domingo, 25 de junio de 2017

“No tengáis miedo” (Evangelio Dominical)




Estamos en una época, en la que todo el mundo pregona sus verdades, sobre todo en las redes sociales. Pocos escuchan las razones de los otros y las tertulias televisivas o radiofónicas, se han convertido en enfrentamientos, no digamos el propio Parlamento, o simplemente cualquier esquina, o los bares. Es un momento también difícil para nuestra tarea de evangelizar, sin embargo, Jesús hoy nos dice: “Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea”.

Nos repite varias veces: “No tengáis miedo”. En este ambiente de falta de diálogo y de encuentro, los cristianos tenemos un gran desafío, transmitir los valores del Reino. No podemos echar más leña al fuego y aunque nos critiquen y en ocasiones tengamos la sensación, de que muchos ridiculizan nuestra fe, según ellos “nuestro buenismo”, tendremos que seguir apostando por lo que nos transmitió el Maestro. El Evangelio del Reino, desde el principio provocó en muchos rechazo, sobre todo, de los que están contra la justicia, la fraternidad, la dignidad y los derechos de todas las personas. Hay gentes que no pueden entender, como celebramos el domingo pasado, que todos debemos estar sentados en la misma mesa, compartiendo el pan y la vida.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,26-33):





En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO




Las Lecturas de este Domingo nos hablan de la persecución a la cual puede estar sometido el cristiano que sigue a Cristo y da testimonio de El ...  como El nos lo pide.  Sin embargo la idea de persecución permanece un poco oculta en estas Lecturas si no leemos los versículos del Evangelio de San Mateo, que aparecen inmediatamente antes de los que nos presenta la Liturgia de hoy.

Asimismo, hemos visto que la Primera Lectura es tomada del Libro del Profeta Jeremías (Jr. 20, 10-13).  Y ¿quién fue Jeremías?  Fue quizá el Profeta más sufrido, de carácter tímido y manso, que prefería la vida tranquila.  Pero Dios lo escogió para llevar su mensaje a un pueblo rebelde.  Esto le trajo a Jeremías muchos enfrentamientos, luchas y persecuciones de parte de ese pueblo.

Fijémonos lo que dice el Profeta sobre sí mismo y sobre esta situación:  “Yo oía el cuchicheo de la gente que decía:  ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror ... para podernos vengar de él ...Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera”.   Sin embargo Jeremías se mantuvo firme ante la llamada del Señor y se sometió a todos los riesgos y a todas las persecuciones, pues confiaba plenamente en Dios.

                      



Así continúa el Profeta:  “Pero el Señor, guerrero y poderoso, está a mi lado.  Por eso mis perseguidores no podrán conmigo ... El ha salvado la vida de su pobre de la mano de los malvados”.

Este testimonio del Profeta Jeremías sirve de aliento para aquéllos que hemos sido llamados al servicio de Cristo; es decir, todos los bautizados.  Cristo tuvo sus discípulos:  al comienzo hubo 72.  De entre esos 72 escogió a los 12 Apóstoles.  ¿Quiénes son sus Apóstoles hoy?  El Papa, los Obispos, los Sacerdotes.  ¿Y quiénes somos sus discípulos hoy?  Pues todos los bautizados, todos los laicos que desean seguir a Cristo.

Y a todos nosotros, Sacerdotes y Laicos, el Señor nos anuncia persecuciones.  Nos guste la palabra o no, el hecho es que Cristo no nos ofrece a sus seguidores una vida cómoda y libre de vicisitudes y sufrimientos.  Muy por el contrario: las Lecturas de hoy -y muchas otras de la Sagrada Escritura- así nos lo indican.

También el Salmo 68 que hoy hemos rezado se refiere a persecuciones y desprecios:  “Por ti he sufrido oprobios, y la vergüenza cubre mi rostro.  Extraño soy aun para aquéllos de mi propia sangre, pues me devora el celo de tu casa”.   El “celo de tu casa” es el impulso que el verdadero seguidor de Cristo tiene para defender la Palabra de Dios y para llevarla a quien desee escucharla.

                                       


 Veamos el Evangelio de hoy, pero también los versículos que lo preceden (Mt.10, 17-23).   Por cierto el sub-título que trae la Biblia Latinoamericana es elocuente:  “Los testigos de Jesús serán perseguidos”.

El Señor comienza por anunciar persecuciones de parte de los gobernantes.  Nos dice que no nos preocupemos cuando se nos juzgue, pues “no van a ser ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre hablará por ustedes”.   Luego pasa a anunciar la persecución de que seremos objeto por parte de los nuestros, de nuestra propia familia.  Y termina sentenciando: “A causa de mi Nombre, ustedes serán odiados por todos, pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará”.\

El Evangelio de hoy nos llama a la valentía y al abandono en Dios cuando la evangelización, la predicación de su mensaje, se haga difícil y riesgosa.  No podemos arredrarnos en los momentos de dificultad que puedan presentarse en la tarea de la evangelización.  “No tengan miedo”, nos dice el Señor, “porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”.

                                                            


La recompensa será grande para los que no temamos y hagamos lo que Cristo hizo y lo que nos pide a todos:  “A quien me reconozca delante de los hombres, Yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en los Cielos”.   Y el riesgo es grande también:  “Al que me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los Cielos”.

Las palabras del Señor son, entonces, muy claras:  como seremos objeto de persecución por dar testimonio de Cristo, El nos recomienda -y así comienza el Evangelio de hoy- que no temamos a los hombres, que no tengamos miedo de predicar, de pregonar todo lo que El nos ha enseñado y nos ha pedido.

Nos dice que no nos preocupemos por las persecuciones.  Que nos fijemos los pájaros que vuelan:  ni uno solo cae a tierra si no lo permite el Padre Celestial.  Que en cuanto a nosotros, el Padre nos tiene tan cuidados y vigilados que cada cabello de nuestra cabeza está contado.  Nos recuerda que nosotros valemos muchísimo más que todos los pájaros del mundo.

Y nos repite que no temamos a lo que los hombres nos pueden hacer, que éstos sólo pueden matar el cuerpo.  Pero que a los que sí hay que tenerles miedo es a los que pueden arrojar al lugar de castigo al alma y al cuerpo.

                                                 



Y ¿quiénes son ésos?  No son los hombres.  Son los demonios, a ésos sí hay que temer.   Hay que estar bien en guardia contra el Demonio y sus secuaces que continuamente nos tientan, buscando apartarnos del Camino y llevarnos a la condenación eterna.

Y ¿cómo nos ponemos con guardia contra éstos?  Pues, a través de la oración frecuente y asidua, y recibiendo con frecuencia los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión.

La Bienaventuranza “Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”  muchas veces se malinterpreta, y se piensa que se refiere a los que se les sigue juicio o están en las cárceles justa o injustamente.  Pero se olvida que “justicia” en el contexto bíblico significa “santidad”;  no significa justicia como se entiende hoy en día esta palabra.

Así que esta bienaventuranza sobre los perseguidos a causa de tratar de ser santos, de tratar de seguir a Cristo, viene a corroborar este trozo del Evangelio de San Mateo y la suerte del Profeta Jeremías. 
Fijémonos que esta Bienaventuranza es la última de todas y es la única que el Señor explica con más detalles.

Así continúa el texto -también de San Mateo-  “Dichosos ustedes cuando por causa mía los maldigan, los persigan y les levanten toda clase de calumnias.  Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el Cielo.   Pues bien saben que así trataron a los Profetas que hubo antes que ustedes.”  (Mt. 5, 10-11).

                                 


El Señor, entonces, no nos promete un camino fácil.  No nos promete éxitos y triunfos, sino que nos anuncia el mismo camino de El:  contradicciones, odios, calumnias, persecuciones, etc.  En realidad, si vemos bien el Camino de Cristo, si vemos bien cómo llegó hasta la muerte en cruz, el ser perseguidos por su causa es signo evidente de que vamos por su Camino, no por el nuestro; es signo de que lo vamos siguiendo a El, como El nos lo pidió.  “El que quiera seguirme ... tome su cruz y me siga”  (Mt. 16, 24).

Sin embargo la bienaventuranza de los perseguidos no significa que no sintamos dolor, que no podamos asustarnos en algún momento.  El Señor no nos pide que llamemos gozo a lo que es dolor, ni nos pide que seamos indiferentes hasta el punto de no sufrir nada.  El Señor lo que nos dice es que confiemos que el Padre nos cuida directamente ... a tal punto que ¡hasta tiene contado cada cabello de nuestra cabeza!

Esa confianza nos hará fuertes en las luchas y en las persecuciones.  Por eso hemos rezado en el Salmo 68:  “Quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre”.   Es decir el Señor cuida de aquél que no pone su confianza en sí mismo, sino que confía sólo en El.  ¡Eso es ser pobre ... pobre de espíritu!   Confiando así, sabiéndonos en sus Manos, Dios cambiará el temor en valentía y la debilidad en fortaleza.


San Pablo, en su Carta a los Romanos que hemos leído como Segunda Lectura (Rom. 5, 12-15),  nos recuerda que “por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios”.

Ese desbordamiento de la gracia de Dios es el premio seguro que el Señor ofrece a quienes nos entreguemos a El para llevar su Palabra a donde El lo requiera y a quien El disponga -sin importarnos el riesgo que esto pueda significar.  Y ese premio que El nos promete es nada menos que el Reino de los Cielos, la Vida Eterna en gloria con El, para siempre.













Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org



sábado, 17 de junio de 2017

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” (Evangelio Dominical)




La Iglesia vive de la Eucaristía. El libro del Deuteronomio exhorta al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios. Trae a la memoria de todo el pueblo la experiencia fundamental de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Recuerda que fue Dios quien liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Si Israel se olvida de la ayuda recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes. 

La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad. Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto. 



El mismo peligro tenemos nosotros cuando abandonamos la participación en la Eucaristía. En este día del Corpus Christi se nos recuerda a los cristianos de ahora que, como escribió Juan Pablo II, la Iglesia vive de la Eucaristía –“Ecclesia de Eucharistia”-





Lectura del santo evangelio según san Juan (6,51-58):




En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor




COMENTARIO





Alguno puede preguntarse si la fiesta de hoy, no es una repetición del día de Jueves Santo, (en ella también celebramos el Día de Amor Fraterno y de la Caridad), o de lo que actualizamos cada domingo y cada día en la Eucaristía. Hay que remontarse a la tradición, para conocer el verdadero sentido de esta fiesta, que está sobre todo, centrada en la adoración al Santísimo y su vivencia en la religiosidad popular.

Hoy salimos a la calle en procesión, esperemos que no con la pretensión, de enseñar nuestras Custodias, palios, peinetas… lo cual nos convertiría, en una muestra de arqueología. Salimos, porque Él está siempre en salida y aunque a nosotros nos cueste, quiere poner su mesa en las casas, en las calles, en las plazas, en las esquinas. Derramó su sangre por todos o por muchos, no entremos en discusiones litúrgicas, y nos recuerda que nosotros, debemos poner también nuestra vida al servicio del pueblo.


Al celebrar la Eucaristía, reconocemos que nuestra vida, nuestros bienes, nuestro trabajo, son un bien de toda la comunidad, renunciamos como Jesús, a la pertenencia exclusiva. Por eso, para celebrar esta fiesta se necesita valentía, sólo desde la audacia, se puede creer en el desafío que nos recuerda, que nuestra vida no es una propiedad privada, sino algo que está al servicio del bien común. Nos lo deja claro el lema de Cáritas, en este Día de la Caridad:
“Llamados a ser comunidad”. Antes, nos lo ha dicho en la segunda lectura San Pablo en su carta a los Corintios: “El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.



Se trata de vivir en este día la “cultura del encuentro”, éste es el sentido de nuestra presencia en las calles, la Campaña de Cáritas, recoge unas palabras del papa Francisco que nos lo explicita: “La acogida y la apertura a los demás, lejos del miedo que sólo nos lleva a ver riesgos y peligros, son una oportunidad para descubrir el rostro de Dios en cada hermano y hermana, para celebrar en comunión los dones y riquezas que nos regala a cada uno para poner al servicio de la construcción del bien común que es de todos”. Al comer juntos el pan, les decimos a los hermanos: esta es mi vida entregada por vosotros (repasemos el Evangelio de hoy). Comulgar es darse a los demás y recibir a los demás, saber aceptar al “extraño” en nuestro grupo, nuestra mesa, nuestros círculos, nuestro pueblo, nuestro barrio… y eso es el encuentro, del que se nos habla desde Cáritas.


Cada vez que celebramos esto en memoria suya, nos introducimos en la historia de liberación que comenzó Dios, sacando a su pueblo de la esclavitud y alimentándole con el maná, como nos recuerda la primera lectura del Deuteronomio. La Eucaristía nos conduce hacia la tierra prometida, para aprender a vivir en común en la misma casa, en la Tierra común que nos acoge a todos. Todas las personas de un lugar u otro, tenemos los mismos derechos. Por eso, esta fiesta es un símbolo de lo que es el Reino, todos comemos el mismo pan y no puede ser que mientras unos comen hasta hartarse, otros pasen necesidad.




Lo que estamos haciendo este domingo, es para hombres y mujeres recios, no es algo ritual o vacío, es poner en juego la vida, es donarse y aceptar la vida de los otros, es dejarse habitar por Jesús y habitar en Él. Es compartir la mesa del trabajo diario, con toda la humanidad que sufre, no separar esta mesa del altar, de las mesas de la vida. Será quizás por eso, por lo que nos cuesta tanto celebrar la Eucaristía y salir a la calle, acompañando en procesión a todos los que buscan su liberación. Es mejor domesticar lo que nació como alternativo, subversivo y revolucionario, aunque a unos cuantos les fuera la vida en ello.













Fuentes:
Evangeli.org
Santas Escrituras.
Homilia.org

domingo, 11 de junio de 2017

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Evangelio Dominical)




Hoy nos viene bien volver a escuchar que «tanto amó Dios al mundo…» (Jn 3,16) porque, en la fiesta de la Santísima Trinidad, Dios es adorado y amado y servido, porque Dios es el Amor. En Él hay unas relaciones que son de Amor, y todo lo que hace, activamente, lo hace por Amor. Dios ama. Nos ama. Esta gran verdad es de aquellas que nos transforman, que nos hacen mejores. Porque penetran en el entendimiento, se nos hacen del todo evidentes. Y penetran nuestra acción, y la van perfeccionando hacia una acción toda de amor. Y como más puro, se hace más grande y más perfecto.

San Juan de la Cruz ha podido escribir: «Pon amor donde no hay amor, y encontrarás amor». Y esto es cierto, porque es lo que Dios hace siempre. Él «ha enviado a su Hijo al mundo (…) para que se salve» (Jn 3,17) gracias a la vida y al amor hasta la muerte en cruz de Jesucristo. Hoy le contemplamos como el único que nos revela el auténtico amor.



Se habla tanto del amor, que quizá pierde su originalidad. Amor es lo que Dios nos tiene. ¡Ama y serás feliz! Porque amor es dar la vida por aquellos que amamos. Amor es gratuidad y sencillez. Amor es vaciarse de uno mismo, para esperarlo todo de Dios. Amor es acudir con diligencia al servicio del otro que nos necesita. Amor es perder para recobrarlo al ciento por uno. Amor es vivir sin pasar cuentas de lo que uno va haciendo. Amor es lo que hace que nos parezcamos a Dios. Amor —y sólo el amor— es la ¡eternidad ya en medio de nosotros!

Vivamos la Eucaristía que es el sacramento del Amor, ya que nos regala el Amor de Dios hecho carne. Nos hace participar del fuego que quema en el Corazón de Jesús, y nos perdona y rehace, para que podamos amar con el Amor mismo con que somos amados.



Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-18):





Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor





COMENTARIO





El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas.  Así lo aprendimos en el Catecismo.  Es un misterio imposible de entender y de captar cabalmente, menos aún de explicar.  Y esto es así, pues se trata de la esencia misma de Dios, imposible de explicar con nuestro limitado intelecto humano.

Muchos Teólogos que lo han estudiado han tratado de hacerlo accesible al hombre común.  Y han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversos símiles, tratando de ponerlo al alcance de todos.  Uno de estos símiles, tal vez el más convincente, es el de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios.

¿Por qué es esto así?  Porque la Santísima Trinidad es el más grande de los misterios de nuestra fe.   Y por eso es imposible de ser comprendido por nosotros, pues nuestro limitado intelecto humano, es ¡tan pobre para explicar las cosas de Dios!

El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que están muy ... muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!




Se cuenta que mientras San Agustín se encontraba preparándose para dar una enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, le pareció estar caminando en la playa frente a un mar inmenso.  Vio de repente a un niño que se distraía recogiendo agua del mar con una concha de caracol y tratando de vaciarla en un hoyito que había hecho en la arena.  Al preguntarle San Agustín qué estaba haciendo, el niño le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito.  San Agustín, por supuesto, se dio cuenta de que era imposible que el niño lograra esa absurda pretensión.  Entonces le dijo al niño: “Pero, ¡estás tratando de hacer una cosa imposible!”  Y el Niño le replicó: “Esto no es más imposible de lo que es para ti meter el misterio de la Santísima Trinidad en tu cabeza”. Y con estas palabras el “Niño” desapareció.

Así es nuestro intelecto: tan limitado como es el hoyito para contener el agua del mar, sobre todo cuando trata de explicarse verdades infinitas como este misterio.

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo.  Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera velada... incompleta.

Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es. En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.



 Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas.  Recordemos lo que Jesucristo nos ha dicho: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn.14, 23).

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer.  Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.

Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco, pero desde el principio.  Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1,2).

Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer.  El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. “Una vez bautizado Jesús salió del río.  De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre El.  Y se oyó una voz celestial que decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’ ” (Mt. 3, 16-17).




Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 18).

Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. 

¿Cómo es la relación de la Santísima Trinidad con nosotros?  El Espíritu Santo en su obra de santificación en cada uno de nosotros, nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo, y el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a El. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt. 11, 27).

Recordemos nuevamente, entonces, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo.  Y recordemos que aunque aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario de una manera oscura, incompleta, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

  



¿Cómo, entonces, podemos vivir este misterio desde ya aquí en la tierra?  En las citas de la Sagrada Escritura que hemos recordado podemos ver la clave:  el Espíritu Santo va realizando su obra de santificación en cada uno de nosotros. 

¿En qué consiste esa obra de santificación?  Es la labor del Espíritu Santo, por la cual nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo, a Jesucristo.  Esto lo hace el Espíritu Santo si se lo permitimos; es decir, si somos perceptivos a sus inspiraciones, si somos dóciles y obedientes a esas inspiraciones.  Y esas inspiraciones siempre nos llevan a buscar y a cumplir la Voluntad de Dios.

¿Cómo percibir las inspiraciones del Espíritu Santo?  ¿Cómo ser dóciles y obedientes a esas inspiraciones?  La clave está en la oración -la oración sincera.  La oración nos abre al Espíritu Santo y nos hace captar esa suave brisa que es El.  Debemos orar para escuchar al Espíritu Santo. 

Debemos orar para permitirle que haga en cada uno de nosotros su obra de santificación.

Así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios.  Y esa unión de nosotros con Dios no se queda allí, sino que tiene, como consecuencia segura, la unión de nosotros entre sí.




Tal vez con esta explicación se nos haga más fácil comprender esa bellísima y conmovedora oración de Jesús durante la Ultima Cena con sus Apóstoles, cuando rogó al Padre de esta manera: “Que ellos sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno.  Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn. 17, 21-23).   ¡Unidos cada uno de nosotros al Dios Trinitario, para así estar unidos entre nosotros por Dios mismo!

Que al meditar la profundidad del Misterio de la Santísima Trinidad, podamos vivir lo que nos dice San Pablo al final de la Segunda Lectura (2 Cor 13, 12-13), que es esa frase trinitaria importantísima que repetimos al comienzo de cada Misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros”.Y que así podamos comenzar a vivir nuestra unión con la Santísima Trinidad y la unión de nosotros entre sí, pues es ese Dios Trinitario Quien nos une. 


¡Que así sea!  ¡Amén!

















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org