ayudarnos a apreciar y tomar conciencia de lo que significa Comunión: si vertimos cera derretida sobre cera derretida, una inter-penetra a la otra de manera perfecta.  Se parece a la unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo cuando comulgamos.

En la Comunión estamos participando en el Banquete Celestial (Lc. 14, 15), el que disfrutaremos también por toda la eternidad cuando seamos llevados al Cielo y participemos, junto con toda la muchedumbre celestial, de la Cena del Cordero (Ap. 19, 9).  ¡Dichosos los llamados a esta Cena! … aquí en la tierra y allá en el Cielo.  “Estoy a la puerta y llamo.  Si alguno escucha mi voy y me abre, entraré en su casa y comeré con él y él conMigo”  (Ap. 3, 20).

Mientras mejor preparados estemos para la Misa, más gracias recibimos.  Las gracias de una sola Misa son ¡infinitas! … es toda la gracia del Cielo.  El único límite es nuestra capacidad para recibirlas.

Otras reflexiones sobre el Corpus Christi

Jesucristo murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre.  Pero también permanece en la hostia consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser alimento de nuestra vida espiritual.  Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi.

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo,  por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido esta festividad en esta época en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.  Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo  ha  realizado  el  milagro  de  irse  y  de  quedarse.  Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo  penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el Bautismo, gracia que es la semilla de nuestra vida espiritual.

“Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él” (Jn.6, 56.)

Es así como, recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía, dice el Señor a Santa Catalina de Siena, “... el alma está en Mí y Yo en ella.  Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí, Mar de Paz...” (cf. “El Diálogo”).

El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es un misterio de Amor, pues la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra del infinito Amor de Dios por nosotros, Sus criaturas, pues en la Eucaristía se hace presente nuevamente el sacrificio de Cristo en la cruz, es decir, Su entrega de Amor por nosotros los hombres.

Recordemos que Dios Padre nos entregó a su Hijo para pagar nuestro rescate, para redimirnos.  ¡Qué precio para rescatarnos!   ¡La Vida de Jesucristo entregada en la Cruz!  Y esa entrega del Hijo de Dios por nosotros los hombres, se renueva en cada Eucaristía.



                 



Es así como, al recibir a Jesucristo, todo Dios y todo Hombre en la Sagrada Comunión, recibimos Su Amor, y en virtud de esto somos templos del Amor Divino y testigos de ese Amor, para compartirlo con los demás y prodigarlo a todos.

Pero para que se realice en nosotros y a través nuestro el contenido del Misterio Eucarístico es necesario recibir el Sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de gracia.

¿Y qué significa estar en “estado de gracia”?  Recordando el Catecismo de Primera Comunión:

La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo.  Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos.  Asimismo, la gracia puede aumentarse con la oración, con las buenas obras y con los Sacramentos recibidos adecuadamente.

Por ejemplo:  para comulgar bien se necesita, además de comprender a Quién se va a recibir y de guardar el ayuno requerido, no haber cometido pecado grave o haberlo confesado al Sacerdote, estando verdaderamente arrepentido


Acercarnos, pues, a la Comunión con un corazón no arrepentido, no limpiado en el Sacramento de la Confesión, es ir a comulgar con un corazón cerrado, oscuro, que no permite la entrada de la Luz de Dios, con lo cual se oscurece uno más y se cierra más aún a la Gracia y al Amor de Dios.

Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a El.

Por eso nos espera con Sus Brazos abiertos en el Confesionario, para que nos reconciliemos con El, sintiendo un verdadero arrepentimiento por habernos alejado de Su Voluntad y por haber despreciado Su Amor.  Y es Jesucristo mismo Quien nos espera.  Es El Quien nos escucha, nos perdona y nos consuela, para luego darnos la plenitud de Su Gracia y de Su Amor en el Sacramento del “Corpus Christi”, la Sagrada Eucaristía.

Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones interiores, profundas, que están sobreentendidas y que a veces pasamos por alto:

FE en la presencia real de Cristo en la Eucaristía

CONFIANZA plena en Dios

La consecuencia de la Fe es la confianza.  Fe y confianza en Dios son como dos caras de una misma moneda: no hay fe sin confianza y viceversa.

ABANDONO Y ENTREGA TOTAL A DIOS

Al tener plena confianza en Cristo, podemos entregarnos a El sin reservas, totalmente, a todo lo que El tenga dispuesto.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo.  Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.

Recibimos a Cristo con nuestra boca.  Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a Él en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma (entendimiento y voluntad) y con nuestro corazón.







Bien claro pone esto la Liturgia de la Iglesia en la oración después de la Comunión el Domingo 24 del Tiempo Ordinario:

“La gracia de esta comunión, Señor, penetre en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, lo que mueva nuestra vida”.

Siendo así, nuestra vida humana podrá entonces participar de su Vida Divina, de manera que sea El y no nuestro “yo” el principio que guíe nuestra existencia.

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada!  ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual!  ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros  para ser nuestro alimento espiritual!

Porque Cristo es el Cordero.





























Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

miércoles, 26 de febrero de 2020

Hoy es Miércoles de Ceniza!!





La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.


La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza este 26 de febrero de 2020 y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Para saber la fecha de la cuaresma y su inicio, el miércoles de ceniza, debemos contar 40 días hacia atrás desde el domingo anterior al domingo de Resurrección (domingo de ramos o de palmas). 


Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:


“Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

“Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"

“Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.


Origen de la costumbre


                           



Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

                                                             



La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos
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