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domingo, 14 de agosto de 2022

«¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra?» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy -de labios de Jesús- escuchamos afirmaciones estremecedoras: «He venido a encender fuego en el mundo» (Lc 12,49); «¿creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división» (Lc 12,51). Y es que la verdad divide frente a la mentira; la caridad ante el egoísmo, la justicia frente a la injusticia…

En el mundo -y en nuestro interior- hay mezcla de bien y de mal; y hemos de tomar partido, optar, siendo conscientes de que la fidelidad es "incómoda". Parece más fácil contemporizar, pero a la vez es menos evangélico.

Nos tienta hacer un "evangelio" y un "Jesús" a nuestra medida, según nuestros gustos y pasiones. Hemos de convencernos de que la vida cristiana no puede ser una pura rutina, un "ir tirando", sin un constante afán de mejorar y de perfección. Benedicto XVI ha afirmado que «Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, es una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos».





El modelo supremo es Jesús (hemos de "tener la mirada puesta en Él", especialmente en las dificultades y persecuciones). Él aceptó voluntariamente el suplicio de la Cruz para reparar nuestra libertad y recuperar nuestra felicidad: «La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne crucificada» (Benedicto XVI). Si tenemos presente a Jesús, no nos dejaremos abatir. Su sacrificio representa lo contrario de la tibieza espiritual en la que frecuentemente nos instalamos nosotros.

La fidelidad exige valentía y lucha ascética. El pecado y el mal constantemente nos tientan: por eso se impone la lucha, el esfuerzo valiente, la participación en la Pasión de Cristo. El odio al pecado no es cosa pacífica. El reino del cielo exige esfuerzo, lucha y violencia con nosotros mismos, y quienes hacen este esfuerzo son quienes lo conquistan (cf. Mt 11,12).




Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53):

 



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

 


Las Lecturas de hoy nos hablan de dos temas conflictivos, por ser desagradables: la persecución y la división.  Y por más que queramos soslayarlos, no nos es posible.

 

Tampoco podemos soslayar un grave comentario de Jesús, acerca de la división en la familia, que nos trae el Evangelio de hoy:


         “No he venido a traer la paz, sino la división.  De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.  Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53).

 

¿Cómo puede ser esto?  ¿No dijeron los Ángeles que anunciaron el Nacimiento del Salvador: “Paz a los hombres” (Lc 2, 14)?   ¿No nos habló varias veces Jesús de llevar la Paz, de ser pacíficos, etc.?  ¿No nos dijo: “Mi Paz les dejo; mi Paz les doy” (Jn 14, 27)?  Ciertamente.  Así nos dijo.  Pero, enseguida explicó: “La Paz que Yo les doy no es como la que da el mundo” (Mt 14, 27).

 

La Paz de Jesús no es como la del mundo.  La paz que nos ofrece el mundo es una paz ficticia, incompleta, equívoca, engañosa... Porque en el mundo las cosas no son como las de Dios.  En el mundo la paz puede ser un balance entre violencias opuestas.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede ser la ley del más fuerte.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede provenir del acuerdo en unas conversaciones.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede ser una aparente serenidad.  ¿Y eso es Paz?

 

La Paz que Cristo nos vino a traer es muy distinta a la del mundo.  Muy distinta.  Cristo vino a traer la salvación.  Y la salvación puede trastornar la paz según el mundo, porque hay unos que buscan a Cristo y su causa -la salvación de la humanidad-, y hay otros que no.  He allí la división a la cual se refiere Jesús en este Evangelio: los que están con Él y su causa, y los que no están con Él y con su causa.

 


Y esa división puede darse en una nación, entre amigos... o en una familia.  Es verdad que la Fe puede ser factor de unión, pero cuando hay algunos que no la acogen puede ser también factor de división.  Muchas veces cuando alguno o algunos responden al llamado de Cristo de seguirlo de verdad, sincera y profundamente como Cristo nos pide, pueden esos seguidores convertirse en “signo de contradicción” para los demás... incluso para los más cercanos.

 

“¡Estás muy fanático!”  “¡Has perdido objetividad!”  “¡Ya no hablas sino de Dios!”  Y termina por darse el distanciamiento, la separación, la división.

 

Ahora bien, ¿quién es el que se está separando?  ¿Quién está causando la división?   ¿El que sigue a Cristo o el que no?

 

El que se divide es aquél que no sigue a Cristo.  De allí que el seguidor de Cristo se siente apartado de los que no Lo están siguiendo.  Y pueden ser amigos, parientes o de la propia familia.  Y esa división significa que alguno o algunos están haciendo lo que hay que hacer, pues le están siguiendo a Él, Camino, Verdad y Vida.

 

Entonces ... ¿nos quedamos sin familia?  ¿Nos quedamos sin padres, ni hermanos, ni hijos?  La respuesta es otra sorpresa del Señor:


         “‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? E indicando con la mano a sus discípulos, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.  Porque todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’” (Mt 12, 48-49).

 



La “familia”, entonces, termina siendo quien hace la Voluntad de Dios.  Son todos los que siguen a Cristo en su entrega a la Voluntad del Padre.  Puede ser que en esa “familia” estén incluidos algunos o todos los miembros de mi familia.  Pueda ser que por un tiempo no estén mis familiares y luego más tarde sí.  Lo importante es saber -porque así nos lo dice Cristo- que la familia de Dios, su “familia”, está formada por aquéllos que hacen Su Voluntad.  De otra forma, la división es inevitable.

 

Toda división trae sufrimiento y ese sufrimiento purifica a quien pretende seguir a Cristo y ve que los suyos no hacen lo mismo.  Sufre porque los suyos no están en el Camino que es Cristo.  Sufre porque no puede compartir con ellos la Verdad que es Cristo.  Sufre porque los suyos no viven la Vida que es Cristo.

 

De allí que el Señor en el comienzo del Evangelio de hoy nos diga antes de hablarnos de esta dolorosa división: “Vine a traer fuego a la tierra.  Y cómo quisiera que estuviera ya ardiendo” (Lc 12, 49).  Es el fuego purificador de su Palabra.  Es el fuego purificador de la acción del Espíritu Santo en el mundo y en cada uno de nosotros.  Es el fuego purificador del sufrimiento, cualquiera que sea, pero muy especialmente del causado por seguirlo a Él.

 

La Primera Lectura (Jer 38, 4-6. 8-10) nos habla de la persecución del Profeta Jeremías.  Lo perseguían porque consideraban que desanimaba al pueblo.

 

La posición de Jeremías era comprometedora -como la de todos los Profetas- porque los planes de Dios distan mucho de los de los hombres.  Y los modos de Dios pueden ser a veces incomprensibles. 

 

Dios estaba pidiendo al pueblo hebreo que se rindiera ante la invasión extranjera de los Caldeos, pero es Jeremías quien tiene que hacer la proposición.  “Aunque pierda todo, el que se entregue a los Caldeos, salvará su vida”.  Una proposición anti-patriótica.  Pero Dios es el que sabe cómo guía a su pueblo.  Jeremías cumple con su misión de anunciar y de aconsejar lo impopular.  Por eso lo apresan y lo condenan a morir en la fosa.  Pero Dios lo salva de manera imprevista. 

 

Sin embargo, Jeremías tuvo que sufrir mucho a causa de su misión como Profeta durante 40 años.  Jeremías tuvo muchas dificultades en el servicio a Dios, pues le tocó informarle a los últimos Reyes de Judá de los desastres que le venían a Jerusalén, a causa de sus pecados.  Por las pruebas que tuvo que sufrir, se considera el Profeta que más se parece a Cristo sufriente.

 

El Salmo 38 expresa la situación de Jeremías.  Puede ser la nuestra también, cuando nos encontramos en peligro en nuestra vida espiritual:  “Esperé en el Señor con gran confianza ... Del charco fangoso y la fosa mortal me puso a salvo”.






En la Segunda Lectura (Hb 12, 1-4) también se nos habla de persecución:  la de Jesús.  “Aceptó la cruz, sin temor a la ignominia ... Mediten, pues, en el ejemplo de Aquél que quiso sufrir tanta oposición de parte de los pecadores”.  También nos anuncia posibles martirios a los cuales hay que estar dispuestos, pues algunas persecuciones pueden llegar a esos extremos: “todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado”.

 






 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilia.org

Evangeli.org

 


lunes, 25 de diciembre de 2017

«La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros » (Evangelio Navidad)


                                                                  



Hoy, con la sencillez de niños, consideramos el gran misterio de nuestra fe. El nacimiento de Jesús señala la llegada de la "plenitud de los tiempos". Desde el pecado de nuestros primeros padres, el linaje humano se había apartado del Creador. Pero Dios, compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo eterno, nacido de la Virgen María, para rescatarnos de la esclavitud del pecado.

El apóstol Juan lo explica usando expresiones de gran profundidad teológica: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). Juan llama "Palabra" al Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Y añade: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).

Esto es lo que celebramos hoy, por eso hacemos fiesta. Maravillados, contemplamos a Jesús acabado de nacer. Es un recién nacido… y, a la vez, Dios omnipotente; sin dejar de ser Dios, ahora es también uno de nosotros.

                                   



Ha venido a la tierra para devolvernos la condición de hijos de Dios. Pero es necesario que cada uno acoja en su interior la salvación que Él nos ofrece. Tal como explica san Juan, «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). ¡Hijos de Dios! Quedamos admirados ante este misterio inefable: «El Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre para hacer a los hombres hijos de Dios» (San Juan Crisóstomo).

Acojamos a Jesús, busquémosle: solamente en Él encontraremos la salvación, la verdadera solución para nuestros problemas; sólo Él da el sentido último de la vida y de las contrariedades y del dolor. Por esto, hoy os propongo: leamos el Evangelio, meditémoslo; procuremos vivir verdaderamente de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el Hijo de Dios que ha venido a nosotros. Y entonces veremos cómo será verdad que, entre todos, haremos un mundo mejor.





Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):





En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor




COMENTARIO

               





El primer anuncio del Nacimiento de Dios-Hombre fue hecho a los Pastores -a los campesinos de la época- que cuidaban sus rebaños en las cercanías de Belén.  De toda la humanidad, Dios escogió a estos pobres, humildes y sencillos hombres para ser los primeros en llegar a conocerlo.

Un Ángel se les apareció la noche de la Primera Navidad anunciándoles:  “Vengo a comunicarles una buena nueva ... hoy ha nacido el Salvador que es Cristo Señor” (Lc. 2, 11).

Si bien los Pastores sienten “un miedo enorme” cuando “el Ángel del Señor se les apareció y los rodeó de la claridad de la Gloria del Señor” (Lc. 2, 9),  no se sorprendieron ante el anuncio que se les hiciera.

Ellos esperaban al Salvador.  A causa del pecado de nuestros primeros progenitores, la humanidad se encontraba a oscuras, derrotada, pues había perdido el acceso al Cielo.





Los Profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías (Is. 9, 1-3 y 5-6)  nos hablan de que la humanidad se encontraba perdida y en la oscuridad, subyugada y oprimida, hasta que vino al mundo “un Niño”.   Entonces “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una  gran luz ... se rompió el yugo, la barra que oprimía sus espaldas y el cetro de su tirano”.

Isaías profetiza con 700 años de anticipación el nacimiento de un niño que sería “Dios poderoso”, “Príncipe de Paz” , que vendría a establecer un reinado de Paz “para siempre”.

Podemos imaginar, entonces, la alegría que deben haber sentido los Pastores cercanos a la cueva de Belén cuando el Ángel se les aparece en la Noche de Navidad y les dice:  “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo:  hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 1-14)

Se cumple así la esperanza de redención del género humano; es decir, se nos abren nuevamente las puertas del Cielo.  Ya el destino final de los seres humanos no tiene que ser el Infierno.   Por eso San Pablo nos dice que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres ... para que vivamos de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús” (Tt. 2, 11-14).




Y sucedió que mientras el Ángel de Señor les hablaba a los pastores, aumentó el resplandor luminoso que los cubría, al aparecer una multitud de otros Ángeles que “alababan a Dios” cantando una suave y gozosa melodía:  “Gloria a Dios en lo más alto del Cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres” (Lc. 2, 14)

Sabemos que los Pastores creyeron sin dudar lo que se les había anunciado y se dijeron:   “Vamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos dio a conocer” (Lc. 2, 15).

El texto griego dice literalmente: "Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí".Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, El mismo, visible en Aquél que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). (Benedicto XVI-Navidad 2009)




Fueron rápidamente y, tal como les fuera dicho “hallaron a María, a José y al recién nacido acostado en la pesebrera” (Lc. 2,16)

Si Dios el Señor les manifestó a los pastores su presencia en el mundo a través del anuncio angélico, debe haberles también manifestado su Divinidad a éstos, sus primeros visitantes, pues según dicen algunas traducciones de la Escritura “cuando los pastores lo vieron, comprendieron lo que les había sido dicho sobre este Niño”.

La señal de Dios, la señal que ha dado a los Pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en Niño; se deja tocar y pide nuestro amor.  Y así nos invita a ser semejantes a Él en la humildad.  (Benedicto XVI-Navidad 2009)






La gracia de Dios debe haber tocado a estos sencillos hombres muy profundamente, causándoles una fuerte renovación espiritual, por lo cual “después se fueron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído era como se lo habían anunciado” (Lc. 2,20).

Los Pastores son de esos “pobres en el espíritu” que luego Jesús el Salvador menciona en Sus Bienaventuranzas, “que de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5,3) ... Y ese Reino también puede ser nuestro, si somos como los Pastores:  sencillos y humildes, creyeron sin cuestionar y sin dudar, dejaron todo para responder al llamado de Dios, y rápidamente lo buscaron ...  y lo encontraron.


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org 

lunes, 21 de febrero de 2011

Bienvenidos los que trabajan por la Paz y la justicia!!! (Oración al Altísimo)


Hay personas envidiosas porque otras hacen el bien. ¡Qué torpeza! Lo que importa es que el bien sea hecho y no importa quién sea el autor. Demos una cálida bienvenida a todas aquellas personas que trabajan por la paz y la justicia, que se preocupan por el bienestar de los ancianos y enfermos, que procuran un medio ambiente saludable.

Nuestra acogida no puede poner barreras en nombre de sus creencias o de su militancia política o de sus convicciones filosóficas. Recordemos las palabras de Jesús: “el que no está contra nosotros, está a favor nuestro”


ALABANZAS AL SANTÍSIMO

Tú eres el santo Señor Dios único, el que haces maravillas.
Tú eres el fuerte, tu eres el grande, tú eres el altísimo,
tú eres el rey omnipotente; tú Padre santo, rey del cielo y de la tierra.
Tú eres el trino y uno, Señor Dios de los dioses;
tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien,
Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría,
tú eres la humildad, tú eres la paciencia,
tú eres la belleza, tú eres la mansedumbre;
tú eres la seguridad, tú eres el descanso,
tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría,
tú eres la justicia, tú eres la templanza,
tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción.
Tú eres la belleza, tú eres la mansedumbre,
tú eres el protector, tú eres nuestro custodio y defensor;
tú eres la fortaleza, tú eres el refrigerio.
Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestra fe,
tú eres nuestra caridad, tú eres toda nuestra dulzura,
tú eres nuestra vida eterna,
grande y admirable Señor,
Dios omnipotente, misericordioso Salvador.


INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO


Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles,
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu Creador
y renueva la faz de la tierra.

Oh Dios,
que has iluminado los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo;
haznos dóciles a sus inspiraciones
para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

ORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN:



Yo, pecador

Señor!. Cuando me encierro en mí, no existe nada: ni tu cielo y tus montes, tus vientos y tus mares; ni tu sol, ni la lluvia de estrellas.
Ni existen los demás, ni existes Tú, ni existo yo.
A fuerza de pensarme, me destruyo. Y una oscura soledad me envuelve,
y no veo nada y no oigo nada.


Cúrame, Señor, cúrame por dentro, como a los ciegos, mudos y leprosos, que te presentaban. Yo me presento.
Cúrame el corazón, de donde sale, lo que otros padecen y donde llevo mudo y reprimido El amor tuyo, que les debo.

Despiértame, Señor, de este coma profundo, que es amarme por encima de todo. Que yo vuelva a ver (Lc 18, 41) a verte, a verles, a ver
tus cosas a ver tu vida, a ver tus hijos....Y que empiece a hablar, como los niños, -balbuceando-, las dos palabras más redondas de la vida:

¡PADRE NUESTRO!

MONICIÓN AL EVANGELIO



Policarpo significa: el que produce muchos frutos de buenas obras. Este santo , según la tradición, tuvo el honor de ser discípulo de San Juan Evangelista. Hoy recordamos a este mártir del siglo II que dio su vida por amor al Señor. Este es el culmen de la fertilidad, darlo absolutamente todo. Y esta semilla produce sus frutos.

Darnos, darnos, producir fruto, ser útiles a los demás, iluminar el entorno en el que habitamos cada jornada: nuestra casa, el trabajo, las personas que viven con nosotros, con las que nos cruzamos a diario. Cada día de nuestra vida tenemos ocasión de producir obras buenas, de dar frutos.

De nuevo el libro del Eclesiástico nos invita a saborear el don de la Sabiduría, don del Espíritu Santo que Dios da a quien se la pide. Sabiduría que instruye, estimula y guía. “Mucha paz tienen los que aman tus leyes Señor” reza la antífona del salmo que hoy nos propone la liturgia.

REFLEXIÓN.


¿Qué lugar ocupa el Espíritu Santo en tu vida?
¿Cómo se presentan estas tentaciones en nuestra vida cristiana?
¿Qué rasgos tiene la nueva humanidad que propone Jesús?


Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,38-40):

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.»


Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.»



Palabra del Señor





COMENTARIO.


“¿Qué más da que no sea de los nuestros si hace el bien?”



Jesús reprende el partidismo de sus discípulos, pues todo aquel que realmente hace el bien y vive en la clave del amor, está muy cerca de Dios.

¡Cuánto tenemos que aprender en nuestras comunidades, parroquias, congregaciones, movimientos…, de los conflictos inútiles y desgaste de energías con los que perdemos el tiempo!... porque estos hicieron, porque aquellos han dicho, porque…, todo fruto de los celos, envidias, deseos de juzgar y etiquetar… ¡No! Nunca rivalicemos ni excluyamos a aquellos que hacen el bien y que van con buena intención aunque no sean de los nuestros. Jesús nos invita a sumar, no a restar.

No seamos nosotros los que pongamos freno a la acción del Espíritu que se vale de múltiples hermanos y signos para realizar la obra de Dios.


PRECES


Al caer la tarde tu Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
-acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.

Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.

Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.

Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.

Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.

Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.

Señor Jesús, que en tu peregrinar por los caminos de Palestina, has elegido y llamado a tus apóstoles para que sean pescadores de hombres,
- haz que en todas las actividades de la Pastoral juvenil y vocacional de nuestra Diócesis sean numerosos los frutos que se recojan para mayor gloria de tu Nombre.


Altísimo Señor, baja a escucharnos con la bondad que te distingue,
- Para que todos los sacerdotes y en especial nuestro párroco el padre José Carlos ,sientan cercana en todo instante la especial protección de María Santísima particularmente en los instantes de sus desconsuelos y soledades en el ejercicio de sus misiones.

Padre, acoge estas súplicas que, en este comienzo de cuaresma elevamos a Ti.
- haz que estos días que hoy comenzamos sean de provecho para cada uno de nosotros y de toda tu Iglesia. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.
Amen.

ORACIÓN FINAL: CONVERSIÓN TOTAL



Sé que algo me estás pidiendo, Señor Jesús.
Tantas puertas abiertas de un solo golpe.
El panorama de mi vida ante mis ojos:
No como en un sueño.

Sé que algo esperas de mí, Señor,
Y aquí estoy,
al pie de la muralla: todo está abierto,
sólo hay un camino libre,
abierto al infinito, el absoluto.

Pero yo no he cambiado, a pesar de todo.
Tendré que tomar contacto
contigo, Señor; buscaré tu compañía,
aún por largo tiempo.
Para morir, pero entonces enteramente.

Como esos heridos que sufren, Señor:
te pido que acabes conmigo.
Estoy cansado de no ser tuyo, de no ser Tú.

AVE MARIA Y GLORIA










Fuentes:
Iluminación Divina.
Juan Lozano cmf.
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad