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lunes, 13 de junio de 2022

Festividad de La Santísima Trinidad!!

 


Un solo Dios en tres Personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La Iglesia dedica el este domingo después de Pentecostés a la celebración del día de la Santísima Trinidad,

Un misterio es todo aquello que no podemos entender con la razón. Es algo que sólo podemos comprender cuando Dios nos lo revela.

El misterio de la Santísima Trinidad -Un sólo Dios en tres Personas distintas-, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo.

Aunque es un dogma difícil de entender, fue el primero que entendieron los Apóstoles. Después de la Resurrección, comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre. Y, cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los católicos creemos que la Trinidad es Una. No creemos en tres dioses, sino en un sólo Dios en tres Personas distintas. No es que Dios esté dividido en tres, pues cada una de las tres Personas es enteramente Dios.

Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen la misma naturaleza, la misma divinidad, la misma eternidad, el mismo poder, la misma perfección; son un sólo Dios. Además, sabemos que cada una de las Personas de la Santísima Trinidad está totalmente contenida en las otras dos, pues hay una comunión perfecta entre ellas.







Con todo, las personas de la Santísima Trinidad son distintas entre sí, dada la diversidad de su misión: Dios Hijo-por quien son todas las cosas- es enviado por Dios Padre, es nuestro Salvador. Dios Espíritu Santo-en quien son todas las cosas- es el enviado por el Padre y por el Hijo, es nuestro Santificador.


Lo vemos claramente en la Creación, en la Encarnación y en Pentecostés

En la Creación, Dios Padre está como principio de todo lo que existe.
En la Encarnación, Dios se encarna, por amor a nosotros, en Jesús, para liberarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna.
En Pentecostés, el Padre y el Hijo se hacen presentes en la vida del hombre en la Persona del Espíritu santo, cuya misión es santificarnos, iluminándonos y ayudándonos con sus dones a alcanzar la vida eterna.

Para explicar este gran misterio, existen ciertos símbolos que son entendibles a nuestra razón: La Santísima Trinidad es simbolizada como un triángulo.
Cada uno de los vértices es parte del mismo triángulo y sin embargo cada uno es distinto

También podemos simbolizar a la Santísima Trinidad como una vela encendida: 


La vela en sí misma simboliza al Padre, la cera que escurre es el Hijo, que procede del Padre y la llama encendida es el Espíritu Santo. Los tres son "vela", pero son distintos entre sí. Hay quienes simbolizan a la Santísima Trinidad en forma de trébol. Cada una de las hojas es "trébol" pero son distintas entre sí.

¿Qué hacemos al persignarnos? "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" Es costumbre de los católicos repetir frecuentemente estas palabras, principalmente al principio y al fin de nuestras acciones.

Cada vez que hacemos la Señal de la Cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos el misterio de la Santísima Trinidad.

- En el nombre del Padre: Ponemos la mano sobre la frente, señalando el cerebro que controla todo nuestro cuerpo, recordando en forma simbólica que Dios es la fuente de nuestra vida.

-...y del Hijo: Colocamos la mano en el pecho, donde está el corazón, que simboliza al amor. Recordamos con ello que por amor a los hombres, Jesucristo se encarnó, murió y resucitó para librarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna.

-...Y del Espíritu Santo: Colocamos la mano en el hombre izquierdo y luego en el derecho, recordando que el Espíritu Santo nos ayuda a cargar con el peso de nuestra vida, el que nos ilumina y nos da la gracia para vivir de acuerdo a los mandatos de Jesucristo.

Algunas personas argumentan que no es verdad porque no podemos entender el misterio de la Santísima Trinidad a través de la razón. Esto es cierto, no podemos entenderlo con la sola razón, necesitamos de la fe ya que se trata de un misterio. Es un misterio hermoso en el que Dios nos envía a su Hijo para salvarnos.



 

 

 

 

 

Fuente:

Catholic.net


domingo, 22 de mayo de 2022

«Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Evangelio Dominical)

 


 

Hoy, antes de celebrar la Ascensión y Pentecostés, releemos todavía las palabras del llamado sermón de la Última Cena, en las que debemos ver diversas maneras de presentar un único mensaje, ya que todo brota de la unión de Cristo con el Padre y de la voluntad de Dios de asociarnos a este misterio de amor.

A Santa Teresita del Niño Jesús un día le ofrecieron diversos regalos para que eligiera, y ella —con una gran decisión aun a pesar de su corta edad— dijo: «Lo elijo todo». Ya de mayor entendió que este elegirlo todo se había de concretar en querer ser el amor en la Iglesia, pues un cuerpo sin amor no tendría sentido. Dios es este misterio de amor, un amor concreto, personal, hecho carne en el Hijo Jesús que llega a darlo todo: Él mismo, su vida y sus hechos son el máximo y más claro mensaje de Dios.




Es de este amor que lo abarca todo de donde nace la “paz”. Ésta es hoy una palabra añorada: queremos paz y todo son alarmas y violencias. Sólo conseguiremos la paz si nos volvemos hacia Jesús, ya que es Él quien nos la da como fruto de su amor total. Pero no nos la da como el mundo lo hace (cf. Jn 14,27), pues la paz de Jesús no es la quietud y la despreocupación, sino todo lo contrario: la solidaridad que se hace fraternidad, la capacidad de mirarnos y de mirar a los otros con ojos nuevos como hace el Señor, y así perdonarnos. De ahí nace una gran serenidad que nos hace ver las cosas tal como son, y no como aparecen. Siguiendo por este camino llegaremos a ser felices.

«El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). En estos últimos días de Pascua pidamos abrirnos al Espíritu: le hemos recibido al ser bautizados y confirmados, pero es necesario que —como ulterior don— rebrote en nosotros y nos haga llegar allá donde no osaríamos.





 

Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29):



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 

 



El Misterio de la Santísima Trinidad se nos enseña desde los conocimientos iniciales para la Primera Comunión.  ¿Se recuerdan como nos enseñaron?  Es el misterio de un solo Dios en tres Personas.  Y nos recalcaban que no eran tres dioses, sino uno solo, pero que sí eran tres Personas y un solo Dios.

 

Ese gran misterio es muy importante, pues se refiere a la esencia misma de Dios, a lo que Dios es.  Debemos entonces ver qué influencia tiene para nuestra vida.  Porque, comprender este misterio, no podemos.  Eso también lo sabemos desde la Primera Comunión.  Entonces ¿cómo aplicar a nuestra vida diaria eso de que Dios es Uno en Tres Personas?  

 

¿Cómo, entonces, vivir este misterio?  Porque algún significado importante debe tener para nuestra vida espiritual, aunque no lo podamos comprender.

 

A este gran misterio no nos es posible acceder, porque nuestra limitada capacidad intelectual no es suficiente para comprender verdades infinitas sobre Dios.

 

Las Lecturas de hoy nos hablan de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.  En el Evangelio (Jn 14, 23-29) Jesús nos habla de sí mismo y nos habla también del Padre y del Espíritu Santo.

 


Entonces ¿cómo podemos vivir este misterio?  Cuando estemos viendo a Dios tal cual es, cuando hayamos llegado al Cielo, a la Jerusalén Celestial, allí estaremos en Dios y Él en nosotros (cf. Ap 21, 10-23). 

 

Pero mientras tanto, Jesús nos ha ofrecido una presencia interior de la Santísima Trinidad.  Y nos la ofreció cuando nos dijo:  “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.

 

¿Cómo es eso de hacer morada en nosotros?  Quiere decir que aquí en la tierra podemos participar de la vida de Dios Trinitario, de las Tres Personas que son Un Solo Dios.  Será de una manera no plena –es cierto.  Pero en el Cielo podremos vivir esto a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

 

En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.  Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a tener a la Trinidad en nuestro interior, pues Jesucristo nos lo ha prometido.

 

Por la Sagrada Escritura podemos deducir cómo puede darse la maravilla que es la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros: el Espíritu Santo va realizando su obra de santificación, la cual consiste en irnos haciendo semejantes al Hijo, semejantes a Jesús.  Para eso hay que dejar al Espíritu Santo obrar en nosotros.

 

¿Cómo hacemos esto?  El Espíritu Santo está siempre tratando de que busquemos y cumplamos la Voluntad de Dios.  Lo que tenemos que hacer, entonces, es ser perceptivos y también dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.

 

Luego el Hijo nos lleva al Padre.  “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt 11, 27).  Cabe preguntarnos, entonces, ¿cuándo será que Jesús nos quiere dar a conocer el Padre?

 


Es justamente lo que nos ha dicho:  “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.  Es decir, Jesús nos llevará al Padre cuando vayamos respondiendo a la condición que Él nos pide:  amarlo.  Y ¿qué es amar a Dios?  Amar a Dios es cumplir Su Voluntad.  Y esto nos lo va indicando el Espíritu Santo.

 

Sólo así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios y de nosotros entre sí.  Eso lo pidió Jesús al Padre antes de su Pasión y Muerte:  “Que sean uno como Tú y Yo somos uno.  Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn 17, 21-23).

 

Sólo así podremos comenzar a vivir esa Paz que el Señor nos ofrece, la cual será plena solamente en el Cielo, pero desde aquí podemos comenzar a saborear esa Paz que no es como la paz que el mundo nos ofrece.   La paz que el mundo ofrece es mera ausencia de guerras.  O tal vez, evasión de los problemas, o de discusiones y conflictos, y hasta del sufrimiento.

 

La Paz de Cristo es otra cosa: es vivir en Dios en medio de los problemas y sufrimientos.  Consiste esta Paz en poder estar serenos en medio de las tribulaciones.  Consiste en sentirnos cómodos dentro de la Voluntad de Dios.  Significa, también, poder estar confiados y sin temor en medio de la lucha contra el Maligno, que cada día se hace más evidente.

 

En el Evangelio también nos da a conocer Jesús otra de las formas cómo el Espíritu Santo va realizando su labor de santificación en nosotros:  “El les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto Yo les he dicho”.  ¡Qué privilegio!  Tener a Dios Espíritu Santo como maestro (“les enseñará”) y como apuntador (“les recordará”). 

 

Para tener al mismo Dios como maestro y apuntador, es necesaria, muy necesaria la oración.  En la oración genuina el Espíritu Santo nos guía, nos enseña y nos recuerda todo lo que debemos saber.  Y nos va mostrando la Voluntad de Dios.

 



Así hacían los Apóstoles.  Oraban.  Por eso vemos en la Primera Lectura cómo se atreven a decir: 

“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido...“(Hch 5, 1-29).  Realización también de la promesa de Cristo al instituir a su Iglesia con los Apóstoles y con Pedro, el primer Papa, a la cabeza: “Lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra también quedará desatado en el Cielo” (Mt 16, 20).

 

Nos queda ver el significado de algunos de los simbolismos que nos trae la Segunda Lectura, tomada del Libro de Apocalipsis, respecto de la Jerusalén Celestial:

 

“Muralla ancha y elevada”: Indica seguridad.  Cuando habitemos la Nueva Jerusalén, ya no habrá nada que temer.  No habrá temores externos ni tampoco en nuestro interior.

 

“Doce puertas monumentales con doce Ángeles”:    Significa que la entrada al Cielo es de carácter espiritual: se refiere al estado de nuestra alma.   El número doce se refiere a la Iglesia.

 

“Doce cimientos con los nombres de los Apóstoles”: La verdad que nos lleva a los Cielos Nuevos y a la Tierra Nueva reposa sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia de Cristo

 

 


 

“No vi templo, porque Dios y el Cordero son el Templo”: El templo es el anhelo de la humanidad de encontrarse con Dios.  En la Jerusalén Celestial ya no se necesitan templos, pues Dios está presente en cada uno de los salvados.  Estaremos en Él y Él en nosotros.   

 

Meditemos, entonces, en la profundidad del Misterio Trinitario, para poder así vivir lo que repetimos al comienzo de la Misa: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros.  Y podamos también comenzar a vivir la unión de nosotros con la Santísima Trinidad y de nosotros entre sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

domingo, 30 de mayo de 2021

«Haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

 



Hoy, la liturgia nos invita a adorar a la Trinidad Santísima, nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios en tres Personas, en el nombre del cual hemos sido bautizados. Por la gracia del Bautismo estamos llamados a tener parte en la vida de la Santísima Trinidad aquí abajo, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la vida eterna. Por el Sacramento del Bautismo hemos sido hechos partícipes de la vida divina, llegando a ser hijos del Padre Dios, hermanos en Cristo y templos del Espíritu Santo. En el Bautismo ha comenzado nuestra vida cristiana, recibiendo la vocación a la santidad. El Bautismo nos hace pertenecer a Aquel que es por excelencia el Santo, el «tres veces santo» (cf. Is 6,3).


El don de la santidad recibido en el Bautismo pide la fidelidad a una tarea de conversión evangélica que ha de dirigir siempre toda la vida de los hijos de Dios: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Tes 4,3). Es un compromiso que afecta a todos los bautizados. «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 40).

Si nuestro Bautismo fue una verdadera entrada en la santidad de Dios, no podemos contentarnos con una vida cristiana mediocre, rutinaria y superficial. Estamos llamados a la perfección en el amor, ya que el Bautismo nos ha introducido en la vida y en la intimidad del amor de Dios.

Con profundo agradecimiento por el designio benévolo de nuestro Dios, que nos ha llamado a participar en su vida de amor, adorémosle y alabémosle hoy y siempre. «Bendito sea Dios Padre, y su único Hijo, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros» (Antífona de entrada de la misa).

 

 

 

Evangelio: Mt 28,16-20


                      






En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor




COMENTARIO

 






 El misterio de la Santísima Trinidad es un gran misterio: un solo Dios en tres Personas. Y es grande porque es grande como grande es Dios.  ¡Grandísimo!  Pero es grande también por lo imposible de entender, pues se refiere a la esencia misma de Dios.  ¡Ni hablar de tratar de explicarlo!  Es que es una verdad que sobrepasa infinitamente las capacidades intelectuales del ser humano.

 

Muchos Teólogos que lo han estudiado han tratado de hacerlo accesible al hombre común.  Y han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversos símiles, tratando de ponerlo al alcance de todos.  Uno de estos símiles, tal vez el más convincente, es el de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama.  Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios.

 

¿Por qué es esto así?  Porque la Santísima Trinidad es el más grande de los misterios de nuestra fe.  Y por eso es imposible de ser comprendido por nosotros, pues nuestro limitado intelecto humano, es ¡tan pobre para explicar las cosas de Dios!

 

El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que están muy ... muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!

 


                               





Se cuenta que mientras San Agustín se encontraba preparándose para dar una enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, le pareció estar caminando en la playa frente a un mar inmenso.  Vio de repente a un niño que se distraía recogiendo agua del mar con una concha de caracol y tratando de vaciarla en un hoyito que había hecho en la arena.  Al preguntarle San Agustín qué estaba haciendo, el niño le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito.  San Agustín, por supuesto, se dio cuenta de que era imposible que el niño lograra esa absurda pretensión.  Entonces le dijo al niño: “Pero, ¡estás tratando de hacer una cosa imposible!”  Y el Niño le replicó: “Esto no es más imposible de lo que es para ti meter el misterio de la Santísima Trinidad en tu cabeza”. Y con estas palabras el “Niño” desapareció.

 

Así es nuestro intelecto:   tan limitado como es el hoyito para contener el agua del mar, sobre todo cuando trata de explicarse verdades infinitas como este misterio.

 

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo.  Cierto que mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera oscura ... incompleta.  Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

 

En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.  Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas.  Recordemos lo que Jesucristo nos ha dicho: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

 

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer.  Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo:  Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.

 

Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco, pero desde el principio.  Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo:  “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen 1,2).


                 




Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer.  El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautismo de Jesús en el Jordán.  Nos dice así el Evangelio: “Una vez bautizado Jesús salió del río.  De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre Él.  Y se oyó una voz celestial que decía: “Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco” (Mt. 3, 16-17).

 

Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 18).  Es la escena que nos trae el Evangelio de hoy.

 

Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables -siempre están y actúan juntas- al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. 

 

De las Tres Divinas Personas, entonces, es al Espíritu Santo a Quien le toca la Santificación de todos y cada uno de nosotros.  Así que lo primero que hace el Espíritu Santo es darnos a conocer a Jesús como Hijo de Dios, pues “nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino guiado por el Espíritu Santo” (1 Cor 12, 1-3).

 

Luego nos va santificando, es decir, nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo.  ¡Claro! Si lo dejamos hacer esto.

 

Posteriormente el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a Él.  Así nos dice Jesús: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt. 11, 27).

 

Recordemos nuevamente, entonces, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo.   Y vivirlo, es vivir en la Santísima Trinidad.  ¿Cómo?  ¿Cómo es eso de vivir en la Santísima Trinidad?  ¡Imposible!  No.  No es imposible.  ¡Sí es posible!  Es que para Dios no hay nada imposible … siempre y cuando nosotros nos dispongamos a la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.






Pero … ¿ cómo podemos vivir este misterio desde ya aquí en la tierra?  Nos lo explica la Segunda Lectura:  “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios ... y podemos llamar Padre a Dios.  Y si somos hijos de Dios también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 14-17).  ¿Nos damos cuenta del privilegio que es poder llamar ¡nada menos que a Dios! “Padre”?

 

Ahora bien, la clave está en dejarnos guiar por el Espíritu Santo.  Eso significa que tenemos que ser perceptivos, dóciles y obedientes a lo que el Espíritu Santo nos vaya inspirando.

 

Y ¿cómo sabemos que las inspiraciones vienen del Espíritu Santo?  No es tan difícil.  Sabemos que vienen del Espíritu Santo, cuando esas inspiraciones nos llevan a buscar la Voluntad de Dios ¡y a cumplirla!

 

El Espíritu Santo, entonces, nos irá haciendo semejantes al Hijo.  El Hijo nos dará a conocer al Padre y así seremos herederos con Él, y seremos “glorificados junto con Él.” (Rom 8, 17)

 

¿Cómo percibir las inspiraciones del Espíritu Santo?  ¿Cómo ser dóciles y obedientes a esas inspiraciones?  La clave está en la oración -la oración sincera.  La oración nos abre al Espíritu Santo.  Debemos orar para escuchar al Espíritu Santo.  Él es como una suave brisa, a la que hay que estar atentos para poderla percibir (cf. 1 Re 19,11-13).  Debemos orar para permitirle que haga en cada uno de nosotros su obra de santificación.

 

Así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios, con la Santísima Trinidad.  Y esa unión de nosotros con Dios no se queda allí, sino que tiene, como consecuencia segura, la unión de nosotros entre sí.   Tal vez con esta explicación se nos haga más fácil comprender esa bellísima y conmovedora oración de Jesús durante la Última Cena con sus Apóstoles, cuando rogó al Padre de esta manera: “Que ellos sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno.  Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn 17, 21-23).   ¡Unidos cada uno de nosotros al Dios Trinitario, para así estar unidos entre nosotros por Dios mismo!                                        



 

                  




Que, al meditar la profundidad del Misterio de la Santísima Trinidad, podamos vivir lo que nos dice San Pablo al final de la segunda Carta a los Corintios, que es esa frase trinitaria importantísima que se repite al comienzo de cada Misa:  “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros” (2 Cor 13, 14).

 

Y que así podamos comenzar a vivir nuestra unión con la Santísima Trinidad y la unión de nosotros entre sí, pues es ese Dios Trinitario Quien nos une.  ¡Que así sea!  ¡Amén!

 

 








Fuentes:

Sagradas Escrituras.

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 23 de mayo de 2021

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)


                               

              

Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.


El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).


                           





Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):


                     




AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO






El nombre “Pentecostés” indica los cincuenta días que se contaban desde la salida del pueblo hebreo de Egipto guiados por Moisés, hasta la celebración de la Alianza en el Monte Sinaí.  Era una fiesta que celebraban los judíos.  Y es en ese día cuando sucede la Venida del Espíritu Santo a los Apóstoles.  Esto ocurre 50 días después de la Resurrección del Señor y 10 días después de su Ascensión al Cielo.

 

Pentecostés marca el comienzo de la actividad apostólica en la Iglesia, porque fue justamente al recibir al Espíritu Santo que los Apóstoles comenzaron a cumplir el mandato que Jesús dejó antes de su Ascensión al Cielo:  predicar su mensaje de salvación a todos (Mt. 28, 19-20)

 

Algo parecido a ese mandato leemos en el Evangelio de hoy, el cual nos narra una de las apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles (Jn. 20, 19-23):  “‘Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo’.  Dicho esto, sopló sobre ellos y el dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’”.

 

Pero ... pensemos ... ¿Quién es el Espíritu Santo?  El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre.  Él es la presencia de Dios en medio de nosotros.  El Espíritu Santo es el cumplimiento de esta promesa de Jesús: “Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

 




El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro camino a la meta que Dios nos ha señalado.  ¿Cuál es esa meta?  Nada menos que el Cielo.  Y ¿quiénes van al Cielo?   Aquéllos que cumplan la Voluntad de Dios en esta vida.

 

El Espíritu Santo se ocupa de muchas cosas nuestras.  Tal vez la principal sea nuestra santificación.  ¿Qué es nuestra santificación?  El hacernos santos.   Pero ¿no será esa palabra demasiado osada?  Ni mucho.  Porque ser santo, no es que sea muy fácil lograrlo, pero sí es fácil definirlo.  Es lo mismo que decíamos del Cielo:   ser santo es hacer la Voluntad de Dios en esta vida.   Y es el Espíritu Santo Quien con sus suaves inspiraciones nos va sugiriendo cómo andar por el camino de la santidad, cómo ir amoldando nuestra voluntad a la Voluntad de Dios.

 

Se ha comparado el Espíritu Santo con la brisa. Porque, en efecto, Él es como una suave brisa que, como nos dice el Señor “sopla donde quiere” (Jn. 3, 8).  Ahora bien, si el Espíritu Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las velas de una barca, siempre en posición de ser movidos por esa brisa, esa brisa que nos llevará al Cielo.  Dejarnos mover por esa brisa significa ser perceptivos a lo que el Espíritu Santo nos vaya inspirando.  Pero, más importante aún, es ser dóciles a esas inspiraciones.  Así podremos llegar a la meta.

 

El Espíritu Santo ha sido comparado también con fuego.  Porque, en efecto, el Espíritu Santo también se manifiesta así:  como fuego, como calor abrasador, como calor en el pecho ...  El fuego que ardía en el corazón de los peregrinos de Emaús, mientras oían hablar a Jesús resucitado era el Espíritu Santo:  “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” se dijeron los discípulos de Emaús en cuanto Jesús se les desapareció.  (Lc. 24, 32).

 

Vemos en la Primera Lectura que el Espíritu Santo se presentó como una ráfaga fuerte de viento y descendió en forma de lenguas de fuego a los discípulos reunidos en torno a la Santísima Virgen el día de Pentecostés (Hech. 2, 1-11).

 

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad.  Así nos dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora.  Pero cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, Él los llevará a la verdad plena ... Él les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26).

 

                          




Así que el Espíritu Santo es Quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad:  nos lleva a la Verdad plena.

 

Es tan importante la acción del Espíritu Santo en nuestra vida que, nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (1Cor. 12, 3-7.12-13) que ni siquiera podemos reconocer a Jesús como Dios, si no nos lo inspira el Espíritu Santo:  “nadie puede llamar a Jesús ‘Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.   En esto consiste el don de la Fe.  Es un regalo de Dios, del Espíritu de Dios.

 

También sabemos por esta lectura y por la experiencia cristiana que el Espíritu Santo nos capacita para cumplir la tarea de evangelización que, como bautizados, todos tenemos que realizar.

 

Y es el Espíritu Santo el que hace comunidad entre nosotros, seamos quienes seamos, vengamos de donde vengamos.  El Espíritu Santo, como el viento “sopla donde quiere”, le dijo Jesús a Nicodemo (Jn. 3, 8).  Como dice San Pablo en la Segunda Lectura:  no importa la raza, ni la condición (“judíos o no judíos, esclavos o libres”), hemos sido llamados para formar el Cuerpo Místico de Cristo.  Y en éste, cada uno tiene un tipo de función, a la cual Cristo nos ha llamado.

 

En Pentecostés conmemoramos la Venida del Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia.  En efecto vemos también en esta Segunda Lectura cómo actúa el Espíritu Santo en la Iglesia.  “Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.  En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.  Y nos da el Espíritu Santo diferentes funciones a cada uno, como los diferentes miembros de un cuerpo tiene cada uno su función, pero todos formamos un mismo cuerpo:  el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

 

¿Cómo fue esa primera venida del Espíritu Santo?  Recordemos que los Apóstoles habían visto a Jesús irse de la Tierra, cuando ascendió al Cielo, y sabían que ya Él no estaba con ellos como antes.  Cierto que en los cuarenta días que transcurrieron entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado estuvo apareciéndoseles para fortalecerlos en la fe.  Y ellos sabían que después de la Ascensión debían continuar su camino y cumplir la misión que les había encomendado.  Pero ahora sería diferente, pues serían acompañados y conducidos por el Espíritu Santo.

 

                         




Vamos a recordar cómo estaban los Apóstoles antes de Pentecostés.  Vemos a los Apóstoles con miedo, escondidos no fuera que los mataran a ellos también.  Y antes de eso, eran bien torpes para comprender las enseñanzas de Jesús.

 

Pero veamos en la Primera Lectura (Hech. 2, 1-11) y continuando a lo largo del libro de los Hechos de los Apóstoles cómo, luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, los vemos irreconocibles. Cambiaron totalmente:  se lanzaron a predicar sin ningún temor a ser perseguidos, con una sabiduría totalmente nueva en ellos.  Hasta se les soltaron las lenguas con un especial poder de lenguaje dado por el Espíritu Santo: cuando hablaban cada oyente los entendía en su propio idioma.

 

Comenzaron a llamar a todos a la conversión, bautizaban a los que aceptaban el mensaje de Jesucristo.  Formaban discípulos y comunidades, ayudaban a los necesitados.  Cuando los reprendían y los amenazaban, ahora no les importaba.  Seguían sólo las órdenes que Jesús les había dejado, no las que le daban las autoridades.  Sufren todo tipo de persecuciones, y hasta llegan al martirio.

 

¿Cómo pudo suceder todo esto?  Fue obra del Espíritu Santo.  Es decir, el protagonista fue el Espíritu Santo.  Pero es importante observar qué hacían los Apóstoles antes de Pentecostés para poder imitarlos y también nosotros recibir el Espíritu Santo:  “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).

 

El secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros está en la oración:  oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María.  ¡Ven, Espíritu Santo!

 

Oración maravillosa para este tiempo de Pentecostés -y para todo momento- es la Secuencia del Espíritu Santo, que forma parte de la Liturgia de este Domingo y con la que hemos invocado al Espíritu Santo:

 

 

HIMNO AL ESPIRITU SANTO (SECUENCIA DE PENTECOSTES)

 

              



 

Ven, Espíritu Divino,
manda tu Luz desde el Cielo,
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
Luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

 

Ven dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos,
mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro,
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas e infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte todos tus dones,
según la fe de tus siervos,
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito,
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.



Amén.

 









Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org