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domingo, 13 de diciembre de 2020

«En medio de vosotros está uno a quien no conocéis» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, en medio del Adviento, recibimos una invitación a la alegría y a la esperanza: «Estad siempre alegres y orad sin cesar. Dad gracias por todo» (1Tes 5,16-17). El Señor está cerca: «Hija mía, tu corazón es el cielo para Mí», le dice Jesús a santa Faustina Kowalska (y, ciertamente, el Señor lo querría repetir a cada uno de sus hijos). Es un buen momento para pensar en todo lo que Él ha hecho por nosotros y darle gracias.

La alegría es una característica esencial de la fe. Sentirse amado y salvado por Dios es un gran gozo; sabernos hermanos de Jesucristo que ha dado su vida por nosotros es el motivo principal de la alegría cristiana. Un cristiano abandonado a la tristeza tendrá una vida espiritual raquítica, no llegará a ver todo lo que Dios ha hecho por él y, por tanto, será incapaz de comunicarlo. La alegría cristiana brota de la acción de gracias, sobre todo por el amor que el Señor nos manifiesta; cada domingo lo hacemos comunitariamente al celebrar la Eucaristía.

El Evangelio nos ha presentado la figura de Juan Bautista, el precursor. Juan gozaba de gran popularidad entre el pueblo sencillo; pero, cuando le preguntan, él responde con humildad: «Yo no soy el Mesías...» (cf. Jn 1,21); «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí» (Jn 1,26-27). Jesucristo es Aquél a quien esperan; Él es la Luz que ilumina el mundo. El Evangelio no es un mensaje extraño, ni una doctrina entre tantas otras, sino la Buena Nueva que llena de sentido toda vida humana, porque nos ha sido comunicada por Dios mismo que se ha hecho hombre. Todo cristiano está llamado a confesar a Jesucristo y a ser testimonio de su fe. Como discípulos de Cristo, estamos llamados a aportar el don de la luz. Más allá de esas palabras, el mejor testimonio, es y será el ejemplo de una vida fiel.

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28):

                                




Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.


Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»


Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»


Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»


El dijo: «No lo soy.»


«¿Eres tú el Profeta?»


Respondió: «No.»


Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»


Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»


Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

                         



 El Evangelio de este Domingo vuelve a presentarnos a San Juan Bautista, esta vez desde el Evangelio de San Juan.

 

San Juan Bautista, era primo de Jesús, pero no lo conocía, según nos dice él mismo.  Fue su Precursor, apareció en el desierto para anunciar la llegada del Mesías.  Por todo esto San Juan Bautista es un personaje central del Adviento, este tiempo de preparación que la Liturgia nos ofrece antes de la Navidad.

 

Por ello es útil revisar el relato que de San Juan Bautista hacen los cuatro Evangelistas (Mt. 3, 1-12; Mc. 1, 1-8; Lc. 3, 1-17; Jn. 1, 6-28).  Allí podemos ver varias cosas importantes a tener en cuenta en preparación para la venida del Señor.

 

San Juan Bautista predicaba un bautismo de arrepentimiento.  Pedía con su predicación que la gente se convirtiera de la vida de pecado y se resolviera a vivir una nueva vida de acuerdo a la ley de Dios.  Es lo que nosotros debemos hacer en preparación a la venida del Señor.

 

San Juan Bautista hablaba de preparar el camino del Señor rellenando lo hundido, aplanando lo alzado, enderezando lo torcido y suavizando lo áspero. Se trata esto de reformar nuestros modos equivocados de comportamiento y de costumbres: por ejemplo, rellenando las bajezas de nuestro egoísmo y envidia; rebajando las alturas de nuestro orgullo y altivez; enderezando los caminos desviados y equivocados que no nos llevan a Dios; suavizando las asperezas de nuestra ira e impaciencia.  En general, corrigiendo, nuestros defectos, vicios y pecados.

                                


La Primera Lectura es del Profeta Isaías, el cual desde el Antiguo Testamento también anunciaba a Cristo (Is. 61, 1-2 y 10-11).   Isaías fue el Profeta que más claramente describió por adelantado la vida, pasión y muerte de Jesucristo.

 

En este trozo de Isaías vemos la descripción de la misión del Mesías.  Un día Jesús leyó ese pasaje de Isaías en la Sinagoga de Nazaret, el sitio donde vivía, y agregó al final de la lectura que esa profecía se refería a El mismo.   Y vemos en este mismo episodio que, a pesar de lo admirados que estaban de los milagros de Jesús y de sus enseñanzas, no pudieron aceptar que Jesús, el de Nazaret, el hijo del carpintero, fuera el Mesías esperado.  (cfr. Lc. 4, 16-30).

 

Veamos con detalle la misión del Mesías, anunciada por Isaías y ratificada por Cristo mismo:

 

- “Anunciar la buena nueva a los pobres”: la Buena Nueva es el anuncio de salvación que Jesucristo, el Salvador del mundo nos vino a traer.  Y la anuncia a los pobres.  Pero ¿quiénes son estos pobres?  ¿Serán los económica y socialmente pobres?  Y si esto fuera así ¿cómo quedan los que tienen medios económicos y pertenecen a las clases medias o altas?  ¿No es para ellos la Buena Nueva del Señor?  Claro que sí es.  Es para todos: pobres y ricos, considerados desde el punto de vista económico y social.  Pero todos los que reciban la Buena Nueva de salvación sí deben ser pobres en el espíritu.  Son los mismos a quienes Jesús se refiere en las Bienaventuranzas (Mt. 5, 3).   Pobres en el espíritu son aquéllos que se saben nada sin Dios, que saben que nada pueden sin Dios, que en todo dependen de El.  Esos están listos para recibir la Buena Nueva que Cristo trae.  En cambio, los ricos en el espíritu, los que creen que pueden por sí solos, los que se creen gran cosa ante Dios, ésos no están listos para recibir el mensaje de Jesucristo.


                                               



- “Curar a los de corazón afligido”: Jesucristo vino a sanar a los que sufren. También esta parte de su misión la menciona en las Bienaventuranzas: “Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados” (Mt. 5, 4).   Jesús cura los corazones afligidos.  Pero los cura mostrándonos que el sufrimiento, bien aceptado y bien llevado, es una gracia muy especial.  Los cura mostrándonos con su sufrimiento, que nuestro sufrimiento, unido al suyo, tiene valor redentor.  Los cura mostrándonos que todo sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el Señor nos regala para poder imitarlo y para poder “ser consolados”, como nos promete esta bienaventuranza.

 

- “Proclamar el perdón a los cautivos y la libertad a los prisioneros”:    Jesucristo nos trae el perdón de los pecados.  Ese perdón nos libera del cautiverio del pecado.  El que está hundido en el pecado, necesita ser liberado.  Y Cristo nos trajo esa liberación.  Podemos decir que los seres humanos nos encontrábamos prisioneros en situación de secuestro: estábamos secuestrados por el Demonio, a causa del pecado original de nuestros primeros progenitores.  Pero Cristo pagó nuestro rescate con su muerte en cruz y su resurrección gloriosa.  Ya somos libres; ya se nos ha borrado el pecado original con el Sacramento del Bautismo; y se nos perdonan los demás pecados cometidos, con nuestro arrepentimiento y con el Sacramento de la Confesión.

 

- “Pregonar el Año de Gracia del Señor”.  La aparición de Cristo en nuestra historia fue el Año de Gracia del Señor anunciado desde el Antiguo Testamento por Isaías.  Recordemos que Año de Gracia en nuestra época fue el aniversario número 2.000 de ese gran acontecimiento, cuando la Iglesia, recordando lo anunciado por el Profeta Isaías, proclamó un nuevo Año de Gracia, el del Gran Jubileo del 2.000, el cual fue “año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extra-sacramental ... y de la concesión de indulgencias de un modo más generoso que en otros años” (TMA # 14).


                               



El Salmo nos trae el Magnificat (Lc. 1, 46-55)  esa oración de alabanza que la Santísima Virgen María recita al ser saludada como la Madre de Dios por su prima Santa Isabel.

Y de este Canto de María es bueno resaltar su coincidencia también con lo expresado por el Profeta Isaías: “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos”.    Se refieren estos hambrientos a los que necesitan de Dios y de los bienes de Dios.  Y se refieren estos ricos a los que creen no necesitar de Dios y de los bienes de Dios.  Por ello, a los que necesitan de El, Dios los colma de bienes, y a los que se bastan a sí mismos, los despide vacíos.

En la Segunda Lectura (1 Ts. 5, 16-24),  San Pablo nos recuerda lo mismo que San Pedro el pasado domingo sobre nuestra preparación para la venida del Señor: “que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo”.  Y, además, nos habla San Pablo de la acción del Espíritu Santo en los mensajes proféticos, instruyéndonos sobre la correcta actitud al respecto: “No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía;  pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno”.

Vemos en la narración de los Evangelios sobre San Juan Bautista, cómo éste cumplió con su misión de anunciar al Mesías y de preparar su camino.  Y cuando lo vio venir pudo reconocerlo por una íntima revelación que Dios le dio, la cual él hace pública: “Yo no lo conocía, pero Dios, que me envió a bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al Espíritu bajar sobre Aquél que ha de bautizar en Espíritu Santo y se quedará en El.’  ¡Y yo lo he visto! Por eso puedo decir que Este es el Elegido de Dios” (Jn. 1, 33-34).


                                       



Al ser preguntado por qué bautizaba si no era el Mesías, San Juan Bautista dice que ciertamente él ha estado bautizando con agua, pero que el que viene después de él, bautizará con el Espíritu Santo.

Jesucristo confirmará este anuncio de San Juan Bautista.  En el diálogo nocturno que tuvo con Nicodemo, le dice a este buen fariseo: “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”.  Y, ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios... Por eso no te extrañes que te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba” (Jn. 3, 3-7)

Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (cfr. Hch.  2 y 5, 17-41).   Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros puestos y envidiosos entre ellos.  Eran, además, temerosos para presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a ser perseguidos.

Pero sí hicieron algo:   creyeron y obedecieron el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch. 1s, 4-5).


                                       



Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba?  ¿Cómo se nace del Espíritu Santo?  Para esto también hay que ver a los Apóstoles muy especialmente en los días  entre la Ascensión del Señor y Pentecostés y también a lo largo de todos los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles:   Nos dice la Escritura que perseveraban en la oración junto con María, la Madre de Jesús (Hch. 1, 14).

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que Dios es lo más importante en su vida, se da cuenta que vive para Dios, que Dios es el que manda en su vida (es el Señor, ¿no?).  Eso es estar preparados.  ¿Preparados para qué?  Pues para cuando vuelva el Señor, que volverá en el momento que nos toque morir o en su Segunda Venida al fin de los tiempos.

 





Fuentes:

Santas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 22 de noviembre de 2020

«Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»(Evangelio Dominical)

 


Hoy, Jesús nos habla del juicio definitivo. Y con esa ilustración metafórica de ovejas y cabras, nos hace ver que se tratará de un juicio de amor. «Seremos examinados sobre el amor», nos dice san Juan de la Cruz.

Como dice otro místico, san Ignacio de Loyola en su meditación Contemplación para alcanzar amor, hay que poner el amor más en las obras que en las palabras. Y el Evangelio de hoy es muy ilustrativo. Cada obra de caridad que hacemos, la hacemos al mismo Cristo: «(…) Porque tuve hambre, y me disteis de comer; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; en la cárcel, y vinisteis a verme» (Mt 25,34-36). Más todavía: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Este pasaje evangélico, que nos hace tocar con los pies en el suelo, pone la fiesta del juicio de Cristo Rey en su sitio. La realeza de Cristo es una cosa bien distinta de la prepotencia, es simplemente la realidad fundamental de la existencia: el amor tendrá la última palabra.






Jesús nos muestra que el sentido de la realeza -o potestad- es el servicio a los demás. Él afirmó de sí mismo que era Maestro y Señor (cf. Jn 13,13), y también que era Rey (cf. Jn 18,37), pero ejerció su maestrazgo lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,4 ss.), y reinó dando su vida. Jesucristo reina, primero, desde una humilde cuna (¡un pesebre!) y, después, desde un trono muy incómodo, es decir, la Cruz.

Encima de la cruz estaba el cartel que rezaba «Jesús Nazareno, Rey de los judíos» (Jn 19,19): lo que la apariencia negaba era confirmado por la realidad profunda del misterio de Dios, ya que Jesús reina en su Cruz y nos juzga en su amor. «Seremos examinados sobre el amor».



 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)



                         






 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 
 

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán:

 "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. 

Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" 

Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 




Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo, fiesta solemne instaurada por el Papa Pío XI en 1925. 

El Reinado de Cristo -que es lo mismo que el Reino de Dios- viene mencionado muchas veces en la Sagrada Escritura.  Cristo nos dice que su Reino no es de este mundo.  Sin embargo, sabemos que su Reino también está en este mundo.  Pero su Reino no es terrenal, sino celestial; no es humano, sino divino; no es temporal, sino eterno.

Su Reinado está en medio del mundo, porque está en cada uno de nosotros.   O, mejor dicho: está en cada uno de nosotros cuando estamos en gracia; es decir, cuando Cristo vive en nosotros y así permitimos que el Señor sea Rey de nuestro corazón y de nuestra alma, cuando le permitimos a Jesucristo reinar sobre nuestra vida. 

Si Cristo es nuestro Rey, nosotros somos sus súbditos.  Tendríamos, entonces, que preguntarnos  ¿qué hace un súbdito?  ¿Qué hace un subalterno?  Hace lo que desea y lo que le indica su Rey, su Jefe.  Por eso decimos que el Reinado de Cristo está dentro de nosotros mismos, pues Cristo es verdadero Rey nuestro cuando nosotros hacemos lo que El desea y lo que El nos pide.

Y ¿qué nos pide ese Rey bondadosísimo que es Cristo, este Pastor amorosísimo que nos presentan las Lecturas de hoy?   El nos pide lo que más nos conviene a nosotros.  Y lo que más nos conviene a nosotros es hacer la Voluntad del Padre.  En eso consiste el Reinado de Cristo en cada uno de nosotros: en que hagamos la Voluntad de Dios. 


                             



No en vano Jesucristo nos enseñó a decir en el Padre Nuestro: “Venga tu Reino”  y seguidamente: “Hágase tu voluntad”.  Es así, entonces, como el Reinado de Cristo comienza por nosotros mismos: cuando comenzamos a buscar hacer la Voluntad de Dios.

Las Lecturas de este último domingo del Año -del Año Litúrgico- nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo. 

La Primera Lectura del Profeta Ezequiel (Ez. 34, 11-12 y 15-17) nos habla del momento en que “se encuentren dispersas las ovejas” y de cómo Jesús, el Buen Pastor atenderá a cada una: 


         “Buscaré a la perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré”.

 

Y termina la lectura hablando del día del Juicio Final: “He aquí que voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”.

 

En este anuncio del Juicio Final que hace Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 25, 31-46), Él comienza con esa profecía de Ezequiel: “Entonces serán congregadas ante Él todas las naciones, y Él apartará a los unos de los otros... a las ovejas de los machos cabríos”.


                                  



La profecía de Ezequiel también nos remite a otro Profeta del Antiguo Testamento: el Profeta Zacarías (Zc. 13, 7 y 14, 1-9), quien igualmente nos habla del día final, anunciando la dispersión del rebaño:

 

“Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas... dos tercios serán exterminados  y sólo se salvará un tercio.  Echaré ese tercio al fuego, lo purificaré como se hace con la plata, lo pondré a prueba como se prueba el oro.  El invocará mi Nombre y Yo lo escucharé.  Entonces Yo diré: ¡Este es mi pueblo!, y él, a su vez dirá: ¡Yavé es mi Dios!”.

 

El Salmo no podía ser otro que el #22,  el del Buen Pastor.  “El Señor es mi Pastor, nada me falta...”.  Porque Jesús, antes del día del Juicio Universal, antes de venir a establecer su Reinado definitivo, cuida a cada una de sus ovejas, como nos dice la Primera Lectura y como nos indica este Salmo, favorito de muchos.

 

La Segunda Lectura (1 Cor. 15, 20-28) nos habla también del momento del establecimiento del Reino de Cristo.  Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra.  Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre.  Y así Dios será todo en todas las cosas.

 

El Evangelio de hoy es el famoso pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final: “tuve hambre y me diste de comer... tuve sed y me diste de beber...”.  ¿Significa, entonces, que sólo seremos juzgados con relación a lo que hayamos hecho o dejado de hacer al prójimo?  Si fuera así,  ¿cómo quedan entonces las faltas contra Dios?


                             



Para comentar el sentido completo del Juicio Universal, citamos al Teólogo Dominico, Antonio Royo Marín, quien en su libro “Teología de Salvación” nos dice lo siguiente acerca de esta cita evangélica:

“A juzgar por la descripción del juicio final hecha por el mismo Jesucristo... pudiera pensarse que sólo se nos juzgará sobre el ejercicio de la caridad para con el prójimo... Pero todos los exegetas católicos están de acuerdo en que esas expresiones las usa el Señor únicamente por vía de ejemplo -y acaso también para recalcar la gran importancia de la caridad- pero sin que tengan sentido alguno exclusivista”

Es conveniente, entonces, recordar que los seres humanos, una vez dejada nuestra existencia terrenal o temporal, pasaremos por dos juicios:  el Juicio Particular, que tiene lugar en el mismo momento de nuestra muerte, y el Juicio Universal que sucederá al final de los tiempos, precisamente cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su reinado definitivo.

Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre ambos juicios?  Lo primero que debe destacarse es que no habrá discrepancia entre ambos.  En el Juicio Final será ratificada la sentencia que cada alma recibió en el Juicio Particular.  Es decir, los condenados quedan condenados y los salvados ya están salvados.

Podría especularse que el Juicio Particular sea relativo a la conciencia moral individual y que se referirá al aprovechamiento o desperdicio que hayamos hecho de las gracias recibidas a lo largo de nuestra vida terrena; y que el Juicio Universal sería sobre la influencia que haya tenido en otras personas el bien o el mal que cada uno haya hecho o dejado de hacer.

Dicho en otras palabras: el Juicio Particular se referiría a la conciencia individual y el Juicio Final se referiría a las consecuencias sociales de nuestros pecados.  De allí que el Señor, al describirnos el Juicio Final, nos relate las “Obras de Misericordia”, lo que comúnmente llamamos obras de caridad.  Al hablar de caridad estamos hablando de amor.

Quiere decir, entonces, que seremos juzgados sobre cómo hemos amado:   cómo hemos amado a Dios y cómo ese amor de Dios se ha reflejado en nuestro amor a los demás.


                  



Cierto que el Señor nos ha dicho que al que mucho ama (cfr. Lc. 7, 47) mucho se le perdona, pero es bueno recalcar que seremos juzgados por todas nuestras acciones: en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, en la humildad, etc., etc.  Es decir: en todas las virtudes;  también, en las acciones y en las omisiones, en lo pensado, en lo hablado y en lo actuado, en lo oculto y en lo conocido.  En todo.

Veamos lo que nos dice la última frase del Libro del Eclesiastés sobre el Juicio: “Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o sea mala” (Ecl. 12, 14).  Esta idea también la menciona San Pablo: “Puesto que todos hemos de comparecer ante el Tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho, bueno o malo”  (2 Cor. 5, 10).

Recordemos que entre el Juicio Particular al morir y el Juicio Final, somos almas sin cuerpo.  Los cuerpos están en la tumbas o cremados o desaparecidos. Pero cuando vuelva Cristo al final de los tiempos, nos resucitará como Él resucitó.  Es decir, cada alma se unirá con su respectivo cuerpo.

Entonces, una vez juzgados por Cristo justo Juez en la Parusía, Él separará a los salvados de los condenados.  Y Cristo Rey del Universo establecerá su reinado definitivo.  Entonces “Dios será todo en todos”.

En el Prefacio de la Misa de Cristo Rey del Universo rezamos que el Reino de Cristo es un Reino de Verdad, de Vida, de Santidad, de Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz.  Así será el Reino de Cristo cuando El vuelva glorioso a establecerlo definitivamente para toda la eternidad. 

Pero, mientras tanto, mientras estamos preparándonos para su venida definitiva, mientras viene Cristo como Rey Glorioso, podemos y debemos propiciar ese reinado en nuestro corazón y en medio de nosotros. 


                                



Y podrá ser un Reino de Verdad  si nuestro entendimiento queda libre de errores y es iluminado por la Sabiduría Divina.

        Podrá ser un Reino de Vida si Cristo vive en nosotros por medio de la gracia divina que recibimos especialmente en la Sagrada Eucaristía y en la oración. 

         Podrá ser un Reino de Santidad si dejamos que Cristo nos santifique, siendo dóciles a las inspiraciones de su Santo Espíritu. 

         Podrá ser un Reino de Gracia si sabemos acoger las gracias que Cristo nos da de tantas maneras, respondiendo con frutos de buenas obras.

          Podrá ser un Reino de Justicia, Amor y Paz  en la medida en que los seres humanos, súbditos de Cristo Rey, busquemos y hagamos la Voluntad Divina, pues de esa manera las relaciones entre los hombres serán regidas por ese Rey que nos comunica su Verdad, su Vida, su Gracia, su Santidad, su Justicia, su Amor y su Paz.

Precisamente ese fue el propósito que tuvo el Papa Pío XI al establecer esta Fiesta:  que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero.  Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo.






Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

 

domingo, 10 de enero de 2016

«Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado» (Evangelio dominical)







Hoy contemplamos a Jesús ya adulto. El niño del Pesebre se hace un hombre completo, maduro y respetable, y llega el momento en el que ha de trabajar en la obra que el Padre le ha confiado. Así es como le encontramos en el Jordán en el momento de empezar esta labor: uno más en la fila de aquellos contemporáneos suyos que iban a escuchar a Juan y a pedirle el baño del bautismo, como signo de purificación y renovación interior.

Allí, Jesús es descubierto y señalado por Dios: «Puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado’» (Lc 3,21-22). Es la etapa preparatoria del gran camino que está dispuesto a emprender y que le conducirá hasta la Cruz. Es el primer acto de su vida pública, su investidura como Mesías.


Es también el proemio de su modo de actuar: no obrará con violencia, ni con gritos y asperezas, sino con silencio y suavidad. No cortará la caña quebrada, sino que la ayudará a mantenerse firme. Abrirá los ojos a los ciegos y librará a los cautivos. Las señales mesiánicas que describía Isaías, se cumplirán en Él. Nosotros somos los beneficiarios de todas estas cosas porque, como leemos hoy en la carta de san Pablo: «Él nos salvó, no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo que derramó abundantemente sobre nosotros (...). De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de alcanzar la vida eterna» (Tit 3,5-7).

La fiesta del Bautismo de Jesús debe ayudarnos a recordar nuestro propio Bautismo y los compromisos que por nosotros tomaron nuestros padres y padrinos al presentarnos en la Iglesia para hacernos discípulos de Jesús: «El Bautismo nos ha liberado de todos los males, que son los pecados, pero con la gracia de Dios debemos cumplir todo lo bueno» (San Cesáreo de Arlés).




Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,15-16.21-22):



En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.» 

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

Palabra del Señor




COMENTARIO.



Juan Bautista predicada e impartía en el Río Jordán un Bautismo de conversión.  Quien se acercaba al Jordán se reconocía pecador y deseaba cambiar de vida.

De allí que llama la atención el que Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro de los que se estaban convirtiendo, a pedirle a Juan, su primo y su precursor, que le bautizara.  Tanto es así, que el mismo Bautista, que venía predicando insistentemente que detrás de él vendría “uno  que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (Lc. 3,, 15-16 y 21-22), se queda impresionado de la petición del Señor.

Y es que en esta escena en el Jordán podemos entender esas palabras de San Pablo: “Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió el pecado” (2 Cor 5, 21).


¡Jesucristo se humilla hasta pasar por pecador, hasta parecer culpable, pidiendo a San Juan el Bautismo de conversión!   Pero es que tenía que ser así, porque la razón de su Bautismo en el Jordán era la misma que la de su Nacimiento:  identificarse con nosotros que somos pecadores.

Por eso cuando San Juan Bautista no quiere bautizarlo, Jesús le insiste como queriéndole decir:  a ti no te parecerá adecuado, pero en realidad sí está en completa armonía con el motivo de mi venida.  Es que Cristo vino a identificarse con una humanidad pecadora:  El vino a compartir nuestra culpa y a liberarnos de ella.

Entonces Juan Bautista al verlo venir  de nuevo a Jesús exclamó:  “He ahí el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo” (Jn. 1-29).  ¿Qué significará eso de que Cristo es ahora el Cordero?

Antes de Cristo los israelitas sacrificaban corderos, buscando la expiación de sus pecados.  Cristo, al cargar con nuestros pecados, se hace el verdadero Cordero de Dios, para salvarnos de nuestros pecados.  Es lo que nos dice el Sacerdote al presentarnos a Cristo en la Hostia Consagrada antes de la Comunión: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…”.

Y, al Cristo ser bautizado en el Jordán, como una respuesta a esta actitud de humillación de Jesús, “se abrió el Cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma y vino una voz del Cielo: ‘Tú eres mi Hijo amado, el perdilecto’” (Lc. 3,15-16 y 21-22)). El Padre revela al mundo Quién es ese bautizado: su Hijo, el Dios-Hombre.


Y en este bellísimo pasaje de la vida del Señor y de su Precursor, no sólo vemos la revelación de Jesucristo, como Hijo de Dios, sino también la revelación de la Santísima Trinidad en pleno:  el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que aleteando cual paloma se posa sobre Jesús.

San Juan Bautista nos da el testimonio de lo que ve y escucha:  por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma como de paloma.  Las palabras del Bautista describiendo el Espíritu Santo hacen recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis, antes de la creación del mundo, cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1, 2).  Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma. 


Un punto importante a notar en el Bautismo del Señor es que al sumergirse Jesús en las aguas del Jordán, le confirió al agua un poder de sanación espiritual, le dio significación especial al agua. De allí que el agua sea la materia del Bautismo Sacramento, instituido después por Cristo, el cual nos borra el pecado original con el cual todos nacemos.

Recordar el Bautismo del Dios-Hombre es recordar la necesidad que tenemos de conversión, de cambiar de vida, de cambiar de manera de ser, de pensar y de actuar, para asemejarnos cada vez más a Jesucristo.  Es recordar la necesidad que tenemos de purificar nuestras almas en las aguas del arrepentimiento y de la confesión de nuestros pecados.  Es recordar que en todo momento y bajo cualquier circunstancia necesitamos la humildad y la docilidad que nos llevan a buscar la Voluntad de Dios por encima de cualquier otra cosa.


Que nuestra vida se convierta en una continua entrega a la Voluntad de Dios, de manera que así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la otra vida y podamos escuchar la voz del Padre reconociéndonos también como hijos suyos, porque como su Hijo Jesucristo, hemos buscado hacer su Voluntad.

Pensar en el Bautismo de Jesucristo, el Dios-hecho-hombre, nos debe llenar de gran humildad:  si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que San Juan Bautista impartía a los pecadores convertidos, ¿qué no nos corresponde a nosotros, que somos pecadores de verdad?












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia org.
Evangeli.org.


domingo, 6 de julio de 2014

YO DESCANSO EN JESÚS !! (Evangelio dominical)



“Mira a tu rey, que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica” (Zac 9,9). Con estas palabras se dirige el profeta Zacarías a la ciudad de Jerusalén. La exhorta a alegrarse y cantar porque se acerca el Mesías del Señor.

Eran muchos los que esperaban la llegada de un Mesías poderoso. Lo imaginaban como un fuerte guerrero. Suponían que había de devolver al pueblo el fulgurante esplendor de los tiempos pasados del reinado de David y Salomón.

El profeta retoma aquellas expectativas. El Mesías que él promete  extenderá su dominio desde el río Éufrates hasta las costas del Mediterráneo. Pero Zacarías anuncia que ese nuevo rey entrará en su ciudad con un talante que denota humildad y un deseo de paz.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):


En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Palabra del Señor



COMENTARIO.





Hoy tenemos en el Evangelio uno de los pasajes más preciosos... y tal vez uno de los menos aprovechados:  es aquella oración en que Jesús clamaba así al Padre Celestial:  “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!  Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.” (Mt. 11, 25)

Sí, al Padre le ha parecido bien esconder las cosas de su Reino -esconder su Sabiduría- a los sabios, a los cultos, a los racionalistas, a los que no creen en nada que no sea comprobable, a los que necesitan “ver para creer”.  Pero sí se las ha revelado a la gente sencilla.
¿Quiénes son esa gente sencilla?  Son aquéllos, ricos o pobres (no se refiere Jesús a la condición económica), que creen no saber mucho o tal vez no saber nada.  Son aquéllos que se dejan enseñar por el Espíritu Santo, que saben que no saben nada … nada que no les venga de Dios;  son los que saben que, ante Dios, no son nada.  A ésos que son así, el Padre les revela  sus secretos.

Conocida esta oración del Señor, no sorprende, entonces, que San Pablo, dirigiéndose a los griegos, quienes se dedicaban con mucho ahínco a la búsqueda del saber humano, les dijera esto: “Si entre ustedes alguno se considera sabio, según los criterios de este mundo, considérese que no sabe, y llegará a ser verdadero sabio.  Pues la sabiduría de ese mundo es necedad a los ojos de Dios” (1 Cor. 3, 18-20).  Luego pasa a citar frases del Antiguo Testamento:  “Dios atrapa a los sabios en su propia sabiduría ... El Señor conoce las razones de los sabios, y sabe que no valen nada” (Job 5, 13 y Sal. 94, 11).

¡Qué distinto ve Dios las cosas a como las vemos nosotros los humanos!  Si alguno quiere ser  verdadero sabio, que se reconozca incapaz de saber y de conocer por sí solo, que se reconozca insuficiente, que sepa que nada puede por su cuenta, porque ... querámoslo reconocer o no ... nada puede el hombre por sí solo.  En esto consiste la “pobreza de espíritu”.  Sólo los sencillos, los “pobres de espíritu” podrán conocer la verdadera “Sabiduría” -aquélla que viene de Dios.

Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría?  En poder ver las cosas a los ojos de Dios, en poder ver las cosas como Dios las ve, en poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, en poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Aunque no forman parte de las Lecturas de este Domingo, para mejor entender esta oración de Jesús, vale la pena repasar el 1º y el 2º Capítulo de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.  Al leer a partir de 1 Cor. 1, 17 hasta 2, 15,  puede entenderse mejor la discrepancia, que -por cierto- no es mera diferencia, entre “saber humano” y “Sabiduría Divina”.


El “saber” humano logrado con el raciocinio, va en sentido contrario  de la “Sabiduría” que viene de Dios.  En estos Capítulos, San Pablo echa mano de algunos pasajes del Antiguo Testamento para descalificar el saber humano y realzar la “locura” de la humildad, de la debilidad, para realzar la “locura de la cruz”:  todo un Dios, que es la Sabiduría perfecta se rebaja hasta morir aparentemente fracasado en una cruz.

Es la descripción de Dios que leemos en la Primera Lectura tomada del Profeta Zacarías (Za. 9, 9-10).   Un Dios, que siendo Rey, “viene humilde y montado en un burrito”.   Y con esa humildad -continúa el Profeta Zacarías- “hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate ... y su Poder se extenderá de mar a mar y hasta los últimos rincones de la tierra”.



Ese Dios humilde, que desea nuestra humildad y nuestra pequeñez, destruirá a los fuertes y poderosos que creen no necesitar a Dios porque creen bastarse a sí mismos.  Si el Evangelio y las citas de San Pablo nos oponen el saber humano a la Sabiduría Divina, esta lectura del Profeta Zacarías oponen el poder divino a la pretendida fortaleza humana.

Continuemos con San Pablo a los Corintios:  “Como dice la Escritura:  ‘Haré fallar la sabiduría de los sabios y echaré abajo las razones de los entendidos’ (Is. 29, 14).  Sabios, filósofos, teóricos:  ¡cómo quedan!.  ¿Y cómo queda la sabiduría de este mundo? ... Dios la dejó como tonta ... Porque la “necedad” de Dios  es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la “debilidad” de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres ... 

Fíjense, hermanos, a quiénes ha llamado Dios.  Son pocos los de ustedes que pueden considerarse cultos y son pocos los que son pudientes o que vienen de familias famosas.  Pero Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes.  Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada, para rebajar a lo que es.  Y así ningún mortal ya podrá alabarse a sí mismo delante de Dios ... La Escritura, pues, nos dice:   ‘No se sientan orgullosos, más bien estén orgullosos del Señor’  (Jer. 9, 22)  ...


Yo mismo, hermanos, no llegué a ustedes con palabras y discursos elevados para anunciarles el mensaje de Dios ... me presenté a ustedes débil, inquieto y angustiado:  mis palabras y mi predicación no tenían brillo ... Pero sí se manifestó el Espíritu de Dios con su poder, para que ustedes creyeran, y no ya por la sabiduría de un hombre, sino por el Poder de Dios ... Sólo el Espíritu de Dios conoce los secretos de Dios ... Hablamos, no con palabras llenas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu de Dios, para expresar las cosas espirituales en un lenguaje espiritual.  El hombre que se queda en lo humano no entiende las cosas del Espíritu de Dios.  Para él son necedad y no las puede entender, pues éstas sólo se pueden entender a partir de una experiencia espiritual ... ‘¿Quién ha conocido el pensamiento de Dios?’  (Is. 40, 13) ...  Pues ... nosotros conocemos el pensamiento de Cristo”.  (1 Cor. 1, 17-20  y 2, 1-15)

A esto precisamente se refiere el Evangelio de hoy al continuar así:  “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 26-27).
Y ¿a quién quiere revelarse Dios?  ¿A quién quiere revelar Dios sus secretos?   No a los sabios, a los cultos, a los racionalistas.  No.  Dios se revela a los sencillos:  a los que saben que no saben, a los que no necesitan pruebas, a los que se abren a las enseñanzas del Espíritu Santo.

Por eso nos dice San Pablo en la Segunda Lectura de hoy:  “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes.  Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”  (Rm. 8, 9-13).

Pero debemos tener en cuenta que para ser de Cristo no basta haber recibido su Espíritu en el Bautismo.  Es necesario hacer crecer la Vida del Espíritu de Dios en nosotros, para poder actuar de acuerdo a ese Espíritu que nos inunda de Sabiduría Divina, y dejar así de actuar de acuerdo a la sabiduría del mundo.


La Santísima Virgen María, modelo de humildad y de esa Sabiduría que viene de Dios, sabe que nada puede por sí sola.  Por ello reconoce que, no ella, sino Dios, el Poderoso, “ha hecho grandes cosas”  en ella. (Lc. 1, 49)

Pequeñez.  Sencillez.  Humildad.  Virtudes evangélicas necesarísimas, que nos llevan a ser pobres en el espíritu.  Pero ¡qué lejanas están estas virtudes de lo que nuestro mundo actual -tan distinto de Dios- nos propone!

1)      Ante la  pequeñez espiritual del Evangelio, se nos propone el engrandecimiento del propio yo.

2)      Ante la sencillez del Evangelio, se nos proponen los racionalismos estériles.

3)      Ante la humildad del Evangelio, se nos propone la soberbia de lograr cualquier cosa con tan sólo proponérnosla.

4)      Ante la pobreza en el espíritu del Evangelio se nos propone la auto-suficiencia y el engreimiento del ser humano.

Pero las proposiciones contenidas en la Sagrada Escritura son para todos los tiempos, incluyendo el de nuestra “avanzada” civilización.  Y la Palabra de Dios nos aconseja reconocernos incapaces ante el Todopoderoso  ... para poder llegar a ser sabios.  Hacernos pequeños -necesitados como los niños ... para que Dios pueda crecer en nosotros.  Hacernos humildes ... reconocernos que no somos nada ante Dios ... para poder ser engrandecidos por El.





Sólo así, podremos salirnos del grupo de los “sabios y entendidos”,  a quienes le quedan escondidos los secretos de Dios y podremos, entonces, ser contados entre la “gente sencilla”  a quienes el Padre revela sus secretos, los secretos de su Sabiduría.

La Segunda Lectura (Rm. 8, 9.11-13) nos  recuerda nuestra futura resurrección,  asegurándonos que el Espíritu Santo dará nueva vida a nuestro cuerpos mortales.  Así como Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos.

Adicionalmente San Pablo nos insta a dejar el egoísmo y las malas acciones.  El egoísmo (la preferencia de nuestro “yo”) y las malas acciones (el pecado) están muy conectados, pues el pecado es básicamente egoísmo:  anteponer nuestro “yo” al “Tú” de Dios, preferirnos a nosotros mismos antes que preferir a Dios.  San Pablo nos asegura que tenemos todo el auxilio del Espíritu Santo, para dejar ese egoísmo que nos lleva al pecado.






Al comienzo de esta lectura, nos dice el Apóstol:  “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes”.

Y, vivir conforme al Espíritu de Dios, no solamente es dejar el egoísmo y el pecado, sino que es también vivir de acuerdo a la Sabiduría Divina.  Para ello debemos aprovechar todas las gracias que el Espíritu Santo continuamente derrama en nosotros, para dejar de ser sabios y entendidos,  y llegar a ser de la gente sencilla de la cual nos habla el Evangelio de hoy.
Con el Salmo 144   hemos implorado la misericordia del Señor en el responsorio:  

Acuérdate, Señor, de tu misericordia.