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domingo, 29 de septiembre de 2019

«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males» (Evangelio Dominical)





Hoy, Jesús nos encara con la injusticia social que nace de las desigualdades entre ricos y pobres. Como si se tratara de una de las imágenes angustiosas que estamos acostumbrados a ver en la televisión, el relato de Lázaro nos conmueve, consigue el efecto sensacionalista para mover los sentimientos: «Hasta los perros venían y le lamían las llagas» (Lc 16,21). La diferencia está clara: el rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas.

La situación de igualdad llega enseguida: murieron los dos. Pero, a la vez, la diferencia se acentúa: uno llegó al lado de Abraham; al otro, tan sólo lo sepultaron. Si no hubiésemos escuchado nunca esta historia y si aplicásemos los valores de nuestra sociedad, podríamos concluir que quien se ganó el premio debió ser el rico, y el abandonado en el sepulcro, el pobre. Está claro, lógicamente.


                     




La sentencia nos llega en boca de Abraham, el padre en la fe, y nos aclara el desenlace: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males» (Lc 16,25). La justicia de Dios reconvierte la situación. Dios no permite que el pobre permanezca por siempre en el sufrimiento, el hambre y la miseria.

Este relato ha movido a millones de corazones de ricos a lo largo de la historia y ha llevado a la conversión a multitudes, pero, ¿qué mensaje hará falta en nuestro mundo desarrollado, hiper-comunicado, globalizado, para hacernos tomar conciencia de las injusticias sociales de las que somos autores o, por lo menos, cómplices? Todos los que escuchaban el mensaje de Jesús tenían como deseo descansar en el seno de Abraham, pero, ¿cuánta gente en nuestro mundo ya tendrá suficiente con ser sepultados cuando hayan muerto, sin querer recibir el consuelo del Padre del cielo? La auténtica riqueza es llegar a ver a Dios, y lo que hace falta es lo que afirmaba san Agustín: «Camina por el hombre y llegarás a Dios». Que los Lázaros de cada día nos ayuden a encontrar a Dios.




Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):



                                 






En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor




COMENTARIO



                                          




En este Domingo el Señor nos vuelve a hablar -ampliando un poco más el tema del Domingo anterior- de los bienes espirituales y de los bienes materiales, de lo celestial y de lo terreno, de lo temporal y de lo eterno.

Contienen las Lecturas de hoy una grave advertencia para los que vivimos apegados a los bienes materiales, olvidándonos de compartirlos con los que carecen de esos bienes.  Traen -por lo tanto- un llamado al ejercicio de la caridad, en su aspecto de compartir con los demás.

El Evangelio (Lc. 16, 19-31) nos trae la Parábola narrada por el Señor de un hombre muy, muy rico, que vivía en medio de muchos lujos y bienes superfluos, y que no era capaz de ver la necesidad de un pobre que siempre estaba en la puerta de su casa.

Y sucede que ambos personajes mueren.  Nos dice el Evangelio que el pobre fue llevado por los Ángeles al “seno de Abraham”.  Así se nombraba el lugar donde iban los muertos antes de que Cristo muriera, resucitara y abriera las puertas del Cielo.  Es decir que el destino del mendigo Lázaro fue de felicidad eterna.

¿Qué sucedió con el rico?  Nos dice el Evangelio que fue al “lugar de castigo y de tormentos”.  Es decir, el destino del rico egoísta fue de condenación eterna.


                                           




Pero debemos ver bien ...  No nos dice el texto que el rico fue al Infierno por ser rico.  No ...  El rico fue al Infierno por ser egoísta, por no saber compartir, por no tener compasión de los necesitados, por no usar bien su dinero, por usar su dinero solamente para sus lujos.  Esto quiere decir que la riqueza en sí no es un pecado.  El pecado consiste en no usar rectamente los bienes que Dios nos da.  El pecado consiste en no saber compartir los bienes que Dios nos da.

La Primera Lectura del Profeta Amós (Am. 6, 1.4-7) describe a los que viven en medio de lujos y excesos, a espaldas de las necesidades de los demás.   Reprende seriamente a “los que no se preocupan por las desgracias de sus hermanos”.  El Profeta advierte claramente sobre el destino de los que así se comportan.  Dice así: “Por eso irán al destierro”.

Y ¿qué es el “destierro”?  Aunque esta profecía del destierro se cumplió para el pueblo de Israel treinta años después, a causa de su decadencia moral, el “destierro” tiene un sentido espiritual más amplio para nosotros hoy en día:  es el mismo lugar de tormentos al que fue el rico del Evangelio, el Infierno.

El Infierno viene nombrado muchas veces en la Sagrada Escritura.  Es uno de los Dogmas de nuestra Fe Católica que más veces se nombra en la Biblia con diferentes nombres, como hemos visto en estas Lecturas de hoy.  Por cierto, es bueno insistir que el Infierno -al igual que el Cielo y el Purgatorio- son Dogmas de Fe; es decir: son de obligatoria creencia por parte de todos los Católicos.


                                           




Fíjense que en este texto evangélico vemos al mismo Jesucristo hablarnos del Infierno, y hablarnos también de la posibilidad que tenemos de condenarnos para siempre, si no obramos de acuerdo a la Voluntad de Dios.  En el caso del rico de la parábola, se olvidó de la Voluntad de Dios y se regía sólo por sus apetencias.  Por eso falló en caridad, generosidad, compasión, y estuvo pendiente sólo de sus gustos y lujos, olvidándose de Dios y de los demás.

Decíamos que el Señor nos hablaba con su Palabra hoy sobre los bienes espirituales y los bienes materiales.  Respecto de los bienes materiales ya lo hemos expresado:  hay que saber c o m p a r t i r.  Hay que saber estar atentos a las necesidades de los demás.  Hay que saber ayudar a quien necesita ser ayudado.

Las Lecturas de hoy nos recuerdan que la búsqueda de bienes materiales podría más bien alejarnos del camino del Cielo.  La búsqueda de bienes materiales podría alejarnos de lo que San Pablo nos recuerda en la Segunda Lectura (1 Tim. 6, 11-16): “la conquista de la vida eterna a la que hemos sido llamados”.  La búsqueda de bienes materiales nos puede cegar, haciéndonos creer que el dinero y las cosas que con el dinero conseguimos, es lo único verdaderamente importante y necesario.  Y no es así.

Debemos recordar que los bienes verdaderamente importantes son los bienes espirituales.  Estos son los bienes que no se acaban.  Son los que realmente debemos buscar.  Son los que nos aseguran la conquista de la vida eterna, de que nos habla San Pablo hoy.

Y ¿cuáles son esos “bienes espirituales?  Son todas aquellas cosas relacionadas con la vida espiritual.  No basta solamente evitar el pecado.  No basta solamente venir a Misa los Domingos, que es un precepto indispensable de cumplir.


                                      




En la Misa, además, nos nutrimos de la Palabra de Dios, de la enseñanza en la Homilía, nos nutrimos también de Dios mismo al recibirlo en la Comunión.  Pero eso no basta.  Es necesario ir creciendo en las virtudes, tratar de ser cada vez mejores, especialmente a través de la oración frecuente.  Aprovechando todas estas gracias, vamos procurándonos “bienes espirituales”.

Volvamos -entonces- al relato del Evangelio, que tiene dos partes bien diferenciadas.  Vemos que en la primera parte el Señor nos describe cómo debe ser el uso de los bienes materiales y las consecuencias que puede tener el usarlos mal.

La segunda parte nos describe lo que es la eternidad, lo que es la otra vida.  La primera cosa que debemos observar en el relato hecho por el mismo Jesucristo es que, después de la muerte, hay salvación o hay condenación.

No nos habla Jesucristo de nada que se parezca a la re-encarnación, ese mito nefasto que se nos ha estado metiendo aún entre los Católicos.  Sepamos que es verdad de fe que se vive en esta tierra una sola vez y que después de esta vida terrenal hay o condenación, o salvación, y que podemos salvarnos yendo directamente al Cielo o pasando primero una etapa de purificación en el Purgatorio, para luego ir al Cielo.

Sigue relatando el Señor en esta parábola que el rico pide desde su lugar de tormentos al menos una gota de agua para refrescarse de las llamas que lo torturan.  Y Abraham le responde que eso no es posible, que ya no hay remedio.  Es una descripción de lo que es el Infierno:  es un lugar de tormentos y de fuego. Y además, sin remedio: quien llega allí ya no puede regresar.

Dice el texto: “entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”.  No estamos tratando de asustar.  Simplemente estamos extrayendo del Evangelio lo que el mismo Cristo contó a sus seguidores y que nos cuenta a nosotros, que somos sus seguidores de hoy.

Insiste el rico que al menos, entonces, envíe al pobre Lázaro a avisarle a sus familiares, para que ellos no acaben en ese lugar de tormentos.  Se le responde que ya Moisés y los Profetas han hablado sobre esto.


                                        




Sigue insistiendo el rico: “Pero si un muerto va a decírselos, entonces sí se arrepentirán”.  Y viene, entonces, la sentencia final del Señor: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas” -es decir, si no escuchan la Palabra de Dios- “ni, aunque un muerto resucite harán caso”.

Y ¿a qué muerto se refiere el Señor? ...  Se está refiriendo a El mismo.  Él nos dejó su Evangelio que completa la Ley que Dios dio a Moisés y las enseñanzas de los Profetas. Él murió y resucitó.  Y todavía hay gente que no cree en ese muerto, en ese muerto resucitado, que es nada menos que Dios hecho Hombre.

Y -peor aún- todavía hay Cristianos que no practican sus enseñanzas. Todavía hay Católicos que se dan el lujo de llamarse así y de negar algunas verdades de la fe cristiana, como sucede cuando se niega la existencia del Infierno, o cuando se está creyendo en esa mentira de la re-encarnación, que niega la Verdad sobre la Vida Eterna.

Recordemos las lecciones de las Lecturas de hoy:  el recto uso de los bienes materiales, los bienes verdaderamente importantes son los espirituales, y la Verdad sobre la Vida Eterna, que es ésta:  después de la muerte no volvemos a esta vida terrena, sino que hay para nosotros salvación eterna o condenación eterna.


                                      




Con el Salmo 145 alabamos “al Señor que viene a salvarnos”.  Reconocemos la Divina Providencia, que “hace justicia al oprimido, da pan a los hambrientos y libera al cautivo ... premia al justo ... y trastorna los planes del inicuo ... Dios reina por los siglos”.   Amén.
















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

miércoles, 11 de mayo de 2011

Hoy celebramos a Santa Juana de Arco !!!!

"Los hombres pelean; sólo Dios da la victoria." (Juana d Arco)

Faltaban aun más de veinte años para que terminara la larga y cruenta guerra entre Inglaterra y Francia que ha pasado a la historia como la Guerra de los Cien Años (1337–1453). En un conflicto que diezmó y empobreció a los pueblos en conflicto, una joven inculta pero piadosa y profundamente religiosa guió a los ejércitos franceses hacia la victoria en Orleans.

Abandonada por todos, desde el rey hungido gracias a su valor hasta la iglesia que un día creyó en sus voces divinas, Juana de Arco fue entregada a los enemigos ingleses y quemada en la hoguera. La Doncella de Orleans tendría que esperar muchos siglos para ver recompensada su valentía.


Esta santa a los 17 años llegó a ser heroína nacional y mártir de la religión. Juana de Arco nació en el año 1412 en Donremy, Francia. Su padre se llamaba Jaime de Arco, y era un campesino.

Juana creció en el campo y nunca aprendió a leer ni a escribir. Pero su madre que era muy piadosa le infundió una gran confianza en el Padre Celestial y una tierna devoción hacia la Virgen María. Cada sábado la niña Juana recogía flores del campo para llevarles al altar de Nuestra Señora. Cada mes se confesaba y comulgaba, y su gran deseo era llegar a la santidad y no cometer nunca ningún pecado. Era tan buena y bondadosa que todos en el pueblo la querían.

Su patria Francia estaba en muy grave situación porque la habían invadido los ingleses que se iban posesionando rápidamente de muchas ciudades y hacían grandes estragos.


A los catorce años la niña Juana empezó a sentir unas voces que la llamaban. Al principio no sabía de quién se trataba, pero después empezó a ver resplandores y que se le aparecían el Arcángel San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita y le decían: "Tú debes salvar a la nación y al rey".


Por temor no contó a nadie nada al principio, pero después las voces fueron insistiéndole fuertemente en que ella, pobre niña campesina e ignorante, estaba destinada para salvar la nación y al rey y entonces contó a sus familiares y vecinos. Las primeras veces las gentes no le creyeron, pero después ante la insistencia de las voces y los ruegos de la joven, un tío suyo se la llevó a donde el comandante del ejército de la ciudad vecina. Ella le dijo que Dios la enviaba para llevar un mensaje al rey. Pero el militar no le creyó y la despachó otra vez para su casa.

Sin embargo unos meses después Juana volvió a presentarse ante el comandante y este ante la noticia de una derrota que la niña le había profetizado la envió con una escolta a que fuera a ver al rey.

Llegada a la ciudad pidió poder hablarle al rey. Este para engañarla se disfrazó de simple aldeano y colocó en su sitio a otro. La joven llegó al gran salón y en vez de dirigirse hacia donde estaba el reemplazo del rey, guiada por las "voces" que la dirigían se fue directamente a donde estaba el rey disfrazado y le habló y le contó secretos que el rey no se imaginaba. Esto hizo que el rey cambiara totalmente de opinión acerca de la joven campesina.

Ya no faltaba sino una ciudad importante por caer en manos de los ingleses. Era Orleans. Y estaba sitiada por un fuerte ejército inglés. El rey Carlos y sus militares ya creían perdida la guerra. Pero Juana le pide al monarca que le conceda a ella el mando sobre las tropas. Y el rey la nombra capitana. Juana manda hacer una bandera blanca con los nombres de Jesús y de María y al frente de diez mil hombres se dirige hacia Orleans.

Animados por la joven capitana, los soldados franceses lucharon como héroes y expulsaron a los asaltantes y liberaron Orleans. Luego se dirigieron a varias otras ciudades y las liberaron también.

Juana no luchaba ni hería a nadie, pero al frente del ejército iba de grupo en grupo animando a los combatientes e infundiéndoles entusiasmo y varias veces fue herida en las batallas.

Después de sus resonantes victorias, obtuvo Santa Juana que el temeroso rey Carlos VII aceptara ser coronado como jefe de toda la nación. Y así se hizo con impresionante solemnidad en la ciudad de Reims.

Pero vinieron luego las envidias y entonces empezó para nuestra santa una época de sufrimiento y de traiciones contra ella. Hasta ahora había sido una heroína nacional. Ahora iba a llegar a ser una mártir. Muchos empleados de la corte del rey tenían celos de que ella llegara a ser demasiado importante y empezaron a hacerle la guerra.

Faltaba algo muy importante en aquella guerra nacional: conquistar a París, la capital, que estaba en poder del enemigo. Y hacia allá se dirigió Juana con sus valientes. Pero el rey Carlos VII, por envidias y por componendas con los enemigos, le retiró sus tropas y Juana fue herida en la batalla y hecha prisionera por los Borgoñones.

Los franceses la habían abandonado, pero los ingleses estaban supremamente interesados en tenerla en la cárcel, y así pagaron más de mil monedas de oro a los de Borgoña para que se la entregaran y la sentenciaron a cadena perpetua.

Los ingleses la hicieron sufrir muchísimo en la cárcel. Las humillaciones y los insultos eran todos los días y a todas horas, hasta el punto que Juana llegó a exclamar: "Esta cárcel ha sido para mí un martirio tan cruel, como nunca me había imaginado que pudiera serlo". Pero seguía rezando con fe y proclamando que sí había oído las voces del cielo y que la campaña que había hecho por salvar a su patria, había sido por voluntad de Dios.

En ese tiempo estaba muy de moda acusar de brujería a toda mujer que uno quisiera hacer desaparecer. Y así fue que los enemigos acusaron a Juana de brujería, diciendo que las victorias que había obtenido era porque les había hecho brujerías a los ingleses para poderlos derrotar. Ella apeló al Sumo Pontífice, pidiéndole que fuera el Papa de Roma el que la juzgara, pero nadie quiso llevarle al Santo Padre esta noticia, y el tribunal estuvo compuesto exclusivamente por enemigos de la santa. Y aunque Juana declaró muchas veces que nunca había empleado brujerías y que era totalmente creyente y buena católica, sin embargo la sentenciaron a la más terribles de las muertes de ese entonces: ser quemada viva.

Encendieron una gran hoguera y la amarraron a un poste y la quemaron lentamente. Murió rezando y su mayor consuelo era mirar el crucifijo que un religioso le presentaba y encomendarse a Nuestro Señor. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción y pronunciando por tres veces el nombre de Jesús, entregó su espíritu. Era el 29 de mayo del año 1431.


Tenía apenas 19 años. Varios volvieron a sus casas diciendo: "Hoy hemos quemado a una santa". 23 años después su madre y sus hermanos pidieron que se reabriera otra vez aquel juicio que se había hecho contra ella. Y el Papa Calixto III nombró una comisión de juristas, los cuales declararon que la sentencia de Juana fue una injusticia. El rey de Francia la declaró inocente y el Papa Benedicto XV la proclamó santa.

Juana de Arco: hoy más que nunca, concédenos un gran amor por nuestra patria. Amén







Fuentes:
Iluminación Divina
Santoral católico
Ángel Corbalán

lunes, 21 de febrero de 2011

Bienvenidos los que trabajan por la Paz y la justicia!!! (Oración al Altísimo)


Hay personas envidiosas porque otras hacen el bien. ¡Qué torpeza! Lo que importa es que el bien sea hecho y no importa quién sea el autor. Demos una cálida bienvenida a todas aquellas personas que trabajan por la paz y la justicia, que se preocupan por el bienestar de los ancianos y enfermos, que procuran un medio ambiente saludable.

Nuestra acogida no puede poner barreras en nombre de sus creencias o de su militancia política o de sus convicciones filosóficas. Recordemos las palabras de Jesús: “el que no está contra nosotros, está a favor nuestro”


ALABANZAS AL SANTÍSIMO

Tú eres el santo Señor Dios único, el que haces maravillas.
Tú eres el fuerte, tu eres el grande, tú eres el altísimo,
tú eres el rey omnipotente; tú Padre santo, rey del cielo y de la tierra.
Tú eres el trino y uno, Señor Dios de los dioses;
tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien,
Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría,
tú eres la humildad, tú eres la paciencia,
tú eres la belleza, tú eres la mansedumbre;
tú eres la seguridad, tú eres el descanso,
tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría,
tú eres la justicia, tú eres la templanza,
tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción.
Tú eres la belleza, tú eres la mansedumbre,
tú eres el protector, tú eres nuestro custodio y defensor;
tú eres la fortaleza, tú eres el refrigerio.
Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestra fe,
tú eres nuestra caridad, tú eres toda nuestra dulzura,
tú eres nuestra vida eterna,
grande y admirable Señor,
Dios omnipotente, misericordioso Salvador.


INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO


Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles,
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu Creador
y renueva la faz de la tierra.

Oh Dios,
que has iluminado los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo;
haznos dóciles a sus inspiraciones
para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

ORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN:



Yo, pecador

Señor!. Cuando me encierro en mí, no existe nada: ni tu cielo y tus montes, tus vientos y tus mares; ni tu sol, ni la lluvia de estrellas.
Ni existen los demás, ni existes Tú, ni existo yo.
A fuerza de pensarme, me destruyo. Y una oscura soledad me envuelve,
y no veo nada y no oigo nada.


Cúrame, Señor, cúrame por dentro, como a los ciegos, mudos y leprosos, que te presentaban. Yo me presento.
Cúrame el corazón, de donde sale, lo que otros padecen y donde llevo mudo y reprimido El amor tuyo, que les debo.

Despiértame, Señor, de este coma profundo, que es amarme por encima de todo. Que yo vuelva a ver (Lc 18, 41) a verte, a verles, a ver
tus cosas a ver tu vida, a ver tus hijos....Y que empiece a hablar, como los niños, -balbuceando-, las dos palabras más redondas de la vida:

¡PADRE NUESTRO!

MONICIÓN AL EVANGELIO



Policarpo significa: el que produce muchos frutos de buenas obras. Este santo , según la tradición, tuvo el honor de ser discípulo de San Juan Evangelista. Hoy recordamos a este mártir del siglo II que dio su vida por amor al Señor. Este es el culmen de la fertilidad, darlo absolutamente todo. Y esta semilla produce sus frutos.

Darnos, darnos, producir fruto, ser útiles a los demás, iluminar el entorno en el que habitamos cada jornada: nuestra casa, el trabajo, las personas que viven con nosotros, con las que nos cruzamos a diario. Cada día de nuestra vida tenemos ocasión de producir obras buenas, de dar frutos.

De nuevo el libro del Eclesiástico nos invita a saborear el don de la Sabiduría, don del Espíritu Santo que Dios da a quien se la pide. Sabiduría que instruye, estimula y guía. “Mucha paz tienen los que aman tus leyes Señor” reza la antífona del salmo que hoy nos propone la liturgia.

REFLEXIÓN.


¿Qué lugar ocupa el Espíritu Santo en tu vida?
¿Cómo se presentan estas tentaciones en nuestra vida cristiana?
¿Qué rasgos tiene la nueva humanidad que propone Jesús?


Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,38-40):

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.»


Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.»



Palabra del Señor





COMENTARIO.


“¿Qué más da que no sea de los nuestros si hace el bien?”



Jesús reprende el partidismo de sus discípulos, pues todo aquel que realmente hace el bien y vive en la clave del amor, está muy cerca de Dios.

¡Cuánto tenemos que aprender en nuestras comunidades, parroquias, congregaciones, movimientos…, de los conflictos inútiles y desgaste de energías con los que perdemos el tiempo!... porque estos hicieron, porque aquellos han dicho, porque…, todo fruto de los celos, envidias, deseos de juzgar y etiquetar… ¡No! Nunca rivalicemos ni excluyamos a aquellos que hacen el bien y que van con buena intención aunque no sean de los nuestros. Jesús nos invita a sumar, no a restar.

No seamos nosotros los que pongamos freno a la acción del Espíritu que se vale de múltiples hermanos y signos para realizar la obra de Dios.


PRECES


Al caer la tarde tu Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
-acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.

Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.

Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.

Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.

Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.

Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.

Señor Jesús, que en tu peregrinar por los caminos de Palestina, has elegido y llamado a tus apóstoles para que sean pescadores de hombres,
- haz que en todas las actividades de la Pastoral juvenil y vocacional de nuestra Diócesis sean numerosos los frutos que se recojan para mayor gloria de tu Nombre.


Altísimo Señor, baja a escucharnos con la bondad que te distingue,
- Para que todos los sacerdotes y en especial nuestro párroco el padre José Carlos ,sientan cercana en todo instante la especial protección de María Santísima particularmente en los instantes de sus desconsuelos y soledades en el ejercicio de sus misiones.

Padre, acoge estas súplicas que, en este comienzo de cuaresma elevamos a Ti.
- haz que estos días que hoy comenzamos sean de provecho para cada uno de nosotros y de toda tu Iglesia. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.
Amen.

ORACIÓN FINAL: CONVERSIÓN TOTAL



Sé que algo me estás pidiendo, Señor Jesús.
Tantas puertas abiertas de un solo golpe.
El panorama de mi vida ante mis ojos:
No como en un sueño.

Sé que algo esperas de mí, Señor,
Y aquí estoy,
al pie de la muralla: todo está abierto,
sólo hay un camino libre,
abierto al infinito, el absoluto.

Pero yo no he cambiado, a pesar de todo.
Tendré que tomar contacto
contigo, Señor; buscaré tu compañía,
aún por largo tiempo.
Para morir, pero entonces enteramente.

Como esos heridos que sufren, Señor:
te pido que acabes conmigo.
Estoy cansado de no ser tuyo, de no ser Tú.

AVE MARIA Y GLORIA










Fuentes:
Iluminación Divina.
Juan Lozano cmf.
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad

miércoles, 17 de febrero de 2010

IMPULSADOS Y ALENTADOS POR EL ESPÍRITU !!!!!!

CARTA PASTORAL

CUARESMA 2010




Mis queridos diocesanos:

Un año más, al celebrar la Santa Cuaresma, escucho la poderosa llamada de Dios que me urge de nuevo a la fidelidad a su palabra y a su amor, y como Pastor de esta Iglesia que peregrina hacia el Reino en Cádiz y Ceuta, siento la necesidad de invitaros a todos vosotros presbíteros, religiosos, religiosas, diáconos, seminaristas, laicos, personas consagradas, vírgenes consagradas y monjas de clausura, para que juntos respondamos a la voluntad amorosa del Señor, que quiere purificar el rostro de nuestra Iglesia y convertirla en instrumento más dócil y eficaz de su solicitud para todos los hombres.

1. Tiempo de purificación

La Cuaresma es un tiempo especial de gracia en el que Dios llama a todo su pueblo para que se deje purificar y santificar por su Salvador y Señor. Por mi parte, como uno más, y como el apóstol san Pablo, tengo que confesar que todavía no estoy del todo vuelto a Jesús. El Papa nos invita en esta Cuaresma de 2010 a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas, y nos ofrece una magnífica reflexión sobre el vasto tema de la justicia (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma de 2010). En este sentido, el pueblo cristiano, movido sin duda por el Espíritu, ha vivido siempre este tiempo fuerte del año litúrgico, como un tiempo de conversión interior, como un vuelco del corazón, como una vuelta a Jesús.

Este año la Cuaresma coronará el Año Sacerdotal, dedicado a la valoración del sacerdocio y a la renovación interior. Este hecho constituye una recomendación, si cabe más apremiante, a no dejar pasar sin una reflexión más honda y sin un empeño más intenso la gran oportunidad que nos brinda la providencia de Dios a no recibir en vano la gracia de Dios (2 Cor 6, 1).

Por su mismo significado este tiempo cuaresmal evoca, con peculiar potencia, los aspectos más relevantes del Año Sacerdotal. El Año Sacerdotal constituye una llamada de gracia y hasta un desafío al hombre de hoy y a todos los creyentes, en palabras del Papa, para que comprendan más a fondo y valoren el ministerio sacerdotal, y se apropien de él en esta hora de gracia, en este momento del Espíritu, que nos habla así: Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación (2 Cor 6, 2).

2. Llamada a la conversión

El Año Sacerdotal, en palabras del Papa Benedicto XVI, comporta un compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, o lo que es lo mismo una llamada profunda a la conversión. Toda renovación interior comienza ineludiblemente por una actitud de sincera conversión. Este estado de permanente conversión es una característica de la Iglesia que es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación (LG 8). Esa deber ser también la actitud propia de sus hijos. De ahí la necesidad de estar atentos a las llamadas del Espíritu.

Os invito a estar abiertos a lo que el Espíritu dice a la Iglesia: Conozco tus obras, tu fatiga y tu paciencia; que no puedes soportar a los malvados y que has puesto a prueba a los que se dicen apóstoles y no lo son, y los encontraste mentirosos; que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre, sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y práctica las obras de antes (Ap 2, 2-5).

3. Renovación interior

Una conversión sincera no puede reducirse a un episodio pasajero, no es una torrentera que pasa; debe ser una renovación interior, que es lo que nos pide el Papa Benedicto en este Año Sacerdotal a todos.

La vida cristiana, tanto en el plano personal como colectivo, se ve expuesta con el peso del tiempo al decaimiento y al desgaste de las energías interiores, si no cuidamos de reponerlas. Necesitamos de momentos intensos de fortalecimiento espiritual. Es necesario aprovechar este tiempo propicio que es la Cuaresma para plantearse la disyuntiva de renovarse o morir.

Renovarse en cuanto al sentido de pecado, que fácilmente se pierde hoy, porque así se llega a la pérdida del sentido de Dios, al ateísmo encubierto y práctico, como una y otra vez nos advierten los Papas.

Renovarse, según el sentido evangélico, en lo que constituye el centro y la esencia del cristianismo, la caridad. Dios amado sobre todo, y el prójimo amado por Él, sin discriminaciones, refrescando nuestra existencia con una vida evangélica.

Renovarse, según la Palabra de Dios, como hijos de la Iglesia, en la fidelidad a las verdades del Magisterio, para mantener vivos y actuales los vínculos de comunión eclesial. Esta renovación interior, reclamada por el Año Sacerdotal y urgida ahora por la Cuaresma, reviste una particular importancia para todo el pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II enseña que la santificación de los presbíteros es condición indispensable para la renovación interna de la Iglesia.

4. La fuerza del Espíritu

Toda la actividad de Jesús de Nazaret se desarrolla bajo la presencia del Espíritu Santo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos (Lc 4, 18). Las palabras del profeta Isaías encuentran en Jesús su plena realización: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4, 21).

La unción y la misión del Espíritu abarcan todo el ser, toda la vida y la acción apostólica de Jesús. Él fue concebido, por obra del Espíritu Santo, de Santa María Virgen y en ese misterio de la encarnación han visto los Santos Padres la acción de su humanidad por el Espíritu, unción que después se va a manifestar en su bautismo en el Jordán, cuando el Espíritu Santo se pose sobre Él, y el mismo Espíritu que le ha ungido, le guíe al desierto, le conduzca a la actividad apostólica, le envíe a cumplir la misión para la que ha sido encomendado por el Padre. Y tras su muerte y resurrección Jesús concede a la Iglesia el don del Espíritu Santo, que desde Pentecostés la acompaña permanentemente.

Por eso, la Iglesia de todos los tiempos puede repetir las palabras del Señor en la sinagoga de Nazaret: Hoy se cumple esta Escritura. Se cumple cada vez que la unción del Espíritu consagra a los cristianos en el bautismo y la confirmación para el sacerdocio común de los fieles, y se cumple también cada vez que son ordenados nuevos candidatos para el sacerdocio ministerial por la unción del Espíritu mediante la imposición de las manos.

Todo es obra del Espíritu Santo: nuestra vocación, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, nuestra misión en la Iglesia. Es la misma fuerza e impulso del Espíritu Santo que actuó en Jesús y que ahora dinamiza a la Iglesia y la empuja a continuar, a través de los tiempos, la misión del Señor de anunciar el Evangelio, impulsados y animados por el Espíritu.

5. El Espíritu aviva la fe

La primera actividad del Espíritu en el corazón de los discípulos es ayudar a comprender, hacer que descubramos con fuerza la verdad de Dios, de Jesucristo, del mundo de la gracia y de la comunión.

La obra del Espíritu es mantener la actualidad permanente y universal de los hechos históricos de Jesús, y situarnos a nosotros ante la realidad actual y la potencia salvífica de estos hechos.

El primer ejercicio de esta Cuaresma es avivar nuestra fe, avivar en nosotros el encuentro con Dios, recibir esa iluminación interior que nos haga vivir en su presencia. Hacer que Dios y su obra sean de verdad algo real y verdadero para nosotros.

En la vida actual vivimos demasiado dispersos, demasiado acaparados por las cosas exteriores. Nos cuesta el silencio, el recogimiento, el asomarnos a la profundidad de la vida, del ser, de la historia y de la esperanza. Con frecuencia la imagen de Dios nos queda excesivamente lejana, difusa, palidecida, casi perdida.

La falta del ejercicio teologal de la fe nos hace inseguros en nuestras relaciones personales con Dios, desconfiados, recelosos, huidizos. En nuestro interior hay una especie de eclipse de Dios, como un poniente que nos lo oculta y con el desvanecimiento de Dios se oscurecen todas las demás cosas del mundo del Espíritu.

Si pretendemos vivir esta Cuaresma como un tiempo de renovación interior hay que comenzar por pedir al Espíritu Santo que restaure en nosotros la seguridad de la presencia de Dios, el gusto de la comunicación con Él, el gozo de su verdad y de su cercanía, la gloria de su gracia.

6. El Espíritu nos impulsa al amor a Dios y al hermano

La segunda actividad del Espíritu Santo en nosotros tiene que ser el amor de Dios y de las cosas diversas.

Hoy, en nuestro mundo religioso, hablamos poco del amor de Dios. Tenemos, a veces, mucha preocupación por inculcar a la gente el amor al prójimo, el servicio a los demás. Pero hablamos demasiado poco de Dios y casi nada del necesario amor de Dios, del derecho que Dios tiene a ser amado por nosotros, de nuestra necesidad de amor a Dios, de fijar nuestro corazón en Él para vivir en la verdad y situar nuestra voluntad desde el principio en las raíces del bien y de la felicidad.

El Espíritu Santo infunde en nuestros corazones el amor verdadero de Dios, ese amor que nos acerca, que nos hace complacernos en su presencia, descansar en su providencia porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se ha dado (Rm 5,5). Nosotros solos nunca podríamos alcanzar un amor verdadero de Dios como bien, como fuente de vida amable y deseable.

El Espíritu Santo nos hace vivir ante Dios como verdaderos hijos, pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rm 8, 16). Siempre nos resulta dificultoso vivir de verdad esta filiación. Ser hijos requiere vivir con comunicación real, cercana, confiada, amorosa, constante, obediente. Los cristianos no tenemos la sensación de vivir habitualmente en la casa del Padre llenos de felicidad. Vivimos más como siervos que como hijos, a la fuerza, malhumorados, midiendo y regateando lo que damos, comparándonos con los demás. Nos parecemos demasiado al hijo mayor de la parábola del Hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32).

En este momento podríamos muy bien recordar la oración de Charles de Foucauld: Padre mío, haz de mí lo que quieras...., pero no sería necesario, ya que tendría que ser más que suficiente la oración del Padrenuestro que Jesús mismo nos enseñó, rezada de verdad y desde un espíritu filial. No se puede rezar bien el Padrenuestro sin el acento filial de Jesús, obra del Espíritu Santo.


7. El Espíritu nos enseña a orar como conviene

Es el Espíritu Santo, con su iluminación y con la fuerza de su amor, quien nos tiene que ayudar a conseguir el gusto por la oración, la capacidad de quedarnos quietos en la cercanía de Dios, el realismo y la verdad de nuestra convivencia con el Señor.

La Cuaresma es preparación para celebrar la Pascua del Señor. Esta celebración supone certeza, seguridad, complacencia, amor y esperanza de la resurrección. ¿Cómo podríamos celebrar lo que no creemos firmemente, lo que no deseamos con verdad y claridad?

El Espíritu Santo es el que nos hace entrar en la intimidad de Dios, llamarle Padre, gemir en su presencia. Él viene constantemente en ayuda de nuestra oración (cf. Rm 8,26), oración de alabanza, de cercanía, de gozo en la comunión y en la esperanza de encontrarnos con Él en la gloria del cielo. Oración eclesial, comunitaria y litúrgica.

Tengamos presente el cuidado de nuestras eucaristías para que sean verdaderamente rezadas, celebradas y vividas en su presencia, junto al Cristo del calvario y de la gloria, con la Iglesia entera.

Hagamos el esfuerzo para que nuestras eucaristías sean estar entre los apóstoles junto a Jesús, en el cenáculo. Con Juan y María junto a la primera Misa de la Cruz.

8. El Espíritu Santo fuente de comunión, don y tarea

El Espíritu Santo es la fuente profunda de la comunión. Comunión de Cristo con el Padre, de los discípulos con Cristo, de los discípulos entre sí.

Trabajar por la Iglesia y por el Reino es trabajar en favor de la comunión integral, de la comunión interior y exterior. La comunión es don que hay que pedir y tarea que hay que desarrollar a lo largo de toda nuestra vida. Es fruto de la penitencia, de la conversión, de la comunión espiritual con el Señor y con el Dios vivo. La comunión espiritual y mística que crea el Espíritu tiene que hacerse visible y efectiva, tanto con los hermanos como con el conjunto de la Iglesia y de la humanidad (cf. 1 Co 12,13).

La comunión con los hermanos tiene que ser consecuencia, signo, ejercicio de nuestra comunión con Dios y con Cristo. Si estoy con Dios tengo que estar con estos hermanos en los que Dios está también, a los que Dios ama, a los que ha elegido para la misma misión que nosotros hemos recibido.

Si estamos con Cristo, ¿cómo no estar en comunión con el Papa y con el Obispo, con la tradición apostólica, con la Iglesia entera nacida de Cristo, por la que me llega su conocimiento y los dones de su Espíritu?

Vivir claramente la unidad. Vivir espiritualmente con Cristo implica vivir, también, históricamente con Él, mediante la comunión visible con quienes son la continuidad y la extensión visible de su propia humanidad.

9. El Espíritu nos invita a permanecer al servicio de los pobres

La vuelta a Dios, el acercamiento a la esperanza de la resurrección y de la vida eterna, la comunión eclesial y fraterna tienen que vivirse en el ejercicio de la caridad, en una solícita atención y en un servicio afectivo a las necesidades de los pobres, de quienes viven en dificultad por la enfermedad, por la edad, por las carencias o las deficiencias de cualquier género.


Los menos capacitados, los menos queridos, los menos tenidos en cuenta, los menos capaces llevan el sello del Hijo del hombre, son por eso mismo los católicos quienes, ante las dificultades reales para solucionar este problema, no podemos caer en el desánimo, pues tenemos la firme convicción de nuestra fe en la fuerza del Espíritu de Dios, que es el único capaz de transformar los corazones de piedra en corazones de carne, y dar vida a los huesos inanimados. Por ello, permitidme hermanos, que una cuaresma más os haga una llamada a la solidaridad con los parados.

Como nos enseñó el Concilio Vaticano II: el trabajo humano (...) es muy superior a los restantes elementos de la vida económica, pues éstos desempeñan sólo el papel de instrumentos (GS 67), y el trabajo hace posible que el hombre y la mujer se realicen a sí mismos, afirmen su responsabilidad, y se inserten en la sociedad para colaborar con Dios en el crecimiento de nuestro mundo, que Él conduce.

Sustraer de este derecho a las personas es un atentado a su dignidad. Por ello, la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres al trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos, y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad (Juan Pablo II, Carta Encíclica Laborem exercens, 1d).

El problema del paro y la situación económica es ingente, pero la fuerza del Espíritu de Dios es mayor. Llenos de este Espíritu, derramado por Cristo resucitado sobre sus discípulos, dejemos que actúe en nosotros, y nos ayude a tener una experiencia gozosa de fraternidad y solidaridad con todos los parados, preferidos de Dios, y ocasión para manifestar con ellos la verdad del amor gratuito de Dios que habita en la Iglesia por el Espíritu Santo.

Hoy nos encontramos con el hecho de la indiferencia de las personas y de las instituciones a la hora de hacer frente a la crisis económica y del paro. El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma de 2010 ha propuesto una reflexión iluminadora sobre el tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3, 21-22).

La justicia distributiva -afirma el Papa- no proporciona al ser humano todo lo suyo que le corresponde. Éste, además del pan y más que el pan, necesita a Dios (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma de 2010).

El Papa observa la tentación permanente del hombre y de las ideologías modernas: Dado que la injusticia viene de fuera, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar -advierte Jesús- es ingenua y miope (Ibid.).

Para ello, el Papa hace caer en la cuenta de que la injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. (...) Es el egoísmo, consecuencia de la culpa original (Ibíd.).

Y el Papa se pregunta: ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor? (Ibíd.).

Hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo mío, para darme gratuitamente lo suyo. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia más grande, que es la del amor (cf. Rm 13, 8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar (Ibíd.).

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor (Ibíd.).

En esta Cuaresma tenemos que dedicar tiempo a estar con ellos, a atenderlos, a aliviar sus necesidades, a hacerlos sentir el amor gratuito de Dios, a hacer de verdad con ellos la realidad de la vida eterna que queremos acercar y adelantar por los ejercicios de la Cuaresma. Esto entra también en la realidad de las celebraciones pascuales.

Si vivimos la Cuaresma el mundo tendrá que ser más celestial, a partir de unas celebraciones pascuales sinceras y eficaces. Una Iglesia, más Reino de Dios, con menos fronteras entre este mundo y el otro, menos silencio y oscurecimiento de Dios, de gloria de su gracia, menos distancias para el triunfo del cordero. Todo se resume en la oración del Apocalipsis: El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! (Ap 22, 17).

10. El Espíritu nos alienta a vivir una Cuaresma misionera y evangelizadora

Si vivimos de verdad la Cuaresma fácilmente sabremos transmitir a los demás el mensaje de este tiempo de gracia y de renovación. Si no lo vivimos personalmente difícilmente podremos fingirlo por mucho tiempo.

Durante esta Cuaresma de 2010 no se trata de hacer más cosas, sino de hacerlas mejor. Intentemos, pues, hacerlo todo con más verdad, con más inspiración, en una palabra, con más espíritu, con más sintonía profunda con Jesús.

El Espíritu Santo es siempre el motor de la misión de la Iglesia. En el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos la presencia y la actuación del Espíritu en el origen de cada una de las empresas misioneras de los discípulos, Pedro, Andrés, Esteban, Pablo (Hch 8, 14; 11, 19-30; 19, 1-7).

Esta Cuaresma que queremos que sea del Espíritu Santo, tiene que ser, también, la Cuaresma que nosotros ofrezcamos y proclamemos en la Iglesia misionera y evangelizadora. Pensemos, ante todo, que el Espíritu Santo está presente y actuando en nuestro mundo, suscitando la memoria de Jesús y preparando los corazones para que entiendan y acepten su palabra. La creación entera gime y sufre con dolores de parto hasta el momento presente. Y no solo ella, sino que nosotros, que poseemos ya los primeros frutos del espíritu, también gemimos aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo (Rm 8, 22-23).

Una Cuaresma misionera y evangelizadora requiere que cuidemos los modos y contenidos de la predicación, animados por el Espíritu. Tiene que haber, más predicación y una predicación diferente por el tono, el sentimiento, los contenidos, las exhortaciones. Más que nunca: convertíos y reconciliaos con Dios (cf. 2 Cor 5, 20).

Una Cuaresma misionera y evangelizadora postula unas celebraciones de la penitencia más frecuentes, más comunes, más apremiantes. Celebraciones no sacramentales que desarrollen el espíritu de penitencia y arrepentimiento, y que preparen para vivir personalmente la celebración sacramental del perdón.

Una Cuaresma misionera y evangelizadora pide intensificar la oferta de las celebraciones sacramentales personales, rememorando el procedimiento según lo tiene establecido y recomendado la Santa Madre Iglesia. No confesiones de rutina, sino confesiones que sean una verdadera celebración de conversión, de vuelta a la casa del Padre, o de vuelta al fervor de la verdadera fidelidad y del primer amor.

Una Cuaresma misionera y evangelizadora exige esa misma oferta en la vivencia de la comunión, sus celebraciones, visitas, servicios, ejercicios de caridad, en las residencias, en las casas o barrios de los necesitados, y así plantearlos como ejercicios de la cuaresma, así habrá quien se apunte para el servicio de visitar a los enfermos, en sus casas, en los hospitales, quien se encargue de hacer una presencia especial de atención y servicio en las casas y barrios de los marginados, de los pobres, en las cárceles, etc.

Os invito a seguir trabajando y reflexionando, con la fuerza del Espíritu Santo, en el objetivo pastoral diocesano sobre la Parroquia misionera y evangelizadora. Me consta que lo estáis haciendo así en muchos grupos parroquiales. Entre todos, y en cada parroquia en particular, encontraremos los caminos para que seamos auténticos misioneros y evangelizadores en la sociedad concreta de hoy.

Considero que entonces el resultado de nuestra cuaresma, personal y ministerial, tiene que ser la manifestación del hombre del Espíritu, con un estilo nuevo de vida evangélica que podríamos describirlo siguiendo las sugerencias del apóstol san Pablo en la carta a los Romanos (cf. Rm 12, 12 ss):

* Hombre libre de las esclavitudes interiores y exteriores.

* Libre para amar, para creer, para servir, para esperar.

* Con sencillez y humildad.

* Con intimidad e intensidad.

* Con gozo y alegría en la esperanzas.

* Con paciencia frente a las tribulaciones.

* Con perseverancia en la oración, en la fe, en el amor.

* Cogidos y colgados de la mano del Señor.

* Para poder llegar a ser testigos permanentes.

* Con la palabra, con el consejo y con las obras.

* Verdaderos signos vivientes de la presencia del Señor en medio de su pueblo.

Los hombres y mujeres de espíritu son los que perpetúan en el mundo la vida de Jesús, su experiencia filial, su lucha contra el poder y las fuerzas del mal, su anuncio y realización del Reino, en continuidad con la verdad de la resurrección de Jesús, detrás del cual está la verdad del amor y de la gracia de Dios que nos conduce hasta la verdad de sus promesas.

11. Conclusión

Siguiendo el esquema del evangelio (cf. Mt 6, 1-18) y de la liturgia del miércoles de ceniza que celebramos al inicio de la cuaresma, os sugiero como resumen de esta carta pastoral, algunas propuestas para esta Cuaresma de 2010:

Con la limosna entregamos lo que se le debe al que no tiene. Nuestra solidaridad durante cada día de la cuaresma se podría concretar, como ya se hace en muchas comunidades, depositando en una hucha familiar aquello que después vamos a entregar a Cáritas el día del Jueves Santo. Las Cáritas de la Diócesis han atendido durante el año 2009 a unas 6000 familias, que supone un total de casi 20.000 personas.

En cuanto a la oración os sugiero que dediquéis un tiempo diario a la oración personal. Para ello habría que dedicar también un lugar y un espacio en los templos debidamente conocido por los fieles. En este Año Sacerdotal se debería instituir los jueves sacerdotales para rezar por los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales y religiosas. Además de las celebraciones comunitarias de la penitencia habría que facilitar un tiempo concreto y amplio a los fieles, durante la cuaresma, para que tengan la posibilidad de ser atendidos personalmente.

Con el ayuno se nos invita a privarnos de algunas cosas a favor de los demás: ayunando de horas de televisión y dedicando el tiempo a una buena lectura, a la visita de enfermos o al diálogo en familia, y dedicando aquello que sería un gasto innecesario o superfluo a las necesidades de los más desfavorecidos.

La mayoría de estas propuestas sé que se realizan en las comunidades parroquiales y religiosas, pero os las recuerdo y os pido que las intensifiquéis con ilusión y entrega, siguiendo el consejo de Jesús en el evangelio: tu Padre, que ve en lo secreto, te lo premiará (Mt 6, 4).

Finalmente, el Espíritu de Jesús es consolador y reconfortante, y tiene que serlo especialmente en tiempos de dureza y sequedad. San Pablo sitúa el gozo inmediatamente después del amor (Gal 5,22). Tenemos que ser capaces de vivir en nuestros tiempos con el gozo de la esperanza, en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios (LG 8).

Que Santa María, que acogió plenamente la Palabra bajo la acción del Espíritu Santo, nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu durante esta Cuaresma y siempre.

Reza por vosotros, os quiere y bendice,



+ Antonio Ceballos Atienza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Cádiz, 11 de febrero de 2010.