domingo, 20 de agosto de 2017

«Señor; (...) también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos» (Evangelio Dominical)



 Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Jesús. Sale a su encuentro y con gritos le dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). No le pide nada, solamente le expone el mal que sufre su hija, confiando en que Jesús ya actuará.

Jesús “se hace el sordo”. ¿Por qué? Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando» (Mt 15,23).

La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).




Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos» (Mt 15,26-27).

Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón: «Tienes razón, Señor». Pero consigue ponerle de su lado. Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo.

La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».




Lectura del santo evangelio según san Mateo (15,21-28):




En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor



COMENTARIO.




 El Evangelio de hoy nos habla de la fe.  Nos trae el relato de una mujer, famosa por su fe, tanto que se habla de “la fe de la cananea”.  (Mt. 15, 21-28)

A veces Dios no nos responde.  A veces pareciera que se nos escondiera o que no prestara atención a nuestras solicitudes.  Es lo que le sucedió a esta mujer en tiempos de Jesús.  El Evangelio especifica que la mujer era “cananea” para significar que no era judía, sino pagana.

Impresiona, por tanto, que esta no-judía llame a Jesús “hijo de David”, con lo que está reconociéndolo como el Mesías que los judíos esperaban.  Impresiona, también que, siendo pagana, le pida a Jesús que le sane a su hija que está “terriblemente atormentada por un demonio”.


A veces Dios nos coloca en una posición de impotencia tal que no nos queda más remedio que clamar a Él, seamos cristianos o paganos, creyentes o no creyentes, religiosos o a-religiosos, católicos practicantes o católicos fríos.  Es lo que posiblemente le sucedió a esta madre que, siendo pagana, pero abrumada por la situación de su hija, no le queda más remedio que acudir al Mesías de los judíos.

El desarrollo del relato evangélico nos muestra que la cananea como que intuía que Jesús era Mesías no sólo de los judíos, sino de todos, porque a pesar de no ser judía, se atreve a pedir a Jesús que cure a su hija.

Y Jesús se hace el que no escucha.  Así es Dios a veces: simula no escucharnos.  Y ¿por qué?  O, más bien ¿para qué? ... Para reforzar nuestra fe.  Se habla de “poner a prueba” nuestra fe.  Pero no se trata de una prueba como un examen o un test, sino más bien como un ejercicio que fortalece la fe.




 Ese aparente silencio divino es más bien como la calistenia del atleta para fortalecerse en su especialidad.  Podemos decir que Dios refuerza nuestra fe.  Cuando el Señor parece esconderse o parece no hacernos caso puede ser que esté tratando de fortalecer nuestra fe débil.

Sin embargo, Jesús insiste en ejercitar aún más la fe de su interlocutora.  No le parece suficiente el silencio inicial, sino que, al recibir la petición de la mujer, le responde que no le toca atender a los que no sean judíos, pues “ha sido enviado sólo para las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. 

La mujer no acepta esta respuesta de Jesús, sino que se postra ante Él y le suplica: “¡Señor, ayúdame!”.




Igual que el entrenador exige al atleta templar más sus músculos y aumentar su resistencia para estar mejor preparado, sigue el Señor forzando la fe de la cananea.  Le responde: “No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos”, queriendo significar que para ese momento no debía ocuparse de los paganos sino de los judíos.

La mujer no ceja.  Definitivamente, no acepta un “no” como respuesta de Jesús.  Iluminada por el Espíritu Santo, le responde a Jesús con un argumento irrebatible: “hasta los perritos se comen las migajas de la mesa de sus amos”.

La fe de la mujer había sido reforzada con los aparentes desplantes del Señor.  Y ahora la fe de la mujer queda recompensada, pues obtiene de Jesús lo que pide.  Nos dice el Evangelio que “en aquel mismo instante quedó curada su hija”.





“¡Qué grande es tu fe!”, le dice el Señor a la mujer.  Y ... ¡qué gentil es el Señor!  Nos da crédito por lo que no viene de nosotros sino de El.  ¡Si la fe es un regalo que El mismo nos da! 

Ahora bien, como todo regalo, es necesario que lo recibamos.  Es necesario aceptar ese regalo maravilloso que Dios nos da constantemente.  Y, además, aceptar todos los entrenamientos que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con el regalo definitivo que Dios quiere darnos:  la Vida Eterna.

Esta oración persistente de la mujer cananea nos recuerda la necesidad de orar, orar incesantemente, sin desfallecer.

 Recordemos, además, que a Dios se le pide, no se le exige.  Orar con humildad, como esta mujer, que no exigió, sino pidió.  Orar, con humildad, confiando plenamente en Dios, en que nos dará lo que nos conviene para nuestra salvación, y sólo eso, no la satisfacción de caprichos.  Y orar, pidiendo a Dios las cosas buenas, lo que nos conviene y siempre atenido todo a su Voluntad, no a nuestros deseos.




Hay otro tema en la Liturgia de este Domingo:  la salvación es para todos, judíos y no judíos.  Las respuestas de Jesús a la mujer cananea parecieran indicar lo contrario.

Lo cierto es que Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación.  Los israelitas serían los primeros en recibir el llamado a la salvación.  Pero luego la salvación se extendería a todo pueblo, raza y nación.  La elección de Israel no significa, entonces, el rechazo a otros pueblos.

Queda esto claro en la Primera Lectura (Is. 56, 1.6-7), en la que Dios, por boca del Profeta Isaías, asegura que cualquier extranjero (no israelita) que crea en Él, que lo sirva y lo ame, que le rinda culto y que cumpla su alianza, “los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración... porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos”.

Todo el que crea en Dios será reunido en su Casa.  La Casa de Dios será morada para todos los que quieran creer en Dios y hacer su Voluntad.




 La Segunda Lectura (Rm. 11, 13-15.29-32) de San Pablo, “el Apóstol de los Gentiles”, nos habla también de la salvación universal.  San Pablo se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo
.
Y nosotros ... ¡cuántas veces no hemos rechazado a Cristo!  ¡Cuánto tiempo estuvimos rechazándolo y dándole la espalda!  ¡Cuántas veces nos hemos comportado como paganos!  ¡Cuántas veces al más mínimo silencio de Dios nos empecinamos más en nuestro mal! 
¡Cuántas veces, porque Dios no nos complace nuestro capricho o nos hace esperar un rato, le protestamos y nos alejamos de El!  ¡Qué diferente nuestra fe a la de la mujer cananea del Evangelio!

Pablo concluye este trozo de su carta así: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.

El pecado es un mal y es causa de condenación para los que no desean arrepentirse y que terminan por no arrepentirse.




Pero, si reconocemos a tiempo nuestra rebeldía para con Dios, se manifiesta su perdón, su misericordia infinita.  Y si perseveramos hasta el final, obtenemos la salvación, que vino Cristo a traer y que prometió a todos los que aman a Dios.   Es decir, a todos los que -como nos dice Isaías en la Primera Lectura- crean en Él, lo sirvan y lo amen, le rindan culto y cumplan su alianza:   a todos los que hagan su Voluntad.

De allí que cantemos en el Salmo 66 las alabanzas del Señor, para que “conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora”.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org


domingo, 6 de agosto de 2017

«Este es mi Hijo amado» (Evangelio Dominical)




Hoy, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor. Jesús, después de la confesión de Pedro, empezó a mostrar la necesidad de que el Hijo del hombre fuera condenado a muerte, y anunció también su resurrección al tercer día. En este contexto debemos situar el episodio de la Transfiguración de Jesús. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con el fin de evitar equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección, entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5), sobre todo después de ir a comulgar.




El prefacio de la misa de hoy nos ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así: «Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos, reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que los cristianos no debemos olvidar nunca.




Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):


                                                


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.»
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.


                                                     



La Transfiguración de Jesús ante tres de sus discípulos está íntimamente ligada a la “parusía” o segunda venida de Cristo.  En efecto, es lo que nos dice la oración colecta de la Misa de esta gran fiesta: “nos dejaste entrever la gloria que nos espera como hijos tuyos; concédenos seguir el Evangelio de Cristo, para compartir la herencia de tu reino”.

Jesús se mostró con el esplendor de su divinidad en el Monte Tabor a Pedro, Santiago y Juan.  Y tal fue el agrado de éstos al ser testigos de la gloria del Señor, que el mejor testimonio lo da San Pedro: “Maestro ¡qué a gusto se está aquí!  Hagamos tres tiendas “.    Era ¡tal bello! lo que veían; era ¡tan agradable! lo que sentían, que querían quedarse allí, extasiados en la presencia divinizada del Maestro.

Esa gloria que nos refiere el Evangelio sobre este episodio es la gloria que veremos y que viviremos cuando ese mismo Jesús vuelva con todo el esplendor y el poder de su divinidad en la parusía.  Y esa gloria será nuestra si aquí en la tierra nos hemos ocupado de buscar y de cumplir la Voluntad de Dios.

Quien responde la proposición de San Pedro en el Tabor es el Padre.  Nos cuenta el Evangelio (Mc. 9, 2-10) que “se formó, entonces, una nube que los cubrió con su sombra y de esta nube salió una voz que decía: ‘Este es mi Hijo amado; escúchenlo’”. 

                                                    


San Pedro hace referencia personal de esta experiencia de la Transfiguración en una de sus cartas (2 Pe 1, 16-19).   Y la menciona precisamente para dar fuerza a su anuncio de la segunda venida de Cristo: “Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza”.   También nos dice cuánto le impresionó “la sublime voz del Padre”.  Nos dice: “nosotros escuchamos esa voz venida del Cielo”.
Y ¿cuál fue la respuesta de esa Voz?  Ante la petición de quedarse en la admiración y el gozo de la divinidad de Cristo, el Padre nos pide “escuchar” a su Hijo.  Y ¿qué nos dice el Hijo?  Resumido el Evangelio, el mensaje de Cristo se centra en el seguimiento de la Voluntad del Padre.

San Pedro, entonces, compara la gloria que veremos en segunda venida de Cristo con la gloria que él vio y gozó en la Transfiguración.  Ahora bien, ¿por qué es importante destacar esto?  Por el engaño con que vendrán los que quieran hacerse pasar por “cristos”. 

                                                 


He aquí lo que Jesús nos anunció al respecto: “Se presentarán falsos cristos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios capaces de engañar a los mismos elegidos de Dios.  ¡Miren que se los he advertido de antemano! ...  Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, será como el relámpago que parte del oriente y brilla hasta el poniente” (Mt. 24, 23-28).

Los falsos cristos y falsos profetas no podrán venir como vendrá Jesucristo en la parusía, pues jamás podrán lucir la gloria de la Transfiguración, que vieron los Apóstoles en el Monte Tabor.  Podrán realizar grandes prodigios y engañarán a muchos de los que “no quisieron creer en la Verdad y prefirieron quedarse en la maldad” (2 Tes. 2, 11).   Pero ni los falsos “cristos” ni el mismo “anti-cristo” podrá mostrar el fulgor y el poder de la divinidad que Cristo, el verdadero Mesías, nos mostrará cuando, como rezamos en el Credo, “venga con gloria para juzgar a vivos y muertos”.

San Pedro, al hablarnos de la parusía en esta segunda carta, también apoya su testimonio “en la firmísima palabra de los profetas”.    Sin duda se refiere San Pedro sobre todo al Profeta Daniel, (Dn. 7, 9-10. 13-14), que nos habla así de la segunda venida de Cristo: “Vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo ... Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas le servían.  Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido”. 

                                                   



Y a los que cumplamos la Voluntad de Dios aquí en la tierra también nos espera la gloria de la Transfiguración en ése, su Reino, que no tendrá fin.

Con motivo de lo que sucedió en la Transfiguración, es bueno recordar lo que en Teología llamamos la Unión Hipostática, término que describe la perfecta unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en Jesús.

De acuerdo a esta verdad, el alma de Jesús gozaba de la Visión Beatífica, cuyo efecto connatural es la glorificación del cuerpo.  (Es lo que sucederá a todos los salvados después de la resurrección al final de los tiempos).

Sin embargo, este efecto de la glorificación del cuerpo no se manifestó en Jesús, porque quiso durante su vida en la tierra, asemejarse a nosotros lo más posible.  Por eso se revistió de nuestra carne mortal y pecadora (cf. Rm. 3, 8).  Se asemejó en todo, menos en el pecado.

Pero en la Transfiguración quiso también mostrar a tres de ellos algo su divinidad.  Quiso el Señor con su Transfiguración en el Monte Tabor animarlos, fortalecerlos y prepararlos para lo que luego iba a suceder en el Monte Calvario, pues la Transfiguración tiene lugar unos pocos días después del anuncio que Cristo le había hecho de su Pasión y Muerte a los Apóstoles.  Así, esta vivencia de su gloria les fortalecería la fe, pues habían quedado muy turbados al conocer que el Señor sería entregado a las autoridades y que debería sufrir mucho, para luego morir y resucitar.

                                                  


Con esto Jesucristo quiere decirle a los Apóstoles que han tenido la gracia de verlo en el esplendor de su Divinidad, que ni El -ni ellos- podrán llegar a la gloria de la Transfiguración -a la gloria de la Resurrección- sin pasar por la entrega absoluta de su vida, sin pasar por el sufrimiento y el dolor, tal como les dijo en el anuncio previo a su Transfiguración sobre su Pasión y Muerte: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.  Pues el que quiera asegurar su propia vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la hallará” (Mt. 16, 24-25).

En efecto, en el Tabor, Pedro, Santiago y Juan, pudieron contemplar cómo el alma de Jesús dejó trasparentar a su cuerpo un “algo” de su gloria infinita.

Los tres quedaron extasiados.  Y eso que Jesús sólo les había dejado ver algo de su gloria, pues ninguna creatura humana habría podido soportar la visión completa de su divinidad, según sabemos por lo dicho por Yavé a Moisés (cf. Ex. 33, 20).

La gloria es el fruto de la gracia.  Así, la gracia que Jesús posee en medida infinita, le proporciona una gloria infinita que le transfigura totalmente.  Fue lo que quiso mostrarnos en el Tabor.
                                           


Guardando las distancias, algo semejante sucede en nosotros cuando verdaderamente estamos en gracia.  La gracia nos va transformando. Pudiéramos decir que nos va transfigurando, hasta que un día nos introduzca en la Visión Beatífica de Dios.


Si esto es así, apliquemos lo mismo a lo contrario.  ¿Qué efecto tiene el pecado en nuestra alma?  Nos desfigura, nos oscurece.  Y nos daña de tal manera que, si nos descuidamos, nos puede desfigurar tanto, que podría llevarnos a la condenación eterna.

Ahora bien, Tabor y Calvario van juntos.  No hay gloria sin sufrimiento.  No hay resurrección sin cruz. 

A San Pedro le gustó mucho la visión de la Transfiguración y quería quedarse allí.  “¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” (Mt. 17, 4.)  Pero ese anhelo fue interrumpido por la misma voz del Padre: “Este es mi Hijo amado en Quien tengo puestas mis complacencias.  Escúchenlo” (Mt. 17, 5).

Cuando Pedro pide quedarse disfrutando en el Tabor, gozando de esa pequeña manifestación de la divinidad, Dios mismo le responde, diciéndole que escuche y siga a su Hijo.  No pasó mucho tiempo para que San Pedro y los demás supieran que seguir a Jesús significa subir también al Calvario.

Si en el Cielo la felicidad completa y eterna será la consecuencia de la posesión de Dios, aquí en la tierra los momentos de felicidad espiritual son sólo impulsos para entregarnos con mayor generosidad a Dios y a su servicio.

Después de la Transfiguración, los tres discípulos levantaron los ojos y vieron sólo a Jesús.  Sólo Jesús, sólo Dios basta.  

                                                        



No importa que nos falte todo, que se deshaga todo, que se interrumpa todo, que no tengamos consuelos espirituales, ni muchos momentos felices, o –al contrario- que tengamos muchos momentos de sufrimiento.   No importa la situación, no importa la circunstancia.  Puede ser en el Tabor o en el Calvario.  Sólo Dios basta.

Recordemos el poema teresiano:

Nada te turbe.
Nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta
Sólo Dios basta.



miércoles, 2 de agosto de 2017

Hoy celebramos a ... Nuestra Señora de los Ángeles !!



Hoy miércoles celebra la Iglesia, la fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles.

Una fiesta bonita, una advocación más que se le da a la Virgen y una característica más con que conocemos y honramos a la Madre de Cristo.Cae, es cierto, en un día no demasiado bueno (2 de agosto) pero la Iglesia celebra ese día a la Virgen con ese entrañable título de "Nuestra Señora de los Ángeles" y hay que intentar cumplir como buenos hijos.


Hay una máxima que señala que para apreciar una cosa primero la tienes que conocer y si es al detalle la aprecias mucho más. Y eso es lo que hemos pretendido. Gracias a este gran invento de internet hemos buscado por la red y hemos encontrado lo que a continuación ofrecemos. Lo hacemos porque creemos que así la gente, los que leen este blog, pueden conocer mejor esta fiesta. Sí, sé que es una mala fecha. Los que han terminado las vacaciones no llegan con muy buen humor que digamos y los que las tienen en agosto si aún no han salido están pensando donde ir. Pero los cristianos, los que proclamamos nuestra fe católica, tenemos unas obligaciones, mejor unos deberes de los que no podemos eludir. Y uno de estos deberes es la devoción que tenemos que profesar a la Virgen María en todas y cada una de sus advocaciones. Y la de Los Ángeles, esta es una de ellas.
No me valen pues que si hace calor, si es un tiempo propicio para estar en la playa o en el chalet, si esta fiesta únicamente se tendría que celebrar de puertas para dentro debido precisamente a que estamos en una época en que se vacían nuestras ciudades pues son muchos los que emigran, cada vez menos, a la playa, a los chalets o a ver a la familia en el pueblo.

Nuestra Señora la Reina de los Ángeles.



El nombre completo del que procede este bellísimo nombre propio de mujer, es Nuestra Señora la Reina de los Ángeles. He ahí los nombres y las virtudes que se ocultan tras este nombre realmente plural: Señora, Reina y Ángel.

Casi nada para empezar. Basta que le añadamos al nombre su respectivo artículo, para que vuele la imaginación a la sin igual ciudad de Los Ángeles, fundada por el aventurero español Felipe de Neve en 1781 con el nombre de "El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles", en que se concentra el resplandor de las estrellas del cine y de la televisión. Es realmente la Regina Stellarum, la reina de las estrellas, la reina del glamour, además de ser la ciudad de la Reina de los Ángeles (Regina Angelorum, que dicen las letanías). Pero volviendo a su origen, el griego “ánguelos” no es poco lo que trae consigo el nombre. Ángeles fueron en un principio los mensajeros, nobles servidores de los dioses y de los hombres. Pero pronto fueron los más insignes aquellos que dedicaban sus desvelos a la intermediación entre Dios y el hombre, hasta convertirse en los ángeles por antonomasia; y buenos por su misma naturaleza; y la misma belleza personificada.



Un nombre tan sugestivo no podía quedar exclusivamente en la lista de los nombres masculinos sólo por ser ésta su forma gramatical; como tampoco quedó el nombre de María reducido a la lista de los nombres femeninos por tan poca cosa. Y así dio el salto para convertirse en bellísimo nombre de mujer a través de Nuestra Señora de los Ángeles, y también bajo la forma de Angélica, y aun bajo la forma de Ángela. Era el justo destino. De la Biblia a la patrística y hasta las más bellas tradiciones, María está siempre rodeada de ángeles. El arcángel san Gabriel, príncipe de ángeles, es el primero que aparece en su vida, anunciándole la Encarnación. Y luego, cuando da a luz al Redentor, coros de ángeles cantan y anuncian la buena nueva. Y vuelven a ser los ángeles los autores de su Asunción a los cielos; y ángeles de nuevo los que trasladan su casa de Belén a Loreto, como cuenta la piadosa tradición.


 (Virgen de los Ángeles, Patrona de Costa Rica)

¿Cómo no iba a ser la Reina de los Ángeles si nunca persona alguna fue de ángeles y arcángeles tan bien servida? Pero es que una vez iniciado su camino, este nombre siguió extendiéndose por el mundo, tanto en la geografía como en la onomástica. Así existen ciudades y pueblos y ríos y montes y valles con el nombre de Los Ángeles en España, en Perú, en Filipinas, en México, en Puerto Rico, en Costa Rica, en Colombia, además de la relumbrante ciudad de Estados Unidos. Y formó parte en la composición de nombres tanto de mujer como de hombre: María de los Ángeles, Isabel de los Ángeles, Felipa de los Ángeles, Mariana de los Ángeles, Martina de los Ángeles, Juan de los Ángeles, Mateo de los Ángeles... tras todos estos nombres hay grandes personajes que han merecido el honor de las enciclopedias. Y no bajo esta forma, sino bajo la forma de Ángela hay varias santas en el cielo; y en la mitología griega, es éste uno de los sobrenombres de Diana y de la también diosa lunar Hécate, y el nombre de una de las hijas de Júpiter y Juno, responsable de que los europeos sean tan blancos, porque les dio los cosméticos que le había sustraído a su madre. Y en la forma de "La Hermosa Angélica" tenemos a la heroína del Orlando Furioso, de Ariosto. Como no podía ser menos, la mujer se ha apropiado de este excelso nombre de los ángeles y lo ha enaltecido mucho, mucho más.

¡Felicidades! Ángeles y Angelitas!!




DULZURA DE LOS ÁNGELES
(de la liturgia bizantina)




Dulzura de los ángeles, alegría de los afligidos,
abogada de los cristianos, Virgen madre del Señor,
protégeme y sálvame de los sufrimientos eternos.

María, purísimo incensario de oro,
que ha contenido a la Trinidad excelsa;
en ti se ha complacido el Padre, ha habitado el Hijo, y
el Espíritu Santo, que cubriéndote con su sombra,
Virgen, te ha hecho madre de Dios.

Nosotros nos alegramos en ti, Theotókos;
tú eres nuestra defensa ante Dios.
Extiende tu mano invencible y aplasta a nuestros enemigos.
Manda a tus siervos el socorro del cielo.













Fuentes:
Iluminación Divina
Fiestas Marianas.
José Ángel Crespo Flor.
Ángel Corbalán