viernes, 30 de noviembre de 2012

Hoy es...San Andrés Apóstol !!


« Dichoso tú, querido apóstol Andrés, que tuviste
la suerte de ser el primero de los apóstoles en encontrar
a Jesús. Pídele a Él que nosotros le seamos totalmente
fieles en todo, hasta la muerte. »

Dice así el dicho castellano que nuestro amigo Curro, recita en estas fechas; " San Andrés, que para nochevieja, faltan tres semanas y días tres.".


San Andrés (cuyo nombre significa "varonil") nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaum, y en ella se hospedaba Jesús cuando predicaba en esta ciudad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: "He ahí el cordero de Dios". Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: "¿Qué buscan?". Ellos le dijeron: "Señor: ¿dónde vives?". Jesús les respondió: "Venga y verán". Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nuca jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: "Vengan y verán". Esa llamada cambió su vida para siempre.

Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Salvador del mundo" y lo llevó a donde Jesús. Así le consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro.

Al principio Andrés y Simón no iban con Jesús continuamente sino que acudían a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus labores de pesca. Pero cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: "Vengan y me siguen", y ellos dejando a sus familias y a sus negocios y a sus redes, se fueron definitivamente con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les dijo: "De ahora en adelante serán pescadores de almas".

El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones. Vivió junto a Él por tres años.

En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

Un escrito que data del siglo III, el "Fragmento de Muratori" dice: "Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio. Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo: ‘Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba’".

Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Que lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: "Yo te venero oh cruz santa que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo".

La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio cruel de Nerón.

San Andrés es el patrono de Rusia y de Escocia.
Según una tradición que carece de valor, el santo fue a misionar basta Kiev. Nadie afirma que haya ido también a Escocia, y la leyenda que se conserva en el Breviario de Aberdeen y en los escritos de Juan de Fordun, no merece crédito alguno. Según dicha leyenda, un tal San Régulo, que era originario de Patras y se encargó de trasladar las reliquias del apóstol en el siglo IV, recibió en sueños aviso de un ángel de que debía trasportar una parte de las mismas al sitio que se le indicaría más tarde. De acuerdo con las instrucciones, Régulo se dirigió hacia el noroeste, "hacia el extremo de la tierra"".

El ángel le mandó detenerse donde se encuentra actualmente Saint Andrews, Régulo construyó ahí una Iglesia para las reliquias, fue elegido primer obispo del lugar y evangelizó al pueblo durante treinta años. Probablemente esta leyenda data del siglo VIII. El 9 de mayo se celebra en la diócesis de Saint Andrews la fiesta de la traslación de las reliquias.

El nombre de San Andrés figura en el canon de la misa, junto con los de otros Apóstoles. También figura, con los nombres de la Virgen Santísima y de San Pedro y San Pablo, en la intercalación que sigue al Padrenuestro. Esta mención suele atribuirse a la devoción que el Papa San Gregorio Magno profesaba al santo, aunque tal vez data de fecha anterior.




Oremos

Apóstol San Andrés, enséñanos a seguir a Jesús con prontitud (Mt 4, 20; Mc 1,18), a hablar con entusiasmo de Él a todos aquellos con los que nos encontramos, y sobre todo a cultivar con Él una relación de auténtica intimidad, conscientes de que sólo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte.Amén.










Fuentes:
Iluminación Divina
Santoral Católico
Ángel Corbalán

domingo, 25 de noviembre de 2012

Jesucristo, Rey del Universo!! (Evangelio dominical)


Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo concluimos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad. 

Las lecturas de hoy, entonces, nos hablan del reinado de Cristo.  El Evangelio nos trae el interrogatorio de Pilatos a Jesús y sus respuestas.  Poco, poquísimo, habló Jesús en el injustísimo juicio sumario a que fue sometido, pero algo de lo que sí habló fue de su Reino, el Reino del cual El es Rey.

“Tú lo has dicho.  Sí soy Rey ... Pero mi Reino no es de aquí, no es de este mundo”  (Jn. 18, 33-37),  fue la respuesta que dio Jesús, cuando Pilatos quiso precisarlo para ver si, tal como estaba siendo acusado, pretendía ser rey de los judíos.

Y, efectivamente, Jesús no es rey de este mundo.  El mismo lo dijo durante ese interrogatorio acelerado que tuvo lugar antes de ser condenado a muerte:  “Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos”.


Los reinos de este mundo son temporales por más largos que sean, pues aún los vitalicios terminan algún día y son sustituidos por otros.  Los reinos de este mundo son limitados, porque por más que ocupen grandes territorios y ejerzan influencia en la tierra entera, tienen como límite sus fronteras o las fronteras hasta donde llegue su influencia y su poder.  Por más poderosos que se crean los reyes de la tierra, su poder es limitado en el tiempo y en el espacio.
 
Cristo no vino a establecer un reinado así.  Su reinado será diferente a los reinados de la tierra.  Su reinado será como es Dios:  eterno e infinito, sin límite de tiempo ni de espacio.  Su reinado nunca se acabará y su reino nunca será destruido. Y ese reinado ya comenzó, pero será establecido definitivamente y para siempre en la Parusía, en su segunda venida en gloria.


Y como viene siendo habitual, traemos tres reflexiones de otros tantos religiosos que lo hace en nuestro idioma y relacionado con La Palabra de Dios, en este domingo XXXIV del Tiempo Ordinario. 

Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor.

 COMENTARIOS. 




¿Qué clase de rey es Cristo?



Esta es una fiesta extraña, que irrita a los “republicanos” aunque difícilmente puede contentar a los “monárquicos”. Algo o mucho tiene que ver con ello el hecho de que el Reino de que se habla aquí no es de este mundo, aunque se manifieste y subsista en él.

Algunos pueden pensar que declarar a Cristo “rey” del universo es un anacronismo monárquico, un resabio de tiempos pasados, incluso si entendemos esta realeza en sentido más o menos metafórico. Puede que en parte sea verdad, pero si lo pensamos fríamente, declarar que Cristo es “presidente” o “primer ministro” de una cierta república, por mucho que no sea de este mundo, nos podría resultar aún más extraño (por no decir, ridículo). Y es que el título de presidente o primer ministro tiene un sentido meramente funcional y, por eso mismo, advenedizo, pasajero y temporal.

Es evidente que los presidentes que pierden el consenso popular pierden al mismo tiempo toda legitimidad y que su poder, si se mantiene, resulta inicuo. Con la institución monárquica no sucede exactamente lo mismo, al menos, tal como se ha entendido históricamente. El rey, se supone, lo es por derecho propio, su puesto conlleva una cierta naturalidad, que hace de él “soberano” (supremo, alguien que está por encima). De ahí que históricamente haya habido tantos ensayos sea de divinizar a los reyes, sea de justificar ese poder humano desde instancias religiosas.


Lo que decimos puede redoblar aún más la desconfianza hacia esta fiesta “monárquica”, considerando que hoy pocos serán los que estén de acuerdo, no ya con divinizar ningún género de poder político, sino ni siquiera con justificarlo teológicamente. Pero puede atemperar nuestra desconfianza el saber que las tendencias antimonárquicas se encuentran ya con mucha fuerza en la misma Biblia, cuando los israelitas, de manera reiterada, pedían un rey a Yahvé para ser “como todas las naciones” (Jc 8, 22; 1Sam 8, 5); esas peticiones son entendidas por Yahvé como un rechazo contra Él: “me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” (1Sam 8, 7), que advierte de las consecuencias para el pueblo de la institución real: se convertirá en un pueblo de siervos y pondrá en peligro su propia experiencia religiosa, su fuerte monoteísmo, pues tenderá a divinizar el poder político, como hacían los otros pueblos, y las alianzas con éstos lo llevarán a dejarse contaminar por sus ídolos.

Aunque la monarquía (y, en consecuencia, las tendencias monárquicas) acaban triunfando en la Biblia, la experiencia religiosa e histórica de la monarquía es globalmente negativa por los motivos indicados. Y de ahí que Israel viva gran parte de su historia ansiando un nuevo David, un rey distinto de los que ha conocido, en el que se hagan por fin verdad las promesas mesiánicas que sólo muy parcialmente vieron cumplidas en David.

En realidad, el fracaso de la monarquía de Israel habla del fracaso de toda monarquía, pues, en verdad, la única forma en que hoy parece aceptable una monarquía como forma de organización política, es la monarquía constitucional, en la que el rey lo es sólo de mentirijillas, ya que la teoría política moderna (que antes que por Montesquieu o por Locke, fue definida en sus grandes rasgos por los representantes de la segunda escolástica de la Escuela de Salamanca) no acepta que nadie sea superior a nadie “por naturaleza”, o por derecho propio, de modo que la única “soberanía” admitida sea la que procede del consenso social.


Está claro, pues, que si Cristo es Rey, lo es de un modo muy distinto al que lo son los reyes de este mundo (sean constitucionales o no). Dicho lo dicho, es claro que ningún rey pasado, presente o futuro lo es en sentido propio. Cristo, en cambio, lo es en el pleno sentido de la palabra, es un verdadero rey, como él mismo confiesa ante el representante de otro rey, del más poderoso de su tiempo: del César. Y no deja de ser irónico que esta confesión se haga en una situación que pone de relieve que la realeza de Jesús es bien extraña y paradójica, que, realmente, no es de este mundo: sin ejército ni poder externo alguno; ¿cómo podrá defendernos? Sometido a juicio y condenado: ¿cómo podrá hacer justicia? Su corona es de espinas; ¿cómo, siendo así, podrá inspirar respeto y temor? Su trono es la cruz; ¿quién se inclinará ante él? 

Sin embargo, precisamente estas paradojas pueden ayudarnos a entender en qué sentido es Jesús rey, y rey del universo, si bien, es claro que su reino no es de este mundo y poco tiene que ver con los poderes políticos. Jesús no posee, en cuanto rey, poderes ni boatos externos, que, precisamente por serlo, ya hablan del carácter meramente advenedizo de los mismos y, por consiguiente, de la debilidad de quien los posee. El César romano, el Secretario General del Partido o el Presidente de cualesquiera Estados son, de por sí, nada y nadie; su poder es prestado e, igual que lo han recibido, lo pueden perder. Por eso tienen que rodearse de signos externos de poder que cubran su desnudez. En Jesús no es así. Despojado de todo poder externo, Cristo tiene autoridad: un poder que brota de su misma persona. Es un poder del que puede disponer realmente, en virtud del cual puede entregar su propia vida libremente. Por eso, Jesús juzga al mundo pero no condenándolo (la condena merecida la toma él mismo sobre sí), sino perdonándolo, y reina no sobre los reinos (y las repúblicas) de este mundo, sino sobre ese poder al parecer invencible del mal y de la muerte. De ahí que su reino, que no es de este mundo, pero por medio de Cristo se manifiesta en él, dura por siempre y no tiene fin.




El poder o, mejor, la autoridad de la realeza de Jesús no establece una relación vertical y tiránica, ni siquiera meramente “representativa” con los suyos: comparte plenamente su poder con aquellos que aceptan el testimonio de la verdad y escuchan su voz, a los que ha convertido en un pueblo de reyes y sacerdotes de Dios su Padre.

La fiesta de Cristo, Rey del Universo, que cierra el año litúrgico, nos habla de la victoria final del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte; algo que no siempre es patente en este mundo, en el que tantas veces parece que la bondad, la honestidad y la justicia no compensan y no merecen la pena. Pero Jesús, en su extraño reinado, coronado de espinas y entronizado en la cruz, testimonia que, al final, no hay fuerza mayor ni poder más grande que el del amor y el perdón, hasta la muerte; que ese reino, aunque no es de este mundo, está presente y operando ya en él, por medio de aquellos que escuchan su voz y tratan de ponerla en práctica; y que, al hacerlo, ellos mismos participan de la realeza de Cristo (invitados a tomar su cruz) y de su autoridad (el poder del amor), y se convierten en profetas, testigos del nuevo y definitivo reino, y en sacerdotes,  mediadores del Dios Padre de todos.

“Con que, ¿Tú eres rey?”


La cruz sabe más de malhechores que de reyes. A la legua se descubre al rey por su cortejo; a la legua se distingue al maleante por la cruz de su delito. Aunque, a decir verdad: si a un condenado a la cruz se le viste de monarca con compañía cortesana y a un rey se le carga a cuestas una cruz, uno y otro pasarán por lo que no son, confundiendo a todos los que los miren. Luego realeza y villanía son algo más que apariencia o nada más que distinciones humanas. 

En la parte superior del madero vertical de la cruz de Cristo sostenía un cartel: El rey de los judíos. La costumbre era que al crucificado se le pusiese la causa de su condena en un sitio visible para informar a los curiosos. Pilatos no era rey, pero algo sabía de reyes y como se las gastaban (uno de ellos lo había puesto allí, en un extremo del imperio para gobernar sobre un pueblo rebelde y hostil, y ese mismo lo desterró con despecho), y mandó que le pusiesen ese letrero, quizás después de haber tenido con Jesús la conversación que recoge hoy el evangelio.

Como no se encontraba allí el César, distante en Roma, el más rey de los judíos en aquel momento era Pilatos mismo. Por eso le pedían justicia contra un hombre que se decía rey sin apariencia alguna de rey. En este brete se encontró el prefecto romano, que sabía algo de reyes, pero poco de judíos: ante él un judío entregado por las autoridades judías que lo acusan de hacerse rey de los judíos. 


El interrogatorio, de Pilatos a Jesús, que tiene trazas del cuestionario de un proceso judicial romano, se abrió para corroborar el motivo de su acusación: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Preguntó una segunda vez. A la primera, Jesús respondió con pregunta; a la segunda, con claridad: “Tú lo dices: soy Rey”. Las conclusiones del interrogatorio fueron de saber más y de saber menos: saber más que Jesús no era reo de cruz, y saber menos de judíos y de reyes, y menos todavía de reyes judíos. La única consecuencia clara del interrogatorio: un cartel en lo alto de la cruz. 

Los discípulos de Jesús, que habían tenido más oportunidades que los demás para entender en qué consistía su reinado, huyeron espantados por una realeza con fracaso, y no convenía. Los fariseos y las autoridades religiosas, henchidos de leyes y envidas, tuvieron aún idea más remota. Ni siquiera Pilatos, representando la imparcialidad, el diálogo. Al final la única que proclama a Jesucristo rey es la cruz. 

Pregúntale a ella que te dará razones de quién es el Rey al que sostiene. Pregúntale sobre eso de ser despreciado, vejado, humillado, abandonado y permanecer erguido. Dile que si el sufrimiento lleva inexorablemente a la maldición. O plantéale la cuestión de que si uno lo puede todo, utilizará su poder para la revancha, la recriminación, el castigo contra sus enemigos. Verás cómo la cruz no engaña y el crucificado no vino con otra realeza que la del servir a la humanidad entera. Aquí se consuman las enseñanzas de Aquel al que hemos ido acercándonos a lo largo de todo el Año Litúrgico. En la medida en que consideremos su realeza de una u otra forma, así nos apartaremos o no uniremos a la causa del verdadero Rey, el único.

 
Quizás tampoco estemos a veces tan lejos de la incomprensión de tantos: discípulos, fariseos, autoridades y Pilatos, temerosos de que la cruz proyecte su sombra rozándonos. Cuando uno aprende a amarrarse con abrazo a esas maderas, porque en ellas está Cristo, es cuando aprende verdaderamente del Reino. Para llegar a la verdad, hay que escuchar su voz... la que pronuncia desde el trono de la cruz.

Hoy es... San García Abad , nuestro Patrón !!

Hoy es el gran día. El día del santo Patrón, San García Abad, hoy finaliza el Triduo y la misa que comenzará a las 12:30, será celebrada por nuestro párroco, reverendo D. José Carlos Del Valle Ruiz. Todos los feligreses y ciudadanos algecireños, están invitados a la fiesta de nuestro gran santo y patrón, San García Abad.

Lo dicho, todos estamos invitados para esta gran celebración, donde además de rezar por los difuntos, pediremos una y otra vez a nuestro Santo Abad, por nuestros feligreses y familias, que en estos tiempos de crisis, nos ilumine y proteja.

También será una oportunidad de conocer mejor a nuestrosanto abad, atendiendo a la breve historia que un miembro del Consejo Pastoral , leerá en el transcurso de la Eucaristía. Al finalizar, se dará la oportunidad de besar la reliquia del santo.


Breve historia de San García Abad, el gran santo desconocido.



“Avia y un abbat sancto, servo del Criador
Don Era del monasterio caudillo, e senhor,
La grey demostraba cual era el pastor”.
(Gonzalo de Berceo)

Nuestro primer poeta del Mester de Clerecía, Gonzalo de Berceo, decía de nuestro santo que, era un abad santo a boca llena, afirma de él ser amador de bondad, excelente cualidad en todo superior; le denomina caudillo y señor del monasterio y demuestra la magnanimidad del pastor por las virtudes y fervor de sus monjes.

García, nuestro santo, nació en Bureba, entre Belorado y Briviresca en el lugar llamado Quintanilla, provincia de Burgos, hoy conocido con el sobre nombre de San García, a finales del siglo X o entrada del XI.

Vivió su infancia en dicho pueblo, donde fue educado cristianamente y recibió el llamamiento a la vida religiosa que muy pronto iba a seguir en la Orden benedictina. Y así, dejando la casa paterna, en su pueblo natal de Quintanilla, fue caminando hasta llegar al monasterio de San Pedro de Arlanza, ubicada a orillas del rio del mismo nombre.

Algo cansado por la caminata y acompañado por algunos familiares, se presentó al Padre Abad del Monasterio, quien después de las primeras impresiones le asignó una serie de ocupaciones dentro de las reglas de San Benito.

Una vez transcurrido el noviciado, San García había de vivir, en calidad de monje benedictino , cerca de cuarenta años. Su existencia se resumirá en estas palabras tan benedictinas: ora et labora, reza y trabaja.

Además de la oración litúrgica se les manda el trabajo, no por razones económicas, sino como medio de bondad de vida, para disciplinar esta y preparar el espíritu a la oración.

Nuestro santo, destaca enseñando a forasteros y campesinos a labrar la tierra, a desaguar los pantanos, a cultivar la vid, a injertar árboles, a construir casas e iglesias y a ganar con el sudor de su frente el sustento corporal.

En el año 1039, al quedar vacante el puesto por la defunción del Abad, en votación secreta y por unanimidad de los 150 monjes, García, fue elegido Abad del Monasterio de Arlanza.

Su buen hacer como abad, sus conocimientos y buenas obras, fueron de conocimiento popular fuera de los muros del Monasterio. Tanto es así que fue nombrado consejero del primer rey de Castilla, Don Fernando I el Grande, y con él asistió a la batalla de Atapuerca en 1054.

Es tal la admiración por todos los que le van conociedo: Fernando I, Sancho I, El mismo Cid Campeador, que piden su asesoramiento y como muestra de gratitud, le confieren tierras y recompensas que nuestro santo, reparte entre los vecinos y los más necesitados.

En el terreno de lo místico y espiritual, hay que destacar entre otros, dos momentos importantes en la historia de nuestro San García Abad

Hacia el año 1061, por revelación divina, García Abad, encuentra las reliquias de los cuerpos de tres santos: San Vicente y sus hermanos mártires Sabina y Cristeta, y los traslada al Monasterio de Arlanza. Lo cuenta Gonzalo de Berceo.

La santidad, como es sabido, no consiste en hacer milagros. Sin embargo, el pueblo fácilmente ve santidad donde hay milagros; y muchas veces asi suele suceder. Fue sobre el año 1044, se habían perdido las cosechas en Castilla. Por lo tanto, no había ni frutas ni vid….

Aquel Viernes Santo, el Abad García, se dispuso a bendecir el pan y el agua, lo único que disponían en el Monasterio, y ante el asombro de los 150 monjes, el agua se convirtió en vino.

Desde aquel día la confianza de los monjes en su tierno y compasivo abad no tuvo límites; y lo que aparentemente sólo remediaba una necesidad corporal, sirvió para ensanchar su corazón y ayudarles a correr los caminos , que llevan a la santidad.

El Bello Morir de un Santo.
Cuando García sintió agotadas sus fuerzas y conoció que el mal de muerte le tenía asido fuertemente, quiso dejar a sus monjes la herencia riquísima de sus consejos y enseñanzas. Los congregó a todos en torno suyo, los miró con ojos cargados de febril brillantez, y dejó fluir en palabras entrecortadas , sus cariños de padre y los fervores de Santo.

Ya no pudo más, se le agotaron las energías y se retiró al lecho, de donde no volverá a levantarse.

A los pocos días recibía la visita del obispo de Burgos, Don Jimeno, amigo suyo y entre los sollozos de los monjes y tras darle un abrazo al Santo, dijo “ Padre García, amadísimo Padre, damos gracias a Dios, le damos gracias de que , al fin, triunfando de esta vida pasas al descanso de la gloria. No te olvidarás de nosotros al verte seguro, verdad? Padre?. Ruega mucho al Señor, pídele mucho por nosotros y por estos que son tus hijos, para que algún día nos encontremos todos juntos en el cielo; y entonces, para siempre, para siempre”.

Dicen que, como centella sobre cañaveral se extendió la noticia alarmante de que el abad Don García agonizaba. De los pueblos cercanos acudieron muchas gentes al monasterio en demanda de noticias y deseando contemplar por última vez el rostro bondadoso del caritativo agonizante.
Muchos lograron satisfacer sus deseos; otros llegaron tarde, porque el santo abad había fallecido en una mañana fría del otoño de 1073.

La gran obra de este insigne varón es Arlanza, el famoso monasterio de Arlanza. No lo fundó ni restauró él; pero esa abadía castellana a él le debe sus grandezas.

Cuando el alma del santo voló al cielo, allí quedó, su cuerpo, instrumento de maravillas y prenda de favores, allí quedó también su espíritu, espíritu elevado de santidad, cultura y civilización.









Fuentes:Iluminación Divina







Libro: "San García Abad, el gran santo desconocido"(Á.Corbalán, 2011)

Ángel Corbalán

viernes, 23 de noviembre de 2012

Hoy comienza el Triduo a San García Abad !!


Dedicado a La Familia, comienza hoy el Triduo y Cultos a San García Abad, que finalizará el domingo, día 25 de Noviembre, día de su festividad!!.
Los horarios de las Eucaristías y Triduo serán los siguientes:

Viernes, 23 de Noviembre, a las 19:00 horas.
Sábado, 24  de Noviembre, a las 20:00 horas.
Domingo, 25 de Noviembre, a las 12:30 horas. (Festividad de San García Abad)



El Triduo será dirigido y celebrado por nuestro párroco, reverendo José Carlos Del Valle Ruiz. Todos los feligreses estáis invitados a estas celebraciones en honor de nuestro Patrón.


Viernes, 23 de Noviembre. Primer día...La Familia ¡



¡Oh San García Abad! Si en la tierra vivías sólo para Dios y tus semejantes, hoy que te hallas ya junto al trono de la misericordia, puedes disponer mejor de sus tesoros. Si aquí conocías dónde estaba la necesidad para remediarla, mejor la vés desde el cielo donde moras. No defraudes las esperanzas de los que deseamos verte ensalzado en la tierra y alcánzanos lo que te pedimos.
Tú que en esta vida, fuiste como un Padre para monjes, vecinos y extraños, y que los trataste como a una verdadera familia, Ruega a Dios para que:
La gracia de Dios, guíe los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Finalmente, pedimos tu intercesión ante Dios , nuestro Señor y Padre, que como la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia.
No nos olvides ante Dios, a quien siempre serviste y adoraste. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria y oración final.


Sábado, 24 de Noviembre. Segundo día…Los enfermos!!.



Bienaventurado San García Abad, siempre compasivo, padre y protector de los pobres y necesitados; míranos con piedad y ruega por nosotros que te invocamos con fe absoluta en tu bondad y en tu poder. Mira con piedad a los enfermos de nuestra Parroquia, que necesitan ser curados en el cuerpo y en espíritu.
Reconfórtalos con tu intercesión ante Dios, nuestro Señor, para que levanten su ánimo y puedan superar todos sus males; y, ya que has querido asociarlo a tu Pasión redentora, haz que confíe en la eficacia del dolor para la salvación del mundo.
No nos olvides ante Dios, a quien siempre serviste y adoraste. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria y oración final.


Domingo, 25 de Noviembre…Festividad de nuestro Patrón, San García Abad!!

Tercer día…Los Difuntos !!.


¡Oh glorioso San García Abad, bendecimos al Señor por el gran poder de humildad, generosidad y elevado espíritu de santidad que se dignó otorgarte, y que ,triunfando de esta vida pasaste al descanso de la gloria. No te olvides de nosotros al verte seguro.
Tú que enseñaste, se duerme, no se muere, para dormir el sueño con que los muertos nacen a la vida eterna.
Ruega mucho al Señor, pídele mucho por nosotros y por nuestros familiares difuntos y aquellos que aún no han alcanzado el gozo pleno de la vida eterna, para que algún día nos encontremos todos juntos en el cielo;

Todo lo esperamos de tu intercesión, y por los méritos de Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria y oración final.



ORACIÓN FINAL


En esta necesidad y pena que me agobia y conturba sin hallar consuelo humano, acudo a ti, oh abogado y protector mío, San García Abad; confío en tu poderoso valimiento para que, intercediendo por mi ante el Dios de bondad y misericordia, me sean perdonadas mis culpas y me vea libre de los males y desgracias que me afligen; dame, al menos, tu espíritu de sacrificio para que aceptándolas por amor de Dios las santifique.
¡Oh Padre Celestial, por los dulces nombres de Jesús y de María y por los méritos de tu fiel siervo San García Abad, ayúdame en esta angustia y no permitas que quede confundida mi esperanza!. Amén



 Oración a San García Abad.



"San García Abad, abad santo, siervo del  Creador, de bondad amador, consejero de reyes, de rebaño cristiano buen pastor. Tu que fuiste varón de vida en todo venerable y de gloriosa memoria por tu perseverancia.
 Tú, San García Abad, que en Viernes Santo, convertiste por intercesión Divina, el agua en vino.  Intercede por nosotros,
Ruega por nosotros, para que Dios, nuestro Señor, nos ilumine por el camino de oración y humildad que tú nos mostraste y así podamos alcanzar las alegrías y dichas que pedimos.
Tú que enseñaste, se duerme, no se muere, para dormir el sueño con que los muertos nacen a la vida eterna.
Ruega mucho al Señor, pídele mucho por nosotros y por todos los feligreses, para que algún día nos encontremos todos juntos en el cielo: y entonces, para siempre, para siempre.”
Amén.


Viva nuestro Patrón
Viva San García Abad
Que hace de este templo
Nuestro Verdadero Hogar!!!






martes, 20 de noviembre de 2012

Hoy es San Roque González !!


San Roque y sus compañeros fueron unos de los primero mártires suramericanos. Fueron asesinados por los indios en 1628, y canonizados por el Papa Juan Pablo II.Roque González nació en Asunción, Paraguay, en 1576. Sus padres eran españoles.

De joven era tan bueno y devoto que todos estaban convencidos de que un día sería sacerdote. Y a los 23 años recibió la ordenación sacerdotal.

Desde el primer año de su sacerdocio se preocupó mucho por los indígenas y visitaba continuamente a los poblados más lejanos para evangelizar y ayudar a los indios.

A los 33 años entró a la Compañía de Jesús, para poder trabajar más completamente como misionero.

Los Padres Jesuitas habían fundado en el Paraguay unas colonias de indígenas que se hicieron famosas en todo el mundo. Las llamaron "Reducciones" y se diferenciaban de los demás grupos de otros países en que allí los indios no eran considerados como gente de segunda clase, sino que ellos eran los más importantes. Los Padres Jesuitas los consideraban como verdaderos hijos de Dios, y como tales los trataban con enorme respeto y gran cariño.

Jesús en la CruzUn autor francés llegó a exclamar: "En estas reducciones los indios llegaron al más alto grado de civilización que un pueblo joven pueda alcanzar".

En esas misiones se respetaba mucho la ley de Dios y se obedecían las leyes civiles; cada uno trataba a los demás como si fueran hermanos; los indios aprendían a labrar la tierra con técnica, y practicaban labores manuales e industriales. Todo era un cooperativismo bien organizado y reinaba la abundancia.

En estas reducciones trabajó por 20 años el Padre Roque González, enfrentándose con paciencia y confianza a toda clase de dificultades y peligros. Unas veces el peligro provenía de tribus totalmente salvajes que atacaban, y otras era de los colonos europeos que querían esclavizar a los indios, pero los jesuitas no se lo permitían.

El padre González fue el primer europeo que penetró en ciertas regiones selváticas del Paraguay. Dirigió unas seis "reducciones" de indígenas. El gobernador español dejó escrito: "Al padre Roque le costó su vida de misionero el aguantar hambres, fríos, ríos atravesados a nado, continua molestia de los insectos, y mil otras incomodidades que él supo soportar con verdadero heroísmo sacerdotal". Pero llegó a tener una enorme influencia sobre los indios, que lo veneraban como a un verdadero santo.

Y sucedió que un curandero o brujo de los indígenas se dio cuenta de que la influencia de los Padres Jesuitas le estaba quitando su clientela y que ya los indígenas empezaban a no creer tanto en sus engaños y mentiras, y dispuso vengarse de ellos. Y así fue que reunió un grupo de indios de los más salvajes y con ellos atacó la misión católica.

Cuando los atacantes llegaron estaba el Padre Roque González tratando de subir una campana a la torre de la capilla. Lo asesinaron allí mismo a golpes de mazo. Al oír el tumulto, el Padre Alfonso Rodríguez salió de su choza, e inmediatamente los indios lo asesinaron a golpes también. Enseguida los indígenas prendieron fuego a la capilla y cuando estaba envuelta en llamas, arrojaron a ella los dos cadáveres. Era el 15 de noviembre de 1628. Unos días después los mismos indios asaltaron la misión cercana y allí asesinaron al otro compañero del Padre Roque, el Padre Juan de Castillo. Así fueron tres los mártires que derramaron su sangre, después de haber gastado su vida en favor de los nativos.



El jefe indio Guarecupí dejó escrito: "Todos los indios cristianos amaban al Padre Roque".


















Fuentes:
Iluminación Divina
Santoral Católico
Ángel Corbalán

domingo, 18 de noviembre de 2012

"El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán" (Evangelio dominical)


Ya acercándonos al final del Año Litúrgico, el cual suele terminar en el mes de Noviembre de cada año, este último Domingo del Ciclo “B”, ciclo que concluye la próxima semana con la Fiesta de Cristo Rey, las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre la Parusía. 

“Parusía” es una palabra que intriga -cuando no se conoce su significado-  y que tal vez asusta cuando sí se conoce.

En efecto, en su sentido estricto, “Parusía” significa la segunda venida de Cristo.  Y eso asusta. 
En su sentido más amplio se refiere a la plenitud de la salvación de la humanidad, salvación efectuada ya por Cristo, pero que será completada precisamente con su segunda venida en gloria, cuando venga a establecer su reinado definitivo, cuando como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura, “sus enemigos sean puestos bajo sus pies” (Hb. 10, 11-14.18).

 
De allí que no haya que temer, porque la Parusía será el momento de nuestra salvación definitiva.  Será, además, el momento más espectacular y más importante de la historia de la humanidad:  ¡Cristo viniendo en la plenitud de su gloria, de su poder, de su divinidad!  Si hace dos mil años Cristo vino como un ser humano cualquiera, en su segunda venida lo veremos tal cual es, “cara a cara”  (1 Cor. 13, 12).
Será el momento de nuestra definitiva liberación:  nuestros cuerpos reunidos con nuestras almas en la resurrección prometida para ese momento final.
 
Es cierto que la Primera Lectura del Profeta Daniel nos hace algunos anuncios aterradores.  Pero ese momento será terrible para algunos, para “los que duermen en el polvo y que despertarán para el eterno castigo”  (Dn. 12, 1-3).   Pero ésos serán los que no hayan cumplido la voluntad de Dios en esta vida terrena, los que se hayan opuesto a Dios y a sus designios, los que hayan buscado caminos distintos a los de Dios.   Es decir, ese castigo será para los que le han dado la espalda a Dios.

Y como viene siendo habitual, traemos tres reflexiones de otros tantos religiosos que lo hace en nuestro idioma y relacionado con La Palabra de Dios, en este domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. 





Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,24-32):
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. 

Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. 

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. 

Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Palabra del Señor


 


COMENTARIO


El fin de los tiempos y los límites del mundo




Como siempre al declinar del año litúrgico los textos nos ponen ante la espinosa cuestión del fin del mundo. Estos deberían venir acompañados de ciertos signos apocalípticos, que Marcos identifica en fenómenos cósmicos (eclipses y terremotos), y como estos signos pueden encontrarse de un modo u otro en toda época histórica, siempre hay quien está dispuesto a señalar el fin del mundo en una próxima fecha. Pero ya nos dice Cristo que el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo, ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre, dándonos a entender que no debemos ocuparnos demasiado por fijar la fecha.

Una forma atenuada de aquellas tendencias apocalípticas es la que, sin aludir al fin temporal de nuestro mundo, se caracteriza por el pesimismo histórico sobre el presente: cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique. Es interesante lo que a este respecto escribe San Agustín en uno de sus sermones, y que no ha perdido nada de actualidad:


“Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará (Mc 13, 13). No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos –son palabras del Apóstol–, y perecieron víctimas de las serpientes (1 Cor 10, 9). ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.”


La profunda verdad que enuncia San Agustín, con su característica frescura y agudeza, puede resumirse así: los males de nuestro tiempo nos parecen los peores de toda la historia, simplemente porque son los nuestros. Así podemos hacer verdad lo que dice el profeta Daniel: “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.” Pues las dificultades y los problemas con las que tenemos que enfrentarnos nosotros en nuestro tiempo, ya no son las dificultades y los problemas meramente sabidos sin dolor, y escritos en una página de la historia, sino que son los que nosotros tenemos realmente que padecer.


Pero Cristo sí que nos invita a discernir los signos de los tiempos para descubrir la cercanía de ese final. Así pues, atendiendo a los signos del “fin del mundo” que experimentamos en nuestro tiempo, podemos reinterpretarlos así: no son tanto los signos del fin (temporal) del mundo (que no sabemos cuándo será y, en consecuencia, no debemos preocuparnos de ello), sino los signos y la expresión de los límites del mundo. Nuestra generación, como dice Jesús, es aquella en la que “todo esto se cumple”: vivimos realmente “los últimos tiempos”, porque vivimos en contacto permanente con los límites del mundo, chocando de continuo con las fronteras de esta limitación: física –dolores y desgracias–, temporal –la muerte ajena y la certeza de la propia–, moral –los muchos rostros del mal responsable, producido por la voluntad humana. Estos límites, que nos aprietan y estrechan por doquier, hablan del carácter pasajero y efímero de numerosas dimensiones y aspectos del mundo y de la vida humana. Son dimensiones necesarias, pero no definitivas: la salud y la belleza física; el bienestar material; la fama; el placer… No podemos no prestarles atención (al menos a algunas de ellas) y, en una u otra medida, tenernos que dedicarles nuestros esfuerzos. Pero no podemos ni debemos entregarles nuestro corazón, ni consagrar a ellas en exclusiva nuestra vida, pues son parte de esos “cielo y tierra que pasarán”; y si son esos los únicos bienes a los que aspiramos, nos contagiamos inevitablemente de su carácter efímero y pasajero. 



Pero el ser humano, por su corazón y su espíritu, está abierto a otros bienes y otras dimensiones, a otros valores, llamados a perdurar para siempre. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse que, en ocasiones, el hombre esté dispuesto a entregar la vida antes que renunciar a su dignidad, o a renunciar a su felicidad material con tal de no traicionar las exigencias de la justicia, o de la verdad o a su propia conciencia? No somos saquitos genéticos de supervivencia biológica (individual o colectiva, poco importa), sino personas dotadas de dignidad, que es un destello de lo divino en nosotros. Por eso hemos de aspirar a los bienes que, como las palabras de Jesucristo, la Palabra encarnada, no pasarán y que son los que nos salvan.


Así que nuestros tiempos no son sólo “tiempos atroces” (como llamaba a los suyos Ortega y Gasset), sino también tiempo de salvación: “Entonces se salvará tu pueblo”, nos dice de nuevo el profeta.

Ahora bien, al hablar de salvación, y tras leer la profecía del Daniel, un escalofrío puede recorrernos la espalda. Ese libro en el que están inscritos los que se han de salvar, ¿no habla, acaso, de predestinación, esto es, de una inescrutable voluntad de Dios (el único que sabe no sólo la hora, sino también el quién) que determina los nombres de los salvados y de los condenados? Si al hablar del Dios Padre de Jesucristo es posible mencionar en algún sentido la Predestinación, ha de hacerse en un sentido muy preciso: Dios nos ha predestinado a todos a ser hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5), puesto que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tit 2, 4). Pero Dios, que nos ha hecho libres y, por tanto, no puede querer por nosotros, necesita del concurso de nuestra libertad para darnos esa plena filiación. Es decir, que el libro de los inscritos no es un volumen arcano y escondido, inaccesible al ser humano; sino un libro abierto y a disposición de quien quiera, al que cada uno puede acercarse a poner su firma junto al nombre que Dios ha escrito en él. Ese libro abierto es Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, que así “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio, y que está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies” (Hb 10, 12-13). Pero ese tiempo de la espera (cuyo final desconocemos, pero cuyo límite temporal es para cada uno el momento de su propia muerte) no es un tiempo de acusación ni de ira, sino un tiempo en que nos llama a inscribirnos en el libro, un tiempo de misericordia y perdón, pues Jesús “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.”

Conocer a Cristo, por otra parte, significa no sólo saber que podemos libremente apuntarnos en el libro de la vida, sino hacernos además como esos sabios del libro de Daniel que brillan en medio de la oscuridad y que enseñan a muchos la justicia misericordiosa de Dios, manifestada en la Cruz de Jesucristo, avisando a todos que también para ellos está abierto y disponible el libro de la salvación.

 “La venida del Hijo del Hombre” 


La justicia humana no siempre responde a la verdad. En tiempos de persecución, la profecía del libro de Daniel invita a los creyentes en el Dios de la alianza a vivir aguardando la justicia de Dios: “Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por la eternidad” (Dn 12,3).

Esa sabiduría no es la erudición de los estudiosos. No es cuestión de saberes, sino de sabores. Los sabios son los que han sabido escuchar la voz de Dios y vivir de acuerdo con sus orientaciones. Los que enseñaron a otros la justicia, son quienes les ayudaron a descubrir al Dios justo y misericordioso.

En los tiempos antiguos, en muchas culturas se adoraba a los astros del cielo. La antigua profecía sugiere el fin de toda idolatría. De hecho, sustituye a las estrellas del cielo por los que aceptaron la voluntad de Dios, la cumplieron y enseñaron a otros a cumplirla. Su luz brilla con más fulgor que la de los astros.

SEÑOR Y JUEZ DE LA HISTORIA



En el evangelio que hoy se proclama, Jesús orienta la atención de sus discípulos hacia un futuro de plenitud y de gracia (Mc 13, 24-32). El Señor se manifestará un día como Señor y juez  de la historia. En el Credo afirmamos que Jesucristo “vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”.


La expectación de esa venida-manifestación anunciada por Jesús desencadena actitudes contrapuestas de temor y de esperanza, de curiosidad y de paz. Sobre todo, ha de motivar algunas actitudes como la conversión, la vigilancia y la oración. Los amigos de Jesús son continuamente exhortados a vivir siempre aguardando la venida de su Señor.

El texto evangélico anuncia también la caída de los astros: “El sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”. Los cristianos de Roma, a los que  se dirigía este mensaje, debieron de entender que había llegado el fin de toda idolatría.

EL UNIVERSO Y LA PALABRA



Los cristianos de todos los tiempos se han preguntado con curiosidad cuándo se manifestará el Señor. Temen que el mundo tenga un final, en lugar de alegrarse por el fin y la finalidad que el Señor indica a nuestra actividad en el mundo.


A nuestras inquietudes, Jesús responde con la parábola de la higuera. Cuando brotan las yemas en sus ramas, entendemos que está cerca el verano. Cuando en el mundo veamos la caída de nuestros ídolos es que está cerca el Reino de Dios. Jesús ha empeñado su palabra: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

• “El cielo y la tierra pasarán”. Hemos puesto nuestra confianza en el universo, en la naturaleza, en el progreso, en la técnica que manipula cielos y tierra. Pero todo es efímero y caduco. La espera del Señor orienta nuestra vida y juzga nuestras estructuras.

• “Mis palabras no pasarán”. La palabra del Señor es luz para el espíritu. Y es también antorcha que nos ayuda a discernir los logros y fracasos del progreso. Su palabra nos juzga y nos alienta. No hay salvación sin Salvador.

- Señor, Jesús, nuestra fe en ti no nos aleja de este mundo. Nos ayuda a comprometernos activamente para hacer de él una morada digna del hombre. Fortalece tú nuestra esperanza y nuestro amor. Ven, Señor Jesús.