
Las lecturas de este domingo nos hablan del amor... del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo.En estos dos mandamientos se encierra la voluntad de Dios revelada en la Sagrada Escritura. Nuestra relación con Dios va en sentido vertical y nuestra relación con el prójimo va en sentido horizontal, como formando una cruz, en la cual uno y otro eje son indispensables. No puede separarse uno del otro.
Como en otros domingos, en este, 30 del tiempo ordinario, nos acompañan las homilias de tres religiosos que nos acercan la explicación de La Palabra de Dios, a través del Evangelio de San Mateo.
El Mandamiento principal

El constructor elige a conciencia los elementos de su construcción. Donde se espera una obra de dimensiones, se anticipan materiales fuertes y de consistencia, no sea que, eligiendo otros menos resistentes por buscar ahorro, provoquen la ruina del edificio.La Ley los Profetas también pedían para sí material de calidad. Era mucho lo que tenían que sostener y encumbrar, para gloria de Dios. No valía abaratar en materiales; al contrario, la importancia del acontecimiento empujaba a encontrar la mayor calidad, el más alto nivel, lo mejor. En su experiencia religiosa el Pueblo de Israel había hallado con fruto el empeño de buscar la mejor materia de construcción para el edificio humano: el amor. ¿Amor a quién? un texto fundamental judío que el creyente piadoso rezaba cada día comenzaba haciendo memoria del amor a Dios y decía: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas...” (Dt 6,5). Otro pasaje de la Escritura se detenía en el amor al cercano, concretamente al israelita: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Jesús arrima los dos mandamientos de amor sin esfuerzo, porque Él ya es el cumplimiento de ambos. Habrá que entender ahora qué significa amar en cada uno de esos dos objetos.
1. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo su ser.Dios equilibra todo amor y pacifica el interior, porque centra todos los afectos liberándolos de esclavitudes molestas. La enumeración de corazón, alma, ser parece que señala un itinerario de progreso desde lo grande hasta lo mayor. Sentimientos, pensamientos, voluntad, la misma libertad han de estar centradas y entregadas a Dios. En el amor a Dios, fuente de amor, uno aprende a amar todo lo demás.



LO PRIMERO

La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».

Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.
Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?
El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?
El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.
En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.
Lectura del santo evangelio según San Mateo (22,34-40):

Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»
Palabra del Señor
COMENTARIO.
Amor a Dios y a los hombres.

El equilibrio espiritual de la persona, el compromiso de la fe estriba en mantener en alto y al unísono, en primer lugar, el amor trascendente (dimensión vertical) que nos dirija a un encuentro personal con Dios desde el silencio interior, la oración sostenida como alabanza, acción de gracias y súplica, la recepción activa de los sacramentos y la experiencia de un Dios cercano que nos quiere y perdona y, en segundo lugar, la dimensión inmanente (horizontal) que nos conduzca hacia una sensibilidad y decisión profunda de espíritu de servicio, de aceptación y de entrega. Ambas dimensiones se complementan y se concretan cuando se fusionan y se viven en unidad. Si perdemos la dimensión trascendente por aumentar la inmanente podemos caer en un activismo filantrópico que nos desgasta ya que la fuente de Dios no tonifica nuestra vida y, viceversa, si amamos a Dios y nos olvidamos de los hombres desencarnamos nuestra fe, no aportamos nuestro granito de arena para que se vaya realizando en el mundo la civilización del amor.

En el mismo vivir de Dios está la dinámica de la entrega al otro. En el mismo servicio a Dios está el servicio al hermano. Debemos tender a amar a Dios en el hombre y amar al hombre en Dios.
Finalmente, no podemos olvidar un detalle que no debe pasar desapercibido “amar a Dios y a los demás como a nosotros mismos”. ¿Nos amamos realmente?; ¿crecemos en autoestima y en aceptación personal?; ¿relativizamos nuestras preocupaciones para manejarlas con calma y optimismo?; ¿mantenemos el equilibrio necesario entre trabajo y descanso para airear nuestro cuerpo y espíritu?; ¿valoramos las cosas sencillas de la vida?. Muchas preguntas más, de parecido estilo, pueden inundar nuestra mente y todas desembocan en la misma idea: no podremos amar ni a Dios ni a los hombres si primero nuestra mente y nuestro corazón no están en sintonía con nuestro propio yo.
Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
Pedro Guillen Goñi, C.M.
José A. Pagola.
Ángel Corbalán
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