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domingo, 27 de febrero de 2022

«El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy hay sed de Dios, hay frenesí por encontrar un sentido a la existencia y a la actuación propias. El boom del interés esotérico lo demuestra, pero las teorías auto-redentoras no sirven. A través del profeta Jeremías, Dios lamenta que su pueblo haya cometido dos males: le abandonaron a Él, fuente de aguas vivas, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jer 2,13).

Hay quienes vagan entre medio de pseudo-filosofías y pseudo-religiones —ciegos que guían a otros ciegos (cf. Lc 6,39)— hasta que descorazonados, como san Agustín, con el esfuerzo proprio y la gracia de Dios, se convierten, porque descubren la coherencia y trascendencia de la fe revelada. En palabras de san Josemaría Escrivá, «La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen».





Benedicto XVI iluminó muchísimos aspectos de la fe con textos científicos y textos pastorales llenos de sugerencias, como su trilogía "Jesús de Nazaret". He observado cómo muchos no-católicos se orientan en sus enseñanzas (y en las de san Juan Pablo II). Esto no es casual, pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, no hay árbol malo que dé fruto bueno (cf. Lc 6,43).

Se podrían dar grandes pasos en el ecumenismo, si hubiere más buena voluntad y más amor a la Verdad (muchos no se convierten por prejuicios y ataduras sociales, que no deberían ser freno alguno, pero lo son). En cualquier caso, demos gracias a Dios por esos regalos (Juan Pablo II no dudaba en afirmar que Concilio Vaticano II es el gran regalo de Dios a la Iglesia en el siglo XX); y pidamos por la Unidad, la gran intención de Jesucristo, por la que Él mismo rezó en su Última Cena.

 


EVANGELIO: Lc 6, 39-45

 




De lo que rebosa el corazón habla la boca

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Palabra del Señor.

 

 

 

COMENTARIO

 


En el Evangelio de hoy (Lc 6, 39-45), continuamos con el Sermón de la Montaña, según lo reseña San Lucas.

 

Luego de las Bienaventuranzas y del mandato de amar a los enemigos y de responder con el bien a los que nos hacen daño, el Señor parece cambiar de tema con una pregunta que es una alerta:  “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. 

 

No es que ha cambiado de tema, sino que también había dicho -según lo reseña San Mateo el mismo Sermón de la Montaña- que los discípulos de Cristo deben ser “luz del mundo” (Mt 5, 14).  Y no puede alguien alumbrar a otros si no tiene luz.  Por eso el Señor habla de un ciego guiando a otro ciego. 

 

Y ¿cómo dejamos de ser ciegos para ver bien?  La luz que necesita el cristiano es la que nos da Jesús con sus enseñanzas.  Y si aceptamos esas enseñanzas y las seguimos con docilidad, ellas mismas nos quitan nuestra ceguera y también iluminan a otros ciegos.  ¿Quiénes son esos ciegos?  Aquéllos que no pueden ver la importancia de seguir esas enseñanzas y aquéllos que no quieren seguirlas.

 

Por eso continúa Jesús:  “No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro”.  Es decir, el discípulo que se deja formar por Cristo y que asume y practica sus consejos y enseñanzas puede comenzar a parecerse a su Maestro.  Y sólo así podrá ser esa luz para los demás, esa guía luminosa que atrae a otros, porque quien los atrae es la misma Luz que es Cristo, el Maestro.

 


Ahora bien, esto requiere continua conversión de parte del seguidor de Cristo.  Y ¿en qué consiste esa conversión?  En reconocer los propios pecados y defectos, para no caer en el absurdo que Jesús plantea enseguida:  “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?”.


Entonces, para poder guiar hay que ser luz.  Y no se es luz cuando se anda cargado de pecados y defectos.  Y –peor aún- sintiéndose con derecho de acusar y reclamar a otros sus defectos y pecados, cuando tal vez los nuestros son mucho mayores.

 

A esos atrevidos Jesús los acusa con una palabra bien fuerte que Él usaba contra los Fariseos:  “¡Hipócrita!”  Y luego el mandato:  “Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.”

 

Y para que nos sirviera de instrospección a ver si somos luz, y también  para reconocer a los que pueden guiar –porque son luz- Jesús presenta una característica a observar:  “cada árbol se conoce por su fruto”.  Por sus frutos los conoceremos -y también podemos conocernos nosotros mismos- “pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno”.

 


Y los frutos no tienen que ser obras grandiosas u obras físicas que se vean –aunque pudieran también serlo.  Los principales frutos son los que salen del interior de la persona, comenzado por los llamados Frutos del Espíritu:  “caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5, 22-23).

 

Y Jesús da más detalles:  “El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal”.  Los frutos de cada persona –si es que no se ven a simple vista, porque los trata de esconder- en algún momento salen de su boca, sean buenos o sean malos, “porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

 

Notamos también que Jesús tuvo que recalcar esta verdad en posteriores ocasiones:  «Lo que hace impura a la persona es lo que ha salido de su propio corazón.  Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos,  infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral.  Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona.» (Mc 7, 21-23 y Mt 15,18- 19)

 

Y es que esta idea ya la esbozaba el Antiguo Testamento en el Libro del Eclesiástico o Sirácide, la cual encontramos en la Primera Lectura (Ec 27, 4-7):  “El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona”.  El Eclesiástico también nos daba el mismo consejo que Jesús luego replantea en el Sermón de la Montaña: “La persona es probada en su conversación … No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona”.

 

De allí la importancia de cultivar virtudes en nuestro interior, como el buen cuido que se le da a las plantas y árboles.  ¿Cómo hacerlo?  Cristo nos dejó la guía en Su Palabra y la ayuda en Su Iglesia.  En la Iglesia tenemos los Sacramentos, concretamente la Confesión y la Comunión, como auxilios indispensables para alimentar el corazón.

 


Tenemos, además, la oración: tremendo privilegio de contar con que podemos hablar a Dios en cualquier momento que se nos ocurra, con la seguridad de que Él nos escucha.  Ahora bien, que Dios escuche no significa que responde de inmediato y siempre positivamente a nuestras peticiones.  Su respuesta puede ser “sí”, “no” o “aún no”.  Además, la oración no es sólo pedir.  Orar es alabar a Dios por sus infinitos atributos, tales como Su Omnipotencia, Perfección, Bondad y Misericordia.  Orar es también agradecerle por todos sus favores.  Orar es pedirle perdón por nuestras faltas.  Orar es mucho más que sólo pedir y pedir.

 

La oración y los Sacramentos van ayudándonos a transformar nuestro corazón pecador en un corazón que se vaya asemejando cada vez más al de Jesús…y al de Su Madre.

 

Y ese trabajo es obra de Dios, pero en ese trabajo divino, nuestra colaboración es indispensable, porque, como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (1ª Cor 15, 54-58):  “El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley”.  La tentación para pecar siempre está al acecho, es labor del Enemigo de Dios y Enemigo nuestro.  Y el pecado, si es continuado y empecinado, puede llevarnos a la muerte eterna.  Pero, de hecho, cada pecado mortal causa la muerte de la Vida de Dios en nuestra alma, la cual podemos reparar ¡vaya privilegio! con el arrepentimiento y Confesión Sacramental.

 

Pero según dice San Pablo, la fuerza del pecado es la ley.  Se refería a los mandatos del Antiguo Testamento … pero también tenemos los mandatos y consejos de Cristo.  ¿Por qué la ley es la fuerza del pecado?  Porque al transgredir la Ley y los mandatos de Cristo, caemos en pecado.  De allí que San Pablo diga que la fuerza del pecado radica en la Ley.

 

Entonces, el trabajo de cultivar nuestro interior para ser luz y dar buenos frutos es un trabajo continuado y persistente, que termina sólo cuando pasemos el umbral de la muerte.  Se trata de ser perseverantes hasta el final.  Y San Pablo nos anima: “Manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor”.

 


Eso sí, tampoco engañarnos con creer que es obra nuestra el cultivo de nuestro corazón:  ¡es obra de Dios!  Por eso concluye San Pablo: “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”!

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

 

 

 

domingo, 29 de septiembre de 2019

«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males» (Evangelio Dominical)





Hoy, Jesús nos encara con la injusticia social que nace de las desigualdades entre ricos y pobres. Como si se tratara de una de las imágenes angustiosas que estamos acostumbrados a ver en la televisión, el relato de Lázaro nos conmueve, consigue el efecto sensacionalista para mover los sentimientos: «Hasta los perros venían y le lamían las llagas» (Lc 16,21). La diferencia está clara: el rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas.

La situación de igualdad llega enseguida: murieron los dos. Pero, a la vez, la diferencia se acentúa: uno llegó al lado de Abraham; al otro, tan sólo lo sepultaron. Si no hubiésemos escuchado nunca esta historia y si aplicásemos los valores de nuestra sociedad, podríamos concluir que quien se ganó el premio debió ser el rico, y el abandonado en el sepulcro, el pobre. Está claro, lógicamente.


                     




La sentencia nos llega en boca de Abraham, el padre en la fe, y nos aclara el desenlace: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males» (Lc 16,25). La justicia de Dios reconvierte la situación. Dios no permite que el pobre permanezca por siempre en el sufrimiento, el hambre y la miseria.

Este relato ha movido a millones de corazones de ricos a lo largo de la historia y ha llevado a la conversión a multitudes, pero, ¿qué mensaje hará falta en nuestro mundo desarrollado, hiper-comunicado, globalizado, para hacernos tomar conciencia de las injusticias sociales de las que somos autores o, por lo menos, cómplices? Todos los que escuchaban el mensaje de Jesús tenían como deseo descansar en el seno de Abraham, pero, ¿cuánta gente en nuestro mundo ya tendrá suficiente con ser sepultados cuando hayan muerto, sin querer recibir el consuelo del Padre del cielo? La auténtica riqueza es llegar a ver a Dios, y lo que hace falta es lo que afirmaba san Agustín: «Camina por el hombre y llegarás a Dios». Que los Lázaros de cada día nos ayuden a encontrar a Dios.




Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):



                                 






En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor




COMENTARIO



                                          




En este Domingo el Señor nos vuelve a hablar -ampliando un poco más el tema del Domingo anterior- de los bienes espirituales y de los bienes materiales, de lo celestial y de lo terreno, de lo temporal y de lo eterno.

Contienen las Lecturas de hoy una grave advertencia para los que vivimos apegados a los bienes materiales, olvidándonos de compartirlos con los que carecen de esos bienes.  Traen -por lo tanto- un llamado al ejercicio de la caridad, en su aspecto de compartir con los demás.

El Evangelio (Lc. 16, 19-31) nos trae la Parábola narrada por el Señor de un hombre muy, muy rico, que vivía en medio de muchos lujos y bienes superfluos, y que no era capaz de ver la necesidad de un pobre que siempre estaba en la puerta de su casa.

Y sucede que ambos personajes mueren.  Nos dice el Evangelio que el pobre fue llevado por los Ángeles al “seno de Abraham”.  Así se nombraba el lugar donde iban los muertos antes de que Cristo muriera, resucitara y abriera las puertas del Cielo.  Es decir que el destino del mendigo Lázaro fue de felicidad eterna.

¿Qué sucedió con el rico?  Nos dice el Evangelio que fue al “lugar de castigo y de tormentos”.  Es decir, el destino del rico egoísta fue de condenación eterna.


                                           




Pero debemos ver bien ...  No nos dice el texto que el rico fue al Infierno por ser rico.  No ...  El rico fue al Infierno por ser egoísta, por no saber compartir, por no tener compasión de los necesitados, por no usar bien su dinero, por usar su dinero solamente para sus lujos.  Esto quiere decir que la riqueza en sí no es un pecado.  El pecado consiste en no usar rectamente los bienes que Dios nos da.  El pecado consiste en no saber compartir los bienes que Dios nos da.

La Primera Lectura del Profeta Amós (Am. 6, 1.4-7) describe a los que viven en medio de lujos y excesos, a espaldas de las necesidades de los demás.   Reprende seriamente a “los que no se preocupan por las desgracias de sus hermanos”.  El Profeta advierte claramente sobre el destino de los que así se comportan.  Dice así: “Por eso irán al destierro”.

Y ¿qué es el “destierro”?  Aunque esta profecía del destierro se cumplió para el pueblo de Israel treinta años después, a causa de su decadencia moral, el “destierro” tiene un sentido espiritual más amplio para nosotros hoy en día:  es el mismo lugar de tormentos al que fue el rico del Evangelio, el Infierno.

El Infierno viene nombrado muchas veces en la Sagrada Escritura.  Es uno de los Dogmas de nuestra Fe Católica que más veces se nombra en la Biblia con diferentes nombres, como hemos visto en estas Lecturas de hoy.  Por cierto, es bueno insistir que el Infierno -al igual que el Cielo y el Purgatorio- son Dogmas de Fe; es decir: son de obligatoria creencia por parte de todos los Católicos.


                                           




Fíjense que en este texto evangélico vemos al mismo Jesucristo hablarnos del Infierno, y hablarnos también de la posibilidad que tenemos de condenarnos para siempre, si no obramos de acuerdo a la Voluntad de Dios.  En el caso del rico de la parábola, se olvidó de la Voluntad de Dios y se regía sólo por sus apetencias.  Por eso falló en caridad, generosidad, compasión, y estuvo pendiente sólo de sus gustos y lujos, olvidándose de Dios y de los demás.

Decíamos que el Señor nos hablaba con su Palabra hoy sobre los bienes espirituales y los bienes materiales.  Respecto de los bienes materiales ya lo hemos expresado:  hay que saber c o m p a r t i r.  Hay que saber estar atentos a las necesidades de los demás.  Hay que saber ayudar a quien necesita ser ayudado.

Las Lecturas de hoy nos recuerdan que la búsqueda de bienes materiales podría más bien alejarnos del camino del Cielo.  La búsqueda de bienes materiales podría alejarnos de lo que San Pablo nos recuerda en la Segunda Lectura (1 Tim. 6, 11-16): “la conquista de la vida eterna a la que hemos sido llamados”.  La búsqueda de bienes materiales nos puede cegar, haciéndonos creer que el dinero y las cosas que con el dinero conseguimos, es lo único verdaderamente importante y necesario.  Y no es así.

Debemos recordar que los bienes verdaderamente importantes son los bienes espirituales.  Estos son los bienes que no se acaban.  Son los que realmente debemos buscar.  Son los que nos aseguran la conquista de la vida eterna, de que nos habla San Pablo hoy.

Y ¿cuáles son esos “bienes espirituales?  Son todas aquellas cosas relacionadas con la vida espiritual.  No basta solamente evitar el pecado.  No basta solamente venir a Misa los Domingos, que es un precepto indispensable de cumplir.


                                      




En la Misa, además, nos nutrimos de la Palabra de Dios, de la enseñanza en la Homilía, nos nutrimos también de Dios mismo al recibirlo en la Comunión.  Pero eso no basta.  Es necesario ir creciendo en las virtudes, tratar de ser cada vez mejores, especialmente a través de la oración frecuente.  Aprovechando todas estas gracias, vamos procurándonos “bienes espirituales”.

Volvamos -entonces- al relato del Evangelio, que tiene dos partes bien diferenciadas.  Vemos que en la primera parte el Señor nos describe cómo debe ser el uso de los bienes materiales y las consecuencias que puede tener el usarlos mal.

La segunda parte nos describe lo que es la eternidad, lo que es la otra vida.  La primera cosa que debemos observar en el relato hecho por el mismo Jesucristo es que, después de la muerte, hay salvación o hay condenación.

No nos habla Jesucristo de nada que se parezca a la re-encarnación, ese mito nefasto que se nos ha estado metiendo aún entre los Católicos.  Sepamos que es verdad de fe que se vive en esta tierra una sola vez y que después de esta vida terrenal hay o condenación, o salvación, y que podemos salvarnos yendo directamente al Cielo o pasando primero una etapa de purificación en el Purgatorio, para luego ir al Cielo.

Sigue relatando el Señor en esta parábola que el rico pide desde su lugar de tormentos al menos una gota de agua para refrescarse de las llamas que lo torturan.  Y Abraham le responde que eso no es posible, que ya no hay remedio.  Es una descripción de lo que es el Infierno:  es un lugar de tormentos y de fuego. Y además, sin remedio: quien llega allí ya no puede regresar.

Dice el texto: “entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”.  No estamos tratando de asustar.  Simplemente estamos extrayendo del Evangelio lo que el mismo Cristo contó a sus seguidores y que nos cuenta a nosotros, que somos sus seguidores de hoy.

Insiste el rico que al menos, entonces, envíe al pobre Lázaro a avisarle a sus familiares, para que ellos no acaben en ese lugar de tormentos.  Se le responde que ya Moisés y los Profetas han hablado sobre esto.


                                        




Sigue insistiendo el rico: “Pero si un muerto va a decírselos, entonces sí se arrepentirán”.  Y viene, entonces, la sentencia final del Señor: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas” -es decir, si no escuchan la Palabra de Dios- “ni, aunque un muerto resucite harán caso”.

Y ¿a qué muerto se refiere el Señor? ...  Se está refiriendo a El mismo.  Él nos dejó su Evangelio que completa la Ley que Dios dio a Moisés y las enseñanzas de los Profetas. Él murió y resucitó.  Y todavía hay gente que no cree en ese muerto, en ese muerto resucitado, que es nada menos que Dios hecho Hombre.

Y -peor aún- todavía hay Cristianos que no practican sus enseñanzas. Todavía hay Católicos que se dan el lujo de llamarse así y de negar algunas verdades de la fe cristiana, como sucede cuando se niega la existencia del Infierno, o cuando se está creyendo en esa mentira de la re-encarnación, que niega la Verdad sobre la Vida Eterna.

Recordemos las lecciones de las Lecturas de hoy:  el recto uso de los bienes materiales, los bienes verdaderamente importantes son los espirituales, y la Verdad sobre la Vida Eterna, que es ésta:  después de la muerte no volvemos a esta vida terrena, sino que hay para nosotros salvación eterna o condenación eterna.


                                      




Con el Salmo 145 alabamos “al Señor que viene a salvarnos”.  Reconocemos la Divina Providencia, que “hace justicia al oprimido, da pan a los hambrientos y libera al cautivo ... premia al justo ... y trastorna los planes del inicuo ... Dios reina por los siglos”.   Amén.
















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org